Procrastinación

22 Ene

Algunos lectores se habrán preguntado por este extraño título. Quienes han resistido el choque y han abierto la puerta del artículo se encontrarán dentro del mismo con “aquellas personas que lo dejan todo para más adelante”, que sufren la “adicción al día siguiente”. El diccionario nos permite saber que procrastinar significa diferir, aplazar, postergar. Los procrastinadores son personas habituadas a dejar las cosas para mañana. Algunos piensan que debería hablarse de “procastinadores” porque la proximidad de dos erres hace que la palabra no suene bien. Deberíamos hablar de procastinación, afirman, lo mismo que decimos trastocar y no trastrocar. Pero no es esa la cuestión que deseo plantear.
Se ha abandonado durante mucho tiempo la preocupación por la voluntad. De hecho, ese concepto ha desaparecido de los tratados de psicología. La formación de la voluntad de los niños y jóvenes no ha sido una de las prioridades educativas de las familias y de las escuelas en los últimos tiempos. La voluntad se forja, no es una cualidad innata. Fruto de esa despreocupación, entre otros factores, es la hipertrofia de las enfermedades de la voluntad: la abulia, la desidia, el descontrol, la esclavitud de la voluntad, la inconstancia, la impulsividad, la indecisión… y la procrastinación.
José Antonio Marina, en un reciente libro titulado ‘La inteligencia fracasada. Teoría práctica de la estupidez’ nos habla de algunos problemas de la voluntad. Entre ellos de esa inveterada costumbre de dejar las cosas para más adelante. ¿No conocen a nadie con este problema arraigado en la voluntad? Hay muchas personas hoy día afectadas por ese enfermedad. ¿No lo será usted mismo, querido lector? Les pongo delante un espejo para ver si se reconocen. Éstas son algunas manifestaciones de la actitud de los procrastinadores.
–Suelen recibir un recargo en el pago de contribuciones porque siempre acuden a pagar después de pasada la fecha última del plazo. “Mañana lo haré, mañana lo haré…”. Total: veinte por ciento más como castigo por la demora.
–Echan gasolina en el coche cuando ya lleva muchos kilómetros con la señal de alarma en sus cotas más altas. En alguna ocasión se quedan tirados en la carretera.
–Si tienen una avería en el microondas sólo acuden al técnico el día que éste se estropea del todo. Y éste les dice: “Si hubiéramos detectado la avería a tiempo…”.
–Cuando la mesa del despacho pide unos minutos de tiempo para ordenar los papeles, la demora se hace infinita y nunca encuentran el momento.
–Si padecen un leve dolor de muelas esperan para acudir al dentista al día que sufren unos dolores insoportables. “Pero hombre, les dice el odontólogo, cómo ha tardado tanto tiempo en venir. Tiene la muela completamente podrida”.
–Nunca encuentran el momento de cortar una relación deteriorada que sólo produce dolor y frustración.
“Luego”, “más tarde”, “después”, “mañana”, “otro día”, “más adelante”, “en otra ocasión”… son expresiones que utilizan frecuentemente los procrastinadores. En definitiva, “ahora no”. Nunca es el momento oportuno. Nunca se dan las condiciones perfectas para hacer lo que hay que hacer. Las cosas urgentes van postergándose en un orden de acción que la voluntad no logra priorizar adecuadamente.
Podemos ver esta actitud de forma clara en el niño que juega embebido con su última adquisición electrónica. La mamá lo llama para hacer los deberes. Él sabe que tiene una tarea urgente que realizar, pero no es capaz de interrumpir lo que está haciendo. Y la respuesta inexorable es: ¡Un momento!
Las tácticas dilatorias son múltiples. Algunas muy elaboradas y con enorme potencia persuasiva para el procrastinador. “Mañana me levantaré y dedicaré toda la mañana a solucionarlo. Será mejor que hacerlo ahora de mala manera”, se dice. “Eso requiere más tiempo, más luz, más calma, más clarividencia…” que las que ahora tengo. Conviene dejarlo para después”. Otras son abiertamente engañosas: “le preguntaré a alguien cómo hacerlo y con una sencilla explicación lo haré muy rápido. Puede ser que alguien me eche una mano sin que le cueste gran cosa”. La más perfecta es la del que piensa que, a última hora, sucederá algo que evite realizar esa tarea. El estudiante que tiene que hacer un examen piensa que sucederá alguna hecatombe que obligará a cerrar ese día la escuela.
Otra de las causas más potentes de la procrastinación es el perfeccionismo. Hay personas que demoran indefinidamente la realización de una tarea porque quieren asegurar un cumplimiento perfecto, casi siempre imposible. Algunas veces se plaza la acción porque se piensa que absorberá un tiempo mucho mayor del que realmente se necesita. Y, en fin, algunas veces se temen tanto las consecuencias que resulta más rentable inventarse cualquier excusa para el aplazamiento.
Esa permanente dilación acaba siendo muy nociva y consumiendo muchas más fuerzas en la preparación de la decisión que en la acción misma que hay que llevar a cabo. Marina nos recuerda la famosa Ley de Emmett. En efecto Rita Emmett, en su libro ‘Procrastinador´s Hanboock’ enuncia dicha ley en los siguientes términos: “El temor a realizar una tarea consume más tiempo y energía que hacer la tarea en sí”. Hay una versión social del problema de la procrastinación que es el aplazamiento permanente de la solución de los problemas pendientes. Nunca se encuentra el momento, Siempre hay alguna excusa. Siempre falta algún papel. Nunca se dan todas las condiciones.
La procrastinación tiene una modalidad política o social. Hay políticos que buscan siempre excusas para acometer una obra difícil o arriesgada. Hace falta pedir otro presupuesto, que pase el invierno, que lleguen los asesores, que cambie el clima político… Hay problemas que la procrastinación ha cronificado. Mañana, mañana, mañana… Es decir, nunca. El clásico “vuelva usted mañana” de Larra tiene que ver con esa enfermedad social consistente en demorar las respuestas, en dar excusas para diferir la solución a un problema.
Sólo en un caso veo razonable ser procrastinador. Es el caso del optimista que recibe una mala noticia por la noche. Y se dice, prometiéndose una noche de sueño placentero: Menudo disgusto me voy a llevar mañana cuando me levante.

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