No votaré a De la Torre

20 May

Cada quien tiene su trocito de ciudad, su pequeña pecera donde cumple sus obligaciones y devociones. Hay una Málaga para cada malagueño; en la mía no sería alcalde Don Francisco de la Torre, alguien con quien charlaría muy a gusto sobre mil historias de este municipio al que adora, no me cabe duda, pero con quien no comparto ni sus ideas, ni esa ideología sobre las que se cimientan. Parto de un respeto absoluto y de la consideración de que es un técnico muy capacitado para seguir llevando el timón del consistorio pero, ya digo, me horroriza el desatino hacia el que capitanea esta jábega a la que quiero tanto como él. Su política municipal aboca Málaga hacia su deshumanización en varios sentidos. La fachada se ha convertido en punto esencial del concepto de ciudad, en lugar de sus habitantes. La tendencia arquitectónica y urbanística, impulsada desde esa idea, pretende que nos domiciliemos en una especie de gran centro comercial de esos que imitan un pueblecito donde quien llegue se transmuta de ciudadano a consumidor. Interesan sus billetes no su persona. Cada asiento se orienta hacia un escaparate a su vez rodeado de sillas para bares y restaurantes. Las esquinas se conciben como ámbito para el consumo. Somos ocupas de pasillos de un supermercado. Los romanos delimitaban las dos avenidas principales y, luego, imaginaban el foro, el área de encuentro y expansión para la ciudadanía. Las calles malagueñas han sido peatonalizadas para ser cedidas a las cadenas de una hostelería, casi toda de consumo rápido, y con la vista puesta en un cliente al que no se pretende ver de nuevo por allí. El Ayuntamiento entrega terrazas, esto es, espacio público, pero no propone un contrato mediante el que la empresa a la que se concede ese terreno aplique unas determinadas condiciones salariales a sus trabajadores, también dueñas y dueños de esos metros hurtados bajo excusa de recaudación.

Desde esta premisa de urbe como ámbito del no-ocio, es decir, negocio, se deducen muchas barbaridades. Las personas no importan en este Monopoly del sur. El vecindario de zonas como el Centro histórico, Teatinos o Pedregalejo se ha convertido en rehén de esta noción. Las aceras en general son contempladas desde el plano. El horror vacui que atenaza a este consistorio consigue que dos personas no puedan andar de la mano salvo en los pocos metros instituidos para ello. La acera que conduce desde La Goleta a Ollerías permite unas mínimas losas para un peatón que se tiene de desplazar en fila comprimido entre el muro, los árboles, el carril bici y los varios macetones que adornan la puerta de algún comercio y museo. Nuestros ediles bajan al asfalto sólo en días de guardar. En Calle Cuarteles o Salitre, donde había espacio se instalan marquesinas de autobús u otra edificación junto a las terrazas que dejan poco más de un metro para el caminante. Parece que en los programas de diseño no se incluyen humanos. En los idearios consistoriales tampoco, salvo como pagadores de cargas y gravámenes. La ciudad soñada por este ayuntamiento década tras década se dispersó con fines especulativos, en lugar de atender a la expropiación y repoblación de todo el Centro, para que unas dimensiones racionales contuvieran el gasto de mantenimiento; además, de Calle Larios existe Lagunillas. La ciudad asaltada respeta la propiedad personal como bien de especulación pero no considera la propiedad de esos vecinos a los que condena a un infierno de ruido y juergas en bares y pisos turísticos; en este contexto molesta un parque en los terrenos de Repsol. La ciudad expoliada ni siquiera tiene en cuenta a los trabajadores cuando entrega a los negociantes sus tesoros, como sucedió con LIMASA o ahora con el CAC cerrado por simple desidia burocrática. Este ayuntamiento quería regalar terrenos para una universidad privada a la vez que cobra impuestos de basuras a los institutos públicos de enseñanza. Una política municipal tan de artificio como sus fuegos de feria. Un modelo de éxito aparente con ruina certificada en un pronto futuro. Aquí un malagueño es como un extranjero, pero de segunda.

Cadáveres que incomodan

25 Mar

Las ruinas de Villa Maya van a servir para que el Ayuntamiento de Málaga limpie su conciencia, o su falta de conciencia histórica, mediante la propuesta de entrega de la medalla de la ciudad a Porfirio Smerdou, cónsul de México en Málaga que entre 1936 y 1937 convirtió su hogar en un refugio para quienes huían de los fusilamientos republicanos quienes, al igual que los sublevados, ponían a ciudadanos inocentes contra las vallas del cementerio y le soltaban un tiro sin otro juicio ni mayores cotas de piedad. Unos ganaron la guerra y pudieron matar más y rescatar de las cunetas a los que consideraron suyos, para dejar espacio donde enterrar a los que no le permitieron ni el privilegio elemental de un ataúd e incluso una lápida. Pero ni siquiera el bando vencedor al que me niego a llamar “nacional”, dado que portaba la misma nacionalidad que los de la trinchera de enfrente, realizó un rescate de su propia memoria. Así, un lugar como Villa Maya que evitó la muerte a muchos malagueños, burgueses, sí, pero con idéntica condición humana que los pobres bombardeados en su huida hacia Almería, pasó desapercibido. No era un edificio con singularidad arquitectónica; un velo tramado por desidia pública y privada ha silenciado su existencia hasta el derribo, como a toro en la plaza, sin apelación posible. Porfirio Smerdou representa uno de esos personajes incómodos que jalonan el tejido histórico español desde finales de la guerra. Fue respetado por los comités milicianos porque México apoyaba la República; salvó a familias de los vencedores pero algo de rojo y librepensador tendría, por lo que tampoco le iban a hacer muchos vítores los prohombres de la dictadura militar. Hay humanos que son tan cuerdos, tan coherentes con su propia humanidad, que serían fusilados por cualquiera. Sospecho que debe ser inmenso ese número de cadáveres sin bandera con un tiro físico en la nuca y otro que se quedó apuntalado en el frente contrario. Qué solos se quedan los muertos, y mucho más los españoles.

Dentro de nuestra historia, esa más triste que ninguna porque siempre acaba mal, como escribió Gil de Biedma, aún contamos con un buen catálogo de cadáveres que molestan como si los encontraras a la hora del té en el salón. La ideología viste gafas miopes ante los ojos de quienes supuestamente deberían de enarbolar ideas. José María Hinojosa, por ejemplo, poeta de la Generación del 27, un ejecutado de los que no pudo alcanzar Villa Maya, autor de la “Flor de Californía”, obra clave de las vanguardias hispánicas, fue tachado de facha y no mereció ningún respeto literario por haberse dejado matar de modo tan tonto. Participó en la política republicana y eso confundía a los franquistas; fue ajusticiado por los republicanos y eso ya prejuzgaba sus versos. Su figura ha sido reivindicada ya casi en el siglo XXI gracias a los desvelos y erudición de mi gran amigo el doctor Alfonso Sánchez Rodríguez. El primer director de la nueva etapa de la revista “Litoral”, José María Amado, tuvo que huir desde Málaga a Gibraltar en una barca para que no lo fusilaran las milicias. Cuando resucitó en 1968 esta revista capital de las letras españolas tuvo que luchar contra la ruina económica, contra la incomprensión de los exiliados republicanos y contra la censura franquista. Ahí queda su obra viva casi sesenta años después impulsada por María José Amado y Lorenzo Saval. Cualquier reconciliación pasa por el reconocimientos de los hechos, el perdón y el olvido. Exige la desacralización de supuestas virtudes y de pretendidos defectos. Necesitamos devolver todos los cadáveres a sus lápidas legítimas, restituir sus biografías y atesorar la memoria completa y sin esos prejuicios que ya no tienen ningún sentido, salvo el de mantener viva una llama del odio en la que se nutren muchos intereses partidistas. Villa Maya era un símbolo de humanidad, de Don Quijote frente a terribles molinos que sólo anunciaban molinos más terribles. La destrucción de esa casita malagueña revela la miseria moral, esa agua oculta que aún llora bajo nuestros cimientos sociales, que habría dicho Lorca. El alcalde ha recalcado que, por razones de fuerza mayor, la entrega de esta medalla a Don Porfirio se hará a título póstumo.

El gazpachuelo

30 Jul

Constituye un inconsciente rito iniciático de mesa y mantel. Hasta que alguien no prueba el gazpachuelo no se hace malagueño del to. Tal plato condensa una mezcolanza entre una cocina muy básica, de supervivencia, y las finuras que el tiempo le ha otorgado casi sin querer. Cuando en Málaga hay hambre los malagueños se dirigen al mar. Queda aquel nombre que Picasso recordaba del barrio de “Chupaytira” para la zona de Victoria y Lagunillas cuyos suelos, a pesar de su lejanía del rebalaje, parecían una playa rebosante de conchas con las que, por lo menos se engañaba el hambre, o la hambre que aún parece mayor infortunio invocada con ese femenino que la aproxima en género a la muerte. El Piyayo, en versos de José Carlos de Luna, alimentaba a sus nietos, caídos sobre su camastro por designio de la mala estrella, con pescaítos de la bahía, de los que no se desperdiciaba ni una escama. Pero llegaron otros signos de los tiempos. Cuentan que un humilde labrador comía chacina con la voracidad propia de quien lleva cumpliendo la maldición bíblica de ganársela con el sudor de su frente durante muchas horas. El señorito de aquellas tierras se detuvo a contemplar, desde su caballo, cómo el trabajador devoraba su refrigerio. Venga alabanzas al ímpetu, venga admiraciones por esa vitalidad que le permitía deglutir embutidos contundentes a pleno sol. El labriego se levantó y le vociferó: “¡Puñetas! Es que lo queréis todo, la comida y la hambre”. Y eso mismo sucedió con ese pueblo malagueño que se zampaba un puñao de coquinas o cañaíllas al fresco de un zaguán. Llegaron los bárbaros del norte, los elogios cardiovasculares a la dieta mediterránea, y aquellas gentes que usaban mantecas en lugar de aceite para asar chuletones, se volvieron malagueñívoros para fastidiarnos el pescado, ahora comida de ricos, aunque se trate de morrallita de Málaga o unos espetos, y ya ni podemos hablar de mis chanquetes en noches de verano y niñez. Quieren la comida y la salud.

La historia de Málaga es triste. La primera ciudad industrial de España se hundió, entre otras cosas, por la ambición de una burguesía con tintes de aristocracia feudal que ideaba fórmulas financieras que estrujasen la hambre de sus trabajadores, en lugar de articular métodos más eficaces que diversificaran sus negocios. Y los malagueños, una vez en la ruina de su corralón, como en busca de su origen mítico se tuvieron que echar a la mar, acto que, despojado de romanticismo miope, convierte figuras como la del cenachero en lo que fue, seña de identidad de la miseria convertida en semántica de capachos. De esa dignificación de la necesidad nació una de las sopas más elegante y saludable que conozco. Tan democrática que, en lugar de pescado, se puede hacer sólo con patata, pero eso sí con sus ínfulas de alta cocina. Opto por la de pescado y marisco. Calamares medianitos, gambas y pescado, según gustos, colaboran para elaborar un caldo. De las gambas sólo uso los despojos, su cuerpo lo prefiero presente en el último movimiento de esta sinfonía. Aparte se hierve un puñado de almejas. En el caldo marino, ya colado, hiervo patatas y un poco de arroz. Cuando se perciban tiernos, se aparta un vaso largo del líquido de cocción. Suenan los clarines de la genialidad malagueña. Ya templado, se mezcla con una par de generosas cucharadas de mahonesa. Vertemos la disolución sobre el resto del caldo, junto con las gambas crudas y el pescado, almejas y calamares, ya limpios y troceados. Desde esos orígenes tan del sobrevivir cada mañana, comprende uno, por ejemplo, esos bellezones que cruzan La Merced en moño, zapatillas y pijama, pero con los oros y el maquillaje bien puestos. Se hace claro al intelecto, ese malaguita de chiringuito, que despotrica sobre cualquier asunto con voz ronca, cubierto ya apenas por el mismo bañador de los años setenta, pero con la muñeca cansada por un peluco tamaño rodaja de piña, sobre el que se llevará adherido algún trozo de piel de ese espeto que uno se jinca antes de comer en casa, por si lo pillara la mala estrella que, a veces, cruza nuestro cielo.

La Invisible

23 Jul

El Ayuntamiento de Málaga ha enviado la carta de desalojo a la asociación cultural La Invisible con residencia en la calle Nosquera. Al margen de las cuestiones jurídicas o de propiedad que puedan legitimar tal acto administrativo, se constata una clara persecución de aroma inquisitorial a todo tipo de disidencia. Las instituciones malagueñas pretenden la uniformización, control e institucionalización de las manifestaciones culturales o de los grupos ciudadanos. Cofradías, murgas carnavaleras, coros rocieros y peñas recreativas son bendecidas e, incluso, reciben subvenciones o espacios para sus infraestructuras, mientras los grupos independientes son condenados al ostracismo y hasta boicoteados si se presenta la ocasión, como este caso que abordamos. La banalización del discurso estructura un vecindario aborregado siempre dócil hacia las líneas que marquen desde arriba, que suelen coincidir con las líneas que trazan los valores bursátiles al alza. El cierre por exigencia municipal de una asociación de este tipo, es decir, de las que brotan ajenas a los despachos, no se trata de un hecho aislado, el contexto en que se enmarca es bien oscuro. El ayuntamiento ha invertido millones de euros en museos como el Revello de Toro, artista de más que dudoso interés, junto con los sostenes que entrega al Museo Jorge Rando, ambos con una obra de mínima relevancia para la historia del arte contemporáneo, pero a los que ningún movimiento vecinal o político cuestiona, dado el anecdótico nivel intelectual de nuestros próceres y próceras, si me permiten este palabro inclusivo. Málaga, ciudad de museos para cruceristas a los que igual daría gastar un par de horas en una tienda de ropa, semejante a la que tengan en su propia urbe, o contemplar una obra sin que sepan en realidad lo que están viendo. No se busca sólo banalizar cualquier discurso, sino banalizar la cultura y, desde ahí, la inteligencia colectiva. No es invento de D. Francisco, alcalde, ya lo dijo Lope de Vega: “puesto que paga el vulgo, es justo hablarle en necio para darle gusto”. Bajo estos parámetros una asociación como La Invisible, o bares rebeldes como El Muro, molestan por contestatarios y deben ser hundidos.

No voy por La Invisible y no tengo con ese grupo ninguna cuestión personal. Como malagueño siento indignación porque el gobierno de mi ciudad no haya mostrado ningún tipo de interés por conseguir que estas gentes puedan continuar sus actividades, molestas para este moderno despotismo ilustrado, pero necesarias por su condición de críticas y de alternativas. Jamás surgirá ningún genio en arte o en pensamiento si no halla la tierra en que arraiguen los cuestionamientos de los textos oficiales o la moral común. Una sociedad sana promueve que sus individuos se comporten como tales individuos. Las maravillosas vanguardias rusas dieron paso al pésimo arte soviético, que aún perdura, cuando Stalin dictó las órdenes de cómo debía de ser la estética para el pueblo. Picasso no habría sido Picasso si se hubiera quedado en Málaga a la sombra de las marinas y costumbrismos decimonónicos. Primero Barcelona, quizás el ambiente más oxigenado de España, con permiso del Torremolinos setentero, y luego el París que lleva a gala el haber cortado la cabeza al rey como firma de su revolución. Aunque yo no asista a los actos que organiza La Invisible, aunque no comparta la ideología de sus miembros, sé que La Invisible es necesaria en una ciudad, como la nuestra, que cada vez rima más con vulgaridad. Málaga es mi tierra, aquí crecí, nació mi hija y enterré a mi padre, pero salvo excepciones no suscita en mí otro afecto que el provocado por el cariño, como espacio de cultura se sienta en la fila de atrás. La Invisible tiene una solución muy fácil para evitar el cierre, su constitución como cofradía con trono; a partir de ahí, todo serán parabienes, bonificaciones y visitas de este alcalde que viene de Nueva York, donde seguro que no ha aprendido nada.

Heroína

2 Jul

En el verano de 2014 viajaba yo en una línea de metro entre Queens y Brooklyn, trayecto que en velocidades neoyorquinas tarda una hora. En aquellos vagones, aún con aires de los años setenta, una pareja dormía. Cabizbajos, oscilaban según designio de las leyes físicas que rigen el movimiento. Ella despertó confusa. Sus ojos, como de pez varios días muerto, me transportaron décadas atrás, cuando la heroína comenzó su siega en mi barrio malagueño. Si tal droga había regresado a Nueva York, pronto lo haría a España y a Málaga, la primera en el peligro de la libertad, como reza su escudo, lema que según épocas puede ser interpretado en uno u otro sentido, dada la ambigüedad que la historia española ha mostrado frente a tal concepto. Durante los años de la dictadura, ese peligro de la libertad caló hondo sobre las hamacas de Torremolinos. Desde aquel hábito de cosmopolitismo, cualquier tendencia proclamada en alguna de las capitales del planeta, aterriza con apenas demora sobre nuestras aceras. Hace unos días, en el puente, junto al Centro de Arte Contemporáneo, una chica interpretaba la performance de vender sobre el suelo, sus medias, el DNI y varios dibujos cogidos de la papelera de algún colegio. Ningún deseo de provocación artística empujaba tal acto. En sus gestos, sólo la urgencia de una dosis. Me crié, sin lamentos, en un barrio de aluvión junto a la, entonces, frontera de la ciudad ante lo que llamábamos, sin mucho criterio, el campo. La construcción barata que proporcionaba una vivienda para el proletario. Emigramos desde un pueblo para habitar otro pueblo mayor, comprimido en breves calles. La crisis de los setenta coincidió con la llegada de la heroína. Algunos jóvenes se refugiaban con sus jeringas y cucharillas para disfrutar aquel nuevo producto en los muchos locales vacíos, o entre el esqueleto de alguna obra abandonada. Sentían la paz de los muertos, preferible a la batallas que enfrentaban como vivos. Luego llegó el SIDA y cumplió sus destinos.

La heroína fue droga de pobres. La generación que hoy disfruta su adolescencia exhibe un poder adquisitivo inimaginable frente al de aquellos años grises del tardo-franquismo. El tráfico de tal sustancia se habrá mostrado rentable según sentencia del capitalismo de esquina, aún más inflexible que el de parqués y despachos. Los camellos me la ofrecían gratis en C/ Sánchez Pastor, o junto al Chinitas. En mi propio barrio podría hasta haber compartido jeringa, costumbre de época. La oferta genera la demanda. Los efectos personales y sociales de este demonio con nombre de mujer son desconocidos para nuestros veinteañeros. La madre de un amigo tenía toda la ropa y la comida en la casa de la vecina para que su hijo, enganchado, no la vendiera puerta a puerta. Los alrededores de la Alameda Principal se abarrotaban todas las noches de jóvenes prostitutas a las que delataba la mirada falta de brillo que se queda para siempre en quienes caen en la llamada de la jeringa. Gil de Biedma escribió que no había tiempo verbal más triste que el futuro pasado. El verano anterior eran muy evidentes los rastros de la heroína por ciertas zonas neoyorkinas. Dos años antes, una de las modas de los distritos marginales consistía en vestir chanclas de tira con calcetines. Ya ha llegado esa ola a nuestras aceras. La juventud ignora la miseria que siembra la heroína. Suponemos que los servicios sociales, policiales y jurídicos acumularon la suficiente experiencia para abordar una catástrofe que nos va a llegar igual que las cadenas de comida rápida. Vivimos desde hace décadas en la aldea global que analizó Mcluham. El mundo del narcotráfico, además de las gestas cantadas en los narcocorridos, también necesita la purulencia de los movimientos de capitales sin control, y de los análisis de mercado que se realicen en bufetes y oficinas, incluso elegantes. Unos habitamos un mundo global, otros en uno privado más amplio que todo mi barrio de niñez y sus tumbas. Igual que un mal verso, la heroína ha venido y nadie sabe cómo ha sido.