Hay que bajar el volumen

25 Dic

En estas fechas es casi obligado que los grupos (de trabajo, de ocio, de estudio…) celebren su comida o su cena de Navidad. Es una costumbre que hace imposible en estos días encontrar una mesa libre si no la has reservado previamente. No puedes ir a un restaurante sin encontrarte con la típica mesa alargada para diez, veinte o treinta comensales. Al ver esos floridos manteles comunitarios ya sabes que no vas a poder entenderte con tu pareja o tus amigos y que tendrás que hablar también a gritos o, si se prefiere, por señas.
¿Por qué gritamos? Resulta increíble el tono de voz que emplean algunos comensales. Puedes seguir, desde el otro extremo del restaurante, el contendido de cada intervención. Qué barbaridad. Sales ensordecido. Sobre todo porque, cuando son varias las mesas de la celebración, unos tienen que elevar la voz por encima de la de los otros para poder ser oídos.
La comida (o la cena) tiene momentos especialmente álgidos. Por ejemplo, la llegada del retrasado es celebrada con gritos estentóreos de alegría y vítores por el encuentro. El brindis (repetido hasta la extenuación) es otro momento de elevación de decibelios. A medida que va avanzando la comida el tono va subiendo hasta la total confusión. La excitación colectiva hace que las mesas entren en una competición para hacerse oír. De tal manera que llega un momento en el que nadie es consciente del griterío que se ha preparado. Por supuesto, ninguno piensa (qué pregunta más absurda): ¿estaremos molestando a los demás? No se hacen la pregunta, afortunadamente, porque la contestación dejaría mal parado no a quien grita sino al que no manifiesta la alegría propia de la celebración navideña. Porque esa es otra: quienes no entran en esa dinámica son los raros, los sosos, los incomprensibles. Los aguafiestas.
He comprobado que el tono inadecuado no es exclusivo de los restaurantes en Navidad. También he oído al pasajero que en un autobús del aeropuerto narra para todos lo que está sucediendo y que todos saben: “Hemos llegado con media hora de retraso, estamos en el autobús que nos lleva a la terminal, cogeré un taxi…”. Gracias, enterados. El contenido de la conversación puede ser de otra índole: “Pues nada, que ya estoy aquí, que ya puedes ir echando el arroz”. E, incluso, íntimo: “ Dale un beso a los niños antes de que se duerman. Ya sabes que te quiero”. Enhorabuena y saludos a la familia.
He visto también hablar a gritos en algunas clases. Siempre me he preguntado. ¿Por qué grita ese profesor? Si le oyen perfectamente sus alumnos hablando en un tono más bajo, ¿por qué forzar la voz? ¿Por qué crispar el ambiente? ¿Por qué tensar la situación?
Otros gritan para imponerse porque piensan que una autoridad vociferante tiene más peso y más razón. En este caso, no se puede exigir (ni siquiera pedir): “Oiga, no me grite”. Porque ya se sabe la respuesta: “Te grito porque me da la gana. Y tú te callas”. Piensan que así la orden será más clara, más razonable y más terminante.
Lo que me resulta verdaderamente desagradable es el griterío en las tertulias televisivas o de radio. Se está extendiendo la opinión de que quien más grita es quien tiene más razón. Quien apabulla al otro con voz atronadora es el que da el argumento de más peso. Y, si hablan a la vez, que es lo más frecuente, logra imponer su criterio aquel que se desgañita y logra superar a los demás hasta hacerlos callar. Es una vergüenza ver (y, sobre todo, escuchar) el griterío en que se convierte el diálogo. No importa la razón, importa el ruido. No importa el hilo argumental, importa el grito encadenado y amenazador.
La cultura de una sociedad es inversamente proporcional al ruido que las personas que la integran están dispuestas a soportar. Dice Azorín: “El grado de sensibilidad de un pueblo –consiguientemente de una civilización– se puede calcular, entre otras cosas, por la mayor o menor intolerancia al ruido”.
Hay quien grita porque sí. Hay quien grita porque una situación de euforia le pone en el disparadero del bullicio ensordecedor. Y hay quien grita de rabia y de furia cuando está enfadado ¿Por qué gritamos cuando estamos enojados? ¿Es que no nos oye el interlocutor si hablamos en un tono bajo y cercano?
He aquí una hermosa historia procedente de la sabiduría oriental. Un día, Meher Baba preguntó a sus discípulos:
– ¿Por qué la gente se grita cuando está enojada?
Los hombres pensaron unos momentos.
– Porque perdemos la calma, dijo uno, por eso gritamos.
– Pero, ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado?, preguntó Baba. ¿No es posible hablarle en voz baja?
Algunos añadieron otras respuestas hasta que finalmente Baba explicó:
– Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia, para poder escucharse, deben gritar. Mientras más enojados estén más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia.
Luego Meher Baba añadió:
– ¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran? Los enamorados no se gritan sino que se hablan suavemente. ¿Por qué? Sus corazones están muy cerca. La distancia entre ellos es muy pequeña. Cuando se enamoran más aún, ¿qué sucede? No hablan, sólo susurran y se vuelven aún más cerca en su amor. Finalmente, no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo.
Y para concluir les aconsejó:
– Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más. Llegará el día en que la distancia sea tan grande que no encontrarán ya el camino del regreso.
¿Por qué no dejamos de gritar?, ¿por qué no hablamos más bajo? A este paso, entre gritos de alegría navideña, gritos argumentativos, gritos de mando y gritos de reproche, acabaremos todos necesitando un sonotone porque nos vamos a quedar sordos o, al menos, aturdidos. Hay que bajar el volumen.

No sólo duelen los golpes

27 Nov

malostr01.jpg El pasado jueves se celebró el Día Internacional contra la Violencia hacia la Mujer. Violencia que produce víctimas cada instante. Se trata de un terrorismo que no siempre da la cara, que anida en las casas bajo la apariencia de la normalidad y hasta de la ejemplaridad. Un peculiar terrorismo que se ejerce en nombre del amor (yo te quiero), de la protección (es por tu bien), de los hijos e hijas (tienes que estar aquí y ser así)… Un terrorismo que, como tal, echa sus raíces en las amenazas burdas o sutiles (te vas a enterar), en el autoritarismo despótico (tú te callas), en el horror de los golpes (la próxima vez te mato), en las exigencias sexuales faltas de respeto (es tu obligación satisfacerme), en el amor como posesión (o eres mía o no serás de nadie), en los celos patológicos (ni se te ocurra mirar a otro), en la tradición coercitiva (tú a la casa, que es lo tuyo)… La realidad está ahí como si de una maldición inexorable se tratase. La realidad es sangrante y cada día nos sobrecoge con casos que saltan del silencio a la palabra, de la sombra a la luz, del terror a la rebeldía, del terreno privado a la esfera pública.
Se trata de luchar contra la violencia que sufren muchas mujeres. Violencia que llega, en algunos casos, a la muerte física. En otros, la muerte es esencialmente psicológica. El problema es que los cadáveres psicológicos no huelen, se mueven, hablan y hasta se ríen. No sólo existe el dolor físico, hay dolores de otra naturaleza, no menos terribles, no menos insoportables. He tomado el título de la excelente exposición de fotografía que está presentándose estos días en la Sala Moreno Villa con la colaboración de la Plataforma de la Lucha contra los Malos Tratos ‘Violencia cero’.
En esta exposición de 45 fotografías en blanco y negro se recoge la visión de la fotógrafa Paloma Palencia sobre la problemática de los malos tratos. Una visión que recorre siete fases secuenciadas: inocencia, enamoramiento, maltrato psicológico, maltrato físico, respuesta de la sociedad, liberalización y normalización.
¿Hay hoy día más casos de maltrato que antes? Creo que no. Lo que pasa es que algunas mujeres han aprendido a decir: “Basta, no, se acabó, no más horror, no más humillación”. Lo dicen, muchas veces, aterrorizadas por las consecuencias. Lo dicen bajando la cabeza por haber aceptado la humillación. Y, muchas veces, con escasa esperanza de escapar de quien las persigue en nombre, a veces, del amor. Y con pocas garantías de que la justicia (si no hay pruebas fehacientes) se ponga del lado de la víctima.
Está claro que una sociedad democrática, asentada en valores tiene que ser sensible ante este terrorismo doméstico. Que tiene que denunciarlo. La sociedad tiene que dar respuesta a estas mujeres que sufren. Es urgente. Porque esto no es un ensayo general, esto es la vida. Si fuera un ensayo, se podría mejorar en el siguiente intento. Pero quien echa a perder la vida, no tendrá otra nueva para hacerlo mejor. Para ser feliz. Por eso me preocupan, sobre todo, las causas de estas situaciones. El origen de estos males que a todos nos destruyen un poco. Y creo que están en la cultura y en la educación todavía cargadas de sexismo, de androcentrismo, de discriminación.
“No está en los genes” es el lapidario título del libro de Rose y Levontin. No está en los genes. Está en la cultura, está en la forma de asumir los papeles de hombre y de mujer en la cultura. Está en la educación, en la forma en que aprendemos los patrones de comportamiento de qué es ser hombre y mujer en la cultura hegemónica. Mientras la mujer siga viéndose y aceptándose como un objeto de placer, como un ser con menos derechos, con menos oportunidades…, seguirá el abuso, la dominación, el maltrato, la opresión.. Hay que ir a las raíces del mal. Hay que saber qué pasa por la mente y el corazón del maltratador y de las maltratadas. Y de esas otras víctimas que son los testigos (muchas veces los hijos) que aprenden eficazmente el miedo y el horror.
También las mujeres aprenden a ejercer su papel. Aprenden a someterse, a perder, a ceder. Entran en la perversa trama de la tiranía de la sumisión, de la belleza, de la imagen, de la atracción. Cuando la mujer asume los criterios y las actitudes de la cultura sexista, tiene difícil la liberación. No hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido mete en su cabeza los esquemas del opresor.
Nos hacen asimilar los patrones sexistas que impregnan la cultura muchos fenómenos de naturaleza, algunas veces, muy sutil.
El lenguaje sigue siendo sexista. No en vano las gramáticas y los diccionarios han sido hechos por hombres. Lo que se dice sobre la mujer y sobre el hombre y lo que se permite decir a las mujeres y a los hombres es diferente.
La moral, aplica criterios diferentes para los mismos comportamientos de hombres y mujeres. Si ella comete adulterio es una puta.
Las religiones (la católica entre otras), que tiene una estructura y una visión androcéntrica de la realidad. Es significativo el eslogan de las feministas norteamericanas: “Dios es negra”.
La educación exige un tipo de comportamiento diferente a niños y niñas. Se dice que los hombres no lloran, que las mujeres tienen que ser delicadas, que los varones tienen que mostrarse de forma valiente…
El trabajo se distribuye, se desarrolla y se remunera de manera diferente según el género.
La sexualidad se aprende de manera todavía muy discriminatoria. Mientras más relaciones tiene un hombres es más ‘machote’, mientras más experiencias tiene una chica es más frívola.
El poder, que se ejerce por los hombres desde una óptica marcada por la dureza, la ambición y el autoritarismo. Se entiende que esas son características innatas de los hombres.
Las relaciones se dimensionan desde patrones diferentes. Ellas no deben anticiparse en la declaración de amor. Ellos tienen que mostrarse insaciables en el sexo.
Todo ello hace a los hombres insensibles a e inconscientes. Aunque eso no quiere decir que el maltratador sea un loco a quien no se le puedan pedir responsabilidades. Todo ello convierte a las mujeres en víctimas que desempeñan el papel de triunfantes perdedoras. Permítame el lector una ingeniosa y cruel ironía. Un psiquiatra psicoanaliza a una mujer y le dice: “Por lo que veo, su problema está en el inconsciente”. Tendremos que analizarlo. A lo que ella responde: “Pues mire usted, doctor, no creo que mi marido quiera venir”.
La coeducación, como un aprendizaje basado en el respeto, en la justicia y en la igualdad de oportunidades ha de estar en la base de la soluciones. Pero en la coeducación no está sólo la escuela. Si en ella se trabajan principios, actitudes y prácticas coeducativas, y en la familia se siguen manteniendo patrones sexistas (niña, haz la cama, quita la mesa, barre el salón, plancha las camisas…), se ha avanzado parcialmente. Si en la familia y en la escuela se camina en la dirección adecuada pero en la sociedad las mujeres siguen siendo preguntadas cuando van a buscar trabajo si se van a casar, si van a tener hijos…, tampoco se podrá alcanzar el objetivo de la igualdad. Todos a una. Por la igualdad. Por la justicia.

Un pueblo para educar a un niño

20 Nov

El sistema educativo español está atravesando una etapa compleja y delicada. Tenemos una ley en vigor que, curiosamente, lleva en el título y en las pretensiones el término ‘Calidad’. ¿Habrá alguna ley que no se proponga alcanzarla o que quiera destruirla? Una de las trampas de esta ley reside precisamente en el lenguaje. Quienes discrepamos de los presupuestos ideológicos y de las estrategias impuestas en la ley, ¿estamos en contra de la calidad del sistema educativo? Sincera y contundentemente, no.
Creo que la educación no debería estar sometida de forma tan violenta a los planteamientos del partido en el poder. No son buenos los bandazos políticos que nos llevan de una parte a otra, como si de un péndulo de movimiento inexorable se tratase. Hace falta un análisis riguroso de la realidad, de las causas del fracaso y de las condiciones de partida para tomar decisiones justas y racionales.
Hace falta también establecer un diálogo conducente a la negociación y al acuerdo. Sé que no es posible alcanzar consenso completo en cuestiones tan problemáticas y cargadas de valores. La educación no es un asunto puramente técnico. Es un fenómeno radicalmente social, político, ideológico y ético.
No fue bueno que el PP llegase a la aprobación de la ley en solitario, sin un solo voto de otros partidos. De esos polvos autoritarios vienen estos lodos encrespados. No hubo un buen diagnóstico. Muchos de los presupuestos en los que se basó la ley eran meros eslóganes, simples estereotipos acuñados de forma superficial e interesada: “El fracaso se debe a la LOGSE”, (y “la LOGSE fue un fracaso”), “el nivel de conocimientos ha bajado”, “la LOGSE ha generado violencia”., “la comprensividad es negativa”, “la promoción automática (que, en realidad, no era tal) conduce a la vagancia”… De presupuestos falsos se han derivado soluciones ineficaces o contraproducentes.
El MEC ha abierto un debate que durará desde septiembre a diciembre. Poco tiempo, sin duda, para una tarea tan difícil y decisiva. Nadie debe inhibirse. Es el momento de alzar la voz, de argumentar, de opinar, de analizar, de manifestarse. Todos estamos obligados, desde nuestra condición de ciudadanos y ciudadanas, a participar activamente. A todos nos importa la educación que se establece en el país. De esa educación va a depender el futuro de muchas personas y de la sociedad en general. Todos somos necesarios. Hace falta un pueblo entero para educar a un niño.
Todos los padres quieren lo mejor para sus hijos. Todos pretenden dejarles en herencia dinero, bienes y propiedades. Pero todo el mundo sabe ya hoy que la mejor herencia que pueden dejarles es una sólida educación. Con ánimo de contribuir a ese proceso de reflexión quiero plantear, con la brevedad que exige esta palestra, mi punto de vista sobre las exigencias del debate, sobre las bases que han de fundamentar la ley.
–La educación que se busca ha de ser una educación de calidad para todos y para todas. No hay calidad sin equidad. Es inadmisible una ley que privilegie a los que ya están en mejores condiciones. No es de recibo confundir ideas con intereses y principios con privilegios. (La mayoría de quienes defienden la concertación de la privada, por ejemplo, es porque tienen sus hijos en ella o porque quieren llevarlos). Ha de ser una educación integradora y no excluyente. Una educación que atienda a los inmigrantes, a los desfavorecidos, a los discapacitados.
–La educación ha de ser un compromiso de todos. La verdadera educación. Cuando el señor Rajoy dice despectivamente del presidente de Gobierno que sólo tiene buena educación nos muestra el curioso y restringido concepto que tiene de ella. De poco nos sirve que las personas adquieran conocimientos si luego los utilizan para oprimir, exprimir, engañar y explotar a los demás.
–Ha de ser una educación moderna, laica, integradora y que incorpore valores democráticos, que respete los compromisos con los principios establecidos por la Unión Europea.
–Es necesario liberar los presupuestos necesarios para desarrollar adecuadamente la ley. Magníficas ideas se han estrellado contra la falta de recursos. La educación de calidad es cara. La falta de educación, a la larga, es carísima.
Estos principios inspiran la respuesta a las cuestiones más problemáticas que plantea el debate: no quiero una Educación Infantil meramente asistencial, una evaluación discriminadora, una reválida que se convierte en un filtro en el que queden atrapados los más desfavorecidos, una dirección unipersonal y jerárquica, un recorte de la participación de las familias y del alumnado, unas clases de religión obligatorias y evaluables. Por eso estoy en contra de una ley de corte academicista, elitista, segregador, indoctrinador, selectivo y competitivo. Quiero un sistema educativo que forme a las personas para pensar críticamente y para convivir democráticamente.
Nada de esto podrá hacerse sin tener en cuenta la formación del profesorado. No podemos tener una formación inicial (me refiero sobre todo a la formación de profesores de Secundaria) que sea corta en duración y mala en calidad. Y no se puede establecer un proceso de selección del profesorado basado en la idea de que quien no vale para otra cosa vale para la enseñanza. Hay que acabar con la insidiosa idea de Bernard Shaw: “El que sabe, hace. El que no sabe, enseña”.
¿Podríamos ponernos de acuerdo en cuestiones tan fundamentales como las que se refieren a la educación, es decir, al futuro de los ciudadanos y de la sociedad? Para ello tendremos que hablar, argumentar y escuchar con respeto. Bienvenido el debate. Un debete sin sectarismos, sin desprecio a los demás, sin fundamentalismo pedagógico o político. El acaloramiento irracional lleva a situaciones embarazosas. Como ésta que reproduce una conversación impetuosa:
–Me parece que estoy discutiendo con un estúpido, dice uno de los que dialogan.
– Tú sí que estás discutiendo con un estúpido, contesta irritado el interlocutor.
Y no hay que olvidar, como dice Papagiannis, que muchas reformas que han nacido para favorecer a los más desfavorecidos, el sistema las ha acabado convirtiendo, como por arte de una magia maldita, en reformas que han beneficiado a los ya favorecidos. No basta la buena voluntad.

Mamá y mamá

23 Oct

madres.jpg Siempre me ha llamado la atención ver cómo una parte de la humanidad se ha empeñado en frenar los avances que otra parte de la misma impulsaba. Una y otra vez, y otra vez, y otra vez… Produce cansancio ese empeño de tirar hacia atrás. No se dan cuenta quienes lo hacen que se asemejan a los viajeros de un barco que, molestos con la dirección del mismo, se pasan el día avanzando de popa a proa, en un intento vano de frenar el sentido de la dirección. Cuando ya se impone la lógica, cuando la fuerza de los hechos se hace inexorable realidad, todo parece natural. Muchos de los logros se han conseguido con sangre. Sangre de héroes anónimos, de personas que han sufrido las consecuencias de su atrevimiento, de su valentía, de su inteligencia, de su rebeldía, de su bondad. Han pagado el tributo de vivir diez, cien años por delante del resto de los humanos. Los demás nos hemos beneficiado de la intuición y el empeño de estas víctimas, de estas personas pioneras. Todos hemos disfrutado, al fin, de los beneficios de la extensión de las libertades.
Se ha utilizado como freno a veces la moral, a veces las costumbres inveteradas, a veces la tradición, a veces la ciencia, a veces ‘el bien común’ o el ‘bien particular’, a veces la religión, a veces al mismo Dios… Se ha convertido en escándalo un cambio que ha puesto en cuestión las prácticas vigentes de la sociedad. Todos recordamos el escándalo de los bikinis en las playas, de las minifaldas por las calles, de la utilización de preservativos, de la aprobación del divorcio, del estudio de las mujeres en la Universidad, del voto femenino… ¿Dónde están los escandalizados censores? ¿Qué dicen ahora?
Podría poner muchos ejemplos de héroes anónimos. Los hay a miles en el impresionante libro (he elegido con precisión el adjetivo) de José Antonio Marina y María de la Válgoma titulado ‘La lucha por la dignidad’. Una chica negra que osa subirse a un autobús de blancos y es expulsada a golpes y patadas, una madre soltera que decide no abandonar el pueblo y es objeto de burlas y desprecios, un trabajador que exige el necesario descanso remunerado en la empresa, un homosexual que se atreve a dar un beso a su pareja en plena calle…
Decía Juan José Millás hace unos días en El País, en un artículo cargado de ironía y de inteligencia titulado ‘Libertad’, que muchos no habían entendido que el divorcio o el matrimonio entre homosexuales o el uso del preservativo eran simples opciones, no mandatos. ¿Por qué obligar a todos a vivir bajo un mismo patrón? ¿Sería lógico y ético que condenásemos y tratásemos de impedir, por considerarla rara, absurda o antinatural, la opción del celibato?
Ahora se cuestiona el la adopción de niños y niñas por homosexuales. Se utilizan diversas razones. Todas ellas, a mi modo de ver, de escasa consistencia, ante el hecho fundamental de que algunos niños y niñas encuentren el amor, el cobijo, la atención, la ternura y el cuidado de unos adultos responsables. ¿Es mejor dejarlos en la calle? Dicen algunos que no se puede experimentar con los niños. ¿No les asusta el experimento de entregarlos a una pareja de heterosexuales viciada por el desamor o por las más perversas y egoístas relaciones? Dicen que una pareja heterosexual es ‘algo’ distinto a una pareja de dos hombres o de dos mujeres. Pues bien, ¿por qué habrían de ser idénticas? ¿Es que no hay diferencias entre unas parejas de heterosexuales y otras? La referencia al polo femenino que necesitan las personas la encontrarán los niños y las niñas en la escuela, en la sociedad, en la vida. La familia es la paidocenosis fundamental, pero no la única.
El terrible experimento con los niños lo hace una sociedad cruel que les deja morir de hambre cada día en instalada indiferencia, contemplando el horror de su abandono, entregándolos a la miseria más absoluta, haciéndolos víctimas del chantaje y de la violencia de la guerra… Esos sí que son experimentos crueles.
Invocar a los niños como la causa más importante para negarles el beneficio de un hogar, de unos padres o madres amantísimos, resulta especialmente cruel. Por ser homosexuales, ¿no los pueden querer?, ¿no los saben cuidar?, ¿no los pueden educar? Creo que estas mentes tan bien organizadas, esos corazones tan bien intencionados temen que se produzca un ‘contagio’. Piensan que los homosexuales, por el hecho de serlo, son seres de tendencias antinaturales (la relación entre homosexuales se calificaba por la Iglesia como ‘pecado nefando’) que nadie debería copiar. Qué pena. Qué horror.
Una de las fuerzas que, tradicionalmente, ha tirado hacia atrás en muchas de estas cuestiones es la Iglesia católica. Al menos, su jerarquía. Porque hay teólogos y moralistas católicos que, afortunadamente, no están en la ortodoxia. Y así lo proclaman, con graves consecuencias a veces. Se dice que la Iglesia es una Institución temporal y, por consiguiente, sometida a las limitaciones y errores de la historia. De hecho, viene siendo una práctica habitual que reconozca los errores cuando las víctimas ya no pueden ser resarcidas por haberlos sufrido. ¿No sería un signo más auténtico del arrepentimiento no cometer nuevos errores? Obstinados en la separación de los géneros (pienso en los seminarios, en los colegios del Opus Dei, tan estrictos en que la convivencia sea entre personas del mismo sexo) es sorprendente que les parezca una aberración que un niño esté con dos hombres o con dos mujeres. No hay problema. Los niños saben acomodarse perfectamente. Quienes temían que padres separados influyesen negativamente en los hijos, han visto cómo los niños se han acostumbrado a estar con uno y con otro sin problemas. Y, si fuesen mayoritarios los hijos de padres separados, ¿habría que obligar a separarse a todos porque los niños no viesen en sus padres un ejemplo de excepcional rareza?
Si todos (me refiero a los espectadores y, especialmente, a los censores) viesen como una situación normal, natural, el que los niños o niñas fuesen adoptados por homosexuales, parte del problema que dicen que existe se habría solucionado. El problema no está en los homosexuales sino en quienes se resisten a tratarlos como iguales. Lo que durante mucho tiempo se ha considerado genético o natural se ha visto que era un producto de la cultura. Los antropólogos han ayudado mucho a relativizar la obsesión de la genética cuando han mostrado que en unos lugares resulta ‘natural’ lo que en otro lugar sería intolerable. “Viajar, decía Chesterton, es comprender que estabas equivocado”. La historia también nos enseña. Baste recordar el valor de la homosexualidad en la cultura griega.
Creo que la cuestión principal es conseguir que ese hogar que va a recibir a un niño o a una niña esté integrado por personas honestas, sensibles, generosas e inteligentes. Personas preocupadas por el bienestar, la seguridad y el crecimiento armonioso de los niños y de las niñas. Por lo que han sufrido, por lo que se les ha denostado y por su forma de vivirse y de vivir a los demás, no hay motivos para pensar que los homosexuales sean, de partida, peores padres o madres. Más bien habría que suponer lo contrario. Eso sí, habría que exigir esas condiciones a todas las familias que deseasen adoptar. Compadezco mucho más a un niño de una familia integrada por heterosexuales violentos, agresivos, insensibles y preocupados por su exclusivo bienestar. Dichosos los hijos adoptivos de homosexuales honestos y responsables.

‘Bin Laden demoliciones’

9 Oct

En la ciudad de Rosario (Argentina) vi circular una camioneta con esta ingeniosa e inquietante inscripción publicitaria de una agencia dedicada a realizar derribos: ‘Bin Laden demoliciones’. Un ejemplo muy preciso de humor negro.
Es curioso el llamado humor negro, que provoca una leve sonrisa y, al mismo tiempo, entristece un poco el corazón. No nos reímos con fuerza porque parece que, al hacerlo, nos reímos también de las víctimas. Es un humor a través del cual el ser humano se ríe de aquello que le produce miedo, horror y angustia. Es una manera de defenderse de la desesperación. Lo calificamos con el color negro por ser éste, en nuestra cultura, el color del luto. No concierne sólo a la muerte sino que puede referirse a la guerra, a la enfermedad, a las catástrofes, al hambre, a los accidentes, al terrorismo… Riéndonos de estos problemas queremos expresar que no les tenemos miedo.
La risa es una victoria contra el terror, el miedo y la muerte. Estamos contentos de poder reírnos de lo que nos asusta. Un condenado a muerte, ante la pregunta de si quiere fumar el último cigarrillo, responde: “No, gracias, estoy intentando dejar de fumar”. Otro condenado a muerte iba un lunes camino del patíbulo mientras decía: “Mal empiezo la semana”.
Es conocida la confidencia que le hace la mujer al marido, ambos octogenarios:
– Pienso que, dada la edad que tenemos, uno de los dos podía morir y así yo me iba a vivir con la niña a Barcelona.
En su excelente libro ‘El sentido del humor’ dicen Ziv y Diem hablando del humor negro: “Es el mismo comportamiento del niño que silba solo en la oscuridad de la noche. La eficacia del silbido para olvidar la oscuridad es comparable con la del humor para disipar los peligros de la muerte: demuestra que estos mecanismos de defensa tienen una especie de poder mágico para darnos ánimos en los momentos difíciles”.
Hay también. en el humor negro un componente fatalista. Como no podemos hacer algo contundente ante estos males, podemos reírnos de ellos. Es posible preguntarse qué puede provocar la risa en un hecho tan terrible como la guerra. Hay, sin embargo, muchos chistes sobre ella. Todos recordamos las magníficas conversaciones telefónicas del soldado Miguel Gila con el enemigo.
– ¿Está el enemigo…?
– …
– ¡Que se ponga!
Nos hacía reír mientras nos preguntábamos: ¿Qué puede provocar la risa ante un hecho tan monstruoso? Precisamente su absurdidad. El hecho increíble de que jóvenes, niños y personas inocentes mueran por un hipotético ideal o por un mezquino interés.
Gracias al humor negro, es posible transformar, aunque sólo sea por un instante, el horror de la guerra en una sonrisa. El caricaturista norteamericano Mauldin creía en el poder del humor negro para levantar la moral de los soldados en el campo de batalla. Sus caricaturas, publicadas en un periódico destinado al ejército norteamericano participante en la Segunda Guerra Mundial, le valieron, de hecho, la concesión del premio Pulitzer.
El hambre es otra calamidad mundial. Aterradora. ¿Cómo es posible reírse ante una desgracia tan tremenda, perfectamente evitable? Pues también sobre ella actúa el sentido del humor. Dicen que en una campaña electoral el candidato a la presidencia llega a un pueblecito que está azotado por el hambre. En un típico gesto de generosidad electoral anuncia:
– Traigo juguetes para todos los niños.
Alguien, angustiado, precisa:
– Señor, en este pueblo los niños no comen.
– Pues si no comen, no hay juguetes, dice con severa actitud el candidato.
Dicen que el humor es una forma de bondad. Al menos cuando se utiliza como alivio del dolor. El sentido del humor es necesario para hacer una broma de este tipo, pero también para escucharla sin dramatismo, sin sentir que se está ofendiendo a alguien, cuando realmente no hay pretensión de ofender. Quizás no siempre sea así. Reírse de una sucesión de desgracias no es señal de haber perdido el juicio sino de estar haciendo algo sensato para no perderlo.
El humor sobre la enfermedad parece desazonador. En realidad permite aliviar a los que viven esta clase de experiencias. La realidad no cambia, pero nuestra actitud, sí. Muchos espectadores habrán acudido a ver la maravillosa película de Amenábar ‘Mar adentro’ con la seguridad de que era una película para llorar, no para reír. Y se habrán visto sorprendidos por los delicados toques de humor que provoca la actitud del protagonista ante su desgracia.
Un herido con las dos piernas amputadas, dice a su amigo: “Antes yo tenía un problema para acomodar mis piernas entre las dos filas de asientos en el teatro. Ahora, mi problema ha desaparecido…”.
He comenzado estas reflexiones con un hecho acaecido en Argentina. Lo voy a cerrar con un relato que mi amiga Verónica Comandi me envió hace unos años, en plena crisis del país.
Mueren varios mandatarios en una convención de jefes de Estado. Entre otros mueren Bush, Blair y el entonces presidente argentino Eduardo Duhalde. Se encuentran en el infierno. Bush está intrigado por lo que estará sucediendo en el país sin su presencia. Le dicen que hay un teléfono desde el que puede llamar. Lo hace y, cuando pide la factura, le dicen:
– Son cien mil dólares….
A pesar del fuerte impacto del precio, Tony Blair quiere hablar con su país. Comprueba, después de hacerlo, que ha estado hablando media hora. Cuando pregunta por el precio le dicen:
– Doscientos mil dólares.
Eduardo Duhalde, espoleado por la crisis, quiere hablar con su país. Así lo hace. Se lleva las manos a la cabeza cuando se da cuenta de que ha estado hablando tres horas.
– Usted debe solamente setenta y cinco centavos de dólar.
– ¿Cómo es posible? Un cuarto de hora, cien mil dólares; media hora, doscientos mil y tres horas sólo setenta y cinco centavos de dolar?
– Sí, es su tarifa. De infierno a infierno se considera llamada local.
Es importante lo que sucede, cómo no. Es también importante la actitud ante lo que sucede. Y en muchas ocasiones hay que reír para no llorar.