Mi pasado

18 Mar

Unos físicos rusos han publicado un informe que ha sido tachado como erróneo por un buen número de especialistas. Habían conseguido enviar un electrón al pasado. Por desgracia parece que no pudo ser así. No es que yo no quiera explicarles en estas líneas los porqués de tales fallos, es que no tengo ni idea de física más allá de lo que una foca adulta pueda saber de esta ciencia. Y si me lo planteo, nunca me atrevería a opositar contra una foca adulta por una plaza de profesor de física, una disciplina que considero próxima a la teología y sus dogmas de fe. Hay asertos que me encantaría comprender para mi propia tranquilidad. Por ejemplo, cuando me miro al espejo temo que cualquier día rompa el continuo espacio tiempo tan curvado por mi masa corporal. Bueno, ahí están las focas en la playa discutiendo en su lengua autonómica sobre las teorías de Einstein y no sucede nada; confío en que el continuo espacio tiempo esté bien trenzado y no se quiebre bajo mis pies. Por si acaso voy a incluirlo en el seguro del hogar y en el de vida, aunque ya varias compañías se hayan negado a ello. No soy el único ignorante en estos saberes, tal como puedo constatar en esas oficinas de seguros que me echan a la calle de modo colérico. Quizás sea por esa falta de erudición científica por lo que siento una gran exaltación cuando leo en los titulares del periódico algún avance como el antes aludido. Si un electrón viajó al pasado, algún día podremos hacerlo nosotros. Previendo tal posibilidad he cargado al tope mi tarjeta de multitransporte urbano. Yo soy así, creo en la ciencia a ciegas y en los progresos que nos puede traer el ímpetu del hombre. Fíjense cómo los nervios del ludópata conde de Sándwich por querer comer sin abandonar esa mesa de juego en la que pasaba más de 24 horas, lo condujo a uno de los inventos más trascendentes para la humanidad, sobre todo, cuando la humanidad tiene hambre durante cualquier paseo por el campo para comprobar si las manzanas caen al suelo o no. A mí no me consta. Ni siquiera he visto un manzano, pero la fe, es la fe y no es fácil contradecir a Newton. Hablaba en inglés y, sabemos que no es fácil su dominio.

El caso es que me ilusioné con ese posible viaje al pasado. Podría arreglar cuentas con la historia, pero no con la historia en mayúsculas, nada de avisar a César de la conjura, de ofrecer un abriguito a Lady Godiva, o de decirle al escultor de la Venus de Milo que le pusiera brazos cubiertos por sendos guantes negros a lo Rita Hayworth. No. No deseo alterar el decurso histórico. Como a Unamuno me interesa mucho más la intrahistoria, las vivencias de las personas en su día a día, sus dificultades, sus penas. La grandeza es cosa de prohombres y tengo alergia al sonido de esa palabra que sólo puede ser pronunciada correctamente en el idioma de las focas, por eso me niego a ser prohombre. Iría al pasado para encontrarme conmigo mismo. Pero con mucha precaución. Era un joven rebelde y si me acerco y me digo que soy yo, seguro que me pego varias patadas en la entrepierna y salgo corriendo de mí mismo. He revisado las ecuaciones de la teoría de la Relatividad, ayudado por un diccionario egipcio y por un manual de autoayuda y otro de hágalo usted mismo. Nada. El viejo Albert no me tuvo en cuenta durante sus elucubraciones y no habla de mí, pero hay hechos en mi pasado de los que no me siento orgulloso y me encantaría poder meter esa marcha atrás, pisar el acelerador hasta el fondo y, sobre todo, haber aprendido a conducir. Creo que sería capaz de convencerme de que yo era yo, pero en calvo, gordo y añoso. No soy la imagen que yo creí que tendría pero es la que tengo. Una vez que me hubiera ganado mi confianza, y sólo cuando hubiera quitado de en medio aquella navaja que solía llevar en el bolsillo y las piedras que hubiera alrededor, entonces tendría una charla sincera conmigo que solucionaría esos lastres que a uno le persiguen el resto de su existencia. Por ejemplo, me rogaría que hiciera desaparecer aquella camisa de cuello de pico con la que aparezco en la foto de comunión de mi prima. Un ridículo del pasado, que estropea el futuro.

O crías o trabajas

11 Mar

Los días señaladitos se suelen quedar en eso, en jornadas de reivindicación. Cada una de las deidades hoy mayoritarias exigieron sus fiestas de guardar. Los humanos rellenamos los calendarios laicos con remembranzas de una u otra efeméride. Los dioses se comportaban como novias antiguas de aquellas a las que los mozos labriegos tenían que dedicarles, al menos, un día a la semana en que se enjabonaban todo lo que podían, se medio afeitaban, montaban la mula y se marchaban hacia la cortijada correspondiente para charlar con la amada de sus ojos, previo permiso, paterno, por supuesto, a través de la reja e incluso de la gatera, esto es, la pequeña puerta a ras de suelo por la que entraban los gatos a la casa. Imaginen la estampa de un chico tumbado en el suelo o agarrado a una verja repleta de macetones. Incluso así se cuenta que hubo embarazos en más de un pueblo de nuestra geografía celta e ibera. Cursificando mucho el refrán, cuando las ganas de sexo aprietan, ni el trasero de los cadáveres se respeta. Y es que las leyes de la vida redactan un código, en demasiadas ocasiones ajeno a las normas y costumbres de los humanos que, desde hace muchos milenios, se caracterizan por una cuestión: la hembra siempre pierde en este juego vital, al que los machos suelen acudir con dados trucados. Aquello sucedía en tiempos de nuestras abuelas. En el mejor de los casos, la situación se saldaba con un par de horas teatralizadas durante las que el padre, correa en mano, descargaba la ira sobre la madre, interpuesta para que la futura mamá no recibiera ningún golpe; tras rápido viaje, escopeta a la espalda, hasta la casa del presunto embarazador, se arreglaba una boda sin muchas alegrías para no ofender a la santa madre iglesia. En el peor de los casos, la chica finalizaba el episodio en cualquier burdel de la capital, desde donde algún cliente llevaría noticias suyas a ese pueblo en que figuraba como difunta para parentela y allegados. Hoy, a pesar de los muchos avances sociales conseguidos desde aquellas españas oscuras, la mujer aún sigue siendo víctima de la maternidad, aún convertida en motivo casi de pésame más que de gozo.

De esos grandes pactos que la sociedad española aún tiene sobre la mesa sin que ningún gobierno los aborde junto a los demás grupos políticos, según la definición de pacto, el de la conciliación de la vida laboral y familiar, es el que desarrollaría soluciones al problema del fracaso escolar, al de las pensiones futuras, puede que al del desempleo y, seguro, conllevaría un aumento de la felicidad colectiva, lo que tal vez redundase en un necesario incremento del sentimiento de cohesión territorial. Los horarios laborales junto con el modelo productivo español son ineficaces. Imaginemos una familia donde ambos cónyuges trabajen en el sector servicios. Los hijos son criados por quien sea menos por quienes tienen que encargarse de su educación, su familia, sea homo, hetero o mono. El consejo que casi siempre doy a quienes me consultan cómo puede mejorar el rendimiento académico de sus hijos, es el de que se sienten junto a ellos para hacer las tareas escolares. No que las hagan o que ejerzan de docente, no, que permanezcan junto a sus hijos mientras estudian o realizan deberes. La mayoría de las familias no puede hacer algo tan elemental como este hecho de ocuparse de sus hijos. Se encuentran por la noche y con el ánimo más que acabado. Mi amiga Marina trabaja para una empresa moderna que le ha abierto las puertas a una maternidad satisfactoria. Tiene dos hijas pequeñas y la empresa le ha permitido trabajar desde casa. Organiza su jornada, su productividad no desciende, al tiempo que la rentabilidad de la empresa aumenta porque una trabajadora satisfecha e implicada, vale por dos. Es imposible la distancia en empleos de baja cualificación como camarera o limpiadora; es inabarcable ser madre con horario comercial. La situación de nuestras abuelas se ha modernizado, hoy mandamos al desempleo a las embarazadas, o condenamos a los hijos a una orfandad de facto con un coste colectivo a medio plazo incalculable. O crías o trabajas.

Vivir

4 Mar

Los españoles, así a bulto, hacemos muchas cosas mal; pero hacemos una muy bien, mejor que el resto de los mortales. Según el índice Bloomberg Healthiest Country, somos el país, la gente, más sana de este planeta. Sabemos vivir. Demostrado. Datos que fastidiarán en parte este deporte nuestro basado en hablar mal de nosotros y en aleccionar a quien esté haciendo una paella, por cierto, ninguna tan buena como la mía. El auge de la mística dejó en nuestro acervo cultural un ansia de perfección más propio del mundo de las ideas que de las realidades, una epidemia que sólo se curaría mediante el viaje. Pero como sabemos que igual que aquí no se vive en casi ningún sitio, pues eso, uno se considera viajero cuando ha descubierto lo bonita que es Badajoz, los magníficos restaurantes que jalonan Burgos, la alucinante gastronomía de Murcia o lo bueno que está un arrocito con bogavante disfrutado frente a la Malvarrosa. Todo esto está muy bien y es sano, como ya nos han dicho desde fuera, pero cercena la posibilidad de la crítica constructiva y, sobre todo, con conocimiento de causa. No se trata sólo de nuestra devoción por esa dieta mediterránea que también proviene de nuestro Atlántico, ni de una sanidad pública que funciona por más que haya puntos negros; el éxito frente al paso de las horas se fundamenta sobre una actitud vital que no se prodiga en todos lados más allá de nuestras fronteras. Aprender a vivir implica una sabiduría que distinga lo importante frente a lo accesorio durante nuestro paso por este mundo que puede ser valle de lágrimas o menos, según se mire. Los españoles invertimos, en términos económicos, mucho tiempo en disfrutar familia y amigos. Es tan difícil estar solo que cuando sucede, el hecho se transforma en noticia. La soledad es necesaria en dosis; su exceso es letal. Si continuamos con números, las tasas de suicidio de sociedades más desarrolladas y con más euros en los bolsillos, las ha alejado de ese primer puesto en que nos hemos situado, sin darnos cuenta. Haciendo lo de cada día y ya está, siesta incluida, por supuesto.

Pasé en Oxford un mes de agosto hace pocos años. Tuve que comprar la chaqueta más tupida de mi armario, la que sólo uso en días de mucho frío aquí. Puede que el clima afecte al comportamiento de las personas, pero en el extranjero. Pasaba muchas horas leyendo en la red subterránea de pasillos de la biblioteca Radcliffe. La cafetería, dentro del recinto, pero ajena a las instalaciones era conducida por una chica con uno de los trabajos más tristes que he contemplado; allí todo el mundo permanecía en el mismo silencio en que se conducía por la biblioteca. Imaginé el paso de sus años. Soy un apasionado del silencio y de la quietud pero aquello dibujaba casi la paz de un cementerio, también inglés, los más tétricos que conozco. Ese mismo frío estival pasé en Navarra y allí charlaba con los paisanos en los bares y no tenía ninguna dificultad para conocer al comensal que hubiera junto a mí. Considero Grecia como uno de los lugares donde un español se puede sentir más cómodo, a pesar de la dificultad del idioma. Su comida coincide con la nuestra en muchos puntos. En Halkidikí encontré un chiringuito de playa llamado “El niño”, escrito así en caracteres latinos. Magníficos boquerones fritos, morrallita y una ensalada como sólo se combina y condimenta en el sur de Europa. La luz y el mar de Grecia insuflan alegría aunque uno la esquive. Sin embargo, en el regreso a Salónica por la noche, la ciudad más rica e industrial de Grecia, vi que la cola de urgencias en un hospital era inmensa. El único centro sanitario público en muchos kilómetros alrededor. Año 1999, antes de la gran crisis. España tiene que modificar su sistema productivo y paliar, así, las desigualdades sociales y regionales, pero tenemos una maravillosa filosofía de vida que el cuerpo nos premia. Seguiré mojando pan en aceite de oliva virgen, comiendo jamón, tomates y gambas. Disfrutaré de nuestros vinos y quesos y de la sobremesa amiga con unos cubatas y risas. Luego me echaré una siesta. Vivir, privilegio español.

Cuerpo y espíritu

25 Feb

Platón materializó esa idea de que la naturaleza tangible de los seres vivos, incluso de las cosas, no es más que un habitáculo para la parte importante del asunto, esto es, el espíritu que acapara ese prestigio de lo invisible y que tanto poder otorgó a quienes supieron convertirse en visionarios de aquello que no podía ser vislumbrado más que por los elegidos para la fama y la gloria, como quienes son invitados a los tapeos tras las inauguraciones artísticas oficiales. A partir de aquel griego, por una vía u otra, las religiones y el pensamiento occidental segmentaron cuerpo y alma como dos incompatibilidades obligadas a soportarse mientras la muerte no los separara, como cualquier matrimonio antiguo. El desprecio por el cuerpo y unas ganas de mortificarlo dignas del diván de Freud, o de la Asociación Sado-Maso, aparecieron ya con los primeros santones místicos del cristianismo, herederos de los judíos y predecesores de los musulmanes. Todos entran en este mismo saco del sacrificio corporal con sus variantes. Una buena parte de aquellos santos padres, y fíjense cómo los titulamos, se aisló en el desierto por ver si encontraba el rostro de dios que, según se ve, padece de inseguridad y no se arriesga a manifestarse en espacios concurridos. Alguno que otro se subió a una columna y allí pasó bastantes años hasta que el repartidor de pizzas amenazó con no volver más si el santón seguía quejándose por lo fría que llegaba siempre la comida, al tiempo que la bebida se había calentado en el camino. Cosas del desierto. En otros casos, dado el exceso de tiempo libre que genera la contemplación de lo divino, uno de esos oficios en los que eres tu jefe, al menos tu encargado, y te marcas la jornada laboral, pues se les fue la mano con los psicotrópicos de modo voluntario o sin querer, una explicación sencilla, por ejemplo, para aquellas visiones de San Antonio Abad, sin duda, resultado de alguna inconveniente relación con un camello o dromedario que no era fiable, o por haber minusvalorado el moho del pan de centeno, lo que dado el hambre que pasaban estas criaturas por mor del sacrificio, tampoco hubiera sido tan extraño.

También en los orígenes del cristianismo, cuando la extensión de su doctrina era una amalgama de conceptos difusos, hasta contradictorios, surgieron grupos que propugnaban la entrega del cuerpo a cuantos placeres demandara y, por supuesto, el bolsillo pudiera pagar. La diferencia entre intentar suicidarse mediante un abotargamiento de jamón 5J acompañado por varios litros de tintos de primera, o mediante un modesto chopped al que se pueden añadir mantecados de la última navidad y algún refresco gasificado. Cuando las diferentes iglesias fueron organizadas bajo el método cuartelero del emperador Constantino, aquellos indicios de alegrías finalizaron por toque de queda. El cuerpo volvió a ser declarado elemento deleznable y perturbador de un espíritu que se pasaba el día cual señora que se zafa del marido borracho que intenta meterle mano. La vida fue concebida como una cuaresma sólo interrumpida por unas breves notas de carnaval. La castidad se hizo rimar con la santidad y regresó con ímpetu todo tipo de penitencia, como aquella de no bañarse nunca, que ocasionaba un doble quebranto, el propio y el provocado a quien se acercara a menos de tres metros. Pero claro, el cuerpo es el cuerpo y reclama sus dominios como el mar sus playas cuando sube la marea. Un místico no deja de segregar sustancias corporales, desde el cerumen hasta el semen, por más que se dedique al espíritu que, encima es intangible y, por tanto, proclive a permitir la irrupción de lo sensorial y sus distracciones, como el calendario Pirelli. El semen, por ejemplo, nubla las conexiones neuronales del mamífero macho a partir de unas horas en que no ha sido expulsado por un método o por un autométodo. Este fenómeno tan previsible condujo a más de un anacoreta a organizar orgías, y vender entradas, con ovicápridos o con melones, o con ambos a la vez. Imaginen un tipo solo en lo alto del monte en una cueva a la espera de una revelación angelical. Yo entrego a mi cuerpo lo que me pida. Mi espíritu calla por exasperación. Mi cuerpo a veces me pide que salga a correr y entonces me acuesto. No crean que le tolero tantos caprichos.

Simios superiores

18 Feb

A pesar de que mi querida Virginia, después de trabajar junto a mí varios años, me califique como un tipo intolerante, de esos que nunca aceptan que alguien les lleve la contraria y de los que consideran su razonamiento como el único certero, no soy así. Perdónenme esta falta de recato, tan impropia de mí, me considero una de las personas más comprensivas, dialogantes y abiertas de mente que conozco. Tal vez, mi carácter algo colérico y apasionado contribuya a expandir una imagen mía distorsionada ante ojos ajenos; puede que de ahí proceda ese error tan extendido entre un buen número de allegados que sólo contempla la superficie de mis gestos. Por ejemplo, en alguna que otra reunión de vecinos, donde se estaban discutiendo medidas que yo consideraba claramente lesivas para los intereses comunes, cuando algún propietario hacía uso de su turno de palabra, yo imitaba el grito del mono aullador americano en celo, una acción pacífica y proporcionada. Con ella no brotó más sangre que la promovida en la puerta del local por la insistencia de quienes me faltaron al respeto y pretendieron reconvenir un comportamiento tan civilizado. Me resultan insoportables estas gentes que quieren convencerte mediante argumentos repetitivos y curvas de entonación pausadas; invocan al gorila que llevo dentro como los tambores a King Kong. Mi vecindario ya ha aprendido a acudir a las reuniones provisto de plátanos, y agradezco su efecto calmante. No pienso renunciar a mis ideales, ni a mis objetivos como muestra inequívoca de tolerancia. A veces no me dejan otra salida que esas pequeñas demostraciones de caos. Pero vivimos en una sociedad que valora las formas sobre los fondos y, además, no me escucha por más que sepa en su fuero interno que siempre, bueno, diré casi siempre, estoy en posesión de una verdad tan incontestable que sólo acepta matices, igual que quien acoge esas presuntas galletas de chocolate rellenas con menta ofrecidas al invitado, esto es, por no hacer un feo, aun difícil de tragar.

No siempre manifiesto apariencias tan enardecidas. En ocasiones, exhibo un incontestable aplomo ante charlas en las que los demás vierten sandeces. Adopto una postura relajada, con las piernas abiertas y me rasco la barriga como he visto que hacen los chimpancés en los documentales sobre naturaleza salvaje. En cierta ocasión me encontraba tan aburrido que comencé a buscarle piojos a la amiga sentada junto a mí. Se exaltó. Sus conocimientos del mundo natural no alcanzaban los míos. Una vez que ya noto a los presentes incómodos y, cuando el camarero me ha invitado a irme varias veces, saco mi artillería dialéctica. Acuso a mis contertulios de estar inmersos en el pensamiento único, víctimas de una forma de ver las cosas que no coincide con la mía. Suelto un par de billetes sobre la mesa y me marcho. Tras de mí queda un tsunami mental que, estoy seguro, revuelve sus conciencias frente a un argumento tan imposible de rebatir. También reconozco que las discusiones se me van de las manos a veces y pillan cauces inesperados, incluso sanguinos como ya confesé. No estoy orgulloso de ello, pero no siempre los demás llevan plátanos en el bolsillo. Los bonobos evitan esos momentos de tensión en la manada mediante la práctica convulsa e inmediata de actos sexuales. Aseguro que, en mitad de acaloradas discusiones, cuando me he visto subido a una lámpara y aullando como un orangután, he expresado esta propuesta tan ancestral y, por otra parte, tan humana. Para mi sorpresa he recibido varias citaciones judiciales. No descarto proponer a la juez, la experimentación de esta costumbre. He tenido que cambiar de abogada un par de veces y mi psicóloga se niega a abrirme la puerta, aunque yo sepa que está dentro del gabinete. Imaginen si impusiéramos este método de comportamiento en el Congreso, durante las discusiones políticas actuales que tanto quebrantan a nuestro país. Soy tan tolerante que yo mismo pagaría una habitación en un hotelito discreto. Nada espectacular, rosas en la cama, una botella de champaña y luz tenue con música relajante de fondo. Al fin comprenderíais vuestros errores.