El nuevo fichaje del Málaga

15 Ene

Quienes me conocen estarán con los ojos abiertos como búhos ante el titular. Nunca me gustó el fútbol y no sé nada de fútbol, aunque por mi edad, soy de quienes tenían en el cuarto un póster donde aparecía el mítico jugador del Málaga, Viberti. Incluso pedí un autógrafo a Migueli, y vi en La Rosaleda al Peñarol de Montevideo contra nuestro equipo local. Tal vez, por ser niño blanquiazul, dejó de interesarme un deporte en el que mi equipo subía y bajaba de primera a segunda como el oleaje en el Peñón del Cuervo. Por otra parte, mi niñez me adjudicó el papel de gordo-gafas, adecuado para sacar libracos del bibliobús los sábados por la tarde, pero poco acorde con las cabriolas que debía ejecutar sobre una superficie alfombrada por socavones embarrados, ante un balón dudoso, y frente a una escuadra invisible delimitada por cuatro piedras. Siempre quedaba el último en la elección de equipo y siempre me anclaban cerca de la portería, ajeno al área de la gloria, por si mi masa corporal curvaba el continuo espacio-tiempo y capturaba, así, la pelota enemiga como satélite. Yo, alegoría de mi vida futura, me limitaba a verlas venir y a protegerme las gafas para que en casa no se montara la tragedia. Con tal currículum en consonancia con ridículo, y mis pocas ganas innatas de correr, el fútbol nunca figuró entre mis opciones. Por otra parte, con el paso de los años, mi carácter se ha forjado en una vía profundamente envidiosa y egoísta, lo que me produce una incapacidad para identificarme con cualquiera que gane algo y que no sea yo. Con el Málaga he tenido pocos problemas en ese sentido, pero no con los dioses de mi barrio de adolescencia y juventud que se llevaban, en justa concordia, a las que por aquel entonces considerábamos también diosas de aquellas calles. Aunque ese amasijo de experiencias, torpezas y aburrimientos, que llamamos vida me haya matizado mucho aquellas divinidades de barrio, creo que aún no he calmado esos rencores enraizados en aquella práctica deportiva. La tele decía que el fútbol era cosa de hombres y se ve que yo no cumplía tal condición.

A pesar de que el fútbol inundaba conversaciones y páginas periodísticas en esa época mía de la que les escribo, los destartalados setenta, aún tenía menos repercusiones éticas que en la actualidad. Los futbolistas eran estrellas, por supuesto, pero nunca supimos sus opiniones políticas y, desde luego, jamás tuvieron esta influencia colectiva con sus comportamientos como la que hoy provocan gracias a los millones que trincan, a los coches y lujos que exhiben, y al enjambre de inversores necesitados de su transmutación en héroes para luego vender los derechos de propiedad de un héroe. Un fenómeno a nivel europeo, no sólo español. En Reino Unido, se convierten en best-seller no sólo las biografías de los deportistas sino las de sus novias. Una buena parte de nuestra adolescencia imita peinados, ropa, desodorantes y maneras de sus ídolos dentro o fuera del campo. El Barça es más que un club pero el fútbol es más que un deporte. En este contexto leo que el Málaga, al tiempo que ha destituido a su técnico, pretende evitar el descenso mediante el fichaje de un jugador que aparece como un tipo desequilibrado y narcisista en las redes sociales, pero que, además, arrastra acusaciones de violencia de género. No sé quién fue a buscar a este salvador pero, desde luego, olvidó sobre la mesilla varias piezas del neceser moral cuando hizo la maleta. El machismo en el fútbol no se elimina porque las mujeres acudan al campo para vitorear a los suyos. Este posible fichaje ya ha marcado un primer golazo a esos valores de igualdad y no violencia que la sociedad española, futbolera o no, está intentando sembrar en todos sus estratos. Los goles limpian los pecados. Todo vale en este paraíso de billetes que el fútbol genera. Un equipo en descenso no ensucia el nombre de una ciudad. La acogida de una persona como la antes descrita, o similar, calificaría al club y a Málaga como un barco de tercera, pero sin honra. Pésima lección para buena parte de la juventud malagueña. Temen que al final no venga. Lo flipo.

Seguir al líder

8 Ene

A causa de un resfriado durante, por fortuna, las ya pasadas navidades, mi consumo de películas se disparó sobre el habitual. No me interesa tanto ser un devorador de estrenos, sino un trillador exasperante de cada una de las obras que cae en mis manos. El pasado finde, por ejemplo, vi por ya no sé cuántas veces “Pulp Fiction”, fíjense en mi poca originalidad con los títulos. Pero ya digo que soy de los que funden el reproductor del DVD con un mismo disco. Hay pelis que envejecen mejor y otras peor. No descubro nada nuevo, pero, por encima, de sus cualidades estéticas, cada documento fílmico se comporta como una caja de tiempo que conserva las características de una época e, incluso, desvelan cómo un grupo concebía el futuro o el pasado. Así, en “Pulp Fiction”, por regresar hacia años recientes (1994), exhibe entre sus fotogramas decenas de cigarrillos, conlleva casi una justificación del consumo del tabaco. Sus personajes chirrían entre los efluvios del humo exhalado en dormitorios, bares, restaurantes, taxis, por nervios, tras competir, porque sí y porque no. A ningún guionista actual se le ocurriría que un personaje encendiera un habano en un avión. Un buen día, las autoridades correspondientes decretaron la guerra contra el tabaco y la inmensa mayoría de la población aceptó hacer suya esta consigna, hasta el punto de que quienes tolerábamos el fumeteo en bares de madrugada, hoy no lo soportamos. Las sociedades dependen de sus gobernantes mucho más de lo que el ciudadano considera y, lo que es peor, las sociedades siguen a sus gobernantes mucho más de lo que la propia ciudadanía considera. Serán efectos adyacentes de ese instinto gregario que, como primates, albergamos.

Ser un Robinson de las ideas exige desmenuzar los discursos para localizar sus espinas; incluso, podríamos decir que es desagradable. Hay eslóganes prestigiados de antemano, y otros cuya enunciación condena a su emisor hacia las alcantarillas del llamado pensamiento único, que es todo aquel que no coincida con unos ciertos postulados que refulgen como pretendido pensamiento diverso. Imaginemos a un ciudadano que defendiera en la cervecería de su barrio que la sociedades democráticas son más felices y eficaces que las autoritarias. Ahora situemos esa cervecería en la Alemania de Hitler, o en la Unión Soviética de Stalin; en ambas ese hereje antisocial hubiera sido acusado de perpetuar el pensamiento único por no defender aquellos dogmas que preconizaban justicia social, poder obrero e igualdad, principios con los que todo el mundo está de acuerdo en sus fines, pero no en los métodos para ser alcanzados. Si giro la mirilla hacia el actual conflicto de valores que se está produciendo en Cataluña, descubro que dirigentes como Rufián, uno más pero con apetito mediático, han tomado la irresponsable bandera de la difamación calculada de la sociedad española en su conjunto, mediante una deliberada confusión entre Estado y gobierno, o entre partidos políticos y gobernantes. Así, cuando habló sobre la última sentencia de Junqueras, finalizó su discurso expresando que la situación carcelaria de su compañero se debía a la corrupción española. El detonante para que los dirigentes nacionalistas catalanes, criados en los mejores colegios y universidades, empujaran a gran parte del pueblo como ariete hacia la ruptura con España, se produjo por la imputación de los Pujol en el caso de las ITV y otras podredumbres catalanas. Artur Màs inició entonces un incendio que creo se le fue de las manos y pilló a dirigentes sociales con los botes de gasolina llenos para ser arrojados sobre esas llamas. Convertirse en líder conlleva una responsabilidad. Los dictados de las urnas son los inducidos por los mismos dirigentes que luego dicen ante cámara que deben cumplir como mandato del pueblo, una proclama poco original ya expresada por todas las dictaduras que en Europa han sido. Seguir al líder significa ejercer como muñeco de ventrílocuo, pero es complejo ser consciente de que uno lleva un dedo metido por la trasera y, además, está hablando con voz de otro.

Navideñismo

18 Dic

Ahora está muy de moda el término pedagógico “comunidad de aprendizaje”, descubrimiento semántico de un Mediterráneo si uno considera que el humano se caracteriza porque aprende del grupo mediante imitación o rechazo de la conducta que considere aceptable o ajena a su concepto de mundo. Lo he escrito muchas veces, pero el párrafo que más me llamó la atención cuando leí los Ensayos de Montaigne es aquel donde, tras reflexionar durante páginas y páginas sobre los saberes de su época, se detiene -imagino al autor con la mirada hacia el cielo- para decirse: “Qué cosa tan maravillosa es el hombre”. En efecto, nuestra capacidad de fascinar proviene de nuestra cualidad de ser impredecibles. No es la vida la que enganche porque sorprenda, atrapa porque uno quiere ver cómo lo sorprenden sus semejantes, sea en el sentido que sea. Tras lecturas y conferencias tediosas a lo largo de esta existencia, la filosofía que más aprecio es la más popular, la que nace de esa comunidad de aprendizaje ácrata constituida por cada vecino que encuentras en la acera. Mi maestro Don Cristóbal Cuevas contaba que, nuestro ilustre malagueño Jorge Guillén, escuchó una maldición por las calles de Sevilla: “Así te quedes más parado que el Silencio”. La dicente se refería a un paso semanasantero de aquella ciudad hermana. De tal frase nacieron profundos versos. La Generación poética del 27, como ya había descubierto Antonio Machado, aprendió a buscar en lo popular la raíz de una sabiduría que la cultura libresca sólo matiza; así uno puede encontrar un Diógenes o un Descartes en cada esquina cuando se pasea con ánimo de escolarillo atento a lo que pasa en la calle, y vuelvo a sacar la voz de Machado.

El caso es que disponemos en Málaga de una floristería con hechuras de cátedra, entre las muchas maravillosas que adornan la Alameda principal. Cada cierto tiempo aparece escrita una sentencia en su pizarra, y me tienen enganchado igual que un discípulo ante el sabio. Desvío mi ruta sólo para leerla, y procuro comprar allí las flores con las que suelo pedir perdón cuando este canalleo que me habita se me escapa de las manos. La última, no sé si hoy lunes aparecerá otra, decía: “Me voy a poner a engordar ahora, que luego en navidades todo son prisas”. Un aserto propio de cualquier griego de aquellos que cultivaban el cinismo. De pronto vi el navideñismo; esto es, los distintos métodos con los que cada individuo consigue que estos días pasen lo más rápido posible. La ciudadanía se pertrecha de su gorrito, su ropa interior rojo Ferrari, los espumosos, el dulcerío y de esa chacina que tanto demuestra la existencia de España; endereza las tarjetas de crédito para ponerlas al rojo, esta vez, rojo vivo, en breves horas mediante compra de regalos; por último, hace acopio de anti-ácidos que palíen un poco las torturas de cenas en las que se come con los ojos y, luego, la razón lamenta. Suceden otras cosas, por ejemplo, las comidas de empresa a las que uno acude por el qué dirán, por congraciarse con jefe y compañeros, y porque no sabe por qué acude. También sucede que surge la obligación de pelearse con el o la amante en torno al 20 de diciembre para volver a reconciliar la situación sobre el 8 de enero; tan complejas relaciones no deben interferir con la necesaria armonía familiar de estas jornadas. La navidad, y estoy convencido de que no sólo para mí, se anuncia como ese amigo o pariente con quien estás obligado a encontrate e, incluso, a alojarlo en casa durante un par de semanas, pero al que no quieres ver aunque te sientes obligado a soportar su presencia por motivos de moral etérea. Así opera el navideñismo. Unas fechas marcadas en el calendario que cada quien va saltando casi como una serie de charcos que pueden albergar pirañas o dragones medievales. Las jornadas intermedias tampoco están exentas de peligros. Ese navideñismo nos obliga a prometernos que dejaremos el tabaco, haremos deporte y hasta aprenderemos inglés. Diseñemos bien nuestro navideñismo, que luego todo son prisas.

Carrera con obstáculos

11 Dic

El Ayuntamiento de Málaga no pierde ocasión en demostrar su poca capacidad organizativa. Ayer tocó la carrera maratón de Málaga. Nuestras autoridades deben pensar que cualquiera que saca su coche en domingo por esta ciudad, lo hace con gusto, es un pecador de la pradera, como remembranza del Chiquito, y merece todo lo que le pase desde que salga de su aparcamiento para lanzarse a una ciudad que, a la mínima, adopta un aire de caos circulatorio a lo metrópoli oriental. Ayer, nos tocó maratón, una actividad sana para quien le siente bien, y fantástica para quien le guste. No sé si alguien gana dinero con la organización de tal evento, lo que sí sabemos seguro es quién pierde. Desde las arcas públicas, un despliegue policial tan enorme como de dudosa eficacia se llevará un montón de fondos por curro en finde. Desde el monedero particular de cada uno, huyó otro montón de pasta en el gasto en gasolina por ir de atasco en atasco, como en juego de la oca, porque por malagueño le toca. Las calles se transformaron para miles de conductores en una especie de pozo perpetuo o de cárcel que reiniciaba el juego en la casilla de salida una y otra vez. Lo digo con toda sinceridad, qué civilizados somos los malagueños. Nadie perdió los nervios y embistió con el coche algunas vallas que cercaban un recorrido que rasgó la ciudad, como si las calles de Málaga fuesen las de Nueva York o Madrid. Pero las fotos quedan resultonas, y el nombre de ciudad de Málaga asociado a una maratón, sirve para hacer póster donde nuestros ediles figuren como si hubieran organizado un evento de primera magnitud mundial. Otra cosa, es el pie de acera, tan ajeno siempre a las fotos políticas como el mundo de Alicia, del mundo que padecía Alicia cada mañana antes de atravesar el espejo. Así, una maratón para Málaga no tendría que fastidiar a toda esa parte de malagueños que no ha participado y que, según me he encontré en los diferentes atascos, enumeraba también una multitud. No fui el único flojo de la ciudad que se vio obligado a coger el coche la mañana del domingo.

Una maratón traza un montón de kilómetos, no necesariamente un tipo de calle. La de Nueva York, tan famosa, tan imitada, comenzó por trazar una ciudad racional donde, curiosamente, los especuladores y los pésimos arquitectos urbanistas tuvieron menos peso que en Málaga, tal como demuestra su trama de aceras y edificios que ganan dinero en el plano vertical, pero en el horizontal permiten calles y avenidas rectas. Allí cortan para cualquier acto multitudinario una avenida de Manhattan, les quedan otras diez en ambas direcciones, y disponen de una pista de un montón de kilómetros que apenas altera el tráfico y que, además, se suma a un transporte público eficacísimo. Giremos la vista a nuestra Málaga. Nuestro trasporte público reducido aún depende del estado del tráfico en superficie, las avenidas son pocas, tortusosas en varios casos, mal conectadas con las calles adyacentes y atascadas con una cantidad de tráfico moderada. A estas características hay que sumarle el hecho de que el centro está revuelto por las obras del metro, faraónicas según su demora y, encima, ayer era un domingo prenavideño, jornada en que una gran multitud se escoró hacia el centro de la ciudad para ver luces y hacer compras. En este contexto, desconocido para el área de movilidad, se realiza una maratón que cortó durante horas varias de las principales arterias de Málaga y obligó a los conductores, atrapados el pozo de la oca, a lanzar sus dados una y otra vez, a la busca de alguna combinación esquinera que los librase de tal condena. Me dirigía desde Calle Jovellanos hacia Parcemasa. Tardé una hora en salir de la ciudad, y esto no es un recurso literario llamado exageración, tan caro a los andaluces. Una maratón, ya digo, exige una distancia, no un tipo de avenida. La misma competición podría haberse realizado por los polígonos industriales, que también son ciudad. A no ser que, como aquel capitán que encalló el crucero “Andrea Doria”, alguien quisiera que la novieta lo contemplase bajo el balcón a trote por las aceras. Unos disfrutaban la carrera, otros nos comíamos los obstáculos.

Crisis de ruido, crisis de ciudad

4 Dic

La llamada crisis del ruido demuestra de un solo golpe no sólo el pésimo diseño urbano de Málaga, sino la torpeza de nuestro consistorio, con el alcalde a la cabeza, para resolver cualquier conflicto, además de la porquería de instalaciones educativas con que contamos, junto con la inutilidad de Ciudadanos para implicarse en todo asunto que afecte a nuestras calles y que no se trate de salir en procesión con un estandarte. Frente a una crisis, inutilidad, porquerías varias y ausencias. Así se arreglan los conflictos en nuestras esquinas, a la malagueña, esto es, mediante multas que pagan los mismos bolsillos contribuyentes, combinadas con amenazas mediante la policía municipal, a la que nuestros prebostecillos locales ordenaron vigilancia periódica de los colegios donde los chicos generan ruido para quitarles la pelota si los ven jugar. Así, Paco, con un par, con un par de policías echando balones fuera. Esta serie de soluciones revela que Don Francisco sirve para inaugurar eventos y poco más. Un alcalde florero. Cuando brotan las desavenencias, como en Limasa, por ejemplo, o ante este ya dilatado rosario de discordias entre el vecindario y las actividades extraescolares, el alcalde opta por el perjuicio claro a toda la ciudadanía. Cuando una administración sanciona a otra, el menoscabo en los fondos deteriora el servicio de la sancionada. Si paga la Junta, menos dinero para educación. Si la Junta ordenara que el colegio pagase de su presupuesto, faltará dinero para esos escolares, así de sencillo. A cierto funcionario municipal le oí decir que se fastidiara un determinado centro de enseñanza frente a una sanción; me pareció un simple imbécil que no sabía lo que decía, pero el leer que un alcalde justifique unas sanciones que afectarán a los colegiales de su municipio, pasa cualquier frontera de ética política e, incluso, de moral privada, mancha que también pringa a C’s Málaga, soporte y casi cheerleaders de esta deriva municipal que padecemos.

Vayamos por partes. Por un lado, todo ciudadano tiene derecho a estar en paz en su casa y de no tener que soportar el jaleo inherente a cualquier práctica deportiva en grupo. Por otro lado, las viviendas construidas frente a los colegios se alzaron previa licencia municipal, por lo tanto, el propio ayuntamiento es responsable de subsanar los errores que abocan a los vecinos a una incomodidad por falta de previsión del departamento de urbanismo. A esto tenemos que sumarle que los gastos y mantenimiento de los colegios competen a los municipios; sin embargo, la edificación corresponde a la Junta. En Málaga, en la Costa del Sol, sufrimos la leyenda del paraíso terrenal climático, con lo que los diseños de las instalaciones escolares van poco más allá del de unas chabolitas aparentes. No disponen de equipamiento contra el frío pero tampoco contra el calor. No se construyen pabellones deportivos cubiertos porque hace un fantástico sol en invierno, pero tampoco se protege al alumnado de la radiación solar que a partir de abril machaca los patios hasta noviembre. No es fácil ser malagueño en Málaga. La forma correcta de solucionar esta colisión de intereses hubiera pasado por el diseño de un plan mediante el que Junta y Ayuntamiento hubiesen adecentado esas instalaciones deportivas con las que el propio consistorio malacitano se está ahorrando la construcción de establecimientos ajenos a esos recintos escolares. Tampoco habría estado mal que a los vecinos se les hubiera ofertado la posibilidad de que sus viviendas fueran insonorizadas y climatizadas. Con esas dos medidas, Málaga habría salido en los medios nacionales por ser una ciudad que piensa en su ciudadanía. Por el contrario, la inexplicable contundencia de Paco el multador, descubre que, más allá de la fachada museística y el cartón-piedra del decorado del Centro para visitantes, Málaga es una ciudad en la que el Ayuntamiento machaca a los indígenas. Además de una crisis momentánea por el ruido de los colegios, vivimos inmersos en una añeja crisis de ciudad.