Escritos birriosos

8 Sep

Creo yo que en el humor, como en cualquier ámbito, hay clasismo, porque hay clases de humor como clases de piano a domicilio- siempre que el piano esté en casa del alumno y el profesor no tenga que llevarlo a cuestas por la calle; una cosa es una clase y otra muy distinta un abuso-. Y en cuanto a clases, el humor las tiene. Dicho esto, podríamos poner fin a una discusión abierta desde los tiempos de Aristóteles; que es muy penoso que sigamos discutiendo después de tantos siglos como si no tuviésemos otra cosa que hacer.

Pues bien, en tiempos de Aristóteles se entendía que la comedia era para las clases populares y la tragedia para las elevadas. Que reír es cosa de pobres y llorar de ricos, como si fuese un asunto más fino matar a un padre que burlarse de las barbas de Sócrates. Y ya, ya sé que hay risas de lo más grotescas, pero también que llorar, cuando es con mocos- como suele ser- no es nada elegante. Entonces ¿por qué lloraban los ricos? ¿Sería para dar pena en lugar de dar envidia y así evitar las revueltas de los esclavos?

¿Y de qué se reían los pobres con lo jodidos que andaban también en esos tiempos? Esto daría pie a un estudio sociológico para el que me faltan líneas y a ustedes ganas.

Digamos, como resumen, que el humor no es para una clase sino que tiene clases dentro de sí mismo. No es lo mismo reírse de un chiste de Lepe, que hacerlo de un poema de José Zorrilla, porque para reírse de Zorrilla hay que saber quién era Zorrilla y hasta, más o menos, lo que escribió. Igual pasa con las sátiras sobre hermenéutica, que no hacen gracia si no se sabe en qué consiste esa materia tan pelmaza.

De acuerdo que se puede pasar por la vida sin saber qué es la hermenéutica- de hecho, se pasa mejor-. Que, mientras se coma y se duerma más o menos, se puede vivir creyendo que la hermenéutica es una prima de Zorrilla y Zorrilla una fulana de poca monta. Lo bueno que tiene saber algo de estos temas es que uno puede reírse con los escritos de Gallud Jardiel y así alegrarse la vida, que es lo mismo que alargarla.

Lo que se suele saber primero de Enrique Gallud Jardiel es que es nieto de Jardiel Poncela, el más revolucionario y lúcido de todos los humoristas españoles, esto tiene, aunque parezca mentira, entre todas las ventajas, algún inconveniente, pues si bien es una bicoca recibir como herencia semejantes genes, somete a la dura prueba de la comparación con el ancestro, cuyo listón de alto se pierde de vista en los mismos parnasos celestiales de Aristófanes.

Ahora bien, Enrique pasa la prueba del ADN escribiendo a lo Jardiel, como la pasó  un día el presunto hijo apócrifo de “El Cordobés”, haciendo el salto de la rana. En ocasiones es tan jardielino que creo estar leyendo a su mismo abuelo, otras no, porque aporta a lo escrito muestras de una personalidad bien propia, que se desarrolla en el marco muy reconocible del siglo XXI. Lo bonito de las sagas es que los herederos sean versiones y no réplicas, si no estaríamos hablando de producción en serie, que es una cosa muy aburrida o igual hasta de reencarnaciones (con el yuyú que eso da).

Ahora mismo tengo entre manos la lectura de su libro “Escritos birriosos” y disfruto particularmente con esos episodios en los que el autor narra en primera persona las penalidades por las que pasa un escritor novel y lo hace con tanto realismo que se comprende que tampoco le ha servido de mucho el prestigio del apellido; que ha tenido que pasar por el mismo camino de espinas sobre el que vamos descalzos todos los que intentamos consolidarnos en las letras, sin más método para lograrlo que darse a valer, alimentando el talento con constancia y esfuerzos sobrehumanos.

Esta tragedia que hábilmente el humorista convierte en esperpento, lleva como títulos “Máster en rechazo editorial” (Pataleo) y “Cómo salir en los medios sin hacerse famoso” (Confesión amarga). Los que ya hemos pasado por eso – y seguimos pasando- agradecemos esta parodia que nos llega al alma y nos permite incluso relativizar el compendio de tantos sinsabores.

No sé si decir que Gallud Jardiel escribe humor inteligente, no porque no sea cierto, sino porque tal vez la expresión “humor inteligente” es ya en sí misma redundante. Comprendemos que el humor es el arma de la que se vale la inteligencia para sobrellevar los sinsabores de la vida. Y que si, por tradición, se ha asociado a las clases populares ha sido porque los sinsabores son más propios en las existencias de los humildes. Los privilegiados, sin sinsabores previos, lo cual, a la larga, también aburre, tuvieron que inventarse la tragedia para sufrir aunque fuese en el teatro, viendo como las familias se mataban entre sí con el sol griego del mediodía (que tiene tela) achicharrando sus ilustres calvas. ¿Por qué? Porque es así, porque como dijo Epicuro, para que haya placer, tiene que haber dolor y todo eso.

Por eso, a vosotros, desheredados de la vida, del amor o asuntos varios, os invito a leer estos “Escritos birriosos” como cualquier otro libro de Gallud Jardiel que ya tienen el poder de sacarte la sonrisa con sólo leer el título, “Majaderos ilustres”, “Viajes chapuceros y lugares espantosos”, “Historia estúpida de la Literatura” “Grandes pelmazos de las letras universales” o algún otro de sus numerosos libros publicados. Doy fe de que me lo vais a agradecer.

El escritor maduro

9 Jun

No tengo problemas de identidad sexual. Por lo general, me encanta ser mujer, a pesar de que no es el sexo más conveniente para dedicarse a la literatura. No voy a decir que todavía el mundo de las letras está bastante masculinizado, pero ya lo he dicho.

Cierto es que en él, las mujeres pueden hacer incursiones, a veces, importantes incursiones, sobre todo, a nivel de ventas, a condición, claro está, de que cultiven la trama sentimental en cualquiera de sus versiones; histórica, policíaca o autobiográfica e intimista.  Pero si intentas cruzar esta línea estereotipada, normalmente, puedes sentirte como gallina en corral ajeno.

En el mundo de la columna, también se mantienen este tipo de categorías. Los artículos de fondo, los considerados “serios”, se identifican con nombres masculinos, mientras que el articulismo femenino se mueve más por el tonito frívolo, el costumbrismo doméstico, los asuntos simpáticos de la vida cotidiana, los guiños picantones y así. Bien está que, a fin de cuentas, pese a su levedad o precisamente por ella, pueden ser los más leídos, tanto por mujeres como por hombres. La seriedad y la gravedad abruman, la documentación desorbita y la ligereza refresca mucho más que lo sesudo. Pero la reputación, a la postre, se inclina por la solemnidad y no tanto por el porcentaje de lectores.

Decía Antonio Orejudo que nuestra generación estaba educada en la lectura sin placer por cierta superstición judeocristiana. Eso nos hacía dar preferencia a ciertas novelas experimentales, cuya aridez e ininteligibilidad nos sometía a un sobreesfuerzo doloroso por la creencia de que era precisamente la dificultad la que las hacía prestigiosas.

Por su parte, Elvira Lindo, en su presentación de la reedición de “Tinto de verano” en la Feria del Libro de Málaga, hablaba de otra dificultad, la que tienen las periodistas al querer pasar la frontera hacia los temas “serios”, por resultar disonantes en un terreno donde no se las espera.

Otra cosa es aspirar a cultivar un estilo, por encima de los clichés de género y los impositivos comerciales; eso es muy honesto y loable, aunque suena a vocación de autor póstumo. Hasta hoy mismo, yo he querido estar en esa línea. Sin embargo, cuando vienes del supermercado y compruebas lo frágil que es un billete de veinte euros, a como se ponen los precios, y lees las declaraciones de Rajoy en los titulares de una revista de economía “Estoy en mi mejor momento”, casi te rindes a la fatalidad y fantaseas con hacer literatura comercial.

La realidad se impone, qué duda cabe, Joaquín Bardem renegaba del mercado Hollywoodiense y quería hacer sólo cine de autor y ahora sale en “Piratas del Caribe” interpretando a no sé qué especie de zombie. Nada que objetar,  ya es padre de familia y  precisa de ingresos, cómo no.

Pues bien, yo también calibro el futuro inmediato, porque la gloria post-mortem alimenta poco y me planteo una fórmula de éxito de ventas.

Tengo ya una idea morrocotuda, pero me falta un detalle. Vale que, siendo mujer, puedo escribir novelas de trama sentimental, aunque veo la cosa ya muy sobada.

Lo comercial, es que yo sea un hombre y escriba novelas sentimentales; un hombre maduro y sensible con el que pudiesen empatizar las lectoras. Ser atractivo me resultaría fácil;  los parámetros de atractivo del varón cuentan con manga más ancha y  sus arrugas y canas resultan, como producto de la experiencia, un sumario de seducción. Claro que sí el avejentamiento es demasiado plausible, siempre está la foto en blanco y negro que atenúa esos incómodos efectos del paso del tiempo.

Yo lo veo así, redondo; como escritor, sería un hombre, más bien de pelo cano, sonrisa abierta y ternura en las manos.

El público femenino está muy necesitado de ese tipo de especímenes sensibles que tanto nos

entienden y nos admiran., que tanto se ponen en nuestra piel con sus palabras, aunque sus actos las desmientan claramente.

Ser el hombre ideal me parece muy sencillo y también muy rentable. Las mujeres son las que más leen, según los estudios de mercado a día de hoy.

Lo otro es empecinarse en no pertenecer a ninguna categoría, ni de sexo, ni de género ni de escuela ni de nada; ir por libre  y esperar que el mundo cambie, cuando más retrógrado se pone.

Da igual. A ti, lectora, lector, que me sigues, aunque nunca me lo digas, nunca voy a decepcionarte. Somos cómplices de las mismas intrigas y sabemos que el futuro llegará, por su propio peso, por más que se haga tanto de rogar. Resistiremos.

 

Historias de curas

26 May

La figura del cura ha dado muchos personajes a la literatura y al cine. Entre otros, aquel “San Manuel Bueno, mártir” de Unamuno que es capaz de transmitir la fe a sus parroquianos y hace devotos incluso de los más descreídos, ocultándoles esa lucha interior que a él mismo le impide tenerla. Un alter ego, en cierto modo, del escritor bilbaíno, quien siempre se estuvo debatiendo entre la necesidad de creer en un Dios como le pedía el corazón y la razón que le impedía esta creencia. “Tengo la fe de querer tenerla”, solía decir.

También es digno de recordar aquel padre Orduña que escribió Muñoz Molina en la novela “Plenilunio”, un hombre sabio y lleno de perspicacia, que adora el pensamiento del anarquista Kropotkin e invita a buscar la culpa en los ojos de la gente. De este personaje guardo algunas frases inolvidables en la memoria, por ejemplo, “Detrás de las buenas acciones, siempre hay motivos más poderosos que la bondad”.

Como contrapunto a estos curas filósofos y venerables, la ficción nos ha dado otros, siniestros y perversos. Valga el ejemplo del hermano Salvador, retratado en “Los Girasoles ciegos” de Alberto Méndez, un canalla sinvergüenza e hipócrita que usa sus hábitos como pretexto para acosar sexualmente a la madre de un alumno, por la que se ha obsesionado. En esta misma línea oscura se encuentra “El crimen del padre Amaro”, que estremece tanto en su versión literaria como cinematográfica que narra cómo un joven párroco seduce a una muchacha ingenua, valiéndose de falsos argumentos místicos y, al dejarla embarazada, la obliga a abortar en manos de una curandera que acaba con su vida en una orgía sangrienta.

Casi tan repulsivo resulta el padre Manolo de “La mala educación” de Pedro Almodóvar; un pederasta depredador, capaz de estigmatizar la infancia de sus alumnos hasta hacerlos adultos atormentados.

Que la ficción es un reflejo de la realidad es innegable. En las filas del clero como en todos los sectores ha habido manzanas podridas, pero no es justo que éstas determinen a todo el sacerdocio a un mismo juicio condenatorio y que los reprobables sean, a fin de cuentas, la única versión.

La ficción como la realidad, nos ha dado muestras de todos los colores, donde también entran, como dijimos arriba, los curas íntegros y los curas divertidos.

Yo recuerdo de pequeña haber visto con mucho entusiasmo la serie “Don Camilo”. Don Camilo era un cura de pueblo con mucho carácter que, a menudo, se enfrentaba al alcalde comunista, Pepón. Se suponía que sus ideas los hacían enemigos, sin embargo, cuando, a fin de cuentas, comprendían que sus intereses eran los mismos acababan aunando fuerzas y reconciliándose.

En lo fundamental, el cristianismo de base y el comunismo se dan la mano. De ahí que la Transición española fuese una floración de curas comunistas. Aquellos curas comprometidísimos con la clase obrera y con su credo, que siempre me parecieron dignos de admiración.

También otros, aquellos estrafalarios como don Fabián, un cura croata que, siendo destinado a una isla del Adriático, al ver los bajos índices de natalidad, decide con la complicidad del farmacéutico y el quiosquero, agujerear los preservativos. “Los niños del cura”, se llamaba la película.

Ayer mismo vi. también otra película italiana, “Si Dios quiere”, cuyo protagonista era un cura alternativo que predica en los suburbios de Roma y logra captar para su causa a un cardiólogo prepotente y millonario, que baja de su nube para sumarse a la espiritualidad y el compromiso.

En cierto modo, recordaba a las comedias de Franz Capra.

Puede ser, no digo que no, que la iglesia necesite este tipo de propaganda. Nos entusiasma saber que el Papa Francisco es un hombre sencillo, que no le gustan los lujos y viaja en autobús. De otra manera, los adeptos disienten y fichan por religiones orientalistas.

Pero digo yo que si el humano necesita de la religiosidad, como decía Unamuno, para qué buscarla en la India. Los principios son iguales, más o menos.

Para evitar viajes costosos, yo he creado al padre Manuel, un émulo del Padre Brown, pero con sangre de la Axarquía. Tiene lo bueno de todos los curas que he citado ya. Es humano y cercano y, en fin, creía que me lo había inventado yo, pero ha terminado inventándome a mí y dándome nuevas ilusiones. Unamuno no se equivocaba, los personajes nos dominan.

 

El abrigo de verano

7 Abr

Un abrigo de verano es, en lo textil, un oxímoron, una antítesis y como mínimo; una paradoja. Digamos, para quienes prefieran la imagen a la retórica que el abrigo de verano es como una guitarra sin cuerdas, una cerveza sin alcohol o un jardín sin flores. Una prenda que no abriga si hace frío y que si hace calor, sobra y que, en todo caso, se usa en primavera, que es una estación bastante improbable en nuestras latitudes, porque los meses que caen a esa altura del calendario traen o días de verano o días de invierno, en los cuales hay que volver a sacar el abrigo de invierno si no quieres morir congelado. Pero somos tozudos y obedientes a las convenciones estacionarias, aunque se traten de meras utopías.

Si en enero nos sorprende una jornada de casi 30 grados, vamos vestidos de invierno, aún cociéndonos vivos, y, en una tarde gélida de primavera, sacamos el abrigo de verano para tiritar a la moda. Y, más aún, cuando toca boda o comunión; en esa coyuntura, no hay quien renuncie al modelito palabra de honor y la liviana mantilla de encaje, previstos para la ocasión, aunque pase luego una posterior semana de pulmonía.

Otra alternativa al abrigo de verano, si se trata de andar de diario, es el jersey de primavera. Una prenda que desaconsejan los comerciantes malagueños, si bien la ponen en venta.

El otro día fui a comprarme uno y me dijo la dependienta:

-Estas cosas en Málaga no sirven para nada. Aquí cuando llega el calor, llega a lo grande, y te estorba todo.

Así que, siguiendo su consejo, salí de la tienda sin compra, quedándose la vendedora sin venta.

El comerciante malagueño es esa rara avis del sector que antepone el sentido común al afán de lucro.

Si voy a un vídeo club y me intereso por una oferta en el alquiler de dos películas, el dueño me dice que con la oferta sólo me ahorro un euro y a lo mejor acabo harta de planchar tanto el sofá y si voy a la tienda de animales a comprar unas latitas carísimas de paté para los gatos, el propietario me persuade para que me lleve mejor pienso seco, que es más barato y mucho más sano. En muchas ocasiones, he salido de allí sin comprar y con unas cuantas muestras gratuitas. El secreto de que estas tiendas se mantengan es que vuelves siempre porque te dan confianza y eso, a la larga, resulta más rentable que el sablazo que es flor de un día.

Pero volvamos al tema. Un abrigo de verano es sólo concebible en los países que no tienen verano. Allí no se puede comprar el sol, pero sí un abrigo estampado, que no sirve para nada, pero crea cierta ilusión óptica.

El abrigo de verano es propio de lugares donde cunde el Brexit y se discute sobre el Peñón de Gibraltar. Huelga decir que las discusiones sobre el Peñón de Gibraltar son tan inútiles como los abrigos de verano. Aquí y en Inglaterra. Gibraltar es una anacronía que ha adquirido idiosincrasia como tal en su naturaleza mixta y va un poco a su aire. Como “San Roque on –the- Rocks”, la colonia española al sur de Inglaterra que recrean las novelas de Alfonso Vázquez como escenario de las pesquisas policiales del comisario Antonio Mompou y donde es más que concebible la residencia del periodista Julio Camba, la visita de personajes tan surrealistas como Dalí y “La invasión de los Hombres Loro” (editorial Reino de Cordelia).

Para viajar a este lugar no hace falta sacarse el pasaporte ni llevar abrigos. Tampoco facturar maletas. Basta colocarse al hombro una toalla, caminar un poquito hasta el rincón elegido de nuestra playa favorita, sumergirse en las páginas y disfrutar de la aventura y del sol de nuestros veranos, que sí son veranos del todo. O sea que cualquier día de verano de los que traiga esta primavera nos vamos a San Roque on-the-Rocks  ¿qué tal hoy mismo?

Las escritoras

25 Nov

Que tenga que haber un día para conmemorar a la mujer escritora y que dicho día sea celebrado por primera vez en este 2016 (del siglo XXI), nos da una idea de la dificultad histórica que han tenido las mujeres para tener una visibilidad en el ámbito literario.

Ya resulta bastante significativo que Cecilia Bhöl de Faber tuviese que firmar sus novelas con un pseudónimo tan rotundamente masculino como “Fernán Caballero” y que a Emilia Pardo Bazán un ensayo (“La cuestión palpitante”) de adhesión al gurú del naturalismo, Émile Zola, le costase no sólo el divorcio, sino también el rechazo del propio Zola y las aceradas burlas tanto de contemporáneos como de extemporáneos,  pues se puede decir que las bromas despectivas y sangrantes a costa de la escritora gallega, junto con la leyenda acerca de sus vicios y lujurias, han persistido hasta hoy muy por encima de la valoración de su obra literaria, juzgada en muchos casos con irónica y prejuiciada petulancia altanera. Hablamos del siglo XIX, pero incluso en el siglo XX hay casos bastante dramáticos. Se da a entender por algunas páginas de la biografía de Caballero Bonald que Ana María Matute sufrió la envidia brutal de su primer marido, un escritor mediocre, que la obligaba a revisar una y otra vez su novela fallida, robándole horas a su propia creación, y terminó hasta vendiendo la máquina de escribir de la autora para pagar deudas y, de paso, frenar ese despegue literario de su esposa que tanto lo humillaba.

Peor aún le fue a Elena Fortún, que tenía que esconderse en el baño para escribir porque su marido se lo tenía terminantemente prohibido. Digamos que hasta hace muy poco se consideraba que la escritura no era compatible con las prioridades congénitas de la mujer; el cuidado del hogar, el marido y los hijos. Lo que explica que, por evitar esta tendencia “contra natura” se les negase, además del acceso a estudios superiores, la cercanía a libros más allá de los devotos o folletinescos.

Aquellas que, sin embargo, lograban burlar tantos obstáculos y alcanzar la competencia precisa para escribir, terminaban escapando del hogar; como Carmen Laforet y Ana María Matute o renunciando a su vocación y dejando así un vacío en la historia de la literatura. Hay sobradas razones, por lo dicho, para comprender el porcentaje menguado de escritoras frente al de escritores. Y este porcentaje se explica por una osadía inusitada o una férrea fuerza de voluntad. Ha habido escritoras que han empezado a ejercer de modo completo muy tarde, después de culminar la crianza de los hijos, como Rosa Regás o Carmen Posadas y otras que priorizando sus intereses literarios, incluso han renunciado a tener hijos. Como Maruja Torres o Rosa Montero, quienes, sin embargo, han pagado el precio de ser mal miradas por ese sector de la sociedad que ve en la mujer sin hijos, una mujer incompleta. Y eso, aunque parezca mentira, también se da a día de hoy,  habida cuenta de que escritoras más jóvenes como Eva Díaz Pérez han notado el peso de esta discriminación.

Excepciones hay, claro, como, por ejemplo, Almudena Grandes y Elvira Lindo, que han compatibilizado hijos y escritura, gracias, imagino, a una dieta supervitaminazada y mineralizada y a un marido escritor, que sabe de qué va la cosa y sin dejarse llevar por un ego despendolado, deja espacio suficiente en su casa para otro yo creativo. No es lo más normal, pero es posible.

Si fuese normal, no habría un “Día de la Escritora”, porque ser escritora sería un hecho normalizado que no tendría que valer ninguna reivindicación ni revestir la cosa con el toque de lo anecdótico y lo exótico. A estas alturas.

Las escritoras, en fin. A título póstumo, dan también mucho de sí. Este año se ha publicado la obra de Lucía Berlín como una revelación de la narrativa mundial, de la talla de Joyce o de Proust. Y hay por ahí mucho asombrado preguntándose por qué no la han descubierto antes.

Eso mismo digo yo. A la mujer, que murió alcoholizada, malviviendo en el garaje de uno de sus hijos, le hubiese gustado oír estas cosas tan bonitas y, a lo mejor, participar del éxito de ventas.

Hay escritoras que se hacen célebres después de morir y otras que, después de ser célebres, mueren en el anonimato. Ahora circulan unas memorias ficticias de Adelaida García Morales, que especulan sobre esta posibilidad, arrancando de la anécdota de que pidió 50 euros en una concejalía para pagar un autobús a Madrid. García Morales no se merecía este libro, tampoco la limosna de 50 euros, sino una pensión digna para no dar pie a esta memoria miserable.

Vende lo póstumo en femenino. Se publica una novela inédita de Elena Fortún en la que se revela su lesbianismo. Lo mismo se dijo de Carmen Laforet.

Al final, va a resultar que la mujer escribe por un exceso de testosterona. Por algo dicen que tienen pluma.

Las abejas de Manhattan

4 Nov

Quien se empapa de experiencia y literatura no puede sino escribir un libro de humor como hizo Cervantes al escribir su Quijote. El escritor se acerca al humor cuando sabe tanto de la vida que es incapaz de tomársela en serio, como un filósofo descreído que, al acercarse tanto a las verdades, empieza a ponerlas en duda. El absurdo es la más álgida conclusión en la aventura creadora, pero para llegar a ese nivel de distorsión clarividente se necesita un alto grado de conocimiento, tan alto que presente los síntomas de una genial borrachera. Sólo un borracho de pintura acaba en la práctica del cubismo, como un borracho de literatura se inventa el esperpento o escribe “Las abejas de Manhattan” en pleno siglo XXI. Esas abejas que ni son abejas ni son de Manhattan al igual que “Las señoritas de Avignon” ni eran señoritas ni eran de Avignon.

“Las abejas de Manhattan”, última novela de José Luis Castro Lombilla, es pues una borrachera tan temeraria que no puede sino llegar al delirium tremens, escenificada, como no podía ser menos, en el apropiadísimo marco de un bar, “El Tendero Ordenancista”. El dueño de dicha particular colmena es José Bellido- quien, dependiendo del día es uno u otro de los heterónimos de Pessoa y también, dependiendo del día, parece una u otra de las partenaires de Groucho Marx, representadas por Margaret Dumont- tiene su propia tertulia “La Mesa Redonda de Algonquín”, en la que siempre encuentra la situación oportuna para colar alguna cita de “El libro del desasosiego” del autor portugués. Entre sus tertulianos cuenta con la flor y la nata del intelectualismo más delirante, incluido el propio narrador; Julio José Cañizo, de pseudónimo, Toru Iwatani, licenciado en filología española y, a la postre, agente de seguros y contumaz jugador de Pac-Man, que baraja el ambicioso proyecto de reescribir los clásicos para vengar a los personajes humillados como Maximiliano Rubín en “Fortunata y Jacinta” o el jorobado de Notre Dame. O Leonardo Morcillo, conocido por Florizel de Bohemia, reencarnación de un combatiente de la Revolución Francesa, quien defiende que Kafka se contagió a posta de tuberculosis para suicidarse por no poder materializar el amor imposible que le tributaba a su hermana Ottla. Tan imposible como será su propio amor por el retrato de una mujer que ha descubierto pintada en su barriga a base de lunares o el amor del melancólico hermafrodita, Dellwood, por Alfonso Guerra, que, víctima del fracaso sentimental, enmudece como Harpo y sólo se comunica con sus compañeros por chat.

El contrapunto a tanta languidez en la tertulia de “El Tendero Ordenancista” vendrá de la mano de M.Alcofribas, un guineano fervoroso del cunnilingus, que ha descubierto mensajes cifrados en los cuadros de Picasso, según los cuales, asegura que el pintor era homosexual.

En el intercambio de estas teorías estrafalarias, al uso de los genuinos intelectuales de talla, nuestros tertulianos se sorprenden los unos a los otros, mientras van desmontando casi todos los mitos de la literatura universal y no dejan títere con cabeza. O sea, que son felices a su manera, hasta que reciben la visita de Antonio Manuel Cortado Rincón, alias Sulkas Perkunas por propia elección, en homenaje a un personaje de Gog de su idolatrado Giovanni Papini. Gran villano, organizador de corrosivas tertulias, cuya especialidad es humillar a escritores y eruditos con rencorosa mordacidad. La batalla está servida; de su resolución más o menos airosa, dependerá que el desenlace sea trágico o feliz o abierto o melancólico. O que dé un giro inesperado, que seguro.

No esperemos una explicación lógica de los hechos, porque, entre otras cosas, los hechos nunca son lógicos. La conclusión a cualquier historia vivida o ficticia no puede ser sino el absurdo. Ahí reside la lucidez del humorista y la transcendencia de Groucho Marx, tan presente en esta novela iconoclasta al uso del más puro vanguardismo, que, en cierto modo, recupera el aliento de la narrativa de Ramón Gómez de la Serna; creador de novelas en las que lo de menos era el argumento y que hacían ciencia del desorden. Aunque tal vez el mayor paralelismo entre Serna y Lombilla sea la originalidad; un don que no se adquiere si no es con la suma de muchísimas influencias que son producto de un vasto bagaje de lecturas. Asunto que se hace muy palpable en la lectura de esta novela. No es posible bromear con el asunto literario, si no se conoce a fondo previamente. Como Jorge Llopis cuando parodiaba con tantísima gracia y acierto a todos los poetas más ilustres de la historia de la literatura española.

El humor es, sin duda, un registro muy elaborado. Se precisa asimilar con éxito mucha información para poder sintetizar toda la realidad actual en esa sola viñeta, a veces con el apoyo de una frase y otras sin ninguna, que recibimos como una revelación con una sonrisa. Antes de sus novelas, como humorista gráfico, Lombilla ya era un gran narrador de historias. Como Forges, como El Roto, como Mingote. Como también todos aquellos grandes pioneros que hicieron posible la legendaria revista “La Codorniz”.

Ahora al leer “Las abejas de Manhattan” comprendemos cuál es el secreto de la perspicacia de Lombilla. Él es una abeja obrera que liba la quintaesencia de la realidad y la cultura. Atentos al panal.

El abrazo imposible de Venus

14 Oct

Recuerdo a un solterón recalcitrante, a quien siempre que se le preguntaba cuándo se iba a casar respondía con firmeza:

-Nunca. Prefiero aburrirme solo.

Aquel hombre que, curiosamente, era un teórico de la literatura, no escribía sino ensayos a nivel erudito, hubiese sido imposible concebirlo como narrador o poeta, teniendo las ideas tan claras. No son las certezas sino las dudas las que empujan a los letraheridos a componer versos o crear ficciones. Escribir es un modo de explicarse las cosas o de explicarse a sí mismo, como dijo en una entrevista mi compañero, Juan Gaitán. Esto, aún a riesgo de no llegar a ninguna conclusión. Zeno, el célebre personaje de Italo Svevo, al terminar una autobiografía que había escrito para curarse de su neurosis, dijo:

“Ahora lo recuerdo todo, aunque no entiendo nada”.

Podremos entonces concluir que lo importante para quien se atreve a empuñar la pluma no es tanto la meta improbable como la aventura de la búsqueda. Una aventura, especialmente arriesgada y abocada al naufragio, cuando se trata de desentrañar el sentido del amor, pero fecunda en sí misma, si pensamos que sobre ese argumento tan evanescente se han construido las más bellas obras de la literatura universal.

Recibo de Francisco Javier Rodríguez Barranco un ejemplar de su recién publicado libro de relatos “Los brazos de Venus”, que ya apunta en el título la ironía propia de una paradoja y la reitera con una cita de Rubén Darío en las páginas preliminares, donde el poeta dice perseguir “El abrazo imposible de la Venus de Milo”. Esa diosa sin brazos que, en nombre del amor, regala tantos espejismos. Tal vez a sabiendas de que sólo lo ilusorio nos mantiene vivo el deseo que es el verdadero motor de nuestra existencia.

Por ese juego de espejos se comprende en uno de los relatos, que da nombre al libro, cómo una pareja carnal consuma una fortuita relación sexual, fugaz  y sin transcendencia mientras sus sendos reflejos logran, en cambio, al otro lado del cristal, la comunión mística de las almas.

Hay quien se lamenta de no encontrar nunca una pareja a su medida, sin confesarse ni a sí mismo que esas medidas, esos requisitos que se agigantan con el paso del tiempo, no son más que una estrategia para seguir disfrutando de la espera del amor en soledad. Esa mujer de “Doce hombres sabios” es una Penélope que desteje por la noche sus labores como excusa para rechazar eternamente a sus pretendientes hasta agotarles la paciencia. La típica soltera vocacional, enamorada del caballero inexistente de Calvino. También en muchos hombres está ese Ulises que dilata su regreso al hogar junto a la esposa, la pareja fiel y estable, para gozar de aventuras con ninfas y hechiceras, poniendo como pretexto la ira de los dioses.

La vida, en cualquier caso, no es lineal ni obediente, como no lo es ese ascensor (“El ascensor”) donde un tipo angustiado, como el Vázquez de “La cabina”, por capricho de la máquina, se ve condenado a bajar plantas en lugar de subirlas y visitar en ellas episodios de su pasado cual Ebenezer Scrooge en “Canción de Navidad”.

Hay momentos en que es necesario pararse en el camino y mirar atrás para construir el futuro correcto. Aunque ese pasado venga a matarnos de un disparo con la apariencia del gangster de “Balas sobre Broadway”. Para colmo en Alcalá y comiendo pipas (“El primer amor”).

Encuentro en los cuentos de Barranco, guiños a Woody Allen. A veces en forma de citas y otras de episodios. Esos intelectuales ya maduros (“Una durmiente bella”) que entremezclan sus desordenadas paranoias, vaciando botellas de güisqui podrían haber estado en un salón de un piso de Manhattan. O en un capítulo de “Rayuela”. Difícil es que un escritor llegue a serlo sin experiencias ni influencias. Como las primeras no se pueden elegir, bien está que en las segundas elijamos las mejores.

Y bien, hablábamos de amor ¿el amor se elige? ¿O se acepta? Puede, en fin, que llegue de la mano de la persona más inadecuada (“Mi novia es una Choni”). No era perfecta, como nadie lo es, pero era la tuya. La dejaste y, a cambio, encontraste siempre un asiento vacío junto al tuyo en el autobús. La soledad.

El amor imperfecto, o sea, el real decepciona como todo lo humano. Por eso Dante y Petrarca, que gozaban en la cama con muchísimas mujeres, prefirieron dedicar sus versos a chicas que apenas habían visto un par de veces en su vida. La platonización es otra alternativa que rehúye el miedo al fracaso del contacto físico. Dos personas que viven su romance a través del móvil, aunque sean vecinos y no tengan un impedimento para encontrarse, un hombre que se enamora de la voz de una operadora telefónica, unos solitarios que se comunican por gestos a través de la luna de un escaparate…aunque también esas historias puedan tener un final tan vulgar como todas las historias vulgares. Porque, de una manera o de otra, nos cansamos de no conocer a los otros, cuando ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos. Por eso escribimos, a ver si conseguimos explicárnoslo. Que no se diga que no lo hemos intentado, por lo menos.

El Autismo en tiempos de cólera

8 Jul

Luis Eduardo Aute

Más que de la proliferación de la poesía en la actualidad, podríamos hablar de la proliferación de los poetas o de quienes entienden por ese oficio de la palabra, la habilidad de colocarse un sombrero y hacer afirmaciones pretendidamente polémicas sin demasiado fundamento y, a veces, también sin demasiada gramática.
Se explica el volumen ingente de autores del verso por la facilidad que ahora supone el crearlo, pues ya no es sólo que se pueda (o incluso, dicen algunos, se deba) prescindir de las reglas métricas, sino que además tampoco parece de rigor que se observen las más elementales normas de la ortografía. Da bastante grima, la verdad, leer en las redes sociales esa prolífica producción de sintaxis torturada y manido vocabulario defectuoso que, sin sonrojo, se publica bajo el nombre de poemas con esa desfachatez impúdica y temeraria, tan propia del ignorante.
Cuando la poesía que ha sido por tradición un género de minorías se convierte en un género de mayorías, o deducimos que vivimos, pese a todo, en un siglo de erudición generalizada o admitimos que hablamos de otra cosa. Evidentemente, poema no es cualquier mancha de tinta en un papel o soporte electrónico, por más que se propugne la libertad creativa, ya rayana en el libertinaje por disfrazar de transgresión lo que sólo es impericia y desconocimiento. Creo, en fin, como Felipe Benítez Reyes, que, hay que conocer los géneros, aunque sea luego para transgredirlos. Lo demás es, simplemente, desorden.
A propósito de éste y otros temas, hablábamos en un curso de verano, organizado por la UMA y dirigido por Juan José Téllez, bajo el título de “Letras y música. Canciones entre dos siglos”, en el que se elucubraba sobre el hermanamiento de música y poesía. Conceptos que ya vienen asociados desde la antigüedad clásica, que define a la poesía lírica como aquella apropiada para ser cantada con el acompañamiento de la lira (de ahí su etimología) y otros instrumentos. Ambas artes, marcadas por las matemáticas del ritmo, la métrica y el pentagrama, han sido compatibles por naturaleza hasta fraguar felizmente en la canción de autor. El cantautor, desde los sesenta, ha sido el poeta completo en el sentido más clásico del término; una figura posible por su conocimiento de la métrica, la tradición poética y la música, que está perdiendo el relevo generacional por razones obvias. Al fin y al cabo, tanto la poesía como la música requieren disciplina y constancia, términos que aunque parezcan antitéticos a la creación artística, según Luis Eduardo Aute, son inherentes a ella. Si no lo que sale es lo que él llama con acierto el “batirruidillo” y que a mí se me figura como ese singénero globalizado desde yanquilandia, el rap, que no es música ni poesía exactamente y que Javier Ruibal definiría, más o menos, como la habilidad de enhebrar sandeces, hueras de forma y fondo, y a veces en inglés para disimular la magnitud de la estupidez expresada.
Pues, en fin, supongo que lo mismo podría considerar que los raperos son los cantautores de nuestro tiempo, si no fuese porque tengo un concepto mucho más elevado del cantautor, gracias al conocimiento de figuras como Aute; gigante en el uso de la palabra y el conocimiento de la música, del que he sido seguidora y estudiosa durante muchos años y a quien he reencontrado en este curso de verano, yo diría que sabio y desolado, términos algo sinónimos en estos tiempos.
El primer disco que escuché de Aute fue “Alma”; un poemario musicado sin desperdicio que había editado en un periodo de esplendida madurez, al que siguieron otros álbumes de idéntica calidad, que daban garantía de su crecimiento personal y formativo, después de aquellos temas juveniles, que eran eso; juveniles. Por algo hay que empezar. Pero si Aute sólo hubiese escrito “Aleluya”, “Rosas en el mar” y “Al alba” no estaría escribiendo estas líneas.
Poco creo en esos poetas que cifran sus logros en poemarios de juventud y luego se diluyen o empiezan a vender fruta podrida. El fenómeno Rimbaud es, como todo fenómeno, cosa rara, y no tópico recurrente.
Para mí, el poeta empieza a nacer como tal, después del dolor y las primeras cicatrices y eso, más o menos, llega sobre los treinta y tantos años. Podría poner aquí el verso de Luis Rosales, pero ya lo he puesto demasiadas veces.
En definitiva, para mí Aute, tomó su verdadera sustancialidad al editar “Espuma (Canciones eróticas)” y “De par en par”; discos a los que me retrotraje después de escuchar “Alma”.
A partir de ahí, se cimentó en su estilo un existencialismo muy personal, del que forma parte también el erotismo como forma de supervivencia.
Entre tantos títulos que manifiestan el Autismo referencial e intransferible, citaré canciones que bien pueden servir como manual de iniciación; “A vivir”, “Todo por sentir”, “De paso”, “Libertad” y “La belleza”. Sirvan éstas de ejemplo para dar la medida de lo que debe ser una canción de autor. Y no perder la perspectiva.

El transgénero

10 Jun

El transgénero. Según leo, cada vez con mayor insistencia, el transgénero acabará imponiéndose a la novela, que es un género caduco y, por tanto, suspicaz de inminente desaparición. La crónica de una muerte anunciada, que se llama. Anunciadísima, diría yo, pues desde que tengo uso de razón, vengo oyendo la misma cantinela.
Si es que la novela se va a morir, parece que tenga una agonía interminable. Como la de esos personajes que, en las películas, heridos de muerte, se desatan en una larguísima perorata con los ojos vueltos, que, más bien, parece el discurso de ingreso del elegido para ocupar un sillón de la RAE. Cuanto mas muere, más se extiende. De hecho, la tendencia es al grosor. Desde Millennium y compañía, el volumen medio de las novelas de éxito, es de unas cuatrocientas páginas en adelante. Dicen que la mayoría no lee, pero cuando se pone, se pone, qué caramba. El transgénero lo mismo triunfará a la larga, aunque hoy por hoy lo que triunfa es la novela larguísima, que se prolonga en tres más por lo menos, hasta completar trilogías o sagas.
Pero la calidad está reñida con el gusto de la mayoría, dicen los escritores del transgénero, que son además los que lo escriben, mira tú por dónde.
Lo mejor del transgénero, como de cualquier tendencia revolucionaria en el arte, es la teoría. Según dicha teoría, su valor consiste en transcender a los corsés de los géneros castradores, así que los mezcla de modo transgresor, con lo cual el lector igual se hace la picha un lío, pero más le vale hacer un acto de fe por no quedar como un gorrino ignorante. A ver quién fue el guapo que, en su tiempo, no dijo que el Ulises de James Joyce y las películas de Ingmar Bergman eran una obra maestra sin enterarse de un pijo.
¿Para qué? Si ya están los críticos que lo explican. Hay críticos tan convincentes que te pueden persuadir de que una lista de la compra es un alarde sinóptico de la prosa cotidiana que revela la sustancia del individuo en el contexto del consumo como muestra de la indefensión colectiva en la sociedad actual. Con una buena publicidad, o sea, una teoría de por medio, cualquier cosa se convierte en una obra maestra. Aunque sean las chuminadas sueltas que se garabatean en la libretilla del fondo del bolso o los aforismos iluminados de Facebook. Y, por supuesto, el transgénero, que consiste en ir añadiendo pegotitos aquí y allí. Un poquito de narrativa, otro poco de ensayo y lo mismo luego hasta un soneto a la virgen de Lourdes.
Como soy desconfiada, escéptica y algo coñazo (para qué nos vamos a engañar), me da que el transgénero oculta una falta de habilidad. O sea, creería en la genialidad del escritor transgenérico, si antes me demostrase que es capaz de escribir una novela bien tramada por burguesa y decimonónica que fuese. Igual me pasa con los pintores. Creeré en el dinamismo, la fuerza y la energía de su abstracto, si en los comienzos de sus carreras han pintado un bodegón o un paisaje en condiciones. Si no, sospecho.
Tuve yo una amiga que hacía virguerías con el abstracto hasta que, por ganar dinero, se pasó al retrato y me enseñó uno.
-¿Qué tal?- me preguntó.
-Genial. Has clavado a Marlon Brando.
-Pero ¿cómo Marlon Brando? Si es Antonio Banderas.
La amistad continuó, pues, digan lo que digan, es el modo de amor más incondicional, humano y constante, pero empecé a tener serias dudas sobre su pericia como pintora.
La rebeldía a las técnicas tradicionales es muy loable cuando estas se conocen, si no, son mero subterfugio para maquillar la chapuza. Y así, por lo general, cuando me hablan de transgénero, pienso que es un batiburrillo de esto y lo otro que no llega a ser nada en concreto. Y más que una revolución me parece una involución. Un regreso a la miscelánea, propia de la Edad Media, que se justificaba porque aún las mentes humanas no habían llegado a tener la madurez intelectual precisa para discernir los géneros.
Por supuesto, que en El Quijote hay ya transgénero, pues todos los géneros se dan cita en esta novela. Por supuesto, que Camilo José Cela dijo que novela es todo aquello, en cuya portada figure el nombre de novela, ¿pero esas experimentaciones suyas no fueron un paso adelante desde su conocimiento de la tradición? ¿Acaso los que defienden esta modernidad no saben que lo moderno ya fue inventado hace un montón de siglos?
En definitiva, la verdad de la verdad es que una novela es muy difícil de escribir. Claro que, a medio camino, siempre queda la opción de escribir un transgénero. Para luego tener que explicarlo como un chiste malo.

Rocinante era gay

3 Jun

De Cervantes, como de casi todos los escritores universales, se ha dicho que era homosexual. También de Homero, de quien prácticamente está demostrado ya que no existió y, sin embargo, se sigue manteniendo que fue ciego y, por supuesto, gay.
Shakespeare, que, igualmente, se debate entre el ser y el no ser, por los pocos datos de su biografía que se manejan; de ser, aseguran, que fue homosexual.
Así fue que los yanquis se aprestaron a desmentir tal condición para su icono literario, haciendo una película en la que el autor se enamoraba de una mujer, que se disfrazaba de hombre, a objeto de interpretar sus obras teatrales. Asunto bastante improbable, pues en época isabelina, eran los hombres quienes se caracterizaban de mujer para hacer los papeles femeninos, de modo que resultaría más coherente que fuese un chico travestido quien enamoró al creador de “Hamlet”. Sin embargo, los americanos no dudaron en echar mano de una trama enrevesada, por que la hombría de su escritor emblema no se pusiera en entredicho. Como si dicha sospecha nos importase una higa al resto del mundo y no comprendiesen que la homosexualidad es un recurso de los críticos para hacer sobresalir a un escritor, sobre el que ya se ha dicho casi de todo y un truquito efectivo que, a nivel académico, prueba que los alumnos también se sirven de la memoria sin traumático esfuerzo, si se les facilita el dato oportuno.
Puede que al chaval se le olviden con facilidad los símbolos que en el Romancero Gitano de Lorca eran las llaves que abrían el universo trágico del subconsciente; que se le difumine qué quiere decir la imagen de la luna, el toro o el caballo, el nardo, el mirto o la amapola, pero, llegado un momento, alguien interrumpirá la clase y, haciendo gala de su competencia memorística, observará:
-Pero Lorca era mar…O sea, gay, ¿no?
Y ése será el único juicio crítico que, a la postre, quede nítido y rotundo del autor de “Poeta en Nueva York” y “Bodas de sangre”.
Siendo la homosexualidad, un modo amatorio tan antiguo como lo son los otros, desde el albor de las civilizaciones, aún despierta un morbo inexplicable cuando se proyecta en la biografía de los autores más señeros o los mismos personajes de sus obras.
La comparación homérica ha dado de sí muy sesudas y amplias páginas en los estudios filológicos sobre la Ilíada, pero, en definitiva, nunca despertará tanto interés como la disquisición, según la cual, Aquiles y Patroclo eran amantes. Y si no, afirmará con contundencia el acérrimo defensor de tal teoría, ¿por qué el Pelida de pies ligeros reaccionó con tanta violencia ante la muerte de su amigo?
Como las hipótesis en este terreno, solían dar en el blanco de la inquietud colectiva, los críticos, animados por el éxito, se lanzaron a emparejar a los personajes de las novelas más renombradas a objeto de soliviantar al público, rizando el rizo.
Así que Fernando Arrabal, el inefable, señaló que el Quijote y Sancho Panza vivían una relación homosexual. Si no, ¿qué hacían esos dos hombres tanto tiempo por esos campos a solas? Otra interpretación de un crítico menos conocido, pero superior en audacia, señalaba que Aldonza Lorenzo, la amada Dulcinea del caballero de la triste figura, era, en realidad, un hombre travestido, dado que se la presumía bigotuda y de un vigor viril, por su habilidad de salar jamones.
Con las mismas, después de una serie televisiva, Sherlock Holmes fue susceptible de andar enamorado de su ayudante. Elemental, querido Watson. Y tampoco los superhéroes, en el género del cómic se libraron de ser apareados por la aplicación del psicoanálisis a la ficción. Así fue como Batman quedó emparejado con Robin. Y el ejemplo cundió hasta salpicar con la sospecha a los muy hombríos machotes del tebeo patrio. Ya no cabía duda de que el Capitán Trueno estaba liado con el joven Crispín y Pedrín era amante de Roberto Alcázar.
Y, si se elucubraba con la virilidad de tan rudos protagonistas, cómo no hacerlo con el relamido Tintín; ese belga tan andrógino, de impecable tupé y culito respingón. Si bien ya habría que desplegar demasiada imaginación para recrearlo en brazos del capitán Haddock (rayos y centellas.) Habrá que aguardar a la próxima vuelta de tuerca que enrede al aventurero de bombachos en una pasión zoofílica con su perrito Milú, por ejemplo.
Sólo así podría superar en novedad al pasaje de El Quijote que nos señala Manuel Rivas, donde se describe la pasión homosexual que se desata entre el caballo Rocinante y el rucio de Sancho.
De la homosexualidad de Cervantes no tenemos ninguna certeza, pero lo verdaderamente cierto es, sin duda, que, después de cuatrocientos años, no se ha escrito una novela más moderna que El Quijote.