Los vivos

10 Jul

Mi querido amigo Enrique Mariscal (un amigo es una persona que, a pesar de conocerte muy bien, te sigue queriendo) ha escrito un nuevo libro titulado ‘Cuentos para regalar a personas incorregibles’. Un libro que, según dice el autor en el prólogo, fue concebido en la ciudad de Málaga.
Una de sus interesantes y numerosas historias ha dado lugar a este artículo. Cuenta Mariscal que en un censo realizado en la ciudad de Santiago del Estero (Argentina) el funcionario de turno pregunta a un anciano que disciplinadamente ha acudido a las oficinas censales:
–¿Cuántos hijos tiene usted?
–Diez, contesta el interrogado.
–¿Todos vivos?, inquiere el funcionario.
–No. Dos trabajan, responde con aplomo y seriedad el anciano.

La contestación de este curioso personaje me ha llevado a compartir con el lector algunas ideas sobre esos individuos a los que vulgarmente se denomina chupópteros, caraduras, ‘vivalavirgen’ o, sencillamente, listillos. Se trata de individuos que suelen arreglárselas muy bien para cobrar un buen sueldo sin dar golpe, que tienen un radar para detectar chollos, prebendas, regalos, recompensas extraordinarias, pagas especiales, ofertas que para otros resultan invisibles e ilocalizables.
Los listillos suelen ser, además, graciosos. Alardean de sus habilidades, hacen gala de su pericia para encontrar la mejor oferta, el mejor puesto, la mejor ocasión. No se dan cuenta de que, al jactarse delante de ti de que burlan los impuestos, te están diciendo que tú eres uno de los imbéciles que pagan por él.
Hay listillos en todas las instituciones, en todos los grupos, encualquier lugar y ocasión. Estudiantes que entienden el trabajo en grupo como una excelente oportunidad para beneficiarse del esfuerzo de otros.Trabajadores de una empresa que saben escaquearse de cualquier esfuerzo que entre todos los demás se reparten. Políticos que se apuntan a todos los viajes gratuitos, que reciben todas las prebendas imaginables y que se benefician de todos los dividendos que graciosamente se reparten.
¿Quién no conoce a personas que alardean de disfrutar de una baja tras otra, hábilmente encadenadas, sin tener la menor dolencia? Cuando te lo cuentan, creen que hacen una gracia enorme, que deslumbran por su inteligencia y por su perspicacia. Creen que son más listos que nadie.
Conozco el caso de una persona que se se daba sucesivamente de baja por depresión mientras preparaba unas pruebas e, incluso, las realizaba sin el menor reparo ante el escándalo público que su comportamiento conllevaba. Una persona lista, claro está.
Tiene otra habilidad el vivo. Cuando se trata de presentar el expediente de los méritos, aparenta como el que más, hace ver que nadie hace mayores esfuerzos que él, es capaz de aparecer como víctima propiciatoria de la indolencia ajena.
Caminan los listillos bajo las andas del santo sin arrimar el hombro, pero haciendo ver que están derrengados por el esfuerzo. Se las arreglan para disimular de tal forma que, sin soportar un gramo de peso del varal, parecen que son ellos los que llevan la mayor parte de la carga.
Algunos son así ya desde niños. Aprovechados, perezosos, hipócritas, gorrones. Ante la autoridad ofrecen una imagen de trabajadores esforzados. Ante las amistades se presentan como inteligentes evasores del esfuerzo.
La picaresca ofrece innumerables ocasiones de zafarse de cualquier sacrificio. El ingenio se agudiza en ese afán de escaqueo. Se diría que trabajan más para evitar el trabajo que si realmente lo realizaran. Pero ese es su juego, ese es su blasón.
Durante las horas de trabajo, un compañero invita a otro a tomar un café. Su respuesta no pudo ser más convincente:
–No, que me espabilo.
El lema del vivo parece ser: “Pudiendo no hacer nada, ¿por qué tendría que hacerlo?” Es decir, que si le pagan el sueldo sin esforzarse, no tendrá sentido hacerlo. Si puede conseguir beneficios sin pagarlos, sería de estúpido entregar el dinero.
Cuando se trata de gastar dinero público parece que son unos magnates. Si tienen que ponerlo de su bolsillo nunca encuentran la cartera. No sé cómo no se les cae la cara de vergüenza, porque sus tretas llegan a ser tan escandalosas, tan obvias, tan descaradas que resultan patentes a distancia. Si al lado de ellos se encuentra una de esas personas que actúa como ‘burro de carga’ no tendrán el menor reparo en poner sobre su espalda el peso de su trabajo y de su responsabilidad.

El problema es que ese tipo de estrategia se convierta en el modelo que se debe imitar para ser considerado una persona lista, espabilada y eficazmente establecida. ¡Hay que ver fulanito, qué bien vive! ¡Y sin dar golpe! El que trabaja, el que se esfuerza, el que ayuda parece un imbécil que no sabe desenvolverse. El que cumple con su tarea e, incluso, comparte la de los otros es un ingenuo que todavía no ha madurado.
Decía una persona a sus amigos que, de niño, había sido especialmente inteligente y, entre otros datos, comentaba lo pronto que había aprendido a caminar. El listillo de turno hace su gracia diciendo que él fue más inteligente ya que tuvieron que llevarlo en brazos hasta los tres años. Y cree que, además de inteligente, resulta gracioso. Lo malo sería que cada vez lo creyeran a pie juntillas más personas.

La tragedia de volver en no

3 Jul

Existen ‘estados de opinión’ y también ‘estados emocionales’. Se producen corrientes de pensamiento y, cómo no, corrientes de sentimiento y de ánimo. Esos ‘estados’ pueden caracterizar a una población entera o a un colectivo dentro de ella. Cuando se habla de ellos no se quiere decir que todos y cada uno de los integrantes de un colectivo tengan la misma idea o vivan idéntica emoción. Podemos decir, por ejemplo, que el profesorado estaba ‘satisfecho con la LOCE’ o que los médicos están ‘descontentos con las estructuras sanitarias’, que ‘los jueces están abrumados por la tarea’ sin afirmar por ello que todos los individuos de estos colectivos, sin excepción, participan de esa dinámica emocional.
¿Qué pensar, hoy, de los docentes? De forma reiterada oigo decir que están sumidos en un clima de desaliento, que tienen un estado de ánimo pesimista y desesperanzado, que viven un malestar que lo tiñe todo de un tono bajo, de una lamentable falta de entusiasmo. No es fácil hacer un diagnóstico del ‘estado emocional’ de los docentes, pero desde hace algunos años se viene insistiendo en la presencia de un grave malestar, especialmente entre los docentes de Secundaria. No en el de todos, claro está. Se habla insistentemente de conflictividad en las aulas, de falta de motivación del alumnado, de dificultades intrínsecas a la práctica, de grave desafección de las familias respecto a las escuelas, de poca coherencia en quienes dirigen la educación, de poca valoración social de su actividad… Y de un consecuente malestar o de una inevitable decepción.
Vivimos una época en la que se magnifica la maldad y la desgracia. Basta ver la primera página de los periódicos para comprobarlo. No es noticia la paz, ni la solidaridad, ni la vida, ni el afecto. Es noticia la muerte, el terror, la destrucción, la catástrofe. “Dale la vuelta al periódico, que viene el niño”, dice el padre a la madre ante la carga de horrores de las noticias más relevantes que ocupan la primera página. Digamos que la bondad no cautiva a las audiencias. Tampoco en la esfera de la enseñanza. Es noticia que un alumno persiga a un profesor por un pasillo con un cuchillo, no lo es que millones de escolares estén trabajando pacífica y afectuosamente con sus profesores en las aulas.
No quiero pecar de ingenuo. Sé que existen dificultades y problemas en el desarrollo de la tarea educativa. Unos son tradicionales e inherentes a la naturaleza de la actividad y a la idiosincrasia de la institución en la que se desarrolla y otros son novedosos y propios del momento y las circunstancias que estamos viviendo. De ahí a decir que los profesores son los profesionales con peor situación y con mayores tasas de depresión y de conflicto hay un abismo.
En la sociedad neoliberal priman unos postulados que resultan contraproducentes para los presupuestos que sostienen una auténtica actividad educativa. Lo que hoy está de moda es el individualismo, la competitividad, el relativismo moral, la presión del éxito, la obsesión por la eficacia, la hipertrofia de la apariencia, la adición al consumo, la búsqueda del hedonismo… No es fácil remar contracorriente o avanzar contra la fuerza del viento. Porque esos postulados no sólo inspiran y dominan las grandes políticas y los enfoques de la macroeconomía. Esos postulados se instalan en las concepciones, en las actitudes y en las prácticas cotidianas de las personas.
Es posible que después de un período en el que se ha vivido la emoción optimista de un cambio que luego se frustró venga una etapa de pesimismo y decepción. De eso hablan algunos docentes que vivieron en España hace años una etapa de fuerte compromiso, de experimentación pedagógica y de transformación política. Muchos profesores entusiastas, comprometidos en movimientos de renovación fueron fagocitados por la administración educativa. Otros fueron vencidos por el cansancio o la incertidumbre. Se ‘han quemado’, dicen.
No puedo por menos de solidarizarme con el profesional de la enseñanza que se encuentra con dificultades extremas para conseguir una mínima atención de los alumnos y para despertar una minúscula motivación por el aprendizaje. Con el docente que vive en el seno de un grupo profesional conflictivizado y escéptico o que se relaciona con familias agresivas e intemperantes.
Sé que es imposible enseñar a quien no quiere aprender. Porque el verbo aprender como el verbo amar no se pueden conjugar en imperativo. Sólo aprende el que quiere. Sé que los profesionales de la educación tienen competidores potentes que actúan por la vía de la seducción sobre los alumnos, no por la de la argumentación que se utiliza en la escuela. Sé también que muchos docentes han llegado a la profesión por caminos tortuosos y con una preparación específica escasamente coherente y en nada eficaz para poder ejercerla de manera satisfactoria.
He visto a miles de profesores en otros países (me refiero especialmente a docentes hispanoamericanos) que trabajan con unos salarios miserables, en unas condiciones pésimas, con problemas políticos y sociales gravísimos, con alumnos hambrientos y los he visto trabajar (no a todos, claro) con un entusiasmo, con una capacidad de sacrificio y con un deseo de aprender admirables. Me he preguntado muchas veces por la fuente de su entusiasmo, de su esperanza, de su optimismo.
Porque esa fuente existe. Dice Horkheimer, autor de la escuela de Frankfurt que en educación podemos ser pesimistas teóricos, pero hemos de ser optimistas prácticos’. Me contaba en cierta ocasión la ministra de Educación de Bolivia que los habitantes de Potosí tenían fama de ser muy pesimistas. Tanto, que se decía de ellos lo siguiente: Cuando un potosino se desmaya, no vuelve en sí, vuelve en no. Hay profesionales de la educación que vuelven cada mañana en no, que van a la escuela maldiciendo su suerte. Para su desgracia, por cierto. Y para la de quienes dependen de ellos.
Pienso que no hay tarea más compleja, más decisiva y más apasionante que la de trabajar con la mente y con el corazón de las personas. Para ejercerla hace falta desterrar el fatalismo, vivir en la esperanza y mantener el optimismo. Dice Merieu: “La educabilidad se rompe en el momento en que pensamos que el otro no puede mejorar y que nosotros no podemos ayudarle a hacerlo”. El próximo día trataré de buscar los manantiales del optimismo que pueden abastecer a los docentes de una razonable alegría y de una notable satisfacción. Eso espero y a ello me comprometo.

¿Me toma el pulso, doctor?

26 Jun

manos.jpg Si no ha leído el libro de Eduardo Galeano ‘Bocas del tiempo’, deje este artículo aquí mismo, vaya a comprarlo.
Y póngase a leerlo. Es un extraordinario ejercicio de sensibilidad.
Se trata de un hermoso y profundo elenco de historias que nos concilian con la humanidad. Una de ellas cuenta el caso de Doña Maximiliana, mujer muy castigada por los trajines de una larga vida sin domingos, que llevaba unos cuantos días internada en el Hospital, y cada día pedía lo mismo.
–Por favor, doctor, ¿podría tomarme el pulso?
Una suave presión de los dedos en la muñeca, y él decía.
–Muy bien. Setenta y ocho. Perfecto.
–Sí, doctor, gracias. Y ahora, ¿me toma el pulso?
Y él volvía a tomarlo, y volvía a explicarle que estaba todo bien, que mejor imposible.
Día tras día se repetía la escena. Cada vez que él pasaba por la cama de doña Maximiliana, esa voz, esa ronquido, lo llamaba, y le ofrecía ese brazo, esa ramita, una vez, y otra vez y otra. El obedecía, porque un buen médico debe ser paciente con sus
pacientes, pero pensaba: Esta vieja es un plomo. Y pensaba: Le falta un tornillo.
Años demoró, dice Eduardo Galeano, en darse cuenta de que ella estaba pidiendo que alguien la tocara.
Hermosa historia que nos habla de la relación entre médico y paciente. Una relación que va más allá de los conocimientos científicos, de las habilidades técnicas y de los aciertos terapéuticos.
La relación de los médicos con los pacientes toca dimensiones profundas del ser humano. El paciente necesita un profesional que le oriente de manera preventiva sobre el modo de cuidar la salud, que le diagnostique certeramente cuando tiene una enfermedad y que le trate con eficacia cuando tenga que intervenir médicamente. Pero necesita también a un ser humano que comprenda su angustia, que conozca su modo de vivir la enfermedad, que escuche con atención lo que quiere (y, en ocasiones, no puede o no sabe) decir. El paciente necesita a una persona para la que tenga sensación de que es importante.
La prisa, la rutina, la presión asistencial, la obsesión por la eficacia, la superespecialización necesaria hacen difícil la consideración del paciente como un ser que sufre, que teme, que se angustia. No es una máquina averiada, es un ser humano atrapado en la angustia de una enfermedad. No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad.
Mi editor argentino me cuenta por qué motivo eligió su familia al cirujano que iba a operar de amígdalas a su pequeño nieto. La relación que establece el profesional con el niño es de tal naturaleza que el pequeño pregunta con ilusión cuándo va a llegar el momento de ir a ese ‘gran Hotel’ a curarse.
El cirujano le dice al niño: tienes que ir a un gran Hotel con una bolsa muy grande (“luego te explicaré para qué necesitas la bolsa”, precisa). Cuando estés allí, todos nos vamos a disfrazar, tu papá, tu mamá, yo mismo,… Y luego, en una cama que vuela, vas a ir a un lugar donde encontrarás a una persona que te dirá algunas mentiras. Te dirá que allí hay helados de pistacho, de chocolate, de vainilla, de turrón… No le hagas caso. Luego te quedarás dormido y, al despertar, ya no vas a tener dolor. Y ahora viene el por qué de la bolsa. Vamos a dejar que te visiten tus abuelos, tus padres, tus tíos… Pero con una condición. Tendrán que llevarte un regalo. Por eso la bolsa ha de ser grande.
El cirujano les dice, ya a solas a los familiares: No le hablen al niño de la operación, porque le conta- giarán su angustia. Si tiene algo que preguntar, que me llame él mismo. Éste es el número de mi teléfono móvil.
No es de extrañar que el niño quisiera ir a ese lugar ‘maravilloso’, a ese gran Hotel, donde se va a curar, se va a divertir y va a recibir regalos. Qué distinto el clásico terror de los niños a las batas blancas, del rechazo a personas adustas, tan sabias como intimidadoras.
Me impresionó la ternura del médico. Me pareció más que lógica la elección de la familia. A todos los profesionales les reconocían la preparación técnica para la operación. No todos tenían esta calidad humana, esta sensibilidad para relacionarse con el niño.
Hace días tuvieron que extraerme una muela. En el momento en que el dentista ejercía la mayor presión, la enfermera me sujetó la cabeza por detrás con ambas manos. La finalidad era meramente mecánica, pero el efecto protector hizo que me sintiese más tranquilo, más seguro.
La capacidad de ponerse en el lugar del otro, la atención para captar las mínimas reacciones, la sensibilidad para saber cómo está reaccionando el paciente ante el diagnóstico o ante el tratamiento, constituirá una ayuda inapreciable para la recuperación.
Me gusta ver cómo los pacientes agradecen a sus médicos ese factor humano que les infunde fuerza y optimismo. Lo puedo leer muchos días en las cartas al director del periódico. Es curioso observar que muchas de ellas muestran la gratitud a pesar del fracaso último de la atención sanitaria. El familiar ha fallecido y los firmantes muestran su gratitud por la forma en que han sido tratados por los profesionales. Me refiero a los médicos y, por supuesto, a las enfermeras y enfermeros que están cerca del paciente durante muchas horas.
¿Cómo no valorar en ese elemento optimista que supone un trato afectuoso y cercano? El optimismo se transmite por ósmosis. Un médico de San Salvador de Jujuy me decía que el médico optimista es el que llega a la sala de pacientes por la mañana diciendo de forma jovial:
– Hola, ¿cómo están todos?
El médico pesimista es el que llega a la misma sala por la mañana y se presenta diciendo:
– Hola, ¡cómo!, ¿están todos?
Me gustaría encontrarme con eso médico que espera verme, que se alegra de verme y que desea encontrame mejor que cuando me dejó. Sé que hay muchos así. ¿Por qué no todos?

Ruleta rusa episcopal

19 Jun

ruleta.jpg Algunas decisiones del gobierno socialista han sido duramente contestadas por el episcopado español, sobre todo en lo que se refiere a la investigación con embriones, el matrimonio entre homosexuales y el aborto. El cardenal López Trujillo (Colombia, 1935) ha venido a España para presentar su libro ‘Lexicón’ que compendia en 1141 páginas la doctrina católica, presentada sin componendas para hacer frente a cuestiones de actualidad política. Ha venido en defensa de la conferencia episcopal, dando respaldo vaticano a las tesis de la jerarquía española y criticando el “positivismo jurídico” de “esos parlamentos” que se dejan llevar “por las mayorías”. ¿Por quién tendrían que dejarse llevar los parlamentos? Está claro, por sus Eminencias reverendísimas.
No sé cuántas personas siguen con fidelidad los preceptos morales de la Iglesia Católica. Me refiero en estas líneas de manera especial a todo lo relativo a la sexualidad. Sí sé que muchos creyentes se los saltan a la torera sin problema de conciencia, porque están alejados de la vida actual y de la realidad cotidiana. El pretendido carácter inmutable de esos preceptos (tantas veces y tan claramente quebrantado por la misma Iglesia) es difícil de defender. No quiero hacer un repaso a la moral puritana que nos pretendió guiar en los años de nacionalcatolicismo. Daría vergüenza (si no causase también indignación) recordar que se cosía los bolsillos de los niños para que no pudiesen meter en ellos las manos, que se censuraba un anuncio de un talco porque se veían los muslos de un niño (véase el libro de Fernando Díaz Plaja titulado ‘Anecdotario de la España franquista’), que se mutilaban las películas de forma absolutamente indecente porque contenían un beso, un adulterio o un desnudo (véase el libro de Román Gubern ‘Un cine para el cadalso’), que se condenaba a las mujeres a un submundo de restricciones (véase ‘Usos amorosos de la postguerra española’, escrito por Carmen Martín Gaite)…
Hay quien dice que no hay que darle mucha importancia a esta tipo de información episcopal porque pocas personas se ven afectadas por ella. No estoy de acuerdo en que sean tan pocas. Pero, basta que a una sola persona le influyese esta información, este tipo de estrategias perversas, para que se hiciera necesaria una intervención pública que velase por la calidad y el rigor de una información veraz.
Se ha despertado una intensa reacción ante la postura que los señores obispos han adoptado ante el uso del preservativo, como uno de los medios más eficaces de anticoncepción y de prevención de enfermedades. Dicen los obispos que usarlo es como situarse ante una ruleta rusa que pone en grave riesgo de contagio de enfermedades. Treinta por ciento de posibilidades, dicen con una exactitud que indigna y desconcierta.
Sería mejor preguntar a investigadores, sexólogos, psicólogos y especialistas. No ofrecen los mismos datos, no brindan la misma información. Resulta verdaderamente inquietante con qué ligereza se plantea una información de consecuencias tan lamentables.
Eduardo Haro Tecglen proponía desde su tribuna de El País le necesidad de formalizar una denuncia ante esta información falsa que produce tanto daño a muchas personas crédulas. A pocas instituciones o personas se les permitiría en una democracia brindar datos tan falsos como interesados.
En primer lugar, hay que preguntar a los obispos de dónde han sacado esa información. ¿Cuáles son sus fuentes? Porque se trata de un porcentaje poco riguroso y descaradamente manejado al servicio de sus tesis. Resulta de una indecencia superlativa engañar a la población dando como ciertas unas cifras que han escandalizado a estudiosos y a cualquier persona que utiliza para razonar el sentido común.
En segundo lugar, hay que plantear (una vez más) el abusivo intento de imponer a toda la población los criterios que presiden su particular moral. No discuto que los obispos ejerciten el derecho e incluso el deber de guiar a sus fieles en todo lo concerniente a la fe y a las costumbres. Otra cosa es pretender que todos los ciudadanos y ciudadanas del país, sean o no católicos, sean o no creyentes, tengan que someterse a sus preceptos morales.
En tercer lugar, dan por sentado los señores obispos que hay una única moral objetivamente verdadera y que esa es la suya. Una moral eterna, indiscutible, emanada de la divinidad y de la que la jerarquía es depositaria. Con la de veces que se han equivocado, no digo ya en la historia sino en un arco temporal muy breve de la misma. Todavía recordamos muchos de nosotros lo que se nos brindaba como norma moral válida en nuestros años infantiles. Hoy nos hace sonreír (por no decir que nos hace llorar) pensar en aquella moral puritana que convertía en pecado mortal una mirada, un pensamiento, un tocamiento, un deseo… “En todo lo relativo a la castidad, decía aquella trasnochada moral, no hay parvedad de materia”. Ahora, afortunadamente, ya no es así.
La Asociación de teólogos progresistas Juan XXIII se ha manifestado críticamente contra la pretensión de los obispos de imponer sus criterios a toda la sociedad. A una sociedad que en su carta magna, se declara aconfesional.
Llama poderosamente la atención que quien renuncia al ejercicio de la sexualidad pretenda gobernar la de todos los demás. Que quien renuncia a la formación de una familia haga una tan desaforada defensa de la misma como núcleo básico de la sociedad (‘patrimonio de la humanidad’, la denomina la Iglesia), que quien excluya a la mujer de sus estructuras de poder pretenda convertirse en un valedor de su dignidad. Ya sé que no hace falta ser gallina para saber que un huevo está podrido, pero la coherencia entre pensamiento y acción, entre lo que se dice y lo que se hace refuerza el valor de las propuestas.
Defender, como hizo el Cardenal Trujillo que la castidad es la mejor forma de ‘sexo seguro’ no deja de ser una singular paradoja. Es como decir que el mejor remedio para la calvicie es la decapitación. Lo que me llevó a la exasperación fue la referencia al presidente de los EE.UU como ‘defensor de la vida’ por sus campañas sobre el aborto. ¿No hubiera demostrado de manera más clara que estaba a favor de la vida si no hubiera llevado a la muerte de forma injusta, interesada y mentirosa a tantos inocentes? Yo creo que la auténtica ruleta rusa son las palabras y las ideas del cardenal.

El primo Genito

12 Jun

Me contaba un profesor chileno, hablando de cuestiones sobre evaluación educativa que un buen día le había preguntado a un alumno quién había sido el sucesor de Felipe II. Y que se había quedado atónito al escuchar la respuesta del estudiante:
–Su primo Genito.
Me sigue contando el profesor que le había dicho que no era correcta su respuesta porque la línea dinástica real no se establecía a través de ese tipo de parentesco. El alumno, muy convencido, insistía en que esa era la respuesta que había leído en su libro. Cuando el profesor insiste en que lea con atención, descubre el alumno que había leído incorrectamente y que había separado conceptualmente las dos partes de la palabra que aparecían divididas en el final de una línea y en el comienzo de la otra.
–A Felipe II, leyó el alumno, le sucedió su primogénito.
Respondiendo a esta preocupación del profesor por el componente de repetición que tienen muchas evaluaciones, le conté una vieja historia de un examen en la que se preguntaba a un alumno por qué los judíos habían sido expulsados de la Península. Uno de ellos contestó:
–Porque no querían dejarse hacer fotos.
Ante la reconvención del evaluador, que le recordó al examinando que ni siquiera había cámaras en aquella época, el alumno leyó despacio y con sentido el texto: “Los judíos fueron expulsados de la Península porque no quisieron retractarse”.
Traigo a colación estas anécdotas (habitualmente se reproducen los errores de los alumnos, pocas veces los que también cometemos los profesores) para plantear algunas ideas sobre la evaluación que estos días se está llevando a cabo en los centros escolares. Una de las reflexiones tiene que ver precisamente con ese excesivo peso de memorización que suelen tener las evaluaciones. La pretensión primordial parece ser la de conseguir que el alumno repita con fidelidad la respuesta esperada, la respuesta correcta, la respuesta pedida. Frente a otras tareas intelectuales importantes (crear, pensar, comprender, analizar…) cobra una fuerza extraordinaria la tarea (también necesaria, por supuesto) de repetir. Y como la evaluación condiciona los procesos de aprendizaje, se pone un gran empeño en que el alumno tenga éxito a través de la repetición fiel de las respuestas. Hace poco le he oído decir a una profesora a sus alumnos: “Bueno, niños, esto es muy importante. Hay que aprenderlo de memoria. Y si alguno no es capaz de repetirlo literalmente, lo puede decir con sus propias palabras”.
Otro problema de gran importancia en la evaluación es su función selectiva, clasificadora, jerarquizadora. Se pone el énfasis en conseguir el éxito, en obtener el aprobado. No parece tan importante la función de motivación, la función de aprendizaje, la finalidad educativa del proceso evaluación. En esas actitudes influyen también las exigencias y las expectativas de los padres y de las madres. Pocas veces le preguntan al hijo o a la hija si han disfrutado aprendiendo, si son capaces de ayudar a los otros, si se han esforzado. Lo más importante es obtener buenos resultados.
Obsérvese que el conocimiento académico tiene valores de distinta naturaleza. Tiene valor de uso (motiva, tiene interés, tiene utilidad…), y tiene valor de cambio (si lo obtiene se lo cambian por una calificación). Lo más importante llega a ser el valor de cambio, no el valor de uso. Por eso se convierte en una obsesión el aprobar, no el aprender. Por eso, lo más importante es el resultado. Me pregunto muchos días cuántos alumnos tengo en clase que estén allí por el gusto de aprender, por el deseo apasionado de saber, por el valor de uso que tiene el conocimiento que trabajamos. Y cuántos están porque no les queda más remedio, porque tienen que obtener una nota y, a través de un conjunto de notas, el certificado correspondiente que les da acceso a un trabajo.
Desde esa perspectiva nos encontramos con el problema de que muchos que acaban teniendo éxito, paradójicamente, acaban también odiando el aprendizaje. No nos imaginamos que los alumnos estudien, que trabajen en plenas vacaciones si han obtenido el aprobado. ¿Cómo van a estudiar si es odioso y aburrido aprender? Decía Winston Churchill: “Me encanta aprender, pero me horroriza que me enseñen”.
La hora decisiva de la enseñanza es el aprobar. La hora de la verdad es el obtener éxito. Creo que este hecho constituye una perversión del proceso de aprendizaje. Me preocupa que de las instituciones que tienen que formar personas que amen el conocimiento salgan individuos que odian el aprendizaje.
Un señor tenía un perro. El veterinario le aconsejó que le diese una dosis de aceite de bacalao todas las mañanas. Después de varios días de recibir la dosis, el perro se escondía cuando oía los pasos del amo que se acercaba. Le agarraba violentamente por el collar, le arrastraba por el jardín, le llevaba violentamente hacia una sala y, allí, por la fuerza, le metía la cabeza entre las piernas y, con una cuchara, le metía la dosis de aceite de bacalao. Como al perro no le gustaba aquella historia, forcejeaba. Y un día, lo hizo con tal fuerza que tiró el tarro de aceite de bacalao que tenía el amo sobre las rodillas. El tarro fue rodando hasta el extremo de la habitación. El perro se desprendió del amo y fue presuroso a lamer el tarro. No es que no le gustase el aceite de bacalao. Lo que no le gustaba era la forma en que se lo daban. El ser humano está programado para aprender, pero hay formas de enseñar que convierten en ingrato el aprendizaje.
Tarea apasionante y difícil la de los profesores. Es imprescindible que los políticos, las familias, la sociedad entera ayuden a estos profesionales que, en un mundo que ha descubierto que la información es poder, se dedican por oficio a compartir la información que ellos tienen y a enseñar a otros dónde buscarla de forma inteligente y entusiasta. Lo decía Emilio Lledó con su sabiduría habitual: “Enseñar no es sólo una forma de ganarse la vida. Es, sobre todo, una forma de ganar la vida de los otros”.