Una porra

16 Jul

Cada ciertos veranos me sumerjo, involuntario, en la nostalgia de mi niñez antequerana. El ánimo nubla la memoria y, por afán de supervivencia, anula las fotos feas como las de aquella sensación de temperatura infernal que no distinguía entre la mañana o la noche; o las siestas a las que, sorpresas de la vida, entonces me tenían que obligar mis mayores y, ahora, me conducen mi cuerpo y mente confabulados en su armonía de sueño después de comer. Quedan páginas bonitas en este intransferible ojeo de mi álbum junto a la lámpara como versificó Philip Larking. Las huidas junto a mi perro por llanuras solitarias bajo una sed superada por el ímpetu de la aventura, las sillas en cada puerta cuando el anochecer convertía la calle en un salón común, o aquellos platos de porra de los que no recuerdo haberme cansado jamás. Como ya uno conoce las mentiras de la remembranza ante estos envites de los años, que no significan sino que ni viví deprisa ni ya dejaré un bonito cadáver, procuro volverme objetivo, como hizo el maestro Mondéjar cuando investigaba la etimología de la palabra “rodaballo”: asó uno al horno y, cuando los postres, dio paso al estudio de tan complejo término. Yo planifico el día siguiente. Tras el desayuno, temprano, me dirijo hacia Atarazanas donde encuentro una panadería muy pequeña pero con un pan de cochura y densidad antiguas. Compro más del que necesito porque me conozco y sé que caen luego varios pellizcos. Busco tomates de pera lo más aromáticos posibles, un pimiento verde y una cabeza de ajos de la que sólo usaré uno, fresco, pero uno. Después, en tiendas celosas por los productos que ofrecen, localizo un aceite cuyos matices me convenzan, el vinagre parido por una buena cosecha, y algunas botellas de algún blanco seco, junto a un fino que, una vez refrigerado, usaré para el inicio de este ritual que me reconcilia con mis nostalgias, ficticias o reales, y con mis señas de identidad que, aunque uno no sea raza euskalduna, ni catalana, también las tengo.

Como toda la gran cocina, con permiso de los nuevos chef, la porra tiene su origen en la necesidad que vuelve erudita a la pobreza. Una rápida inyección de hidratos de carbono, grasas saludables, vitaminas y minerales que podrían alimentar como plato único a una familia sin que padeciera carencia nutricional alguna. Tras el plato de porra con su huevo duro, su jamón, el atún y las rodajas de pepino a su alrededor, procede tomar el sendero de la cama como una metáfora de una existencia de la que sabemos en qué hoyo desembocará. No admito que se confunda la porra con salmorejos, pimporretes u otros gazpachos cremosos, ni que se afirme que tiene su cuna en Archidona o en geografías ajenas a su plebeya estirpe. Mi porra es de Antequera porque para eso es mía y sitúo su mito de origen donde lo considero oportuno; en las calles y campos que pasearon mis padres y mis abuelos. Por si alguien tuviera la idea de retarme, acto que siempre acepto como buen megatauro, explicaré cómo elaboro un plato que para mí alcanza categoría de poema épico, regalado a Málaga completa, como la visión de la Peña de los Enamorados desde los dólmenes. Primero se mezcla, entre un poco de aceite, el pimiento limpio con un solo diente de ajo desprovisto de su savia. Luego debe aparecer la pericia del cocinero pues, entre copa y copa del fino, tiene que unir en una sola alma, la carne de tomate, el pan sin corteza, mojado y estrujado como esponja, junto con el aceite. La batidora se usa con paciencia hasta que brote, desde su fondo, el culo-pollo, señal precisa de que el tornado es denso y no se ha parido un sucedáneo. Batidas estas fases en un bol, se añade sal y vinagre, con cuidado, que licua. La porra se come con tenedor; en otro caso, se ha cometido una heterodoxia, tan imperdonable como ese chorro de aceite redundante que algunos perpetran cuando es servida. Ni creo en el cielo ni en la otra vida, pero sí en el infierno, en todos esos errores de los que el propio cuerpo sufre su penitencia, igual que una mala porra, lo mismo que un agosto que no se reconcilia con sus noches.

Ducado de Franco

9 Jul

Los tratamientos personales, como Don o Doña, fueron modificados en Hispanoamérica, apenas se independizó de España, por los de Licenciado, Arquitecto o Ingeniero, aunque no se dispusiera de tales dignidades académicas; efluvios de la Revolución Francesa. Aquellas jóvenes repúblicas querían exaltar el esfuerzo de las personas por encima de las sangres que amamantaran sus cunas. Con el tiempo, los tratamientos simbólicos se redujeron a símbolos sin referente real. Los indianos urdieron una aristocracia de facto, donde ciertos apellidos equivalían a títulos tan nobiliarios como los europeos y con peores conceptos de posesión, estamento y raza, como la historia ha mostrado. Para cualquier sociedad son mucho más importantes sus métodos de control del poder y de la distribución de la riqueza, junto con la permeabilidad social, que la forma política sobre la que se asiente o los protocolos de respeto. Japón y Suecia ejemplifican una eficacia monárquica e imperial superada por pocas repúblicas. Luxemburgo o Liechtenstein conservan aún el boato de los territorios con nombres de fantasía, paisajes verdes como los de aquella caja de lápices Alpino de mi niñez, y príncipes o duques a los que uno imagina en frac y vals permanente. Sus proletarios manejan una pasta del copón y sus auras medievales se diluyen entre los fajos de billetes que se mueven por aquellas tierras burguesas con poca determinación revolucionaria. En el otro polo político teórico, podríamos citar las repúblicas de Suiza, Alemania, Francia, Finlandia o Los Estados Unidos. Todos estos casos quedan lejos de ese otro montón de repúblicas y monarquías con niveles de pobreza, desigualdades e injusticia que difuminan cualquier tratamiento que figure en el pasaporte de esos conglomerados humanos donde es difícil hablar de sociedad.

La monarquía en España fue considerada por los políticos de la Transición como un mal menor que aportaba más ventajas y calma que inconvenientes. Fueron tiempos complejos que hoy más de un Lenin iletrado desprecia. Aquel contexto social no permitía un salto en el vacío hacia una república socialista como algunos sueñan. Juan Carlos I impulsó el régimen democrático en un país donde ya hubiera quedado ridícula e inviable una monarquía a lo Sha de Persia o Rey de Marruecos. No le quedaban más posibilidades. Sin embargo, al socaire de este régimen monárquico parlamentario se colaron privilegios de estirpe como el que arropa a este del ducado de Franco que ahora salta al ruedo ibérico, una venganza más del pasado que, como enseñó Ortega, guardaba su veneno para el futuro. Poco tiene que ver esta España de hoy con la de 1975, excepto en que aún tiene que arreglar asuntos consigo misma frente al espejo. Según informan jurisperitos, la supresión de tal título nobiliario significaría un fraude de ley. La Constitución ampara un régimen monárquico con corte incluida, un peso insoportable sobre las alas de una casa real desprestigiada por un rey que se fue a cazar elefantes pasándose por su noble arco del triunfo no sólo la sensibilidad del pueblo español ante tamaña crueldad, sino también las muchas tragedias en que la crisis económica había sumido a parte de nuestras gentes. Él solito guillotinó el referente moral de la jefatura del estado. Un esperpento como el de Nóos sólo es explicable en un país donde las puertas de las cajas de los bancos se abran mediante el uso de tarjetas de visita sobre las que se impriman escudos y blasones. La propia monarquía tiene que impulsar hoy una situación en la que se anulen esos aledaños del régimen monárquico, esa especie de cortesanía, periférica, pero cortesanía. El caso de los Franco es sólo un ejemplo más de las purulencias que se filtraron hasta las aguas del venero constitucional durante aquellos difíciles años setenta. Las leyes tienen que calificar a la ciudadanía como Don, Doña, Señor, Señora. Caminemos, y el monarca el primero, por la senda de una segunda transición, parafraseando a Fernando VII, rey de ingrata memoria.

Heroína

2 Jul

En el verano de 2014 viajaba yo en una línea de metro entre Queens y Brooklyn, trayecto que en velocidades neoyorquinas tarda una hora. En aquellos vagones, aún con aires de los años setenta, una pareja dormía. Cabizbajos, oscilaban según designio de las leyes físicas que rigen el movimiento. Ella despertó confusa. Sus ojos, como de pez varios días muerto, me transportaron décadas atrás, cuando la heroína comenzó su siega en mi barrio malagueño. Si tal droga había regresado a Nueva York, pronto lo haría a España y a Málaga, la primera en el peligro de la libertad, como reza su escudo, lema que según épocas puede ser interpretado en uno u otro sentido, dada la ambigüedad que la historia española ha mostrado frente a tal concepto. Durante los años de la dictadura, ese peligro de la libertad caló hondo sobre las hamacas de Torremolinos. Desde aquel hábito de cosmopolitismo, cualquier tendencia proclamada en alguna de las capitales del planeta, aterriza con apenas demora sobre nuestras aceras. Hace unos días, en el puente, junto al Centro de Arte Contemporáneo, una chica interpretaba la performance de vender sobre el suelo, sus medias, el DNI y varios dibujos cogidos de la papelera de algún colegio. Ningún deseo de provocación artística empujaba tal acto. En sus gestos, sólo la urgencia de una dosis. Me crié, sin lamentos, en un barrio de aluvión junto a la, entonces, frontera de la ciudad ante lo que llamábamos, sin mucho criterio, el campo. La construcción barata que proporcionaba una vivienda para el proletario. Emigramos desde un pueblo para habitar otro pueblo mayor, comprimido en breves calles. La crisis de los setenta coincidió con la llegada de la heroína. Algunos jóvenes se refugiaban con sus jeringas y cucharillas para disfrutar aquel nuevo producto en los muchos locales vacíos, o entre el esqueleto de alguna obra abandonada. Sentían la paz de los muertos, preferible a la batallas que enfrentaban como vivos. Luego llegó el SIDA y cumplió sus destinos.

La heroína fue droga de pobres. La generación que hoy disfruta su adolescencia exhibe un poder adquisitivo inimaginable frente al de aquellos años grises del tardo-franquismo. El tráfico de tal sustancia se habrá mostrado rentable según sentencia del capitalismo de esquina, aún más inflexible que el de parqués y despachos. Los camellos me la ofrecían gratis en C/ Sánchez Pastor, o junto al Chinitas. En mi propio barrio podría hasta haber compartido jeringa, costumbre de época. La oferta genera la demanda. Los efectos personales y sociales de este demonio con nombre de mujer son desconocidos para nuestros veinteañeros. La madre de un amigo tenía toda la ropa y la comida en la casa de la vecina para que su hijo, enganchado, no la vendiera puerta a puerta. Los alrededores de la Alameda Principal se abarrotaban todas las noches de jóvenes prostitutas a las que delataba la mirada falta de brillo que se queda para siempre en quienes caen en la llamada de la jeringa. Gil de Biedma escribió que no había tiempo verbal más triste que el futuro pasado. El verano anterior eran muy evidentes los rastros de la heroína por ciertas zonas neoyorkinas. Dos años antes, una de las modas de los distritos marginales consistía en vestir chanclas de tira con calcetines. Ya ha llegado esa ola a nuestras aceras. La juventud ignora la miseria que siembra la heroína. Suponemos que los servicios sociales, policiales y jurídicos acumularon la suficiente experiencia para abordar una catástrofe que nos va a llegar igual que las cadenas de comida rápida. Vivimos desde hace décadas en la aldea global que analizó Mcluham. El mundo del narcotráfico, además de las gestas cantadas en los narcocorridos, también necesita la purulencia de los movimientos de capitales sin control, y de los análisis de mercado que se realicen en bufetes y oficinas, incluso elegantes. Unos habitamos un mundo global, otros en uno privado más amplio que todo mi barrio de niñez y sus tumbas. Igual que un mal verso, la heroína ha venido y nadie sabe cómo ha sido.

Manadas y multitudes

25 Jun

Cualquier idea antaño vociferada con el codo sobre la barra del bar y el vaso en la mano, de tubo, por supuesto, hoy deja su huella por esas redes sociales de las que el diablo da fe. Ni me gustan las manadas, ni las multitudes. Ambos conglomerados cumplen un mismo fin, la disolución del individuo como sucede con mi ron entre el burbujeo de la soda. Cualquier asunto relacionado con La manada es grotesco, de la gruta, de los tiempos cavernarios y por eso repunga. Son gentes que hablan otros códigos. Nuestra sociedad ya no acepta la violencia contra una mujer, como el daño colateral e inevitable de la pasión. Nos exigimos sensatez y sensibilidad en el trato mutuo. En esto, a pesar de las manchas de irracionalidad que permanecen, hemos avanzado mucho en muy poco tiempo. Yo vi cómo un tipo golpeaba a su mujer en mitad de la calle, Camino de Suárez, allá por los inicios de los años 80. Cuando la joven hía del terror, aquel tipo, cigarrillo en la comisura de los labios, le ordenaba que volviera. Obedecía y él volvía a patearla o darle puñetazos frente a una multitud que no hacía nada. Hoy esa escena sería inimaginable. No somos tan mala gente; al contrario, los españoles hemos avanzado por muchos caminos de civilidad a un paso rápido, imposible de seguir por otras sociedades. A causa de la libertad provisional de los componentes de La manada, las redes sociales se llenaron de eructos contra España y contra la justicia, por parte de funambulistas de la ideología que saltan de un vacío a otro sin que ambos muestren relación entre sí. Una paloma caga en la chaqueta y la siguiente frase es “en este país”. Aún queda pendiente la lectura intensa de Larra en el sistema educativo. A causa de una medida judicial, entre las y los manifestantes había quienes, además de descalificar a una sociedad completa, pedían el regreso a la barbarie de los juicios medievales. Quieren que una acusación equivalga a una condena, además, sumarísima y ejemplarizante, en lugar de reinsertiva y educadora. A veces de tanta progresía, entra la marcha atrás.

Billy Holliday compuso Strange fruit, tras un viaje por Misuri. Contempló desde la carretera aquellas extrañas frutas que pendían de los árboles, personas negras a quienes la buena sociedad blanca ajusticiaba por acusaciones de robo o violación de alguna chica rubia anónima, en algún lugar impreciso. Queda un abundante material gráfico de tales eventos. Parejas que se fotografiaron risueñas junto a los cadáveres como si se trataran de magnolias recién florecidas. El individuo pierde su responsabilidad y conciencia entre la turba. Los fascistas y los comunistas conocen bien tal efecto y de ahí su pasión por las concentraciones. La indignación o la impotencia ante una medida judicial se debe canalizar por los medios que nos otorga la civilización que hemos construido, esto es, mediante el procedimiento. Si se trata de una decisión recurrible hay que dirigirse hacia los bufetes de abogados, en lugar de a las avenidas, donde por suerte no se legisla desde hace siglos, salvo en esos lugares del planeta en los que aún se azota, se cortan manos y se lapida a las mujeres en público porque así lo exige una masa vociferante que invoca justicia. La justicia en España es muy garantista, tanto para estos tipos como para los ladrones de guante blanco o los terroristas de ETA a quienes, a pesar de las decenas de muertos, se le han aplicado los beneficios penitenciarios a los que tenían derecho. El patriarcado nada tiene que ver con este asunto por más que se invoque igual que un mantra a ver si cala. Como humano es natural el sentimiento de venganza, como sociedad tenemos que aplicar el código vigente en este momento, con todas las pruebas y todas las garantías para los acusados y para la víctima. Dura lex, sed lex, la ley es dura pero es ley, una característica que nos diferencia de esas gentes sin piedad que aún viven entre nosotros. Considero más sana la condición de lobo solitario que reflexiona en silencio bajo la ducha. La lengua nos pierde.

C’S Málaga

18 Jun

Ciudadanos ha propuesto desde y para Málaga una serie de medidas regeneradoras, 25 concretamente, que buscan reducir las deudas y racionalizar el gasto del actual equipo de gobierno del PP. Sin embargo, no expone su modelo de ciudad. Gracias a sus tres concejales, C’s tiene las llaves de Málaga, así como se entregaban en tiempos antiguos a los conquistadores. Explican que el consistorio malagueño no funciona, pero de modo inexplicable permiten que De la Torre permanezca sentadito es su tejado, maramiamiáu, como el señor Don Gato de la canción infantil, en lugar de articular acuerdos y confluencias con los demás grupos políticos apoyados por los votos de más de ciento treinta mil habitantes de nuestra urbe. Las últimas semanas hemos desayunado con noticias que indican el desastre en que los mandatos de D. Francisco han convertido la gestión municipal. La gerencia de urbanismo, una de las áreas que más dinero ingresa en las arcas munícipes, dejó de cobrar infracciones. Sus responsables, y ahí se cobra bien, son incapaces de organizar el motor. Policías y bomberos, descontentos. El área de movilidad urbana tarda varios meses en conceder el permiso de paso a quienes padecen la mala estrella de haber vivido desde generaciones en una de las áreas del centro que ahora haya sido peatonalizada, un escupidito más sobre la calidad de vida de esos malagueños a quienes el consistorio pretende centrifugar hacia otras esquinas mediante diversos métodos de coacción institucionalizados. Ciudadanos, Cassá dixit, se afilió con sus trío de ediles a esta corriente ideológico-mercantil que pretende entregar nuestra ciudad a las grandes marcas de hostelería y franquicias, a los fondos de inversión especulativos, y a esas manos angelicales que firman la bula para que las cofradías alteren, exasperantes, los asuntos terrenales con la excusa de atender a los celestiales. Si en los barrios se viviera mejor comprenderíamos esta definida política de Don Francisco, pero no, la pasta que generan los espectáculos, bares y pisos turísticos, se queda donde siempre tiene que estar, en los pocos bolsillos especuladores de quienes promovieron este escenario usurpado a la ciudadanía.

Ciudadanos en Málaga lleva uno de los nombres peor puestos que conozco. Por sus acciones, declaraciones e incluso ignorancias confesas sobre esta ciudad, este grupo semeja una de aquellas múltiples escisiones que el Partido Comunista sufría en aquellos años de la transición en el que el votante no descubría las 7 diferencias que distinguían original y copia, salvo en las siglas. Así sucede con la dirección de Ciudadanos en Málaga, en donde aún no se descubren corolarios distintos de los de D. Francisco. Ciudadanos se comporta como el cómplice necesario para el diseño de estos infortunios que laceran a la ciudadanía malagueña por una vía u otra. Y que cada quien incluya ahí, desde su imaginario, la vía que considere oportuna. C’s Málaga obtuvo el voto vicario de C’s España. El vecindario y Cassá padecían un recíproco desconocimiento; a pesar de ello, el recién llegado consiguió componer un trío de ediles gracias al nombre del partido más allá de Las Pedrizas y de Despeñaperros, donde Ciudadanos acoge el desencanto y la frustración del votante moderado del PSOE y del PP, junto con el prestigio que para la opinión pública no supremacista ha cosechado la valentía de Inés Arrimadas y sus colaboradores. El voto de Ciudadanos Málaga fue en su día un voto vicario que en las próximas elecciones municipales puede sufrir los estragos que le causen un PSOE recompuesto e ilusionado por el gobierno de Pedro Sánchez, junto con el previsible cierre de filas del PP en torno a la o el nuevo líder. La medida política más destacada de la gestión de C’s Málaga se limitó a la clausura del Instituto Municipal del Libro, donde se condensaba la purulencia de nuestro consistorio, según la inflexibilidad que exhibieron los Cassá’s boys frente a aquel asunto, casi de pandereta y pliego de cordel. Hasta ahora Ciudadanos ha actuado como el palanganero de D. Francisco y sus cuates. Para una copia, mejor el original.