El absurdo arte de la copia

11 Ene

En el libro “Los trucos del formador”, coordinado por Gregorio Casamayor en la Editorial Graó, en el que se nos invitó a participar a un grupo de profesores y profesoras de diversos niveles del sistema educativo, publiqué hace algunos años un artículo titulado “Epistemología genética y numismática o el absurdo arte de la copia”.

¿Por qué desplazarse, sentarse, escuchar y copiar si se puede disponer del documento sin moverse de casa?

¿Por qué ese título un tanto rocambolesco? Para hacer visible lo absurdo que es que se articulen las clases universitarias sobre la copia de aquello que dictan los profesores. En mis tiempos de estudiante universitario me preguntaba casi obsesivamente: ¿por qué tenemos que copiar todo lo que ya está escrito en los documentos del profesor o en los libros? ¿No se nos puede hacer una copia y dedicar el tiempo a otras tareas más ricas intelectualmente, más sugerentes, más complejas, tareas como aclarar, comprender, debatir explicar, aplicar, investigar…?

¿Por qué perder ese tiempo precioso? ¿Por qué desplazarse, sentarse, escuchar y copiar si se puede disponer del documento sin moverse de casa?

El problema es que algunos profesores y profesoras, si no dictan apuntes, no saben qué hacer. Dar clase es dictar. Es lo que han visto durante toda su vida de estudiantes y, después, en su experiencia docente. Dar clase es subirse a la tarima y dictar apuntes. (No generalizo. Hay excelentes profesores y profesoras universitarios. Hay excelentes maestros. Lo sé. Toda mi admiración y reconocimiento para ellos y para ellas).

Hay muchos profesores del tipo de los que se describen en el hermoso libro de Ken Bain: “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”, editado por la Universidad de Valencia. De ellos se dice: Cuando uno de estos profesores inicia una experiencia de aprendizaje es como si una amigo invitase a sus amigos a cenar y no como si un alguacil sentase en un banquillo a un acusado (cito de memoria).

¿Qué contaba yo en aquel artículo en el que criticaba la copia? Contaba con mayor detalle del que me puedo permitir aquí, una experiencia que les había propuesto al grupo de alumnos de mi asignatura y que ellos y ellas habían aceptado con entusiasmo.

Estaba en el despacho. Tenía clase a las 12. Bajé al aula, intencionadamente, diez minutos más tarde de la hora. Al avanzar por el pasillo en el que estaba el aula noté decenas de flashes invisibles:

– ¡Ya viene ¡Él es!!

– Entraron en el aula sin mediar una palabra mía. Se sentaron. Subí a la tarima y, con gesto serio, dije:

– Señores, señoras, la asignatura que nos ha correspondido compartir durante este cuatrimestre, como saben, se denomina “Organización de las instituciones educativas”. Es una asignatura, larga, compleja y difícil. Y, como el cuatrimestre es corto, vamos a comenzar hoy con el primer tema. Se trata del tema fundamental, de los cimientos sobre los que descansa todo el edificio científico de la disciplina.

Muchos tenían ya preparados sus cuadernos y bolígrafos. Algunos, sus ordenadores. Otros los sacaron en ese momento.

Escribí en el encerado con letras mayúsculas: Epistemología genética y numismática de organización Escolar. Y añadí:

– Dividiré este tema en dos grandes apartados: Vertiente diacrónica: cómo ha evolucionado la epistemología genética y numismática en los últimos veinticinco años y vertiente sincrónica: cómo se encuentra esa parcela de conocimiento en nuestro entorno cultural. Acompañé las notas del encerado con las grafías griegas.

Copiaban casi todos. Algunos me miraban displicentes. Se podían leer sus pensamientos y se podía adivinar en sus caras el aburrimiento y la decepción. Para hacer copiar a los remisos, añadí:

Seguí explicando. Unos minutos después, anuncié:
– Punto final de los apuntes por este cuatrimestre.

El desconcierto era patente. Si no va a haber apuntes, ¿qué es lo vamos a hacer?, se preguntaban.

– Bajé de la tarima. Les invité a enmarcar las hojas con los incipientes apuntes. Les pedí que escribiesen debajo: La enseñanza en la Universidad y que añadiesen el adjetivo que esa enseñanza les mereciese. Entonces pregunté:

– ¿Alguien quiere decir qué es lo que ha pasado aquí desde que yo llegué?

Nadie se atrevía. Pasaron unos minutos de tenso silencio. Hasta que alguien levantó la mano y dijo:

– Yo no entendía nada.
– ¿Por qué no preguntabas? Cuando no se entiende lo lógico es preguntar, dije.

– Pensé que ya lo estudiaría yo solo cuando llegase a casa.

Fueron escribiendo en el encerado las frases que describían y analizaban lo sucedido. Una vez rota la compuerta de la indecisión, las intervenciones se sucedían en cadena. Si mal no recuerdo, 35.

Luego pregunté quién había anotado en sus cuadernos aquellas ideas que entre todos habían elaborado. Nadie. Les pedí que levantasen la mano quienes hubieran reproducido las frases sin sentido que yo había dictado. Todos.

– ¿Por qué?, pregunté.
– Porque, supuestamente, de nuestras frases no iba a haber examen, dijeron.

– ¿Qué hacemos ahora?, dije. Porque la tentación es subirse a la tarima y empezar haciendo lo mismo, ahora en serio.

Les pedí disculpas por lo que había hecho. Todos coincidían en pensar que la tragedia consistía en que esos minutos pudiesen prolongarse durante todo el cuatrimestre. Les invité a participar en una experiencia de aprendizaje compartida que diseñaríamos entre todos. Dijeron que sí entusiasmados.

En grupos de cuadro o cinco respondieron a estas preguntas… ¿Qué queremos (debemos) aprender en esta signatura? ¿Cómo lo podemos aprender? ¿Cómo vamos a saber si se ha aprendido? ¿Cómo nos vamos a organizar?

Lo hicieron. Con todas aquellas ideas construimos un proyecto que seguimos fielmente. Y que había sido el fruto de sus expectativas, deseos, necesidades y preocupaciones.

Cuando llegó el momento de decidir lo que hacer para la evaluación acordaron conmigo que no habría exámenes, que no habría una evaluación única para todos, que la evaluación no tendría lugar solo al final. Que ellos harían una autoevaluación razonada que influiría en la calificación, que haríamos una evaluación de la experiencia y no solo de sus trabajo y rendimiento…

Redactó el documento de trabajo una comisión que yo presidía. Juntos habíamos decidido los objetivos, los contenidos, los métodos, la evaluación y las normas. No era mi proyecto de viaje para ellos. Era el proyecto de un viaje que querían hacer conmigo.

Un colega me puso la siguiente objeción (algunas veces la hacen los propios alumnos):

– ¿Cómo pueden construir los contenidos de una asignatura quienes no la conocen? ¿Y si un grupo de alumnos de anatomía no quisiere incluir el corazón?

– Mi respuesta es que yo estoy allí con ellos. No están solos. Mi papel no desaparece, se transforma. Yo les puedo explicar a esos increíbles alumnos de anatomía que no quieren estudiar el corazón por qué es imprescindible su estudio para comprender el funcionamiento del organismo humano. Y, si no soy capaz de persuadirles de algo tan obvio, tengo que dedicarme a otra cosa.

Papá, baja del árbol

21 Dic

No hay fuerza más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Los adultos, padres y educadores, nos empeñamos en transmitir valores a nuestros hijos y alumnos. Lo hacemos a través de programas, proyectos, lecturas, consejos, advertencias, reproches, castigos… y un sinfín de estrategias “educativas”.

- Papá, baja del árbol. Aquí hay un hombre que quiere hablar contigo.

No caemos en la cuenta, muchas veces, de que hay una forma mucho más eficaz de aprendizaje de los valores. Es el aprendizaje vicario del que habla el psicólogo ucraniano-canadiense Albert Bandura. Es también conocido como aprendizaje observacional, de imitación, modelado o aprendizaje cognitivo social.

Este aprendizaje esta basado en una situación social en la que al menos participan dos personas: el modelo, que realiza una conducta determinada y el sujeto que realiza la observación de dicha conducta; esta observación determina el aprendizaje. A diferencia del aprendizaje por conocimiento, en el aprendizaje social el que aprende no recibe refuerzo, sino que este recae en todo caso en el modelo; aquí el que aprende lo hace por imitación de la conducta que recibe el refuerzo.

De los cientos estudios realizados por Bandura, un grupo se alza por encima de los demás: los estudios del Muñeco Bobo. Los llevó a cabo a partir de una película en la que una chica pegaba al muñeco, gritando: ¡estúpidooooo! Le pegaba, se sentaba encima de él, le daba con un martillo gritando frases agresivas. Bandura enseñó la película a un grupo de niños de guardería que como se podrá suponer saltaron de alegría al verla. Posteriormente se les dejó jugar. En el salón de juegos había varios observadores con bolígrafos y carpetas, un Muñeco Bobo nuevo y algunos pequeños martillos… Se observó al grupo de niños y se anotaron sus comportamiento con el Muñeco Bobo… Le pegaban gritando ¡estúpidooooo!, se sentaron sobre él, le polpeaban con martillos y demás, es decir, imitaron a la joven de la película. Esto podría parecer un experimento con poco de aportación en principio, pero consideremos un momento: los niños cambiaron su comportamiento sin que hubiese inicialmente un refuerzo dirigido a explotar dicho comportamiento.

En respuesta a la crítica de que el Muñeco Bobo estaba hecho para “ser pegado”, Bandura incluso rodó una película donde una chica pegaba a un payaso de verdad. Cuando los niños fueron conducidos al otro cuarto de juegos, encontraron lo que andaban buscando: “un payaso real. Entonces procedieron a darle patadas, golpearle, darle con un martillo, etc.

En el año 2001 publiqué en Buenos Aires un libro titulado “Una tarea contradictoria: educar para los valores y preparar para la vida”. En el prólogo dejo constancia de un certero pensamiento del biólogo chileno Humberto Maturana: “Tenemos que enseñar porque aquello que enseñamos no lo estamos viviendo. Yo creo que ese es el verdadero problema con los valores”.

El dueño de un huerto de árboles frutales sorprendió un buen día a un muchacho encaramado en lo alto de un árbol. Tenía en sus manos un saco en el que estaba metiendo las peras que afanosamente recogía con sorprendente habilidad.

El dueño gritó enfurecido:

– ¡Eh, tú! ¿Qué estás haciendo? Bájate ahora mismo del peral y dame ese saco con la fruta que me estás robando.

Y añadió en un tono severo y conminatorio:

– ¿Cómo se llama tu padre? Llámalo, dile que quiero hablar con él sobre lo que estabas haciendo.

El chico mira hacia arriba y dice:

– Papá, baja del árbol. Aquí hay un hombre que quiere hablar contigo.

Es fácil imaginar el desconcierto del afligido horticultor. ¿Qué le puede decir al padre del muchacho, salvo pedirle que le entregue el saco con la fruta que ha robado? ¿Qué le puede explicar ese padre a su hijo sobre la obligación de respetar los bienes ajenos? ¿Cómo le puede reprochar su comportamiento? ¿Con qué autoridad le puede reprender por lo que hace y exhortar para que se comporte de otra forma en el futuro? Si los adultos viviésemos los valores no habría necesidad de dar tantas lecciones sobre ellos. Decía Séneca: “Elige por maestro a aquel a quien admires, más por lo que vieres en él que por lo que escuchares de sus labios”.

Todos los lectores y lectoras recordarán el famoso cuento de los hermanos Grimm.

Había una vez un pobre muy viejo que no veía apenas, tenía el oído muy torpe y le temblaban las rodillas. Cuando estaba a la mesa, apenas podía sostener su cuchara, dejaba caer la copa en el mantel, y aun algunas veces escapar la baba. La mujer de su hijo y su mismo hijo estaban muy disgustados con él, hasta que, por último, le dejaron en un rincón de un cuarto, donde le llevaban su escasa comida en un plato viejo de barro. El anciano lloraba con frecuencia y miraba con tristeza hacia la mesa. Un día se cayó al suelo y rompió la escudilla que apenas podía sostener en sus temblorosas manos. Su nuera le llenó de improperios a los que no se atrevió a responder, y bajó la cabeza suspirando. Le compraron una tarterilla de madera, en la que se le dio de comer de allí en adelante.

Algunos días después, su hijo y su nuera vieron a su niño, que tenía algunos años, muy ocupado en reunir algunos pedazos de madera que había en el suelo.

– ¿Qué haces?, preguntó su padre.

– Una tartera, contestó, para dar de comer a papá y a mamá cuando sean viejos.

No dijeron ni una palabra. Después se echaron a llorar. Volvieron a sentar al abuelo a la mesa y comió siempre con ellos, siendo tratado con la mayor amabilidad.

¿Qué ejemplo le estamos dando los adultos a los niños y los jóvenes a quienes pretendemos educar?

Pienso ahora en tres ámbitos dentro de los cuales se hace imperiosa la necesidad del ejemplo:

Ámbito social: Algunos políticos están diciendo con sus vidas y con sus comportamientos que “todo vale” para hacerse con el poder o mantenerse en él. Lo mismo habrá que decir de los banqueros respecto al dinero o de los famosos respecto a la fama.

Ámbito docente: Lo que somos los profesores influye de manera determinante sobre los alumnos. Mucho más que aquello que decimos o recomendados. Lo decía Voltaire: “Los ejemplos corrigen mucho más que las reprimendas”.

Ámbito familiar: Los padres y madres actuamos, a veces, de manera inconveniente. El padre subido al árbol, poco puede decir a su hijo sobre la inconveniencia de robar al prójimo.

La falta de coherencia entre el discurso teórico y los hechos, no solo produce esterilidad en cuanto a la aparición de buenos hábitos en los niños y en los jóvenes. Lleva, además, a una reacción despectiva e incluso agresiva hacia quien dice una cosa con las palabra y otra con los hechos.

¿Cómo puede aconsejar decencia un político corrupto, amor al conocimiento un profesor perezoso, respeto a la dignidad de las mujeres un padre machista o castidad un sacerdote pederasta? Pueden hacerlo, claro. Pero solo cosecharán, como respuesta, irritación y desafecto. Una cosa es predicar y otra dar trigo. Decía Madame de Sablé: “Nada hay más peligroso que un buen consejo acompañado de un mal ejemplo”.

Un maestro, una pluma y un libro

7 Dic

El pasado día 25 de noviembre se celebró el día internacional contra la violencia de género. Lamentablemente nos quedan todavía muchos años para que no sea necesario este recordatorio. Todavía siguen siendo muy profundas las raíces del sexismo en las sociedades de la tierra. Todavía hay muchas personas (hombres y mujeres, de forma aislada o en asociaciones religiosas y profanas) que tienen interés en regar esas raíces podridas que producen luego frutos envenenados.

Ella ha narrado su gesta, con la ayuda de Christina Lamb, en un emocionante libro titulado “Yo soy Malala” (libro, por cierto, censurado en Pakistán, como nocivo), publicado en España hace unas semanas por Alianza Editorial.

Afortunadamente hay también en el mundo personas que luchan contra esa situación discriminatoria que condena a las mujeres a la muerte, al sufrimiento, a la ignorancia, a la sumisión, a la discriminación y a la pobreza. Una de esas heroínas que nos ha causado un fuerte impacto y una ilimitada admiración es la joven pakistaní Malala Yousafzy.

Cuando tenía quince años fue tiroteada en la cabeza por un talibán al regresar a su casa en el autobús escolar. Los fundamentalistas le negaban, como niña, el derecho que sí respetaban para los varones de ir a la escuela. Malala, que había recibido amenazas de muerte, se jugó la vida valientemente para defender ese derecho fundamental.

Este año ha recibido del Parlamento Europeo el premio Andréi Sajarov, un premio creado hace ahora cinco lustros por iniciativa del diputado liberal francés Jean–François Deniau para distinguir a personas o asociaciones destacadas por la defensa de los derechos humanos y la libertad de pensamiento. “Nadie se lo ha merecido más que ella”, dice Fernando Savater en un hermoso artículo titulado “Regreso a Estrasburgo”, publicado en El País el pasado 28 de noviembre. “Cuando empezó a hablar en el Parlamento Europeo, su figurilla apenas asomaba tras el atril en el hemiciclo imponente, pero su voz era más firme que el trueno del cañón”, añade el filósofo que también recibió en su momento dicho premio como miembro del movimiento antiterrorista “¡Basta ya!”. Malala, en su alocución ante el Parlamento, dijo: “No hablo en nombre de los niños que quieren otro smartphone o una videoconsola, sino en el de los que piden un maestro, una pluma y un libro”.

Ella ha narrado su gesta, con la ayuda de Christina Lamb, en un emocionante libro titulado “Yo soy Malala” (libro, por cierto, censurado en Pakistán, como nocivo), publicado en España hace unas semanas por Alianza Editorial. Lo tengo delante de mí. En su portada, el rostro sereno, amable y expresivo de Malala, la joven pashtun, nos habla de su determinación ante el fanatismo talibán.

Malala explica al final de la obra los motivos que le han llevado a escribir: “Mi objetivo al escribir este libro ha sido alzar mi voz en nombre de los millones de niñas en todo el mundo a las que se niega el derecho a ir a la escuela y a realizar su potencial. Espero que mi historia anime a las niñas a elevar sus voces y a descubrir la fuerza que reside en su interior. Pero mi misión no acaba ahí. Mi misión, nuestra misión, exige que actuemos de forma decisiva para educar a las niñas y empoderarlas para cambiar sus vidas y sus comunidades”.

He leído el libro casi de un tirón. Sin poder separar la mirada del relato de esta admirable luchadora. Porque su acción heroica no consiste solo en ser tiroteada sino en mantener una persistente y decidida actitud ante quienes coartan la libertad de las mujeres. El padre de Malala, otro luchador empedernido, era propietario de un escuela (precisamente de la escuela en la que estudiaba, entre otras niñas, su hija). En el libro se cuenta cómo un mal día reciben en la casa a un mulá que le dijo a su padre:

– “Represento a los buenos musulmanes y todos pensamos que su escuela de niñas es haram (prohibido en el islam) y una blasfemia. Tiene que cerrarla. Las niñas no deben ir a la escuela. Una niña es tan sagrada que debe observar el purdah (segregación o aislamiento de las mujeres) y tan privada que en el Corán no hay ningún nombre de mujer, pues Dios no quiere que se las mencione”.

El hostigamiento de las autoridades religiosas del islam respecto al hecho de que las niñas acudieran a la escuela, de que entrasen por la misma puerta que los varones, de que llevasen vestidos de colores llamativos, siguió siendo cada día más intenso y amenazador.

La sociedad en la que vive Malala es cruelmente machista. El general Zia había promulgado leyes islámicas que reducían el valor del testimonio de una mujer ante un tribunal a la mitad del de un hombre. “Las cárceles –cuenta Malala en su libro- no tardaron en llenarse de casos como el de una niña de trece años que había sido violada y estaba embarazada. Se la encarceló por adulterio porque no pudo presentar a cuatro hombres que ratificaran el delito”.

Malala recibe de su padre el encargo de escribir un diario destinado a la BBC con el fin de que todo el mundo sepa lo que está sucediendo en Pakistán con los talibanes. Firmar con el nombre encerraba un riesgo gravísimo. Por eso adopta el sobrenombre de Gul Makai. La primera entrada del diario aparece el 3 de enero de 2009 y se titula “Tengo miedo”. En ella cuenta que tenía miedo de ir a la escuela por el edicto talibán y que miraba a sus espaldas todo el tiempo.

Las amenazas se cumplieron. El martes, 9 de octubre de 2012, dos encapuchados detienen el autobús escolar y uno de ellos, armado con un revólver, pregunta:

– ¿Quién es Malala?

Seguidamente, hace tres disparos a bocajarro en su rostro. Se salva de milagro. Yo lo digo literariamente. Ella lo piensa religiosamente. Pasa por cuatro hospitales, el último situado en Birmingham, y múltiples operaciones. Gracias a ese traslado a Inglaterra logra hacer una rehabilitación que le permite reconstruir la cara y recuperar el oído y la sonrisa.

La extraordinaria historia de Malala Yousafzai la ha llevado en un trepidante periplo desde el hermoso valle de Swat, en el norte de Pakistán, hasta las Naciones Unidas en Nueva York. A su corta edad se ha convertido en un símbolo global de la protesta pacífica contra la discriminación de la mujer y es la nominada más joven para el Premio Nobel de la Paz. El día que cumplió dieciséis años se encontraba en Nueva York para hablar ante las Naciones Unidas. Allí dijo: “Tomemos nuestros libros y nuestros lápices. Son nuestras armas más poderosas”. Admirable Malala.

En el epílogo del libro Malala dice: “No quiero que se me vea como la joven a la que le dispararon los talibanes sino como la joven que luchaba por la educación”.

Le voy a pedir prestadas a Fernando Savater las palabras con las que cierra su artículo: “Y yo pensé que el día de la apoteosis definitiva los maestros más gloriosos -Shakespeare, Mozart, Velázquez, Madame Curie, Orson Welles, Hannah Arendt…- se sorprenderán un poco cuando, desde luego muy respetuosamente, sean introducidos en el Palacio de la Cultura por la entrada de servicio. Porque las puertas de oro se abrirán solo para ella, la niña valiente cuya reivindicación dio sentido a todo lo demás. Cruzará el umbral y heredará el reino”.

El taxista de Granada

16 Nov

Tenía que ir en taxi desde el aeropuerto de Granada a la Facultad de Políticas. Me esperaba un grupo de profesores universitarios para empezar un curso denominado “La evaluación como aprendizaje”. Nunca hubiera imaginado al subir al taxi que, quien me iba dar a mi una buena lección, era el taxista que amablemente colocó mi equipaje en el maletero.

Joaquín es un estudiante profesional y un taxista amateur.

No acababa de sentarme cuando, al oír la dirección de mi destino, me empezó a decir, con un entusiasmo desbordante, que tenía 55 años y que se había convertido a los 50 en un estudiante universitario entusiasta. Se le veía con ganas de contar la maravillosa experiencia que estaba viviendo al aprender. Literalmente me dijo:

– Mire usted, el conocimiento me da satisfacción, seguridad e ilusión.

Empecé a tomar notas como un colegial aplicado. Le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Joaquín López Maestro. Su segundo apellido daba justificación a la clase que me estaba dando en aquel taxi que se había convertido en un aula rodante. Una clase particular en dos sentidos: porque se la daba un maestro a un solo alumno y porque era original en el espacio y en el tiempo.

Me contó que tuvo que dejar la escuela a los 11 años para ponerse a trabajar. ¡A los 11 años!. No había vuelto a estudiar hasta que un día, cuando ya frisaba el medio siglo, recogió a un pasajero que le invitó a hacer el Graduado Escolar y, una vez conseguido, a seguir estudiando. Le hizo caso y aquella decisión le tiene atrapado sin remedio.

No sé quién fue aquel pasajero misterioso. Pero sí sé que a Joaquín le cambió la vida. No me dijo si le había vuelto a ver o solo se conocieron durante el fugaz encuentro que suele ser un desplazamiento en taxi. Y eso me hizo pensar en cómo influimos en los demás, en cómo les condicionamos la vida. A veces para bien, a veces para mal.

Fue una pena que mi viaje no fuera más largo, porque le hubiera preguntado a Joaquín cuáles fueron los convincentes argumentos que utilizó aquel curioso individuo, argumentos que antes nadie le había formulado o había formulado sin éxito. Le hubiera preguntado quién era, a qué se dedicaba y qué aspecto tenía. La curiosidad me hubiera hecho preguntarle incluso de dónde hasta dónde le llevó. Es admirable que en un viaje consiguiera lo que otros no podemos alcanzar con algunos alumnos en mucho tiempo y con muchos esfuerzos.

Claro que esa semilla que arrojó aquel pasajero cayó en una tierra preparada para recibirla. Y allí arraigó y dio esos frutos excelentes que ahora podemos admirar en el árbol frondoso del saber que se ha convertido este taxista de Granada.

A raíz del encuentro fortuito y de aquella conversación motivadora, Joaquín empezó a interesarse por la novela histórica. Luego hizo el Graduado Escolar, cursó el bachillerato, hizo el examen de ingreso para mayores de 25 años en la Universidad y comenzó sus estudios universitarios en la UNED, ya que el trabajo le impedía seguir estudios presenciales.

Me enseña una bolsa de libros que tiene en el asiento del copiloto. La levante como si alzase un tesoro, como si en esos libros estuviese contenida la clave de la felicidad.

Está cursando en la UNED Geografía e Historia. Me dice con evidente entusiasmo:

– Estoy estudiando antropología, geografía humana, desarrollo de los pueblos…

Y me lo dice como si estuviera descubriendo tesoros insospechados, realizando aventuras increíbles, encontrándose con seres humanos admirables… Me habla de algunos personajes de la historia con la pasión de un neófito. Se trata de un aprendiz que lo es por convencimiento y no por obligación, por gusto y no por sacrificio.

No hay que hablarle de esfuerzo a Joaquín, porque el estudio para él es un placer, el tiempo de disfrutar, de satisfacer la curiosidad, de descubrir el mundo…

Se desplaza 70 kilómetros hasta Motril, donde la Universidad a Distancia tiene la sede, para asistir a las tutorías (otras las hace on-line). Y, cuando le pregunto que cuándo y dónde estudia, me dice que el taxi es su escuela, que aprovecha las horas de espera para leer y estudiar.

Resulta aleccionador lo que me dice respecto a sus dos hijos, chico y chica. El joven había repetido tres veces primero de Bachillerato, pero el ejemplo de su padre le ha despertado y le ha seducido.

– Con mi modo de actuar les genero una gran presión, me dice.

La chica se siente espoleada por el entusiasmo que muestra su progenitor. Se está esforzando cada día más, según me cuenta el estudiante taxista (creo que se le puede definir así, mejor que como el taxista estudiante). Joaquín es un estudiante profesional y un taxista amateur.

El esfuerzo del padre, las notas que consigue, se convierten para los hijos en el más eficaz de los consejos. Lo he dicho muchas veces: No hay forma más y más eficaz de autoridad que el ejemplo.

Me cuenta también que se ha reencontrado no hace mucho con un viejo amigo que tiene dos años más que él. Le ha preguntado qué es lo que está haciendo. Y el amigo le ha contestado que no está trabajando y que pasa los días en la casa sin hacer nada. Me dice con una convicción admirable:

– Este tío es tonto.

Él no se explica cómo una persona que dispone de tanto tiempo, no lo aprovecha para acercarse a los libros, para aprender, para disfrutar leyendo.

– Eso, me dice, sin contar con los beneficios pragmáticos que produce tener un título. Porque con un título puedes llamar a un millón de puertas y, sin él, solo a cincuenta.

Estábamos llegando. Quería que ese hombre sabio y ejemplar me siguiera contando su experiencia. Me dieron ganas de decirle:

– Mira, Joaquín, llévame al aeropuerto y tráeme de nuevo.

Le pagué, me despedí, le prometí que escribiría algo sobre su emocionante historia. Cuando caminaba hacia la Facultad iba pensando en lo privilegiados que son muchos de nuestros alumnos y alumnas. Disponen de todo el día para estudiar. Se dedican solo a eso. Sus padres hacen lo posible para que no les falta nada. Y choca ver a algunos con actitudes renuentes al esfuerzo, aburridos y displicentes. Ajenos a su suerte. Insensibles al esfuerzo de los demás. Inconscientes del dinero que cuesta su puesto de estudio.

Pensaba también que este era un ejemplo de aprendizaje durante toda la vida. Porque muchos piensan que el estudio y la educación son solo incumbencia de niños y jóvenes. Está claro que Joaquín es un estudiante que trata de recuperar el tiempo que considera perdido. Es un estudiante de 55 años que cada día ve ampliarse el horizonte de su aprendizaje. Un aprendiz crónico.

Me confirma este encuentro que aprender es un proceso apasionante, que el ser humano está hecho para descubrir el mundo, la historia y la vida. Lo que pasa es que algunas veces la forma de enseñar es poco motivadora. Estas palabras de Winston Churchill constituyen una severa admonición para quienes nos dedicamos a la docencia: “Me encanta aprender, pero me horroriza que me enseñen”.

Padrinazgo en Barreal

26 Oct

Me hice eco la semana pasada en este mismo espacio del emotivo acto de nombramiento de padrino pedagógico que tuvo lugar en la desde entonces querida Escuela Pública Experimental Desconcentrada Doctor Carlos Juan Rodríguez de la ciudad de San Luis (Argentina).

Después procedimos a plantar un naranjo en la entrada de la escuela. Un árbol que dará flores de azahar, sabrosos frutos dorados, sombra a quien tenga calor y cobijo a los pájaros…

Dos días después, el viernes 19 de octubre, llegué a Barreal, una localidad argentina que se encuentra a los pies de la precordillera de los Andes, en el frontera con Chile, para ser honrado con un nombramiento similar. Barreal es un lugar paradisíaco que ha merecido justamente la denominación de Terraza del Cielo. Dice el poeta Antonio de la Torre en su hermoso poema “Atardecer en Calingasta”: “Bajo los cielos absortos/ brincos de cumbres nevadas./ El río traza sus curvas/ hablando con la distancia”. Calinganta es un Departamento de la Provincia de San Juan en el que está enclavada la ciudad de Barreal. Después de recorrer casi doscientos kilómetros bordeando montañas de colores tan maravillosos como variados, llegamos a la humilde escuela Saturnino Aráoz. Una escuela rural de apenas doscientos escolares. Por lo que pronto pude ver, una escuela con alma.

Siempre he tenido predilección por las escuelas rurales. Probablemente porque yo fui un niño que dio sus primeros pasos en el sistema educativo en una escuela rural. Nací y fui a la escuela en Grajal de Campos, dentro de la provincia española de León. (Por cierto, la planta de la torre de la iglesia de mi pueblo tiene una forma original: cuenta con cinco esquinas y si se le añadiera otra, solo tendría cuatro. Propongo a mis lectores y lectoras que busquen la solución a este curioso enredo arquitectónico). Todavía recuerdo con emoción el camino de la casa de mis padres a la escuela. Un día que llovía mucho, el maestro me llevó a cuestas desde la escuela a la casa. Aquel corto viaje a hombros del maestro es para mí un símbolo del valor de la educación. Los maestros llevan a sus escolares a lugares remotos a hombros del saber y del amor.

Mi predilección por las escuelas rurales se debe, además, al hecho de considerar que las escuelas rurales desempeñan una misión fundamental en la comunidad. Cuando desaparece la escuela de un pueblo, se puede poner en su estrada: Cerrado por defunción. De ahí el título de un artículo que publiqué hace algunos años: “Mi querida escuela rural”.

Al llegar a Barreal, me esperaba toda la comunidad educativa. Los niños que, acabada su jornada de viernes, esperaban impacientes el fin de semana. La directora y el cuerpo docente, las madres de la Asociación, la abanderada y sus escoltas, el señor intendente, la supervisora, el sacerdote y mi querida amiga Silvia Berrino, representante de la UCA.

Se respiraba emoción, alegría y afecto. ¿Cómo no sentirse honrado, satisfecho y feliz ante tantas y tan generosas muestras de cercanía y amabilidad? ¿Cómo no sentir por otro motivo más que la educación es la terreno de las emociones?

Todo estaba lleno de detalles: hilo musical, carteles de bienvenida y agradecimiento (el agradecimiento en realidad era mío), pensamientos pedagógicos y adornos que embellecían las paredes que circundaban el patio escolar…

Una vez entonado el hermoso y vibrante himno argentino, se inició la ceremonia de nombramiento. Se sucedieron las intervenciones de la Directora, el Intendente, el sacerdote, los niños con textos y canciones… Una niña leyó: “Te vemos venir, padrino/ y con nuestros brazos abiertos/ festejamos tu llegada…”. Sí, aquello era una fiesta. La fiesta de la educación.

Después procedimos a plantar un naranjo en la entrada de la escuela. Un árbol que dará flores de azahar, sabrosos frutos dorados, sombra a quien tenga calor y cobijo a los pájaros… Un árbol que deberá ser regado, cuidado con esmero y protegido de plagas y tempestades para que pueda crecer. La Directora había dicho momentos antes en su discurso que el hecho de plantar un árbol “servirá como eslabón de comunicación y estrechará vínculos con el conocimiento”. Así debería ser. Así será.

En la Editorial Profediçoes de Portugal publiqué en el año 2012 un libro titulado “El árbol de la democracia”. En él hacía referencia a la importancia del terreno donde se planta, a los cuidados que exige y a los frutos que produce. Volveré a utilizar esta metáfora en un libro que se publicará en 2014 (Editorial Laberintos de Buenos Aires) y que se titulará “Vivir en primavera. El valor de la educación”. El título se debe a la hermosa metáfora que Neruda atribuye al amor y que yo aplico a la educación: “La educación hace con las personas lo que la primavera hace con los cerezos”. La educación es una primavera que genera las condiciones para que los alumnos florezcan y den frutos.

Una vez plantado el árbol, continuó la ceremonia con nuevas intervenciones. Y, al final, la profesora que dirigía el acto me concedió la palabra.

Un pequeño accidente de coche que sufrimos en la ciudad de San Juan nos había hecho llegar tarde. Por eso mis primeras palabras fueron de disculpa. Si se roba algo de valor material (dinero, joyas, cuadros…), en un gesto de arrepentimiento se puede devolver, pero el tiempo no tiene restitución posible… Luego llegaron palabras de sincera gratitud por el recibimiento. Y, más tarde, las relacionadas con el nombramiento de padrino, con su significado y sus compromisos. Hice ver la importancia de la educación para las personas y las sociedades. Manifesté mi convicción de que la educación va más allá de la mera instrucción. Dije también que la educación era una tarea de toda la sociedad. Recordé el hermoso proverbio africano: “Hace falta un pueblo entero para educar a un niño”. Con sinceridad y afecto, agradecí el nombramiento de padrino pedagógico que se me hacía en aquel atardecer inolvidable.

Nos intercambiamos regalos, nos hicimos fotos y más fotos y departimos una rica merienda en el patio. El ambiente no podía ser más hermoso en aquel atardecer en Calingasta. Era una tarde de verdadera primavera pedagógica.

Los niños y las niñas venían a darme un beso de despedida como si nos conociésemos de toda la vida. Qué delicia de criaturas.

Firmé en el libro de oro de la escuela. Brindé por escrito: “¡Por la maravillosa primavera que es cada día esta escuela! Con mis felicitaciones, agradecimiento y afecto”.

Visité las instalaciones de escuela acompañado de algunas profesoras. El espacio de la escuela está siempre cargado de significados. Todo habla en la escuela. Iba pensando al recorrer la biblioteca, las aulas y los despachos que en esos humildes lugares se celebraba cada día el milagro del aprendizaje, el asombroso hecho de que ese puñado de niños y niñas aprendiese a ver el mundo con nuevos ojos y se ejercitase la convivencia que derriba discriminaciones y prejuicios. Pensé que aquella escuela era la gran mezcladora social de Barreal. Y me fui con el corazón lleno de felicidad y gratitud porque aquella comunidad me había hecho generosamente su padrino.