El beso

16 Abr

Al humano le tira la tragedia, a pesar de que si preguntásemos por la calle, toda y todo entrevistado afirmaría que le gusta más reír que llorar, salvo si realizáramos la encuesta en el portal del club sado-maso. Una tragedia griega parece que desentraña un pensamiento profundo, tal como un pescador arrebata al abismo sus mejores piezas. Deja traumatizado a un público que marchará cabizbajo hacia casa sumido en la duda de si se sacaría los ojos en el caso de que se hubiese acostado con su madre antes de matar a su padre, o si sólo optaría por huir como refugiado a Suiza, tan de moda entre los edípicos sociales de estos tiempos. La comedia, sin embargo, no conduce a nada. Uno se ríe, y es capaz luego de tomarse cuatro cervezas con quien lo haya acompañado al cine, y minutos más tarde hasta se morrea a tornillo con su acompañante, entre risotada y risotada, aprovechándose del buen rollo ambiental que expande ese género literario. Pero no, esto es un valle de lágrimas tal como nos han enseñado desde pequeños, y parece que ese concepto arraigó en el torrente anímico para teñir desde ahí nuestra mirada como un parásito ocular. La española cuando besa, es que besa de verdad, no como aquellas nórdicas que venían a la Costa a liberarse para liberar de prejuicios a una horda de cejijuntos perjudicados por tanto efluvio de Varón Dandi y Jabón Lagarto. El pasado viernes fue el día del beso. Pero el viernes pasado coincidía con el número 13 del mes, y ya digo que pueden más dos tragedias que dos carretas. Contemplé por redes y carteleras, muchas más alusiones a pelis de terror que a comedias románticas, o a meras escenas donde un beso se alojase en la zona áurea del deseo. Y creo que no habría ninguna disensión en que cualquier beso, casto o libidinoso, seco o mojado, de doble rosca o de simple roce en los labios, es mucho más agradable que una motosierra sobre la espalda. Poseídos por la tragedia, nos conducimos bajo la retórica de un gen Unamuno que adereza la angustia e impide que para el homo sapiens tragicus, el estar aquí ahora desprenda la simpleza de un beso.

Hace muchos años, la Universidad Menéndez Pelayo me becó para un curso sobre literatura fantástica; aprendí que el terror ofrece una respuesta al más allá, al gran miedo de que tras la última luz, allí no exista nada, idea a la que nuestro cerebro es incapaz de dar forma o color y, por ello, rechaza. Nuestra mente prefiere escenificar un infierno con exuberantes vampirellas, espectros y psicópatas enmascarados. El cálculo del vacío exige una ingente inversión de valentía. Y entre estas elucubraciones se nos pasa la existencia como burbuja por copa de champán, única verdad absoluta que despreciamos hasta que el final del trayecto se nos anuncia una mañana frente al espejo, cuando ya no existe convocatoria extraordinaria, ni prórroga. Una pintada que ciertos alumnos de la revista “Tediria” escribieron sobre las paredes del IES Sierra Bermeja, chilla al viento, “Epicuro Forever”, como alegato contra el tedio de los días. Si no pudiera ser forever, pues nuestra configuración sentimental lo impide, al menos deberíamos de ser epicúreos para esos días señalados como el pasado viernes, cuando tendríamos que haber rimado besos de toda condición para expresar nuestra mejor cualidad como humanos, la de la alegría y su efecto de risa, tan despreciada por una buena porción del intelecto solvente y de meditar hondo, como la negrura de un pozo. Somos simios tan trágicos que incluso la inmortalidad nos haría infelices, como me enseñó el mismísimo Borges. Cubrimos cualquier acto cotidiano con esas mantillas de luto que teje el veneno escondido en los conceptos, “eres un besucón”, arrastra una connotación negativa en castellano y “no me hagas reír” señala la dirección de ese barrizal por donde nos encanta dar paseos. Es imposible ir dando besos ni en un viernes dedicado, y la euforia siempre se consideró síntoma de locura. Si nos creyéramos la vida, si considerásemos su valor único por irrepetible, la intentaríamos vivir dando paz y, si no amor, cariño al menos. Más besos y menos lágrimas.

Educación sexual

9 Abr

La Opinión publicó ayer una entrevista realizada a mi buen y admirado amigo el doctor Francisco Cabello. Cualquier charla con él despliega un cúmulo de lecciones sobre sus especialidades médicas de sexualidad y psicología, a la vez que regala claves para descifrar algo de ese archivo de percepciones al que llamamos vida, porque en realidad no sabemos cómo llamarlo. De él aprendí, hace años, que el sentimiento amoroso tiene mucho de química cerebral, de concomitancia con la locura y la obsesión. Cuando esa característica no es tamizada por otras reflexiones, la relación se transforma en abismo. Si yo considero que la mujer debe de estar sometida al hombre, a partir de ese subidón bioquímico, querré tenerla junto a mí a cualquier precio y bajo ningún concepto entenderé su libertad de elegir, de pensar, de salir, o de ser en definitiva. Esta es la estructura profunda de la maté porque era mía, y de los amores que matan. La verdad desagradable asoma cuando uno descubre que hay chicas que comulgan con estas consideraciones de la existencia, por propia definición siempre propensa al sufrimiento sin que los humanos tengamos que añadirle nuestra propia salsa. Como explica el doctor Cabello, carecemos de una educación sexual, entendida también como una educación sentimental, esto es, del saber hacer sexo, pero también del saber estar en la sexualidad, sus sensaciones y sus daños colaterales, para que los sujetos implicados sepan interpretar, e incluso huir, de esas dificultades que el amor conlleva. Ya que nadie nos explica cómo morir, al menos que aprendamos a vivir, dentro de los difusos límites que ese verbo esboza. Pero no, ninguna ley ha contemplado hasta ahora la estructuración de estos saberes que en las casas, de modo general, no se abordan, y en los centros docentes se confían a charlas, encuentros y conferencias en el mejor de los casos, esto es, en esa parte de la enseñanza que no está reglada y, por tanto, no desarrolla un proceso de aprendizaje planificado. Los niños ni vienen de París, ni traen un pan bajo el brazo, ni saben de nada más que sus mayores.

Cuando las alumnas o alumnos del instituto preguntan sus inquietudes sin inhibiciones, la o el docente siempre se horroriza por unas dudas que descubren el peligro de múltiples ignorancias. Como una de esas verdades asumidas por la población, sin que nadie explique un porqué, nuestra sociedad considera que los jóvenes, así a bulto, manejan cualquier dispositivo informático; además, sobre la vida saben más que sus padres. Echamos mano otra vez del cobijo que edifican las abstracciones; así no tenemos que decir sexo, término aún tabú. De un modo amplio, en efecto, nuestros adolescentes juegan con el ordenador, y emplean ciertas aplicaciones de los teléfonos móviles con las que se comunican. Usar una hoja de cálculo, crear un blog, gestionar una web o escribir un texto de modo adecuado, exige una serie de destrezas que no desarrollan hasta que son practicadas en el aula. De igual modo, el temprano consumo de pornografía no garantiza que las y los chicos tengan mayores ideas de sexualidad, ni de las cargas emocionales que una relación sexual puede descubrir. No utilizan preservativos en todas las ocasiones; las alertas por posibles embarazos del fin de semana son frecuentes entre los segmentos más débiles de la población estudiantil con familias que no saben cómo actuar ante una situación así; además, desconocen las enfermedades venéreas. Si a esto unimos el hecho de que confunden los diferentes tipos de relaciones que los humanos establecemos, y le sumamos las dificultades para detectar vínculos de poder o sumisión, inducidos por las escenas pornográficas, concluiremos que una sociedad tan compleja como la nuestra continúa aprendiendo los asuntos del corazón en los boleros, cuyo resumen enuncia que al corazón nadie lo puede convencer de nada. Estas carencias de nuestro sistema educativo tiñen de luto una gran parte de los titulares periodísticos.

Cultura e igualdad

2 Abr

Una vez más, la política se confirma a sí misma como el arte de lo imposible. Podemos y Partido Popular se han puesto de acuerdo para nombrar una comisión que estudie las posibles discriminaciones de la mujer en el ámbito de la cultura; de este modo, el Ministerio diseñará programas de inversión adecuados a estas necesidades. La música suena bien pero no sé si este concierto tiene mucho sentido. Por supuesto que cualquier iniciativa contra cualquier discriminación debe llevarse a término con la mayor celeridad y eficacia posibles; pero donde menos desigualdades parece que se produzcan es en el mundo de la cultura, donde nunca he visto que se margine a alguien por el hecho de ser mujer u hombre, blanca o negro, alto o baja. Los parámetros de selección, desde luego, son muy diferentes a esos, y en todos los estudios, la mujer sale siempre mejor parada en asuntos culturales. No hay más que ver los índices de lectura generales en los que la mujer se lleva siempre la palma del triunfo como ser lector. Un día que fui a tomar un taxi, mientras todos los taxistas charlaban de sus cosas fuera del coche, una taxista leía su novela en el interior del vehículo hasta que yo le fastidié su tan fructífero ocio. Hablar del mundo de la cultura es como tratar la vida en una selva así a a bulto. Habrá que precisar hacia dónde encaminamos nuestra mirada y con qué tipo de juicio. La cultura no encarna un ente desgajado de la sociedad que la produce. Un entorno social genera un fenómeno que se albergará en una determinada faceta de la cultura. Hace algún tiempo un colectivo de actrices y actores negros se quejaban de los pocos rodajes en los que aparecían. Y la verdad, cuando me pongo a escribir un relato o un guión en mi mundo, nada racista, no aparecen simplemente porque me crié en una Málaga mono-étnica. Ni jugué ni conocí niños de procedencias ni etnias diferentes a las de mi barrio. En los textos de nuestras y nuestros jóvenes aparecerá esta reciente característica de la sociedad española de un modo natural y espontáneo. Las producciones culturales muestran una rápida capacidad de adaptación.

La cultura ni es machista, ni racista, ni patriarcal, ni feminista; la cultura es el espejo donde se puede rastrear los grandes conceptos generales de una sociedad durante una determinada época. Los condicionantes sociales hasta nuestros días han propiciado que en pintura, por ejemplo, hayan predominado las modelos frente a los pintores. No se puede condenar a Tamara de Lempicka porque también retratase mujeres, en lugar de hombres; en su caso, se trataba de darles visibilidad a esa nueva dama burguesa que anunciaba ya una época distinta para el concepto de lo femenino. Las tendencias literarias de consumo mayoritario en España, por poner otro caso, se encuentran bajo designio femenino; la inmensa mayoría de representantes literarias, como indica el adjetivo, son mujeres. Y en poesía, tan minoritaria, tan exquisita, no creo que nadie se plantee ningún género tras la emoción de un verso. Repito que las características culturales de una sociedad brotan desde sus condicionantes sociales. Las distorsiones pueden surgir cuando una comisión parlamentaria designe qué parte de la creación cultural tiene que ser subvencionada y cuál no, según parámetros de la llamada discriminación positiva. Si me centro en el caso de las artes plásticas en Málaga y comparo dos generaciones, la mía y la de mi hija, descubro, por mis criterios personales e intransferibles, que me gustan los pintores de esa generación nacida durante los sesenta; mientras que de la actual puedo enumerar nombres como Delia Boyano, Victoria Maldonado, Paloma Castro, María Vera, Hadaly Villasclaras o Florencia Rojas, por citar algunos nombres cercanos a mí. Si las condiciones socio-económicas cultivan la igualdad, la producción cultural se desarrollará por esos derroteros sin necesidades de interferencias de comisiones parlamentarias que pierdan su tiempo y nuestro tan valioso dinero.

Necesitamos política

26 Mar

Que los independentistas catalanes vayan llorando por las esquinas como la Zarzamora no descubre ninguna novedad. Tal vez, ahora lo estén haciendo con motivo quienes sabían que vulneraban la ley por mor de un delirio mesiánico. Antes gruñían porque España robaba a Cataluña, luego porque no les dejaba votar un divorcio unilateral y ahora, según su versión, porque van a la cárcel por pensar diferente y querer hacer un mundo mejor. Si se mira desde otro ángulo, se podría argüir que como servidores públicos han desviado partidas del dinero de todos, hacia fines ilícitos. Sólo gestionaron los intereses de la ciudadanía que les era devota. Un cargo público no puede hacer eso. Palmeros y vedetes sabían que obraban mal pero nunca creyeron que las leyes, como esa vida que uno empieza a comprender más tarde, iban en serio aunque la declaración de su independencia fuese una broma, tal como han explicado ante los jueces. Un proceso tan chusco como bien orquestado. Gran parte de sus impulsoras e impulsores pertenecen a las élites de España, con formación en las mejores universidades del mundo pagada por familias adineradas. En lugar de buscar el bien común, de convencer al resto de la sociedad española de la necesidad de una república, de una nueva transición, sólo se dedican a incrementar esa rima que vincula al independentismo con el egoísmo. Dibujaron a las clases populares catalanas un país donde atarían los perros con esas butifarras que los pobres del sur del Ebro ahora les robamos. Un camino grotesco jalonado de mentiras y paradojas. Un rodillo secesionista, según ley D’Hont, que exige comprensión para su minoría, a pesar de su falta de sensibilidad con las minorías en su ámbito; un sistema preso de las antisistema; y unos exilios con efluvios de vacaciones hacia los que se han encaminado quienes juraron vencer o morir, como manda el himno de Riego. Una revuelta de ricos con muchas venganzas sembradas para el futuro, como escribió Ortega y Gasset que sucede con los asuntos que las sociedades dejan sin resolver.

El Estado no puede impedirse a sí mismo su actuación como Estado. Los distintos componentes de la administración no pueden contemplar un delito sin presentar denuncias y pruebas ante la judicatura; el aparato forense tiene que iniciar y concluir el acto administrativo que articula un juicio conforme a un procedimiento. Esta farragosa máquina libró al mundo civilizado de la necesidad de torneos y justas entre nobles y siervos de la gleba para dirimir diferencias. Pero nunca llueve a gusto de todos y aún existe quien defiende que las disensiones progresan adecuadamente mediante la coctelería Molotov, la pirómana borrokalera, o la de la unilateralidad consumada que tanto se parece a una violación. Estos ideólogos han terminado en la cárcel por pecado de obra, no de pensamiento, como podría aclararles el abad de Montserrat. Sin embargo, el gobierno, no el Estado, dispone de la facultad de la negociación, hasta ahora poco o mal usada. A los independentistas sólo les queda esa postura numantina, tan española, de la inmolación por falta de inteligencia práctica. Durante toda esta algarada, incluso las y los más extremistas dentro de los difusos límites de la razón, ya han contemplado las grietas de su proyecto. Fuga de capitales, aislamiento, fractura social y una España más cohesionada de lo que consideraron. Ha llegado el momento de hacer política, de que las propuestas revelen que la idea de una sociedad conjunta es más próspera que la de la balcanización independentista. Necesitamos el refuerzo de los vínculos afectivos y emocionales. Demostrada la solidez del Estado hay que aplicar con generosidad todos los puntos de sutura. Cataluña no es un enemigo; los independentistas catalanes tampoco. A los amigos no se les tienden puentes de plata etérea, sino autopistas de cemento con dos direcciones. Necesitamos política. Desactivemos el presente para que se anulen las venganzas del futuro.

Borrascas

19 Mar

Diversas encuestas publicadas durante días anteriores auguran futuros éxitos a Ciudadanos tanto a nivel estatal, local, incluso autonómico en Andalucía. Sin embargo, estos avances electorales están previstos bajo esa atmósfera tormentosa de la erradicación de las mayorías, situación que puede transformar las victorias en derrotas y ninguneos, a causa de las alianzas entre dispares, si no, entre diferentes. Así está la estampa del cielo social español, como si el destino lo hubiera calcado de estos chubascos de domingo bajo los que escribo. Una luz de plomo sobre una ciudad con ansias de sol y verano perpetuos. Ante este aguacero irrumpe Ciudadanos con ciertos visos de alcanzar el poder. La sociedad española, situada por el imaginario colectivo bajo la sombrilla sobre la arena, como enmarcada para siempre en una foto de Pérez Siquier, sufre ahora el desencanto consigo misma. Tras aquella orgía de los ladrillos, esta resaca por tanto psicotrópico financiero y tanto estupefaciente social hibernados para un futuro que ahora es presente imperfecto con toda la carga de realidad del indicativo. Aquel gabinete socialista de Rodríguez Zapatero gobernó como esa manada de inútiles que la historia desenmascara hoy; allí donde el Partido Popular pudo, cultivó una podredumbre que aguarda en las colas de un sistema judicial que a ninguna instancia del poder interesa que funcione. Tampoco se inhibieron del tintín de las monedas sucias Convergencia, la Casa Real y un buen número de prebostecillos locales. Entre idiotas y flatulentos me parece un buen título para la novela que el pueblo español protagonizó como sujeto paciente durante aquellos tiempos en que el secreto de la felicidad consistía en asfaltar la península, y dejarse querer de un modo u otro. Conocemos el final trágico de esta película pero nos imaginamos que el próximo desenlace será aún más aciago, según los nubarrones que desde tantos frentes se aproximan. Por lo pronto, los ricos catalanes ya intentan huir de esta pobreza que tanto afea cualquier foto, salvo las de Pérez Siquier. Alzan los calçots también en Baleares, y los señoritos vascos y navarros barnizan ya sus makilas por si hay que soltar algún varazo. En días de diluvio quien tiene un arca, triunfa.

Y en mitad de esta ciclogénesis expansiva llega Ciudadanos. Inés Arrimadas, junto con su equipo, ha sido valiente en una Cataluña conducida por el nacionalismo hacia la confrontación social; un freno de sensatez frente a aquella hoguera de niños pijos educados en Harvard, y que nunca pierden. Ciudadanos recuerda a UCD; enarbola un discurso cómodo, con el que gran parte de la clase media se identificará sin mayor problema, pero que, al menos por ahora, no indica qué va a hacer de modo concreto para que se calme este tan largo invierno. La formación de Albert Rivera se revela como un parche, y España necesita mecánica nueva, de última generación y con urgencia. La sociedad española tiene que encontrarse en un escenario donde se sienta sociedad y española, un espacio de encuentro donde las comunidades ricas abandonen la prepotencia de quien amenaza, y las otras, el lamento del subsidio. Aquella UCD se articuló en tiempos terribles y ofreció a los españoles un modo de no definirse ni por la izquierda, en muchos casos soviética, ni por una derecha todavía con vocación neo franquista. Tras varios años, y por el efecto despabilador de un golpe de Estado, el pueblo español descubrió un 23 de febrero que sólo había disfrutado la anestesia del paso tiempo, aquel viejo aforismo de Lampedusa de que era necesario que todo cambiara para que todo siguiera igual. Si Ciudadanos quiere alejarse de aquel precedente tiene que mostrar hechuras de partido con idea de Estado, un ideario, más que ideología, para una cohesión social. Por ahora, Ciudadanos se limita a rectificar alguna leve medida del que mande. En Málaga actúa como monaguillo del Partido Popular en el ayuntamiento, y en Sevilla funciona como palmero del Partido Socialista. O campo, o playa; o sequía o lluvia. Por desgracia, nos hallamos en una época en que hay que resolver incógnitas y disyuntivas frente a tanta borrasca de pretéritos que ensucia el futuro.