Pequeños amos (y amas) de casa

23 Abr

Cada día me sorprende y me ilusiona más encontrarme con experiencias educativas innovadoras.  Proliferan como hongos.  No hay suficientes sábados en el año para hacerme eco de ellas. Y eso que las que yo conozco son una ínfima parte de las que existen. Como para no ser optimistas. Es admirable el derroche de ingenio, de generosidad, de esfuerzo y de compromiso que hacen muchas personas, dentro y fuera del sistema educativo, para poner en marcha experiencias de formación.

Ana Sancho, la impulsora del proyecto, madre de dos hijos, tuvo esta iniciativa con el fin de impulsar la igualdad, la competencia en la realización de las tareas domésticas, la colaboración, la autonomía, la corresponsabilidad…

Hace poco visité la ciudad de Burgos para participar en el III Congreso de ASIRE (Asesoramiento, Innovación y Renovación Educativa). La Asociación está integrada por un grupo de  profesionales de la enseñanza llenos de entusiasmo y de coraje que luchan contra viento y marea por una educación mejor. Contra el viento de la pasividad y contra la marea de la rutina. Admirables e incansables personas que con el optimismo a flor de piel  buscan y ofrecen caminos de perfeccionamiento. No me detendré en algunas iniciativas que allí conocí y que se  expusieron en forma de talleres y paneles: radio en la Universidad de Burgos, robótica para estimulación temprana, Ingenium para el desarrollo infantil…

Voy a centrarme en una experiencia con la que me encontré de manera fortuita al margen del Congreso. Un  fruto de la serendipidad. Ya sabe el lector que la serendipidad es el hallazgo inesperado y afortunado que se produce cuando se está buscando otra cosa.

Me alojaron las entusiastas organizadores del Congreso en el Hotel Acuarela, un pequeño y coqueto hotel de diseño, sito en el centro de la ciudad de Burgos. Al retirarme para acudir al trabajo, la chica que atendía en recepción, se dirigió a mí solícitamente:

–           ¿Puedo robarle unos minutos?

–           Cómo no, me los regalas, no me los robas.

Apresuradamente me habla de un proyecto para el logro de la igualdad que está llevando a cabo en el Hotel  con escolares de diversos centros. El proyecto se denomina Pequeños Amos de Casa. (¿por qué no “y amas”?, le sugerí). Imagino que la intención al usar el genérico en este caso es de carácter didáctico ya que pretende romper el estereotipo de “amas de casa”, pero creo que sería mejor hacer explícita la idea de que la experiencia está destinada a niños y a niñas, ya que tiene como eje la búsqueda de la igualdad.

Se ha ganado terreno en el asunto de la realización equitativa de las tareas domésticas, pero todavía queda mucho camino por recorrer. Todavía decimos los hombres que “ayudamos” a nuestras parejas en las tareas de la casa,  que “colaboramos” intensa o mínimamente con  ellas, todavía hay hombres que cierran las ventanas para hacer las camas y todavía hay quien no se ha enterado de la injusticia reinante desde tiempo inmemorial.

El trabajo de la mujer fuera del domicilio, en muchos casos, ha venido a complicar las cosas en el aspecto que nos ocupa. Porque ahora la mujer tiene que desarrollar doble  trabajo: el de la casa y el de fuera de casa. He visto una viñeta en la que el marido se encuentra en un sillón de la casa tomando una copa y le pregunta su mujer que entra en la casa con un maletín de ejecutiva de no menor tamaño que el que se puede ver al lado del sillón.

– Cariño, ¿qué tenemos hoy para cenar’

Ana Sancho, la impulsora del proyecto, madre de dos hijos, tuvo esta iniciativa con el fin de impulsar la igualdad, la competencia en la realización de las tareas domésticas, la colaboración, la autonomía, la corresponsabilidad… Me expuso sus pretensiones, sus líneas de acción y me remitió a la información  que tienen colgada en la red y a la que he acudido para redactar este artículo.  Remito a ella al lector o lectora que esté interesado en la experiencia.

Convoca a escolares de centros en edades comprendidas entre los 8 y los 17 años. Acuden al Hotel en grupo (quiere subrayar la idea de equipo ya que dice que la familia lo ha de ser) y allí pasan tres horas de la mañana realizando tareas diversas. Les explica los objetivos, les propone las actividades, les pone unos petos, les da unas bolsas con confeti para que manchen pasillos y habitaciones,  y entrega una tablet a cada pareja en la que van viendo los vídeos que muestran cómo realizar las tareas.

Hay muchas formas de hacer una cama. Cuidar los detalles es una exigencia del trabajo bien hecho. No se pueden hacer las cosas de cualquier manera. Hay muchas formas de limpiar un lavabo. Hacerlo bien es una forma exigente de afrontar  las obligaciones. Hay muchas formas de planchar una camisa. Con qué mimo y cuidado lo hace Ana Sánchez. He visto algunos vídeos sobre las actividades que realizan los niños y las niñas en esas horas: planchar una camisa, usar la aspiradora, hacer una cama, limpiar un cuarto de baño…

Me ha llamado la atención que el epicentro de la iniciativa no esté en una escuela sino en un Hotel. Lo cual nos permite ver que todas las instancias de la sociedad pueden contribuir a la educación.

No sé lo que habrá pasado con los clientes del Hotel cuando hayan visto a un grupo de 25 escolares transitar por los pasillos y las habitaciones, aunque hayan trabajado de forma ordenada y silenciosa. Hay quien tiene alergia a los niños y a las niñas. Hay también Hoteles que ni siquiera los admiten como clientes. También en eso hay un punto de reflexión interesante. Las pequeñas molestias que puedan ocasionar los visitantes han de darse por bien empleadas si la experiencia acaba propiciando el cultivo de valores en la sociedad que habitamos. Porque la educación es un asunto de todos los ciudadanos y las ciudadanas de un país, no solo de los docentes que trabajan en los centros escolares o de las familias respecto a sus hijos. Los clientes de ese Hotel pueden contribuir a la mejor educación de su país siendo tolerantes y comprensivos, siendo incluso colaboradores con la experiencia. Ya sé que no pagan para eso ni por eso, pero sí pueden incrementar la sensibilidad colectiva  de la sociedad.

Dice Ana Sancho en los vídeos tutoriales que ha elaborado (más de treinta) que existe una inteligencia colectiva de la que surgen las iniciativas y los afanes de la mejora de la sociedad. Yo hablo además, como se ve,  de la sensibilidad colectiva.

La experiencia tiene poco tiempo. Por lo que yo sé empezó hace unos meses. Ya han acudido escolares de  Primaria de algunos centros y, al parecer, la experiencia ha tenido un éxito magnifico.  Están a la espera de recibir grupos de adolescentes. Es importante que en esas edades trabajen de forma práctica los valores de la convivencia.

Me ha gustado escuchar en uno de los vídeos a un profesor que iba a enviar a sus alumnos al Hotel para realizar la experiencia “Pequeños Amos de Casa”. La apertura de los centros escolares a la sociedad es imprescindible para que no se conviertan en guetos sociales.  Si tiene muros, no es una escuela.

Estoy seguro de que, desde una actitud autocrítica y abierta a la crítica de quienes participan y no participan en la experiencia, se podrá ir perfeccionando.. Todas las experiencias son perfectibles. La mejora está en la actitud humilde y en la voluntad denodada de los emprendedores. Las personas inteligentes aprenden siempre, las otras tratan de enseñar a todas horas.

Las cabras del rabino

2 Abr

Todas las personas, todos los grupos humanos, todos los países atraviesan etapas difíciles. A veces, muy difíciles. A veces, muy largas. En la vida y en la historia hay tiempos de bonanza y tiempos de conflicto.  Hay tiempos de tranquilidad y tiempos de crisis. Cuando tenemos etapas prolongadas de bienestar, pensamos que algo malo puede truncarlas.

- Qué tranquilos y felices somos hoy en casa al estar sin cabras. La vida es maravillosa ahora.

¿Cómo superar esas etapas complicadas en que la dificultad se adueña de la vida? ¿Cómo salir de ese túnel en que falta el aire y todo está oscuro? Es en la dificultad donde las personas muestras su fortaleza y su verdadera inteligencia.

Los docentes pueden atravesar etapas complicadas a lo largo de su trayectoria profesional. Se pueden encontrar con políticos incompetentes, directores e inspectores tóxicos, alumnos apáticos o ingobernables, colegas conflictivos, familias hostiles, fracaso en las pretensiones, sensación de incompetencia, desaliento ante las nuevas exigencias, agotamiento sin límites, incipiente o acrisolada depresión…

Me he imaginado muchas veces la sensación de frustración que tiene que sentir un docente que es incapaz de hacerse con la clase,  de mantener el orden y de conseguir una mínima atención de sus alumnos y alumnas… Me lo imagino yendo cada lunes al Colegio o al Instituto arrastrando el alma por el suelo… Como iba aquel condenado a muerte un lunes camino del cadalso diciéndose a sí mismo: “mal empiezo la semana”-¿Cómo sale del túnel si no tiene fuerzas para caminar?  ¿Quién lo ayuda?

He pensado muchas veces en los jóvenes docentes que han llegado a las aulas cargados de ilusiones y de buenas ideas y  que se han estrellado contra grupos que no solo no están dispuestos a aprender sino que tienen como propósito hacer la vida imposible a quien pretende enseñarles.

Imagino el caso de un exitoso opositor que acaba de aprobar las intrincadas pruebas y que, en su primer año, ve cómo el castillo de sus sueños es derribado por el viento huracanado de los desprecios recibidos en el aula, de la hostilidad de las familias y de la indiferencia del claustro. ¿A dónde puede ir si acaba de hacerse funcionario in  saecula saeculorum?

Una de las estrategias que ayudan a superar la dificultad es pensar que, por muy difícil que sea la situación, siempre podría ser peor. Hay que ser inteligentes para poder dinamitar la tristeza. Una buena dosis de ingenio y de sentido del humor pueden ayudar a salir de los momentos difíciles.

Leí hace tiempo un curioso relato en uno de los numerosos libros de Eduardo. Se titulaba “100 poderosos impulsos positivos par vivir mejor”. Reproduzco  la historia con los inevitables matices de in fidelidad que impone la memoria.

Un campesino judío con muchos hijos, tras sequías repetidas y sin medios económicos, dijo al rabino de su aldea que quería suicidarse parque la vida le resultaba insoportable.

–        ¿Quieres seguir un plan para cambiar de opinión y ser más valiente ante la vida?, le preguntó el rabino.

–         Sí, le prometo hacer cuanto me diga, dijo el campesino.

El rabino, entonces, le aconsejó:

–        Cómprate una cabra y llévala a vivir a tu casa.

–        ¿Cómo puedo convivir con un animal así y exponer a toda mi familia a sus molestias? Además, tengo que gastar un dinero del no dispongo para necesidades apremiantes.

–        Hazlo así y ven a verme la próxima semana.

Así lo hizo el labriego y a la semana siguiente acudió desesperado a ver al rabino.

–        No es posible vivir con un cabra. Todo ha empeorado.

–         No te inquietes, repuso el rabino. Esto es solo una parte del plan. Cómprate otra cabra y haces lo mismo esta semana.

Pidió dinero prestado a sus amigos, compró la segunda cabra y, muy angustiado, volvió una semana después, más resentido  y amargado que nunca.

–        Confía en mí y triunfarás. Haz una cosa. Llévate una tercera cabra a tu casa y la próxima semana ven a verme.

Nuestro hombre, en el límite de su desesperación, volvió dispuesto a decir que no seguiría más esos absurdos consejos. Y el rabino de dijo:

–         Ahora te queda la parte final. Vende una cabra, recupera el dinero  y ven a verme la próxima semana.

Pasado el plazo, informó de que se notaba más paz en su casa con una cabra menos, El rabino le sugirió que se deshiciera de la segunda cabra. Una semana después, el labriego consideró que era más tolerable vivir con una sola cabra y, cuando recibió el consejo de vender la tercera cabra, al volver confesó:

–        Qué tranquilos y felices somos hoy en casa al estar sin cabras. La vida es maravillosa ahora.

El rabino, entonces, dijo:

–        Ninguna contrariedad es tan grande como suponemos al principio. No hemos de desesperar nunca. ¡Siempre hay una situación peor!

Al cantar las excelencias de la profesión docente, no tenemos en cuenta muchas veces que hay profesionales que los pasan mal, que hay personas que sufren en el ejercicio de esa tarea, en sí excelsa pero también compleja.

No es fácil optar por el abandono, dado el alto costo que supone acceder a un puesto de trabajo y, más aún, si tiene esa persona es funcionaria. No es fácil tampoco  reconocer de manera definitiva el fracaso y arrojar la toalla.

Recuerdo la hermosa película de Bertrand Tavernier “Hoy empieza todo”. El título, según manifiestan los guionistas, se debe a la búsqueda de una expresión que fuese lo más alejada de la ficción, lo más opuesta al “Erase que se era…”. La película cuenta la historia de una escuela infantil, situada en los alrededores de París. El Director de la escuela, encarnado por el actor Phillipe Torreton, que pasó seis meses en una escuela infantil para conocer su estructura y su micropolítica, atraviesa una crisis que le lleva a la tentación del abandono.

–  “No puedo más”, es la expresión que utiliza, si mal no recuerdo.

En los brazos de su pareja encuentra las fuerzas y la idea de la superación: “organiza, le dice ella, una fiesta en la escuela que cambie todos sus grises por música y color”. Y así sucede. El Director resurge de las cenizas de su desaliento.

Entregarse a la derrota, capitular ante las adversidades, abandonar el empeño, nos deja instalados en la tristeza y el pesimismo. Creer que se puede superar la crisis,  luchar para salir de esa situación y encontrar el camino de la ilusión y de la alegría resulta fundamental no solo para la persona en crisis sino para los alumnos y las alumnas.

Los túneles, por definición, tienen entrada y salida. El problema es sentarse en el medio lamentando que todo esté tan oscuro y llorando porque no se respira fácilmente.  Creer que se puede salir es la mitad del camino de salida.

Déjame que te cuente

19 Mar

Los organizadores de las IX  Jornadas d´Educació Infantil de Menorca  tuvieron la gentileza de invitarnos a mi hija Carla y a mí a impartir, al alimón, la conferencia de Clausura de las mismas el pasado sábado día 12 de marzo, en la ciudad de Mahón.

Lo primero que hicimos fue plantear, de forma sucinta, los ejes de la narración: cinco tomos en los que se recogen las relatos que voy haciendo, a pie quebrado libre y a página por relato, desde su nacimiento hasta la fecha.

Las Jornadas tenían por título “Hi havia una vegada…”, algo así como “Había una vez…”, “Érase que se era…” y se centraban en el estudio de la narrativa. En el programa había enfoques teóricos y experiencias prácticas de diverso tipo, individuales y colectivas.

ºswMe presentaron. Carla se presentó e iniciamos la exposición. Lo primero que hicimos fue plantear, de forma sucinta,  los ejes de la narración: cinco tomos en los que se recogen las relatos que voy haciendo, a pie quebrado libre y a página por relato,  desde su nacimiento hasta la fecha.

Escribo en el libro sin borrador previo, a mano, sin tachadura alguna. No. todos los días, claro., aunque le llame diario. Y, por el contrario, algún día puedo escribir varios textos. Carla contó que, algunas veces, me sugiere que incorpore alguna anécdota que acaba de suceder:

– Papá, esto lo tienes que escribir en mi libro.

Se me preguntará por qué escribo el diario a pie quebrado libre, sin  utilizar ningún tipo de métrica. Ya lo hice así cuando escribí “Yo te educo, tú me educas”, libro traducido al portugués con el título “Uma pedagogia da libertaçao. Crónica sentimental de uma experiência”. Es la narración de mi primer año como Director de un Colegio en Madrid. La única respuesta que tengo a esta pregunta es decir que los sentimientos y el pensamiento me fluyen así, que me sale así, que es así como espontáneamente me expreso en esos casos.

Comentamos cuáles eran los ingredientes y las finalidades de esas narraciones: Pretenden ser una biografía sentimental para Carla en la que encuentre explicada y vivida toda su infancia: fechas especiales, caída de dientes, cumpleaños, fiestas, viajes, enfermedades, expresiones… Hay mucho humor y mucho ingenio en las páginas ya que son fruto de la espontaneidad de una niña que  crece felizmente…

En las páginas de estos libros (como objetos son preciosos y distintos) voy pegando fotos, billetes de avión, entradas a museos, invitaciones de cumpleaños, dibujos de Carla… Pero lo más importante es el texto.

Pensé en hacer una exposición aglutinada sobre ejes temáticos: lenguaje, escuela, viajes, fiestas, cumpleaños, familias, animales… Y luego me decidí por utilizar un orden cronológico que permitiera ver más claramente la  evolución psicológica…

Las historias sobre lenguaje son siempre sugerentes: Carla dice, por ejemplo,  que no endulza más el cola-cao porque se va a poner “azucaroso”; mientras muevo la mecedora, me dice que soy el mejor “mecerista” del mundo; expresa el deseo de yo me muera de “viejedad”;  le dice a su madre que prefiere que se ponga sentimental y no “argumental”; en una Primera Comunión habla de la “comunionera”…  Los relatos de animales son siempre entrañables: dice que su perrita Miluca es muy andaluza porque come pan con aceite, les habla en inglés a unos caballos irlandeses “porque no son españoles”…

De los 720 textos escritos elegimos  45, dos, tres o cuatro por año, de 2005 a 2016. Carla y yo fuimos alternando la lectura con pequeños comentarios y algunas proyecciones sobre pantalla.

Luego hicimos referencia a ocho textos especiales (no cronológicos), ocho relatos de  relevancia  singular por un motivo  u otro.  Haré mención a tres de ellos. El primero se refiere a la historia que inventamos para quitarle el chupete. El relato se titula El hada de los chupetes.  Anunciamos en días previos que iba a venir el Hada de los Chupetes a pedir que se lo entregara. Hinchamos varios globos con helio en el jardín, atamos al extremo del manojo sus chupetes y ella soltó el manojo que se perdió en el cielo. El Hada de los chupetes lo recogería allí.  Como recompensa a esa generosidad, el Hada dejó sobre su cama un hermoso patinete. No hubo más problema que su pregunta al acostarse:

-¿Mi chupete?

– Se lo has regalado al Hada, ¿recuerdas? ¿Quieres devolverle el patinete?

– No, eso no.

Una médica de familia, amiga nuestra, tiene en la puerta de su consulta el texto “El Hada de los chupetes”, que  fue publicado hace años en este mismo espacio. Ella lo ofrece como una estrategia para que los niños y las niñas abandonen sus chupetes con facilidad y con un poquito de magia.

El segundo relato se refiere a la carta que le escribe a Carla un grupo de profesores chilenos. Había iniciado el viaje (ella tenia siete años) con una severa admonición:

– Papá, tus viajes me van a arruinar la vida.

Se lo conté en una comida a mis colegas chilenos y alguien decidió escribir una carta a Carla en la que le pide que les deje compartir el corazón y la sabiduría de su papá ya que – dicen- va a repartirles el polvillo de hadas que se les ha perdido y que necesitan para dar las clases. Una hermosa carta que conservo con cariño.  Carla les contesta:

–        He visto que mi papá es importante para vosotros, pero es más importante para mí. Por eso la próxima vez irá dos días pero no ocho.

El tercer relato es una pequeña historia sobre la que el pedagogo y dibujante Francesco Tonucci (FRATO) ha hecho y publicado una simpática viñeta. Cuando Carla tenía cinco años, camino del cole, me dijo:

–           Papá, yo no quiero tener las tetas grandes.

.      ¿Por  qué,  Carla?

–           Porque se da peor la voltereta.

Terminó nuestra exposición entre aplausos, que agradecimos, emocionados.

Quiero cerrar el artículo con algunas breves reflexiones sobre la importancia de la narración.

–            En este tipo de relatos, tiene importancia plasmar los sentimientos y no quedarse solamente en la descripción aséptica de lo hechos.

– Es interesante que los hijos y alumnos nos vean escribir, porque los niños que ven a sus padres y maestros escribiendo, verán la escritura como algo importante y se sentirán invitados a imitarlos.

–        Hay que amar la escritura, hay que disfrutar escribiendo. Escribo para ella, pero también escribo para mí. Escribo dialogando con ella. Me la imagino muchas veces, ya de adulta, rememorando su infancia a través del tamiz de mis sentimientos.

– Finalmente, este tipo de historias puede escribirse respecto a los hijos, a la pareja, a los alumnos, a los amigos, a los compañeros… En definitiva, respecto a las vivencias que tenemos con otras personas. Hay que poner la vida por escrito. Hay que invitar a escribir. Porque a escribir se aprende escribiendo.

Tengo que pediros perdón

27 Feb

No sé cuántos alumnos y alumnas míos leeréis este artículo, que tiene el formato literario de una carta, afortunadamente no póstuma. Va dirigido a todos y a todas quienes, en una etapa u otra de mi vida docente, estuvisteis en un aula conmigo. Lo escribo para pediros perdón. Ya jubilado definitivamente de mi vida laboral (la jubilación debería ser un derecho, pero no una obligación), voy a dirigirme a todos y a todas para disculparme por las omisiones,  los errores y las deficiencias.

Pues sí, lo confieso, pido perdón. No sé cuántos accederéis a estas palabras, a estos sentimientos. No sé cuántos y cuántas tendréis motivos para sentiros aludidos. Y, sobre todo, no sé cuántos accederéis a concederme lo que pido. Con que haya uno, me daría por satisfecho.

He pasado por el nivel de Primaria (años inolvidables en el Colegio Auseva de Oviedo), luego por Bachillerato (en el Instituto San Pelayo de Tui) y en el Colegio La Vega de Madrid donde, además de ser director, impartí clases de Filosofía. Y, posteriormente, por la Universidad en tres etapas diferentes: la Complutense de Madrid (también tutor de la UNED), Universidad CEU San Pablo de Madrid y la Universidad de Málaga. He participado también, dentro y fuera de España, en muchas experiencias docentes.

Es probable que algunas de esas experiencias hayan sido tan anodinas que ni siquiera me recordéis como profesor vuestro. Se habrá borrado de vuestra memoria no solo el contenido de las materias que pretendidamente enseñaba sino el nombre de la asignatura y también el mío como profesor. No me hago ilusiones. Sé que para algunas personas el paso por mis manos no habrá dejado el más mínimo recuerdo. Y bien que lo siento. Los docentes somos, a veces, presuntuosos. Creemos que nuestra huella no se borrará nunca, cuando acaso ni siquiera hayamos dejado huella alguna.  Somos el camino que se recorre y se olvida.

Peor es el caso de haber hecho daño. Daños irreparables que causa quien tiene poder. Bromas pesadas, trato discriminatorio, comparaciones hirientes, desprecios más o menos visibles…

No hay  posibilidad alguna de dar marcha atrás. No se le puede dar la vuelta al tiempo. Lo hecho, hecho está. Lo dicho, dicho está. Lo omitido, omitido está. Pero sí se puede hablar sobre lo dicho, lo hecho y lo omitido.  Y pedir perdón cuando sea el caso.

No cabe la menor duda de que cometí fallos. Muchos quizás. Algunos de carácter genérico que afectaban a todos los miembros del grupo. Otros particulares, que tuvieron como víctima a una sola persona.

Tengo que decir, antes de seguir,  que ninguno de esos fallos ha sido premeditado, planificado, realizado con intención de hacer daño. Al menos, que yo recuerde. Ya sé que la memoria es selectiva y tiende a recordar con más vigor lo que ha sido positivo en la vida.

El primer motivo por el que pido perdón es por no haber sido más competente, más innovador, más entusiasta, más creativo, más esforzado…  A veces pienso en la diferencia que hay entre un profesor fuera de serie, uno del montón y uno catastrófico. Qué suerte o qué desgracia para un alumno caer con uno o con otro. No es igual ser alumno de Paulo Freire que de un profesor anodino. No es lo mismo estar en un aula con Freinet que con un profesor incompetente. No es ni parecido ser alumno de Emilio Lledó que  de un profesor universitario torpe y adocenado. A mí me hubiera gustado ser no un profesor del montón, sino de ese montón aparte que forman los profesores excepcionales.

Sin duda habrá quien no fue alcanzado por  las estrategias de motivación que puse en marcha. Cursos o asignaturas sin pena ni gloria. Clases aburridas que mataron el deseo de saber. Perdón, pues.

Pienso, sobre todo, en aquellos que se sintieron postergados, poco o mal atendidos, arrinconados en la parte más alejada del corazón. Hay alumnos y alumnas más audaces, más atrevidos, más visibles. Pido perdón a quienes estuvieron en la sombra y  para los que no hubo un rayo de luz que iluminase su silencio, su desánimo o su desinterés.

Tengo que pedir perdón por las contradicciones en las que he incurrido cuando he hablado de la motivación teniendo dormido al auditorio, o de la atención a la diversidad en un aula con más de cien alumnos, o de la creatividad al dictado o de la participación teniendo sojuzgados a quienes me escuchabais o de la evaluación cualitativa cuando yo acababa poniendo un 7. Y por las contradicciones vitales, que son más graves.

Por las promesas incumplidas, las ilusiones truncadas, las expectativas no satisfechas, las evaluaciones superficiales, las relaciones  frías, las miradas indiferentes… Y por no haber sido capaz de detectar un gran dolor o una gran desesperación.

Por las comparaciones que haya realizado en las que alguien se haya sentido herido o molesto. Por las bromas realizadas que hayan resultado hirientes y por las no entendidas si venían de vosotros.

Por las tutorías no atendidas o mal atendidas. Por las prisas cuando he tenido que atenderos y he mirado el reloj o me he mostrado cansado.

Por la escasa preparación de las clases que, de haber intensificado, hubiera dado mayor mordiente, interés, profundidad o riqueza a los procesos de enseñanza.

Por la evaluación excesivamente indulgente o excesivamente  rigurosa. Por los sobresalientes regalados y los suspensos injustos. Y por la falta de diálogo que haya habido sobre todas estas cuestiones.

Por no haberme coordinado con mis colegas y haber repetido ideas o experiencias ya sabidas y no haber abordado otros planteamientos necesarios.

Por la escasa sensibilidad a la crítica y el bajo ejercicio de la autocrítica. Habréis querido decir cosas y la lejanía emocional o el temor a una reacción dura o indiferente os habrá impedido formular críticas y demandas.

Por no haber facilitado la libertad de expresión cundo así lo hayáis sentido. Sé que existe poder en las instituciones, en las aulas, en las evaluaciones. Un poder que se ejerce a veces por inercia, a veces por comodidad.

Por no haberme aprendido todos los nombres de todos y de todas, unas veces por pereza, otras por torpeza, algunas por prisa, otras por despiste, otras por desaprensión…

Por no haberme sabido adaptar a cada  uno de vosotros, atender las demandas particulares, detectar los miedos, las preocupaciones, los temores, los deseos, las ilusiones… Sobre todo cuando he tenido grupos numerosos es fácil que me haya dirigido en las clases a un tipo de ”alumno medio” que es el único que no existía.

Por los sueños que no haya despertado y por los que he podido truncar al romper las  expectativas de quienes llegasteis a la clase con más ilusión de la que luego salisteis. En definitiva, si así fue, por haberos defraudado.

Mientras escribo, tengo a mi lado a mi hija Carla (11 años). Le he dicho:

–        Estoy escribiendo una carta a los alumnos y alumnas que he tenido a lo largo de mi vida para pedirles perdón por lo que haya hecho mal con ellos y con ellas. ¿Qué te parece?

Y ella me ha dicho:

–        Muy confesativo.

Pues sí, lo confieso, pido perdón. No sé cuántos accederéis a estas palabras, a estos sentimientos. No sé cuántos y cuántas tendréis  motivos para sentiros aludidos. Y, sobre todo, no sé cuántos accederéis a concederme lo que pido. Con que haya uno, me daría por satisfecho.

El paradigma de la colegialidad

13 Feb

Paradigma es un término de origen griego que significa modelo, patrón o ejemplo. El paradigma es una teoría, un modo de ver la realidad, un conjunto de principios que da coherencia y sentido a la visión de la misma. El término colegialidad es un concepto utilizado para identificar la calidad de la unión entre las personas que trabajan de forma coordinada y colaborativa con un fin u objetivo común.

No hace falta insistir mucho para comprender que si todos reman en las misma dirección se avanzará más rápida y fácilmente. Y los remeros se sentirán más satisfechos, unidos y motivados.

Debería concebirse la escuela como una unidad funcional de planificación, intervención, innovación y evaluación. Su acción educativa resultaría así eficaz para el desarrollo de las competencias del alumnado y para la satisfacción y el aprendizaje del profesorado. Todos a una, no cada uno a lo suyo.

Me gustan las experiencias que se configuran en torno a proyectos ambiciosos e innovadores que desarrolla un equipo de docentes cohesionado, comprometido y estable. Pienso en la experiencia del IES Cartima (en la Estación de Cártama, Málaga), nombre que fue elegido en un proceso democrático por toda la comunidad educativa. El proyecto, al que remito al lector o lectora (hay mucha información en la red), se presentó en la Delegación Provincial de Educación, fue aprobado y está siendo desarrollado desde 2014 por un equipo de docentes entusiastas. Tres ideas fundamentales: proyecto compartido, equipo cohesionado y trabajo intenso. El paradigma de la colegialidad.

Loa centros escolares, en general, funcionan, bajo el paradigma de la individualidad. El adjetivo posesivo “mi” tiene una inusitada preponderancia en la vida de la escuela: “mi” clase, “mi” despacho, “mis” alumnos o alumnas, “mi” horario, “mis” materiales, “mis objetivos”… Lo que prima en este paradigma es una visión particular, unos objetivos individuales, una actuación aislada. Tiene menos presencia el posesivo plural “nuestro”. Se habla poco de “nuestro” proyecto, “nuestros” alumnos, “nuestros” objetivos, “nuestra” escuela, “nuestra” programación, “nuestros” problemas, “nuestros” éxitos o fracasos…

No solo se ve la diferencia en el lenguaje. También las prácticas acentúan el individualismo. Cada uno tiene un horario de actuación solitaria, una disciplina particular, unos objetivos específicos de asignatura, una clase determinada, un estilo propio (cada maestrillo tiene su librillo)… La fragmentación del curriculum lleva al ejercicio profesional aislado, en horarios que se integran en cuadrículas: de 9 a 10 matemáticas, de 11 a 12 inglés, de 12 a 13 educación física… Apenas si tiene fuerza la idea de un fin común y de unas actitudes cooperativas, de un trabajo coordinado… Cada uno va a lo suyo, perdiendo la perspectiva de pertenencia a un proyecto colectivo. De lo de todos se ocupa, en el mejor de los casos, la dirección de la institución. O la inspección. O la Administración.

El individualismo tiene efectos debilitadores sobre el proyecto global de la escuela pero, también, sobre la actuación de cada profesional. No se formulan con asiduidad cuestiones colegiadas: ¿qué tipo de ciudadano/a queremos formar?, ¿es así como se forma?, ¿qué proyecto posibilita el logro de los objetivos comunes?, ¿estamos consiguiendo lo que pretendemos?, ¿qué habría que cambiar para mejorar lo que hacemos?… Me gusta decir que no hay alumno que se resista a diez profesores que estén de acuerdo. Si cada uno camina en una dirección diferente, los esfuerzos se desvanecen o se debilitan.

Los teóricos ingleses de la organización dicen que la escuela es una institución “loosely ccupled”, es decir débilmente articulada. La coordinación suele ser en ella muy débil. La coordinación vertical, de unos cursos a otros. La coordinación horizontal de todos los profesionales que entran en una clase. La coordinación integral que mira por el desarrollo del proyecto.

Si a las 10 de la mañana de un lunes se dan cuenta en la fábrica de coches Ssang Yong, que el departamento que está fabricando el chasis de los coches, está dejando un hueco para las puertas un poco más pequeño que las puertas que fabrica otro departamento de la fábrica, ¿cuánto tipo tardarán en ponerse a solucionar el problema de la descoordinación? No tardarán ni un segundo en ponerse manos a la obra. O cambia un departamento, o cambia el otro o cambian los dos. No tiene ningún sentido que sigan indefinidamente fabricando piezas que no encajan. Traslado la pregunta al centro escolar: ¿cuánto tiempo tardarán en coordinarse los profesores de 1º y 2º de la misma disciplina? La respuesta es bien sencilla: no se sabe. Quizás hasta que se jubile uno de los dos.

Si una familia acude al profesor de 2º interesándose por lo extraño que resulta que en 1º todos los alumnos consiguieran notas excelentes en la asignatura y en 2º todos hayan fracasado, el profesor de 2º dirá, probablemente:

– Miren ustedes, no quiero hablar mal de mis compañeros, pero así me han venido del curso anterior.

La descoordinación se puede detectar en cómo cambian las cosas cuando sale un profesor de una clase y entra otro. No es que cambie el contenido disciplinar (que cambia), es que cambia todo: el estilo, el método, la evaluación, la concepción de la enseñanza… A uno le tienen que tratar de usted e incuso de don y a otro se le puede llamar por un simpático mote…

En cuanto a la coordinación integral de todo un equipo pueden existir discrepancias clamorosas: mientras una profesora se dedica a desarrollar un programa de coeducación, quienes están en la sala de profesores se permiten hacer las bromas más soeces de la comarca sobre algunas compañeras.

La colegialidad exige unas concepciones compartidas que permitan entender, planificar, desarrollar y evaluar de forma cohesionada y coherente una institución. El problema empieza a gestarse en la forma de constituirse la plantilla docente, cuando ésta se configura por aluvión. Cada uno llega al centro por caminos y por motivos distintos. No se configura la plantilla en torno a un proyecto, a una forma similar de concebir la tarea. Se acentúa con la falta de tiempo que requiere la coordinación. Para plantear un proyecto común hace falta proponer, dialogar, acordar, decidir… Se
intensifica con un cúmulo de prescripciones exagerado que rompe la autonomía de la escuela. Dice Papagiannis que los profesores tienen mucha autonomía, la misma que tiene un conductor de coche para poner en el radiocasette la música que más le guste. Se enquista cultivando actitudes individualistas, competitivas, cerradas e indiferentes a los problemas ajenos y culmina con un tipo de dirección autoritaria que piensa por todos, decide por todos y se responsabiliza de todo.

La acción educativa tendría más potencia en la medida en que fuese el fruto de la planificación y de la acción colegiada. Pienso también en la familia.

No hace falta insistir mucho para comprender que si todos reman en las misma dirección se avanzará más rápida y fácilmente. Y los remeros se sentirán más satisfechos, unidos y motivados.