El despacho de Cari

10 Jun

Uno de esos vídeos que desliza el diablo por las redes correteó la semana pasada por cientos de miles de móviles. Una chica acudía ilusionada al despacho de su pareja, recién nombrado nuevo señor de la Agencia Pública Andaluza de Educación. Recorría con la cámara los diferentes ángulos del despacho de su cari, así llamado su Manuel en la intimidad. La chica concluía con un deseo de redecoración de paredes, junto con el reconocimiento de que la oficina de su amorcito no estaba nada mal. En efecto, luminosa, con rejillas de aire acondicionado en el techo, zona para sofás, mesa de reuniones, estanterías y puesto de trabajo tocado por silla de director y mesa curva rematada en chapado de pino americano. Colores cálidos en tabiques y mobiliario nada estridente. Un espacio de trabajo que debe ser agradecido al anterior amo de la tal Agencia. El video ha sido calificado por el Consejero Imbroda como una chiquillada sin mayor importancia. Imagino a su autora desconsolada durante este finde rociero por el fastidio que ha causado a su cari. Aquella mañana se sentía orgullosa de eso que estaba ahí sentado y que es lo que más quiere. Un acto amoroso que correteó desde su tarjeta SIM hacia esos modernos desolladeros colectivos que son las redes sociales. Su cari ha encontrado una oportunidad de oro para demostrar su amor incondicional a su chiqui cuyo video, en efecto, no tiene mayor relevancia que la de una desafortunada declaración video-amorosa, eso sí, realizada hacia un cargo público que, creo, ignora la carga pública que conlleva aunque ha comprobado el valor público de las redes públicas. El detalle de la posible redecoración conjunta de un despacho público de una malhadada Agencia pública ha incendiado muchos ánimos de familias y trabajadores de la enseñanza de todo tipo que acuden a trabajar cada día a espacios de aspecto y acondicionamiento soviéticos, con mobiliario dañino para la espalda y donde cualquier redecoración sirve para disimular grietas, manchas de humedad, goteras y todas esas lepras que cualquier edificio desarrolla cuando no recibe mantenimiento adecuado durante décadas, responsabilidad del amo que habite el precioso despacho de su cari, apócope de su caridad.

La mujer del César, el César y su primo de Cuenca, además de honrados lo tienen que parecer. También deberían de parecer inteligentes, eficaces y con una mínima solvencia profesional. Esta nueva clase política, como una gran parte de la clase saliente, que Susana no rasgue tanto sus vestiduras, admite esos cargos como único camino de mejora laboral, antes que como despacho para mejorar la vida de las gentes. La Agencia de Manuel, así renombrada por esos cíber-mentideros, es la encargada de mantener y adecuar las instalaciones escolares en toda Andalucía. Por ejemplo, he asistido a reuniones donde la Junta exigía a las direcciones de los centros escolares que preparasen un plan de actuación frente a olas de calor, en lugar de dictaminar una partida presupuestaria para climatización de aulas por parte de la Agencia de cari. Frente a avisos de tejados rotos, la contestación suele ser que la dirección del centro evite daños mayores. Luego llegará un técnico, o no, que confiesa que su informe no servirá para nada porque no hay presupuesto. La inmensa mayoría de los centros educativos bajo el mandato de cari podría enviar reportajes abultados sobre defectos y carencias que no van a ser resueltos por nadie. Desde un despacho como ese de cari es imposible sentir ninguna consideración por nadie ni por nada, tan lejano de la realidad en que habitan nuestras niñas y niños. Como plan contra el calor, consensuaremos la necesidad de abrir las ventanas, realizaremos una actividad de nudismo escolar, con calzado obligatorio para evitar resbalones y velo islámico opcional. Cada dos niños, un botijo; cada niña un abanico. Cada hora intercambiamos roles para trabajar la cosa de la igualdad y la solidaridad. Dada la inutilidad crónica de la Agencia de cari, yo habría aceptado tal cargo por la paga, claro está; eso sí, mentiría a todo el mundo con que me dedicaba a tocar el piano por las noches en un burdel de buena nota y habría inutilizado la cámara del teléfono de mi chiqui.

Alma española

3 Jun

Voy a los rastros muy pocas veces. Los considero una fuente de tristeza más que de oportunidades. En cierta ocasión, encontré en Fuengirola un señor que sobre una mesa de playa exhibía un ejemplar gratuito de la constitución, un zapato y la revista de literatura Olvidos de Granada, un ejemplar raro que adquirí por un euro aunque aquel hombre me ofreciera el lote completo por sólo dos. No hallo en estas mercaderías al aire ningún motivo poético como los surrealistas quienes arrancaron su inspiración desde una camilla de operaciones sobre la que se encontraba un paraguas en el rastro parisino. No lo creo. En París siempre hace falta una mesa de operaciones y nadie puede olvidar su paraguas. El arte necesita esas mentiras para tirar hacia adelante con su pesada carga teórica. Estos comerciantes siempre me parecen aristócratas venidos a menos. Observo su mercancía y sus movimientos y los imagino bajo un zarpazo del destino o de la condición humana que los condujo a esa especie de moderna buhonería de la desesperación muchas veces. Los zapatos usados capturan mi atención. Nunca vi comprar ninguno ni imagino otro motivo para hacerlo que el de emular las grandes finanzas. Juan March amasó una gran fortuna mediante la adquisición de zapatos desparejados en las fábricas alicantinas por un precio simbólico. Los envolvió con elegancia y los exportó en barco a los Estados Unidos donde fueron distribuidos como zapatería para los muchos cojos que había provocado la Primera Guerra Mundial. Estos que se apilan sobre las esteras, vacíos de futuro, sólo exhiben pasado. No sé. Una fiesta en que la chica descubrió a su amante con otra y arrojó esos preciosos tacones diamantinos por la ventana y por eso uno está quebrado. Alguien que abandonó sus sandalias al llegar a la orilla de Europa porque soñó que aquí le aguardaban unas nuevas y desde entonces las busca por estos tenderetes. Ninguno refiere noches en que fuera usado como copa de champán.

Fue William von Humboldt quien, durante sus viajes como explorador de la lingüística tocado por su salacot y todo, escribió aquello de que la lengua era el alma de los pueblos, aserto que sirvió a varios pueblos para matar de inmediato a su vecino en quien no consideraban que habitase alma alguna. Juan March le debe su negocio a una elucubración lingüística. Los pueblos de esta casi isla ibérica estamos dispuestos a divorciarnos a causa de las diferentes evoluciones que sufrió el latín, o de una aparente ausencia de latín. Las cosas del alma como todos los intangibles, esto es, la idea de dios, la de honor o la de pureza son las que provocan un sufrimiento a la humanidad que se puede medir y contar en millones de muertos. Llegado ese momento uno se desprende del alma porque intuye que tampoco le hará falta en el otro mundo. Cuando paseo este laberinto delimitado por mercachiflería, recuerdo que en inglés si alguien quiere saber lo que la otra persona siente tiene que ponerse en sus zapatos. El español camina por territorios más trágicos y a la vez espirituales. Un alma diferente del inglés, en términos de Humboldt. Nosotros nos metemos en la piel. Cualquier británico, de estos que junto a mí pasean con descuido, rojizos bajo un sol ya intenso, podría escribir miles de relatos con sólo calzarse el número adecuado y el par. Cerraría sus ojos y quizás hasta entonaría la voz del anterior dueño a quien desnudaron en un tugurio de juego clandestino adonde acudió confiado en las certezas de éxito que le auguró una nigromante de esquina. La mayoría de las veces sólo expresaría lamentos por las rozaduras infligidas y abandono en el contenedor. Yo, hijo de mi idioma, me veo en la penosa obligación de optar por un buen juego de cuchillos si quiero conocer a alguien en su intimidad. Como alternativa, me pongo místico y aprovecho las ocasiones en que alguien se sitúa junto a mí en cualquier barra y charlo y le permito que me cuente todo aquello que me trae sin cuidado. Observo sus zapatos y calculo la tersura de su piel. Quizás el español sea menos pragmático, pero es mucho más intenso.

Ni todas ni todos éramos Paco

27 May

En primer lugar, y como debe de hacerse en una democracia sana, quiero felicitar desde estas líneas a Don Francisco de la Torre a quien contemplo como próximo alcalde de Málaga. A pesar de una contenida participación en estos comicios, ha conseguido atraer casi 10000 papeletas más a las urnas. El noble pueblo malacitano ha hablado. Pero ni todas ni todos éramos Paco. El PSOE, con Daniel Pérez ha logrado conciliar más de 17000 nuevos votantes respecto a las elecciones anteriores. Eduardo Zorrilla no sé si sube o baja, las mareas, uniones confluencias y conciliábulos y botellones desorientan a números y electores. Sin embargo, Cassá, Ciudadanos, protagoniza el batacazo de la noche. Pierde un concejal y más de 5000 votos que han flotado sobre este mudable azar político. Ser palmero es lo que tiene; no sólo estás obligado a subir a la palma sino que cuando estás cogiendo cocos se te ven las ideas e, incluso, su ausencia. Los simpatizantes de C’s Málaga han votado la marca registrada en lugar del sucedáneo. Deslizaron en sus sobres la idea de un Don Francisco progre como santo de la jornada. Tal como están las coaliciones en Andalucía, Cassá entregará la vara de mando a De la Torre. Podrá salir de nuevo detrás de él en cualquiera de los pasos procesionales que el alcalde considere oportuno. Será escrito un nuevo pacto a la andaluza que fue articulado, no lo olvidemos, para diluir aquellas estructuras de poder de un partido que llevaba en los despachos más años que el propio Generalísimo bajo el palio. El PP lleva ya 25 años en Málaga con sus inevitables consecuencias de clientelismo real o psicológico que en Sevilla había que desmontar pero que aquí resistirá otros 4 añitos para sufrir igual pena. Así son los misterios de la política. Al final de una noche electoral todos ganan, y lo que en un sitio vale, no vale para otro. Nada tan mudable como la moral de partido cuyos intereses suelen coincidir con los intereses bursátiles, antes que con cualquier otra ética.

Don Francisco ha ganado con limpieza y holgura, pero ni todas ni todos somos Paco. La previsible suma de concejales entre PP y C’s entregará la mayoría absoluta a un bando. Si sumamos las y los concejales de la oposición descubrimos que PSOE junto con Adelante alcanzan los 15, es decir, De la Torre gobernará por sólo un voto concedido por un partido que dispone de dos. Estas son las reglas del juego y deben ser respetadas, lo que no significa que no reflexionemos sobre el sistema y sus códigos. Existe un número más que significativo de habitantes de Málaga que están manifestando en las urnas que no comparten ni el diseño, ni el destino al que conduce a estas calles el actual alcalde en funciones. Una de las características más claras de los consistorios por él presididos es su ausencia de negociación y, sobre todo, de sensibilidad hacia ese enorme, repito, enorme porcentaje de la ciudadanía que no encuentra su voz representada en el devenir de sus aceras, desde hoy por sólo un voto de diferencia. La democracia tiene sus leyes, pero también sus actitudes que no dudo, según sentencia del tiempo pasado, serán semejantes a las de una apisonadora conducida por nuestro ufano nuevo alcalde tras la que Cassá irá dando palmas e imitando algún verdial de los montes. En fin, los líderes de la oposición malagueña lo han intentado, pero Paco tiene mucho tirón. Ha sabido moverse en los barrios, en las asociaciones, hasta el punto de que, ante cualquier problema, en la barra de una peña siempre habrá alguien que te diga que eso se lo dice a Paco y eso se arregla. Así, como si llevara el número de su móvil en la agenda. Una casi mayoría menos uno ve nuestra Málaga en manos de especuladores, incluso la ve en manos de su ayuntamiento, superada ya en población y dinamismo económico por Zaragoza, hacia los precipicios de una burbuja turística con efectos devastadores en su estallido, pero hay que saber explicar todo esto a la ciudadanía. Ni todas ni todos somos Paco, pero Paco es mucho Paco, al menos un voto más que los otros.

No votaré a De la Torre

20 May

Cada quien tiene su trocito de ciudad, su pequeña pecera donde cumple sus obligaciones y devociones. Hay una Málaga para cada malagueño; en la mía no sería alcalde Don Francisco de la Torre, alguien con quien charlaría muy a gusto sobre mil historias de este municipio al que adora, no me cabe duda, pero con quien no comparto ni sus ideas, ni esa ideología sobre las que se cimientan. Parto de un respeto absoluto y de la consideración de que es un técnico muy capacitado para seguir llevando el timón del consistorio pero, ya digo, me horroriza el desatino hacia el que capitanea esta jábega a la que quiero tanto como él. Su política municipal aboca Málaga hacia su deshumanización en varios sentidos. La fachada se ha convertido en punto esencial del concepto de ciudad, en lugar de sus habitantes. La tendencia arquitectónica y urbanística, impulsada desde esa idea, pretende que nos domiciliemos en una especie de gran centro comercial de esos que imitan un pueblecito donde quien llegue se transmuta de ciudadano a consumidor. Interesan sus billetes no su persona. Cada asiento se orienta hacia un escaparate a su vez rodeado de sillas para bares y restaurantes. Las esquinas se conciben como ámbito para el consumo. Somos ocupas de pasillos de un supermercado. Los romanos delimitaban las dos avenidas principales y, luego, imaginaban el foro, el área de encuentro y expansión para la ciudadanía. Las calles malagueñas han sido peatonalizadas para ser cedidas a las cadenas de una hostelería, casi toda de consumo rápido, y con la vista puesta en un cliente al que no se pretende ver de nuevo por allí. El Ayuntamiento entrega terrazas, esto es, espacio público, pero no propone un contrato mediante el que la empresa a la que se concede ese terreno aplique unas determinadas condiciones salariales a sus trabajadores, también dueñas y dueños de esos metros hurtados bajo excusa de recaudación.

Desde esta premisa de urbe como ámbito del no-ocio, es decir, negocio, se deducen muchas barbaridades. Las personas no importan en este Monopoly del sur. El vecindario de zonas como el Centro histórico, Teatinos o Pedregalejo se ha convertido en rehén de esta noción. Las aceras en general son contempladas desde el plano. El horror vacui que atenaza a este consistorio consigue que dos personas no puedan andar de la mano salvo en los pocos metros instituidos para ello. La acera que conduce desde La Goleta a Ollerías permite unas mínimas losas para un peatón que se tiene de desplazar en fila comprimido entre el muro, los árboles, el carril bici y los varios macetones que adornan la puerta de algún comercio y museo. Nuestros ediles bajan al asfalto sólo en días de guardar. En Calle Cuarteles o Salitre, donde había espacio se instalan marquesinas de autobús u otra edificación junto a las terrazas que dejan poco más de un metro para el caminante. Parece que en los programas de diseño no se incluyen humanos. En los idearios consistoriales tampoco, salvo como pagadores de cargas y gravámenes. La ciudad soñada por este ayuntamiento década tras década se dispersó con fines especulativos, en lugar de atender a la expropiación y repoblación de todo el Centro, para que unas dimensiones racionales contuvieran el gasto de mantenimiento; además, de Calle Larios existe Lagunillas. La ciudad asaltada respeta la propiedad personal como bien de especulación pero no considera la propiedad de esos vecinos a los que condena a un infierno de ruido y juergas en bares y pisos turísticos; en este contexto molesta un parque en los terrenos de Repsol. La ciudad expoliada ni siquiera tiene en cuenta a los trabajadores cuando entrega a los negociantes sus tesoros, como sucedió con LIMASA o ahora con el CAC cerrado por simple desidia burocrática. Este ayuntamiento quería regalar terrenos para una universidad privada a la vez que cobra impuestos de basuras a los institutos públicos de enseñanza. Una política municipal tan de artificio como sus fuegos de feria. Un modelo de éxito aparente con ruina certificada en un pronto futuro. Aquí un malagueño es como un extranjero, pero de segunda.

Un mollete para Proust

13 May

Los productores de mollete antequerano están intentando organizarse para llevar las bondades de este panecillo a un amplio número de mesas mediante técnicas de producción y distribución modernas. Aquellos molletes de mi niñez llegaban aún calientes desde una tahona a pocos metros de la casa de mis abuelos que funcionaba con horno de leña. No todos los días elaboraban tal bollito para mi desayuno durante las vacaciones en mi pueblo. Las mañanas que se despertaban cuando aún el cielo era noche y el frío una hostilidad insistente por las calles, se tornaban vivaces a la luz de una hogaza blanca que incluso aún quemaba un poco las manos. La alegría se desplegaba desde un trozo de pan cavernoso por dentro, ligeramente enharinado en el exterior, siempre con forma romboidal, textura blanda y aromas de madera. El sabor de una niñez intransferible por siempre perdido aunque intenten asemejarlo. La vida tiene sus leyes y esta es una de esas inapelables. Proust descubrió la marea de los años entre las vetas de un té en el interior de la magdalena familiar. Yo, perdonadme, mucho menos fino, tendría que hallarla mediante el uso de una loncha de jamón de York apresada entre ambas caras de un mollete recién hecho, al que combinaba con la bebida de chocolate y leche que ese día tocara. Proust se movía en unos escenarios burgueses centro europeos a los que nunca fui conducido por mi estrella, que también podría haberse enrollado un poco y haber sembrado mi memoria en alguno de esos humildes apartamentos áticos del Empire State Building, o incluso del Chrysler, al que también habría aceptado con resignación. Ya sólo me queda asumir mi destino y defenderlo porque es lo único que uno posee. Si contemplo mi alrededor, tampoco tengo derecho a quejarme, aunque durante mi crianza eche de menos ciertos ejemplares de marisco que, décadas más tarde, supe que existían, sobre todo, en esos reportajes que convierten vidas ajenas en objeto de deseo y en un cómodo método para delegar la propia existencia en la de otros a quienes se ve más lozanos y felices.

En aquellos años en que no siempre había molletes porque no había sobrado masa en la artesa, o el cálculo de la leña para el horno había sido exacto, la cocina popular española arrastraba el desprestigio de todo aquello que no fuera francés o que no fuera de importación. Los restaurantes perpetraban vichyssoises, lenguados a la meunière o bouillabaisses que ni siquiera sabían pronunciar. En compendios de recetas de diez tomos no aparece ni una gota de aceite de oliva ni para mojar pan. Explicaba Vázquez Montalbán que a la izquierda, aún medio clandestina, se le debe la reivindicación tabernaria del quinto de cerveza y el pincho de tortilla de patatas. Carmele Marchante, hasta que decidió ganar dinero, dirigía en Barcelona “Ajo Blanco”, una de las publicaciones culturales con mayor prestigio de España con nombre capturado en el bar de malagueños donde tomaban el menú del día. Aquella cocina de la humildad y la supervivencia pasó desapercibida para la high life. Hoy la porra, tan antequerana como mi mollete, los potajes, las ensaladillas o pipirranas tienen que pegar codazos para sentarse en la misma barra que las reducciones, espumas o coulants. Ambos mundos pueden convivir en perfecta armonía pero la personalidad cultural de cualquier área queda definida sobre todo por ese laboratorio de magia alimenticia donde dicen que dios habita entre fogones. Las características de la provincia de Málaga la convierten en uno de los rincones con mayor variedad gastronómica posible. Trópico, mar, huerta mediterránea y llanos casi esteparios junto con alta montaña. Un país de igual tamaño al País Vasco que, sin embargo, ni comercializa bien sus señas de identidad ni aún las reivindica de modo mayoritario. Ojalá pueda desayunar un día en cualquier aeropuerto lejano un mollete junto con una bebida con cacao y traer a la mesa a aquel niño que fui. Aunque con cuidado; aquel niño me empujaría de la silla, me quitaría el bocadillo y saldría corriendo. Mi niñez no fue la de Proust, pero no cambio un mollete por una magdalena.