Literatura y fotogenia

18 Oct

Alice Munro

No hay fisuras al considerar de justicia el premio Nobel de Literatura que ha recaído este año sobre la escritora canadiense, Alice Munro. La unanimidad en este juicio ha sido tan notable, que incluso participan de ella los que no han leído ni un solo título de la autora, lo cual no es un hecho extraordinario, ya que los libros publicados por dicha escritora no son muchos y la mayoría son de factura relativamente reciente, pero, ciertamente, hay motivos extraliterarios que justifican esta unanimidad, tales como que Alice Munro es mujer y ello ennoblece a un premio que tan recurrentemente ha recaído sobre hombres. Por supuesto que no voy a criticar el hecho de que el Nobel tenga nombre femenino, aunque, puestos a ello, considero como Clara Sánchez, recién galardonada con el premio Planeta, que mejor le hubiese valido a Ana María Matute, que, además de mujer, tiene una sólida y larguísima carrera literaria a sus espaldas, a tal punto de ser, desde los cincuenta, un clásico de la literatura universal.
Ingenuamente, algunos tendemos a creer que hombre o mujer, el acreedor de un Nobel de Literatura ha de ser una persona que ha dedicado toda su vida en cuerpo y alma a la vocación literaria y no aquella que escribe a salto de mata en sus cuatro ratos libres, que es como se ha presentado a Alice Munro en las numerosas entrevistas de las que, a tenor del evento, la ha hecho objeto la prensa internacional. Al hilo de ellas, el lector puede interpretar que la Munro era un ama de casa que mataba el aburrimiento en su tiempo de ocio, dándole a la tecla, igual que otras lo hacían tomando café y jugando al bridge con las amigas. Seguramente que no es del todo así, ni de un modo tan fácil ni tan casual –ningún producto literario llega a tener calidad si no se le aplican muchas horas de esfuerzo- pero, según lo leído, a una se le figura que la Munro estaba friendo unas empanadillas de Móstoles y, en lugar de llamar a Encarna, se le ocurrió escribir un relato y así, a tacita a tacita, ganó el premio Nescafé- o sea, el Nobel-.
En realidad, lo que nos cuentan de la flamante Nobel no es nada nuevo, nada que no salga semana a semana en los dominicales; la fantástica historia del hombre o la mujer común que un día cualquiera por un mágico azar se embarcaron en alguna aventura artística y, al poco, con fama mundial, ya estaban vendiendo discos, cuadros o libros como rosquillas en París, Londres y Nueva York. La fama ha sustituido a la religión como opio del pueblo con la ventaja de que no es necesario morir para llegar a ella, pues, según se vende, es en el propio reino de la tierra donde los últimos llegan a ser los primeros. Se trata, en realidad, de una falacia, a la postre, dolorosa porque los que llegan siempre son muy pocos y nunca por casualidad y la mayoría, a mitad de camino, se queda anclada en una continua frustración sin consuelo. El éxito no es materia fácil por más que se empeñen en demostrarlo los manuales de autoayuda o las revistas dominicales a todo color en sus páginas satinadas. Si hablamos de éxito femenino, podríamos concluir que, además de talento, hoy por hoy, hace falta imagen. Tanto da si son políticas, cantantes, escritoras o incluso militantes feministas. Nada más había que ver a las componentes del grupo “Femen” invadir el congreso con sus pechos perfectos de chicas de “Fa” y sus coronas de flores a lo Cicciolina como iconos de un neofeminismo más de forma que de fondo que se diría que se vende en la planta de señoras de El Corte Inglés.
La industria de la literatura que se ocupa del ocio y también del negocio no es ajena a este fenómeno de marketing y procura que, en la solapa de los libros, luzcan guapas las autoras. Una imagen vale más que mil palabras y, sobre todo, vende más. Hay escritoras- y escritores- que duran dos telediarios pero todos se quedan con su cara. Y con su libro.
Pronto Alice Munro será leída de modo masivo por ser Nobel, mujer y ama de casa. No, por casualidad, las amas de casa de cierta edad son el mayor público lector en el mundo. Habrá otras razones de peso, no digo que no, pero también primará su imagen que es impecable. La Munro parece una de esas muchachitas con el pelo teñido de blanco que se hacen pasar por ancianas para promocionar viajes para la tercera edad o compresas para las pérdidas de orina.
Con todo y con eso, sigo sosteniendo que si el premio Nobel de Literatura atendiese a la calidad literaria como, exclusivamente, debería atender, habría de haber recaído sobre Ana María Matute. No por ser mujer sino porque es una escritora de la misma talla que Vargas Llosa o García Márquez y mucho mejor que Gao Xingjian del cual no encuentro otro mérito para tal galardón que el de ser chino y anticomunista. De este modo, no se diría que el Nobel ha sido para una mujer, sino, simplemente, justo.

Tu amor, mi enfermedad

19 Jul

Tu amor, mi enfermedad

Las palabras se las lleva el viento. Sobre todo, en las playas de Cádiz donde los aires difíciles, como los llamaba Almudena Grandes, hacen casi imposible la lectura del periódico, que, paulatinamente, se va haciendo un gurruño entre las manos. Para cazar la noticia al vuelo, hay que andar bien atento y espabilado, porque las hojas salen volando y te obligan a atraparlas a la carrera. El viento gaditano me boicotea la lectura de la prensa como mi gata, quien siempre escoge el momento que yo elija para hojear el periódico como el más idóneo para dormir la siesta en mi regazo, lo cual no resulta nada compatible pues reclama toda la atención. Igual que este paisaje inmenso, trascendente que en los días diáfanos te dibuja el continente africano en el horizonte, desde cuyas orillas saldrán quizás esta misma noche otra remesa de pateras ilegales donde muchas criaturas apiñadas, desesperadas se jugarán la vida por llegar en su temeraria travesía a esta tierra de las oportunidades, a este próspero primer mundo, que está destruyéndose, según lo que he podido leer en el diario de hoy. Nuestra realidad es siempre relativa cuando se consideran otras realidades mucho más trágicas y, a veces, tan cercanas como a pie de vista, pero a quién le duele el dolor ajeno. Mientras nos lamemos nuestras pequeñas heridas, otros mueren como números anónimos sin ser susceptibles de nuestra piedad, practicando la globalización de la indiferencia, como diría el Papa Francisco.
Han pasado los días de levante que obligan a la reclusión en casa al resguardo de ese viento de furor apocalíptico que parece querer arrancar las viviendas desde los cimientos y hasta los árboles de sus raíces y da de latigazos a los osados bañistas con la arena que, en el aire, forma una neblina de oro cruel. En estas tierras del sur del sur, entre Conil y Barbate, la naturaleza es siempre muy exagerada, me comenta la escritora, Carmen Martínez Oroz; la lluvia diluvia, el viento arrambla y el sol asola. Carmen lo sabe bien porque hace treinta años convive con estos elementos indómitos de la naturaleza, cuando vino desde su Madrid natal a comprarse un terreno en el campo de Vejer donde se construyó una casa que, con el tiempo, se convirtió en su hogar definitivo. Allí divide sus jornadas entre su trabajo como profesora de biología en la escuela rural de San Ambrosio y las faenas del campo que le llenan de satisfacción y calma a la última hora del día. “Duermo tranquila y feliz, pensando que ahí fuera, en la tierra, todo está creciendo”. A veces, lo hace en un chozo, construcción milenaria propia de estos campos, que los lugareños elaboran con madera de eucalipto, resistente al viento, la lluvia y los soles voraces.
Carmen no ha sometido a la naturaleza a sus propias condiciones, sino que se ha sometido a las mismas condiciones de la naturaleza, lo que, aunque, visto desde fuera, pueda parecer idílico, implica una gran dureza en los hábitos vitales que, en un principio, incluían la falta de luz eléctrica y agua corriente. También el trato discriminatorio de los camperos que, en su idiosincrasia primaria y machista, veían con muy malos ojos la intrusión en sus tierras de esta mujer madrileña que, de igual a igual, se atrevía a mirarlos de frente; sola, independiente y sin ejercer de esposa. El tiempo que quiso hasta que quiso el azar hace cinco años que en su vida se cruzase Miguel, quien comparte con gran entusiasmo esa vida en el campo, de cuyos pormenores e incidencias se ha hecho un verdadero letrado. Quien un día fue un hombre capitalino que trabajaba a jornada intensiva en una oficina con luz artificial en el ajetreo de atender a la vez varios teléfonos, se ha convertido en el experto campesino de Las Georgicas.
El tiempo que, al ritmo de la naturaleza, es infinito transcurre para esta pareja de un modo pausado, sereno y perfecto, despertándose con la salida del sol y durmiendo a su caída.
El aislamiento y la paz, que son las mejores condiciones para que afloren los recuerdos, han hecho además posible que Carmen escriba su primera novela, “Tu amor, mi enfermedad”, donde con mucho rigor, preciosismo y amenidad, la madrileña cuenta la biografía de tres amigas que vivieron su juventud en plena vorágine de los setenta, cuando la lucha clandestina antifranquista y los panfletos subversivos en los pisos de estudiante, el amor libre, los primeros porros y los abortos en Londres. Por la cercanía de su prosa, sus páginas se vuelven tan cómodas que te quedas en ellas a vivir, codo a codo, con esos personajes de aire tan familiar. Dice Carmen que para sus protagonistas, no se ha inspirado en personas concretas, si bien se han construido sobre el material de todas las que ha conocido. En cualquier caso, le han salido tan humanas las criaturas que, más que personajes, parecen personas; alguien a quien has conocido o crees reconocer. El mérito de un narrador es que, al contar su historia, nos cuente la nuestra.
En su caso, la historia le ha salido con final feliz. Tuvo tres hijas, plantó árboles y escribió un libro para explicarse la vida que, de paso, nos la explica a los demás. Sinceramente, qué más se puede pedir.

P.D: La ilustración de la cubierta del libro es de Carmen Guardia; gran pintora y amiga de la escritora desde la infancia. Sugerente y poderosa imagen ¿a que sí?

No hay domingo sin Maruja

14 Jun

Maruja Torres

Nadie se ha quitado nunca un guante como Rita Hayworth, ni se ha puesto unos pantys como Maruja Torres. Ella podía tardar en ponérselos toda una página, la que hasta hace poco ocupaba en una revista dominical, con el mérito encomiable de tener a miles de lectores pendientes de suceso tan singular. Maruja ha contado cosas muy grandes en primera línea de fuego, pero se ha hecho grande por contar cosas pequeñas. Esas cosas que, por cercanas, todos compartimos y, en realidad, nos interesan más que las grandes gestas de la historia. Como dice Aurora de la Rosa, nuestra verdadera épica es la épica cotidiana. Ya se puede hundir el mundo ahí a lo lejos que cualquier domingo nada nos afecta más que, de repente, se averíe la lavadora y se te quede anegada de agua la cocina. En pleno domingo, podrás encontrar a unos cuantos salvadores de la humanidad, pero nunca a un fontanero. Ahora tampoco podrás encontrar a Maruja Torres que deja un espacio insustituible en el dominical, un vacío de orfandad desolada para los lectores de suplementos, tan amigos que somos todos de las rutinas, en la que iba, por supuesto, incluido el artículo de Maruja Torres. Tal vez nos podíamos perder algún sesudo artículo de fondo sobre política internacional pero nunca las últimas peripecias de Maruja. Los asuntos de estado podían esperar, mientras Maruja nos contaba cómo intentaba organizar la cacharrería de su bolso, donde, a veces, por despiste, metía el mando a distancia de la tele en vez del móvil o cómo se alcachofaba en el sofá al llegar los calores del verano o cómo paseaba a su perro por el parque o cómo hacía una mudanza. Cualquier cosa que contase Maruja despertaba el interés general, muy general pues, según creo, era la articulista más leída de España. Se podía estar o no de acuerdo con su opinión, pero no prescindir de ella, porque era necesaria como el pan de cada día o, más bien, como el imprescindible desayuno pausado y tardío del domingo, prorrogable hasta el almuerzo; un festín al olor del café y las tostadas sin prisas y la tinta fresca del papel satinado ¿qué habrá escrito hoy Maruja Torres hace dos semanas? Y ahí era el placer de leerlo en pareja o en la estricta soledad mitigada por su voz. Para muchos solitarios, más solitarios aún en domingo, el artículo de Maruja Torres era la ilusión más inmediata de compañía; una amiga que venía a acompañarles en el salón de casa con su charla ocurrente, cómplice, directa y familiar. Con sus altos y sus bajos, pero siempre inconfundible. Yo digo que el mayor logro de un escritor es tener su propio estilo y ése era su territorio conquistado a tal punto de ser acreedor de una denominación de origen dentro del periodismo. Para mí, podría ser llamado el artículo marujón, sin ánimo despectivo y por derivación de su propio nombre y quizá también por hacer material de enjundia de las realidades domésticas. Si, en el nuevo periodismo, Truman Capote y Tom Wolfe decían contar la realidad como una novela, Maruja la contaba como una anécdota. Tal como luego lo hicieron Carmen Rigalt, Carmen Rico Godoy, Elvira Lindo, Almudena Grandes, Carmen Posadas e Isabel Vicente e incluso Juan José Millás con la brecha abierta de la pionera. La sombra de Maruja Torres ha sido alargada y, al crear escuela, ha dado lugar a una larga nómina de emuladores e imitadores lo que, por desgracia, termina desembocando en un subgénero, “la marujonada”; un coladero para que un ejercito de plumillas, nada diestros, se encarguen de desmigajar las entretelas de su vida cotidiana con mayor afán de protagonismo que verdadero talento. Lo malo de los pioneros es que hacen parecer fácil lo difícil, propiciando despropósitos en los seguidores de su estela hasta estimular la creencia de que un artículo es un espacio que puede rellenar cualquiera con cualquier cosa. El artículo marujón, sin intención previa, ha hecho tanto daño al periodismo como el verso libre a la poesía. Valga el buen verso libre de quien sabe componer sonetos, pero, para nada, el de quien sin conocer las mínimas reglas, vende por escritura automática o lírica existencial, las cuatro chorradas sueltas que se le acaban de venir a la cabeza.
Digamos lo mismo en el cuento, Borges fue el maestro de los cuentos de final inesperado, pero provocó el vicio de que sus muchos seguidores, a la búsqueda de finales sorprendentes, enrevesasen la trama a pique del culebrón o la resolviesen a todo trapo con abruptas salidas de pata de banco. Si el imitador de Borges para colmo escribe microrrelatos, el efectismo raya en lo patético. Si la tercera y última frase de su microrrelato ha de ser el desenlace inesperado, la cosa que sale, ni más ni menos, es un chiste.
Hasta los maestros se cansan de sus propios lugares comunes y vuelven a tomar nuevos aires.
Maruja en estos últimos tiempos se desmelenó como en el 68; pidió el voto por EQUO y se manifestó a favor del escrache, algo arriesgado por el amplio eco que despertaban sus palabras. No quiero pensar que, al final, cayó como una víctima más de la mordaza, pero no dejo de pensarlo.

Una historia ejemplar

7 Jun

Antonio Muñoz Molina

Me gusta contarles a mis alumnos, que son de extracción muy humilde, la historia de Antonio Muñoz Molina como la de Miguel Hernández, “el poeta cabrero”. Biografías ejemplares de cuya moraleja se deduce que no hay mayor riqueza que el ejercicio de la voluntad y la constancia para llegar tan lejos como se quiera y permanecer para siempre en la memoria de los hombres, conquistando ese tipo de fama más sólida de la que hablaba el poeta, también jienense, Jorge Manrique, y que nada tiene que ver con el éxito efímero y quebradizo que proponen los reality-shows y el Youtube. Para quienes no tienen otro capital que sus sueños y sus deseos, resulta muy estimulante saber, con ejemplos tangibles, que algún día pueden realizarse, gracias siempre al afán de superación. En cualquier campo, también en el de fútbol. En esa cercana Rosaleda que tantas alegrías nos ha dado durante este curso académico con su bravío Málaga C.F. que tiene todo su intríngulis como herramienta pedagógica, pues ha venido a ilustrar esa enseñanza por la que se defiende la lucha continua y el esfuerzo como llave de todo triunfo. La última temporada del Málaga ha supuesto un amplio despliegue de educación en valores, pues, gracias a ella, muchos alumnos han aprendido a valorar el trabajo en equipo, a desarrollar la solidaridad que supone hacerse partícipe de una causa común, la afición a nuestro club, y, de paso, han fortalecido su autoestima, sin la cual es imposible progresar en ningún aprendizaje. Por una vez, era el equipo local, el suyo, quien despertaba el interés de la afición internacional por motivos propios de orgullo. Contra todo pronóstico; la amenaza de sanción de la UEFA, la deuda, la falta de inversión, la venta forzosa de jugadores, el equipo, lejos de rendirse, se crecía y plantaba cara a los grandes con esa energía arrolladora que sólo da el valor y el coraje. Mucho más que fútbol, lo que ha hecho el Málaga C.F. es dar forma a una leyenda épica que, muy en el tono de la épica española, trata del humilde que, desafiando al poderoso, llega de frente a la cima; que se hace a sí mismo. Éste ha sido siempre nuestro modelo de héroe, desde que la Edad Media elogiase las hazañas del Mío Cid.
Me gusta celebrar con mis alumnos las gestas del Málaga y hablarles, en general, de historias de superación que nos enseñan que no hay mayor riqueza para el ser humano que la de creer en algo, querer algo y luchar por ello y que nadie es pobre si se hace de este capital. Por eso, pongo especial énfasis cuando les cuento la historia del “poeta cabrero”, Miguel Hernández, y de Antonio Muñoz Molina, un chico de pueblo, que trabajaba en el puesto de verduras de su padre en el mercado, pero nunca dejaba de hacer sus deberes, aunque fuese entre acelgas y repollos. Que su familia, de padre campesino y madre ama de casa era muy humilde y apenas conocía las primeras letras y sus abuelos se apellidaban Expósito, lo que hace pensar que procedían de padres o abuelos huérfanos. Recalco este dato porque, entre mis alumnos, hay muchos que viven en casas de acogida sin haber llegado a conocer acaso la identidad de sus padres y, al recalcar el dato, noto que se iluminan los ojos despiertos y vivaces de una niña que llegará muy lejos si quiere. Y quiere.
Era un martes, cuatro de junio, y ya habíamos llegado a la última página del libro, donde había un texto de “El jinete polaco” de Muñoz Molina; una novela que, entre mis libros de cabecera, nunca deja de hacerme revelaciones por el monólogo interior del protagonista; un bicho raro con el que me identifico plenamente. También aquel día en el que descubrí, con estremecimiento, que aquel personaje estaba contándome este preciso momento de mi vida. Por justificar la emoción, les conté a mis alumnos lo importante que era esa novela para mí y, de paso, les hablé de todas las otras, porque, desde aquella no me he perdido ninguna, si bien aquella fuese mi favorita por los tintes autobiográficos. Eso me dio pie para contarles al detalle la biografía de Muñoz Molina que es de, por sí, una novela también apasionante, cuando no, una gesta épica.
Había mucho de ejemplar en la historia de ese niño, tempranamente maduro por su carácter responsable y por convivir con los rigores de la pobreza, que pasó a ser el muchacho tímido y taciturno, algo acomplejado por su físico y su escaso éxito con las chicas que ahuyentaba su soledad entre libros y discos y soñaba con volar muy lejos de su pueblo como también lo hizo Joaquín Sabina. Siendo Úbeda, arte en estado puro, no parece lugar donde se encuentren bien los artistas. Lo demás fue trabajar, crecer y nunca conformarse. Tampoco con el puesto de funcionario que ganó por oposición en Granada y que abandonó para disgusto de su padre.
Vino a instalarse en Madrid para no distraerse de la escritura en la que se consolidó como el más firme valor de la literatura española, lo que le valió ingresar en la RAE como el académico más joven de su historia. Luego llegó el instituto Cervantes, Nueva York, y más premios y más trabajo y más premios y más trabajo. En su éxito nada hay de casualidad, les dije a mis alumnos al terminar la clase. Sólo es cuestión de tiempo que sea premio Nobel (yo creía que el Cervantes ya lo tenía.)
Fue un cuatro de junio; al día siguiente, Muñoz Molina recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras. Mis alumnos se alegraron tanto como yo.

Club literario “La Coracha”

1 May

Mañana jueves a las 18:00 en el Museo Municipal de Málaga (MUPAM) Paseo de Reding nº 1, estaré dando una charla-coloquio para seguir despegando el club literario “La Coracha”. Con la inspiración de la exposición “Iluminaciones cotidianas” del prestigiado pintor malagueño, Pedro Escalona, compartiremos experiencias terrestres y celestes, leeremos textos de escritores que hablan del día a día y pondremos las bases de un taller de creación literaria para ponerle letra a nuestra biografía, a lo que más nos importe, lo inmediato, lo nuestro. Lo que más queráis. Anímate y ven, te estamos esperando como agua de mayo…

Que viene el lobo

22 Feb

Muchos se interesan por el libro que ahora va conmigo. Por el llamativo color rojo de su cubierta y por su título no menos llamativo, “Que viene el lobo”, que les hace suponer a algunos que se trate de un cuento para niños. Nada que ver, sin embargo, con estas diez comedias de un acto que firma Enrique Martín Pardo, de no ser el trasfondo inquietante que comparten con los tradicionales relatos con el que innumerables generaciones de niños hemos abierto tantas noches el umbral de nuestros sueños y también de nuestras pesadillas con el temor aún palpitante bajo los párpados cerrados a ese inventario de criaturas crueles que poblaban los célebres compilados de los hermanos Grimm; todos ellos iconos de la maldad que constantemente nos andaba al acecho, fuese en forma de bestia hambrienta, vigilante entre el follaje de nuestro edén infantil como el lobo de Caperucita, de bruja caníbal como la que engorda en una jaula a Hansel y Gretel para a su vez devorarlos o de malvadísimas madrastras como las que hubieron de padecer la Cenicienta y Blancanieves. La recurrencia de los hermanos Grimm al presentar la perversidad en figuras femeninas, le ha valido cierta reputación de misóginos, bien cimentada en su propia leyenda personal. De estos dos escritores, en realidad algo siniestros y acérrimos germanófilos en una vertiente que profetizaba el sentimiento hitleriano, se cuenta que tomaron por frío acuerdo una esposa, en teoría, para uno de los dos, pero que, en la práctica, compartían, llegando a parir hijos de ambos, indistintamente y a la que hacían cargar con todas las tareas del hogar, mientras ellos se dedicaban al obsesivo estudio de la lengua y el folclore alemán a objeto de justificar la superioridad cultural de su país como pueblo elegido que reverenciasen el resto de las naciones. O sea, dedicados a hacer con las letras, lo que luego la Merkel haría con los números. Por este afán de recopilar la tradición oral germana, acogían en su casa a una anciana, de cuya memoria rescataron esos cuentos espeluznantes que, de pequeños, nos educaron en el miedo. No eran cuentos para niños ni los hermanos Grimm los pretendieron como tales, pero, por accidente, arraigaron en el público infantil y allí fueron a quedarse para siempre. Así los hemos vivido y soñado como esa historia de terror que presentó Berger en el pertinente blanco y negro de su “Blancanieves”. Los Goya le van de maravilla a esta película tan goyesca, que representa en movimiento la pintura más negra del aragonés. En muchas de sus secuencias, se diría que viésemos representadas en todo su esperpento y deformidad, las series grotescas de los Disparates y Caprichos del último Goya, por cierto, pintados del natural. A poco que se intente representar la realidad, nos aparecerá reflejado su rostro monstruoso en el espejo cóncavo. Por eso, las comedias de Enrique Martín Pardo, realistas hasta lo más descarnado, producen un poco de terror, aunque sea el humor la clave que da pie a sus diálogos y monólogos, lo cual no es en nada incompatible. Toda historia macabra está cargada de humor negro, lo que a veces puede resumirse en una viñeta de El Roto. La condición humana produce humor y terror a manos ellas y reflexionar sobre ella, como hace Martín Pardo, es asomarse a abismos. Los abismos generacionales por los que el hijo es un lobo para el padre (“Que viene el lobo”) y los padres un estorbo que despejar en el camino de los hijos (“La bufanda”, “Madrecita del alma querida”.)
La comunicación se hace imposible entre los ancianos (anclados en el recuerdo de su juventud penosa y, no obstante, idealizada) y los jóvenes limitados a la sola supervivencia en su mundo inmediato y despectivos ante la tradición y la experiencia. La juventud es insolente para el viejo y la ancianidad insultante para el joven; nadie se comprende (“Consulta médica”.) Cada cual vive en ese túnel que era metáfora de la existencia humana para Sabato al que no llega la luz ni la voz de los demás. En las parejas también surgen abismos insalvables que favorece la incomunicación (“Háblame”, “Un sábado más”), por los roles de poder de los que sigue beneficiándose esa especie en extinción, por fortuna, que es el genuino macho de Atapuerca y al que sólo las viudas, después de sufrirlo, se dan el placer de hacerle cortes de manga (“No somos nadie”.) , pero que las jóvenes queridas rechazadas, ya más en el mundo, se atreven a presentar venganza, abriendo su caja de Pandora. El ejecutivo casanova es puesto al cabo de la calle por los documentos vergonzantes que la secretaría hace salir a la luz, antes de que él la obligue a salir de su vida (“En la terraza del club”). La vida es un cruce de caminos donde los débiles a veces cobran su ocasión de venganza, como aquel estudiante apocado y humillado por su prepotente y chulesco compañero al que una temeraria conducción de tráfico lo vuelve vulnerable por una rígida pierna ortopédica (“La venganza”), pero no siempre es así, los ricos y suficientes siguen humillando a los de a pie y sacando tajada igual de la prosperidad que de la crisis (“Burbuja inmobiliaria”.) Para muestra, un botón; los entresijos los descubriréis en ese libro de 228 páginas de Martín Pardo donde no falta un detalle. Y si viene el lobo, que venga. Ya lo vamos conociendo.

Tristeza

15 May

Carlos Fuentes

Hoy he sabido de la muerte de Carlos Fuentes, el emblemático escritor del boom de la novela hispanoamericana de los 60. Erudito, inquieto, enamorado de la literatura, de la cultura; el mejor narrador del fracaso de la Revolución Mexicana (“Los años con Laura Diaz”, “La muerte de Artemio Cruz”). Una especie en extinción ,sin duda, y tan necesaria…
Hoy, una compañera me interpretó “Tristesse” de Chopin al piano y me emocioné sin saber el motivo, fue un presagio, el prodigio de sus dedos.
Y ahora sólo puedo decir que me siento un poco rota. Si no conocéis aún a este escritor, conocedlo, obra y biografía, su muerte es el fin de una época todavía con valores e ilusiones. Cómo no voy a estar triste.

Aute; el artista eterno

14 Abr

A los fanáticos de Aute nos llamaban en la universidad “autistas”, como nos podían haber llamado autócratas o autónomos. Nos definíamos por Aute precisamente por su admirable manera de ir por libre, por su individualismo que escapaba a los vicios más abominables de los demás cantautores como la de ir de Mesías y vender la “gran causa” de panfleto con el subterfugio de una progresía que, en el fondo, sólo anhelaba cobijarse a la sombra del poder y la subvención. Él no era –es- un cantautor al uso; de hecho, esa mera etiqueta le daba bastante grima como demuestra en su tema satírico “Autotango del cantautor”, /Qué me dices, cantautor de las narices/ qué me cantas con ese aire funeral/ si estás triste, que te cuenten algún chiste/ si estás solo, púdrete en tu soledad/.
Siendo sus primeras vocaciones la pintura y el cine, llegó a la canción de autor por casualidad, después de escribir por encargo para Massiel, dos temas ripiosos y facilones (“Rosas en el mar” y “Aleluya”) que, ante su propia perplejidad, alcanzaron un éxito de masas inaudito a tal punto de ser arrastrado a los escenarios por el requerimiento pertinaz del público y las discográficas. De ser otro, se hubiese limitado a repetir la fórmula de las letras tontorronas y dormirse en los laureles, pero le pudo el afán de superación y el amor propio y, en su infatigable laboratorio de ideas y lecturas, llegó a alcanzar un estilo tan elevado y personal como insuperable. Hay un antes de Aute pero no un después. Ni buenos, ni malos imitadores; nadie que consiga tanto con las palabras y la melodía, pues, una vez empujado a la canción por las circunstancias, se propuso por la tenacidad de su natural perfeccionista, llevarla a su más alto nivel y lo consiguió, como está cantado. Hay un corto camino hacia la fama efímera, pero el que lleva a la inmortalidad es arduo, costoso, sacrificado. Y, normalmente, dura toda una vida. Como Aute era ambicioso, eligió recorrerlo. Quería escribir canciones que fueran clásicos, nada menos; que no envejeciesen por el capricho de las modas. Y lo logró. De ahí que sus temas compuestos hace veinte años siguieran sonando con la misma frescura el pasado viernes e idéntico poder de emocionar al público de todas las edades que abarrotaba el Teatro Cervantes. Porque el amor, el desamor, el sentido de la existencia humana, la fugacidad del tiempo, nunca dejarán de ser el motor del interés humano por siglos que pasen y nos tocan muy dentro cuando la voz del poeta acierta con el tono. Aute da con ese tono, pues, ante todo, es un poeta que canta. Como amante de la poesía, admiro el cuidado con el que compone sus letras, su exactitud, la redonda brillantez de sus versos y ese puntito de filosofía bien digerida que le dio la lectura de tantos ensayos durante la larga convalecencia en cama a la que le obligó la tuberculosis: /Vivir es más que un derecho, es el deber de no claudicar/ el mandato de reflexionar qué es nacer, qué es vivir, qué es amar/ el hombre por qué está hecho y qué eres tú/ Libertad/. Fomentar el vicio de pensar, aunque nos lleve más a la confusión que a la solución, es algo que también agradecemos los seguidores del compositor (“Dudando en la tarde”, “Laberinto de tinieblas”, “De paso”.)
Aunque no se puede decir que, desde siempre, Aute no tenga claro cuál es la única solución al resguardo de la intemperie del caos existencial. “Hay un Dios en el que podemos creer. Dios es sexo; sexo puro, que no puro sexo”. El sexo como religión y devoción ya está presente en “Espuma”, /Muerdo la luz prohibida/ sobre tu barro entrañable/ barro divino y pagano/ sacro demonio de carne/ o /Sólo el pan de tu tierna encarnadura/ ese pan que me ofreces en tu lecho/ sacia mi barro de hambriento diablo/ no conozco otro pan más que tu cuerpo/ sólo tu cuerpo/.
El sexo para Aute es también una declaración de principios, el refugio contra un mundo cruel /Al cuerno con la historia y sus delirios/ No apuesto por la batalla campal/ que acaben los troyanos y los tirios casándose que son tal para cual (…) Va, va, va, no quiero ser más que un hombre con una mujer/ va, va, va, quiero morirme en tus brazos/ pero de placer/ o /No quiero salir de ti/ que hace mucho frío afuera/ deja que me instale aquí/ donde siempre es primavera/ Ah, ah, como en Tahiti/
Pero no se puede decir, en base a un juicio superficial, que Aute no sea un artista comprometido; comprometido con su arte que nunca ha descuidado y con su público al que nunca decepciona y al que habla de uno en uno, no como masa con mechero encendido, sino desde su derecho a ser individuo e incluso diferente /Pero yo que no pretendo fortalezas ni fortuna/ sólo un sueño soñaría/ entre en un mar de girasoles/ buscaría un Giraluna/.
Por lo demás, no creo que nadie haya hecho una sinopsis tan lúcida del estado de esta sociedad que, con la promesa engañosa de las utopías, cayó en la dictadura del poder y el capital:
/Nos hablaron de futuros fraternales, solidarios/ donde todo lo falsario acabaría en el pilón/ Y ahora que no quedan muros/ ya no somos tan iguales/ tanto vendes, tanto vales/ Viva la Revolución/ Reivindico el espejismo de intentar ser uno mismo…
Esta canción se llama “La Belleza” y siempre me hace llorar de emoción y de rabia. Supongo que sabréis por qué.

P.D: Sugerencias para el fin de semana:
1) Hacer una visita a la revista “Bulevar de Málaga” que ya está en facebook. En esta publicación encontraréis noticias sobre personajes célebres de Málaga, eventos culturales convocados en nuestra ciudad y, en fin, el pulso de esa actualidad que nos toca tan de cerca. También un artículo de esta servidora.
2) Hacer un recorrido por la discografía de Aute. Aparte del nuevo disco “Intemperie”, os recomiendo a tiro fijo de estudiosa del autor e incansable de sus canciones, el disco “Espuma” con su continuación “Alma”; posiblemente su logro más redondo por aquello de la lucidez de la cuarentena. ¿Otros? -casi todos- pero podrían ser “Cuerpo a cuerpo”, “Nudo” y, muy encarecidamente, “Alevosía”, que es de una exquisita brillantez tanto en las letras como en los arreglos musicales. Una cima a la que sólo se llega con la experiencia, formación y esfuerzo de muchos años. El talento, claro, también ayudó, pero está muy bien multiplicado por el trabajo. No hay inspiración que nazca de la nada.
Mis canciones favoritas son muchas, pero las imprescindibles; “Libertad”, “De paso”, “A vivir”, “En ti” (es la canción de desamor más emotiva y sutil que he escuchado, se limita a sugerir, pero lo dice todo, quien lo probó, lo sabe), “Asesina de mi vida” (por razones muy personales) “Giraluna” (la magia de la diferencia con unos deliciosos efectos musicales), “Invisible” (una aspiración compartida, brillante y de música y letra perfectas) y, sobre todo, “La Belleza”. Si confiais en mi opinión, no dejéis de escucharlas con atención. Podéis encontrarlas en
http://www.taringa.net/posts/musica/2376406/Discografia-Luis-Eduardo-Aute-_1965—2005_.html
El nuevo disco “Intemperie” ya está a la venta. Temas y música ideales para “autistas”.
3) Enrique Martín Pardo acaba de publicar un nuevo libro de relatos, “Los pasos y el sendero” (editorial Quadrivium) . Merece la pena hacerle un hueco en la agenda lectora.
Si alguien se aburre en este delicioso fin de semana de primavera, será porque quiere. A vivir,que son dos días.

Félix el Fénix

26 Ago

Lope de Vega

La pereza se llamaba pereza en tiempos de Larra, ahora se le llama síndrome. Y tiene un montón de ramificaciones y modalidades incluso para cada estación; el síndrome post-vacacional, la astenia primaveral, el muermo navideño, que detectan en el individuo afectado una tristeza coyuntural por motivos abstractos que incluyen la casi total parálisis de actividad. Dichos malestares son propios de la sociedad del bienestar, en la que, a pesar de la crisis, estamos instalados todavía. El bienestar que consiste en la satisfacción de las necesidades materiales, corporales, tiene que idear otro tipo de malestares espirituales, pues está visto que, en general, la criatura humana, no encuentra sentido a la vida sin una preocupación o un sufrimiento. Por supuesto, dichos males son propios del primer mundo. En los países pobres, la inquietud extrema por obtener comida, agua potable o medicamentos, anula estas languideces del ánimo. Como muy bien decía el sabio Saramago, “En mis tiempos no había depresiones”. El combate contra la miseria, cuando éste es total y aquella constante, no deja hueco en el cerebro para otro asunto. Por eso, si nos remontamos al siglo XIX, hallaremos que el spleen, ese estado de abatimiento melancólico, que dejaba postradas a las damas de alta alcurnia en sus chaises-longues con la mirada perdida en la borrosa grisura de las nubes tras los ventanales de sus fastuosas mansiones, no aquejaba a sus coetáneas de bajo rango, quienes, de mejor o peor humor, no tenían otra que partirse el espinazo en el campo al ritmo de las cosechas. Los males del espíritu siempre fueron cosa de élite, pero ahora, gracias a la globalización en la sociedad de consumo, proliferan como padecimiento de masas con sesudos cuadros médicos y nombre de gravosa patología. Escucho hablar últimamente de la “fatiga crónica”, una pereza continua y sin motivo demasiado detectado que afecta a un amplio sector de ciudadanos. En otras épocas, si mal no recuerdo, a estas criaturas humanas se les llamaba “gandules”, sin embargo en estas, tan dadas a dignificar los muermos con etiquetas científicas, la palabra “flojera”, queda excluida de nuestro diccionario de lo políticamente correcto.
En este siglo XXI que parece que nunca acaba de desperezarse, que da a luz a niños ya cansados y abúlicos desde la cuna y abotarga el ritmo del tiempo con un paso pesado como narcotizado por los ansiolíticos, no hay mejor antídoto que recuperar a Lope, como referente de vitalismo y entusiasmo; del arte de vivir la vida intensamente sin dejar de exprimirle hasta el último minuto. Pronto se estrenará en la gran pantalla una película sobre este personaje, escritor singular y persona extraordinaria del siglo XVII, que espero, le haga algo de justicia.
De Félix Lope de Vega y Carpio, a mí me enseñaron muchas tonterías en el colegio y la Universidad como, por ejemplo, que escribía mucho pero muy marrullero y, por tanto, no sostenía ni de lejos la comparación con don Pedro Calderón de la Barca, hombre de costumbres austeras y firmes convicciones católicas que se tomaba su tiempo para hacer menos pero mejor, no como el picaflor de Lope que, con sus múltiples aventuras amorosas, se distraía de los precisos esfuerzos de la pluma. También, según la teoría marxista tan en boga entonces en la Facultad, que este dramaturgo era como un Mariano Ozores de la época, que escribía comedias a mogollón para hacer apología publicitaria del orden establecido, sacralizando al Rey. En todas estas enseñanzas, había mucho de visión parcial y pedagogía deficitaria, basada más en resabios mal digeridos, chascarrillos y anécdotas biográficas que en la lectura profunda del autor. A enterrar tales prejuicios de cascarilla, enseña luego el auto-didactismo, que es la manera precisa de aprender cualquier materia. Así se sabe que el buen teatro de Calderón no estorba a la calidad de la comedia de Lope, como ambos, quienes se respetaban y admiraban recíprocamente, entendían. Que el propio Shakespeare, amante del teatro lopesco, seguía las reglas del “Arte nuevo de hacer comedias”, poética del Fénix español, que revolucionó el modo de concebir el teatro, dándole acción y amenidad. Que, si bien, escribió algunas comedias conformistas, lo hizo siempre con calidad literaria y que, además de éstas, las compuso de todos los temas posibles, si no hasta llegar a las 1.500, al menos hasta las 700, que no está nada mal, si se tiene en cuenta que, además, le dejaron espacio para el ensayo, la novela y la poesía. Magnífica poesía, apenas se tomen como muestra dos sonetos, “Quien lo probó, lo sabe” y “Qué tengo yo que mi amistad procuras”. Por si fuera poco, compaginó esta extensísima labor literaria con su otra desaforada pasión; las mujeres por las que conoció el amor en todas sus facetas; el traicionero, el aventurero, el adúltero, el conyugal y el sacrílego, por el que rompió su voto de castidad, pues hasta encontró un momento de contrición al final de sus días para profesar el sacerdocio.
Conoció el éxito total, pero también la ruina y el fracaso al final de su vida. Esa vida en la que todo tuvo cabida, menos el aburrimiento. Tomamos nota.

Millás no bebe gin-tonic

13 May

Juan José Millás

Cuando crees que ya te lo han robado todo –los bancos, Hacienda, la plusvalía, el choricete a pie de calle- te resta el consuelo de pensar que, al menos, conservas el derecho inalienable de seguir siendo tú mismo. Privilegio cuestionable, pues desde que existe internet, a poco que te descuides, te roban también la identidad y tu yo con nombre y apellidos queda en manos de cualquiera. Ocurre, por ejemplo, que un mal día vas a hacer uso de tu correo electrónico de toda la vida con tu sólita clave y te dicen que no es correcta de modo que, después de emburrarte una y otra vez en el intento, te expulsan del Hotmail por falsaria. Acudes, pues, a la opción de ayuda, donde te piden una serie detallada de amplios datos que demuestren que tú eres tú y tu circunstancia, emplazándote a quién sabe cuándo para verificarlos con tan taimado celo que incluso empiezas a sentirte algo impostora de ti misma. Por no caer en la destructiva paranoia, te consuelas al amparo de los más que probables fallos técnicos, pero empiezas a tener pruebas fehacientes y aterradoras de que ese otro yo con tu nombre y apellidos actúa por su cuenta con tu cuenta, pues lo ves metido en el Messenger, mientras te desconcentras del trabajo en que te afanas. En un tecleo nervioso y angustiado, le mandas un mensaje, pero esa otra lolaclavero70, que creías ser tú desde siempre, se te va de díscola y, de repente, no quiere saber nada de ti. Entonces, entre el desasosiego y el desarraigo –fuese peor o mejor tu identidad, a la larga, te acostumbras a ella- te preguntas con qué sarta de barbaridades no te estará desprestigiando ese Mister Hyde que te ha salido como un grano en el culo, que se ha llevado por delante la memoria de toda una década de correspondencia virtual y te deshonra, sin duda, a los ojos de tus contactos con su pésima gramática y sus faltas de ortografía- un lado oscuro no tiene que ser sino medio analfabeto-. Por salvar la honra, después de crearte un nuevo correo, comunicas a la desesperada a amigos y deudos que esa lolaclavero70 que conocían ya es apócrifa y que la auténtica ahora se apellida live.com, mientras sospechas que tales misivas despiertan el recelo de una más que aparente esquizofrenia –a estos escritores, tarde o temprano, se les termina yendo la chaveta, pienso que piensan-.
Descarto la idea de volver a acudir al Departamento de Delitos Informáticos en Comisaría, del que ya soy una habitual –saludos a mi amigo Rafa- y me centro en tomarme la justicia por mi mano en persecución de la presunta suplantadora. En una de esas jornadas esquizofrénicas, espiando a la otra Lola a pie de ordenador, me encontré con Juan José Millás chateando consigo mismo. Era media tarde y no estaba tomando su gin-tonic, mientras escuchaba la conversación de la pareja de al lado, lo cual confirmaba ciertas sospechas que vengo arrastrando desde hace tiempo, así que me quedé allí esperando el desenlace. Uno de los “Millás” se llamaba “Yo soy Millás” y el otro “Más Millás soy yo”, por lo que era difícil discernir cuál de ellos era el verdadero o si alguno lo era del todo. Como ya estaba cansada de mi propia esquizofrenia, me intenté sumar a la de los pretendidos Millás con el nombre “Yo soy tan Millás como el que más”, pero los otros dos me expulsaron del chat de inmediato, alegando que, en la esquizofrenia, dos son compañía y tres son multitud. No me rendí, sin embargo, y, al rato, dije que era Borges con “el otro” y que podíamos desvariar por parejas, a lo que alegaron que para fantasmas ya tenían bastante con los suyos, de modo que decidí contarles la verdad de mi similar trasunto; que yo también era dos, pero una de ellas se me había escapado. No lo hice, porque me quedé enfrascada en su diálogo que parecía una justa de neurosis –a lo mejor, los dos eran Millás a partes iguales-. Un Millás decía que era abstemio, pero que no paraba de soñar cada noche que tomaba gin-tonics a media tarde y eso le daba unas resacas tremendas por la mañana y el otro que a él lo que le daba tremenda resaca eran las conversaciones de las parejas de al lado que cada vez traían más garrafón. De repente, sentí ciertos celos por la sincera camaradería con la que se trataban aquellos dos Millás y fui en busca de mi otro yo fugitivo para poder mantener alguna conversación edificante de tú a tú –o de yo a yo- pero los del Windows live ya habían decidido reestablecérmelo, admitiendo que al final mi identidad era mía –a quién le va a interesar una identidad que da tantos problemas-. Vuelvo a tener mi antiguo correo, pero ahora lo encuentro mustio, taciturno y como con barba de tres días. A saber qué ha estado haciendo por ahí. Por los nuevos contactos que ha agregado, sé que no ha andado en buenas compañías y se maneja con hastío de resaca. Después de todo, parece que la impostora –o impostor- era de garrafón.

P.D: El “Inventario de chistes malos” está resultando todo un éxito. Tanto que es sumamente difícil elegir el peor o el mejor, porque también los hay buenísimos. Pásate en cuanto puedas por la entrada y cuéntanos el tuyo. Como dijo aquel célebre terapeuta, que me acabo de inventar, el humor malo cura el mal humor. Te esperamos.
CHISTE DE LA SEMANA
De José Antonio Bernal
Un hombre está tan desesperado que comenta:
-El día que mi mujer se vaya con su amante, me voy yo con ellos.
No es malo, pero es memorable ¿A qué sí?
La próxima semana más…Besos a todos, sois unos máquinas.