Decálogo sobre participación

16 Ene

Hace unos años publiqué en Homo Sapiens (Rosario) un libro titulado “Arte y parte. Desarrollar la democracia en la escuela”. Luego vio la luz en la Editorial Eduforma de Sevilla. Cuando se le niega a alguien el derecho a decir o a decidir en un asunto, se le advierte: “Aquí no tienes ni arte ni parte”. El título del libro pone de manifiesto mi postura sobre tan importante cuestión educativa.

Cuando se le niega a alguien el derecho a decir o a decidir en un asunto, se le advierte: “Aquí no tienes ni arte ni parte”. El título del libro pone de manifiesto mi postura sobre tan importante cuestión educativa.

La participación en los centros educativos es un fenómeno que ha de impregnar todas sus dimensiones estructurales y curriculares. Me refiero a la auténtica participación de todos los miembros de la comunidad educativa. Hay leyes que la promueven y otras que la coartan. Es el caso de la LOMCE, que la ha recortado.
La participación se aprende, se ejercita, se perfecciona, se desarrolla, se enriquece. Pero también se puede atrofiar, cercenar, empobrecer… Está en nuestras manos. De hecho, con la misma legislación, con las mismas estructuras, con el mismo curriculum básico, podemos encontrar centros que la cultivan y otros que la recortan o destruyen.
1. Hay que precisar qué se entiende por participación
El lenguaje sirve para entendernos y también para confundirnos. El problema fundamental radica no en que no nos entendamos sino en creer que nos entendemos cuando utilizamos las mismas palabras. El alumno que aplaude a los jugadores del equipo colegial está “participando”. Pero no lo hace de la misma forma que los que compiten en el campo. El padre o la madre que acude al Consejo Escolar para votar lo que le ha “pedido” el Director está “participando”, pero no de la misma forma en que lo hace quien ejerce libremente el derecho a la palabra y al voto. El profesor que asiste a una reunión como un convidado de piedra está “participando”, pero no de la misma manera que quien la ha preparado y luego la dirige. ¿Se puede calificar todo tipo de acciones de auténtica participación? Claro que no. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de verdadera participación en la escuela? He aquí una cuestión capital bajo la que se esconden muchas trampas. Participar exige dialogar, tomar parte activa, responsabilizarse y adoptar decisiones.
2. La participación no es un regalo que hace quien tiene poder a quien no lo tiene
Es preciso saber que la participación es un derecho y un deber. Nace ese derecho de nuestra condición de personas y de miembros de una comunidad. Nos equivocamos cuando pensamos que el poder participar es una concesión que se nos hace y no una exigencia que surge de la identidad ciudadana y comunitaria. No es cierto que mientras no tengamos responsabilidad no podemos participar. Más bien sucede lo contrario, que si no hay participación no podemos aprender a ser responsables.
3. La participación está cargada de beneficios
Cuando se participa se siente como propio lo que se hace, se produce un fenómeno de implicación, de motivación, de pertenencia. Muchos problemas de convivencia en los centros se solucionarían no aumentando la vigilancia, las amenazas y los castigos sino potenciando, profundizando y ampliando la participación. El que hace las normas está en mejor disposición para cumplirlas que aquel a quien se le imponen por la fuerza. Los beneficios de la participación tienen dos dimensiones: se beneficia quien participa y se beneficia la institución.
4. Se puede (y se debe participar) en todos los ámbitos
En un centro se puede (y se debe) participar en todas las dimensiones que atañen a su estructura y su funcionamiento. Se puede (y se debe) participar en el gobierno, en el diseño, desarrollo y evaluación del currículo, en la relación del centro con el entorno y, en definitiva, en la vida comunitaria. Cada estamento y cada persona tiene el deber de intervenir en todos los aspectos de la vida escolar. No es bueno que en una institución educativa unos piensen por todos, decidan por todos y se responsabilicen de todo. Porque los demás aprenderán a no pensar, a no decidir y a no responsabilizarse.
5. Para que haya participación es preciso que existan estructuras que la hagan posible
No basta con querer participar. Ni siquiera es suficiente saber hacerlo. Para que haya participación real es preciso que existan unas buenas estructuras que la hagan posible. De tiempo (¿cómo se puede participar si no hay momentos para hacerlo?), de espacio (¿cómo se puede participar si no hay lugares para hacerlo?), de condiciones (¿cómo se puede participar si no hay autonomía para poder decidir?).
6. A participar se aprende participando
No hay forma más eficaz de aprendizaje que la acción. Se aprende a montar en bicicleta subiéndose a ella y no leyendo y aprendiéndose de memoria el manual de instrucciones. Hay que ejercitarse en la participación. Habrá fallos, pero sólo cuando se practica se llegará a dominar la competencia. Nadie nace sabiendo hacer las cosas a la perfección. Hay que entrenarse.
7. La cultura de la participación no se improvisa
A veces nos pierde la impaciencia. No se puede plantar una semilla de manzano por la tarde y acudir a la mañana siguiente con una canasta para recoger las manzanas. Sería un error destruir la semilla porque no haya frutos. Hay que darle su tiempo. Los Consejos Escolares tienen limitaciones, pero hay que esperar a que vayan aprendiendo y mejorando. Lo cual supone exigencia. La semilla tiene que ser regada, abonada y protegida. No basta con dejarla estar.
8. La participación es el eje de la convivencia
Cuando la autoridad se convierte en poder no existe participación sino sumisión. Los centros escolares han de ser instituciones educativas, no coercitivas. Quien participa piensa, analiza, critica, decide e interviene, respeta, ayuda, colabora, se responsabiliza. Una escuela democrática es un buen escenario para la participación. Y el mejor camino para aprender a vivir en democracia.
9. Hay muchas falacias en la participación
No hay participación auténtica cuando está excesivamente formalizada porque sólo importa la dimensión superficial, el mecanismo legal, la dinámica de los votos, la ley de las mayorías. No hay participación auténtica cuando está recortada y limitada a los aspectos marginales e insustanciales. No hay participación auténtica cuando está domesticada y puesta al servicio del poder. No hay participación auténtica cuando está entendida como un campo intrascendente.
10. Hay que superar los obstáculos que limitan y empobrecen la participación
Existen graves obstáculos que anulan o frenan la participación: el pesimismo (“nunca lo haremos bien”), el fatalismo (“nosotros somos así”), la rutina (“lo haremos como siempre se ha hecho”), la comodidad (“pudiendo no hacer nada, ¿por qué vamos a hacer algo?”, el individualismo (“cada uno, a lo suyo”), la rigidez (“lo que hay que hacer es lo que hay que hacer”), el cansancio (“estoy harto de hacer esfuerzos”), el desamor (“no los soporto”), los fracasos (“ya viste lo que pasó”)…
Terminar diciendo que hay obstáculos no es una invitación al desaliento sino al optimismo. Porque también de los obstáculos se puede aprender si somos inteligentes y estamos comprometidos a superarlos.

Manos educadoras

9 Ene

Hace muchos años, exactamente en 1973, mi querido amigo José María Cabodevilla, fallecido en 2003, escribió una sugerente obra titulada “El libro de las manos. Relación de los siete montes de la mano o noticia general de todos sus méritos, trabajos y vanidades”. Un canto ilustrado a la importancia de las manos, que acarician, indican, llaman, despiden, señalan, saludan, trabajan, crean, aplauden, cocinan, curan, protegen…

Las manos son las palabras y los sentimientos del corazón. Las manos expresan y transmiten nuestras emociones, nuestros afectos.

Las manos son las palabras y los sentimientos del corazón. Las manos expresan y transmiten nuestras emociones, nuestros afectos.
Hoy me encuentro con un hermoso artículo cuyo titulo y cuyo texto, “Las manos de la educadora”, me llevan a reflexionar sobre la importancia de las manos en la educación. La autora es Anna Tardós, psicóloga húngara, continuadora del trabajo y de la concepción renovadora de la primera infancia iniciados en la década de 1930 por su madre, la pediatra Emmi Pikler e influenciada también por el pensamiento de su padre. pedagogo progresista de la época.
La mano del adulto es una fuente inagotable de experiencias para los niños y las niñas. Qué expresión tan hermosa la de “estar en sus manos”. Porque es así: los niños y las niñas están en las manos de sus educadores y educadoras.
Tardós se ocupa, investiga y escribe principalmente sobre la primera infancia, sobre esa etapa de plena invalidez del ser humano en la que todo queda pendiente del corazón y de las manos de los adultos. Muchas de sus ideas son aplicables plenamente a las manos de los padres y de las madres.
“En el proceso de la atención, dice Tardós, el contacto corporal es a veces ofensivo, molesto e incluso puede provocar sentimientos de frustración en el niño. ¿Qué podemos hacer para que este contacto consiga su verdadera función? Si nos ocupamos de él de forma placentera, si se siente bien durante la limpieza, el baño, mientras le vestimos y le desnudamos, se relaja cada vez más. El pequeño se prepara para que el adulto lo coja y, mientras le viste y le baña relaja su cuerpo mucho antes de que el adulto le toque. De un modo casi automático continúa los movimientos iniciados por el adulto”.
Hay que combinar el cariño con el saber. No es solo cuestión de buena voluntad y de afecto. Tampoco sirve solamente el conocimiento técnico desposeído del amor. Porque el amor es lo que cimenta la tarea educativa.
Las manos pueden golpear y hacer daño. Ese es el primer mandamiento sobre las manos que educan. No dañar. No maltratar. No herir con gestos bruscos, duros y agresivos. Y nunca golpear. Las manos en la educación están para sanar, para salvar.
Acumular experiencias agradables es depositar en el banco de la vida un capital humano con el que siempre se podrá contar. Por el contrario, los gestos rutinarios, mal ejecutados, que no aseguran el mínimo sentimiento de confortabilidad y que, finalmente, impiden que nazcan todo tipo de relaciones afectivas entre el pequeño y el adulto empobrecen y dañan:
El interés sincero, los esfuerzos abiertos con el fin de obtener una verdadera cooperación le harán, en general, las manos sensibles, delicadas y tiernas. En lo que se refiere al desarrollo y al cambio de comportamiento de los profesionales de la educación, la “cultura”, la ternura de la mano ejerce un papel muy importante, al igual que los movimientos que comunican seguridad y que resultan más agradables a los más pequeños, cosa que les permite la cooperación con el adulto.
Después de esa primera etapa educativa, vienen otras. En cada una de ellas las manos desempeñan un papel fundamental. En efecto:
Las manos saludan al llegar a la escuela. Damos la mano, damos el afecto y la ternura a través de ella. Un apretón de manos cálido, sincero, afectuoso, es un canal que transmite emociones y seguridad.
Las manos acompañan. Llevamos de la mano. Pero progresivamente dejamos que ellos aprendan a caminar solos, a tener independencia, a decidir por si mismos. Si siempre les llevásemos de la mano, nunca aprenderían a encontrar el camino por sí mismos.
Las manos explican, aclaran ideas, ayudan a entender, acompañan a las palabras de la exposición. Las manos hablan con elocuencia para aclarar las ideas.
Las manos indican. La jerarquía de los dedos es rica y compleja. Con el índice señala el educador el libro, la tarea, la puerta, el encerado, la mesa, el camino.
Las manos entregan cuadernos y libros. Y reciben ejercicios y tareas realizadas por los alumnos y las alumnas. Las manos permiten compartir actividades y experiencias.
Las manos escriben. Escribe el educador y ayuda a que el niño y la niña lleven su lápiz con corrección o pulsen con habilidad el teclado del ipad.
Las manos curan cuando un niño o una niña se cae en el patio o se golpea contra el borde de una mesa. Las manos salvan del dolor.
Las manos aplauden las cosas buenas que hacen los alumnos y las alumnas. Las manos permiten felicitar.
Las manos despiden. Con las manos decimos adiós, hasta luego, hasta mañana, hasta siempre. Las manos son elocuentes para expresar.
Las manos ayudan a poner o quitarse el abrigo, a cargar la mochila, a recoger un objeto que se ha caído al suelo, a localizar un libro, a
Las manos permiten hacer signos de diverso tipo: hacemos el signo de la victoria, pedimos silencio, transmitimos aliento al levantar el dedo pulgar…
Qué decir del valor de las manos cuando desarrollan el lenguaje de signos que permite a los niños y a las niñas con sordera estar en comunicación con sus semejantes. Qué decir de las manos cuando, a través de la sensibilidad de las yemas, llevan a la mente de un niño ciego los significados de las palabras escritas en Braille.
Un hermoso cometido didáctico para los educadores será ayudar a que los niños sepan valorar y utilizar sus manos.
Hace algunos años, en un curso que dirigí en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, decidí presentar a los ponentes, asignando a cada uno la parte del cuerpo que, a mi juicio, mejor casaba con sus características personales y profesionales. A uno de ellos, inolvidable y querido Manuel Zafra, Director de un IES de Andalucía, le tocó ser las manos y expliqué por qué: “Porque sus manos están hechas para el saludo, para el trabajo, para la caricia, para la escritura y para la magia. Con sus manos da la bienvenida (durante el presente curso ha recibido a más de 800 estudiantes de Secundaria), abre las puertas, señala el camino… Con sus manos trabaja cada día en su Centro. De sus manos ha salido un hermoso libro en el que cuenta su experiencia. Sus manos, como vais a comprobar, explican, aclaran, ejemplifican lo que piensa y lo que dice. Su dedo índice acusa con severidad y orienta con precisión. Su mano está permanentemente tendida a los más desfavorecidos de la sociedad”.
Es que las manos nos definen.

La hidra del fanatismo

21 Nov

Todos somos víctimas del terrorismo. Los verdugos porque se envilecen, las víctimas porque mueren o resultan mutiladas física y psíquicamente, las familias de las víctimas porque quedan destruidas, los testigos porque contemplan horrorizados la maldad… Se piensa poco en los efectos psicológicos de estas atrocidades. En el miedo, el pesimismo, la tristeza, la inseguridad, el pánico, la psicosis, la angustia, las pesadillas…Todo es dolor. Todo es destrucción.

Creo que la hidra del fanatismo solo puede ser derrotada por la educación. Aprender a pensar y aprender a convivir son los únicos venenos mortales para ella.

¿Qué mundo estamos construyendo? ¿Qué tipo de ciudadanos y ciudadanas estamos formando? ¿Hacia dónde nos dirigimos por estos caminos de irracionalidad y de perversión? Me preocupa el mundo que dejamos a nuestros hijos. Me preocupa también el tipo de hijos que estamos educando para el mundo. “Que el hombre no se muestre indiferente ante el terrorismo es la razón de la existencia”, dice en estos días aciagos Juan Luis Arsuaga.

¿Por qué se repiten estos actos con una frecuencia tan desesperante? ¿Por qué hace acto de presencia el horror de esta forma tan despiadada? ¿Por qué corre la sangre de inocentes a raudales en escuelas, calles y lugares de ocio y diversión? ¿Por qué esta dolorosa cadena de 129 muertos inocentes que han llenado de oscuridad la Ciudad de la Luz? Hay muchas causas y razones, seguramente. Una de ellas es el fanatismo. Los animales no son fanáticos. La única especie que tiene fanatismo es la nuestra.. El campo de expresión genuino del fanatismo es la religión. Fascislamistas, llama a estos desalmados Bernard-Henry Lévy en su contundente artículo publicado en El País el pasado día 16 con el título “La guerra, manual de Instrucciones”.

Las religiones anteponen su moral a la ética. Si tuviesen en cuenta la ética, en lugar de aplicar su moral particular, no se habría quemado vivos a los herejes, ni se hubiesen bendecido las guerras (cínicamente llamadas santas), ni ahora padeceríamos este gran horror al grito de “Alá es el más grande”. Si se tuviera en cuenta la ética, nadie podría sostener que morir matando infieles es conquistar el Paraíso donde esperan al suicida 72 bellas huríes. (Por cierto, ¿qué premio tienen las mujeres cuando se inmolan? Al parecer, garantizan la unión con su marido para siempre).

El término fanático procede de fanum: templo. El término fanáticus se asignaba a los sacerdotes presos de un delirio sagrado. Designa una actitud de defensa exaltada y excluyente de una causa, así como el empleo de todos los medios para imponerla. El fanatismo no permite el término medio y divide a los hombres en amigos y adversarios, fieles o infieles.

“La religiosidad monoteísta occidental, comparada con la espiritualidad oriental, es tierra abonada mucho más fecunda para el fanatismo: frente a los libros sagrados de los hindúes o budistas, que predican la paz interior y prohíben matar animales, las religiones hebrea, cristiana y mahometana son cuna y escuela de violencia”, dice Jorge Vigil en su “Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales”. No quiero con esto decir que el islam tenga afinidad alguna con el mal. Existe un islam manso, misericordioso, apasionado por la tolerancia y la paz. Es para congratularse que aparezcan muchos musulmanes diciendo: “No en mi nombre”. Parece que los imanes de las mezquitas de París condenarán los atentados. Es hora de que desde dentro del islam se condenen los atentados y de que los yihadistas sean calificados -desde dentro, repito- como terroristas.

Nietzsche, en el marco de la crítica a la moral de la resignación afirma que “el fanatismo es la única fuerza de voluntad de que son capaces los débiles”. Para Voltaire, el fanatismo es “efecto de una conciencia falsa, que sujeta la religión a los caprichos de la fantasía y el desconcierto de las pasiones”.

El mismo Voltaire, en El filósofo ignorante, dice: “Veo que hoy, en este siglo que es la aurora de la razón, algunas cabezas de esa hidra del fanatismo vuelven a renacer… Por lo que a mí respecta, creo que la verdad no debe ocultarse ante esos monstruos, lo mismo que no debemos abstenernos de tomar alimentos por temor a ser envenenados”.

Me pregunto qué les enseñó la escuela a los terroristas, cómo ha sido posible que su mente evolucione hasta esos extremos de crueldad y de irracionalidad. Me pregunto por los caminos que ha recorrido el corazón de esos fanáticos para llegar a esos extremos de maldad y de insensibilidad ante el dolor ajeno. Me pregunto por la fuerza y la estrategia de los proselitistas que captan para una causa de tan marcada crueldad a personas que en la infancia estaban cargadas de inocencia. Me pregunto por su fe, como sentimiento irracional. ¿Por qué derroteros llevan los “formadores” a esas personas a planificar, organizar y perpetrar estas masacres? ¿Quién les ha metido esas ideas en la cabeza? ¿En nombre de qué Dios se puede matar así de cruelmente? ¿En nombre de qué causa?

Hoy hemos salido, profesores, alumnos y personal de administración y servicios, a las puertas de las Facultades de Ciencias de la Educación y Psicología de la Universidad Málaga para manifestar nuestra repulsa hacia el terrorismo y nuestra solidaridad con las víctimas. Mientras ese mágico minuto transcurría en el silencio compungido, me preguntaba por las medidas que se toman para evitar futuros atentados (o para castigar los cometidos). Muchas de ellas de carácter inmediato y violento. Bombardeos, acciones de guerra, misiones destructivas… Una espiral de violencia que no tendrá fin. Uno de los terroristas gritó en la discoteca Bataclan que se trabaja de una venganza por lo que estaban haciendo con ellos en Siria. Respuestas inducidas por las vísceras, por la venganza, por la rabia, por el dolor…Hollande dice que “no se trata de contener sino de destruir el Estado Islámico”. Así de sencillo y de claro: de aniquilarlo. Pero luego llegarán nuevos atentados. Es la guerra. ¿Dónde se cierra esta espiral maldita, este círculo vicioso? ¿Cuándo la hidra dejará de multiplicar sus cabezas? El perdón es de Dios, dicen algunos, nuestro deber es mandar a los terroristas con Él.

Pensaba en otras medidas de más largo plazo y de mayor eficacia de las que pocos hablan. Pensaba en la erradicación del discurso del odio y de la exclusión. En la superación del fanatismo. Pensaba en la educación. En la educación, no en el adoctrinamiento que han sufrido los fanáticos. Una educación para la tolerancia, para la paz, para la solidaridad, para la compasión, para el respeto a la dignidad de todos los seres humanos. Creo que la hidra del fanatismo solo puede ser derrotada por la educación. Aprender a pensar y aprender a convivir son los únicos venenos mortales para ella.

Enseñar es un ejercicio inmortalidad

10 Oct

El pasado día 5 de octubre se celebró el Día Mundial de los Docentes. Interesante iniciativa de la UNESCO,  con tal de que celebrar el día no nos lleve a pensar que, pasado el 5,  ya se acabó  todo el reconocimiento y todo el apoyo a los docentes y las docentes hasta el próximo año.

En cualquier profesión, el mejor profesional es el que más y mejor manipula los materiales, en ésta es quien más y mejor los libera.

Es necesario reconocer el extraordinario papel que desempeñan los docentes. En una sociedad en la que todo el mundo sabe que tener conocimiento es tener poder, los docentes son profesionales que, por oficio, se dedican a compartir el conocimiento que poseen. En cualquier profesión, el mejor profesional es el que más y mejor manipula los materiales, en ésta es quien más y mejor los  libera.

El camino hacia la solución de los problemas  personales y sociales está en la educación, entendida ésta no como una simple acumulación de ideas inertes sino como el desarrollo de la capacidad de pensar y de la voluntad de convivir de forma justa, solidaria  y pacífica.

Para realizar esa tarea tan importante y, a la vez, tan compleja  hacen falta profesionales  competentes y comprometidos con la tarea. Y estructuras adecuadas para realizarla eficazmente. Será posible alcanzar esta meta si se satisfacen estas cinco exigencias.

Primera exigencia. Hay que seleccionar para esta tarea a las mejores personas del país. Entiendo por mejores a las personas  más inteligentes y más sensibles. No es de recibo cantar las excelencias de la educación y destinar luego a ella a las personas que no valen para otra cosa.

Hay países que marcan unos niveles para el acceso a  la docencia muy superiores a los de cualquier otra profesión. Una cosa es ser químico y otra profesor de química. Una cosa es ser matemático y otra profesor de matemáticas. Una cosa es ser especialista en literatura y otra profesor de lengua.  El profesor tiene que dominar la disciplina pero, además, tiene que tener otras cualidades, actitudes y valores específicos. Téngase en cuenta, además, que se trata de una tarea que se desarrolla en un equipo de profesionales con un proyecto compartido.

Segunda exigencia. Esos profesionales tienen que tener una formación rigurosa teórica y práctica, que no se puede realizar en instituciones masificadas, en tiempos breves,  con escasez de medios y con profesionales mediocres.

Hace años escribí un artículo titulado  “El curriculum del nadador”. Decía en él que no se puede enseñar a nadar a un aprendiz con un curriculum teórico compuesto por asignaturas como Química del Agua, Historia de la Navegación, Biografía de los Campeones Olímpicos de Natación, Sociología de la Natación, Filosofía de la Natación, Marcas Olímpicas, Economía de la Natación… Y con un curriculum práctico compuesto por materias como Observación de Nadadores Célebres, Entrevista a Grandes Nadadores, Recopilación de lo dicho en Medios  de Comunicación sobre las Olimpíadas, Análisis de Videos de Marc Spitz… Todo sentado y todo en seco.  Sabemos a ciencia cierta lo que sucedería si a ese aprendiz, con matrícula en todas las asignaturas, lo arrojamos a un mar agitado con olas de cinco metros…

Es necesario, pues, mejorar la formación inicial. Y analizar lo que sucede cuando los aprendices terminan los estudios y se incorporan a las escuelas. Volviendo a la metáfora, esa institución que prepara a los estudiantes para nadar tiene que cerciorarse de si, cuando se tiran al agua, saben nadar, bracean con torpeza o se ahogan sin remedio…

Tercera exigencia. Hay que organizar la docencia dentro del sistema educativo y de las escuelas con más racionalidad, agilidad, y autonomía. Las plantillas tienen que formarse con criterios pedagógicos y no por aluvión, los directores tienen que estar bien formados y seleccionados, las condiciones laborales tienen que ser más favorables, los sueldos tienen que ser mejores, los medios tienen que multiplicarse, los alumnos por aula tienen que reducirse…

No hay suficiente autonomía en las escuelas. Las instituciones educativas tienen el mayor nivel de prescripciones  del país. Todo está decidido. Se le ha llamado a la escuela institución paralítica ya que no puede moverse sin los andadores legislativos.

Cuarta exigencia. La formación permanente tiene que mejorarse de forma sustancial. No puede quedar al albur de los deseos  de los interesados o del capricho de las autoridades. Nadie se hace maestro de una vez para siempre.

Cambian los conocimientos (se multiplican, profundizan y diversifican…), cambian los alumnos y las alumnas (su psicología, sus intereses, sus expectativas, sus actitudes…), cambian  las necesidades sociales (nuevas profesiones, nuevos contextos, nuevos  movimientos sociales…), cambian los saberes pedagógicos (nuevos métodos, nuevas teorías, nuevos modelos…).

La formación debe tener carácter individual e institucional. No solo tiene que perfeccionarse el docente. Lo tiene que hacer también la institución.

Quinta exigencia. Tiene que haber un mayor reconocimiento social de la profesión docente. Los políticos tienen que manifestar, de forma inequívoca, su valoración de la educación y de los profesionales que se dedican a ella. No solo en los discursos, no solo en la etapa electoral, no solo en las entrevistas televisivas…  Lo tienen que hacer con hechos. Con presupuestos, con mejora de las condiciones, con testimonios fidedignos, con cercanía emocional…

Las familias tienen que manifestar de forma fehaciente su respeto y su respaldo a los profesores de sus hijos e hijas. Tienen que prestarles ayuda, manifestarles aprecio y secundar su tarea.

La sociedad en general tiene que rendir un tributo de admiración y afecto a estos profesionales que, de forma callada, constante y humilde realizan cotidianamente en las aulas la tarea de enseñar. De enseñar a pensar, de enseñar a convivir, enseñar a ser.

Y, ahora, quiero dirigirme a mis colegas docentes para decirles que nosotros no podemos defraudar a una sociedad que tanto espera y tanto necesita. Nosotros tenemos que esforzarnos cada día por ser mejores profesionales. Exigentes, rigurosos, competentes, humildes, afectuosos y comprometidos. Nosotros tenemos que ganarnos a pulso, cada día, el respeto, la admiración y el afecto de nuestros alumnos y alumnas, de sus familias y de la sociedad entera.  El reconocimiento a la dignidad no se impone. La dignidad se encarna y se conquista con la forma de pensar, de actuar y de ser.

Permítaseme citar a Rubem Alves, un pedagogo brasileño recientemente fallecido, que escribió hace años el hermoso libro “La alegría de enseñar”. En él se dice: “Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. De alguna forma seguimos viviendo en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo a través de la magia de nuestra palabra… Por eso el profesor nunca muere”. Sirvan estas palabras de homenaje a quienes tanto admiro, tanto valoro y tanto aprecio.

El síndrome de Caperucita Roja

26 Sep

En este verano tan caluroso en el que los árboles casi han tenido que correr detrás de los perros, he leído, entre otros, el libro “Sé dónde estás”, opera prima de la escritora californiana Claire Kendal, educada en Inglaterra y actualmente profesora de  literatura inglesa y escritura creativa en el sureste del país. La novela cuenta una historia de obsesión patológica y de acoso sobre Clarissa, una hermosa joven que trabaja como administrativa en la Universidad de Bath. Se trata de un interesante thriler psicológico que te tiene sobrecogido de principio a fin.

A las mujeres se les inculca la idea de que siempre puede salir el lobo en el bosque de la vida. No deben llegar tarde a casa, no deben caminar solas por la noche, no deben estar en lugares de riesgo.

Cuando llego a la última página, tengo a mi hija al lado y vuelvo a pensar en la violencia tremenda de la que son todavía víctimas las mujeres en las sociedades androcéntricas como la nuestra. No hay día, no hay hora, no hay segundo en  los que no se produzcan hechos y no se conozcan noticias que ponen de manifiesto la discriminación. Desde muertes crueles a bromas soeces. Desde palizas horribles a desprecios cotidianos. Pero me quiero ceñir en este artículo de hoy a la violencia soterrada que le hace la vida más cuesta arriba a las mujeres

Francesco Tonucci y Amparo Tomé han publicado en Graó un hermoso libro titulado “Con ojos de niña”. Tonucci había publicado en solitario, treinta años antes, otra obra titulada “Con ojos de niño”. En este último se dice, citando a G. Belli: “Los hombres sangran por las guerras. Nosotras sangramos todos los meses por la vida”. Qué gran verdad.

Las niñas son víctimas especializadas en sufrir violencia. Hay muchas mujeres muertas a manos de sus parejas y muchas otras enterradas en vida. Sabido es que, durante siglos y aun hoy en algunos países, tener una hija es un castigo divino. El varón viene investido de un prestigio y de unos privilegios de los que carece la niña. Pero, vamos al grano: ¿cuáles son las formas subrepticias de discriminación a las que hacía referencia más arriba?  Veamos algunas, elegidas entre miles.

–       El síndrome de Caperucita Roja

A las mujeres se les inculca la idea de que siempre puede salir el lobo en el bosque de la vida. No deben llegar tarde a casa, no deben caminar solas por la noche, no deben estar en lugares de riesgo.

Se les explica que siempre están en peligro y que los espacios que ocupan siempre están amenazados por presencias hostiles. Las pueden robar, violar, secuestrar o matar. Nunca pueden estar seguras y tranquilas.

–       La esclavitud de la belleza

¿Quién no ha visto a muchas mujeres sometidas a la exigencia de ser atractivas, de estar delgadas, de mostrarse hermosas? A nadie se le oculta la cantidad de sacrificios que ese fin exige. Sacrificios en la alimentación, gastos en cosméticos, sometimiento a operaciones, compra de vestidos y joyas, tiempo dedicado al cuidado y al cultivo de su apariencia externa.

Las mujeres tienen que estar atractivas, tienen que mostrar una presencia deslumbrante. Para agradar, para ser valoradas y elogiadas. Es una servidumbre que no acaba nunca. Sobre todo, cuando hacen suya la exigencia. No hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido  (en este caso, la oprimida) mete en su cabeza los esquemas del opresor.

–        Expectativas recortadas

Hay menores expectativas de las familias respecto al porvenir de las niñas. Las oportunidades de las mujeres se recortan porque se formulan sobre ellas muchas profecías de autocumplimiento. Las carreras a las que se les  encamina tienen menor prestigio social, menor proyección y menor sueldo. Pienso en cómo todavía hay más enfermeras que enfermeros y más médicos que médicas, más maestras que catedráticos, más hombres que mujeres  pilotando un avión y más azafatos que azafatos sirviendo a los pasajeros

Sin embargo, cuando se han escolarizado en las mismas condiciones los niños y las niñas, éstas han conseguido mejores resultados. Pero luego se las traga la falla del sexismo.

Felicitaciones por perder

Hace unos años dirigí una tesis doctoral sobre el aprendizaje del género por parte de las niñas en una Escuela Infantil. La doctoranda (tristemente fallecida) pudo comprobar que las niñas eran felicitadas por ser perdedoras).  Cuenta en su investigación (publicada en Graó con el significativo título “Triunfantes perdedoras”) que un día estaban jugando niños y niñas al juego de las sillas. Todo el mundo lo conoce. Un número de niños y niñas dan vueltas alrededor de un número inferior de  sillas. Al interrumpirse la música, tienen que sentarse cada uno en una silla. Y, en una ocasión, se sientan en la misma silla un niño y una niña. Ella analiza la situación, cede su asiento y se va. La maestra le dice:

– Muy bien, las niñas ceden.

No es justo que feliciten a esa niña por perder. Podría muy bien haber dicho la profesora: “las personas ceden”, pero, ¿por qué las niñas? Las está educando para perder.

–        Mayores exigencias

Se les exigen a las mujeres mayores obligaciones familiares, unas respecto a la casa y otras respecto a los hijos e hijas. También respecto a los padres y a las madres. Son las madres quienes se dedican a cuidar a los hijos en el hogar y a los padres cuando se hacen mayores.

Se dirá que lo hacen por amor y que eso enriquece a las madres y a las hijas pero, si tan beneficiosa es esa actitud, ¿por qué no la adoptan también los vaones?

–        Doble moral

Se sigue aplicando una doble moral al comportamiento de hombres y mujeres. Baste ver cómo es calificada una infidelidad conyugal  según sea de la mujer o del hombre. O las múltiples conquistas amorosas y sexuales de unos y de otras.

Todavía siguen los jóvenes buscando parejas vírgenes mientras alardean de conquistas y experiencias sexuales.

Entre los jóvenes persiste esa perniciosa idea de que los varones tienen derecho a ejercer un control   y una vigilancia estrechos sobre sus parejas. Actitud que se entiende incluso como una tramposa señal de amor.

– Más dificultades, peores condiciones

En muchas culturas, las niñas tienen más dificultades para alcanzar el éxito en la sociedad. Bien se sabe que algunas hasta niegan a las niñas el derecho a la escolaridad. Y una vez que consiguen trabajo (de menor categoría casi siempre que el de los varones) cobran menos  que ellos por las mismas ocupaciones.

La novela que he leído me ha hecho sentir la angustia de muchas mujeres atenazadas por la presión  injusta de quienes las consideran simples objetos de deseo. Y  he  temido por mi hija Carla, por todas las niñas que conozco y también por todas las niñas del mundo.

Las mujeres han de ser las protagonistas de su liberación. Los demás, podemos echar una mano. Avivar el espíritu crítico, desenmascarar la falsedad, comprometerse con quienes por ser niñas están desfavorecidas, combinar políticas eficaces de distribución y de reconocimiento como plantea Nancy Fraser, potenciar la verdadera coeducación que ayuda a pensar y a convivir… Ese es el camino. Pues nada, a caminar.