Mitras y coronas

22 May

Vaya por delante mi respeto a todos los creyentes. El mismo respeto que recabo para quienes no lo son. Hay practicantes que viven sin prestar la más mínima atención a la ética y agnósticos admirables por su vida moral. Y viceversa. Ni los ateos son, per se, malos ni los creyentes, por el mero hecho de serlo, buenos. Por mucho que se nos pretenda explicar (¡todavía!) lo contrario. No es la creencia la que nos hace respetables sino nuestra condición de personas.
Dicho esto, tengo que afirmar que es inadmisible que en un país cuya Constitución es laica exista en el curriculum una asignatura de religión católica (además, evaluable y computable para el paso de curso). Una asignatura que se suele (o se puede) convertir en una catequesis. Aquí nos encontramos con el primer error: confundir clase de religión con catequesis. Catequizar es, según el Diccionario de la RAE, “persuadir a alguien a que ejecute o consienta lo que antes era contrario a su voluntad”. No es eso precisamente lo que deben conseguir las asignaturas del curriculum. La escuela no es una parroquia.
El segundo error consiste en utilizar dinero público para difundir credos. Ahí están algunos Colegios concertados (subvencionada, por consiguiente, con fondos públicos) preparando Primeras Comuniones, Navidades, Cuaresma, Pascua de Resurrección, festividad de la Inmaculada o del Santo Fundador… Nadie debe estar obligado a pagar con sus impuestos a un profesorado que predica un credo y defiende una moral que no comparte. ¿Cómo puede obligárseme a pagar a quienes explican que la homosexualidad es una enfermedad, que los matrimonios entre lesbianas son antinaturales, que la masturbación es pecado, que los anticonceptivos son inmorales, que el aborto es un asesinato…?
El tercer error grave es que los profesores de esa clase religión sean designados por los obispos, sin someterse a los criterios de selección a los que se somete el resto del profesorado del sistema educativo. Resulta chocante defender la asignatura de religión como una más del curriculum y mantener la excepcionalidad en la selección de quienes la imparten. Qué decir del derecho a despedirlos por motivos tantas veces discutidos y discutibles.
Se dice que sin el conocimiento de la religión católica no entenderíamos nuestro mundo. Claro está. Y sin la cultura griega y la romana y la árabe. Me parece bien que, para que exista un buen proceso de socialización, se estudie en el curriculum el papel que han desempeñado y desempeñan las religiones en la cultura, que se estudie en la historia, en el arte, en la literatura, en la geografía, en la lengua, en la literatura… Y si se quiere en una Historia de las religiones. Otra cosa muy distinta es la educación en la fe y la moral católicas. Resulta sospechoso que los obispos tengan tanto interés en que los niños y las niñas adquieran cultura (religiosa). Nunca les he visto defender tan apasionadamente que se estudie en las escuelas Literatura, Historia. o Filosofía. Lo que quieren, en realidad (por eso instan a las familias a elegir esa asignatura en las escuelas) es que se formen en la fe y en la moral católicas. Una moral (la suya) que, como consideran que es la única válida, pretenden que sea la moral de todos. Pueden estar movidos por buenas intenciones, pero considero que esa imposición no es respetuosa para quienes piensan y creen de otra manera en una sociedad plural. Nadie más que los creyentes debería desear que la Iglesia estuviese separada del poder civil. Hoy mismo, quizás mientras usted lee este artículo, mitras y coronas se mezclan en la catedral de La Almudena de Madrid con el regocijo y la emoción de una parte de la ciudadanía.
Decir, para justificar la presencia de la asignatura de religión en el curriculum, que un porcentaje elevadísimo de familias (el setenta y cinco por ciento según el cardenal Rouco Varela) eligen esa asignatura es hacer demagogia. En primer lugar porque si no existiera esa posibilidad nadie la podría elegir. En segundo lugar porque eso quiere decir que la eligen, no que debieran tener esa oportunidad de hacerlo. Estoy seguro de que si se ofrece una importante cantidad de euros a quienes lo deseen, todos se apuntarían. Lo cual no quiere decir que haya que darlos (sobre todo si se sacan del erario público).
Resulta llamativo que se hable de acoso a la Religión si se defiende la supresión de la asignatura en la escuela. Ahora bien, si se lo que se defiende es la implantación de la asignatura nadie dice que se está acosando a los agnósticos o a quienes defienden otra postura. Lo que ha existido durante siglos es persecución de los herejes o de los ateos. Hubo tiempos en que se los quemaba. Eso sí era acoso. Grave, injusto e incongruente es también decir que se habla de esta cuestión porque no se sabe hablar de otra cosa.
El hecho de que sociológicamente la religión católica tenga una presencia mayoritaria en España no significa que tenga que tener privilegios. Por eso estoy contra la discriminación que supone para otras religiones que no son objeto del mismo trato. No es el número de creyentes lo que da más valor o más derechos a una religión. Ni los años que tiene de historia. Se invoca la libertad de los padres para elegir la educación que prefieran para sus hijos. ¿Y si las familias de ETA quieren abrir un Colegio para difundir sus tesis? ¿Debería subvencionar el Estado esos Colegios? Se dice también que quien no quiera puede apuntarse a la alternativa (Hecho religioso). Todo el mundo sabe que hay muchas formas de quebrantar la libertad. Entre otras formar una minoría mal vista y, algunas veces, mal tratada.
Hay quien piensa que sin religión se acabaría la moral. “Si Dios no existiera, esto sería el caos”, dicen algunos. ¿Por qué? Las guerras de religión, han sido la causa de muchas muertes, de mucho dolor, de muchos males. La ética ha de estar por encima de las religiones. Esa tesis defiende con lógica José Antonio Marina en su interesante libro “Dictamen sobre Dios”. Todavía están muy arraigadas tradiciones, costumbres, ritos, mitos del nacionalcatolicismo. La separación de la Iglesia y el Estado ha de hacerse más fuerte, más radical. En beneficio de ambos poderes. Es difícil separar (cómo no saberlo después de pasar un año más la Semana Santa en Andalucía) lo que hay de fe, de folclore, de costumbre, de superstición, de atavismo en muchas manifestaciones religiosas. Escuchar el himno nacional en plena procesión, ver desfilar a la Legión, contemplar en los desfiles a la Rectora de la Universidad, al obispo, al alcalde o a un Capitán General me produce una extraña sensación. Hoy mismo entrarán los novios en la Catedral madrileña a los sones del himno nacional. Lo que sucede es que la tradición está por encima de la razón. Un curioso libro, titulado La Biblia en España cuenta las peripecias de George Borrow, un evangelista inglés que recorrió la península vendiendo biblias protestantes y propagando su fe. Recorriendo los pueblos andaluces se encontró con un campesino. Se le acercó con su libro y le dijo que deseaba explicarle los rudimentos de su fe. El campesino lo interrumpió diciendo: Mire usted, no se moleste porque, si no creo en la religión católica que es la verdadera, ¿cómo voy a creer en la suya, que es falsa?

La fuerza del diálogo

24 Abr

dialogo.jpg Dice Mariano Rajoy que el actual gobierno es débil e inestable porque tiene necesidad de dialogar y negociar con otras fuerzas políticas para poder gobernar. ¿En qué consiste, pues, la fortaleza para el líder popular? En ejercer el mando sin depender de pactos, consensos y alianzas. Ordenar y mandar de forma autónoma es, para él, ser fuerte. Lo dijo claramente en la campaña electoral: “No pactaremos con nadie”. Y lo explicaba: “porque no queremos ser víctimas de chantajes”. Al parecer, transigir, ceder, negociar, pactar, dialogar son muestras de debilidad. Quien hace propuestas a Mariano Rajoy chantajea, cuando las hace él defiende el bien de España.
No es sorprendente esta visión en una persona que ha participado en un gobierno (de mayoría absoluta) que se ha quedado sólo en la decisión de ir a una guerra, en la elaboración de la ley general sobre la educación, de la ley sobre las Universidades, en lo que se llamó luego ‘el decretazo’… Han decidido solos, sin negociar, sin dialogar. Han impuesto su criterio y han considerado que esa es una manera de ser un gobierno fuerte. Y, por ser fuerte, también estable. Quien esto dice ha sido también el destinatario de una decisión solitaria y autocrática que le ha convertido en líder sin necesidad de consulta, diálogo o negociación.
Los hechos no le han dado la razón. Porque esa forma de gobernar, según creo, ha sido una de las causas no de la inestabilidad del poder sino de su defenestración a través de las urnas. De modo que el no escuchar a nadie, el no negociar con nadie, el no pactar con nadie ha sido precisamente la causa de la pérdida del poder, de su debilidad.
Creo que lo que da fuerza al poder (y estoy refiriéndome siempre al poder en una democracia) es su disposición a la escucha, su capacidad de hacer pactos y de establecer alianzas. La fuerza, a mi juicio, está en el diálogo. En el buen entendido, como decía Joseph Joubert de que “el objeto de toda discusión no debe ser el triunfo, sino el progreso”.
El primer interlocutor del gobierno para establecer el diálogo es la ciudadanía, que habla a través de las urnas, pero que sigue hablando después en las calles, en la prensa, en las organizaciones, en las instituciones. El segundo interlocutor son los partidos políticos del arco parlamentario, que están ‘ahí’ por decisión soberana de los ciudadanos. El tercero son los representantes de otros países del mundo ya que una nación no está sola en la tierra. El cuarto son los propios miembros del partido. Si no hay democracia interna, si realmente no se puede decir lo que se piensa, no se formularán quejas, críticas ni discrepancias. El silencio servil es la tumba de la verdad.
Para dialogar es preciso saber escuchar y tener algo que decir. “Hay pocos animales más temibles que un hombre comunicativo que no tiene nada que decir”, decía Beuve. Sin dogmatismos, porque algunos confunden pereza de pensamiento con firmes convicciones. No hay diálogo desde los dogmas.
También es cierto que en el diálogo puede haber trampas. Hay quien, a través del diálogo, trata de engañar, de obtener ventaja. Y logra conseguirlo. Aunque, en otras ocasiones, el ‘listillo’ se encuentra con alguien que le aventaja en la sagacidad. Me han contado hace unos días una simpática historia al respecto. Viaja en un avión una hermosa joven al lado de la ventanilla. Está cansada y se dispone a dormir. Un joven ejecutivo que está a su lado le hace una propuesta:
–Perdone que le moleste, señorita, como el viaje es muy largo le propongo un juego para entretenernos–.
Ella agradece cortésmente la invitación, pero la rehusa sin vacilación. Él insiste:
–Se trata de un juego divertido. Yo le hago una pregunta, si usted no la sabe, me paga cinco euros. Si me la hace a mí y yo desconozco la respuesta, le pago a usted cinco euros–.
Ella rechaza la iniciativa alegando que está muy cansada. El ejecutivo no desiste de su empeño y vuelve a la carga, ahora con una propuesta diferente y ventajosa para la mujer:
–Para que el juego sea más interesante para usted, le hago esta oferta: si yo le hago una pregunta y usted desconoce la respuesta, me pago cinco euros, pero si usted me hace una pregunta y yo no sé la respuesta, le pagaré quinientos euros–.
La mujer acepta la nueva propuesta. Empiezan el juego. Él hace la primera pregunta:
–¿Cuál es la distancia del cielo a la tierra?–.
Como ella desconoce la pregunta le paga cinco euros. E inmediatamente pregunta:
–¿Cuál es el animal que sube al monte con tres patas y baja con cuatro?–.
El ejecutivo no conoce la respuesta, saca su ordenador portátil y hace una consulta de más de una hora, a través del teléfono del avión llama a la biblioteca de varias Universidades. Al fin se da por vencido. Paga los quinientos euros a la chica que, con gestos de cansancio, deja el juego y hace ademán de ponerse a dormir:
–Oiga, dice el ejecutivo, ¿cuál es la respuesta?–.
Ella saca de su bolsillo un billete de cinco euros, se los entrega al joven sin decir palabra y se pone a dormir.
Ojalá que lo que se ha dado en llamar en estos días un nuevo talante, una actitud nueva consistente en la apertura al diálogo, sea asumida por las instituciones y por cada uno de los ciudadanos y no sólo por sus representantes. Un diálogo inteligente y respetuoso. Un diálogo que busque el bien y la verdad, sin opereza, sin trampas y sin dilaciones. Un diálogo que nos habitúe a escuchar lo que el otro piensa y quiere. Que nos permita expresarnos con firmeza, rebatir sin miedo y ser criticados sin padecer tristeza e irritación. Decía sabiamente Cicerón: “Estemos siempre a punto para contradecir sin obstinación y dejarnos contradecir sin irritarnos”.
Para dialogar es preciso tener la voluntad y la humildad necesarias para dedicarse al encuentro. Pero hay que disponer de estructuras y cauces para hacerlo: tiempos, espacios, condiciones… El diálogo nos enriquece si estamos abiertos a la verdad de todos. Las personas inteligentes aprenden siempre, las otras pretenden mandar, enseñar y corregir a los demás como si estuvieran en posesión de la verdad. El diálogo nos hace fuertes. Y no cansa, si se hace de forma positiva. Decía Winston Churchill: “Una buena conversación debe agotar el tema, no a los interlocutores”.

Lo que diga el jefe

27 Mar

jefe.jpg Hace algunos años, el Director del Departamento de la Universidad Complutense al que yo pertenecía, comenzó a dar una explicación acerca de un asunto sobre el que íbamos a votar.
– Lo que pienso sobre esta cuestión…., dijo intentando argumentar.
Una profesora que estaba a su lado lo interrumpió de manera entusiasta y, a todas luces, apresurada:
–Sí, sí, don Víctor, estoy de acuerdo.
El susodicho don Víctor no tuvo más remedio que apostillar con una sonrisa malévola:
– Espere que diga lo que pienso, por favor.
La anécdota revelaba una forma de proceder, una manera de pensar. El jefe siempre tiene razón. Por eso y para eso es el jefe. Existe una concepción jerárquica de la verdad que podríamos definir así: verdad es lo que el jefe dice que es verdad. Se trata de una concepción muy extendida que se desarrolla en todos los ámbitos de la vida: religioso, político, académico, deportivo, empresarial… ¿Por qué?, me he preguntado muchas veces.
Creo que, en primer lugar porque hay muchos jefes que se consideran en posesión de la verdad. Por tener la verdad han sido jefes y por ser jefes tienen la verdad. Les gusta que todos piensen como ellos para que no se equivoquen. Les ahorran, desde un paternalismo y una pedantería admirables, el esfuerzo de pensar por sí mismos. Pueden conseguir esta adhesión por la vía de la imposición, de la seducción, de las promesas, de la persuasión. Un jefe de partido decía: A mí me gusta que todos los militantes me digan la verdad, aunque eso les cueste el puesto. Algunos pretenden conseguir las adhesiones mediante la seducción: Confíe en mí, no se equivocará. Otros prometen recompensas y prebendas. Hay quien dice que la imagen resultante de la adhesión inquebrantable se convertirá en éxito electoral.
Hay otra causa poderosa, no menos deleznable. Y es que muchos súbditos prefieren que les den la verdad hecha, elaborada, terminada, indiscutible. Son amantes de los dogmas. Esta postura exige menor esfuerzo, acarrea un menor riesgo de equivocarse por sí mismo. Las razones que impulsan a los súbditos a repetir las palabras de los jefes son de naturaleza diversa: el jefe tiene razón porque le quiero, el jefe tiene razón porque le temo, el jefe tiene razón por lo que de él espero, el jefe tiene razón porque le admiro… En definitiva, siempre tiene razón.
Nunca he podido explicarme cómo el PP consiguió la unanimidad en una cuestión de conciencia tan tremenda como el apoyo a la guerra de Irak. Ni siquiera a través del voto secreto pudieron los parlamentarios expresar la discrepancia. Me cuesta
creer que todos pensasen lo mismo. (Por cierto, creo que cuando todos piensan igual, nadie piensa mucho). Resulta difícil creer que un partido con una parte importante de creyentes no siguiera la opinión de su líder espiritual que se manifestaba contrario a la guerra. Algunos aplicaron sagazmente la disonancia cognitiva para tranquilizarse: Nosotros buscamos la paz, lo mismo que el Papa, pero por otro camino. En el fondo, estamos de acuerdo con él.
Cuando el líder del PP designa a su sucesor (decide quién es la persona y, además, cuál es el momento y el modo de hacerlo) nadie discrepa sobre su decisión. Ha elegido al mejor. No puede equivocarse. ¿Todos piensan así? ¿Lo creen también los seguidores de otros elegibles? ¿Por qué no dicen lo que piensan si es contrario a lo que dice el jefe?
Desde el PP se ha insistido por activa y por pasiva en la campaña electoral que el señor Zapatero no tiene capacidad de liderazgo, que en el PSOE hay muchas opiniones, que no es capaz de imponer la unidad de pensamiento. Si no es capaz de gobernar su partido, argumentan, ¿cómo va a gobernar el país? Se da a entender que gobernar es conseguir que todos piensen lo mismo, que todos digan lo mismo, que todos hagan lo mismo. No estoy de acuerdo, claro está. No en una democracia. Esta acusación es coherente con su concepción de liderazgo. Un buen jefe es el que piensa por todos y para todos. O, dando la vuelta y haciendo más inquietante el argumento, el que es capaz de conseguir que todos piensen como él.
Lo acabo de ver en uno de los 32 cortos realizados por directores de cine, que sabiamente han titulado ‘Hay motivo…para pensar’. Con esa pose de oráculo que adopta el señor Aznar, con esa seriedad afectada y ese tono de voz que trata de transmitir infalibilidad nos dijo: “Créanme ustedes, hay armas de destrucción masiva en Irak, armas químicas, armas bacteriológicas…” Dígame, señor Aznar, ¿cómo lo sabe?, ¿por qué le tengo que creer?
Ayer mismo escuché con preocupación decir al señor Aznar que los días 12, 13 y 14 de marzo el partido socialista y un grupo fáctico fácilmente reconocible manejaron los muertos de manera interesada para llevar el agua a su molino. Los asistentes se pusieron de pie para aplaudir. ¿Pensaban lo mismo que el jefe? ¿Les había convencido la irrebatible argumentación? Y es que ni ante las evidencias se rinden. La evidencia de un telegrama del Ministerio de Exteriores en el que se dice literalmente a los embajadores: Aproveche su señoría cualquier ocasión para atribuir el atentado a ETA. La evidencia de una manipulación de los medios que ha llegado a la vergüenza nacional.
Creo que muchos no hemos sido manipulados por nadie. Sencillamente, hemos descubierto las mentiras. (Qué lección de ciudadanía espontánea: Queremos la verdad, antes de votar). La reacción más lógica de un pueblo ante un desastre como el atentado de Madrid es acercarse a su gobierno, agruparse en torno a él, buscar su protección y su cuidado, esperar y apoyar su forma de hacer justicia. Todavía sigue intentando hacernos creer mediante la desclasificación de sólo dos (y precisamente esos dos) documentos del CNI que no hubo ninguna manipulación del gobierno. Y es que el gobierno parece no tener molinos a los que llevar el agua. El gobierno sólo tiene una parcela propia que se llama España. Hay que exigir al nuevo gobierno otra forma de gobernar, otro talante, otra actitud respecto al diálogo y a la negociación.
Las cuestiones sobre las que se asiente, sobre las que se entrega la opinión, no son sólo de carácter cognitivo. Hay que pensar ‘así’. Son también funcionales. Lo cual nos pone no sólo al borde de la estupidez sino del ridículo. Es la respuesta inequívoca de aquel trabajador al que le preguntaron por la hora y contestó: La que diga el jefe.
Recuérdese aquella vieja ironía que hablaba de los dos únicos artículos que debían regir la vida de la organización. Artículo primero: El jefe siempre tiene razón. Artículo segundo: En caso contrario, aplíquese el artículo primero.