¡Fuego, fuego!

19 Nov

Hace falta ingenio para sobrevivir. El Diccionario de la RAE define ingenio como “la capacidad que tiene una persona para pensar con rapidez y claridad”. Y también como “la capacidad que tiene una persona para imaginar o crear cosas útiles combinando con inteligencia y habilidad los conocimientos que posee y los medios técnicos de que dispone”. Los ingredientes del ingenio son, pues: imaginación, inteligencia, rapidez, claridad, adaptación y eficacia.

El ingenio nos permite salir adelante en situaciones de imprevista dificultad.

Dice Carlo Dossi que “el ingenio está constituido por un tercio de instinto, un tercio de memoria y un tercio de voluntad”. No crece de forma automática. Es como una semilla que se siembra. Hay terrenos en los que muere inexorablemente: en la rutina, el adocenamiento, la sumisión, la pereza, y el pesismismo. Hace falta abonar esa planta, regarla, podarla y protegerla de plagas y tormentas.

El ingenio nos permite salir adelante en situaciones de imprevista dificultad. Uno de sus elementos básicos es que se adapta al contexto concreto, se acomoda flexiblemente a las exigencias del lugar y del momento.

De cuántos atolladeros nos podría sacar el ingenio. Qué importante sería utilizarlo para buscar y encontrar salidas particulares y generales a esta crisis que nos asedia.

Un borracho deambula sin rumbo fijo por una ciudad. Después de dar un traspiés, cae en una cloaca y empieza a gritar:

– ¡Fuego, fuego!

Acuden en su auxilio, apresuradamente, algunos transeúntes y le rescatan. Uno de ellos le pregunta:

– ¿Por qué decía usted “fuego, fuego”, si no lo había?

Él contesta de manera irrefutable:

– ¿Habría acudido alguno de ustedes si hubiera gritado: “¡mierda, mierda!”? (más…)

Por qué votaré a la izquierda

12 Nov

Ya sé que las encuestas son favorables a la derecha española. Veo eufóricos a sus líderes porque se sienten a unos centímetros del poder. Ya nadie cuestiona a su candidato porque será quien reparta puestos y prebendas. Después de ocho años de espera, le ha llegado a la derecha, probablemente, el momento de la victoria. Pero yo votaré a la izquierda, estaré al lado de los hipotéticos perdedores y voy a explicar por qué.

Pero yo votaré a la izquierda, estaré al lado de los hipotéticos perdedores y voy a explicar por qué.

Diré, antes de justificar mi voto, que iré a votar. Creo que es una obligación ciudadana a la que no se debe renunciar. Ni todos los políticos son malos ni todos son iguales. El ejercicio de votar es el único que permite decidir quiénes van a tener la responsabilidad y el honor de gobernar a un pueblo. No votar es dejar las decisiones en manos del azar o de los demás. Y reconocer implícitamente que sería mejor que un caudillo o un salvador nos gobernase.

Votaré a la izquierda, aunque parezca torpe apuntarse al caballo perdedor. Y aunque parezca equivocado no sumarse al coro de críticas (unas fundadas, otras no tanto) a quien ha gobernado en los últimos ocho años. La moda es criticar. Pero criticar no es demoler, es discernir.

La gestión que Zapatero ha hecho de la crisis ha sido amplia y duramente criticada. Y a, veces, con razón. No vio venir el tsunami, actuó cuando ya estaba encima, con lentitud, titubeos y a bandazos. Leí hace poco en un periódico de Buenos Aires cómo la crisis había barrido a muchos gobernantes. Rajoy probará, si es elegido, una buena dosis de ese brebaje envenenado. La persona de Zapatero (a la que respeto y admiro como la de un político honesto y bienintencionado) ha sido vapuleada sin piedad por una parte de la sociedad y por la oposición. Ha sido el chivo expiatorio de una situación catastrófica. (Tengo la lista de calificativos que el señor Rajoy le ha dedicado en las dos legislaturas, entre los que merecen citarse: ”bobo solemne”, “cobarde sin límites”, “irresponsable”, “grotesco”, “inexperto”, “antojadizo”, “veleidoso”, “inconsecuente”, “indigno”, “perdedor complacido”, “sectario”, “radical”, “agitador”, “ambiguo”, “impreciso”, “débil”, “incapaz”, “frívolo”, “que da coces”, “que chalanea con los terroristas”, “que tiene de adorno la cabeza”… ). Demasiada agresividad gratuita.

La oposición (que debería llamarse alternativa para no caer en el error de que su deber es oponerse a todo, incluso a lo que es favorable para el país) ha criticado el no tomar medidas contra la crisis y, cuando se han tomado, no las ha apoyado. A mi juicio ha actuado de forma incoherente e irresponsable.

Se han hecho muchas atribuciones interesadas que, al repetirse como slogans, han acabado por convertirse en verdades para una buena parte de la ciudadanía: “los cinco millones de parados que ha generado Zapatero”, “la división que su política ha producido en el país”, “la pérdida de valores que ha provocado”, “la dilapidación de la herencia recibida”, “el fracaso de la educación”, “la venta del país a los nacionalistas”, “la radicalización de las actitudes”, “la fragmentación de España”, “la cesión ante los terroristas” …

Es probable que todo el dolor, toda la rabia, toda la , indignación, todo el descontento caigan sobre quien ha gobernado durante la crisis. Como si el cambio de gestores garantizase automáticamente el hallazgo de las soluciones. Se verá pronto que no es así.

Sé que han existido en la política nacional, en la autonómica y en la local comportamientos torpes e, incluso, torticeros concebidos en la mente y salidos de las manos de políticos de izquierdas. Y he de decir que esos comportamientos me parecen deleznables en una democracia porque suponen un abuso de la confianza entregada por la ciudadanía. Comportamientos que me duelen más y desapruebo con más contundencia cuando se producen en la izquierda.

Voy a tratar de explicar las razones por las cuales depositaré mi confianza de nuevo en la izquierda. Es una obligación meter en la urna un voto argumentado, un voto racional.

Votaré a la izquierda porque, en todas las cuestiones esenciales de la vida pública, encarna lo que considero un ideario más elevado, más progresista, más cercano a los desfavorecidos, más abierto de mente, más sensible a los problemas de la sociedad. Concretaré.

Cuando se trata de defender la enseñanza pública, la izquierda se muestra más sensible, más cercana a una concepción del sistema educativo de calidad para todos y para todas.

Cuando se dirime la cuestión de lo público y lo privado, la izquierda se muestra más preocupada por quienes no tienen nada o tienen poco y rehuye la filosofía de que quien tenga dinero tendrá enseñanza, quien tenga dinero tendrá sanidad, quien tenga dinero, tendrá seguridad…

Cuando se trata de separar el poder de la Iglesia y del Estado, la izquierda está por la labor de que cada poder mantenga su parcela sin interferencias de la Jerarquía en la ordenación de la vida y costumbres de la ciudadanía.

Cuando se procede a repartir los bienes, abundantes o escasos, tiene una mayor sensibilidad para los desfavorecidos, para los pobres, para quienes Paulo Freire denominaba “los desheredados de la tierra”.

Cuando se legisla sobre el aborto es más sensible con el problema de las mujeres. Y no manipula la realidad con frases huecas y consignas tramposas. Nadie está a favor de la muerte. Nadie está a favor del asesinato. Nadie está contra los inocentes indefensos. Se pretende estar del lado de la libertad y de lado de la dignidad. Me gustaría saber cuántos votantes de la derecha, indignados contra la ley del aborto, han acudido luego a practicarlo a escondidas.

Cuando se trata de defender los derechos de los homosexuales, está más cerca de quienes sufren que de quienes han ejercido la violencia xenófoba durante siglos y de quienes siguen ejerciéndola ahora de forma más sutil. Les reconoce su dignidad y sus derechos a emparejarse y a ejercer de padres y madres.

Cuando se revisa la historia, pretende recuperar el derecho de quienes fueron destruidos por la violencia y pasaron cuarenta años de silencio y de oprobio, Pretende reconocer derechos, no abrir heridas.

Cuando se pretendía acabar con ETA pedía la autorización del Parlamento para sentarse a negociar, reconociendo que la palabra podía aportar más que las armas y las cárceles. Pensaba que era malo matar, pero que era bueno sentarse con quien mata para conseguir que no lo siga haciendo.

Cuando se plantean adhesiones o decisiones sobre la guerra, la izquierda es más reticente y, a la vez, más propensa a la negociación y a la palabra.

Cuando se proponen acciones sociales, la izquierda tiene más sensibilidad para atender a quienes tienen necesidades apremiantes, como ha sucedido en el caso de la Ley de dependencia.

Cuando se plantea la decisiva cuestión de la igualdad entre hombres y mujeres, la izquierda crea un Ministerio de Igualdad (lamentablemente desaparecido) que es objeto de brutales descalificaciones y de inadmisibles bromas por parte de la oposición.

Cuando hay conflictos laborales está más cercana a los trabajadores que a los empresarios. Es decir, está más cerca de quienes tienen menos dinero y menos poder.

Cuando se legisló sobre el matrimonio, legalizó el divorcio, que hoy nos parece a todos un derecho sin el cual estaríamos condenados a mantener una relación desgraciada de por vida. La derecha, que se opuso, tiene entre sus militantes y admiradores, no pocos separados y separadas, divorciados y divorciadas que rehicieron oportunamente sus vidas.

Lo mismo sucede con otras cuestiones de capital importancia: la eutanasia, el medio ambiente, la cadena perpetua, la gratuidad de la enseñanza… Es otro modo de ver la vida, de ver la sociedad. No es igual una posición que otra, como algunos sostienen.

Votaré a la izquierda. Sin decir que de un lado estén los buenos y del otro los malos. No. No lo digo. Porque esa dicotomización es un grave error y una lamentable injusticia.

Enhorabuena a quien gane. Aunque sería más certero poder felicitar a la sociedad por el hecho de que quien salga ganador garantice mejor la defensa de los intereses de todos y de todas en una sociedad libre y justa.

El éxito como ley

5 Nov

La competitividad se ha convertido en una exigencia inexorable. Hay que ganar. Hay que ocupar un puesto preeminente en la escala correspondiente. La que sea. O mejor, en todas. Digamos que el medio se ha convertido en el fin. Obtener un lugar de preferencia en lo exámenes de PISA, por ejemplo, es el objetivo de la educación. No un medio para mejorar, sino el fin que conseguir.

Cuando el éxito se convierte en la ley, poco importa la naturaleza de los medios.

En educación, en política, en negocios, en ventas, en deportes, en audiencias…. Hay que ganar. Entre países, entre provincias, entre comunidades, entre escuelas, entre clases, entre alumnos, entre hermanos.

– ¡Si fueras como tu hermano!, dice la madre con un gesto de tristeza ante el boletín de notas del hijo que ha fracasado en los exámenes.

Están menos orgulloso de él. Hasta le quieren menos. Como si el amor se comprase con sobresalientes. Como si hubiese que ser el primero para ser querido. Pero el amor es gratuito.

Y, a veces, para ganar vale todo. Comparar no sólo es una manía. Se trata, más bien, de una perniciosa y muy poco rigurosa forma de pensar. A veces se oye decir, por ejemplo, que tal o cual deportista es el mejor de toda la historia. Como si se pudiera comparar a un boxeador con un futbolista, a un arquero con un corredor de fondo, a un tenista con un lanzador de jabalina. Y a todos ellos con un ciclista. Como si fuese posible hacer una escala comparativa entre personas de distintas épocas, de distintos lugares, de diferentes condiciones. Qué manía. ¿Se podría decir que la catedral de León es más hermosa que el cuadro de las Meninas o que éste tiene más valor artístico que el Discóbolo de Mirón?

Lo que cuestiono es el absurdo y nocivo afán de la competitividad, de las clasificaciones. Se ha convertido en un tópico el decir que hemos de ser “competitivos”. Desde esta perspectiva, los demás no son compañeros, sino competidores y rivales. ¿Sería razonable ayudar a los competidores?

Parece que si una persona no es la primera, ya no es nada. Y primero sólo hay uno. La competitividad lo preside todo, lo adultera todo. Algunos padres presionan a sus hijos para que sean primeros en una competición, para que obtengan mejores notas que los otros, para que finalicen el torneo como campeones. De poco sirve el esfuerzo si no se ha llegado a ese fin.
La filosofía de la competitividad tiene mucho que ver con la injusticia (porque cada persona parte de unas capacidades y de unas condiciones diferentes), con la superficialidad (porque no se llega a la esencia de las cosas), con el engaño y las apariencias (porque no se consideran los efectos secundarios y los de largo plazo)… Existen infinitas formas de mentir. Una de ellas es la de las estadísticas. Recuérdese aquella curiosa historia del restaurante que fue denunciado por incorporar excesiva carne de caballo en las albóndigas de pollo. El dueño afirmó que mezclaba las carnes a un cincuenta por ciento. Confidencialmente le explicó a un amigo que la proporción era un caballo por cada pollo.

El éxito del deporte en un país no se ve en la satisfacción de los niños y niñas que lo practican sino en el número de medallas que alcanzan los deportistas de élite. El triunfo de un colegio es el número de aprobados en la selectividad (no importan los medios, no importa el trabajo, no importan las consecuencias…), la obsesión de un equipo es conseguir el título de campeón…

Y así se hacen clasificaciones de los mejores colegios del país, se realizan escalas de belleza, se confeccionan taxonomías de resultados… Casi nunca se analiza de qué condiciones se parte. Pocas veces se piensa en el esfuerzo realizado, difícilmente se valora la situación de los que no obtienen el éxito…

¿Qué sucede con los índices de audiencia de los programas de televisión? Lo importante es conseguir el mayor número de espectadores: no importa la calidad del programa, no importan los medios, no importan los contenidos… Un público no formado o deformado rechaza un programa de educación… Y un programa de zafiedades ocupa el primer lugar en los índices de audiencia. Ese es el programa que triunfa, el que se mantiene año tras año. Verdad es lo que todos dicen que es verdad. Recuerdo aquel perspicaz grafiti: Comamos mierda, millones de moscas no pueden equivocarse.

Cuando el éxito se convierte en la ley, poco importa la naturaleza de los medios. Vale todo: pisar al otro, hacer trampas, decir mentiras, sobornar al poderoso… Cuentan que dos cazadores se vieron implicados en un pleito. Uno de ellos le preguntó a su abogado si no sería una buena idea enviarle al juez unos jamones. El abogado se mostró horrorizado. El juez en cuestión era una persona que se enorgullecía de su incorruptibilidad. Un gesto como éste produciría justamente el efecto contrario. Una vez concluido y ganado el juicio, el cazador invitó a su abogado a cenar y le agradeció el consejo referente a los jamones. ¿Sabe usted? Al final acabé enviando los jamones al juez… bajo el nombre de nuestro oponente.

El momento que atraviesa nuestra sociedad es muy peligroso. Impera la filosofía del éxito. La exacerbación de las leyes del mercado, de la competitividad y de la eficacia han generado un clima en el sólo cuenta la eficacia. Se hace necesario romper el sofisma que asola el discurso pedagógico y político: Lo eficaz es verdadero, lo verdadero es justo, luego lo eficaz es justo. Se declara la ley la extrema competitividad, pero sin tener en cuenta el punto de partida de los que compiten. Es como organizar una carrera pretendidamente justa (el mismo punto de salida, idéntico trayecto para recorrer, exacto momento de inicio…) sin tener en cuenta que un deportista es cojo, que a otro le falta una pierna, que otro está desnutrido, que alguno tiene atadas sus piernas a un poste y que otro tiene amarrada al pie una enorme bola de hierro… La carrera es justa: que gane el mejor.

Todo es cuestión de puestos. Por eso es tan fácil la trampa. En una competición de dos, el que se había clasificado en segundo lugar era calificado como “último” por su adversario y como “segundo” por él mismo. Por contra, el otro era declarado “penúltimo” por su contrincante mientras éste dejaba para sí mismo el título de “subcampeón”.

En todo se compite. Me lo contó una madre. Viajaba al lado de su esposo en el coche. Detrás iban los niños. El papá no era amigo de la velocidad, de modo que los coches le adelantaban continuamente. Y de pronto, uno de los chicos se arranca con tono agresivo dirigiéndose a la madre:

– Mamá, nunca podré entender cómo te has casado con un señor al que le adelantan todos los coches.

No es sano para una sociedad formar personas que entran después de ti por una puerta giratoria y pretenden salir antes. Como sea. El planteamiento que deseo llevar a la consideración del lector y de la lectora es sencillo pero, a mi juicio, importante: No se trata de ser el mejor de todos, sino el mejor de nosotros mismos.

No es fácil amar a los hijos

8 Oct

El título de este artículo se corresponde con el de un libro de George Snyders. Sorprende, pero ayuda a pensar: No es fácil amar a los hijos. Parece que nada hay más sencillo que amar a quien se ha engendrado. Muchos caen en la trampa de pensar que el instinto dictará las reglas de actuación más saludables, que nadie mejor que los padres podrá saber qué es lo que les conviene a los hijos e hijas y que nadie mejor que ellos podrá dárselo. Tremendo error. Existen muchas trampas en el amor paterno y materno.

Dice Holderlin: “Los padres forman a sus hijos como los océanos forman a los continentes: retirándose”.

Hay formas de relacionarse con los hijos y las hijas que son muy nocivas. La sobreprotección es una de ellas. Porque no les deja a los hijos ser ellos mismos, porque les impide crecer. Es muy peligrosa porque se ejerce en nombre del amor. No la detectan con facilidad quienes sobreprotegen. Y tampoco quienes son aplastados por el peso excesivo de un amor mal entendido. Es fácil descubrir la perversión del maltrato, de los golpes, del desprecio, del abuso o del desinterés. No es tan fácil detectar el daño que causa la sobreprotección. Dice  Holderlin: “Los padres forman a sus hijos como los océanos forman a los continentes: retirándose”. No del todo, claro. No de repente.

Digo esto porque me preocupa la actitud que muestran algunos padres y madres (creo Holderlin: que no muchos, afortunadamente) ante el comportamiento que sus hijos e hijas tienen en la escuela. He visto recientemente a unos padres defender la actitud insolente y la conducta agresiva de su hijo, aunque los profesores les manifestaban su desaprobación y su rechazo por su conducta. Había amenazado con chulería descarada a una profesora.

Conozco a quien ha llegado a negar el comportamiento del hijo, retirando el crédito al educador que criticaba unos hechos que serían fácilmente creíbles para cualquier interlocutor imparcial. ¿Qué interés puede tener un profesor en inventarse unos hechos que no han sucedido? Sin embargo, es fácil suponer el interés del alumno en negarlos. ¿Por qué no lo ven los padres? Les ciega el amor. La engaña su actitud sobreprotectora.

Sé de quien ha dicho a su hijo que se niegue a aceptar un castigo impuesto por la comisión de convivencia. Increíble actitud. ¿Tiene ese hijo alguna solución ante la postura permisiva de los padres? ¿Quién le hace daño de verdad? ¿Quien le corrige o quien le insta al incumplimiento de la norma y al desprecio de la corrección?, ¿quien le amonesta justamente o quien le ofrece un pésimo ejemplo de respeto y convivencia?

Sé que los docentes cometemos errores. Sé que tenemos fallos. Sé que muchas veces descargamos nuestra responsabilidad en otros agentes o elementos que intervienen en el proceso de aprendizaje: los alumnos son vagos o torpes, los padres y madres no les ayudan, la administración es poco sensible, no existen medios adecuados… Es saludable ejercer la crítica (me refiero a los padres y madres) y es indispensable saber asumirla (me refiero a los docentes). Pero no es razonable pensar que todo el fracaso radica en las deficiencias de quien tiene el deber de enseñar y la obligación de encauzar los comportamientos faltos de respeto. De la antigua actitud de algunos padres que veían bien los azotes de los profesores (y que incluso los demandaban) a la posición actual de algunos de que a su hijo nadie le reprende, existe un abismo. Un abismo en el que algunos han caído.

– Nadie conoce a mi hijo mejor que yo, nadie le quiere más, dice la madre con énfasis.

Se equivoca. Porque olvida que su hijo puede comportarse de forma muy distinta en unos lugares y en otros. Se equivoca más profundamente si da por buenos los comportamientos displicentes y avasalladores de su hijo. Más aún si los defiende a ultranza y si descalifica sin respeto a quien le corrige

Acudir a la escuela gritando, exigiendo, amenazando, descalificando a quienes tienen el derecho y el deber de enseñar y de corregir es poner los cimientos al desastre. Cuando los padres se convierten en el principal justificante de la pereza y de la desvergüenza, hay muy poco que hacer. Los padres y las madres se ahorrarían muchas lágrimas si se convirtiesen en los principales aliados de los profesores.

La sobreprotección proviene algunas veces de la conciencia del desamor. Puesto que no le queremos de verdad le daremos muchas muestras aparentes de amor. Algunos padres aplastan a sus hijos en las fiestas navideñas con regalos, precisamente para ocultar un profundo sentido de la culpabilidad y del abandono. Corren especial peligro de sobreprotección los hijos únicos o quienes por alguna desgracia han perdido a un hermano. La tentación de los padres es volcar en esos hijos el amor que no han podido entregar a otros. Pensar por ellos, decidir por ellos, evitarles cualquier riesgo, es impedirles crecer.

La relación de la familia con la escuela es imprescindible. Una relación asentada en el respeto, en la colaboración, en el conocimiento y en la lealtad. Se ha de realizar durante todo el curso, no sólo al final. Ha de tener como preocupación el comportamiento y no sólo los resultados académicos. Ha de materializarse a través de la intervención de padres y madres (no sólo de las madres, como suele suceder). Y ha de referirse a toda la escuela, no sólo al comportamiento del hijo. Porque la escuela es de todos. Susana Pérez de Pablos ha escrito un estupendo libro titulado “El papel de los padres en éxito escolar de los hijos”. En el capítulo “La relación con el Colegio” expresa lo siguiente: “Hay docentes que dicen grandes verdades, que saben guiar y estimular intelectualmente a los alumnos. Y eso es difícil de asumir para algunos padres, que reaccionan mal cuando esto ocurre”.

El diálogo de la escuela con la familia es un camino de mejora. Un diálogo sincero, claro y exigente. Los niños pierden irremisiblemente los partidos de “tenis pedagógico” (pelota para la familia, pelota para la escuela). Hablarse, estimularse, ayudarse, informarse, instarse a la mejora. Éste es el camino. En una reunión de padres de familia de cierta escuela, la directora resaltaba el apoyo que los padres deben darle a los hijos. También pedía que se hicieran presentes el máximo de tiempo posible. Ella entendía que, aunque la mayoría de los padres y madres de aquella comunidad fueran trabajadores, deberían encontrar un poco de tiempo para dedicar y entender a los niños.

La directora se sorprendió cuando uno de los padres se levantó y explicó, en forma humilde, que él no tenía tiempo de hablar con su hijo durante la semana. Cuando salía para trabajar era muy temprano y su hijo todavía estaba durmiendo. Cuando regresaba del trabajo era muy tarde y el niño ya no estaba despierto. Explicó, además, que tenía que trabajar de esa forma para proveer el sustento de la familia. Dijo también que el no tener tiempo para su hijo lo angustiaba mucho e intentaba redimirse yendo a besarlo todas las noches cuando llegaba a su casa y, para que su hijo supiera de su presencia, él hacía un nudo en la punta de la sábana que lo cubría. Eso sucedía religiosamente todas las noches cuando iba a besarlo. Cuando el hijo despertaba y veía el nudo, sabía, a través de él, que su papá había estado allí y lo había besado. El nudo era el medio de comunicación entre ellos.

La directora se emocionó con aquella singular historia. El hijo de ese padre era uno de los mejores alumnos de la escuela. No era de extrañar. Respaldaba la acción educativa de la escuela, exigía el esfuerzo del hijo y le mostraba de forma sugerente el afecto. El hecho nos hace reflexionar sobre las muchas formas en que las personas pueden hacerse presentes y comunicarse entre sí. Aquel padre encontró su forma, que era simple pero eficiente. Y lo más importante es que su hijo percibía, a través del nudo afectivo, lo que su papá le estaba diciendo.

Un gesto de amor es también un reproche, una reprimenda o un castigo, porque los niños necesitan consistencia normativa, necesitan aprender respeto y ejercitarse en el esfuerzo. Las personas tal vez no entiendan el significado de muchas palabras, pero saben registrar un gesto de amor. Aunque ese gesto sea solamente un nudo en la sábana o una negativa a comprar un juguete cuando las calificaciones han sido catastróficas y el comportamiento con los profesores y compañeros agresivo e insolente.

Educación o desastre

10 Sep

A principios de julio, cuando todavía suenan los ecos de las calificaciones escolares, los centros comerciales anuncian la vuelta al colegio. Al ver esos anuncios, me dan ganas de preguntar a los niños y jóvenes con quienes me encuentro, qué sensaciones les produce ese recordatorio. E imagino que recogería todo tipo de impresiones. Desde la de quienes maldecirían un inoportuno recuerdo de experiencias ingratas que rompe el apacible disfrute de las vacaciones, hasta la de quienes ni se inmutarían ante una insulsa realidad como la que han vivido en la escuela. Desde la de quienes evocarían aprendizajes apasionantes y relaciones enriquecedoras a la de quienes gritarían indignados por la odiosa referencia.

En el curso de la historia esta es la alternativa: educación o desastre.

En el pasado mes de junio, mi hija Carla, de seis años, me sorprendió con una inesperada crítica. La llevaba en el coche al Colegio cuando nos encontramos con un enorme atasco. Le dije, un poco apesadumbrado:

– Carla, aunque te has levantado con rapidez y te has vestido y desayunado sin perder tiempo, hoy vamos a llegar tarde. Algo ha pasado. Quizás un accidente.

Ella, queriendo tranquilizarme, me dijo:

. Papá, no te preocupes. Porque vamos al Cole. Lo malo es que fuéramos a un cumple. Entonces me perdería la piñata, la tarta y el mago, que todas esas cosas hay en un cumple.

Me hizo pensar. ¿Por qué cree la niña que con el retraso no se va a perder nada interesante en el Colegio, al menos nada tan interesante como lo que se encuentra en la celebración de un cumpleaños? ¿Por qué no le preocupa llegar tarde a su escuela, a pesar de ser una niña con un gran interés por el aprendizaje?

Hace unos años le oí decir a un niño, con evidente cara de decepción:

– ¡Yo quiero que pase algo guay en mi Cole!

¿Es que no pasa nada guay en el Colegio, me pregunto utilizando el lenguaje infantil? Creo que sí, pero no se ve a primera vista. Porque queda camuflado bajo la hojarasca de las rutinas, de la habituación a lo espectacular.

Suelo pedir a mis alumnos que escriban una autobiografía en la que reflexionen sobre su paso por las organizaciones escolares. Resulta sorprendente que, habiendo estudiado algunos en el mismo centro, hablen de experiencias diametralmente opuestas. Lo cual quiere decir que hay una parte de vivencia que nace de la pobreza o de la riqueza de la oferta educativa, de la dedicación del profesorado, de la abundancia y adecuación de los materiales didácticos, pero hay otra que radica en la actitud de las personas.

Cuando veo o escucho los anuncios que recuerdan el regreso a la escuela (el famoso back to school) pienso también en lo que sentirán los profesores. Ya sé que las vacaciones son un tiempo cotizado de descanso, de viaje y de diversión. Y ya sé que tienen unos ingredientes diferentes a los que encierra el trabajo.

Me preocupa el rechazo hacia la escuela de algunos alumnos. No recuerdan quienes odian el tiempo escolar que se trata de un privilegio que muchos niños y jóvenes del mundo no pueden disfrutar. El privilegio de formarse, de aprender, de poder descubrir el mundo, de poder relacionarse con otros compañeros y compañeras.

Me preocupa más el rechazo de los profesionales hacia su trabajo. ¿Cómo va a contagiar entusiasmo quien carece de él? ¿Cómo va a transmitir ilusión por aprender quien no la tiene por enseñar?

He contado en alguna ocasión la historia de la casa de los mil espejos. La historia de una casa abandonada en la que hay una habitación con mil espejos. Un perro vagabundo llega a la casa un día en el que se encuentra feliz. Y da saltos de alegría. Ve con asombro que mil perros saltan como él. Mueve el rabo de manera festiva y ve que mil perros le devuelven el saludo moviendo el rabo. Y piensa:

– Este es un lugar maravilloso. Volveré siempre que pueda.

Horas después pasa por allí otro perro vagabundo. Y llega a la misma casa. El perro está enfurecido. Saca los colmillos de manera agresiva y ve que mil perros le muestran los colmillos violentamente. Ladra de forma rabiosa y mil perros le ladran a él de manera violenta. Y el perro piensa mientras se va corriendo:

– Este es un lugar horrible e insoportable, no lo volveré e pisar.

Eso es. La escuela nos devuelve multiplicada por mil la actitud que nosotros llevamos a ella.

¿Cómo viven los profesores la vuelta al trabajo? ¿Qué sienten en el momento de reanudar la docencia? ¿Piensan que van a disfrutar de una experiencia maravillosa y estimulante o maldicen el día que eligieron dedicarse a ser docentes?

Algo para los gobernantes: hay que cuidar y mimar la educación. Ojo a los recortes. Ojo a las restricciones que nos condenarían a un futuro inexorablemente peor.

Y algo para las familias, el comienzo del curso no es un momento en el que los niños se van a la escuela y nos dejan tranquilos. Es un momento para que la comunidad educativa sienta el compromiso y la alegría de compartir un año nuevo lleno aprendizajes estimulantes.

A todos nos vendría muy bien repasar el libro del pedagogo alemán Helmut Von Hentig que tiene por título esta significativa pregunta: ¿Por qué tengo que ir a la escuela? Una pregunta que le hace su sobrino en la estación cuando acaban las vacaciones y a la qué el contesta en 26 hermosas cartas.

Conozco las dificultades porque las he vivido y porque tengo muchas personas cercanas que me las cuentan. Pero incluso las dificultades pueden ser vividas de forma estimulante. Si los alumnos ya lo supiesen todo, si ya estuviesen educados, si fuesen esforzados, obedientes, disciplinados y creativos, ¿qué sentido tendría nuestra tarea?

Mis fervientes deseos de un curso feliz. Un curso en el que todos y todas podamos disfrutar aprendiendo y enseñando. Un curso en el que la comunidad educativa consiga con su trabajo que el mundo de un paso hacia el saber y hacia la bondad. En el curso de la historia esta es la alternativa: educación o desastre.