Un pueblo para educar a un niño

20 Nov

El sistema educativo español está atravesando una etapa compleja y delicada. Tenemos una ley en vigor que, curiosamente, lleva en el título y en las pretensiones el término ‘Calidad’. ¿Habrá alguna ley que no se proponga alcanzarla o que quiera destruirla? Una de las trampas de esta ley reside precisamente en el lenguaje. Quienes discrepamos de los presupuestos ideológicos y de las estrategias impuestas en la ley, ¿estamos en contra de la calidad del sistema educativo? Sincera y contundentemente, no.
Creo que la educación no debería estar sometida de forma tan violenta a los planteamientos del partido en el poder. No son buenos los bandazos políticos que nos llevan de una parte a otra, como si de un péndulo de movimiento inexorable se tratase. Hace falta un análisis riguroso de la realidad, de las causas del fracaso y de las condiciones de partida para tomar decisiones justas y racionales.
Hace falta también establecer un diálogo conducente a la negociación y al acuerdo. Sé que no es posible alcanzar consenso completo en cuestiones tan problemáticas y cargadas de valores. La educación no es un asunto puramente técnico. Es un fenómeno radicalmente social, político, ideológico y ético.
No fue bueno que el PP llegase a la aprobación de la ley en solitario, sin un solo voto de otros partidos. De esos polvos autoritarios vienen estos lodos encrespados. No hubo un buen diagnóstico. Muchos de los presupuestos en los que se basó la ley eran meros eslóganes, simples estereotipos acuñados de forma superficial e interesada: “El fracaso se debe a la LOGSE”, (y “la LOGSE fue un fracaso”), “el nivel de conocimientos ha bajado”, “la LOGSE ha generado violencia”., “la comprensividad es negativa”, “la promoción automática (que, en realidad, no era tal) conduce a la vagancia”… De presupuestos falsos se han derivado soluciones ineficaces o contraproducentes.
El MEC ha abierto un debate que durará desde septiembre a diciembre. Poco tiempo, sin duda, para una tarea tan difícil y decisiva. Nadie debe inhibirse. Es el momento de alzar la voz, de argumentar, de opinar, de analizar, de manifestarse. Todos estamos obligados, desde nuestra condición de ciudadanos y ciudadanas, a participar activamente. A todos nos importa la educación que se establece en el país. De esa educación va a depender el futuro de muchas personas y de la sociedad en general. Todos somos necesarios. Hace falta un pueblo entero para educar a un niño.
Todos los padres quieren lo mejor para sus hijos. Todos pretenden dejarles en herencia dinero, bienes y propiedades. Pero todo el mundo sabe ya hoy que la mejor herencia que pueden dejarles es una sólida educación. Con ánimo de contribuir a ese proceso de reflexión quiero plantear, con la brevedad que exige esta palestra, mi punto de vista sobre las exigencias del debate, sobre las bases que han de fundamentar la ley.
–La educación que se busca ha de ser una educación de calidad para todos y para todas. No hay calidad sin equidad. Es inadmisible una ley que privilegie a los que ya están en mejores condiciones. No es de recibo confundir ideas con intereses y principios con privilegios. (La mayoría de quienes defienden la concertación de la privada, por ejemplo, es porque tienen sus hijos en ella o porque quieren llevarlos). Ha de ser una educación integradora y no excluyente. Una educación que atienda a los inmigrantes, a los desfavorecidos, a los discapacitados.
–La educación ha de ser un compromiso de todos. La verdadera educación. Cuando el señor Rajoy dice despectivamente del presidente de Gobierno que sólo tiene buena educación nos muestra el curioso y restringido concepto que tiene de ella. De poco nos sirve que las personas adquieran conocimientos si luego los utilizan para oprimir, exprimir, engañar y explotar a los demás.
–Ha de ser una educación moderna, laica, integradora y que incorpore valores democráticos, que respete los compromisos con los principios establecidos por la Unión Europea.
–Es necesario liberar los presupuestos necesarios para desarrollar adecuadamente la ley. Magníficas ideas se han estrellado contra la falta de recursos. La educación de calidad es cara. La falta de educación, a la larga, es carísima.
Estos principios inspiran la respuesta a las cuestiones más problemáticas que plantea el debate: no quiero una Educación Infantil meramente asistencial, una evaluación discriminadora, una reválida que se convierte en un filtro en el que queden atrapados los más desfavorecidos, una dirección unipersonal y jerárquica, un recorte de la participación de las familias y del alumnado, unas clases de religión obligatorias y evaluables. Por eso estoy en contra de una ley de corte academicista, elitista, segregador, indoctrinador, selectivo y competitivo. Quiero un sistema educativo que forme a las personas para pensar críticamente y para convivir democráticamente.
Nada de esto podrá hacerse sin tener en cuenta la formación del profesorado. No podemos tener una formación inicial (me refiero sobre todo a la formación de profesores de Secundaria) que sea corta en duración y mala en calidad. Y no se puede establecer un proceso de selección del profesorado basado en la idea de que quien no vale para otra cosa vale para la enseñanza. Hay que acabar con la insidiosa idea de Bernard Shaw: “El que sabe, hace. El que no sabe, enseña”.
¿Podríamos ponernos de acuerdo en cuestiones tan fundamentales como las que se refieren a la educación, es decir, al futuro de los ciudadanos y de la sociedad? Para ello tendremos que hablar, argumentar y escuchar con respeto. Bienvenido el debate. Un debete sin sectarismos, sin desprecio a los demás, sin fundamentalismo pedagógico o político. El acaloramiento irracional lleva a situaciones embarazosas. Como ésta que reproduce una conversación impetuosa:
–Me parece que estoy discutiendo con un estúpido, dice uno de los que dialogan.
– Tú sí que estás discutiendo con un estúpido, contesta irritado el interlocutor.
Y no hay que olvidar, como dice Papagiannis, que muchas reformas que han nacido para favorecer a los más desfavorecidos, el sistema las ha acabado convirtiendo, como por arte de una magia maldita, en reformas que han beneficiado a los ya favorecidos. No basta la buena voluntad.

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