La escuela rural de Olba

7 Feb

La escuela rural es invisible. Basta comprobar lo poquito que se habla de ella, lo poquito que se la tiene en cuenta, el poquito ruido que hace. Como es invisible parece que no existe. Como es pública, parece que no vale. Y, como es invisible y pública , no hay nada que hacer por ella. Cuando se promulgan las leyes sobre educación apenas si se piensa en la escuela rural. Cuando se estudia la organización escolar, ocupa un lugar insignificante. Cuando se forma a los futuros maestros y maestras, aunque muchos van a pasar por esa modalidad de escuela, apenas si se dedica tiempo a sus peculiaridades y exigencias. Sin embargo, es importante que la tengamos en cuenta, que la conozcamos, que la queramos y que la apoyemos.

La escuela rural de Olba tiene un Huerto Ecológico que ha recibido hace poco un premio nacional.

Hace ya algunos años escribí un artículo titulado “Mi querida escuela rural”. Lo escribí porque que en dos comunidades autónomas españolas existía, una especie de plan de exterminio de las escuelas rurales. Afortunadamente se paralizó gracias a la oposición de AMPAS, sindicatos y profesores…  Aunque las Consejerías manejaban argumentos sobre las carencias y limitaciones de las escuelas rurales,  todos sabíamos que detrás solo había criterios económicos Digo querida en el título porque ese fue el tipo de escuela en el que hice mis primeros aprendizajes. Fui a la escuela para niños (las niñas iban a otra escuela) y en ella di mis primeros pasos en el camino del aprendizaje. Cuando ahora paso por delante de los edificios, me asalta una enorme emoción. Querida también porque creo que es la institución que le abre el horizonte en mi país a los niños y a las niñas de las pequeñas localidades.

Cuando se elimina la escuela de un pueblo se extiende el certificado de defunción del mismo. Un pueblo sin escuela está condenado a muerte.  Si desaparecen los niños y las niñas de un pueblo, con ellos se va el futuro.

He visitado hace unos días la escuela de Olba, un pequeño pueblo  situado en la comarca Gúdar-Javalambre, en la provincia de Teruel. Una escuela con 26 niños y niñas  y con  dos aulas multigrado, guiadas amorosa y sabiamente por las maestras Delfi Ruiz y Rosa Pérez. Pasé una mañana con los niños y las niñas, espontáneos y afectuosos. Cuentos, canciones, trucos de magia (todo es magia para los peques) y preguntas. Esas preguntas que hacen los niños, cargadas de curiosidad y de ingenio. Luego comimos una estupenda paella (¡qué mano, Manuel!) con los maestros y maestras del CRA (Colegio Rural Agrupado, que integra las escuelas de 7 pequeños pueblos)e la comarca, al solecito del mediodía en el patio de la escuela  (¡Teruel en enero, qué suerte de tiempo!).

La escuela de Olba tiene un Huerto Ecológico que ha recibido hace poco un premio nacional. Las familias que cultivan el huerto con ayuda de los niños y niñas, están tratando de ampliar los terrenos del huerto y se encuentran en procesos de negociación con vecinos del pueblo y haciendo gestiones con el Obispado y la parroquia para la cesión de terrenos colindantes. ¿Cómo no facilitar el crecimiento de la escuela, que es el corazón del pueblo?

Los niños y niñas venden en el mercadillo los productos que  se cosechan. Productos que llevan el logo de la escuela. Saben qué, cómo y cuándo se siembra, saben cómo se cosecha y aprender a comercializar los productos.

Tengo delante de mí un detallado informe sobre el Huerto Ecológico.  El Informe se cierra con estas hermosas palabras: “Con el Huerto Escolar Ecológico de Olba pretendemos que los niños aprendan de forma práctica, que cuiden su entorno y su alimentación, que crezcan sanos y libres y que tengan unas herramientas para crear su futuro, un futuro Al final del mismo aparecen testimonios de los niños  basado en unas empresas respetosas, ecológicas, sostenibles y locales. Que sus aulas no tengan paredes y puedan recibir también conocimientos de las personas que tienen alrededor, que la escuela sea una comunidad de aprendizaje real para nuestros niñ@s”.

Me llamó poderosa y positivamente la atención el hecho de que las familias tengan una gran importancia en el proyecto educativo de la escuela y del Huerto Ecológico. La participación de los padres y de las madres en la escuela es verdaderamente esencial. Lo he dicho muchas veces:   Sin la familia, imposible.

Mi presencia fue el fruto de una vertiginosa iniciativa de María Niubó, madre que lleva a sus hijas Marina e Iria a esa escuela (y que está viviendo en el pueblo por la calidad que descubrió en su proyecto educativo y en el ideario pedagógico de las maestras). María, en un tiempo record, organizó dos conferencias que se celebraron en la Universidad de Teruel. Con tiempo frío, en dos días laborables consiguieron llenar el salón de actos de la Facultad de Educación. Como para que no haya optimismo en la educación de nuestro país. Ese empeño denodado, ese esfuerzo generoso, ese interés por mejorar la escuela, son el mejor testimonio de que vamos por el buen camino.

Me alojé en la casa de María y Clemente, vecinos de Olba. Me contaron que han viajado por toda España en busca de una escuela en la que sus hijas aprendan y sean felices. Es admirable que una familia haga un costoso peregrinaje en busca de proyectos educativos de calidad. Conocían de cerca todas las experiencias por las que le preguntaba: O Pelouro de Galicia, El Roure de Barcelona, pedagogía Waldorf, Comunidades de Aprendizaje, método Freinet, modelo Montesory… Hacen la elección de localidad en función de la escuela que quieren para sus dos hijas…  Y ellos se integran en el proyecto para mejorar no solo la educación de sus hijas sino la de todos los que  acuden a esa escuela. Eso es: la educación en el epicentro de la vida.

¿Por qué  me parece importante la escuela rural? Porque no arranca a los niños y niñas de su medio sino que los mantiene arraigados en su hábitat, porque no los aleja de su familia en viajes llenos de peligros y de sueño, porque los padres pueden acercarse fácilmente a la escuela, porque los maestros conocen bien el contexto… Desde la casa de María casi se toca la escuela con la mano. El segundo día de mi estancia bajé de la mano a Iria a la escuela, en un trayecto de manos de un minuto. Cuánto tiempo ganado a la vida.

El problema de la escuela rural es la continuidad en los estudios. El problema es el paso al Instituto, que ya tiene su problemática en cualquier entorno, como ha estudiado mi amigo y colega José Gimeno en el libro “El paso a Secundaria”.

Estas líneas son un canto a la escuela rural, a su condición de escuela pública, a sus valores, a los maestros y maestras que eligen esa modalidad de escuela, al servicio que prestan a las familias que trabajan y viven en ese medio. ¡Ay, mi querida escuela rural!

NOTA: Mientras escribía este artículo, ha fallecido Marina, la hija mayor de María y Clemente. No me lo puedo creer. Estoy profundamente conmovido. La muerte es algo tan natural como excesivo. Decía Saint Just que a la muerte, como al sol, no se les puede mirar de frente. ¿Cómo puede albergar tanto dolor el corazón humano?   Adiós, querida niña. Un gran abrazo para la familia de Marina, para su escuela rural que tanto la quería y para todo el pueblo de Olba.

Gracias por enseñar a nuestros hijos

10 Ene

Cuando viví con mi familia un año en Galway (Irlanda), matriculamos a nuestra hija en una pequeña escuela pública de la localidad, en la hermosa zona de Salthill. Recuerdo que, entre las normas del Colegio, había una que me llamó la atención. Los niños debían, al terminar las clases, dar las gracias a los docentes por lo que les habían enseñado. Carla ha hecho suya esa costumbre y agradece siempre el trabajo de los profesores.

Todas las piedras que tiren los padres y las madres sobre el tejado de la escuela caerán sobre las cabezas de sus hijos.

–        Gracias por lo que me ha enseñado, suele decir.

Me parece una hermosa costumbre. Téngase en cuenta que, en un mundo en el que quien tiene conocimiento tiene poder, el profesor dedica su vida a compartir con sus alumnos el conocimiento que posee.

Mi médica de familia, una excelente profesional de la salud y aún mejor persona, si esto es posible, me manda la carta que ella y su marido le escribieron a los profesores de su hijo pequeño cuando éste acabó la enseñanza primaria. Reproduzco a continuación el texto:

“El menor de nuestros hijos ha completado su etapa escolar y, por ello, queremos haceros llegar esta carta que quiere ser a la vez de despedida y agradecimiento.

Durante todos estos años han recibido el mejor regalo que jamás obtendrán en la vida, aunque ellos aun no lo saben. Lo que han aprendido durante este tiempo de vosotros es la base del resto de todo su conocimiento, y no nos referimos solo al académico porque “saber” es necesario para ¡tantas cosas!…

En adelante, cada vez que lean el periódico, obtengan el carnet de conducir, mantengan una conversación, comprendan una película o hablen en público, estarán aplicando sin saberlo, todo lo que les habéis enseñado.: ese tesoro compuesto de cosas necesarias como leer, resolver problemas, escribir, conocer el curso de los ríos, pensar, preguntar, saber los estados de la materia, hablar correctamente, conocer los números naturales, responder, dominar las reglas gramaticales, estarse quieto, mejorar, ser diferentes, saber qué es un pentagrama, perder, criticar entender en inglés, tolerar, expresar ideas y, sobre todo, tenerlas…

Gracias a todos y a todas y  especialmente a… (aquí aparece el nombre de ocho profesores y seis profesoras).

Intentaremos que ellos mantengan las ilusión de aprender como vosotros mantenéis la ilusión de enseñar. Un abrazo”.

Ojalá hubiese muchos padres y madres así. Personas conscientes de la importancia de la educación y sensibles respecto a la importancia de la tarea de quienes dedican su vida a la enseñanza. La tarea de la familia es decisiva.

En la familia se establecen vínculos de una gran fortaleza emocional. De ahí que su influencia en la configuración psicológica de los niños y de las niñas sea decisiva para su desarrollo. Por otra parte, la plasticidad evolutiva de la etapa es enorme. Hay fases posteriores de la vida en las que ya están cristalizadas muchas concepciones y actitudes. En tercer lugar, hay que tener en cuenta que el tiempo que se vive en el marco familiar es muy extenso. Los niños y las niñas pasan muchas horas en el ámbito familiar y viven situaciones de mucha y compleja diversidad.  Téngase en cuenta también que, en general, la naturaleza de los vínculos es muy intensa. Las relaciones familiares suelen ser de carácter profundo y no meramente superficial.

La influencia de la familia en el proceso educativo de los niños y de las niñas es indiscutible. Se produce, en primer lugar a través de la ósmosis del ejemplo. El ruido de lo que somos los padres y las madres llega a los oídos de los hijos con tanta fuerza que les impide oír lo que decimos. No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Pero, además, la preocupación compartida (no solo de uno de los dos) por exigir unos comportamientos ejemplares, tanto en el aprendizaje como en la acción, por establecer unos límites en la conducta y exigir amorosamente el cumplimiento del deber, hace que los niños vayan aprendiendo qué es lo importante en la vida. En tercer lugar la presencia y la cercanía permanente hará que los niños y las niñas sientan que de verdad son importantes.

Ya sé que algunas familias están tan depauperadas culturalmente que es muy difícil hacer frente a las exigencias educativas. El ritmo de los aprendizajes que se exige hoy en la escuela a los estudiantes es tan acelerado que hace falta una segunda escuela en la casa para seguirlo. El problema está en que, a veces, esa segunda escuela no existe.

La escuela debe ser el reino de lo afectivo, no solo de lo cognitivo. La profesión de educar gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a quienes se enseña. Los niños aprenden de aquellos docentes a los que aman. La escuela debe ser esa mezcladora social en la que los niños y las niñas aprenden a pensar y a convivir. No solo a callarse y a repetir. No solo a obedecer. Tienen que descubrir lo importante que es el conocimiento para comprenderla realidad y lo necesaria que es la solidaridad para construir un mundo mejor.

Y luego viene la colaboración entre la escuela y la familia. Las dos instancias tienen la misma finalidad: conseguir la mejor educación para los niños y las niñas. Los verbos que deben conjugar a diario los miembros de la escuela y de la familia son: dialogar, compartir, colaborar, ayudar y animar. Todas las piedras que tiren los padres y las madres sobre el tejado de la escuela caerán sobre las cabezas de sus hijos.

Hace falta crear estructuras de participación para que la familia y la escuela puedan actuar con entusiasmo y eficacia en la planificación, desarrollo, innovación y evaluación del curriculum. Sin dar nunca la espalda a la esperanza, a pesar de las adversidades, porque la tarea de educar es consustancialmente optimista. Sin optimismo podemos ser buenos domadores, pero no buenos educadores.

Me contaba hace pocos días un profesor en Talca (México) que un niño había acudido a sus padres quejándose de que un profesor le hubiese dado un coscorrón con la mano en la nuca (estoy en contra de cualquier violencia física, aunque sea insignificante). El padre le dice:

–        Voy a ir al Colegio a ver a ese profesor.

–        ¿De verdad que vas a ir, papá? Sí, por favor, por favor, vete.

–        Claro que voy a ir, hijo. A besar la mano que me está ayudando a educarte.

Lamentablemente nos encontramos hoy con algunas familias que, lejos de mostrar apoyo, colaboración y gratitud hacia los profesores y profesoras de sus hijos, se dedican a desacreditar su tarea, a criticar sus decisiones y a  desautorizar sus opiniones. Pues bien, sin la familia, la educación en la escuela es prácticamente imposible.

Por eso me ha parecido magnífica la iniciativa de la familia de mi doctora, que muestra de manera clara, hermosa y emocionada la gratitud hacia el profesorado que ha dedicado sus mejores esfuerzos a que sus hijos aprendan. Decía el poeta romano Virgilio: “Mientras el río corra, los montes den sombra y en el cielo haya estrellas, debe durar la memoria del beneficio recibido”.

La masacre de Peshawar

27 Dic

Mañana celebra la Iglesia católica el día de los Santos Inocentes. Aquellos niños, asesinados por Herodes, no fueron ni los primeros ni los últimos mártires. Los niños, víctimas inocentes, han sufrido a la largo de la historia la violencia más cruel. Quiero recordar hoy, todavía sobrecogido, la reciente matanza de los niños asesinados el pasado día 16 de diciembre en la escuela de Peshawar. Se trata de un hecho de tal crueldad e ignominia que no se le puede a uno ir de la mente ni alejarse del corazón.

Quiero recordar hoy, todavía sobrecogido, la reciente matanza de los niños asesinados el pasado día 16 de diciembre en la escuela de Peshawar.

El dolor de los niños y de las niñas resulta siempre estremecedor. Más aún su muerte. Y qué decir  de la muerte que se produce como consecuencia de una matanza planificada y ejecutada a sangre fría.  Todavía es más cruel el dolor si se piensa que ese atentado se produce en una escuela, la capital de la vida, el epicentro del futuro. Y llega al colmo si el número de niños y adolescentes muertos supera los 140. No uno, que ya sería insoportable. Más de cien. Cada uno con su peculiar historia, con su irrepetible esperånza. Qué horror. Qué inconcebible horror.

¿Quién le iba a decir a esos niños que se levantaron por la mañana, desayunaron en sus casas y recorrieron el camino de su escuela para aprender, que se iban a encontrar con luna muerte tan inesperada como cruel? La escuela debería ser el lugar más seguro de la tierra. Debería ser el lugar donde se aprende a vivir, donde se ejecuta a quienes allí trabajan para ser mejores.

La matanza fue perpetrada por seis hombres armados pertenecientes al Tehrik e Taliban Pakistan. Umar Mansoor fue identificado como el talibán que ideó y planificó la masacre. Es padre de tres hijos. ¿Cómo los saludó aquella noche cuando llegó a sus casa? ¿Cómo les pudo mirar a los ojos? ¿Cómo pudo besarlos y abrazarlos sin que se lo impidiera el recuerdo de los cadáveres desparramados por la escuela? ¿Qué tipo de monstruo puede  hacer vida normal después de haber provocado esos hechos tan inhumanos (tan humanos)?

Se trata probablemente del acto terrorista más abyecto ocurrido en la ensangrentada historia del país musulmán. El asalto a sangre fría contra la escuela, ha sido justificado por los asesinos como represalia por los renovados ataques del Ejército paquistaní contra los feudos talibanes en la extensa tierra de nadie que constituye la frontera entre Pakistán y Afganistán. ¿Qué culpa tenían esos niños, esas niñas, que estaban aprendiendo a pensar y a convivir en el marco de su escuela? ¿Quién puede atribuirse el derecho de segar sus vidas en un instante fatídico, como si fueran de su propiedad? ¿Quién se puede atribuir el derecho a romper el horizonte de esas criaturas inocentes, de esos mártires laicos?

¿Qué filosofía es esa que justifica la muerte por la muerte de otras personas, que admite la represalia a través de la destrucción de más de un centenar de niños? ¿Qué justicia es esta que toma cada uno cuando y como se le antoje? ¿Qué mundo pretenden construir estos desalmados?

El atroz asesinato masivo de Peshawar señala claramente la magnitud de un desafío capaz de llevar definitivamente al abismo a un gigante desvertebrado y con pies de barro como Pakistán. Peshawar debería representar un antes y un después en la vacilante y equívoca posición del Estado frente a la formidable amenaza desestabilizadora del fanatismo sanguinario. Pakistán es hoy el único país con armas atómicas que corre abiertamente el peligro de convertirse en rehén del terrorismo islamista.

Las víctimas son los muertos, obviamente. Y sus familias que tendrán para siempre señalado en negro cada 16 de diciembre. Pero no se puede olvidar a los heridos. Ni a todos los sobrevivientes que quedarán marcados por el miedo para toda la vida. Pocas veces se tienen en cuenta esos daños. Y los daños de todos los testigos del mundo, estigmatizados por la ferocidad de la violencia y el odio a los semejantes.

¿Cómo puede el ser humano llegar a esos niveles de abyección? ¿Qué camino han recorrido los asesinos para llegar hasta ese punto de brutalidad, de insensibilidad, de perversión? Uno se imagina a esas personas cuando eran, a su vez, niños inocentes, ingenuos, bondadosos y se pregunta cómo y por qué fueron evolucionando hacia esa posición moral tan repugnante.

¿Para qué les sirvió la escuela a los asesinos? ¿Qué hicieron allí? ¿Qué les enseñaron? ¿Qué aprendieron? De poco les sirvió reflexionar sobre la dignidad humana, sobre los derechos inviolables de las personas, sobre la solidaridad y la compasión que son el eje de la convivencia.

Fueron caminando centímetro a centímetro hacia el fundamentalismo, hacia esa filosofía estúpida que  pone  las ideas por encima de las personas. Fueron endureciendo sus corazones e inmunizándolos al dolor ajeno. ¿Cómo pueden tomar una decisión como que siega la vida de niños inocentes? ¿Cómo la pueden llevar a cabo sin que se les hiele la sangre? ¿Cómo pueden soportar sus efectos nocivos que han provocado?

Lo que más me preocupa es la prevención de estos hechos horribles. Y creo que el remedio está en la educación. La educación entendida como un proceso ético, no como mera instrucción. No se puede confundir educación con adiestramiento, y menos con adoctrinamiento. Porque el adoctrinamiento pretende meter los valores por la fuerza en la cabeza de los educandos. No admite la libertad. Y todo valor que se impone `por la fuerza deja de ser un valor. Las religiones han seguido sus credos, su moral particular. Y se han olvidado de la ética. Por eso llevaron a los herejes a la hoguera, por eso hubo Cruzadas. Por eso los talibanes se inmolan a sí mismos erigiéndose en dueños de la vida de los demás.

El fundamentalismo es la defensa cerril de una doctrina. Una defensa que conlleva, explica y justifica cualquier tipo de acciones, como esta que ha dejado al mundo horrorizado. Se trata de un fanatismo teórico y práctico que defiende la persecución de los disidentes, de los tibios u de los infractores de su fe.

Malala, la adolescente pakistaní que sobrevivió a un ataque terrorista por defender el derecho de las niñas a la educación y que obtuvo por ello el Premio Nobel de la Paz, ha dicho “que tiene el corazón destrozado por este ataque sin sentido”.

Los colegios suelen ser objetivo de los talibanes en Pakistán, en especial las escuelas para niñas. Resulta insoportable que, a estas alturas de la historia, haya lugares de la tierra en los que varones desalmados quieran impedir por la fuerza el derecho de las mujeres a formarse.

La noticia arrasa en los titulares de los medios de comunicación del mundo durante unos minutos, durante unas horas, y se desvanece luego ante otras noticias igualmente luctuosas. Pero esos escolares no volverán a sonreír, los demás permanecerán acorralados por el miedo y sus familias habrán quedado marcadas para siempre. ¿Cómo podemos encogernos de hombros y mirar para otra parte?

¡A por ellos!

29 Nov

El absentismo escolar es una lacra. No poder o no querer acudir a la escuela es abonarse a la desgracia. Voy a presentar en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México), un libro titulado “El Arca de Noé. La escuela salva del diluvio”. La metáfora refleja la idea de que fuera de la escuela no hay salvación. Sin entrar en el Arca que es la escuela, nadie se salva del diluvio de la ignorancia, de la discriminación y  de la injusticia.

. Y ahí tenemos a los veteranos alumnos de 5º y 6º acudir a las casas de los más pequeños, previo acuerdo de las dos familias, para acompañarlos a la escuela.

Ya sé que existe en el mundo el movimiento de la Home School, que no lleva a los niños a la escuela para que sean educados en sus casas. Se trata de un movimiento que priva a los niños y a las niñas del aprendizaje de la convivencia y de los beneficios de la diversidad. La escuela es la gran mezcladora social.

La casa ha de ser la primera escuela y la escuela la segunda casa. El problema de los niños y niñas absentistas no es solo que pierdan los beneficios de estar en la segunda casa sino que no suelen tener en la familia su primera escuela.

Los niños que no van a escuela son víctimas de la pobreza, de la incultura o de la explotación. Esa ausencia les priva del conocimiento, claro está. Pero también de la convivencia con otros niños y niñas de su edad. Les  priva también de  experiencias y de vivencias culturales, deportivas y lúdicas.

Participé en El Ejido (Almería) hace unos días en una interesante jornada a la que asistieron casi cien directores/as de centros educativos y más de cincuenta padres y madres de diversas AMPAS. Creo que es una modalidad de encuentro muy interesante porque el diálogo entre la institución escolar y la familia resulta fructífero para llevar a buen término el proyecto educativo que persigue formar a los nuevos ciudadanos y ciudadanas del país.

Se juega, a veces, una calamitosa partida de tenis antipedagógico entre las familias y las instituciones educativas. Pelota  culpabilizadora de los padres hacia la escuela que es devuelta en forma de pedrada por parte de los profesores hacia los padres. Y viceversa. Estamos hartos de verlo:

–        Tienen la culpa los padres y las madres, que no se preocupan por sus hijos.

–        Tiene la culpa el profesorado que solo está pendiente de las vacaciones.

–        Tienen la culpa las familias, que no apoyan al profesorado.

–        Tienen la culpa los profesores  y las profesoras que no se preocupan lo suficiente por los niños.

Los niños y las niñas pierden siempre estas partidas.  Por el contrario, todas las experiencias de colaboración y de ayuda mutua, de  tenis pedagógico bien jugado, tienen como ganadores a  los niños y a las niñas.

Cuando fui Director de un centro escolar en Madrid puse en marcha una iniciativa  para favorecer el diálogo con las familias. Con los contenidos de ese diálogo publicamos un documento que se titulaba: Colaboración. Aún lo conservo. Escribimos qué es lo que le pedíamos a los padres para el buen funcionamiento de la institución: que le pide la dirección  a las familias, qué le pide la secretaría, qué les pide el Departamento de Matemáticas, el de Ciencias Naturales, el de Inglés… Y luego les dijimos a los padres y a las madres que escribiesen lo que solicitaban de cada uno de esos estamentos. Y lo hicieron. Y lo publicamos.

Se preguntará el lector o lectora por el título que abre este artículo. Le responderé enseguida.  Es más, lo deducirá por sí mismo cuando explique de qué se trata la experiencia que compartieron con los asistentes tres integrantes de la comunidad educativa del Colegio Público La Chanca. Finalizada la inauguración y la conferencia de apertura, hubo un espacio para el intercambio de experiencias realizadas por diferentes instituciones. Quiero, en esta tribuna semanal, hacerme eco de una de ellas, que tiene como objetivo prioritario luchar contra el absentismo escolar.

Presentan la experiencia  Inmaculada Martínez Yélamos Directora del CEIP La Chanca, Aurora Bolívar Civantos, profesora del mismo, alma mater del proyecto,  y Ramón Utrera Oliva, alumno cooperante. La Chanca es un barrio depauperado de Almería en el que existen problemas graves de narcotráfico. Las noches se dedican a los delicados trapicheos, de modo que  no hay buenas condiciones en las casas para llevar a los pequeños al Colegio por la mañana. Las tasas de absentismo son elevadísimas.

Llama la atención que, en la terna informante, esté un niño de unos 10 años. La profesora dice que es el niño quien va a presentar la experiencia porque fueron los niños quieren  tuvieron la iniciativa. En la clase estudian los problemas del entorno. Los niños pensaron que, igual que los hermanos mayores de 5º y 6º llevaban a sus hermanos pequeños al cole, también ellos podrían ir a las casas para traer al Colegio a los niños y niñas de 1º, 2º, 3º y 4º.

Se pusieron manos a la obra. Diseñaron unos petos para ellos, no para perseguirlos sino para acompañarlos al Arca de Noé, para salvarlos del diluvio.

Antes de subir a la tarima, el pequeño/gran Ramón me pregunta, visiblemente inquieto:

–       ¿Tú te pones nervioso cuando hablar en público?

–        Claro, cómo no, siempre te inquieta no hacerlo bien. Pero verás cómo lo haces de maravilla.

Y lo hizo de maravilla. Contó con aplomo cómo había surgido la experiencia, cómo la estaban llevando a cabo y cómo habían viajado a la Universidad de Almería y a la Universidad Autónoma de Madrid para contar lo que hacían.

El niño cerró la intervención  con brillantez. “Todo lo que ha dicho lo ha preparado él solito”, aseguró Aurora.  Y se nota su  ilusión por hacer visible, con palabras y con imágenes,  la empresa innovadora en la que están empeñados. En los petos puede leerse la hermosa palabra Cooperante. Y ahí tenemos a los veteranos alumnos de 5º y 6º  acudir a las casas de los más pequeños, previo acuerdo de las dos familias, para acompañarlos a la escuela.

A por ellos es una expresión que se ha repetido hasta la saciedad en competiciones deportivas. Aquí tiene otro contenido. A por ello, no para derrotarlos, sino para ganarlos para una causa magnífica. A por ellos, no para superarlos, sino para traerlos a la escuela. A por capacidad de iniciativa, de expresión, de claridad de ideas, de compromiso solidario.

La experiencia no beneficia solamente a quienes, de la mano de sus compañeros mayores, acuden cada día a la escuela. Beneficia también a quienes desarrollan la solidaridad y ponen sus ideas, su tiempo y su ilusión al servicio de una causa noble que ellos mismos han descubierto.

Fue emocionante  escuchar aquellos testimonios, ver aquellas fotos y comprobar los buenos resultados conseguidos. Fue emocionante el aplauso que los directores y directoras presentes, que los padres y madres dedicamos al trío que nos ofrecía en tan poco tiempo, tantas ideas  y tantas emociones.

El optimismo está más que justificado. Hay miles de experiencias en las escuelas, miles de iniciativas generosas que promueven la solidaridad con los más desfavorecidos, miles de personas comprometidas con la educación. Como los integrantes de 5º y 6º del CEIP La Chanca.

No te preocupes por llegar tarde

11 Oct

Llevo todos los días a mi hija Carla al Colegio. No hace mucho, siguiendo una escrupulosa costumbre, a las ocho y media de la mañana, me puse al volante y ella ocupó su silla en el asiento trasero. Nos colocamos los respectivos cinturones y nos pusimos en marcha. A mí me gusta escuchar la radio, ella prefiere canciones. Así que negociamos convenientemente los trayectos. Cuando ese día enfilamos la carretera de circunvalación nos topamos con un atasco tremendo.

Papá, no te preocupes por llegar tarde, ya que vamos al Cole. Lo malo es que fuéramos a un cumple y entonces me perdería el mago, la tarta y la piñata.

– Carla, le dije con preocupación, te has levantado pronto, te has vestido con rapidez y has desayunado a buen ritmo, pero vamos a llegar tarde. Mira qué atasco hay tan enorme. Es probable que haya ocurrido un accidente.

Estábamos casi parados. Volví a insistir en el indeseable retraso. Ella sabe que me gusta llegar con puntualidad cada mañana. Al ver mi insistencia y mi inquietud, me dijo con resolución:

– Papá, no te preocupes por llegar tarde, ya que vamos al Cole. Lo malo es que fuéramos a un cumple y entonces me perdería el mago, la tarta y la piñata.

Es decir que, a su juicio, se pierden cosas importantes e interesantes si se llega tarde a una fiesta de cumpleaños. Pero no si se llega tarde a la escuela. Y eso que es una magnífica estudiante, inteligente y aplicada. Me quedé pensativo. ¿Qué es lo que se pierden los escolares si llegan tarde o no van al Colegio? ¿Es de lamentar? ¿Es para alegrarse? ¿O da exactamente lo mismo?

Eso fue hace un par de años. Al iniciar este curso, planificábamos las actividades extraescolares por si el trabajo le resultaba excesivo. El diálogo siguió por estos derroteros:

-¿Quieres dejar el Conservatorio de música y las clases de piano?
– No, de ninguna manera. El piano me encanta.

– ¿Quieres dejar las clases de ballet?
– No, las clases de ballet, no. Me gustan mucho.
– ¿Quieres dejar la equitación?
– Eso sí que no, dijo con aplomo. No puedo dejar a mi yegua Curra.
Entonces vio una solución que acababa con todos los problemas a la vez, los de tiempo y los de priorización. Y dijo como si hubiera dado con la piedra filosofal:
– ¿Y si dejamos el Colegio?

Pues nada, otra vez a pensar. ¿Qué pasaría si dejásemos el Colegio? ¿Qué se perdería? ¿Qué es lo que aprenden nuestros alumnos y alumnas en las instituciones escolares? ¿De qué naturaleza son los aprendizajes? ¿Aprenden solo conocimientos? ¿Aprenden destrezas? ¿Aprenden actitudes? ¿Aprenden valores? ¿Para qué les sirve lo que aprenden? Una cosa es saber, otra saber hacer y otra saber ser. En los tres ámbitos de competencias es necesario hacer adquisiciones. Pero, ¿cuáles?, ¿cuándo?, ¿cómo?

Creo que la pregunta tiene tres dimensiones concatenadas. La primera se refiere al diseño del curriculum, es decir a las decisiones referidas a la selección de los contenidos y experiencias de los aprendizajes. Cuáles han de ser y cómo se han de estructurar. La segunda se refiere al desarrollo del curriculum en las instituciones, es decir a las cuestiones relativas a las estrategias adecuadas para realizar esos aprendizajes. La tercera, que cierra, el proceso de interrogaciones tiene que ver con la comprobación de que esos aprendizajes realmente se han aprendido y si no se ha alcanzado la meta, por qué motivos ha sido. Las tres cuestiones tienen un denominador común que se refiere a los agentes de los tres ámbitos, es decir, a los responsables de esos procesos y a su cualificación. Y, por otra parte, a quienes tienen que realizar esos aprendizajes.

Se insiste hoy en la necesidad de adquirir competencias. Me parece bien, con tal de que no se desvirtúe el término y nos demos de bruces, como está sucediendo en algunos lugares, con los objetivos operativos de Mayer o con la triple taxonomía de Benjamin Bloom.

Téngase en cuenta, además, que hoy el conocimiento se nos viene encima en avalanchas incontenibles. Hace falta tener criterios para saber cuándo los conocimientos que encontramos tienen rigor y cuándo están adulterados por intereses económicos, comerciales, políticos o religiosos.

Me preocupa mucho que los aprendizajes de la escuela estén alejados de la vida y de los intereses de los escolares. Un viejo cuento hindú que he leído en el libro “Cuentos clásicos de la India”, de Ramiro Calle, nos puede servir para reflexionar sobre la pertinencia de los aprendizajes que se realizan en la escuela:

“Un joven erudito, arrogante y engreído quiso atravesar un río caudaloso. Para cruzarlo de una a otra orilla tomó una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero:
— Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?
— No, señor, repuso el barquero.
— Entonces, amigo, has perdido la cuarta parte de tu vida.
Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero:
— Dime, barquero, ¿has estudiado botánica?
— No, señor, no sé nada de plantas.
— Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida, comentó el petulante joven.
El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó:
— Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizándote por las aguas. ¿Sabes algo de sus componentes químicos?
–No, señor, nada sé al respecto. No sé nada de estas aguas ni de otras.
–¡Oh, amigo!, exclamó el joven. De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.
Súbitamente, la barca comenzó a hacer agua. No había forma de achicar tanta agua y la barca comenzó a hundirse. El barquero le preguntó al joven:
— Señor, ¿sabe nadar?
— No, repuso el joven.
— Pues me temo, señor, que ha perdido toda tu vida.

El Maestro dice: No es a través del intelecto como se alcanza el Ser: el pensamiento no puede comprender al pensador y el conocimiento erudito no tiene nada que ver con la Sabiduría”.

Hace años vi una deliciosa película argentina de Adolfo Aristiarain titulada “Un lugar en el mundo”. En esa película hay una escuela. Y en esa escuela, un buen maestro. Al terminar la escolaridad de una promoción, el maestro congrega a sus discípulos y les dice:

– Más preocupado que por la cantidad de datos que habéis almacenado en vuestra cabeza, estoy preocupado por el hecho de que aquí hayáis aprendido a pensar y a convivir.

Tenía razón aquel maestro. Porque saber pensar ayuda a descubrir y entender el mundo, a ver los hilos ocultos de la realidad, a explorar con curiosidad y a perseguir la verdad. Aprender a pensar significa que se ha hecho uno un buscador del conocimiento necesario para la vida. Haber aprendido a convivir significa que se ha conseguido reconocer la dignidad de los seres humanos, que se ha descubierto de formas práctica la solidaridad y compasión. Es decir, la forma de construir un mundo más justo y más hermoso.