San Cervantes

23 Abr

fahrenheit451-3.jpg Me cuenta mi amiga Paz Sánchez que, al preguntar a uno de sus alumnos qué se celebraba el día 23 de abril, recibió una entusiasta, contundente y significativa respuesta:
–Hoy es San Cervantes.
Un santo laico. Un personaje admirable que merece conmemoración y alabanza. Una persona excelsa y esforzada que nos ha dejado una gran obra y que ha contribuido al bien de la humanidad. Un ejemplo que nos invita a leer y a escribir. El niño santifica lo profano por un curioso mecanismo de admiración. Identifica lo bueno con lo sagrado y canoniza con facilidad a quien se le propone como respetable, elevándole a los altares de su admiración. Se trata de alguien importante, admirable y merecedor de un culto que tiene lugar en el templo del mundo.
Celebramos hoy el Día Mundial del Libro de los Derechos de Autor por decisión de la Conferencia General de la ONU del año 1995 para conmemorar la muerte de Cervantes, la de Shakespeare y la del Inca Garcilaso de la Vega, acaecidas el día 23 de abril de 1616. Conmemoramos también este año el cuatrocientos aniversario de la publicación de El Quijote. Obra admirable que nos ha permitido disfrutar y aprender. No es muy precisa en este caso la insidiosa puntualización de Mark Twain: “Un clásico es algo que todo el mundo quisiera haber leído y que nadie quiere leer”. Tampoco es cierto que para ser un escritor de prestigio sea necesario haber muerto, aunque algunos así lo piensen… Siendo director de un colegio en Madrid invité a participar en algunas tareas docentes a un reconocido escritor. Cuando el eminente personaje atravesó la puerta del aula, uno de los niños exclamó poniéndose de pie y expresando su asombro: ¡Está vivo!
El día del libro que hoy se conmemora es un día grande. Porque leer es una forma mágica de vivir muchas vidas, de conocer muchos países, de encontrarse con increíbles personas, de experimentar grandes emociones, de hacer realidad sueños imposibles… Dice Manuel Alcántara que quien nos dice que nunca lee podría ahorrarse la confidencia.
Existe hoy una gran preocupación por las deficiencias en la escritura, por las faltas de ortografía de niños y jóvenes. Se busca la solución en muchas partes. Pues bien, una de las más importantes está en la lectura. Quien lee mucho y bien., escribe bien.
Quiero sumarme a la conmemoración del día del libro con estas líneas que pretenden ser una invitación a la lectura. Voy a plantear como objetivo siete saberes didácticos para el cultivo y disfrute del arte de la lectura.
Saber desear. El verbo leer como el verbo amar no se pueden conjugar en imperativo. Lo importante, pues, es despertar el amor a la lectura, el deseo imperioso de leer. Si se obliga es fácil que surja el rechazo, como sucedería si alguien nos obligase a amar a una persona.
Saber leer. Leer no es solo estar pasivamente delante de un libro. Hay quien lee sin enterarse de nada. Es importante saber leer. Lo cual, no sólo requiere técnica sino criterio. Hay quien no se entera de nada. Por leer sin comprensión o por leer tan de prisa que no puede rumiar el contenido. Decía Woody Allen: “He hecho un curso de lectura veloz y he leído Guerra y Paz en veinte minutos. Habla de Rusia”. El buen lector no solamente entiende y critica y aprende. El buen lector se hace con la lectura mejor persona. Dice Vicente Espinel: “Los libros hacen libre al que los quiere”.
Saber elegir. Dada la producción que hoy existe es casi más necesario saber lo que no hay que leer que lo que se debe elegir. Elegir la lectura es tan necesario como elegir los alimentos. Hay libros de todo tipo. Libros del momento y libros de todo momento. Dice Chamfort: “La mayor parte de los libros actuales tienen el aspecto de haberse escrito en un sólo día con libros leídos la víspera”.
Saber disfrutar. Dice François Fénelon: “Felices mil veces los que gustan de leer y no están privados de libros”. Quien convierte la lectura en un placer tiene salvado el tiempo de ocio. Porque se puede leer en todas las partes y a cualquier hora. Se puede leer sólo o acompañado, en casa, en el autobús, en el parque, en la playa, en la cama… La mujer de un entrañable amigo siempre dice: Menos mal que mi marido lee, porque si no, entre estate quieto y échate para allá, pasaría media noche.
Saber criticar. Es necesario que el libro nos aproveche. Como sucede con los alimentos. Los hacemos carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Quien lee sin digerir acaba por vomitar. Aprender a ser críticos no quiere decir aprender a ser cáusticos. Tienen mala fama los críticos. Decía François Mauriac: “Un mal escritor puede llegar a ser un buen crítico, por la misma razón por la que un pésimo vino puede llegar a ser un buen vinagre”. Es proverbial la acidez de algunos críticos. Como la que manifestó aquel que le dijo a un autor: “Su libro es bueno y original, pero la parte que es buena no es original y la parte que es original no es buena”.
Saber compartir. Se lee para enriquecerse. Y para enriquecer a los demás. Quien lee es un puente entre el escritor y el interlocutor con quien comenta el contenido del libro. No me gusta la actitud egoísta de quien sólo lee para sí, para saber más que los otros. Por eso considero importante el aprender a compartir lo leído, evitando la ‘avaricia intelectual’.
Saber regalar… Existe una acentuada mala prensa sobre el préstamo de libros. Se dice que los libros tienen su orgullo porque cuando se les presta no regresan a sus dueños. Qué hermosa la costumbre catalana de este día: regalar libros y rosas es sembrar el mundo de belleza y de verdad.
Recuerdo con viveza la ya lejana primera lectura que hice de la novela de Ray Bradbury ‘Farenheit 451’. Sabe el lector que la novela nos describe un mundo en el que se persigue la lectura y se queman los libros. Farenheit 451 es precisamente la temperatura a la que arde el papel.
Borges expresó magistralmente la importancia de la lectura: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito: a mí me enorgullecen las que he leído”. Pensaba cerrar el artículo con estas palabras del gran escritor chileno, pero creo que he de ceder la clausura a quien hoy da pie y motivo a la conmemoración. Utilizaré, pues, palabras de Miguel de Cervantes: “El que lee mucho y anda mucho, va mucho y sabe mucho”. Así sea. Así es.

La brecha digital

9 Abr

binario_black.jpg Vivimos inmersos en lo que se ha dado en llamar sociedad-red, sociedad telemática, telépolis, sociedad digital, cultura de la información y así hasta casi cien denominaciones similares. Lo cierto es que nos encontramos en la última generación de una civilización antigua y en la primera de una nueva civilización. Las consecuencias de ese fenómeno son importantísimas: nueva forma de pensar, de sentir, de ser y de relacionarse. En definitiva, de vivir.
Se define el concepto de ‘brecha digital’ como la separación que existe entre las comunidades, estados y países que utilizan las nuevas tecnologías de la información como una parte rutinaria de su vida diaria y aquellas que no tienen acceso a las mismas y que, aunque lo tengan, no saben cómo utilizarlas. Lleva consigo la desigualdad de posibilidades para acceder a la información, al conocimiento, a los negocios, a las relaciones y a la educación. La brecha no se relaciona sólo con aspectos de orden exclusivamente tecnológico. Es el reflejo de una combinación de factores socioeconómicos y en particular de limitaciones y falta de infraestructura de telecomunicaciones e informática.
La brecha digital está basada en cuatro elementos concatenados:
– disponibilidad de un ordenador u otro elemento hardware que permite a la persona conectarse,
– posibilidad de conectarse y poder de acceder a la red desde el hogar, el trabajo o la oficina,
– el conocimiento de las herramientas básicas para poder acceder,
– la capacidad para poder hacer que la información accesible en la red pueda ser convertida en conocimiento por el usuario.
A nadie se le oculta la importancia que tiene hoy estar conectado a la red, navegar a través de ella, disponer de correo electrónico, ser capaz de comunicarse con otras personas en este nuevo foro, hasta hace muy poco casi inimaginable. “Lo verdaderamente importante no es la exclusión de la información sino la exclusión por la información”, según Perry y Jupp.
Las diferencias son abismales. Antes de la brecha digital existió la brecha analógica. Los países ricos (15% de la población mundial) tienen el 50% de teléfonos fijos y el 70% de los inalámbricos. Hay más conexiones a Internet en Manhatan que en África. Y, lo más preocupante, las desigualdades son crecientes. La diferencia entre países ricos y pobres era de 3 a 1 en 1820, de 35 a 1 en 1950, de 44 a 1 en 1973 y de 72 a 1 en 1992.
Hay quien piensa (creo que equivocadamente) que la brecha digital es un mito porque la fuerza económica y la dinámica del mercado hará que terminen las diferencias, llegando el momento en el que el uso de Internet será generalizado como lo es el de la televisión.
Quienes están conectados tienen acceso a un cúmulo casi infinito de información. Tener información hoy es tener poder. Quienes están privados de ella sufren el castigo de la discriminación y de la exclusión. Los ‘conectados’ tienen también la posibilidad de dialogar, conocer e interrelacionarse con otros. La comunicación que se hace a través de la red tiene peculiaridades originales. El interlocutor no sabe si quien habla es hombre o mujer, rico o pobre, gordo o flaco, bajo o alto, guapo o feo, tartamudo o locuaz, negro o blanco… Conozco en mi entorno próximo a tres parejas de queridos amigos y amigas que se han casado a través de la conexión que realizaron en Internet.
La conexión a la red mejora la calidad de los servicios (consultas comerciales, negocios, operaciones bancarias, compras, puestos de trabajo, compraventas, reservas…). El intercambio de ideas, de experiencias, de bromas, de historias cargadas de ingenio circulan por la red para regocijo de muchos. Véase el librito de Agustín Rodríguez Mas titulado ‘E-mail. Historias de humor que circulan por la Red’.
Existen ahora nuevas formas de diversión y entretenimiento. Ahí están ‘los ermitaños del siglo XXI’. Personas que se refugian en Internet y pueden pasarse días y días sin hablar con un interlocutor presencial. La formación de las personas evitará las manipulaciones que se producen a través de la red. Quien está educado sabe discernir cuándo el conocimiento que el brindan está adulterado, cuándo la publicidad es engañosa, cuándo la forma de diversión es indecente (hay pornografía infantil, hay propuestas degradantes, hay manipulación de las conciencias…), cuándo le están tendiendo una trampa. “Si mandas esto correo a 15 personas serás muy feliz, si lo mandas a 10, bastante feliz y si no lo mandas serás desgraciado”. Y alguno se lo cree. (Recuérdese que el premio Nobel Niel Borg fue preguntado si creía que las herraduras en las puertas de las casas traían suerte. Dijo que no. Y, al decirle que él tenía una en la puerta contestó: “Es que me han dico que las herraduras en las puertas de las casas traen suerte incluso al que no cree en ello”).
Aparecen con la red nuevas formas de asociación, organización y participación. Nadie podía imaginar que, a través de la red, podría convocarse una multitud ante las sedes del PP el día 13 de marzo del 2004. ¿Nos habríamos imaginado la expansión de la propuesta pareada de celebración del año 2005 que hemos vivido el pasado 31 de diciembre y que no quiero ahora reproducir? ¿Habría imaginado alguien la posibilidad de concentrarse a través del ya famoso “pásalo”, como ha sucedido en Madrid con ocasión de la muerte de Juan Pablo II?
¿Quiénes quedan excluidos? Los pobres, los vagabundos, los alcohólicos, los drogodependientes, las minorías étnicas, los inmigrantes, los discapacitados… Hay quien se excluye de forma espontánea o de forma diferente a los que quedan excluidos de manera absolutamente involuntaria. Me refiero a las personas de edad que no son capaces de aprender a manejar la nueva tecnología o que se niegan a realizar el esfuerzo necesario para hacerlo. Todos conocemos a personas que se han aferrado a su vieja máquina de escribir y que no se molestan en ponerse delante del ordenador. Esos no son excluidos, ellos se excluyen sin ser sustancialmente perjudicados.
¿Cómo combatir esta exclusión? Con políticas de redistribución que eviten que la diferencia entre los pueblos siga acrecentándose. No hace falta sólo reducir la diferencia tecnológica. Hace falta otro tipo de transformación educativa. Son necesarios programas de capacitación. Conviene enfocar la actividad hacia el desarrollo, no hacia la explotación. Es necesario lanzar puentes digitales que permitan superar la brecha.
Lo que nosotros necesitamos es que puedan sentarse ante los ordenadores niños y jóvenes inteligentes que sepan aprovecharse de los beneficios de la red y que sepan defenderse de sus trampas, seducciones y manipulaciones.

Minusválidos éticos

26 Mar

etoo.jpgSe está poniendo de moda en los campos de fútbol hacer gestos simiescos y proferir insultos racistas para agredir a jugadores negros del equipo contrario. Es una triste moda. Y también una moda imbécil. Triste porque siembra odio en el deporte, un ámbito que debería favorecer el encuentro intercultural. E imbécil porque los energúmenos que gritan amparados en la masa, aplauden con entusiasmo al jugador negro de su equipo que marca un gol decisivo. ¿Qué es lo que hace a uno despreciable y a otro admirable? ¿No es precisamente la mezquindad y la torpeza que anidan en el corazón de la persona racista? A esos individuos que disfrutan burlándose de quienes tienen un color de piel diferente les llamo minusválidos éticos. Porque, como alguien ha dicho, existe la minusvalía física, la minusvalía psicológica y, cómo no, la minusvalía ética.
No es una cuestión intrascendente. Es grave y preocupante que se puedan realizar impunemente en una democracia estas agresiones que desvelan una actitud racista o xenófoba. Si esto se hace con un jugador famoso, ¿qué no hará esta gente con una persona de raza negra que no tiene fama, dinero o poder? ¿Qué harían si tuviesen la posibilidad de actuar de manera impune contra un indefenso ciudadano? No se puede olvidar que en las actitudes racistas está de por medio una cuestión de poder. Cuando el rey Fahd Bin Abdelaziz de Arabia Saudí viaja a Marbella con su extraordinario séquito, muchos racistas le rinden pleitesía. Esperan que de su magnanimidad salgan algunas monedas de regalo. El color de la piel se hace invisible bajo el velo del poder y del dinero. Lo dijo aquel negro que había llegado a ser millonario: yo también era negro cuando era pobre.
Muchos de estos personajes que se esconden en el griterío del grupo, en el anonimato de la masa, no se atreverían a manifestarse de esa manera estando solos. Ya se ve la fuerte personalidad de la que gozan. Está muy clara la cobardía bajo su apariencia de matones. Y quizás tampoco se atreverían a insultar cara a cara al jugador que mientras corre en el campo se convierte en un ser lo suficientemente distante y absorbido por el juego como para poder responder.
Es lógico que estas semillas de odio arraiguen con tanta facilidad y crezcan con tanta rapidez en el terreno abonado de la cultura neoliberal en que vivimos. No en vano el caldo de cultivo de ella es el individualismo, la competitividad, el conformismo social, la obsesión por la eficacia y el relativismo moral. En una sociedad en la que extiende el principio de todo vale, vale también insultar al adversario con el fin de conseguir el rédito de su nerviosismo. Porque lo único que importa es ganar y para ganar cualquier medio es lícito.
Amin Maalouf ha escrito un excelente libro titulado ‘Identidades asesinas’. Reflexiona en él, desde la experiencia y desde el saber, sobre los oscuros procesos que llevan a la violencia racista. Dice Maalouf que de la misma manera que antes se decía que había que hacer examen de conciencia, se debe hoy hacer examen de identidad. ¿Por qué nos insultamos, por qué herimos, por qué nos matamos? El autor que encarna en su propia persona dos culturas (francesa y libanesa) dice que la identidad es como una pantera. La pantera es un animal domesticable. Pero, herida, mata.
Está creciendo en Europa (y en España) la actitud fascista de los ultraderechistas que enarbolan como bandera de enganche la actitud xenófoba. Y lo están haciendo de una manera sibilina: “Nosotros decimos en voz alta lo que todos piensan y no se atreven a decir”. ¡Los muy fachas! ¿Se han puesto alguna vez en el lugar del otro? Lo que ellos piensan sólo lo sostienen quienes padecen una minusvalía ética.
¿Qué soluciones tiene este problema? A mi modo de ver existen cuatro tipos de soluciones complementarias, no alternativas. Unas son de carácter preventivo: no se debe dejar entrar en los estadios a personas que reiteradamente han mostrado su falta de respeto y de tolerancia. Los clubes son especialmente condescendientes con seguidores violentos. En este caso, racistas. Tienen medios suficientes para conocerlos y para excluirlos. Las segundas, de carácter social: el resto de los espectadores del estadio, cuando oye este tipo de gritos, debe hacer callar a los racistas. Están cometiendo un delito. Deben intervenir, deben denunciarlo. No está bien que miren para otro lado o practiquen el deporte tan ejercitado de encogerse de hombros. Otras son de carácter coercitivo: sería muy positivo suspender el partido y castigar con la pérdida de los tres puntos al equipo cuyos seguidores profieran ese tipo de gritos. Finalmente, las más eficaces, pero más lentas, son las de carácter educativo: se trata de preparar a las personas para la convivencia. La convivencia exige libertad, respeto, solidaridad, justicia… Creo que una mayor formación evitaría estas actitudes y estos comportamientos injustos e irracionales. Mientras menos inteligente es el blanco, más estúpido le parece el negro. Las medidas educativas harían innecesaria la vigilancia, la amenaza y los castigos. Cada persona sabría que todos los seres humanos tienen igual dignidad y el mismo derecho a vivir felices.
Los jugadores, habitualmente, se han callado. Algunos están levantando la voz con todo derecho y razón. Hacen bien. Solamente cuando ellos sientan su dignidad ofendida y se hagan protagonistas de una reacción eficaz irá remitiendo el conflicto. Callarse quita importancia al fenómeno.
Hay que atajar este problema cuanto antes. Los niños y jóvenes que acuden a los campos y que ven en la televisión estos comportamientos aprenden que las personas pueden manifestarse de forma agresiva y violenta sin que nada pase, sin que nadie intervenga. Puede que algunos lo tomen a broma y entiendan que se trata de una gracia que produce risa y diversión. ¡Maldita la gracia!
Es importante intervenir y hacer ver que quienes se degradan son los que insultan y no los insultados. Pero son éstos quienes sufren. Es importante y urgente dejar claro que en una democracia todos (independientemente de su raza, credo, cultura, género y condición) tienen derecho al respeto de sus semejantes.
En el año 1998 la compañía aérea Suisse Air concedió un premio a una azafata y al comandante de la nave por la forma en que resolvieron un conflicto de vuelo. Una pasajera llamó a la azafate para decirle, mientras señalaba al señor de raza negra que estaba en el asiento contiguo:
–Señorita, nadie debe estar obligado a viajar al lado de una persona desagradable. Le exijo que me cambie de asiento.
La azafata le dice que la clase turista está completa y que ella no puede decidir ese cambio. Tiene que hablar con el comandante para poder pasarle a primera. Se va y regresa a los pocos minutos con este mensaje:
–He hablado de su problema con el comandante y los dos estamos de acuerdo con usted. Así que va a pasar a primera clase.
La señora hace un gesto de triunfo y se dispone a recoger su equipaje de mano para para ocupar un asiento de primera clase. Pero la azafata puntualiza con ironía:
–No, señora, quien va a pasar a primera clase es este señor.
Soberana lección. Ella había sido elegantemente catalogada como persona desagradable. Porque lo era. Y el señor de raza negra había sido salvado de su ingrata compañía. Cada persona en su sitio.

La escuela de infinitas aulas

19 Mar

Comienzan las vacaciones de Semana Santa. (No voy ahora a meterme con la veracidad y el acierto que para la ciudadanía tiene el adjetivo que tradicionalmente se dedica a la Semana en que la Iglesia católica conmemora la Pasión. Digamos, sencillamente, que comienza la Semana Santa). Lo cierto es que se cierran las aulas de los centros escolares y se abren miles de aulas invisibles. Niños y jóvenes se encuentran ante un tiempo que no está sometido a la disciplina escolar ni a las exigencias sistemáticas del estudio. El tiempo de vacaciones no es un tiempo baldío, no es un tiempo inútil, no es un tiempo fácil de llenar de forma rica y entretenida. Hay muchos que se aburren, que necesitan que les den el tiempo programado, que son arrastrados a comportamientos destructivos o a dinámicas estériles o agotadoras. Decía el humorista Perich hace años al terminar un período vacacional: “Los españoles regresan a sus domicilios después de las vacaciones en busca de un merecido descanso”.
Quizá sean las vacaciones el momento del año en que las familias más valoran al profesorado: ¿Cómo pueden gobernar a tantos durante tanto tiempo si es tan difícil organizar la vida de unos poquitos durante una semana? De ahí la frase de los padres y, sobre todo de las madres (en absoluto suscrita por los escolares): ¡Qué ganas tengo de que empiece el cole!
Por ser un tiempo de libertad, el tiempo de ocio es un tiempo lleno de riesgos. Pero, a su vez, es un tiempo cargado de posibilidades. El ocio (no se debe confundir ocio con ociosidad) tiene un elevado potencial educativo. Relacionarse con los amigos, convivir en libertad, conversar sin prisas, bailar hasta el cansancio, llenar de creatividad las horas, practicar ‘hobbies’ interesantes, hacer deporte, disfrutar de espectáculos, ver cine, leer reposadamente, escuchar música, organizar viajes o, sencillamente, pensar sin dirección ni cortapisas. Aristóteles dijo que el origen de la filosofía está en el ‘otium’, lo opuesto al ‘negotium’. “La felicidad reside en el ocio del espíritu”, dice el filósofo en su ética a Nicómaco. La modernidad empezó exaltando al homo-sapiens, pasó en la época industrial a ensalzar al homo-faber y en la encrucijada que vivimos ha potenciado al homo-ludens.
Todo el empeño educativo se sitúa en la esfera del trabajo y de la capacitación para el desempeño de un empleo. Lamentablemente, muchos jóvenes se ven luego avocados al paro. Hay muchas personas a las que ha destruido la dimensión laboral: no han encontrado trabajo o se han dedicado a menesteres indeseables o mal remunerados. A mucha más gente le ha destruido el ocio mal vivido. Muchos jóvenes se han dado de bruces con la droga, con la delincuencia, con el aburrimiento, con la explotación o con la soledad.
Nadie ayuda a prepararse para llenar de forma inteligente el tiempo libre. De forma inteligente no quiere decir de manera aburrida. Desde la Ministra de Educación hasta el conserje más joven de un Centro, desde los grandes presupuestos de educación hasta el mínimo gasto en chinchetas se pone al servicio de la formación laboral. Pero nadie se ocupa de la educación para el ocio.
–Hay jóvenes que se meten en la soledad de internet. Son los ermitaños del siglo XXI. Han profesado en una orden de soledad y silencio.
–Hay jóvenes que se ven arrastrados a la droga o al alcohol porque los demás lo hacen, porque se la ponen delante de los ojos, porque les persuaden hábilmente de su inocuidad.
–Hay jóvenes que se sumergen en la delincuencia para obtener un dinero fácil, para extorsionar al prójimo o por simple gamberrismo.
–Hay jóvenes que se entregan al ‘dolce fare niente’, a la inactividad absoluta, a la pereza y al abandono. Cualquier esfuerzo, cualquier proyecto que suponga iniciativa, entrega y entusiasmo les viene grande.
Cuando esto sucede, quienes manejan intereses económicos y comerciales hacen una oferta que soluciona aparentemente el problema, pero que permite enriquecerse de forma rápida y fácil a los promotores. Si los niños y jóvenes no tienen iniciativa les daremos oportunidades para hacer cosas programadas, si están solos les ofreceremos lugares de encuentro, si no saben qué hacer les abriremos discotecas con poca luz, alcohol y éxtasis… Así aparecen las “grandes catedrales” de la modernidad. Los centros de ocio y comercio. Para poder divertirse hace falta tener mucho dinero. Los pobres están condenados una vez más a ser desgraciados. “Queremos jugar gratis”, le decía un niño a Francesco Tonucci cuando éste le preguntaba cómo deseaba que fuese su ciudad.
Los Centros escolares eran antes lugares de encuentro de los jóvenes. Se organizaban en ellos fiestas, viajes, actividades deportivas… Hoy se ha ido cerrando la oferta educativa y se la ha ido reduciendo al curriculum académico: matemáticas, física, química, literatura e, incluso, religión… Llegado el fin de semana los Centros cierran sus puertas, los educadores se van a sus casas y los chicos comienzan a vagar por las calles sin saber qué hacer. El sistema educativo, en realidad, es sólo sistema académico. Los poderes políticos miran para otra parte y la familia considera que ha sido suficiente exigir que sus hijos obtengan buenas calificaciones.
Las familias atraviesan diferentes fases. Durante los primeros años corren el riesgo de desentenderse de la tarea formativa del ocio. Que nos dejen en paz. Que vayan a ver la tele. Que se vayan al cine. Luego, cuando quieren ir con los chicos, ellos prefieren ya ir solos, con los amigos o con la novia o el novio. Posteriormente, cuando intentan saber qué sucede con las actividades, las compañías y las aficiones de sus hijos e hijas, ya tienen dificultades hasta de enterarse.
La sociedad debe dar respuesta también a esta necesidad. No puede mirar para otra parte y escandalizarse luego cuando llegan los problemas. Hay que dar respuesta a los jóvenes desde su mentalidad, sus aficiones y sus deseos. No podemos organizar una diversión que no quieren, que no entienden, que no va con ellos…La única preocupación que ha tenido el mundo de los adultos es de carácter prohibitivo: que no hagan botellón, que no beban, que no se droguen, que no se maten con las motos, que no vean telebasura, que no practiquen sexo… Cuando había rombos en la tele, un padre pintó dos rombos en la parte exterior de la pantalla… En lugar de ayudar a su hijo a ver con criterio la televisión, había optado por un remedio más sencillo. Es una postura muy socorrida, pero bastante ridícula. Como pretender acabar con el problema de la caspa a través de la decapitación.
Con las vacaciones se abre una escuela de infinitas aulas. Es la escuela de la vida. Hay que aprender y disfrutar. O, mejor dicho: aprender a disfrutar. Felices y provechosas vacaciones.

El derecho a la ternura

5 Mar

campo.jpg Estamos acostumbrados a reivindicar y opinar sobre los grandes derechos de la vida pública: libertad, trabajo, vivienda, educación, sufragio, sanidad… Pero no hablamos casi nunca de los derechos de la vida cotidiana que están confinados a la esfera íntima. Derechos no menos importantes, no menos necesarios. A esta categoría de derechos relegados, casi vergonzantes, pertenece el derecho a la ternura. Ahora bien, lo privado, constituido por las rutinas de la vida cotidiana, impregnado en las dinámicas del afecto, es precisamente el espacio donde se desarrolla lo público y donde se manifiesta la ternura.
Todo está ordenado para que sólo lo público sea objeto de consideración y de valía. Lo demás son cuestiones menores, sin gran relevancia para la vida. Lo privado está condenado al anonimato cuando no al olvido. Relegada a la esfera de lo privado, la ternura nunca aparecerá en la esfera pública. O lo hará de forma vergonzante. “Perdón por la debilidad”, decimos cuando nos emocionamos en público.
Sería sorprendente ver a los señores parlamentarios discutiendo en el Congreso sobre la naturaleza y la necesidad de la ternura, elaborando un sesudo articulado sobre el derecho de todo ser humano a disfrutar de ella y promulgando luego una ley que garantizase ese derecho. Parece más lógico verlos preocupados por la alta política internacional y por las esenciales peculiaridades de la macroeconomía.
No creo que el derecho a la ternura sea un don generoso de gobernantes magnánimos, sino una respuesta a una necesidad imperiosa de los individuos. No me refiero sólo a los niños y a las niñas (a quienes por supuesto y en primerísimo lugar me refiero) sino a todos los seres humanos, incluidos los sapientísimos y poderosísimos varones que nos bendicen y gobiernan.
Algunos obstáculos dificultan el desarrollo de este derecho. El primero es nuestra concepción del mundo como un campo de batalla. El guerrero piensa en la conquista, en el poder, en la victoria, en la lucha, en la destrucción. La caricia será, en todo caso, una recompensa o un consuelo posterior. Nos hemos acostumbrado a que los personajes que triunfan en el ámbito público sacrifiquen el mundo de los afectos en aras de un triunfo que exige dureza y agresividad. El segundo obstáculo es la separación radical que se ha hecho entre lo cognitivo y lo afectivo. Esa separación radical es muestra clara de nuestro analfabetismo afectivo. Afortunadamente, cada vez estamos viendo de forma más clara que lo típicamente humano, lo verdaderamente humano es la afectividad. Las máquinas pueden llegar a ser más inteligentes, pero nunca tendrán la capacidad de expresar afecto y ternura. El tercero es la estrategia educativa que nos ha alejado a los varones de los valores más ricos de la sensibilidad. “Los niños no lloran”, se nos decía casi con violencia.
Dice Luis Carlos Restrepo en su pequeño y a la vez apasionante libro ‘El derecho a la ternura’: “Las aulas, tan propicias a la formulación de una verdad abstracta y metafísica, no parecen serlo al tema de la ternura. Los profesores, como se decía del gran Charcot, actúan como auténticos mariscales de campo, sea al momento de enunciar su verdad o cuando se aprestan a calificar el aprendizaje”.
La reflexión sobre la ternura nos pone de bruces ante el tremendo problema del maltrato, de la intolerancia, de la violencia y del odio tan extendidos en nuestra sociedad. Hemos sido educados para la competitividad, para la lucha, para la defensa, no para la ternura.
La educación para la ternura exige la revalorización del mundo afectivo. Y exige también el desarrollo de estrategias que permitan dar y recibir ternura. Cuenta Enrique Mariscal en su libro ‘Cuentos para regalar a las personas que no leen’ que un anciano llega a una consulta médica para curarse una herida. Tiene mucha prisa. Mientras el médico le asiste le pregunta cuáles son las razones de su urgencia. El anciano cuenta que tiene que ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer. Ella padece Alzheimer. El médico le pregunta si ella se alarmaría si no llegara.
–No, doctor, ella no sabe quién soy, pero yo sé muy bien quién es ella. Siempre disfrutó de que le leyera cuentos y poesías en el desayuno.
Necesitamos ser acariciados para crecer. Los franceses tienen una simpática y significativa expresión para designar a las personas ásperas, hostiles, torpes en la relación social. Los llaman ‘osos mal lamidos’. Necesitamos también acariciar. La caricia no ‘agarra’. El poder. sí. El poder sujeta, inmoviliza. La caricia libera. Dice Jean Paul Sartre: “La caricia no es un simple roce de epidermis; es, en el mejor de los sentidos, creación compartida, producción, hechura”.
Dice Restrepo en la obra anteriormente citada: “La caricia es una mano revestida de paciencia que toca sin herir y suelta para permitir la movilidad del ser con quien estamos en contacto”. Es imposible acariciar a otra persona sin estar, a la vez, acariciándonos. Somos tiernos con los otros cuando lo somos con nosotros mismos.
Hemos de ser tiernos con las personas, con los animales, con las cosas, con el mundo. La ternura sólo es posible en el marco del respeto a los otros. No se puede acariciar a la fuerza. El niño quiere tanto al pollito que lo mete con él en la cama hasta asfixiarlo.
“Ser tierno es afirmarse como un insurgente civil que ante la violencia cotidiana dice tajante como los gatos: ¡No!”, dice Restrepo, que elige al gato como el mejor símbolo para hablar de la ternura. Cuando le acaricias se queda quieto, pero cuando le atacas saca las uñas y las emplea con fuerza casi salvaje.
Hemos de abandonar la lógica y la estrategia de la guerra, hemos de practicar la ternura familiar, escolar, social, laboral. Porque así podremos ser y hacernos más felices.
Apena el mundo sin ternura. Cuenta Eduardo Galeano esta hermosa historia en su libro ‘Bocas del tiempo’: “Cuando Mariana Mactas cumplió seis años, algún vecino de Calella de la Costa le regaló un pollito azul (…). Mariana lo bautizó con el nombre de Pérez. Fueron amigos. Pasaban horas charlando en la terraza, mientras Pérez caminaba picoteando migas de pan. Poco duró el pollito. Y cuando llegó a su fin esa breve vida azul, Mariana se sentó en el piso, como para no levantarse nunca. Con la vista clavada en una baldosa, comprobó:
–Apena el mundo sin Pérez.