Detrás de la tapia

11 Jun

tapia.jpeg Hace unos días, en esta misma sección, apareció un artículo, firmado por Juan Antonio Paredes, en defensa de las clases de religión en la escuela. Se sorprende el autor de la confusión que algunas personas ilustradas tienen con los conceptos de catequesis y clases de religión. Quienes creo que confunden los términos son aquellos que hacen de la asignatura de religión una auténtica catequesis. Cosa que no es infrecuente. ¿Rezar antes y después de las clases, preparar primeras comuniones, celebrar el mes de mayo, asistir a misa, invitar a recibir los sacramentos, es hacer catequesis o impartir una asignatura?

Cuando pide el autor que los profesores de religión tienen que ser creyentes vuelve a confundir los términos de la catequesis y de la asignatura. ¿Es que hace falta que quien imparte clase de historia de España sea un convencido patriota? Un fervoroso creyente puede ser un pésimo profesor de religión, aunque fuese un excelente catequista.
Sostiene su tesis el autor en cuatro principios.(él los llama motivos) que voy a intentar rebatir:
–Dice que mediante las clases de religión se recupera la memoria del pasado. Se recupera la memoria del pasado en las clases de Historia. En ellas aparecerá la inevitable referencia al hecho religioso que nos ha marcado durante siglos. Es cierto que no se puede entender nuestra cultura sin la dimensión religiosa. Pero esa dimensión está presente en la Literatura, en el Arte, en la Sociología, en la Filosofía… Nadie sostiene que se elimine de la cultura la referencia al hecho religioso.
–El segundo argumento es tan peregrino que casi no merecería la pena contestarlo. Dice que lo pide un ochenta por ciento de los padres. Por ese mismo motivo no hay que hacer caso a quienes sostienen la opinión contraria, que son pocos, al parecer. Viene a decir que por ser muchos tienen razón. Es decir que si mil personas le piden al autor del artículo que les pague a cada uno quinientos euros, éste debería hacerlo porque muchos no pueden equivocarse, frente a uno. Al parecer, hasta el señor Zapatero ha comprendido este argumento. No tiene mucha base, desde luego, como no sea la de carácter electoral.
–Estoy de acuerdo en el papel que el autor atribuye a la escuela y a la Universidad, más allá de la de preparar trabajadores que se incorporen a la vida laboral con un nivel adecuado. El papel de enseñar a pensar, de ayudar a criticar. ¿Y si uno, pensando, pensando, criticando, criticando, llega a la conclusión de que los homosexuales pueden casarse, y de que la infalibilidad pontificia es discutible y de que el dogma de la Inmaculada Concepción es poco creíble, y de que debe haber mujeres sacerdotes, y de que es necesario utilizar el preservativo para combatir el SIDA y los embarazos no deseados…? No creo que una institución que se basa en dogmas ayude precisamente a pensar y a criticar. Una religión en la que la duda ha estado colocada en el catálogo de pecados difícilmente puede ayudar a conseguir el fin crítico que debería perseguir la escuela.
Mi discrepancia con el autor es total cuando dice que “cercenar el estudio de la religión… sólo se explica por el miedo a que el otro se aparte de la doctrina oficial del laicismo y desde las actitudes autoritarias que recortan la libertad de la persona”. Pues no. No. A mí me parece estupendo que la gente crea en Dios, que vaya a la Iglesia, que asista a las catequesis. A ver si nos entendemos. Y, por favor, aclárese, que si la mayoría pide clases de religión no resulta coherente decir que el pequeño grupo restante constituye la ‘doctrina laicista oficial’.
–Tampoco veo consistencia alguna en el cuarto principio que dice que han existido personas magníficas en la Iglesia católica. Claro que han existido y existen. Y fuera de ella también, señor Paredes. Fuera de ella también. No sé en qué libro de los muchos que escribió el fallecido sacerdote José María Cabodevilla leí una historia verdaderamente significativa. La reproduzco de memoria, por eso es fácil que contenga alguna imprecisión. La historia dice que muere un católico y acude a las puertas del cielo. En lugar de presentarse de inmediato, decide esconderse para ver lo que sucede. Llega un a persona y le dice a Dios:
–Señor, yo era judío. Nací en el seno de una familia judía y he sido un fiel cumplidor de los preceptos de mi religión…
–Pasa, pasa, bienvenido al cielo.
Llega otro individuo diciendo:
–Señor, yo era mahometano. Siempre me esforcé por ser fiel a mis obligaciones.
–Pasa, enhorabuena por haber alcanzado la salvación.
Otro se presenta ante Dios y, con cierta preocupación, dice:
–Señor, yo era agnóstico, pero siempre respeté y ayudé a mis semejantes
–Adelante, entra en el cielo.
Así fue sucediendo con un protestante, un ateo, un mormón, un budista… Todos pasaban la prueba sin dificultad. Muy preocupado, sale de su escondite el católico y le pregunta a Dios:
–Señor, he permanecido escondido durante horas. He visto que todos se salvan. Pero no he visto entrar en el cielo a ningún católico. ¿Es que no se salva ninguno?
–Sí, hijo, los católicos también se salvan. Pero mira, todos entran detrás de aquella tapia porque para ser completamente felices necesitan creer que se salvan ellos solos.
Uno de los problemas que existen en el tratamiento de los asuntos religiosos es identificar la esfera ética con la religiosa. Se diría que quien no es creyente está claramente instalado en la esfera del mal. El obispo de Tarragona decía hace unos días que los problemas de violencia que existen en la juventud tienen como origen la falta de creencia religiosa.

Se invoca una y otra vez el artículo 27 de la Constitución que defiende para las familias el derecho a elegir para sus hijos el tipo de educación que deseen. ¿Quién se lo impide? Pueden ir a la parroquia a la que pertenecen. Lo que no pueden hacer es obligar a que los demás les paguemos ese derecho. Que alguien me conteste, por favor: ¿Por qué un Estado laico tiene que mantener un Concordato con un Estado religioso? ¿Por qué un Estado laico tiene que tener en el currículum oficial clases de religión? ¿Por qué tienen que pagar, quienes no quieren hacerlo, a profesores de Religión que inculcan ‘su’ moral y ‘su’ credo a los alumnos?.¿Por qué nombra (y despide) profesores una instancia que no es la que los paga? ¿Por qué el sistema de acceso no es el mismo que el de los profesores de otras materias?
Me sorprende positivamente la enorme preocupación que los obispos (y seguidores) sienten por el proceso de socialización de los niños y la transmisión de la cultura. Aunque me preocupa un pequeño detalle. Solamente lo hacen cuando se trata de defender la asignatura de religión. No les he oído decir una palabra sobre la disminución de las horas de filosofía.

Tú, tira

30 Abr

Me cuenta un profesor de Universidad que hace cierto tiempo entró en un aula para impartir su clase. Vio con perplejidad cómo en la primera fila un alumno, tocado con una visera bien calada, estaba terminando de comer un bocadillo y apurando una lata de cerveza que había colocado sobre el banco. El profesor, discretamente, espera para darle tiempo a finalizar el refrigerio. El alumno, que se percata de la intención del profesor, le dice con gesto displicente:
– ¡Tú, tira!
Este hecho, tan elocuente como preocupante, me ha llevado a plantear la importancia de las formas de respeto como un modo de reconocer la dignidad de las personas. No se puede decir que este tipo de comportamiento esté a la orden del día. Existe el riego de generalizar y de adoptar posiciones catastrofistas. Muchos alumnos y alumnas mantienen un trato deferente hacia sus compañeros y profesores. Pero me preocupa la existencia de comportamientos groseros y el deterioro del respeto que exige la vida en común. No vale todo. Cuando se pierden las formas en la escuela, existe un añadido de perversión. Porque la escuela es el lugar indicado para aprender y expresar respeto. (El ‘caso Jokin’ está poniendo sobre el tapete de forma dramática el problema de la convivencia en las escuelas. Volveré a él próximamente. No puede dejar tranquilo a nadie en esta sociedad el hecho de que un adolescente se suicide a causa del acoso de los compañeros). Qué decir de la familia, que ha de ser el taller de la convivencia. Me repugna la expresión que pretende justificar la descortesía y la ordinariez: “Donde hay confianza, da asco”.
Y se aprende de una forma inequívoca. A través del ejemplo. No basta con insistir en la necesidad de guardar las formas, es necesario que los alumnos aprendan a través de la imitación. El aprendizaje vicario es de gran importancia en la vida de los animales y de las personas. No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo.
Todos hemos de respetarnos a todos. No comparto la filosofía de aquella vieja máxima de los catecismos: “Hay que respetar a los mayores en edad, dignidad y gobierno”. (Curiosamente, quienes habían redactado los catecismos eran personas mayores en edad, dignidad y gobierno). Toda persona tiene dignidad merecedora de todo el respeto. Es más, si hubiera que insistir en un plus de respeto, habría que hacerlo en favor de los más débiles, de los más pequeños, de los menos poderosos. ¿No es más necesario pedir al general que respete a los soldados que insistir en que los soldados deben respetar a los generales? Es inquietante la denominación de ‘superiores’ e ‘inferiores’ aplicada a las personas.
He leído con atención el libro del recientemente fallecido Luis Carandell ‘La familia Cortés. Manual de vieja urbanidad’ en el que hace un repaso a los antiguos manuales de cortesía. No soy nostálgico respecto a las costumbres pasadas. Había en ellas mucho de hipocresía, de autoritarismo, de estupidez y de sexismo. Se insistía, por ejemplo, en la necesidad de dejar un asiento a una señora en el autobús mientras se le negaba tranquilamente un puesto en la vida. Se pedía veneración del sirviente hacia el amo mientras éste podía explotarlo vilmente. Basta repasar algunas máximas del Barón de Ardila para darse cuenta del cinismo y de la pudibundez que encerraban muchas normas: “Lo que en el día sobra, el buen sirviente/ no desdeña comérselo al siguiente”. “En la sirvienta honesta está muy feo/andar con los soldados de paseo”.
Pero claro, una cosa es desdeñar la ridiculez y otra faltar al respeto de forma persistente y ostensible. La urbanidad es una virtud cívica. Es la forma de manifestar a los demás respeto y consideración. Se puede hacer con la palabra: saludar y despedirse, dar las gracias, pedir las cosas por favor. “Palabra cortés significa amable pensamiento”, dice Ramón Llull. Las acciones desvelan también actitudes de respeto: ceder el paso o el asiento, abrir una puerta, prestar ayuda… Otra forma importante de respetar al otro es evitar todo aquello que pueda molestar: hacer ruidos, escupir en el suelo, meterse el dedo en la nariz, vestir con suciedad o de forma indecorosa, oler mal…
Hay normas que cambian con el tiempo. Algunas formas de vestir y de comportarse que eran exigidas hace años hoy nos parecerían ridículas. Por eso es importante aprender a vivir en sociedad, pero también aprender a ser críticos con esas formas de relacionarse. No está tan alejado del buen criterio decir de las personas corteses que tienen buena educación. Porque la educación auténtica lleva consigo el aprendizaje de la convivencia.
Me repugna ver algunos programas de televisión en los que de forma casi obligada se falta al respeto a los demás y a los espectadores. Agresiones, insultos, frases soeces, gritos… Parece el comportamiento normal. Es más, el deseable. Quien guarda las formas y se muestra respetuoso recibe el calificativo de tonto o de insociable. Me duele ver por la calle personas que se muestran agresivas y poco delicadas con otras. Y, sobre todo, me preocupa ver que en la escuela y en la familia, en ocasiones, no se cuidan no se piden, no se exigen los buenos modales.
La espontaneidad que se practica en aras de la sinceridad y de la libertad no es más que grosería y falta de respeto. Cuando hablo de buenos modales me estoy refiriendo al respeto que se debe a las personas, al respeto que nos debemos a nosotros mismos. Creo que se podría hablar de la ética de los buenos modales.
“La cortesía hace aparecer a la persona por fuera como debería ser por dentro”, dice Jean de la Bruyère. Y ahí está, a mi juicio, la raíz de la cuestión. Conducirse de modo que las personas se sientan respetadas. Que no las hieran las palabras y el comportamiento, en primer lugar. Y que, además, se pueda vislumbrar detrás de la deferencia contenida en la palabra y en la acción la dignidad del otro.
Amando de Miguel escribió hace ya más de diez años un libro titulado ‘Cien años de urbanidad. Crítica de las costumbres de la vida española’. En él se dice: “Estamos sin duda ante un reverdecimiento de la ética de las formas, que se creía tan superada por la disposición espontaneísta que caracteriza a la estética juvenil”. No sé si el diagnóstico del sociólogo es muy preciso, pero estoy convencido de que sería deseable. Una forma de desarrollar y perfeccionar la democracia es cultivar las formas de respeto que están encerradas en la cortesía.

¿Cuántos amigos tienes?

2 Abr

Albert Camus define la amistad como “la ciencia de las personas libres”. Ciencia y arte a la vez. Decía Aristóteles que la amistad es un alma que habita en dos cuerpos y un corazón que habita en dos almas. Y así es. Siempre he pensado que la amistad es una de las columnas que sostienen el mundo.
El lenguaje nos juega muchas veces malas pasadas. Una de ellas es la de utilizar la misma palabra para designar realidades muy diferentes. Algunos llaman amigo a un simple compañero de trabajo o de partido o de clase, a un aprovechado colega, a dicharachero acompañante,. a un ocasional aliado, a un camuflado contrincante, a un adulador interesado, a un bromista entretenido, a un jefe cercano, a un profesor condescendiente, a un padre campechano… No. Esos no son amigos, son meros sucedáneos. Por otra parte, decir un “buen amigo”, un auténtico amigo”, un “verdadero amigo” es utilizar adjetivos innecesarios porque un amigo es, per se, bueno, auténtico y verdadero. Decir “buen amigo” es una tautología. Decía Epicuro: “La amistad recorre el mundo cada mañana despertando a las personas de manera que puedan hacerse felices”. ¿Cómo sería este mundo sin el sentimiento y la experiencia de la amistad?
Un amigo es una persona que, a pesar de conocerte muy bien, te sigue queriendo. Es una persona que comprende, que perdona, que no tiene que ser llamado en la adversidad, que no se aprovecha de la prosperidad o el éxito, que te dice la verdad, que no te abandona, que está disponible a cualquier hora. Alguien ha dicho que un amigo es un hermano que se elige. En efecto, el azar nos da los parientes, pero nosotros elegimos a los amigos. La amistad minimiza los defectos, disculpa los errores y perdona los descuidos. Como decía Joseh Joubert: “Cuando mis amigos son tuertos, los miro de reojo”.
Hago estas reflexiones ante el asombro y la tristeza que me producen muchas relaciones que veo en los medios de comunicación y en la vida. Traiciones, insolidaridad, puñaladas traperas, insultos, agresiones, deslealtades, trampas, acusaciones brutales, superficialidad, falsedades, mentiras, utilización aprovechada de la intimidad compartida, egoísmo… Eran amigos, pero un mezquino interés acabó con la amistad. ¿Qué amistad era esa? Eran amigos, pero la envidia más ruin provoca un ataque despiadado que hace saltar por los aires muchos años de relación. Una amistad que termina de esta manera, nunca había comenzado. Dice un proverbio chico que las buenas fuentes se conocen en las grandes sequías y los buenos amigos en las épocas desgraciadas.
Javier Cercas, escritor cacereño que alcanzó un éxito extraordinario con la novela “Soldados de Salamina”, obra de la que se hicieron más de cuarenta ediciones, que fue traducida a más de veinte idiomas y que dio lugar a la película del mismo nombre, acaba de publicar otra novela espléndida. Se titula “La velocidad de la luz” y es la historia de una amistad. Una amistad entre un escritor novel que viaja como becario desde Cataluña a la Universidad americana de Urbana y un compañero de despacho, también profesor en esa Universidad y antiguo combatiente en la guerra de Vietnam.
La novela de Cercas, que es una magnífica lección sobre el arte de narrar, está escrita con un lenguaje preciso y elegante, tiene una rigurosa estructura y una cadencia de creciente palpitación. Se sumerge en las aguas turbias de la culpa y explora sus más recónditos escondites. Contiene, además, una intensa reflexión sobre la guerra, sobre el éxito y sobre la literatura, filtradas a través del sentimiento de amistad que atraviesa todas las páginas. La naturaleza humana toca techos de éxtasis y fondos de desesperación que llevan a los protagonistas a rezar con Heminguey: “Nada nuestro que estás en la nada, nada es tu nombre, tu reino nada, tú serás nada en la nada como en la nada”.
Lo más alejado del burdo interés, de la competitividad desleal, de la indecencia relacional, de la obsesión por la eficacia y del relativismo moral que hoy nos invaden es la amistad. Para un mundo dominado por el individualismo y por la ley del “todo vale”, no hay mejor terapia que el florecimiento de la amistad.
Alguien me contó hace tiempo esta interesante historia sobre la amistad que quiero compartir ahora con el lector. Un hijo le pregunta a su padre:
– ¿Cuántos amigos tienes?
– Uno sólo, hijo.
– ¿Uno sólo, padre? Has perdido la vida. Con lo importantes que son los amigos. Yo tengo cientos de amigos extraordinarios.
– ¿Y sabes si son realmente amigos tuyos?
– Claro que lo sé. Me lo han dicho muchas veces.
El padre le propone que someta a prueba esa amistad. Y le dice:
– Mira, vas a matar una oveja. La metes en un saco, de manera que se vea la sangre. Y con el saco a cuestas vas a llamar a la casa de tus amigos y a pedirles ayuda. A ver cómo reaccionan. Así lo hace el hijo. Llega a casa del primero de sus amigos, el que cree que de ninguna manera le va a fallar.
– Mira, le dice mostrando el saco. He matado a una persona. Por favor, ayúdame.
– ¿Has matado a una persona? ¿Qué me dices? Tú eres un asesino. ¿Qué quieres, que me impliquen a mí en el asesinato? ¿Por qué has venido? Díselo a otro. Vete, no quiero volver a verte nunca más.
Se va desconcertado y entristecido. Llega a la casa de otro de sus amigos con el mismo mensaje e idéntica petición.. Y la respuesta le duele aún más:
– Yo no quiero tener como amigo a un monstruo. Me has defraudado. No pensé que fueras así. Jamás me imaginé que pudieras hacer algo semejante. Me avergüenzo de ti. Aléjate pronto de aquí, porque eres un maldito indeseable. ¿Cómo he podido ser amigo tuyo?
Así le va sucediendo con todos los que creía sus amigos. Y entonces piensa en el amigo de su padre. ¿Cómo reaccionará? Llega a su puerta, se presenta como hijo de su amigo. Le cuenta exactamente lo mismo que a sus pretendidos amigos, le pide idéntica ayuda y oye, emocionado y atónito, esta respuesta.
– Pasa, pasa pronto. Vamos a enterrarlo en el jardín. Y, por favor, a tu padre no le digas ni media palabra de lo que aquí ha sucedido.
Creo que es importante hacer amigos. Pero es más importante mantenerlos, saber cuidarlos, saber ser fieles a esa hermosa relación. Qué hermosa y certera la recomendación del proverbio chino: recorre frecuentemente el camino que lleva al huerto del amigo, de lo contrario crecerá la hierba y no podrás encontrarlo fácilmente.

Mamá y mamá

23 Oct

madres.jpg Siempre me ha llamado la atención ver cómo una parte de la humanidad se ha empeñado en frenar los avances que otra parte de la misma impulsaba. Una y otra vez, y otra vez, y otra vez… Produce cansancio ese empeño de tirar hacia atrás. No se dan cuenta quienes lo hacen que se asemejan a los viajeros de un barco que, molestos con la dirección del mismo, se pasan el día avanzando de popa a proa, en un intento vano de frenar el sentido de la dirección. Cuando ya se impone la lógica, cuando la fuerza de los hechos se hace inexorable realidad, todo parece natural. Muchos de los logros se han conseguido con sangre. Sangre de héroes anónimos, de personas que han sufrido las consecuencias de su atrevimiento, de su valentía, de su inteligencia, de su rebeldía, de su bondad. Han pagado el tributo de vivir diez, cien años por delante del resto de los humanos. Los demás nos hemos beneficiado de la intuición y el empeño de estas víctimas, de estas personas pioneras. Todos hemos disfrutado, al fin, de los beneficios de la extensión de las libertades.
Se ha utilizado como freno a veces la moral, a veces las costumbres inveteradas, a veces la tradición, a veces la ciencia, a veces ‘el bien común’ o el ‘bien particular’, a veces la religión, a veces al mismo Dios… Se ha convertido en escándalo un cambio que ha puesto en cuestión las prácticas vigentes de la sociedad. Todos recordamos el escándalo de los bikinis en las playas, de las minifaldas por las calles, de la utilización de preservativos, de la aprobación del divorcio, del estudio de las mujeres en la Universidad, del voto femenino… ¿Dónde están los escandalizados censores? ¿Qué dicen ahora?
Podría poner muchos ejemplos de héroes anónimos. Los hay a miles en el impresionante libro (he elegido con precisión el adjetivo) de José Antonio Marina y María de la Válgoma titulado ‘La lucha por la dignidad’. Una chica negra que osa subirse a un autobús de blancos y es expulsada a golpes y patadas, una madre soltera que decide no abandonar el pueblo y es objeto de burlas y desprecios, un trabajador que exige el necesario descanso remunerado en la empresa, un homosexual que se atreve a dar un beso a su pareja en plena calle…
Decía Juan José Millás hace unos días en El País, en un artículo cargado de ironía y de inteligencia titulado ‘Libertad’, que muchos no habían entendido que el divorcio o el matrimonio entre homosexuales o el uso del preservativo eran simples opciones, no mandatos. ¿Por qué obligar a todos a vivir bajo un mismo patrón? ¿Sería lógico y ético que condenásemos y tratásemos de impedir, por considerarla rara, absurda o antinatural, la opción del celibato?
Ahora se cuestiona el la adopción de niños y niñas por homosexuales. Se utilizan diversas razones. Todas ellas, a mi modo de ver, de escasa consistencia, ante el hecho fundamental de que algunos niños y niñas encuentren el amor, el cobijo, la atención, la ternura y el cuidado de unos adultos responsables. ¿Es mejor dejarlos en la calle? Dicen algunos que no se puede experimentar con los niños. ¿No les asusta el experimento de entregarlos a una pareja de heterosexuales viciada por el desamor o por las más perversas y egoístas relaciones? Dicen que una pareja heterosexual es ‘algo’ distinto a una pareja de dos hombres o de dos mujeres. Pues bien, ¿por qué habrían de ser idénticas? ¿Es que no hay diferencias entre unas parejas de heterosexuales y otras? La referencia al polo femenino que necesitan las personas la encontrarán los niños y las niñas en la escuela, en la sociedad, en la vida. La familia es la paidocenosis fundamental, pero no la única.
El terrible experimento con los niños lo hace una sociedad cruel que les deja morir de hambre cada día en instalada indiferencia, contemplando el horror de su abandono, entregándolos a la miseria más absoluta, haciéndolos víctimas del chantaje y de la violencia de la guerra… Esos sí que son experimentos crueles.
Invocar a los niños como la causa más importante para negarles el beneficio de un hogar, de unos padres o madres amantísimos, resulta especialmente cruel. Por ser homosexuales, ¿no los pueden querer?, ¿no los saben cuidar?, ¿no los pueden educar? Creo que estas mentes tan bien organizadas, esos corazones tan bien intencionados temen que se produzca un ‘contagio’. Piensan que los homosexuales, por el hecho de serlo, son seres de tendencias antinaturales (la relación entre homosexuales se calificaba por la Iglesia como ‘pecado nefando’) que nadie debería copiar. Qué pena. Qué horror.
Una de las fuerzas que, tradicionalmente, ha tirado hacia atrás en muchas de estas cuestiones es la Iglesia católica. Al menos, su jerarquía. Porque hay teólogos y moralistas católicos que, afortunadamente, no están en la ortodoxia. Y así lo proclaman, con graves consecuencias a veces. Se dice que la Iglesia es una Institución temporal y, por consiguiente, sometida a las limitaciones y errores de la historia. De hecho, viene siendo una práctica habitual que reconozca los errores cuando las víctimas ya no pueden ser resarcidas por haberlos sufrido. ¿No sería un signo más auténtico del arrepentimiento no cometer nuevos errores? Obstinados en la separación de los géneros (pienso en los seminarios, en los colegios del Opus Dei, tan estrictos en que la convivencia sea entre personas del mismo sexo) es sorprendente que les parezca una aberración que un niño esté con dos hombres o con dos mujeres. No hay problema. Los niños saben acomodarse perfectamente. Quienes temían que padres separados influyesen negativamente en los hijos, han visto cómo los niños se han acostumbrado a estar con uno y con otro sin problemas. Y, si fuesen mayoritarios los hijos de padres separados, ¿habría que obligar a separarse a todos porque los niños no viesen en sus padres un ejemplo de excepcional rareza?
Si todos (me refiero a los espectadores y, especialmente, a los censores) viesen como una situación normal, natural, el que los niños o niñas fuesen adoptados por homosexuales, parte del problema que dicen que existe se habría solucionado. El problema no está en los homosexuales sino en quienes se resisten a tratarlos como iguales. Lo que durante mucho tiempo se ha considerado genético o natural se ha visto que era un producto de la cultura. Los antropólogos han ayudado mucho a relativizar la obsesión de la genética cuando han mostrado que en unos lugares resulta ‘natural’ lo que en otro lugar sería intolerable. “Viajar, decía Chesterton, es comprender que estabas equivocado”. La historia también nos enseña. Baste recordar el valor de la homosexualidad en la cultura griega.
Creo que la cuestión principal es conseguir que ese hogar que va a recibir a un niño o a una niña esté integrado por personas honestas, sensibles, generosas e inteligentes. Personas preocupadas por el bienestar, la seguridad y el crecimiento armonioso de los niños y de las niñas. Por lo que han sufrido, por lo que se les ha denostado y por su forma de vivirse y de vivir a los demás, no hay motivos para pensar que los homosexuales sean, de partida, peores padres o madres. Más bien habría que suponer lo contrario. Eso sí, habría que exigir esas condiciones a todas las familias que deseasen adoptar. Compadezco mucho más a un niño de una familia integrada por heterosexuales violentos, agresivos, insensibles y preocupados por su exclusivo bienestar. Dichosos los hijos adoptivos de homosexuales honestos y responsables.

Trampa y cartón

24 Jul

truco.jpg En la sociedad de la eficiencia, dominados por la cultura del éxito, es fácil caer en la tentación de evaluar las instituciones, los programas y los proyectos, a través de la consideración exclusiva de los resultados. Lo que no se puede medir, no existe. Lo que no ha conducido a un logro final no ha merecido la pena. El proceso conducente a la consecución de los fines, no tiene la menor importancia.
Sucede en todos los ámbitos de la realidad. Una empresa funciona bien si ha conseguido buenos dividendos, un alumno ha sido un buen estudiante si ha aprobado todas las asignaturas, un servicio ha sido excelente si ha atendido a un número grande de beneficiarios. No importa que la empresa haya conseguido los beneficios robando, que el estudiante se haya esforzado poco en aprender y que el servicio a cada usuario haya sido deplorable. Lo importante es alcanzar un logro cuantificable. El esfuerzo realizado, la situación de partida, la cualidad del trabajo importan poco.
El mecanismo parece simple y perfecto. Me prepongo unos objetivos y evalúo el éxito en la medida que éstos han sido alcanzados. Y compruebo el éxito a través de mediciones cuantificables. No hay error posible, no hay trampa ni cartón. La comparación, así, es fácil e incontestable. Ocho es más que cinco y cinco es más que tres. Se acabó la discusión.
Pues no. Aquí hay trampa y cartón. La primera trampa es pensar que si los objetivos son claros y operativos, la evaluación será incontestable. (Me ha llamado la atención ver en el aeropuerto de Madrid, reeditado, el famoso y por algunos denostado libro de Mayer ‘Formulación operativa de objetivos didácticos’. Tiene más de treinta años) Fíjese el lector algunas preguntas que este mecanismo silencia: ¿quién fijó los objetivos?, ¿son objetivos verdaderamente importantes? (porque si eran estúpidos, mientras más se consigan, peor). ¿Podían ser otros? ¿Hace falta un esfuerzo razonable para alcanzarlos?, ¿podrían ser otros?, ¿han de ser iguales para todos?, ¿qué se ha conseguido mientras se trataba de alcanzarlos?, ¿quién dice que se han conseguido?, ¿hasta cuándo dura su adquisición?, ¿para qué sirve alcanzar esos objetivos?…
Hay más trampas y más cartones. Por ejemplo, el comparar lo conseguido por unos y por otros cuando se parte de condiciones, de capacidades y de medios diferentes. Comparar lo incomparable es poco razonable y bastante injusto. Cinco puede ser mucho más que ocho y tres mucho más que cinco y que ocho desde otra perspectiva, desde otro modo de asignar valor a los números. ¿Cómo es posible comparar los resultados de dos industrias, de dos Universidades, de dos empresas, de dos personas… que tienen distinto punto de partida, distinto potencial, distinta capacidad, distinta historia, distinta finalidad?
La trampa más importante es que se olvida el valor del proceso. Se ignora todo lo que ha sucedido mientras ha durado el intento de llegar al logro. Y eso es, a veces, lo más importante. Se olvida si ha existido esfuerzo, si se ha hecho todo lo posible, si se han utilizado los medios disponibles, si se ha respetado la ética, si se han adquirido conocimientos importantes, si se ha puesto el cimiento para éxitos posteriores, si se ha trabajado sin sentir el látigo del autoritarismo, de la discriminación o del desprecio…
Abogar por la consideración de los procesos no significa renunciar a la exigencia o al rigor. Todo lo contrario. Significa evitar las trampas que hacen olvidar la verdadera exigencia y eliminar los cartones que impiden acceder a la visión rigurosa de la realidad. Alguien ha podido conseguir mucho haciendo trampas, sin el menor esfuerzo o a través del envilecimiento moral.
Me han contado, a propósito de esta evaluación que sólo está pendiente de los resultados, esta simpática y significativa historia. En un pueblo italiano viven dos personas del mismo nombre pero de diferente oficio. Los dos se llaman Giuseppe Nervi. Uno es el sacerdote del pueblo. El otro es el único taxista de la localidad. Ambos mueren el mismo día. Cuando llegan al cielo., San Pedro pregunta al primero que se acerca a su puerta:
–¿Cómo se llama?
–Giuseppe Nervi.
–¿El sacerdote?
–No, el taxista.
San Pedro analiza con suma atención su expediente. Le dice que se ha salvado y que, afortunadamente, le ha correspondido llevar en el cielo un mando de lino y un bastón de oro con incrustaciones de piedras preciosas.
Seguidamente se acerca el sacerdote, que ha sido testigo de la conversación anterior. Se presenta, muy ufano, como el sacerdote del pueblo.
San Pedro estudia su expediente y le dice que también se ha salvado, pero que le ha correspondido llevar un manto de esparto y un bastón de madera con pequeños trozos de piedra incrustados. El sacerdote, con firmeza y cierta indignación alega:
–Permítaseme mostrar mi desacuerdo por este agravio tan evidente. Yo he sido el párroco de esta localidad durante setenta y cinco años. He cumplido siempre con mi deber, he visitado a los enfermos, celebrado misa, administrado los sacramentos y pronunciado con fervor las homilías cada domingo… Sin embargo el taxista era un desastre conduciendo: se subía a las aceras, chocaba contra los árboles, aparcaba en cualquier sitio, superaba la velocidad establecida, frenaba a destiempo, tenía accidentes cada dos por tres…
–Sí, dice San Pedro, lo sabemos. Pero en el cielo hemos aprendido a evaluar como se hace en la tierra. Ahora sólo nos fijamos en los resultados. Y hemos visto que mientras usted pronunciaba las homilías todo el pueblo dormía, pero mientras el taxista conducía, los pasajeros rezaban.