La escuela del mundo

31 Jul

medallas.jpg El mundo es una escuela. En esa escuela existen infinitas aulas y numerosas asignaturas. El curriculum de esa escuela se desarrolla en clases teóricas y en sesiones experienciales diversas. Muchas de esas lecciones las imparten los políticos, que están situados en la zona más elevada de esa escuela. ¿Qué se enseña y que se aprende en la escuela del mundo? Revisaré algunos capítulos del curriculum.
Comprar una medalla con dinero del propio bolsillo para alcanzar una distinción por los méritos adquiridos es un acto de poca vergüenza. Comprar la medalla con el dinero público, teniendo como base de la argumentación el haber apoyado una guerra que el pueblo no quería, es el colmo de la desvergüenza. Hay pocas dudas sobre los motivos que ponen en marcha la solicitud de la medalla. El congresista Gibbsons defiende que Aznar se merece la medalla igual que Blair. Dice el portavoz del señor Jim Gibbsons que éste decidió solicitar la medalla “porque pensó que el presidente español José María Aznar, merece el mismo nivel de reconocimiento que Tony Blair tuvo (en julio de 2003). Había dos hombres junto al presidente George W. Bush en la reunión de las Azores; Tony Blair recibió su medalla y el congresista sintió que también debería recibirla José María Aznar”. “El Congreso expresa de esta forma el agradecimiento público en nombre de la nación por contribuciones distinguidas”, se dijo en el discurso oficial. Las contribuciones estaban bien a la vista. Las recompensas (¿se referiría a ellas el ínclito hermano del presidente cuando habló en España en vísperas de la guerra?) también.
Resulta que todas las personas que salimos a las calles gritando ‘No a la guerra’ hemos pagado una medalla al señor Aznar porque decidió llevarnos la contraria. No sólo no nos hizo caso sino que se permitió sacar unos euros de nuestros bolsillos para premiar sus dotes de estadista.
La reacción del señor Aznar, ante las noticias que han saltado a la prensa, son verdaderamente indignantes. Decir, por toda explicación que las críticas “me merecen todo el desprecio”, es absolutamente despreciable.
No se puede argumentar que la compra de la medalla a través del lobby de Washington es un modo de enaltecer la patria, a no ser que se identifique la patria con una persona que, por cierto, seguirá siendo la propietaria de la distinción. Muchos españoles no nos sentimos aplaudidos por los asistentes al Congreso estadounidense. Nos sentimos humillados. Quien recibió los aplausos, quien los buscó, quien los pagó, quién los saboreó, fue el titular de la medalla.
Silenciar ante todo el pueblo que la medalla ha sido consecuencia de una compra añade a la felonía la falta de transparencia. Si es tan lógico, tan frecuente y tan laudable como la ex ministra de Exteriores, Ana de Palacio, dice que es esta acción, ¿por qué no se proclamó a los cuatro vientos?, ¿por qué no se informó de ello al Parlamento? Decir, como dice el señor Aznar, que hacer pública esta compra es un intento de desviar la atención no dejaría de tener gracia si no fuera deprimente tanta desfachatez. ¿Desviar la atención de dónde?, ¿desviar la atención de qué?
Si el hecho dice mucho sobre la actuación de los que compran, ¿qué decir de quienes se dejan comprar? ¿Es que si media una importante cantidad de dinero, los méritos de los candidatos aumentan en proporción a la recompensa? ¡Qué vergüenza!
Parece que lo malo de estos hechos no es que sucedan, sino que se conozcan. Cuando todo estaba en la sombra, ninguno de los Ministros que aprobaron la petición por la vía de la “imperiosa urgencia” cuestionaron el valor moral de la decisión. Las complicaciones provienen del conocimiento, de la información.
Hay, al parecer, en estos comportamientos un aspecto especialmente inquietante. Me refiero al ejemplo que suponen estas actuaciones del poder para la infancia y para la juventud. Para todos los ciudadanos. La difusión de la idea de que, una vez que se accede al poder, todo vale. He aquí otra lección de la escuela del mundo.
He leído en el libro Bocas del tiempo de Eduardo Galeano, una historia que ya le había oído contar en otra ocasión. A fines del año 1999 el presidente del Uruguay inauguró una escuela en la zona norte de Pinar Norte.
Por tratarse de un barrio de gente pobre y trabajadora el primer mandatario quiso enaltecer con su presencia este acto cívico.
El presidente llegó desde el cielo. Vino en helicóptero, acompañado por las cámaras de televisión. En su discurso rindió homenaje a los niños de la patria, que constituyen nuestro capital más valioso, y exaltó la importancia de la educación, que es la más rentable inversión en este mundo tan competitivo. A continuación, se entonó el himno nacional y se lanzaron al aire globos de colores.
Entonces, en el momento culminante de la ceremonia, el presidente regaló un juguete a cada uno de los alumnos.
La televisión transmitió el acto en directo.
Cuando las cámaras terminaron su trabajo, el presidente regresó al cielo. Y las autoridades de la escuela procedieron a recuperar los juguetes repartidos. No fue fácil arrancarlo de manos de los niños.
¿Quién explica luego a los niños que la autenticidad es un valor que deben cultivar los seres humanos? ¿Quién les convence de que es importante la verdad, la transparencia, la solidaridad? Menos mal que detrás de nosotros vienen otras generaciones que harán mejor lo que nosotros estamos haciendo. Quiero mostrarme optimista sobre el avance moral del ser humano. Por eso recomiendo la lectura del libro de José Antonio Marina y María de la Válgoma titulado ‘La lucha por la dignidad’. Es un canto a la esperanza.

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