Hay que conocer a John

3 Sep

¿A través de qué datos hacemos la valoración de las personas? ¿Qué información tenemos para formarnos una opinión sobre ellas? Observamos lo que hacen, leemos lo que escriben, escuchamos a esas personas hablar de sí mismas y a otras que nos hablan sobre ellas. ¿Es rigurosa la conclusión que obtenemos después de pasar toda esa información por el filtro de nuestra subjetividad? ¿Por qué la misma persona le parece a uno adorable y a otro odiosa?

“Para enseñar latín a John, más importante que conocer latín, es conocer a John”.

Es muy conocida la teoría de la Ventana de Johari. (John y Jarry son sus autores, de ahí el nombre de la Ventana) hablan de cuatro zonas de la comunicación entre las personas. Se trata de una ventana dividida en cuatro partes. En la primera se halla la información que cada uno conoce de sí mismo y que los demás conocen de él. No suele ser muy grande. Es mayor la segunda: contiene la información que cada uno conoce de sí mismo y los demás desconocen. Hay una tercera parte que incluye la información que no conoce el individuo sobre sí mismo, pero sí los demás y una cuarta que desconocen ambos. Las dos rejillas que dividen la ventana (una vertical y otra horizontal) son movibles.

¿Qué conocemos de los demás? ¿A través de qué medios hemos obtenido esa información? ¿Qué calidad tienen esos datos?A pesar de la complejidad, forjamos fácil y rápidamente una imagen de los demás y actuamos conforme a ese diagnóstico apresurado. ¿Cuántas veces nos hemos equivocado al juzgar a una persona por solamente algunos indicios? Es más, muchas veces, el conocimiento no es directo. No hemos visto a esa persona, no nos ha dicho nada personalmente. Sólo tenemos noticias a través de terceros.

Otras veces conocemos el comportamiento, pero no tenemos noticias de las opiniones y de los sentimientos del protagonista.

Leo en el libro de Javier Urra “¿Qué se le puede pedir a la vida? que, en un curso con enfermeros y enfermeras, el profesor propuso a sus alumnos y alumnas realizar el siguiente ejercicio. Quiso saber cómo se sentirían y cómo intervendrían ante el siguiente cuadro de una paciente. La prueba, según nos cuenta el autor, está adaptada de un colega apellidado Ruskin.

Este el cuadro que describe a los estudiantes para que expliquen cuál sería su estado de ánimo y para que realicen su protocolo de intervención:

“Se trata de una paciente que aparenta su edad cronológica. No se comunica verbalmente ni comprende la palabra hablada. Balbucea de modo incoherente durante tres horas, parece desorientada, al espacio y al tiempo, aunque da la impresión de que reconoce su propio nombre. No se interesa ni coopera con su aseo personal. Hay que darle de comer alimentos blandos, pues no tiene piezas dentarias. Presenta incontinencia de heces y orina, por lo que hay que cambiarla y bañarla a menudo. Babea de horma continua y su ropa está siempre manchada. No es capaz de caminar. Su patrón de sueño es errático, se despierta con frecuencia por la noche y con sus gritos despierta a los demás aunque la mayor parte del tiempo parece tranquila y amable. Varias veces al día y sin causa aparente se pone agitada y presenta crisis de llanto involuntario”.

Tras propiciar las respuestas termina haciendo circular entre los estudiantes la fotografía de la paciente referida: una preciosa criatura de seis meses.

Es fácil suponer la estupefacción de los estudiantes de enfermería. Y es fácil suponer que muchos de los lectores hayan pasado por situaciones similares, no en ejercicios didácticos como el descrito, sino en el decurso de la realidad. ¿Cuántas veces hemos reaccionado de forma equivocada porque no hemos comprendido bien los mensajes de las personas y de las situaciones?

Hace tiempo que oí contar una historia en la que una persona que está intentando conciliar el sueño, oye unos pasos acelerados en la habitación del piso superior. Grita pidiendo que acaben los ruidos. Nervioso y enfadado, golpea el techo con un objeto contundente. Los pasos siguen. En una y otra dirección. No sabe ya qué hacer. Tiene que madrugar y los pasos le impiden dormir. No puede más. Se levanta. Se vista y sube las escaleras de dos en dos. Golpea violentamente la puerta y, cuando el vecino del piso superior abre, le lanza una sarta de insultos. El vecino, que tiene la cara descompuesta y en sus brazos a un niño de pocos años, le dice llorando:

– Perdóneme. Mi hijo ha muerto. No puedo controlar los nervios a la espera de que llegue una ambulancia.

No es difícil imaginar la reacción del indignado vecino. No es difícil suponer cómo se tragó la rabia, los golpes y los insultos. No había interpretado bien aquellos estímulos auditivos que le llegaban del piso superior. Incluso pensó que los ruidos estaban intencionalmente destinados a romper su sueño.

¿Cuántas reacciones hacia los demás están asentadas en meras conjeturas, en falsas apreciaciones, en informaciones erróneas o malintencionadas?

Como profesor, no puedo por menos de llevar la reflexión al terreno educativo. ¿Qué conocemos de nuestros alumnos y alumnas? ¿Qué sabemos de ellos y de ellas? ¿Nuestra observación es suficientemente rigurosa? ¿Sus manifestaciones son libres y sinceras? Hay que educar los ojos para ver, hay que tener teorías para interpretar y hay que avivar el corazón para acoger.

Algunas veces los estereotipos, las etiquetas, los prejuicios se mantienen de un año a otro sin que las evidencias más claras puedan romperlas. Un informe superficial de un colega sobre un chico, lleva a que otro se forje una idea que no hay forma de modificar mediante manifestaciones reiteradas del interesado.

El conocimiento de los alumnos y alumnas es fundamental para que los procesos de aprendizaje sean efectivos. Lo decía de forma elocuente un pedagogo italiano: “Para enseñar latín a John, más importante que conocer latín, es conocer a John”.

Pesa, ¿eh?

30 Jul

Lo que se pretende y se espera de ese día es que sirva de recordatorio de la importancia que tiene la amistad en la vida de las personas / J. Albiñana

El pasado día veinte de julio se celebró en Argentina, como todos los años, el Día del Amigo. Una ocasión especial para cruzar el tiempo y el espacio de mensajes de afecto, de felicitaciones y de regalos. Creo que la amistad es una de las columnas sobre las que se sostiene nuestro mundo.

Como sucede con cualquiera de los días conmemorativos, éste encierra el peligro de hacernos pensar que solo en esa fecha hay que celebrar la amistad.  No tiene por qué ser así. Lo que se pretende y se espera de ese día es que sirva de recordatorio de la importancia que tiene la amistad en la vida de las personas y de ocasión para expresar sentimientos de alegría, de gratitud y de lealtad.

Por otra parte, no hay que olvidar que con esta celebración, como con muchas otras, el comercio hace en julio su agosto con otro día de ventas especiales. Todo puede reducirse a compraventas, incluido el amor, incluida la amistad. Pero ahí está el sentido común para poner las cosas en su sitio y evitar la trampa.
Me gusta esta celebración. Y abogo porque se instaure en nuestro país. Creo que la amistad es un eje sobre el que gira la vida de las personas. Tener amigos y amigas (creo a pie juntillas en la amistad entre un hombre y una mujer) es uno de los caminos que conducen a la salud emocional. Contar con amigos y amigas es un componente básico de la felicidad. Porque un amigo está siempre ahí, por encima del tiempo y del espacio. El amigo escucha, ayuda, perdona, se alegra del éxito, lamenta los fracasos, protege, corrige, defiende, acompaña y alienta. Y no exige nada a cambio. Un amigo está, sobre todo, en la adversidad, compartiendo el dolor, afrontando la dificultad, superando el desastre.

La amistad tiene también un importante componente social. El entramado de las relaciones amistosas que existen en la sociedad dan consistencia moral a la convivencia.

Por ejemplo, los amigos están ofreciendo ayuda  en la crisis económica a los sus amigos y amigas que pasan necesidad.
El amigo comparte el dolor. Recuerdo aquella simpática llamada de teléfono que le hacía un chico a su amigo del alma:

– Me he enterado de que te has roto una pierna. Dime, por favor, cuál es, porque me están doliendo las dos.
No son acertadas, a mi juicio,  las expresiones «buenos amigos» o «malos amigos». Porque la primera encierra una redundancia y la segunda una falsedad. No puede haber malos amigos sino malas compañías. Un amigo, por definición, es bueno.
Es sorprendente la facilidad con la que se muestran en los medios de comunicación traiciones y deslealtades.
– Pero, esos dos, ¿no eran amigos? ¿Cómo están contando esas intimidades con tanta agresividad?
– Es que les pagan una buena cantidad de dinero por despellejarse en publico.
Le oí contar a mi admirado Manuel Alcántara esta significativa historia sobre el valor de la amistad. Un hijo le pregunta al padre:
– Papá, ¿cuántos amigos tienes?
– Uno solo, contesta el padre.
– Papá, comenta el hijo, has perdido la vida. Con lo importantes que son los amigos y solo has podido hacerte con la amistad de una sola persona. Lo más importante de la vida es tener muchísimos amigos.
– Y tú, ¿cuántos tienes?, pregunta el padre.
– Tengo más de cien amigos.
– ¿Estás seguro de que son auténticos amigos?
– Seguro, papá. Me lo dicen cada día.

El padre le propone al hijo hacer una prueba para comprobar si esas personas que son sus amigos, lo son de verdad. Matarán un cordero, lo meterán en un saco de modo que la sangre sea visible y lo meterán en un saco.  El padre le pide al hijo que recorra las casas de sus amigos con el saco a cuestas, que les diga que ha matado a un niño y que, por favor, le ayuden a ocultar el cadáver que lleva en el saco y a, sobre todo, a escapar de la justicia.

Así lo hacen, El hijo acude a la casa del primero de sus amigos cargado con el saco que chorrea sangre.

– He matado a un niño, ayúdame por favor. Déjame entrar en casa para esconder el cadáver.
Y el supuesto amigo le dice:
– Vete de aquí, asesino, desgraciado. No quiero que me implique la justicia.
Acude a la casa de otro de aquellos pretendidos amigos y le expone la dramática situación por la que atraviesa. Y recibe esta respuesta:
– Si has hecho eso, tú no eres mi amigo. Eres una mala persona, un ser despreciable. Olvídame. No me vuelvas a dirigir la palabra. Nunca pude imaginar que fueses capaz de matar a un niño.

Así sucede con todos ellos. Uno tras otro le dan con la puerta en las narices. Piensa entonces en el único amigo de su padre. Y llega a su casa con la misma carga sobre los hombros. Repite su fingida y terrible  historia. Y recibe esta respuesta:

– Pasa rápidamente, vamos a enterrar el cadáver en el jardín.  Tú te puedes esconder en casa el tiempo que quieras. Cuenta conmigo para todo lo que necesites.  Ah, y de esto que vamos a hacer, ni una sola palabra a tu padre.

Ahí está la amistad. No solo en la ayuda sino en la renuncia a ningún tipo de contraprestación. Porque la amistad no practica el do ut des sino la generosidad de la ayuda desinteresada y silenciosa.

Ya sé que a la historia se le pueden poner objeciones éticas, pero su finalidad en este caso, es hacer un elogio de la amistad.

Lo difícil no es tener amigos. Lo difícil es saber conservarlos. Para ello hace falta generosidad, sacrifico y perseverancia. Porque  la amistad es como una planta que si no se cuida, si no se protege de enfermedades y si no se riega y abona acaba agostándose y muriendo. Hay que reconocer que la verdad sobre la amistad se demuestra con el tiempo.

¿Cuántas amistades de un verano? ¿Cuántas amistades de un un viaje? ¿Cuántas de un curso? No eran auténticas amistades. El fuego de una amistad puede perder fulgor, pero siempre deja rescoldo. Basta un pequeño soplo para avivarlo. Los otros fenómenos son solo fuegos fatuos.

La amistad tiene que cultivarse, tiene que activarse de forma sincera y constante. Requiere esfuerzo y sacrificio. No es extraño que en momentos de individualismo, egoísmo, intereses desmedidos, competitividad y obsesión por la eficacia las amistades sean efímeras y superficiales.

Pero el esfuerzo que necesita hacer el amigo siempre es placentero. Nunca olvidaré aquella escena. Un niño lleva sobre sus espaldas a un amigo mayor que él que se ha roto una pierna. Alguien que los ve le dice al sufrido portador, viendo el gran esfuerzo que está realizando:

– Pesa, ¿eh?
Y la contestación es un tratado sobre la amistad:
– ¡Qué va, si es mi amigo!

En homenaje al amigo argentino que me ha pedido que escribiera estas líneas quiero recordar un proverbio chino que siempre me ha gustado Recorre frecuentemente el camino que lleva al huerto del amigo. De lo contrario crecerá la hierba y no podrás encontrarlo fácilmente.

Las cuatro ranas

23 Jul

La cháchara vana nos distrae muchas veces de los problemas y nos aleja de la realidad. Nos mantiene entretenidos en discusiones y en debates que no conducen a ninguna parte. Los debates sobre cuestiones teóricas en los que cada uno se aferra a su opinión sin escuchar a nadie, nos encierra en la ficción.

foto de una rana

Me llama mucho la atención que en los debates que tantas veces se producen en televisión nadie cambie su posición inicial ante los argumentos esgrimidos por los contrincantes. Todas las personas terminan con su posición inicial afianzada.

– Hablen menos y hagan más, les decimos desesperados a nuestros políticos.

– Hablen menos y hagan más, nos dicen angustiados los jóvenes que no ven nuestro ejemplo sino que escuchan nuestros discursos.

– Hablen menos y hagan más, les decimos a los predicadores que no mueven un músculo para solucionar los problemas.

He visto con desesperanza el interminable proceso sobre la negociación colectiva entre sindicatos, patronal y gobierno. ¿Cómo es posible que no se pongan de acuerdo en algo tan fundamental? Cada uno se aferra a sus posiciones sin atender a los argumentos de los interlocutores. No hay acuerdo. Pasan los días, las semanas, los meses, los años. La realidad está ahí clamando soluciones urgentes, pero las conversaciones se reanudan una y otra vez para nunca llegar al acuerdo.

He visto con inquietud el último debate sobre el estado de la Nación. Cada partido aferrado a sus posiciones, sin escuchar a los demás. Repitiendo una y otra vez sus argumentos y afilando los cuchillos de la crítica a los adversarios. ¿Y las soluciones?

He leído, al respecto, una interesante historia en el libro “Aplícate el cuento”, de Jaume Soler y M. Mercé Conanglia. Son los fundadores de la Fundació ÁMBIT, Institut per al Creixement Personal de Barcelona y coautores del libro “La ecología emocional”, en el que proponen dar un paso más allá de la Inteligencia Emocional, añadiendo a dicho concepto los de responsabilidad y consideración del impacto emocional global. La historia es la siguiente.

Cuatro ranas se han subido a un madero que navega arrastrado por las aguas del río. Es una experiencia nueva para ellas y cada una interpreta a su manera.

La primera rana dice:

– ¡Qué madero tan maravilloso! Es un madero mágico que se mueve por fuerza propia como nunca habíamos visto.

La segunda rana la corrige:

– Te equivocas. El madero no tiene vida ni se mueve. Es como cualquier otro madero inerte. Lo que se mueve son las aguas del río que van hacia el mar y arrastran el madero.

La tercera rana corrige a las dos primeras:

– Ni se mueve el madero, ni se mueve el río. Lo único que se mueve es nuestro pensamiento. El movimiento está solo en la mente. Lo demás es pura ilusión. Esta es la verdad.

– La discusión se hace cada vez más intensa. Cada una de las ranas insiste reiterando los argumentos y enlazándolos con otros nuevos que, al hilo de la discusión, van apareciendo. Cada una trata de justificar su punto de vista sin atender aquellos argumentos que cada vez con más fuerza presentan las dos interlocutoras.

La cuarta rana escucha callada la acalorada discusión y de repente grita:

– ¡Cuidado! Oigo el ruido de una catarata por donde vamos a precipitarnos si no saltamos antes.

Las tres ranas están tan empecinadas en tener cada una razón que no escuchan lo que se les advierte. Insisten en rebatir los argumentos de sus oponentes y en mostrar las evidencias que fundamentan su punto de vista.

Sin pensárselo dos veces, la cuarta rana deja de un salto el madero y alcanza la orilla salvándose. En cambio, las otras tres, y el madero en el que se mantenían a flote, caen por la catarata, mientras el ruido de las aguas ahoga su discusión y la fuerza del golpe con la frágil existencia de sus vidas.

La aplicación del cuento a la que hacen alusión el autor y autora del libro salta a la vista. Las ranas obstinadas cerraron sus ojos a las advertencias, cerraron sus oídos al ruido preveniente de la catarata. Solo les importaba no la verdad sino el sostenimiento de su punto de vista.

No minusvaloro la palabra frente a la acción. Un libro del fallecido José María Cabodevilla tenía este hermoso título “Palabras son amores”. Se refería, como es obvio, a ese refrán que dice : “Obras son amores y no buenas razones”. El problema reside en tejer con las palabras una red que nos aísle de la realidad y de la vida. El problema es enfrascarse en discusiones estériles en las que prime por encima de todo, no encontrar la verdad sino defender las propias tesis. Me llama mucho la atención que en los debates que tantas veces se producen en televisión nadie cambie su posición inicial ante los argumentos esgrimidos por los contrincantes. Todas las personas terminan con su posición inicial afianzada.

En algunos debates organizados en el aula pido, una vez formados los dos bloques y aclaradas las posturas que tienen que defender cada uno, que se cambien de lugar si son persuadidos por la argumentación de los contrincantes. Pocas veces sucede. A veces, después de un tiempo de argumentación, pido que se cambien las posiciones y que ahora defiendan lo que antes estaban criticando.

Cuántas veces los acalorados debates políticos en los que cada partido defiende posiciones de manera acérrima mientras los gritos de la ciudadanía no son escuchados, hacen que nos estrellemos contra realidades adversas a las que no se ha querido o podido hacer frente.

Cuántas veces las posiciones discrepantes sobre lo que debe hacerse en educación impide que se haga nada que realmente nos ayude a avanzar.

Cuántas veces las discusiones de la pareja sobre lo que se debe hacer con los hijos e hijas maniata a los interlocutores y los mantiene alejados de la realidad y de las intervenciones concretas que tienen que llevar a cabo.

Más les hubiera valido a las tres ranas estar atentas a las advertencias de su compañera y al ruido que provenía de la catarata que iba a terminar con sus vidas

Elogio de la responsabilidad

16 Jul

clase

En la escuela debemos exigir el cumplimiento de los deberes de la vida en común y del estudio. Hay una responsabilidad en el uso del tiempo y del dinero.

Estoy preocupado. He tenido en este curso algunos indicadores inquietantes respecto al sentido de la responsabilidad de algunos de mis alumnos de la Facultad de Educación. Serán maestros y maestras y, si ellos y ellas no son responsables, ¿cómo van a enseñar a sus alumnos a serlo?

En la primera quincena de julio me vi llamando a algunos para que presentasen parte de los trabajos que ellos mismos habían acordado entregar el día 28 de junio. Hubo quien mostró sorpresa al conocer aquellas exigencias que tenían escritas desde el comienzo del cuatrimestre. Lo más inquietante para mí fue que un grupo no se presentó en clase el día que debía exponer un trabajo. Pidieron disculpas al grupo y a mí como profesor, y eso les honra. Pero, lo cierto, es que nos dejaron plantados a todos en el día en que el calendario confeccionado por todos al comienzo indicaba claramente. Algunos y algunas me hablan (sin nombrarlos) de compañeros que no acuden a las reuniones, a los que hay que perseguir para que aporten lo que les corresponde. .Ellos construyeron su propio proyecto. Y muchas veces me oyeron decir: “Que tu clase sea mejor porque tú perteneces a ella”. Y muchas más: “Por mí que no quede”.

No sé si se trata de hechos aislados, de puras anécdotas o si estos fenómenos obedecen a un modo de proceder generalizado. Yo no los había visto tan acentuados como este año. En cualquier caso me parece que se trata de signos preocupantes de falta de responsabilidad.

Ante estos hechos me he preguntado muchas cosas: ¿es que están agobiados por otras obligaciones más apremiantes?, ¿es que no le dan importancia a lo que están haciendo?, ¿es que están acostumbrados a que la irresponsabilidad no tenga consecuencia alguna? Y me he replanteado una cuestión que me asalta desde hace años. ¿Cuáles son las competencias básicas que tiene que dominar un maestro para ejercer adecuadamente la profesión?, ¿cómo formarlos para que adquieran y desarrollen esas competencias?, ¿cómo hacer una evaluación que permita comprobar que se han adquirido en un grado suficiente?

Para ejercer con éxito esta tarea no basta disponer de una serie de conocimientos teóricos, ni siquiera dominar unas destrezas o estrategias metodológicas de carácter práctico. Creo que hacen falta una serie de hábitos y cualidades de orden moral sin las cuales la profesión se reduciría a una mecánica insulsa de transmisión de conocimientos.

El sentido de la responsabilidad es la capacidad de responder de los propios actos, de saber que cada cual tiene unas obligaciones que debe cumplir. La ética de la coexistencia cotidiana descansa sobre el cumplimiento de los deberes de cada uno. Se ha insistido mucho en que los seres humanos somos depositarios de derechos, pero no lo suficientemente en que también tenemos unos deberes ineludibles.

El filósofo y escritor Jostein Gardner se plantea la siguiente cuestión: así como el siglo XX fue el de los Derechos Humanos, ¿no debería ser el siglo XXI aquel en el cual se proclame la Declaración de los Deberes Humanos? Ojalá. Porque tengo la impresión de que la balanza está descompensada. Las manifestaciones, las demandas, las exigencias me parecen magníficas. Hay que exigir los derechos. Pero hace falta también hacer hincapié en la necesidad de que cada cual cumpla sus obligaciones. La democracia se apoya sobre esos dos pilares: la garantía de los derechos y el cumplimiento de los deberes.

Ya sé que esa capacidad de ser responsable no está muy presente en los comportamiento del mundo adulto. Se ve que quienes se dedican a la política no afrontan las consecuencias de hechos claramente equivocados. Nunca dimiten. Se ve que muchos profesionales no asumen la responsabilidad de un ejercicio deficiente.

No hay forma mejor de hacerse responsable que siéndolo cada día. Porque los actos se irán convirtiendo en costumbres. Por eso es tan importante la educación. Los padres y las madres deben exigir a sus hijos e hijas que respondan de sus actos, que asuman las consecuencias de sus comportamientos. Tienen que recordarles con frecuencia que tienen obligaciones y no solo derechos. En la casa. En la calle. En la vida.

En la escuela debemos exigir el cumplimiento de los deberes de la vida en común y del estudio. Hay una responsabilidad en el uso del tiempo y del dinero. Algunas veces les recuerdo a mis alumnos y alumnas lo que cuesta un puesto de estudiante en la Universidad. Hay responsabilidades.

Recuerdo un hermoso poema de Ghandi que dice: Cuida tus pensamientos/ porque se convertirán en palabras. Cuida tus palabras/ porque se convertirán en actos. Cuida tus actos/ porque se convertirán en costumbres. Cuida tus costumbres/ porque forjarán tu carácter. Cuida tu carácter/ porque formará tu destino. Y tu destino será tu vida.

Sergio Sinay escribió en el año 2005 un interesante librito que se titula “Elogio de la responsabilidad”. Digo librito no porque sea un libro menor sino porque solo tiene 139 páginas. Altamente aprovechables, por cierto.

Dice Sinay que responsabilidad es “la conciencia de que todos mis actos tienen consecuencias, la capacidad de preguntarme por cuáles serán las consecuencias y la actitud de hacerme cargo de ellas. Cuando digo acciones, incluyo en esa noción también lo que no se hace o lo que no se dice”.

El verbo responder está en el centro de la cuestión. De lo que se hace y de lo que no se hace. Buscar culpables de nuestro comportamiento es un subterfugio inadmisible. Dice Sinay: “El responsable no busca culpables y, por esta razón, contribuye a hacer más clara la vida de quienes le rodean y más fluidos y armoniosos sus vínculos con ellos. Con su actitud mejora el mundo”.

Se es responsable de la propia vida, de las palabras, de las acciones, de las omisiones. Y no conviene desertar de la responsabilidad echándole la culpa a los demás.

No hay educación a distancia

18 Jun

El binomio educación/distancia está muy arraigado en la esfera pedagógica. La creación de la Universidad a Distancia consagró la idea de que se puede estudiar de forma no presencial. Los nuevos procesos de enseñanza aprendizaje on line han potenciado la posibilidad de aprender sin el contacto directo del alumno con quien enseña.

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Puede haber instrucción a distancia, pero no educación a distancia. Porque la educación exige comunicación, afecto y manifestación física del amor.

Los padres y las madres tienen la inexcusable tarea de educar a los hijos y a las hijas. Ese proceso educativo no puede desarrollarse a distancia. Para educar hay que estar, hay que relacionarse. Para educar hay que amar. Le oí decir hace poco a Carlos Díaz en México que habría que sustituir el cartesiano “pienso, luego existo” por el más certero “soy querido, luego existo”. Para educar hay que relacionarse de forma persistente y amorosa.

La coyuntura actual plantea a las familias algunas trampas que pueden resultar difíciles de superar. Una de ellas es la escasa presencia de los adultos en la vida de los niños y de las niñas, bajo la presión de las exigencias laborales. La necesaria incorporación de la mujer al mundo del trabajo, dificulta la presencia de la madre en el hogar. Dadas las dificultades que tiene la economía, los horarios de trabajo suelen ser desbordantes.

Otros factores incrementan el riesgo de la ausencia. Por una parte, la elevada cantidad de tiempo que pasan los niños y las niñas en las escuelas. La escolarización obligatoria exige que los alumnos y alumnas pasen muchas horas diarias en el colegio. Cuando termina el horario escolar, se suele dedicar un tiempo añadido a realizar tareas extraescolares. Las familias han declinado en la escuela el deber de la educación de los hijos e hijas. Cuando la familia paga en la enseñanza privada, todavía se hace más explícita la delegación de funciones pedagógicas.

Existen otras circunstancias que complican la relación extensa e intensa con los hijos e hijas. La proliferación de televisores, ordenadores, ipads, ibooks…, aislan a niños y jóvenes y los convierten en modernos ermitaños. La canalización de las relaciones a través de las redes sociales favorece un contacto virtual con personalidades que no se sabe a ciencia cierta si son reales lo fingidas.

Son frecuentes las comidas en las que todos miran al televisor, absorbidos por las noticias, las series, los partidos de fútbol o los programas del corazón. Los medios de incomunicación (más que de comunicación) imponen un régimen de relación en el que se superponen las individualidades. Yo veo, tú ves, él ve. Pedro no vemos.

Los viajes son otro obstáculo. La movilidad que cada día es más intensa crea barreras espaciales y temporales cada vez más largas y poderosas. A veces, los padres y madres desean rememorar etapas de soltería sin el condicionante de los hijos/as. Para eso están los abuelos.

– Os vamos a dejar a los niños porque queremos hacer un viaje solos.

Hay hoteles que no admiten niños. ¿Cómo entienden sus dueños la relación familiar? Los niños estorban, incomodan, molestan. Los niños tienen que estar en otra parte, aislados. No solo molestan los hijos ajenos, también molestan los propios.

¿Qué comparten padres e hijos salvo el mismo techo de la vivienda? ¿De qué espacios y tiempos disponen para dialogar? ¿Qué actividades comparten? Para poder relacionarse hace falta voluntad, claro esta. Pero también hacen falta estructuras que permitan hacerlo. Querer relacionarse es una cosa. Poder hacerlo es otra.

He leído recientemente una interesante novela titulada “Los ojos amarillos de los cocodrilos”. Su autora es Katherine Pancol, escritora nacida en Casablanca y afincada en París. Uno de los personajes centrales de la novela, la entrañable Joséphine, le dice a su cuñado, un importante hombre de negocios: “La gente se cree que lo importante es la calidad del tiempo que pasan con sus hijos, pero también es importante la cantidad, porque un niño no habla bajo pedido. A veces podemos pasar todo el día con él y es por la noche, en el coche, cuando vuelves a casa que, de golpe, se decide a revelar su secreto, una confidencia, una angustia”.

Muchos niños les podrían decir a sus padres, permanentemente ocupados:

– ¡Nunca es un buen momento para hablarte!

Resulta paradójico que los padres dediquen topdo ese tiempo al trabajo, a las ocupaciones, a las demandas externas por el bien de sus hijos e hijas. Cuántas veces he visto que los denodados esfuerzos por ofrecerles una residencia de verano acaban en una hermosa vivienda a la que los hijos no quieren ir porque la familia les importa ya muy poco. Es una trampa terrible. Les quitamos el tiempo para darles otras cosas. Pero lo que necesitan es la presencia.

No siempre la causa de la soledad de los niños es una equivocación sacrificada de los padres. A veces es el fruto de una comodidad inaceptable. Resulta más agradable dedicarse a leer algo que “aguantar” la presión incesante del niño que quiere que le escuches, que le mires, que juegues con él, que le prestes atención. Un niño puede ser extenuante. Qué decir de varios.

Presencia es cercanía, no sobreprotección. Presencia es disponibilidad no coacción. Presencia es amor, no dominio. Los niños tienen que construir su autonomía, pero la tienen que ir desarrollando desde la confianza en aquellos a quienes tienen al lado.

Puede haber instrucción a distancia, pero no educación a distancia. Porque la educación exige comunicación, afecto y manifestación física del amor. Hay que estar con los niños y las niñas. Hay que compartir con ellos el tiempo, las actividades y las preocupaciones. Los interminables silencios acaban convirtiéndose en una barrera infranqueable para recuperar luego la palabra.