Homenaje al maestro

2 Oct

maestra.jpg La Fundación para la Ayuda contra la Drogadicción (FAD), dedicó antesdeayer, día 30 de septiembre, un justo, entrañable e inteligente homenaje a los maestros y maestras. Hermosa iniciativa. Me quiero sumar a ella con todo el entusiasmo y la emoción de que soy capaz. Dice Herbert Wells: “La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”. Y nadie como los maestros y las maestras está con la educación. Es su oficio, es su vida, es su pasión. Creo que la solución a los problemas del mundo está en las escuelas, no en los cuarteles, no en los bancos, no en los despachos ministeriales.
El gran magistrado Pericles entendió de forma cabal la misión del maestro como forjador de la personalidad y la conciencia de los pueblos. En cierta ocasión, mandó reunir a todos los genios y artistas que habían contribuido a engrandecer Atenas. Fueron llegando los arquitectos, los ingenieros, los escultores, los matemáticos, los astrónomos, los guerreros, los filósofos… Pericles cayó en la cuenta de una ausencia notable: faltaban los pedagogos, personas muy modestas que se encargaban de llevar a los niños por el camino del aprendizaje.
– ¿Dónde están los pedagogos?, preguntó Pericles. No los veo por ninguna parte. Vayan a buscarlos.
Cuando, por fin, llegaron los pedagogos, habló Pericles:
– Aquí se encontraban los que, con su esfuerzo y su pericia, transforman, embellecen y protegen a la ciudad. Pero faltaban ustedes, que tienen la misión más importante y elevada de todas: la de transformar y embellecer el alma de los atenienses.
Hermosa lección, que es preciso recordar después de tantos años, de tantos siglos. Los maestros y maestras trabajan con los ‘materiales’ más complejos, excelsos y delicados que podríamos imaginar: las mentes, los sentimientos, las actitudes, los valores, las expectativas de los niños y de los jóvenes. El banquero maneja números, talones y billetes, el arquitecto trabaja con planos, el albañil con ladrillos, el médico con el cuerpo de las personas. ¿Hay otra profesión tan hermosa y arriesgada como la del educador?
El 19 de enero de 1824, estando en la cumbre de su gloria, Simón Bolívar, le escribió desde Pativilca (Perú) una carta a su antiguo maestro, Simón Rodríguez. En ella reconoce que fue precisamente ese maestro quien sembró en su corazón los anhelos y el compromiso por la libertad y la justicia, quien espoleó su corazón para lo grande y lo sacó de una vida frívola y sin sentido. Dice en esa carta: “Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso…”.
También Albert Camus, que cuando niño vivió en Argelia una vida de trabajos y pobreza y quien gracias al talento y al esfuerzo consiguió el premio Nobel de Literatura, quiso reconocer en otra famosa carta que todo se lo debía a un maestro especial, el señor Germain. Dice en ella: “Cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que yo era, sin su esperanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que conceda demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”.
De todos es conocida la hermosa carta de Frei Betto a Paulo Freire, que fue educador del actual presidente de la República brasileña Lula Da Silva: “Fueron sus ideas, profesor, las que permitieron a Lula, el metalúrgico, llegar al gobierno. Eso no había sucedido antes en la historia de Brasil y, quizás, en el mundo, excepto por la vía revolucionaria. Hablo de la elección a presidente de la República de un hombre que venía de la miseria, que enfrentó, como líder sindical, una dictadura militar y fundó un partido de izquierda en una nación donde la política pública siempre fue negocio privado de la élite…”.
Así podríamos llegar al infinito citando testimonios de millones de alumnos anónimos y de maestros apasionados, pacientes y generosos. La gran transformación de la sociedad se alcanzará mediante el proceso lento y profundo de la mejora de los ciudadanos, que serán luego capaces de diseñar unas estructuras y de instaurar unas dinámicas sociales asentadas en valores. La escuela enseña a pensar y a convivir. Socializar es incorporar a los individuos a la cultura. Educar es añadir a ese proceso la dimensión crítica y la dimensión ética.
Dice Rubem Alves, autor del libro portugués “Estorias maravillosas de quem gosta de ensinar”: “No conozco que exista una cosa más importante para la vida de los individuos que la educación. La democracia sólo es posible si el pueblo está educado. Pero estar educado no es igual que tener un diploma superior. Significa tener capacidad de pensar”.
Existe una creciente demanda de la sociedad a las escuelas para que en ellas se haga frente, de modo preventivo, a las principales necesidades que hoy tiene el mundo. La escuela debe prevenir los problemas (guerras, violencia, consumo de droga y de alcohol, sida, destrucción del medio ambiente…) y educar integralmente (sexualidad, consumo, ocio, imagen, valores…). ¿Quién puede hacer todo esto? ¿Cómo se selecciona, ¿cómo se forma, cómo se organiza a los profesionales que tienen que atender unas exigencias cada día más extensas y complejas? ¿Cómo se los valora? Los padres y las madres conocen la dificultad de la educación de uno, dos o tres hijos… ¿Cómo afrontar la tarea de adaptarse a las peculiaridades de todos y cada uno de los integrantes de un aula, de una escuela?
Cada vez se hace más compleja esa tarea: por los competidores que tiene la escuela (medios de comunicación, presión social, modelos alternativos…), por la actitud negativa de algunos escolares hacia el esfuerzo sostenido y la docilidad, por la desafección que manifiestan algunas familias hacia la escuela, por el desconcierto que generan quienes gobiernan la educación… No es fácil, pues. Por eso hay que ayudar (la sociedad, la política, las familias…) a que estos profesionales puedan ejercer su tarea con autenticidad, competencia y éxito. Para ser maestro hace falta saber, saber hacer, saber querer y saber ser. He leído hace unos días la hermosa carta que un niño de una escuela rural argentina le escribe a su maestra. Termina así: “Ven a mi casa a visitarnos. Mi perro no te hará daño: él sabe que me quieres”.
En una sociedad que ha descubierto que quienes tienen información tienen poder, los maestros y maestras son profesionales que se dedican por oficio a compartir la información que tienen. Dice Emilio Lledó: “Ser maestro no es sólo una forma de ganarse la vida; es, sobre todo, una forma de ganar la vida de los otros”. ¿Cómo no rendir homenaje, cómo no profesar admiración, cómo no prestar ayuda a estos profesionales esforzados? Por eso me ha parecido extraordinariamente lúcida y emocionante esta iniciativa de la FAD.

Invitación al optimismo

11 Sep

Comienza un nuevo curso escolar. Es un motivo y una ocasión para entregarse al optimismo. Ya sé que resulta chocante invitar al optimismo después de lo ocurrido en la escuela rusa de Osetia, en la que los niños y las niñas han sido (en un comienzo de curso inolvidable) vilmente utilizados, masacrados y torturados psicológicamente. ¿Qué se puede aprender de esta lección sobrecogedora, que ha venido a engrosar el currículum de esta escuela desconcertante que es el mundo? Ya sé que resulta paradójico invitar al optimismo cuando existen tragedias, dificultades, carencias, torpezas y problemas. No es un capricho el hacerlo, sino una exigencia consustancial a la educación. “Educar no es sólo una forma de ganarse la vida; es, sobre todo, una forma de ganar la vida de los otros”, dice Emilio Lledó. Quiero en estas líneas hacer hincapié en algunos motivos (intrínsecos a la tarea unos, otros circunstanciales) que exigen y a la vez generan optimismo y esperanza.
–La tarea educativa es consustancial con el optimismo. De hecho se basa en el presupuesto de que el ser humano es perfectible. Negar este postulado inhabilita para el ejercicio de la profesión docente. La tarea educativa no se puede entender ni ejercer sin optimismo. Perdería su sentido más profundo. Lo explica Savater con su habitual claridad: “En cuanto educadores no nos queda más remedio que ser optimistas. Y es que la enseñanza presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse. Quien no quiera mojarse, debe abandonar la natación; quien sienta repugnancia ante el optimismo, que deje la enseñanza y que no pretenda pensar en qué consiste la educación. Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima… Los pesimistas pueden ser buenos domadores pero no buenos maestros”.
–Se trata de una tarea que supone y exige relaciones interpersonales lo que, potencialmente al menos, resulta más gratificante que la simple manipulación de materiales sin capacidad emocional, buena o mala. No es igual trabajar con prendas de vestir, con productos químicos, con talones bancarios o con piezas de vehículos. Es cierto que las personas pueden reaccionar conflictivamente, pero también es cierto que las personas suelen responder con sensibilidad y afecto.
–Trabajar con la infancia y la juventud es una invitación a la esperanza y al optimismo. Los niños y los jóvenes tienen salud, muestran una vitalidad extraordinaria, hacen proyectos, tienen la vida por delante. La distancia generacional puede crear un abismo entre docentes y alumnos (una distancia que, por ley de vida, se agranda progresivamente) o puede invitar a construir puentes que permitan mantener el diálogo, la relación y la convivencia democrática. Otra cosa, creo yo, es trabajar en un hospital, en un geriátrico, en un psiquiátrico, en un centro penitenciario o en un centro de salud mental…
–La repercusión de la tarea del educador o educadora es casi inevitable. No tiene ni la inmediatez ni la visibilidad que la de otras profesionales, es cierto. Pero creo que las sementeras de la educación son inevitables. A veces, eso sí, se producen a largo plazo. Es magnífica la carta que Frei Beto ha escrito al fallecido Paulo Freire agradeciéndole la influencia que tuvo cuando fue profesor del presidente brasileño Lula. Le dice, entre otras cosas hermosas: “A lo largo de las últimas cuatro décadas sus alumnos fueron pasando de la esfera de la ingenuidad a la esfera de la crítica, de la pasividad a la militancia, del dolor a la esperanza, de la resignación a la utopía…”.
–Se trata de una tarea ejercida en un equipo profesional. También aquí existe la doble posibilidad: puede haber conflicto o satisfacción. ¿Por qué ha de tener más peso la dimensión negativa y pesimista? En el seno de un grupo es posible encontrar intercambio, diálogo, ayuda, respaldo, solidaridad, afecto y aprendizaje. Las enormes posibilidades que encierra el trabajo colegiado no son frecuentemente explotadas para el enriquecimiento de los profesionales.
–Frecuentemente se vive la tarea desde un intenso presentismo y desde un duro aislamiento, desconectada de la visión de conjunto que ofrece la historia (pasada y presente) de la educación en el mundo. Millones de profesionales de la educación han trabajado y trabajan en las aulas haciendo posible la iluminación del pensamiento, la transmisión de los saberes y el aprendizaje de la convivencia. Pertenecer a ese ejército pacífico, a esa legión de personas que han contribuido y contribuyen tan eficazmente a la lucha de la dignidad es una fuente de esperanza. En un momento de la historia en el que tener acceso a la información confiere poder, los educadores se dedican por oficio a compartir el conocimiento de que disponen y a facilitar e instar a la búsqueda de nuevos conocimientos. Tres obreros trabajan en la construcción de la catedral de Chartres. Al ser preguntados por lo que hacen, uno dice que está colocando una piedra, otro que está levantando una pared, el tercero sostiene que está construyendo una catedral. Los tres realizan la misma tarea pero la perciben, la viven y hablan de ella de manera diferente.
–La profesora inglesa Joan Dean dice que los educadores son poco dados a compartir los éxitos y los motivos de satisfacción que se encuentran en su práctica diaria. Están más propensos, afirma, a comentar los problemas y a magnificar los fracasos. Por eso se privan de una rica fuente de motivación y de esperanza. Compartir los éxitos, las satisfacciones, las manifestaciones de gratitud expresadas por los alumnos o por sus padres es una fuente de optimismo, de estímulo y de esperanza.
–Hay formas diferentes de enfocar las dificultades. Se pueden vivir como maldiciones o como retos. Un profesional de la medicina que se encuentra con una nueva enfermedad puede maldecir su profesión y su falta de preparación o puede estimularse para la investigación, el estudio y el fortalecimiento de su compromiso. Las dificultades de la enseñanza (grupos grandes, diversidad creciente, escasos materiales, malas condiciones, presión externa inhibidora, escasa valoración de la práctica, problemas de disciplina, torpeza y desinterés de algunos políticos…) se pueden vivir de forma estimulante o de manera amarga y derrotista.
–La tarea de enseñar es una tarea que perpetúa a las personas en la forma de ser, de pensar y de sentir de otras. Dice Rubén Alves, en su hermoso libro ‘La alegría de enseñar’: “Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. De alguna forma seguimos viviendo en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo a través de la magia de nuestra palabra. Así, el profesor no muere nunca…” .
Dicen que el escritor francés Edmond Rostand, al cumplir los ochenta años, se miró al espejo y dijo: “Desde luego, los espejos ya no son lo que eran”. Se equivocaba, claro. Pero, ¿no se equivoca de una manera más dramática la persona de veinte años que se mira al espejo y exclama: “Soy un pellejo inservible. No merezco vivir”? De equivocarnos, es más inteligente hacerlo como el escritor francés. Feliz curso.

Pura pinta

4 Sep

placido02.jpg Esta breve inscripción figuraba en un camión bonaerense, según nos cuenta Adolfo Bioy Casares en su interesante libro ‘De jardines ajenos’. De forma sucinta e irónica hace alusión el texto a la engañosa apariencia del vehículo. Viejo y débil motor, escasa potencia, poca seguridad…, pero magnífica apariencia. Pura pinta.
Muchas personas, instituciones y organismos podrían llevar esa misma inscripción en sus frentes, en sus fachadas. Una cuidada apariencia detrás de la cual se esconde el vacío, la fealdad o, lo que es peor, la perversión.
El Diccionario de Oxford dice que, originariamente, hipocresía significó “desempeñar un papel en el escenario”. Más adelante plantea el sentido específicamente vicioso de aquella representación: “Adoptar una falsa apariencia de virtud o de bondad, con disimulo del verdadero carácter o inclinación”.
Existe una hipocresía religiosa. De ella deja constancia clara y contundente la denuncia evangélica del fariseísmo, que tan claros ejemplos encuentra en la vida de muchas personas hoy en día. Personas devotas con una vida en la que falta el respeto más elemental a los demás. Personas que se consideran religiosas cuyos comportamientos privados resultan decididamente vergonzosos. Pura pinta.
Hay también hipocresía moral, propia del aquel que hace ‘como si’, que basa su comportamiento moral en la simulación. Dice Jorge Vigil Rubio en su ‘Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales’: “El hipócrita simula que sus motivos e intenciones son irreprochables, aún cuando sabe que son dignos de censura”. La modalidad arcaica del hipócrita era la de quien sentaba su mesa a un pobre para la cena de Navidad mientras explotaba a los obreros durante los 364 días restantes del año. La especie moderna del hipócrita moral crea fundaciones con el piadoso propósito de ayudar a los desfavorecidos y, de paso, maquilla sustancialmente la cuenta fiscal.
Todo el mundo ha conocido a través de los medios a esos delincuentes que han cometido pacientemente, persistentemente delitos horrorosos mientras mantenían una apariencia ejemplar. Los familiares, amigos y conocidos apostillan después de hacerse pública la sentencia por los sucesivos asesinatos, violaciones o atrocidades diversas:
– Parecía un ciudadano modélico.
– Era una persona que ofrecía una imagen amable.
– Quién lo hubiera dicho, parecía un individuo estupendo.
Pura pinta.
Podríamos hablar de la hipocresía política. Los políticos se rodean de asesores de imagen, dispuestos a conquistar a los electores a cualquier precio. Acabo de ver al presidente Bush en una tierna imagen besando a un niño en plena campaña electoral.
Los políticos están especialmente acechados por esta obsesión. Basta ver el incremento de inauguraciones, aperturas, anuncio de finalización de obras en la víspera de elecciones. Se trata de cuidar el escaparate, de ofrecer una imagen estupenda a los electores. Cuando se produce un escándalo lo que verdaderamente se lamenta no es el hecho sucedido sino que haya tenido difusión. Pura pinta.
Creo que es necesario denunciar la hipocresía en la comunicación entre las personas. Podríamos llamarla hipocresía psicológica o social. La practican aquellas personas que por delante te halagan y por detrás te despellejan. Te sonríen y saludan amablemente y, al darse la vuelta, te destrozan con sus sarcasmos y calumnias. El hipócrita afirma que no es racista ni sexista, dice que es bueno pagar los impuestos, que hay que aceptar a los homosexuales y ayudar a los enfermos de sida, que hay que preservar el medio ambiente, que… Pero, en su fuero interno y en su conductas públicas y especialmente privadas se aplica a poner en práctica lo contrario de lo que dice: es un machista empedernido, engaña lo que puede en la declaración de la renta, detesta a los homosexuales y no soportaría que una hija estableciese una relación con un joven negro… Pura pinta.
A estas clásicas divisiones de la hipocresía añadiría, en esta cultura de la superficialidad que nos invade, la hipocresía de la moda, de la iconolatría. De eso se trata, en definitiva, de guardar las apariencias, de ofrecer una imagen positiva, de causar buena impresión. Y ese empeño es especialmente sostenido en una sociedad como la nuestra en la que el dominio de las apariencias se ha adueñado obsesivamente de ciudadanos e instituciones.
Vivimos en el mundo de la imagen, en la sociedad de las apariencias. Lo que importa es aparentar que se trabaja, aparentar que se tiene dinero, aparentar que se es buena persona, aparentar que se tienen ideales, aparentar que se quiere ayudar a lo demás…
No aplaudo la iniciativa (o la aceptación de la iniciativa de la revista Vogue) de las ocho ministras socialistas dedicando horas de su trabajo a un posado para una revista de moda. El hecho de la paridad en el gobierno entre hombres y mujeres es una significativa conquista de la mujer. Algunos han aprovechado esta anécdota para criticar desde un hecho superficial un logro histórico. No tiene mucha importancia el hecho, pero ha dado pie para una crítica acerba e hipócrita. Pocos han comentado las propuestas ministeriales que las ministras hacen en la citada revista. Pocos han valorado el hecho de que las mujeres gobiernen con otro estilo, desde otros presupuestos, con otras ideas. La hipocresía está en algunos y algunas denunciantes cuyos vestuarios están saturados de ropas de lujo y cuya vida es una constante exhibición.
La cultura de las apariencias se manifiesta también en la obsesión por cuidar la imagen, por la estética, por estar a la moda, por lucir las marcas más cotizadas socialmente. Se puede decir que hoy todo es diseño. Se diseña bajo un predominio de la estética sobre la funcionalidad.
La apariencia se opone a la realidad, a la autenticidad, a la sinceridad. No importa lo que eres, importa, sobre todo, lo que aparentas que eres. Ya Dante había dado cabida en los más terribles círculos de su Infierno a los hipócritas, que describe como ‘gente pintada’ que lleva una pesada capa y el semblante cansado y abatido.

¡Qué bien desafinas!

28 Ago

Me dice una amiga (reproduzco sus palabras textualmente): “Cuando yo tocaba el violonchelo tenía un novio dentista que, cuando me oía tocar me decía dulcemente: ¡qué bien desafinas!”. No me sorprendí. Es el lenguaje de la ternura. La ternura es una actitud que convierte los desajustes armónicos en hermosas melodías. La actitud hostil hace los milagros en sentido contrario: encuentra disarmonía donde sólo hay belleza.
Podemos clasificar a las personas en tiernas y hostiles. Ya sé que propongo una dicotomía radical, pero creo que se puede trazar una raya y situar a unos de un lado de ella y a los demás del otro. Aunque haya una gama interminable de matices en los comportamientos concretos de cada persona. Las actitudes son disposiciones permanentes que se concretan en acciones de forma recurrente. Hay personas amables y personas con mala uva. Es el talante.
La vida está hecha de grandes acciones pero, sobre todo, de pequeños detalles. Las horas de cada día pueden hilvanarse con sonrisas, gestos amables, detalles sencillos. En casa, en el trabajo, con los amigos, con los viandantes… Me duele el endurecimiento de la vida. Los insultos casi inevitables de cualquier tertulia televisiva, la chabacanería en las formas, la agresividad de los conductores en las calles, la intemperancia, la falta de paciencia, la irritación por cualquier minucia… No es igual encontrar un gesto amable detrás de una ventanilla que alguien que te escupe con la mirada por el hecho de estar vivo. No es igual acudir al trabajo con una sonrisa franca que con un gesto de perdonavidas. No es igual llegar a casa con un pequeño regalo que con un gesto desabrido.
Se está descuidando mucho la cultura del detalle. Los buenos modales, el saludo cortés, pedir las cosas por favor, dar las gracias, ceder el asiento, informar sobre una calle lejana… Alguien puede pensar que se trata de hipocresía cuando no acompaña el afecto a todos esos gestos. Creo que las buenas formas proceden del corazón noble pero creo también que ayudan a que se forme, a que ese corazón crezca y se ennoblezca cada día.
La ternura está hecha de afecto, de sensibilidad, de dulzura. Se sustenta en la observación y en la preocupación por el otro. Se perfecciona con el ingenio. Se corona con el humor. Se concreta en pequeños detalles. Una caricia, un beso, un regalo, una frase, un recuerdo, una palabra cariñosa.
Cuenta Enrique Mariscal, en su libro ‘Enamorarse de nuevo’, la historia de un niño que se detuvo ante un cartel con un llamativo título: ‘Cachorritos en venta’. Esta clase de anuncios siempre atrae a los niños. El pequeño entró en la tienda y pregunto:
– ¿Qué precio tienen?
El vendedor, distante, contestó:
–Entre 30 y 150 euros.
El niño lo miró absorto, metió la mano en su bolsillo y sacó unas monedas. Dijo apesadumbrado:
– Sólo tengo 3 euros.
El hombre silbó y de la trastienda salió una perra corriendo seguida por cinco crías. Una de ellas se quedó muy atrás. El chico observó al perrito rezagado, que cojeaba, y emocionado preguntó:
– ¿Qué le pasa?
El vendedor le explicó que había nacido con la cadera defectuosa y que caminaría mal el resto de su vida.
– ¡Quiero ése! Es el cachorro que quiero comprar.
Entonces el hombre replicó:
No vas a gastar en ese perro; si realmente lo quieres, yo te lo regalo.
El chico se disgustó y mirando al hombre a los ojos, dijo:
– No quiero que usted me lo regale, él vale tanto como sus hermanos y le pagaré el precio completo. Le voy a dar mis 3 euros cada mes hasta que lo haya pagado completo.
El hombre contestó:
– No querrás comprar ese animalillo, hijo. Nunca será capaz de correr, saltar y jugar como los otros.
El pequeño se agachó y, levantando su pierna derecha torcida e inutilizada, soportada por una aparato de metal, dijo:
Yo tampoco puedo correr muy bien, y él necesitará de alguien que lo comprenda..
El hombre, emocionado, sonrió y dijo:
– Espero que cada uno de estos perritos tenga un dueño como tú
Así es la ternura. No hace falta hacer méritos para conquistarla. El novio de mi amiga pensaba que ella desafinaba a las mil maravillas. Al niño que elige al perrito cojo le parece éste más encantador que cualquier otro. La ternura lo tiñe todo de bondad.
Si tienes tiempo en este verano caluroso, al lado del mar, lee despacio las pequeñas historias de ‘El libro de los abrazos’ que hace años escribió Eduardo Galeano. Sentirás avivada la ternura que anida en el corazón humano. La ternura que tapan las prisas, las trampas, las hostilidades de la vida.
La carrera que emprendemos para llegar a tener algo y a ser algo en la vida nos hace olvidar la importancia de los pequeños detalles. Es agradable ser importante, pero es mucho más importante ser agradable. En el libro ‘El Dios de las pequeñas cosas’. dice Roy Arundhaty sobre uno de los personajes: “Ella sentía lo delicada que era para él”. Eso es la ternura.
En el Hospital Universitario de Salamanca leí un mensaje escrito en un despacho: “Comienza tu día con una sonrisa. Verás lo divertido que es ir por ahí desentonando con todo el mundo”. Hay personas que son así, que se han hecho así: sonríen a la vida y hacen sonreír a los otros. Aunque estén doloridas, aunque estén atravesando una crisis.
Tenía el corazón lleno de ternura aquel anciano de Corella que diariamente recorría las calles del pueblo repartiendo caramelos a los niños, mientras decía: “Toma, el de hoy y el de mañana. Y mañana otra vez”. Y porque la tenía la podía repartir. La de hoy y la de mañana. Y mañana otra vez. Eso es lo que hay que hacer con las sonrisas, con los abrazos, con las palabras, con los detalles, con la amistad, con el amor. Contra violencia, ternura.

La escuela del mundo

31 Jul

medallas.jpg El mundo es una escuela. En esa escuela existen infinitas aulas y numerosas asignaturas. El curriculum de esa escuela se desarrolla en clases teóricas y en sesiones experienciales diversas. Muchas de esas lecciones las imparten los políticos, que están situados en la zona más elevada de esa escuela. ¿Qué se enseña y que se aprende en la escuela del mundo? Revisaré algunos capítulos del curriculum.
Comprar una medalla con dinero del propio bolsillo para alcanzar una distinción por los méritos adquiridos es un acto de poca vergüenza. Comprar la medalla con el dinero público, teniendo como base de la argumentación el haber apoyado una guerra que el pueblo no quería, es el colmo de la desvergüenza. Hay pocas dudas sobre los motivos que ponen en marcha la solicitud de la medalla. El congresista Gibbsons defiende que Aznar se merece la medalla igual que Blair. Dice el portavoz del señor Jim Gibbsons que éste decidió solicitar la medalla “porque pensó que el presidente español José María Aznar, merece el mismo nivel de reconocimiento que Tony Blair tuvo (en julio de 2003). Había dos hombres junto al presidente George W. Bush en la reunión de las Azores; Tony Blair recibió su medalla y el congresista sintió que también debería recibirla José María Aznar”. “El Congreso expresa de esta forma el agradecimiento público en nombre de la nación por contribuciones distinguidas”, se dijo en el discurso oficial. Las contribuciones estaban bien a la vista. Las recompensas (¿se referiría a ellas el ínclito hermano del presidente cuando habló en España en vísperas de la guerra?) también.
Resulta que todas las personas que salimos a las calles gritando ‘No a la guerra’ hemos pagado una medalla al señor Aznar porque decidió llevarnos la contraria. No sólo no nos hizo caso sino que se permitió sacar unos euros de nuestros bolsillos para premiar sus dotes de estadista.
La reacción del señor Aznar, ante las noticias que han saltado a la prensa, son verdaderamente indignantes. Decir, por toda explicación que las críticas “me merecen todo el desprecio”, es absolutamente despreciable.
No se puede argumentar que la compra de la medalla a través del lobby de Washington es un modo de enaltecer la patria, a no ser que se identifique la patria con una persona que, por cierto, seguirá siendo la propietaria de la distinción. Muchos españoles no nos sentimos aplaudidos por los asistentes al Congreso estadounidense. Nos sentimos humillados. Quien recibió los aplausos, quien los buscó, quien los pagó, quién los saboreó, fue el titular de la medalla.
Silenciar ante todo el pueblo que la medalla ha sido consecuencia de una compra añade a la felonía la falta de transparencia. Si es tan lógico, tan frecuente y tan laudable como la ex ministra de Exteriores, Ana de Palacio, dice que es esta acción, ¿por qué no se proclamó a los cuatro vientos?, ¿por qué no se informó de ello al Parlamento? Decir, como dice el señor Aznar, que hacer pública esta compra es un intento de desviar la atención no dejaría de tener gracia si no fuera deprimente tanta desfachatez. ¿Desviar la atención de dónde?, ¿desviar la atención de qué?
Si el hecho dice mucho sobre la actuación de los que compran, ¿qué decir de quienes se dejan comprar? ¿Es que si media una importante cantidad de dinero, los méritos de los candidatos aumentan en proporción a la recompensa? ¡Qué vergüenza!
Parece que lo malo de estos hechos no es que sucedan, sino que se conozcan. Cuando todo estaba en la sombra, ninguno de los Ministros que aprobaron la petición por la vía de la “imperiosa urgencia” cuestionaron el valor moral de la decisión. Las complicaciones provienen del conocimiento, de la información.
Hay, al parecer, en estos comportamientos un aspecto especialmente inquietante. Me refiero al ejemplo que suponen estas actuaciones del poder para la infancia y para la juventud. Para todos los ciudadanos. La difusión de la idea de que, una vez que se accede al poder, todo vale. He aquí otra lección de la escuela del mundo.
He leído en el libro Bocas del tiempo de Eduardo Galeano, una historia que ya le había oído contar en otra ocasión. A fines del año 1999 el presidente del Uruguay inauguró una escuela en la zona norte de Pinar Norte.
Por tratarse de un barrio de gente pobre y trabajadora el primer mandatario quiso enaltecer con su presencia este acto cívico.
El presidente llegó desde el cielo. Vino en helicóptero, acompañado por las cámaras de televisión. En su discurso rindió homenaje a los niños de la patria, que constituyen nuestro capital más valioso, y exaltó la importancia de la educación, que es la más rentable inversión en este mundo tan competitivo. A continuación, se entonó el himno nacional y se lanzaron al aire globos de colores.
Entonces, en el momento culminante de la ceremonia, el presidente regaló un juguete a cada uno de los alumnos.
La televisión transmitió el acto en directo.
Cuando las cámaras terminaron su trabajo, el presidente regresó al cielo. Y las autoridades de la escuela procedieron a recuperar los juguetes repartidos. No fue fácil arrancarlo de manos de los niños.
¿Quién explica luego a los niños que la autenticidad es un valor que deben cultivar los seres humanos? ¿Quién les convence de que es importante la verdad, la transparencia, la solidaridad? Menos mal que detrás de nosotros vienen otras generaciones que harán mejor lo que nosotros estamos haciendo. Quiero mostrarme optimista sobre el avance moral del ser humano. Por eso recomiendo la lectura del libro de José Antonio Marina y María de la Válgoma titulado ‘La lucha por la dignidad’. Es un canto a la esperanza.