Filosofía malagueña

9 Dic

“Exceso de buen tiempo” es el título del último libro de mi querido amigo José Antonio Mesa Toré. Se abre con una cita extraída de una carta de Emilio Prados en la que se disculpaba por el retraso con el que conducía un número de aquella revista “Litoral”, hoy aún en las librerías. Los ejemplares no salieron de las prensas en su fecha porque en Málaga había ocurrido un exceso de buen tiempo que condujo a aquellos poetas impresores a disfrutar de la molicie de estos días malagueños en que ciertas conjunciones de viento, sol y oleaje, en efecto, demuestran que esta es una de las ciudades del paraíso. Las titulaciones académicas en Málaga deberían de valer el doble que en cualquier otro lugar de España y de Europa. Cualquiera comprende que no es lo mismo encerrarse en el cuarto con las completas de Kant cuando uno habita en León, por decir algo, o en Palencia, o en Oviedo si quieres, que hacerlo aquí, donde uno tiene que bajar la persiana, encender el flexo para construirse una cueva donde las sombras no lo llamen a salir corriendo a la calle para tomarse cuatro refrescos y un espeto junto a la arena en pleno invierno. Es casi aquel trueque que propuso Unamuno cuando dijo eso de que inventaran los europeos porque los españoles nos daríamos mientras tanto a la mística. El resto de España puede que sí. Esos páramos manchegos por donde al fondo casi se perfila la curvatura de la tierra, esas montañas agrestes y nevadas, ese Mediterráneo valenciano donde la humedad extorsiona hasta el ánimo. En Málaga primero se vive y luego se reflexiona sobre lo vivido, siempre que uno se acuerde al otro día de qué fue lo que pasó y con quién estuvo. A veces los excesos de buen tiempo, llaman a los excesos de alegrías que suelen aparejar un exceso de resaca a la que los malagueños sabremos dominar, otra jornada continua, entre esquina y esquina. Aquí derrochamos existencia y nos sobran existencialismos.

Por mucho que le demos vueltas, la vida es un asunto de dos días. Nuestro gran legado a la humanidad puede ser esa conclusión tan compleja de cuadrar. A partir de ahí varias disyuntivas se abren ante nosotros. Está, por ejemplo, la opción García Lorca tan llena de tragedia, de quieros que jamás alcanzan el puedo al trote por esas tierras de la Andalucía del jondo y la navaja en la liga y la pena perpetua anclada al alma. Los castellanos abundaron, sin embargo, en un más allá que olvidaba el más acá. Santos ascetas que se fustigaban las espaldas con el objetivo de alcanzar la comunicación con ese ser supremo que montó el mundo como una especie de laberinto al que hay que desentrañar durante toda la vida para que, tal vez, en el último instante nos demos cuenta de la verdad única, esto es, eso de que hemos desperdiciado la vida por no aceptar que tan sólo se trataba de vivir, de aceptar que una puesta de sol abrazado a alguien con quien quieres estar en ese instante, es un retazo de felicidad que no admite ningún desprecio. No regala el tiempo una segunda oportunidad. Será verdad que soy malagueño y he aprendido de mis gentes a tomarme con calma casi todo, gracias a este exceso de buen tiempo que dibuja sonrisas en la cara aunque las circunstancias te susurren una mueca de dolor. Me chivata Siri que este lunes hará bueno. Hasta 22º me avisa. Un paseo junto al mar si no quieren usar el coche, o uno lento por la carretera de la costa si tienen ganas de arrancarlo, significa un brindis al sol que nos alegra. Está uno tan liado que, al final, se olvidan las cosas importantes. No creo en el cielo pero sí en el infierno. Abre sus puertas durante esos últimos instantes en que el cerebro aún funciona. No imagino ninguna sensación más dañina que constatar consigo mismo que esta función se ha acabado y que tu interpretación del personaje arroja como balance un absoluto fracaso. Qué miedo. Hoy es lunes de sol. Quizás el exceso de buen tiempo se prolongue. Quién sabe. Disfruten el periódico al aire libre y, si puede ser, con la mejor compañía. A vivir. Esto es Málaga y el momento que pasa no regresa.

Una plaza para turistas

4 Nov

Las plazas son maternales. Acomodan un refugio. Quedar en una plaza con un amigo contiene una cierta gestualidad de regreso hacia el útero, que diríamos en plan freudiano. Cualquier plaza a la intemperie conlleva un sofá y manta, aunque frío esté el mármol del banco. Si, además, es espectacular, como la Plaza de España en Sevilla; si, encima, te acoge entre sus brazos como aquella del Vaticano, una plaza cuadricula una habitación para sentirse en casa bajo el tejado del cielo. Las avenidas trafican la metáfora de nuestro breve paso por este mundo. Una acera junto a cuatro carriles es para citarse porque va uno al notario para certificar su propia tumba, o al abogado para tratar sobre el divorcio, sobre esa herencia por la que tu hermana tanto te odia. Purulencias. Las calles sólo sirven de paso. Un tránsito ni siquiera místico. Las plazas conllevan ansias de perpetuidad. Los caminos fueron inventados por las cabras y el cochino montuno. Habito una ciudad sin plazas. Qué horror al vacío sufre nuestro alcalde. Tal vez, nuestros urbanizadores aprendieron muy bien que en las plazas se gesta la subversión contra los órdenes que los propios urbanizadores dictan. Los griegos, sin embargo, que iniciaban su ciudad por el ágora, saltaron desde el orden dórico al jónico y luego al corintio. Las plazas aunque no sea de noche constituyen un peligro para los gobernantes. Tanta apertura como de niño al final del parto promueve quimeras entre la ciudadanía. Un pueblo que fantasea y solicita imposibles, incluso mediante instancia, siempre es incómodo. En Málaga, por ejemplo, la política urbana de nuestro actual municipio complica que los malagueños podamos caminar en pareja. Imaginen lo difícil que será montarse un trío, y no digo ya una orgía de medio pelo. Pasee, su majestad, don Francisco, por esas aceras intestinales de calle la Victoria. Una coreografía autóctona de quedar atrás y delante se entabla por las casi aceras, entre los alcorques de los naranjos, las farolas y las fachadas. Un moderno paso para la malagueña salerosa.

Los malagueños estamos sin plazas por una cuestión semántica. El ayuntamiento confunde rotondas, plazuelas y hasta el monumento a la barbarie llamado coso. Nos encontramos con Plaza de Toros Vieja que otorga su nombre a dos aceras en paralelo. Llegamos con el coche a la pretenciosa Plaza Pintor Sandro Botticelli, donde podemos ir contando en cada vuelta cuántos palotes de colorines circunferencian una vulgar rotonda, tal como sucede en Plaza de la Solidaridad. Sí hay que reconocer que los malagueños sabemos nominar. Una ciudad sin río que versifica un poemario con los nombres de sus puentes. Igual costumbre aplica a sus no-plazas. Vayamos a estirar la piernas, por decir algo, a la de San Francisco, busquemos la del Siglo, o esa de Mendizábal, tan cerca de la de los Monos que no es de los Monos. Mi Málaga surrealista desde que dibujó ojos a sus jábegas. Como si se tratase de un cometa de esos de ciclo extra-largo, en estos días el paseante puede ver desde calle Alcazabilla las fachadas que cubican la Plaza de la Merced, una vez derribados aquellos cines donde tanto me reí con las pelis de Woody Allen allá cuando yo tenía 18 añitos y creía (perdonadme que fuera más tonto que ahora) en la buena voluntad de nuestros políticos. El caso es que ya han surgido voces autorizadas, es decir, de autoridad, por tanto autoritarias, que nos explican que esa plaza que, menos mal, cuadraron los bisabuelos, debe ser devuelta a su diseño original. El progreso conviene siempre y cuando se avenga a los intereses bursátiles, esto es, de la bursa, el bolsillo; de otro modo, conviene ser conservadores, lo que significa retenernos en conserva, o sea, en espacios comprimidos y asfixiantes. Hay que explicar a Don Francisco que la ampliación de esa plaza sería buena para que los cruceristas se quedaran o quedasen alucinados con los derroches de metros que este consistorio concede a la ciudadanía. Venga, Paco, si no es para los malagueños. Ahí, no construyas, porfa.

Listeriosis y paraguas

16 Sep

Hay refranes que se deberían de quedar grabados en los despachos de los altos cargos políticos, de esos cuyas torpezas hunden transatlánticos como aquel capitán del Costa Concordia que quiso demostrar a una novieta lo majestuosa que se contemplaba su nave cuando pasa al lado, y la estrelló contra la escollera. Un semillero de chistes si no fuera por los cadáveres que cualquier imbécil deja por su camino. Hay refranes paridos por una desesperación aceptada, como esos que previenen sobre el poco compromiso que la alegría establece con la casa del pobre, o al contrario, sobre la querencia que los infortunios despliegan con quien no posee sino pulgas y flaqueza. Existe incluso un refranero apócrifo, ajeno al recopilado en antologías y textos que otorgan certificado de pureza a creaciones que por su propio origen escapan a esos cauces, tal como el agua por el colador. Estas sentencias pretenden la comprensión del mundo a la vez que el anclaje de un concepto en la memoria. Estos saberes extraescolares se aprenden muchas veces con la contundencia de un correazo en las espaldas. De ese estilo, silabeo uno que desde muy joven me protege contra ciertos tipos de humanos. Mi padre me aclaró que cualquiera es una buena persona mientras no asesine a nadie. A base de palos comprendí que igual te apuñala un tonto que un indeseable pero, al final, del primero no te llevaste ninguna lección porque lo hizo sin querer y no sabrás evitar la siguiente cuchillada. Ya digo que obligaría a que estas frases figurasen escritas sobre las paredes de todos los despachos públicos. En ellas se comprime la sabiduría de quienes perdieron incluso lo que no tenían por culpa de esas manos ineptas o llenas de maldad a las que el imaginario colectivo exculpa mediante un catálogo de complementos circunstanciales. No creo en las casualidades, ni en las determinaciones. Los pueblos pagan la torpeza de quienes asumen con prepotencia que toman el timón para comprobar si alcanzaron su más alto grado de inutilidad por fin.

La gestión de la Listeriosis ya ha mostrado su guadaña y puede que su inventario de ruinas para pueblos enteros. Recuerdo aquella crisis del pepino, cuando Alemania cerró sus mercados a los productos agrícolas de Andalucía. Nuestros políticos vestiditos de blanco aséptico comían pepinos ante las cámaras por si a los alemanes se les abrían las ganas o algo así. La listeria debe de ser una bacteria emparentada con los canguros. Ya ha saltado de Sevilla a Málaga donde los periódicos extranjeros nutren de información tergiversada a medios sensacionalistas que, en caso de que huelan la carroña, se comportarán como hienas que no sueltan una presa, tal como ya hicieron aquellos alemanes del pepino de cuya conducta, al final, no hemos aprendido nada. Estamos ante una alerta nacional. Los embutidos y chacinas andaluces me parecen de los mejores del mundo. Si amplío mi frontera a los españoles, en general, entonces son los mejores del mundo sin duda. No sólo existe competencia entre los diferentes productores de España sino entre todos los de Europa, y ya se sabe que a río revuelto ganancia de pescadores. La Consejería de Sanidad ha conducido fatal esta situación, incluso bajo titulares que parecen llegados en directo desde la barra del cuñadismo. En esta faena también tendría que haber intervenido la Consejería de Industria. Dime con quién andas y te diré quien eres. La Junta ha abordado este asunto igual que si se tratara de una diarrea después de un atracón de pasteles. El consejero de sanidad por poco aconseja sorbos de agüita con limón e ir a la cama sin cenar durante algunos días. A perro flaco todo son pulgas. A la vez que aparecen nuestras empresas cárnicas en los telediarios, la Junta ha avisado de que hará campaña por ellas. El buen paño ya no se vende en el arca, pero mejor prevenir que curar. El verano ya se va con todas sus ventajas para que la información quede oculta. Esta crisis arrecia como esas lluvias torrenciales que ocasionan que alguien te meta un paraguas por el ojo. Sin querer, por supuesto.

Ruinas de septiembre

2 Sep

Ha regresado el cisne a la desembocadura del Guadalmedina. Como en un verso de Leopoldo María Panero, su soledad dibuja el silencio en la escena y le regala un fondo modernista y romántico junto a las ruinas del río y las del CAC. Activo en el ordenador los “Nocturnos” de Chopin interpretados por Brigitte Engerer. Málaga, tierra de surrealismo, decía Emilio Prados cuando fijaba su ojo en el de la proa de las jábegas. A un mismo tiempo, apenas se lo permiten, también revela querencias hacia el gótico con su profusión de muros caídos y huellas de memorias. Debió de ser espectacular la llegada del cisne a esa ilusión de ría. Un rebelde que lucha contra su condición de ave de escenario con la que los humanos la humillan. Regresó tras la feria cuando se sabía libre del vocerío de noche y madrugada, y de cualquier borracho desalmado que pagara su frustración vital sobre su plumaje blanco tan en contraste con la negrura de aquel charco. Quizás este año no hablemos ya de otoño, igual que el pasado casi no pudimos hacerlo del invierno. Tal vez las golondrinas permanezcan y las andanzas de los cisnes marquen el trasestío, nueva estación con iguales temperaturas que la precedente pero con noches más largas. El cisne ha venido, pero nadie sabe cómo ha sido, así en ripio cursi. Volverán y volverán las oscuras golondrinas, con aires de sentencia y casi amenaza. El trasestío conlleva estos fenómenos. Una enorme ruindad queda durante un año en el Cortijo de Torres, por donde Rodrigo Caro hubiera podido iniciar aquellos versos suyos sobre Itálica. Lo imagino como concejal del ramo junto al alcalde en lamento porque el jaramago ha invadido lo que fue campo de diversión, semillero de votos y templo donde inducir la amnesia a sus contribuyentes mediante vinos apócrifos. Y ahora queda un año por delante hasta un evento de masas que si por nuestros próceres municipales fuera, duraría todo un mes para que, junto con las resacas etílicas y las perspectivas de Halloween, luces de Navidad, carnavales y Semana Santa, se vuelvan invisibles, como modernas golondrinas, las grietas en esta gestión que hacen de una ciudad diseñada para gloria y honra, pero de unos pocos y no siempre bien señalados.

Las ruinas, por su propia condición evocadora, permanecen. No se regeneran por sí mismas si no contemplan un futuro. Pueden descansar en una paz perpetua aunque soporten un mayor deterioro. Así, junto al cisne, el CAC ya exhibe en sus costados las llagas de la desidia a la que fue condenado por la ineptitud administrativa de un ayuntamiento, con su alcalde al frente de toda romería y festejo, al que sobre cualquier otra cosa preocupan los fuegos de artificio. Traer un Centro como ese a Málaga infla la pechera alcaldicia a base de titulares. Que sus trabajadores hayan ido al desempleo y que el edificio ya se signifique como un casi basurero y que el CAC, en realidad, ya no exista por falta de previsión e interés, genera pocas críticas. Como metáfora del destino, la pasarela junto al CAC, esa que con aires de arco veneciano cruzaba el río repleta de escalones para que ninguna silla de ruedas pudiera por ella pasear, pues esa, esa tampoco está. Sus cimientos se han movido y nadie sabe cómo ha sido, ni dicho ni pío, así en tripio. La naturaleza ha delegado un cisne para que trace con su aleteo una firma decadente sobre la podredumbre de la marea. Por implorar misericordia divina, roguemos otro cisne, o mejor un cuervo, anidado sobre el edificio de aquellos cines Astoria, donde aprendí a adorar a Woody Allen. Desde mañana martes, risas y lágrimas frente a aquellas pantallas vertidas volarán entre el humo de otra ruina sin rumbo; por ser justos, a causa de todas aquellas voces que motivaron que Antonio Banderas dirigiera su proyecto de inversión en Málaga hacia otro espacio. Apareció septiembre con su cúmulo de escombros y silencio hasta la próxima fiesta que nos haga olvidar olvidos, imprudencias y torpezas consistoriales. Cierro el piano de Chopin. Mientras, el cisne dibuja su interrogante junto al mar.

Málaga soñada

15 Jul

Hay ciudades soñadas y ciudades dormidas, puede que como una mala borrachera, puede que como aquel sueño pálido que Alfanhuí se echó en una silla de cerezo que adormecía, como en un tiempo antiguo, a quién allí se sentara. Cuentan que Rilke soñó con una ciudad que pendía del cielo; durante su periplo hacia África tuvo que desviarse a Ronda a la que reconoció al instante como la ciudad de su sueño, que no la de sus sueños dado el poco tiempo que pasó allí. Granada tierra soñada por mí, chilla con aspecto de pez capturado en el anzuelo, cada aspirante a tenor. El caso es que un estudio realizado por una marca de colchones califica a Málaga como la mejor ciudad para dormir, según las bondades de su clima. Málaga es mi ciudad soñada. Esta Málaga no es la ciudad de mis sueños. Me he mudado de casa varias veces porque no podía dormir. El clima de Málaga es magnífico si atendemos a comparaciones con Córdoba en verano o con Córdoba en invierno. En efecto, hay ambientes que son primos lejanos, a pesar de la aparente cercanía. Valencia acoge un infierno de humedad que trastoca los días estivales en un sudor perpetuo y los invernales en tiritonas permanentes. El malaguita pontifica que prefiere el frío tan anhelado de Granada, donde uno se abriga y ya está. Según este razonamiento, el traje de astronauta en Plutón se compone de rebequita y guantes. Allí sí que se debe dormir regular por mucho coñac que te metas antes de ir a la cama. Yo he dormido bien en toda la Cornisa Cantábrica. El truco en invierno consiste en acostarse bajo el edredón, sobre la cama en lugar de la Cornisa, y con las ventanas cerradas. Las marmotas y los osos duermen en Canadá, incluso meses. Desconozco los detalles del estudio aludido, pero para comprobar de modo empírico que en una ciudad se duerme bien a causa de su clima, hay que cometer la crueldad de repartir entre los encuestados un colchón de tal marca para que se tumben al relente. “Su colchón y escupidera, señor. Deje espacio para que crucen los peatones”.

Si realizamos una investigación de este tipo en el mundo civilizado, nada de estepas, desiertos o selvas, con sus edificios y tejas, el clima debería de ser un elemento secundario; de otro modo, estaríamos evaluando la calidad de los aislamientos y de los sistemas de climatización. En nuestra Málaga, dada su pobreza secular, un gran número de construcciones se alzaron para salir del paso. Como de posguerra, muchas décadas después de la guerra. Así, en barrios como Miraflores de los Ángeles, La luz, La Paz, La Palmilla, Nuevo San Andrés y todas sus zonas aledañas, cientos de miles de malagueños ven el televisor de los vecinos si entornan los ojos frente al tabique. La vida ahí es comunal. Años setenta. En verano, con todas las ventanas abiertas, uno dormía por derrota del terral hasta que el sol volviera a exhibir su impertinencia. Hoy, el aire acondicionado alivia algo la vida de un vecindario que aún cultiva la costumbre de pasar bastantes horas en la calle. Como en la calle no se está en casa, la verdad. El malagueño medio, desurbanizado, se va despertando conforme le dé la gana a la, o el, imbécil de turno que pase por la calle aullando cualquier tema de los Odd Balls, por ejemplo. Sobre esta dificultad para conciliar el sueño por causas indígenas, se han incrustado, además, las especies invasoras. Jaurías de guiris borrachos dando todas las voces que no dan en su puñetero país, y que suelen interactuar con las manadas, incluso mamadas, de despedidas de solteras o casados, actos de última humillación antes de sentar la cabeza o de ingresar en el turbio estado marital. Don Francisco de la Torre, alcalde que sueña con Málaga, aunque nunca nos encontremos en la misma pesadilla, halló la solución a este sándwich doble con incompatibilidades de ruido y sueño, cuando aconsejó aquello de hablar bajito para evitar bullangas. En un gesto de complicidad con su pueblo y con el de los invasores, podría haber avisado de que nos vigilaban los del estudio de los colchones. En mi Málaga soñada, disfruto de su clima y, además, puedo dormir cuando y donde quiero. Pero ya se sabe, los sueños, sueños son.