Remansar la vida

19 Feb

remanso.JPG Quizás no parezca sensato hacer un elogio de la lentitud en tiempos de máxima aceleración y de vértigo inusitado.Vamos siempre con la lengua fuera. La prisa lo preside todo. Las distancias que antes se recorrían en horas ahora se pueden realizar en unos minutos. La carta que antes tardaba meses en llegar, ahora alcanza su destino casi antes de enviarse. El ordenador que necesitaba minutos para procesar una operación ahora emplea milésimas de segundo.
Estamos sumidos en un ritmo vertiginoso. Estamos empeñados en ganar tiempo al tiempo. Se hacen muchas cosas. Cada vez más. Todas de forma acelerada. Todas con prisa. La consigna que se recibe desde todos los ámbitos (aprendizaje, industria, comercio, política, telecomunicación…) es la siguiente: “De prisa, de prisa”. Cada día hay más personas que se parecen al Conejo Blanco con el que se encontró Alicia: en su viaje al País de las Maravillas. “Tengo mucha prisa, tengo mucha prisa”, dicen mirando obsesivamente el reloj.
Esta invitación a la lentitud puede parecer un despropósito. Si te paras cuando todos corren, asumes el riesgo de ser arrollado. Si te detienes cuando todos aceleran, corres el peligro de quedarte atrás definitivamente.
Pero habría que preguntarse, con lógica desazón: ¿Sabemos hacia dónde vamos con tanta prisa? No hay nada más estúpido que lanzarse con la mayor eficacia en la dirección equivocada. Ya lo decía el clásico: “Tantas idas y venidas, ¿son de alguna utilidad?”. Nos levantamos con prisa, vamos al trabajo con prisa, conducimos con prisa, estudiamos con prisa, hacemos una cosa tras otra de forma tensa y acelerada. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Somos así más felices?
– ¿Para cuándo quiere este trabajo?, pregunta el trabajador estresado al estresado empresario.
– Para ayer. Ya lo tenía que saber: para ayer.
En la escuela se peca del mismo vicio. Los aprendizajes tienen que ser rápidos, por no decir precipitados. Aunque los investigadores más concienzudos nos hablan hoy de la importancia del ‘aprendizaje lento’. Se lo he oído decir con justificado énfasis no hace mucho a mi admirado Andy Hargreaves.
Los padres comparan el rendimiento de sus hijos con el de los alumnos que acuden a un Centro diferente. Si el nivel es más bajo se alarman porque creen que sus hijos nunca recuperarán el retraso. Consideran que el Centro al que acuden los otros niños tiene más calidad. Y se sienten angustiados, ocasionando una presión desmedida sobre los aprendices. Desde muy pronto empieza esa presión sobre los niños. Que aprendan cuanto antes idiomas, música, solfeo, piano, danza, judo, macramé, informática… Olvidando que ‘no por mucho madrugar amanece más temprano’.
Circulamos a una velocidad endiablada, como si en ello nos fuera la vida. Y, a veces, claro que nos va. He visto en una carretera de Argentina esta significativa advertencia: ‘El que no corre, vuelve’. ¿No se han fijado en la crispación que produce el conductor que circula con lentitud delante de otro que tiene prisa? Los exabruptos que salen por la boca del que encuentra un obstáculo delante son desproporcionados para el retraso que se le ocasiona. ‘Imbécil, vete andando y deja a los demás circular a su aire’. Con la de veces que hemos dicho y oído que más vale perder un minuto en la vida que la vida en un minuto.
Al abuelo de una amiga que circulaba con lentitud en una autovía generando tras de sí un largo atasco de coches, le detuvo la policía y le preguntó:
–¿Usted conduce siempre a esta velocidad?
–No, señor, suelo circular mucho más despacio, contestó el abuelo pensando que le iban a multar por exceso de velocidad. Él circulaba a su ritmo. La prisa es más una actitud que una necesidad perentoria.
Decía Baltasar Gracián que la prisa es la pasión de los necios. Cuando defiendo la lentitud no me refiero a la indolencia, a la pereza, a la apatía, a la desidia, al abandono. Me refiero a la calma, al sosiego, a la suavidad, a la ternura, a la tranquilidad. Suetonio nos propone un lema de acción y de vida: ‘Apresúrate lentamente’.
‘La rapidez, que es una virtud, engendra un vicio que es la prisa’, decía Gregorio Marañón. En efecto, la prisa no sólo impide vivir y sentir de forma plena, sino que da pie a cometer numerosos errores. Chesterton incluía entre los perjuicios causados por la prisa uno ciertamente paradójico: ‘Una de las grandes desventajas de la prisa es que lleva demasiado tiempo’. Así lo señala el refranero español: ‘Vísteme despacio, que tengo prisa’.
Nos falta tiempo para las cosas importantes: el café reposado, la conversación lenta y dilatada, el paseo despacioso, la lectura tranquila, la música bien saboreada, la amistad largamente compartida, el amor lentamente expresado.
No hay tiempo, decimos. Es que no tengo tiempo para nada. Pero el tiempo es el mismo para todos. Lo que pasa es que lo vivimos de forma subjetiva. Pensemos en el ritmo que tiene el tiempo en un pueblo tranquilo y en una trepidante ciudad. El tiempo objetivo es el mismo en ambos lugares. En los dos ámbitos el día tiene las mismas horas. Pero la actitud hacia la vida, hacia las cosas, hacia las personas es diferente en una y otra cultura.
Hacemos las cosas con prisa, pero nos gusta que nos atiendan con sosiego. No nos gusta que el médico nos eche un vistazo ante la presión de los enfermos que esperan (también de forma impaciente). No nos gusta que nos escuchen mirando el reloj. No queremos que el dependiente de la tienda nos despache en un santiamén de forma exasperada. La vivencia subjetiva del tiempo hace que tengamos una actitud determinada ante las cosas, ante las personas y ante nosotros mismos. Está claro, como afirma el proverbio afgano que ‘para un hambriento el pan cuece lentamente’. Cuando alguien presiona, cuando pretende o exige que adoptemos un ritmo acelerado para hacer las cosas, hemos de contestar: Mire, no tengo tiempo para tener prisa.
Quiero terminar con unas palabras de mi entrañable amigo y maravilloso cuentacuentos Paco Abril: ‘Para tratar de atemperar mi tendencia a padecer el síndrome de la prisa, llevo siempre prendidos en la memoria unos versos de Ángel González que dicen: ‘Si voy de prisa, el río se apresura. Si voy despacio, el agua se remansa.’ Elogiar la lentitud es, en suma, elogiar a quienes, con paciencia, nos remansan, cada día, los precipitados ríos de la vida’.

Los chicos también lloran

12 Feb

El juez de la Audiencia Nacional Juan del Olmo, que investiga los atentados del 11 M, se emocionó hace unos días mientras pronunciaba una conferencia en unas Jornadas sobre terrorismo internacional celebradas en Madrid. Fue aleccionador ver a un juez conmoverse y sollozar ante las cámaras de televisión. Se nos han vendido otros modelos, otras formas de ser hombres. Vi sus esfuerzos para controlar las lágrimas y para doblegar el sentimiento que le invadía impidiéndole seguir hablando. Me pareció un gesto maravillosamente tierno el que se dirigiera a una joven víctima, presente en la sala e inmovilizada en una silla de ruedas, llamada Laura Jiménez. El juez interrumpió su discurso, se dirigió a ella por su nombre y le dijo con lágrimas en los ojos: “Laura, la justicia va a dar respuesta a muchas cosas; de eso no te quepa duda”. Y añadió algo profundo y hermoso: “No nosotros individualmente, la suma de todos lo va a conseguir, por ti y por todos los que han sufrido”.
El acto era público, el papel del juez el de un importante hombre de la vida social, estaban presentes personalidades de la esfera política, y las cámaras filmaban la escena. Estoy seguro de que el juez Del Olmo tiene una gran cabeza, bien llena y bien amueblada. Pero me sentí emocionado al ver que también tiene un enorme corazón que no se recata en mostrar. Su emoción le honra. Y nos honra a todos los ciudadanos y ciudadanas del país. La conferencia tenía que continuar . “Debemos aguantar la emoción y continuar”, dijo mordiéndose los labios temblorosos.
El gesto me ha parecido tan conmovedor que me ha llevado a escribir estas ideas sobre la importancia de la vida emocional de los varones en nuestra cultura. Durante mucho tiempo se han castigado los sentimientos. “Los hombres no lloran”, se decía. Era un baldón mostrar la debilidad, el sentimiento. “Es un sensiblero”, “es una nena”, “llora por cualquier cosa”, “es débil”.. Algunos piden perdón cuando se emocionan en público. Creen que han sido protagonistas de una debilidad. Por eso me gustó que el señor juez no lo hiciera. Nada tenía de qué avergonzarse. De nada tenía que pedir perdón. Había mostrado la sensibilidad de un corazón noble y eso le llevaba a un compromiso profesional y a una exigencia más grande.
Carlos Lomas ha coordinado hace poco un hermoso libro titulado ‘Los chicos también lloran’ (Paidós, 2004). Un libro por muchos motivos recomendable
Las formas de ser hombres, como las formas de ser mujeres, son múltiples, pero hay una que es hegemónica. Todas ellas son producto de construcciones sociales. No somos como somos exclusivamente por la influencia de los genes. Somos como dicen que tenemos que ser. Para ello debemos seguir los modelos y los patrones de conducta que imperan en la sociedad. Y la sociedad es sexista. En el lenguaje, en las costumbres, en la educación, en el trabajo, en la moral… Podría poner tantos ejemplos que acabaríamos cansándonos. Todos los conocemos.
Cuando se realizan atrocidades contra las mujeres, cuando se produce maltrato, cuando se cometen violaciones, cuando los jueces exculpan a los violadores (otra vez ha vuelto a suceder hace unos días, para vergüenza de nuestra justicia) porque las víctimas no han opuesto suficiente resistencia o han provocado por su forma de vestir, cuando vemos que la mujer no accede a puestos de responsabilidad con la misma facilidad que los hombres o que cobran menos por los mismos trabajos, nos sorprendemos, escandalizamos e indignamos. Lo importante es preguntarse por las causas de esos desastres. Castigar a los delincuentes es una solución de escasa relevancia para la mejora. Imponer el régimen de cuotas es maquillar el problema. La verdadera solución está en la educación sentimental, especialmente la de los varones.
Hay que acabar con esa cultura patriarcal que presenta como modelo hegemónico el de un varón fuerte, violento, agresivo, potente, avasallador… ‘Muy macho’, decimos. ¿Qué se quiere decir cuando se dice ‘yo soy muy hombre’ o ‘no permito que se dude de mi hombría’?
La educación sentimental no se tiene en cuenta. Incluso se ridiculiza. Hay que reconocer los sentimientos, vivirlos profundamente, expresarlos con sinceridad, compartirlos con generosidad. Hay que saber reconocer y valorar los sentimientos de los otros, comprenderlos y compartirlos. Hay que aprender a sentir miedo, ternura, dolor, ira y amor. Y hay que saber manifestar esos sentimientos con claridad y hondura.
Nadie se avergüenza de ser muy inteligente. Algunos se sienten avergonzados de ser ‘demasiado sensibles’. ¿Por qué demasiado? De una persona extremadamente inteligente se dice que es un genio. De alguien muy sensible se afirma con desprecio que es sensiblero.
Me ha gustado oírle decir en una entrevista de radio al ministro de Administraciones Territoriales Jordi Sevilla que a las 7 de la tarde lo dejaba todo en el trabajo para ir a bañar a sus hijos. Y al corredor Carlos Sainz confesar que se retiraba porque su hija de seis años no sabía montar todavía en bicicleta. ‘Fíjese usted, decía, con seis años’.
Saber dar y recibir sentimiento, emoción y ternura enriquece a las personas. Es preciso vivir intensamente los afectos. Expresarlos. Compartirlos. Hay quien no es capaz de recibir afecto porque lo considera peligroso o porque no se encuentra lo suficienteme digno de ese amor. Hay quien no sabe darlo a través de las pequeñas e infinitas modalidades de la ternura. Por eso resulta tan necesaria la educación sentimental.
Los sentimientos se expresan de múltiples formas a través de pequeños gestos. Hay que practicar. Para ello hace falta constancia y lentitud. Dice José Antonio Marina en su libro ‘Laberinto sentimental’: “La prisa se opone a la ternura. No hay ternura apresurada”. Y añade: “La prisa está unida a la violencia. El apresurado lo quiere todo ahora y la violencia es el camino más corto”. Conocí un anciano que repartía caramelos diariamente a los niños y niñas en el pueblo navarro de Corella. Lo hacía parsimoniosamente con esta ingeniosa frase, cargada de afecto:
– Toma, cariño, el de hoy y el de mañana. Y mañana otra vez.

Pulgas amaestradas

29 Ene

pulga.jpg Si metemos varias pulgas en una pequeña caja de cristal, podremos ver cómo saltan sin cesar contra las paredes y el techo de la caja. Si después de un tiempo las sacamos de su encierro y las dejamos en libertad podremos ver que sólo realizan saltos como los que efectuaban dentro de la caja. Se han acostumbrado a los límites, se han habituado a unos esfuerzos recortados por la experiencia. Los amaestradores han condenado a las pulgas a su pequeño fracaso.
Algo parecido nos pasa a los humanos. Cuando nos acostumbramos a unos determinados límites nos sentimos incapaces de superarlos. Ni siquiera lo intentamos. Creemos que lo alcanzado es todo lo que podemos llegar a conseguir. El acostumbrarse al fracaso es una causa de la falta de estímulo. Las pulgas, dentro de la caja, se habitúan a unos saltos minúsculos que acaban por condicionar su futuro comportamiento.
En las metas que vamos proponiéndonos en la vida influyen mucho los logros que hemos alcanzado. Por eso es bueno facilitar la consecución de éxitos. No conviene habituar a los niños y a las niñas al fracaso. También es decisivo lo que los demás esperan de nosotros. Si nadie espera que seamos capaces de conseguir algo significativo, es fácil que no lo alcancemos. Resulta terrible esa condena al fracaso que algunos educadores y algunos padres o madres hacen sobre sus alumnos o hijos. “Tú nunca llegarás a nada”, tú jamás conseguirás algo importante”, “tú eres un inútil”, tú serás un fracasado”… Es fácil que esa persona, si no se rebela contra la profecía, si no la convierte en un reto, acabe siendo, efectivamente, un fracasado. Existen las profecías de autocumplimiento. Éste es su enunciado: “La profecía de un suceso suele convertirse en el suceso de la profecía”. Es así. Sucede incluso en el ámbito sociológico. Si anuncio, por ejemplo, que el próximo fin de semana habrá escasez de combustible en las gasolineras de Málaga, es probable que los conductores se lancen a conseguir provisiones causando una real carestía en ese fin de semana. La profecía del suceso de la escasez se convirtió en la realidad de la escasez.
He visto terribles profecías en las escuelas y en el seno de las familias. Me preocupa mucho que esas actitudes tengan lugar en las aulas porque quienes estamos pagados para ayudar a crecer (educadores, impulsores del crecimiento intelectual y moral) estaríamos utilizando nuestra autoridad para poner sobre los hombros de nuestros alumnos o alumnas una montaña de desaliento. Acabo de ver ejemplos de esta inadmisible actitud en la excelente película francosuiza “Los chicos del coro”, opera prima del director Christophe Barratier.
Algunas veces las profecías van dirigidas a todos los alumnos y alumnas de la clase. “Vuestro grupo nunca conseguirá nada importante”, “vosotros sois demasiado torpes para llegar lejos”, “nunca he visto un grupo tan malo”… A veces, a un grupo pequeño. En ocasiones solamente a un alumno o alumna, que se convierte en el chivo expiatorio de la margura, del pesimismo o del sadismo del educador. No sé cómo no escarmentamos después de las muchísimas equivocaciones de las que hemos sido protagonistas o testigos. Hay ejemplos célebres. Evaluando la primera prueba de Fred Astaire ante la cámara un ejecutivo de un estudio de cine dijo: “No sabe actuar. No sabe cantar. Ligeramente calvo. Baila un poco”. Qué vergüenza. He oído decir con amargura a muchas personas que hoy están en puestos de relevancia social que tuvieron algunos profesores que les condenaban injusta e imprudentemente al fracaso. Guardan de ellos una triste memoria.
Las chicas suelen ser objeto de profecías (a veces invisibles e impronunciables) de autocumplimiento. Por el hecho de ser mujeres se les supone una menor valía, una menor ambición o una menor capacidad de esfuerzo y, en consecuencia, se les marcan unas metas menos ambiciosas, se les plantean como deseables carreras de menor prestigio, dificultad o categoría social.
Los discapacitados son destinatarios también de algunas de estas premoniciones desalentadoras. Si pensamos y les decimos que no aprenderán nada, que nunca serán capaces de tener éxito, acabarán fracasando.
A veces es todo un país quien es objeto de esa profecía maldita. Me ha contado un profesor universitario argentino algo que le pasó cuando visitó España invitado, con otros profesores y periodistas de diversos países, por el señor Fraga, entonces Ministro de Información y Turismo. Ante la pregunta suya de cuándo iba a llegar a España la libertad de prensa, el señor Ministro contestó: “Desengáñese, los españoles no están hechos para vivir en libertad”. Es decir, que pensaban (y nos decían) que no éramos capaces, que no teníamos los genes de la democracia, que necesitábamos mano dura y buenos censores (qué binomio de términos contradictorios). Muchos llegaron a creérselo. Lo oí decir muchas veces: “Los españoles no estamos hechos para la libertad”.
El problema de partida está en los “profetas malditos” o en los “malditos profetas”. Y cobra fuerza cuando el destinatario o destinataria de la profecía acaba creyéndosela. Cuando la hace suya. Porque si se rebela contra ella, si la convierte en un estímulo, si saca de ella el coraje necesario para vengarse de los tristes deseos de su profeta, el problema está solucionado.
La profecías malditas nacen de la torpeza y del desamor de quien las hace. El hermoso libro de Alice Calaprice “Querido profesor Einstein” nos muestra la tierna relación del científico con los niños y las niñas a través de la correspondencia. Se puede comprobar cómo les alienta y anima. Porque los quiere. Él mismo fue un alumno con problemas. Se lo cuenta a Bárbara, una niña de 12 años, que le confiesa sus problemas con las matemáticas: “Me encantó tu amable carta. Hasta el momento no me había planteado ser un héroe, pero puesto que me has designado como tal, ahora siento que sí que lo soy… No te preocupes por tus dificultades en matemáticas: puedo asegurarte que las mías eran aún mayores”. Los alumnos aprenden de aquellos profesores a los que aman. Porque tienen un radar para saber quién los quiere.
Hay que acabar con las profecías (y, sobre todo, con las autoprofecías) de cumplimiento. A quien construye cajas para sus prójimos quiero recordarles que están limitando injustamente el desarrollo de forma quizá inconsciente, pero muy real. A quienes son encerrados en ellas quiero decirles que no hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido mete en su cabeza los esquemas del opresor.

Procrastinación

22 Ene

Algunos lectores se habrán preguntado por este extraño título. Quienes han resistido el choque y han abierto la puerta del artículo se encontrarán dentro del mismo con “aquellas personas que lo dejan todo para más adelante”, que sufren la “adicción al día siguiente”. El diccionario nos permite saber que procrastinar significa diferir, aplazar, postergar. Los procrastinadores son personas habituadas a dejar las cosas para mañana. Algunos piensan que debería hablarse de “procastinadores” porque la proximidad de dos erres hace que la palabra no suene bien. Deberíamos hablar de procastinación, afirman, lo mismo que decimos trastocar y no trastrocar. Pero no es esa la cuestión que deseo plantear.
Se ha abandonado durante mucho tiempo la preocupación por la voluntad. De hecho, ese concepto ha desaparecido de los tratados de psicología. La formación de la voluntad de los niños y jóvenes no ha sido una de las prioridades educativas de las familias y de las escuelas en los últimos tiempos. La voluntad se forja, no es una cualidad innata. Fruto de esa despreocupación, entre otros factores, es la hipertrofia de las enfermedades de la voluntad: la abulia, la desidia, el descontrol, la esclavitud de la voluntad, la inconstancia, la impulsividad, la indecisión… y la procrastinación.
José Antonio Marina, en un reciente libro titulado ‘La inteligencia fracasada. Teoría práctica de la estupidez’ nos habla de algunos problemas de la voluntad. Entre ellos de esa inveterada costumbre de dejar las cosas para más adelante. ¿No conocen a nadie con este problema arraigado en la voluntad? Hay muchas personas hoy día afectadas por ese enfermedad. ¿No lo será usted mismo, querido lector? Les pongo delante un espejo para ver si se reconocen. Éstas son algunas manifestaciones de la actitud de los procrastinadores.
–Suelen recibir un recargo en el pago de contribuciones porque siempre acuden a pagar después de pasada la fecha última del plazo. “Mañana lo haré, mañana lo haré…”. Total: veinte por ciento más como castigo por la demora.
–Echan gasolina en el coche cuando ya lleva muchos kilómetros con la señal de alarma en sus cotas más altas. En alguna ocasión se quedan tirados en la carretera.
–Si tienen una avería en el microondas sólo acuden al técnico el día que éste se estropea del todo. Y éste les dice: “Si hubiéramos detectado la avería a tiempo…”.
–Cuando la mesa del despacho pide unos minutos de tiempo para ordenar los papeles, la demora se hace infinita y nunca encuentran el momento.
–Si padecen un leve dolor de muelas esperan para acudir al dentista al día que sufren unos dolores insoportables. “Pero hombre, les dice el odontólogo, cómo ha tardado tanto tiempo en venir. Tiene la muela completamente podrida”.
–Nunca encuentran el momento de cortar una relación deteriorada que sólo produce dolor y frustración.
“Luego”, “más tarde”, “después”, “mañana”, “otro día”, “más adelante”, “en otra ocasión”… son expresiones que utilizan frecuentemente los procrastinadores. En definitiva, “ahora no”. Nunca es el momento oportuno. Nunca se dan las condiciones perfectas para hacer lo que hay que hacer. Las cosas urgentes van postergándose en un orden de acción que la voluntad no logra priorizar adecuadamente.
Podemos ver esta actitud de forma clara en el niño que juega embebido con su última adquisición electrónica. La mamá lo llama para hacer los deberes. Él sabe que tiene una tarea urgente que realizar, pero no es capaz de interrumpir lo que está haciendo. Y la respuesta inexorable es: ¡Un momento!
Las tácticas dilatorias son múltiples. Algunas muy elaboradas y con enorme potencia persuasiva para el procrastinador. “Mañana me levantaré y dedicaré toda la mañana a solucionarlo. Será mejor que hacerlo ahora de mala manera”, se dice. “Eso requiere más tiempo, más luz, más calma, más clarividencia…” que las que ahora tengo. Conviene dejarlo para después”. Otras son abiertamente engañosas: “le preguntaré a alguien cómo hacerlo y con una sencilla explicación lo haré muy rápido. Puede ser que alguien me eche una mano sin que le cueste gran cosa”. La más perfecta es la del que piensa que, a última hora, sucederá algo que evite realizar esa tarea. El estudiante que tiene que hacer un examen piensa que sucederá alguna hecatombe que obligará a cerrar ese día la escuela.
Otra de las causas más potentes de la procrastinación es el perfeccionismo. Hay personas que demoran indefinidamente la realización de una tarea porque quieren asegurar un cumplimiento perfecto, casi siempre imposible. Algunas veces se plaza la acción porque se piensa que absorberá un tiempo mucho mayor del que realmente se necesita. Y, en fin, algunas veces se temen tanto las consecuencias que resulta más rentable inventarse cualquier excusa para el aplazamiento.
Esa permanente dilación acaba siendo muy nociva y consumiendo muchas más fuerzas en la preparación de la decisión que en la acción misma que hay que llevar a cabo. Marina nos recuerda la famosa Ley de Emmett. En efecto Rita Emmett, en su libro ‘Procrastinador´s Hanboock’ enuncia dicha ley en los siguientes términos: “El temor a realizar una tarea consume más tiempo y energía que hacer la tarea en sí”. Hay una versión social del problema de la procrastinación que es el aplazamiento permanente de la solución de los problemas pendientes. Nunca se encuentra el momento, Siempre hay alguna excusa. Siempre falta algún papel. Nunca se dan todas las condiciones.
La procrastinación tiene una modalidad política o social. Hay políticos que buscan siempre excusas para acometer una obra difícil o arriesgada. Hace falta pedir otro presupuesto, que pase el invierno, que lleguen los asesores, que cambie el clima político… Hay problemas que la procrastinación ha cronificado. Mañana, mañana, mañana… Es decir, nunca. El clásico “vuelva usted mañana” de Larra tiene que ver con esa enfermedad social consistente en demorar las respuestas, en dar excusas para diferir la solución a un problema.
Sólo en un caso veo razonable ser procrastinador. Es el caso del optimista que recibe una mala noticia por la noche. Y se dice, prometiéndose una noche de sueño placentero: Menudo disgusto me voy a llevar mañana cuando me levante.

Las cuatro ‘des’

8 Ene

pisa.jpg El informe PISA 2003 (que ofrece la clasificación de los resultados obtenidos por estudiantes de 15 años en 40 países), con todas las limitaciones que este tipo de informes tiene, nos debe hacer pensar a todos. Políticos, educadores, familias y ciudadanos en general. El puesto obtenido por los escolares españoles no se corresponde con el nivel de desarrollo económico y cultural del país. La educación es la gran causa de toda la sociedad. Creo que el debate abierto por el PSOE a través del llamado ‘libro verde’, titulado ‘Una educación de calidad para todos y entre todos. Propuestas para el debate’, ha de ser bienvenido. No fue muy saludable para la democracia el hecho de que una ley como la LOCE saliera adelante con el apoyo ‘exclusivo’ del Partido Popular. Es cierto que existía malestar en algunos sectores de la comunidad educativa, que había problemas, que se daba un inquietante nivel de fracaso. ¿Todo atribuible a la LOGSE? Creo que no. No son buenos para la educación los bandazos políticos de naturaleza partidaria.
Estas son las cuatro ‘des’ que considero imprescindibles para avanzar por el buen camino en este crítico momento:

(D)iagnóstico certero. Ha de hacerse un diagnóstico certero de la realidad educativa. Muchos presupuestos en los que se basó la LOCE estaban cimentados en eslóganes, impresiones, suposiciones, tópicos, medias verdades… Un mal diagnóstico conduce a tomar decisiones arbitrarias o, quizás, contraproducentes. El diagnóstico tiene dos dimensiones complementarias. Dimensión comprobadora: Determinar si se ha conseguido lo que se pretendía. Dimensión atributiva: Explicar por qué sucede, a qué se debe aquello que se ha comprobado. La atribución se hace muchas veces de forma simplista o interesada. Vamos a suponer que se compruebe que existe fracaso en la consecución de los niveles de conocimientos exigibles. No es del todo riguroso explicar el fracaso a través de un sólo tipo de causas (a los alumnos/as les falta la cultura del esfuerzo, por ejemplo). ¿No hay otras posibles causas? ¿No se puede hablar de la falta de formación del profesorado, de la mala coordinación de las escuelas, de la falta de implicación de las familias, de la escasa liberación de recursos…?

(D)ebate auténtico.
Es necesario articular un debate auténtico antes de tomar decisiones. No sólo porque se van a comprender mejor las situaciones problemáticas y se van a comprender mejor las realidades sino, sobre todo, porque se va a generar un clima propicio para sentir como propia la Reforma.
Hay que dar a conocer que el debate está abierto. Los circuitos de la información no fluyen a veces de forma conveniente. Muchos docentes no se han enterado todavía de que existe un debate sobre la Ley. Esa invitación, que es un derecho y a la vez un deber, ha de conocerse de forma suficientemente clara y operativa. El debate ha de estar abierto a toda la sociedad, no sólo a los técnicos y a los profesionales de la educación. Los medios de comunicación deben hacerse eco del debate. Hay que tener cuidado para que el debate no se desvirtúe y, sobre todo, para que no simplifique. Si se pregunta hoy a la ciudadanía (e incluso a los docentes) muchos dirán que el debate está centrado en las clases de religión, en la promoción automática, en la reválida y en los itinerarios… Nada más.
Hay que marcar bien las grandes líneas de discusión: la importancia del modelo educativo, los objetivos básicos del sistema, el compromiso con las familias y con la sociedad, el valor de la escuela, la dignidad de los maestros, la subordinación de los intereses sectoriales y corporativos a los intereses generales, la exigencia de responsabilidades en todos los ámbitos, la equidad del servicio, la igualdad de oportunidades… El debate ha de disponer de un tiempo amplio. Es cierto que muchos docentes ‘están hartos’ de reformas, de vaivenes, de normativas que van cambiando sin que ellos sepan muy bien por qué. Pero es necesario animar, implicar, proponer y estimular a los protagonistas.

(D)ecisiones acertadas. El modelo de cambio que convierte a los docentes en meros aplicadores o ejecutores de lo que dicen los legisladores a la luz de lo que han descubierto los técnicos e investigadores es un modelo escasamente potente para generar cambios profundos en el sistema. Es, además, un modelo desprofesionalizador ya que parece estar planteándose desde la suposición de que los docentes o no van a saber hacer las cosas por su iniciativa o no van a querer hacerlas sin que se les mande. Sin embargo, es necesaria una ley consensuada. Creo que las decisiones que se han de tomar en esta ocasión tienen que corregir importantes limitaciones y desviaciones que se han encontrado en la LOCE:
–Debe tener en cuenta la equidad. la educación ha de corregir desigualdades, no acentuarlas.
–Debe encaminarse a la construcción de un curriculum básico rico, sugerente, integrado y relevante, que refleje la diversidad cultural y que sea consensuado con las Autonomías.
–Debe plantear un sistema de evaluación que no se convierta en una carrera de obstáculos en la que los más desfavorecidos se vayan estrellando paulatinamente.
–Debe tener en cuenta la educación en valores, no limitando sólo el objetivo a la adquisición de conocimientos.
–Debe observar el mandato constitucional de establece el principio de laicidad en el sistema educativo.
– Debe incrementar (no sólo mantener) la participación de la comunidad en el desarrollo de la práctica educativa.

(D)inero abundante.
Es necesario destinar un prepuesto mayor del que se está dedicando a la educación. El nivel de riqueza del que disfruta España no está en relación con los recursos que se dedican a la educación. Se pretende estar entre los primeros en resultados quedándose entre los últimos en dedicación de presupuesto.
–Hay que aumentar el gasto público en educación. Y hay que controlar lo que se hace con el dinero público en los Centros concertados.
–Hay que aplicar estrategias distributivas de los recursos basadas en programas prioritarios.
–Hay que corregir las disigualdades de todo tipo existentes en el sistema (existen desigualdades sociales, territoriales, en la red pública/privada, en la atención a inmigrantes…).
–Hay que evaluar lo que se está haciendo y para qué está sirviendo el dinero de todos los ciudadanos y ciudadanas.
La educación no se produce solamente en las escuelas. Es necesario pensar en una Ley de Educación y no sólo de Escolarización. Como dice el ya conocido y sabio proverbio africano: ‘hace falta un pueblo entero para educar a un niño’. Es necesario hacer una llamada al optimismo porque la educación parte de un presupuesto sustancialmente optimista: el ser humano puede mejorar. Y, por encima de todo, hay que formar bien a los maestros. Y reconocer su dignidad. Son ellos quienes hacen buenas o malas las leyes. Son ellos, ciertamente, los verdaderos héroes de los nuevos tiempos.