Adoradme

14 Ene

Si los romanos hubieran construido la Torre Eiffel de Segovia, en lugar del Acueducto de Segovia, como aparecía en una representación de Faemino y Cansado, nos habríamos ahorrado estos disgustos que está provocando este, ahora monumento, antes simple surtidor de agua. No tenían visión de futuro estos romanos. Hace poco, alguien mensajeó de broma, como diálogo de La vida de Brian, que habría que destruir ese símbolo del imperialismo. Las respuestas se dividieron entre quienes de modo muy razonable se dedicaron a insultar y amenazar al autor del mensaje, y entre quienes con gran acopio de lógica apoyaban la ocurrencia. Los europeos llevamos ya más de cincuenta años sin matarnos entre nosotros y creo que eso está afectando a nuestro carácter. Se echa en falta una buena guerra civil, igual que en invierno añoramos el verano y viceversa. Demasiada tranquilidad y comida en el súper. Alguien en el Ayuntamiento de Segovia, la de la Torre Eiffel nonata, recordó esa leyenda en que una segoviana engañó al diablo para que construyera el acueducto en una noche. Como al turismo hay que darle una sonrisa y algo que hacer, pues encargaron una estatua del diablo (que yo sepa nadie ha visto su rostro, aunque haya sentido su aliento) cuernicorto, bonachón, regordete como cochinillo lechal, con las piernas cruzadas mientras se hace un selfie para incitar a hacérselo junto a él. Lo querían situar junto a esa fontanería en piedra, pero alguien ha cursado denuncia ante el juez basada en un delito contra los sentimientos religiosos. Ese diablo descontextualizado de una iglesia puede incitar tanto a su culto, como a exaltar el mal en una ciudad tan cristiana que tiene como símbolo gastronómico un lechón asado que, los primeros quince días que lo almuerzas, pues oye, guay, pero luego uno anhela una ensaladita fresca aunque te tachen de morisco o judaizante, como en siglos pasados, tan presentes.

Para desgracia de esa modernidad rojera y de los independentistas que necesitan denostar a la sociedad española para realzar sus visiones políticas, en ocasiones tan fáciles de confundir con el delirio, España ha sido considerada por The Economist, como una de las veinte democracias plenas del planeta. Sin embargo, el apartado referido a la libertad de expresión provoca un descenso en los puestos de la tabla. Nacido en 1964, con mi adolescencia pasada durante aquellos años convulsos de los inicios de la democracia, constato que en los últimos años hemos retrocedido en esos aspectos. Cierta legislación peligrosa está convirtiendo elementos de la moral personal en rejas de la colectiva. Si La vida de Brian (1980), antes aludida, se exhibiera hoy en un cine, no me cabe duda de que algún grupo iluminado cristiano (tan intolerante como los intolerantes musulmanes o los intolerantes judíos) denunciaría tan impía actividad en el juzgado de guardia, con base en dos conceptos tan vaporosos como el sentimiento y el religioso. La psicología explica que los sentimientos no existen, son avivados por una determinada forma de considerar los sucesos. La religión es definida como conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad (RAE), es decir, nada tangible. Toda persona merece respeto absoluto por el hecho de ser persona, lo que no puede constituir óbice para que se articulen críticas, incluso sarcásticas, hacia cualquier sistema de pensamiento. Desde este instante me revelo como divinidad, y me declaro adorable en todos los sentidos. Mi mensaje es sencillo: he creado este mundo sin vida ultraterrena. Podéis hacer lo que queráis (sexo incluido) siempre que no hagáis daño ni a los demás ni a la naturaleza. La liturgia consiste en invitarme a copas y en darme cariño. Estoy aquí para pasar un tiempo finito con mis criaturas en la ciudad más maravillosa que existe, en el mejor país del mundo. Sin discípulos ni santidades. Sin libro sagrado. Sin templos. Sin milagros. Adoradme cuando coincidamos en los bares. Si alguien blasfemare contra esta tan grande revelación sufrirá una denuncia, tan lógica, tan jurisperita, como la provocada por un diablo en Segovia.

Lunes de juego

7 Ene

Ayer, en la explanada frente al CAC de Málaga, descubrí una rayuela dibujada en el suelo. Miré alrededor por si hubiera sufrido una broma de esas con cámara oculta, o un bucle temporal que me hubiese transportado a mi España de hace décadas. Ningún tiempo pasado fue mejor e imaginen lo que sería tener que padecer de nuevo pantalones de campana, cuellos de camisa en pico y bigotes como turco del siglo XIX. Ningún tiempo pasado fue mejor, aunque todos albergaron sus virtudes. De pequeño, cuando los atributos de la existencia se segmentaban según géneros de un modo más abrupto que hoy, las niñas jugaban a la rayuela. Dibujaban con una piedra o tiza, las casillas numeradas sobre la acera, culminadas por un tejado final curvo; luego, impulsaban la piedra a pequeños puntapiés de saltos a la pata coja y… y no sé más, porque yo me iba junto a los otros niños a pegar pedradas a cuanto bicho viviente, humanos incluidos, se moviera por las calles de mi barrio. Tirar pierdas era casi nuestra ocupación favorita en la que nunca fui bueno, como en ningún deporte. Además, tenía gafas y estaba gordito, lo que me señalaba como víctima en esa pirámide de depredación que los niños alzaban mientras las niñas, pacientes, civilizadas, componían unas cuadraturas sobre un suelo que definían un mundo en sí. Dos modos de emplear las piedras. Creo que desde entonces siento pasión por la mujer. Hay quien clama contra los juegos electrónicos y sus mundos virtuales. Son acusados de actuar como freno a la imaginación y de fomentar la soledad infantil e, incluso, la violencia, así a bulto. Ningún tiempo pasado fue mejor, ni las generalizaciones se adecuan a los humanos. Por ejemplo, eso de que los niños ya no juegan como antes, quizás haya sido un concepto invalidado por la rayuela que descubrí hace un par de días. Se borrará como todas las rayuelas, salvo la de Julio Cortázar, sin que nunca sepamos si alguien logró la puntuación requerida, o si algún zapato juvenil empujó la piedra hasta el final de esas casillas. Quede ahí como un dios al que alguien confió su suerte.

El juego, con independencia del soporte, siempre existirá. Va implícito en las particularidades de nuestra especie que también se caracteriza por algunos elementos positivos, como esta capacidad lúdica que, sin embargo, procuramos reprimir con el tiempo. Nada más solvente para los valores bursátiles que un tipo serio, de esos que no juegan ni con su pilila en momentos de alegría mañanera. Un señor que se viste como hay que vestirse, esto es, sin hacer concesión a la paleta de colores ni a otras prendas que no figuren en un catálogo de almacén también reputado como adusto y grave. Nada más absurdo que tomarse la vida demasiado en serio. Una sucesión de presentes entre dos vacíos que habría que dignificar con risas y alegrías en su justa proporción como todo lo que sienta bien. Recuerdo aquella canción de Juan Perro, la de si te vuelvo a pillar pintando un corazón de tiza en la pared. Habría que comenzar explicando a los niños de casa lo que era una tiza, criados como están en los colegios con los rotuladores y pizarras blancas, cuando no digitales. La rayuela que descubrí implica la existencia de unos padres, casi una madre, que enseñaron tal entretenimiento a sus pequeños, ya sin distinción de género azul o rosa como quieren volver a instaurar en Brasil los iluminados. Las generaciones animales aprenden de sus predecesoras esos comportamientos de recreo. El chico o chica que dispara a los zombis de la tele junto a su familia, adquirirá el grado de violencia que ya usen en casa; igual que quien juegue al ajedrez o a las cocinitas con sus mayores desarrollará en un primer escalón sus iguales destrezas. No hay juego más educativo ni más divertido que el desarrollado junto a papá o mamá, salvo que estos sean los Manson. Entregar unas cajas y conectar unos cables para que el chico o la chica se quede en red frente a la pantalla, escenifica otro método más de aparcar a la prole en un espacio donde no moleste, pero de un modo más moderno, no como antes, cuando todo era mejor.

Rituales

31 Dic

En días como estos no me queda claro si el humano es un animal gregario o preferiría ser un espécimen que cruza en soledad la estepa como si de un viaje místico se tratase. No sé. Ahora, es difícil que el pensamiento trascendente me invada, así, vestido como estoy, con este tanga color rojo de oferta y que pica, al mismo tiempo que se meten por los ojos algún que otro pelito brillante de estos del gorrito cercado por borla y ribete blancos. Los rituales tienen grandes ventajas. Por lo pronto, evita esa molestia del pensamiento. El rector de la Universidad de Salamanca, tranquilizó al rey Fernando VII durante el discurso de bienvenida, cuando aseguró que en aquella institución no había arraigado esa manía moderna de pensar. Ya digo, un engorro tal que ni en los centros educativos lo quieren. Esta mañana, sin ir más lejos, no he tenido que plantearme qué ropa interior iba a ponerme para que, como siempre, me conjuntara con la externa. Me aterra la imagen que de mí se difunda. Si tuviera un accidente mortal, al menos que quede una cierta impresión de mi elegancia entre quienes tengan que asistirme en tan ultimísimo trámite cuando la defensa propia se hace tan difícil. ¿Ven? La muerte, por ejemplo. Los humanos, desde tiempos ancestrales, sabemos que hay que hacer algo frente a ese desorden sobrevenido. Inventamos un mundo más allá, establecimos un color para la tristeza social, y articulamos unas determinadas frases hechas para la ocasión de acuerdo con el grado de cercanía al finado o a sus familiares. Pero no nos pongamos truculentos que hoy no toca. El procedimiento para abordar este día nos indica que no es apropiado sumirse en ideas tan luctuosas, cuando una buena parte de la humanidad femenina va a usar escotes y tirantes vertiginosos, mientras la masculina se limitará a las peculiaridades arriba esbozadas. Y es que el ritual coloca las piezas en su sitio como por sí solas, o las desplaza por extrañeza absoluta, como aquel día que me ofrecieron mantecados y polvorones en un instituto de Salónica en junio.

Los rituales también tienen sus defectos. Hijos y casi esclavos de nuestra tecnología, hemos permitido que nos dicte conductas incluso en las áreas más íntimas de nuestro deambular sorpresivo por este mundo. Imaginen, un guionista de Hollywood se sentía presionado por la productora y en un acto de desesperación creativa sitúa a los amantes desnudos sobre una alfombra de oso, frente a una chimenea y con sendas copas de espumoso en las manos. La cosa pinta de lo más cuco en pantalla. Y ahí están ustedes, retorciéndose sobre el sintético como yo por los picores de este tanga, muertos de frío, a la vez que ahumados como salmón noruego, con una copa de cava caliente entre estómago y vejiga urinaria. Cuando los americanos quieren recalcar que algo es civilizado, bello e incontestable siempre acuden al toque francés. Nosotros ya sabemos de esas discutibles virtudes de nuestros vecinos del norte, fabricantes de regulares quesos, dudosos vinos sacrosantos, y mediocre higiene y modales. Para los americanos representan la esencia del buen gusto. Gracias a ese concepto uno se ha visto bebiendo champaña en el zapato de una dama, edificando cascadas de copas, y derrochándolo como ducha, en lugar de ingerirlo, cuando haya algo que celebrar. Nos aterran los silencios, o una discreta sonrisa a lo Gioconda si la lotería ha tenido a bien arreglarnos la existencia material, la importante, dejémonos de moralidades para pobres. En una lucha permanente contra las características de nuestra especie, nos fijamos en los pavos reales y los gallos salvajes que cortejaban a sus hembras, en los ciervos que se berreaban primero y se cuerneaban después, o al revés, y en qué sé yo. Necesitamos un protocolo de comportamiento, si no diario, sí para festivos. Así, esta noche cenaré con esta vergonzosa ropa interior, tocado por mi gorrito y embutido en traje negro, mientras como unas uvas que odio al soniquete de un campanario equívoco. Y otro ritual que pasa. Que ustedes sean muy felices, de todo corazón.

He comido pavo

24 Dic

Cuando yo era pequeño, perdonen este inicio tan ñoño, las navidades traslucían una época de emociones. Regresaba a mi pueblo como en los anuncios del turrón, la casa se vestía de familiares y amigos que deambulaban entre oropeles y los brillos chinescos de las guirnaldas de colores. La navidad redactaba un pacto tácito en el que cada casa, al menos la mía, se convertía en hogar. La mentira vestida de rojo y con mofletes dictaba los renglones del guión. La nieve en mi diciembre sureño era tan falsa como la sonrisa de muchos de mis familiares. El niño disfruta el ritual como un juego reglamentado. Paso a paso, la constancia de las agujas del reloj desarbolan la inocencia. Ya descubrió Adán que conocimiento y felicidad pueden ser unos íntimos enemigos jamás dispuestos a avenirse en una misma causa. Yo anhelaba aquellos ceremoniales de Nochebuena. Las mujeres en la cocina, los hombres en el salón y los niños enredando con carreras y gritos alrededor del patriarca, mi abuelo, que unía como tronco todas las ramas de aquel árbol. Y llegaba la hora de la cena. Comíamos lo que no visitaba las mesas en el resto del año. Era España tan pobre que, incluso, los tebeos describían aventuras de personajes con hambre perpetua, como Carpanta, siempre a la persecución de un pavo por estas fechas. Por fin aparecían las gambas y los sanjacobos con patatas fritas que, en pocos minutos, daban pie a la parte importante del menú, los mantecados, antequeranos por supuesto, junto a otros dulces y, sobre todo, los licores anisados que, por aquellos entonces, podían ser bebidos por los más pequeños que, además, ya habíamos ingerido al medio día nuestra dosis de Kina San Clemente para que se nos abrieran las ganas de comer. Las mujeres se iban a la Misa del Gallo con los niños y los hombres se quedaban jugando a las cartas y hablando de Franco. Una representante por cada domicilio puesta en paz con Dios era más que suficiente. Al otro día, almuerzo de sobras, despedidas y bajada del telón. Sin aplausos.

Nos hemos vuelto una sociedad compleja. El desarrollo que trajo la democracia, la entrada en la Unión Europea y la multiculturalidad han modificado los capítulos de esta comedieta a la que, sin embargo, le cuesta soltar su imaginario y su brillantina. Quizás debiera irme a Copacabana, no sé. Como aquel personaje de la Roma de Fellini, ya sólo habito los recuerdos, además, falseados por la memoria. La noche de San Silvestre ahora pertenece a mi pequeña sobrina Laura, a la alegría de que mi madre aún esté conmigo y al encuentro con mis hermanos. Ni siquiera sé qué voy a hacer de comer. Ya no reservo nada para esta ocasión especial y no pienso gastarme un pastón en aquello que no puedo comprar. Además, ya he comido pavo. Con cada porción borré los mitos de aquel chico nacido en un país mísero. Vengué a Mortadelo y Filemón, a Zipi y Zape, al soez villancico que sobre este tema cantábamos de adolescentes pero, sobre todo, al pobre Carpanta y esa quimera suya de carne tan insulsa que tanto depende de salsas y acompañamientos. Comí pavo y me quedé sin otros afanes. Perdonen, de nuevo, tanto confeti y sentimentalidad volcada sobre el mantel. Según constato, nunca estoy satisfecho con lo que la vida me pone por delante. Ahora que puedo preparar una cena dentro de las lindes de un lujo de marca blanca, no tengo a los comensales que querría tener al lado. En efecto, lo de Copacabana y sus tangas puede ser una opción. No obstante, dada mi dilatada experiencia conmigo mismo, apuesto a que esta noche, sirva lo que sirva, acabaré jurándome que nunca más comeré así, pertrechado de infusiones y antiácidos. Todo esto sin perjuicio de los juramentos de igual índole que proferiré en Nochevieja, junto con las auto-promesas recurrentes de hacer deporte, dieta, aprender inglés, dejar de fumar y de beber. Las próximas navidades serán tan diferentes como las pasadas. Que ustedes pasen una magnífica tarde, cena y compañía. A ver si invento algo para el pavo y ya les cuento. Voy a buscarme un tanga rojo.

Hijos de los abuelos

17 Dic

Érase una vez que me encontraba en un bar de El Chorro, patria de mis mayores, y un tipo reprochaba al aire de quien lo escuchara que la juventud no servía para nada, que la gente nueva no era capaz de traer al mundo tantos niños como se hacía antes. Y venga con la murga. Y venga a chillar esas mismas opiniones que nadie le había pedido. Un parroquiano le espetó: “Mira, descalzos y muertos de hambre como los tuyos, crío yo todos los que quieras”. Silencio. La natalidad ha descendido en España hasta los niveles de aquella posguerra cuando la miseria paseaba su rostro desdentado entre los escombros y el luto. Descalzo y muerto de hambre un dictador criaba un pueblo. Como hemos mudado nuestra condición social de ciudadanos a consumidores, nuestras autoridades hoy se preocupan por la repercusión futura que esta merma en la cantidad de recién nacidos tendrá sobre las pensiones y otros gastos. Quizás nuestros políticos sigan creyendo aquello de que los niños vienen de París. Padecemos un sistema productivo tan demencial que tener hijos es cosa de muy pobres o muy ricos, sin término medio. No se trata de un problema de fabricación. Las y los españoles alcanzamos un muy alto lugar en los podios que estudian tanto la frecuencia como la satisfacción en la cama. Las dificultades nacen y crecen en el instante de dar a la luz a esa misma criatura que va a depender de su familia durante más años de los que ambas partes puedan imaginar. Los horarios laborales impiden que la familia se ocupe de la crianza correcta de sus hijos, esto es, de acompañarlos en su aprendizaje tanto académico como vital. Imaginemos los impedimentos para una mujer sola. Los precios de la vivienda consiguen que cuando una pareja se independiza y estabiliza ya tiene unos añitos que rozan y pasan la treintena. La preparación necesaria para que una persona alcance un puesto cualificado que le proporcione un sueldo digno exige también una edad. El dilema se entabla entre el disfrute de la vida con billetes en el bolsillo, o la materno-paternidad. Jamás como ahora el nacimiento ha sido un milagro.

La cohesión social se alcanza mediante los pactos que una comunidad establece entre sí y que la definen como tal, no como una jungla donde cada quien se busca la vida como puede. El orgullo de airear una bandera debe partir de la sensación de protección mutua que conlleva la posesión de un determinado pasaporte; lo demás cae dentro del terreno sentimental, por definición falto de lógica y lleno de sinrazones. La sociedad española ha crecido durante las últimas décadas y ha alcanzado unas cotas de bienestar nunca logradas; sin embargo, tal vez sea necesaria una reformulación de varios acuerdos que hagan posible situaciones tan naturales como el hecho de que una pareja, o una madre sola, puedan no sólo tener niños sino, además, criarlos. El fracaso escolar o el descenso de la natalidad revelan facetas de un mismo problema. Los horarios de trabajo en España combinados con la precariedad laboral y añadidos al disparatado coste que la vida tiene para la juventud, nos abocan a una permanente sensación de zozobra del barco y de desconexión entre la política y la realidad de las aceras. Tener hijos significa conocer el miedo. Si se elige esta opción de modo consciente conlleva una preocupación crónica. Los permisos de paternidad o maternidad, los comedores escolares, las aulas matinales o las desgravaciones ponen parches, poco efectivos según vemos, a unas dificultades que sólo están resolviendo los abuelos que, en lugar de disfrutar de sus nietos, actúan como padres suplentes, clínicas, profesores particulares y un montón de funciones más, irrealizables por parte de la familia. En efecto, si uno no se ocupa de los hijos puede criar todos los que quepan en los dormitorios. Si los niños vienen para recibir el amor y las atenciones que le corresponden, entonces mejor abstenerse en España. Una mala noche condena toda una vida, y una buena, mucho más.