Los libros vuelven a la playa

27 May

Buenas noticias. Los libros han vuelto a la playa. Al caer la tarde, hora favorita de los lectores, por dulcificarse el sol sin dejar de iluminar, las toallas albergan un pequeño poblado de individuos taciturnos, con la mirada concentrada en páginas de papel. Ebook no se ve ninguno. A fin de cuentas, el cacharrito eficiente satisfizo el capricho de los esnobs, pero como todo capricho, resultó una moda fugaz. La verdad verdadera es que los lectores, tal vez por pertenecer a una raza anticuada, preferimos el papel. Por costumbre a lo vegetal y a lo flexible y también por razones sentimentales. El papel registra nuestras huellas y nuestro olor, inmortaliza de manera sensible el momento irrepetible de la lectura y, al volver a esas páginas, pasado el tiempo, nos devuelve la sensación física de reconocernos, como en una instantánea, en ese encuentro íntimo que respira a café de sobremesa en casa, a viaje en tren o a tarde de playa y dejan un testimonio de lo que fuimos. Los recuerdos tienen olor y sabor como nos enseñó Proust con su célebre magdalena y, para eso, no sirve un dispositivo inodoro e insípido que no humaniza las páginas con nuestro contacto ni personaliza los libros que se esfuman como presencias fugaces en las que no se reconoce nuestra compañía. Esa compañía que resiste al paso del tiempo como sólo lo hace el papel cuando amarillea para dejar constancia de tantos años de convivencia. Silenciosos y fieles en la misma estantería, aguardan a que un día te acuerdes de que existen y quieras consultarle aquellas frases subrayadas en las que te reconoces como fuiste y, por lo general, como nunca has dejado de ser.
Leo con emoción aquellos antiguos subrayados, que ya no hago por no querer dañar su vida vegetal. Ya no subrayo libros como no arranco flores, pero me gusta oler en ellos las tardes de playa; reconocer ese instante en que unas palabras te sacuden como cuando una ola te arrastra y te lleva a la orilla y gritas en silencio, eureka, igual que si fueses Arquímedes en su bañera.
De todas las experiencias gratas que he tenido en la vida, no he hallado ninguna más placentera que leer y viajar; que es lo mismo en sustancia. Porque leer es viajar a cualquier parte del mundo sin tener que salir de casa o de la plaza que, en la arena, ha conquistado tu toalla. Este libro que ahora leo, sin embargo, no me lleva muy lejos de donde ahora estoy sentada, pero aunque los lugares que cita son los mismos que veo, me parecen muy lejanos por esas distancias que crea la frontera del tiempo. Aquí, precisamente, en este mismo lugar, se ambienta la novela de Mercedes Formica, “Monte de Sancha”. Los escenarios son los que contemplo, pero me parecen irreales y fantásticos. Otro tipo de viaje, que sin la literatura no sería posible, es el viaje a través del tiempo.
Intento descubrir en lo que me rodea, aquella Málaga remota de los años treinta, inmediata a la Guerra Civil, que la autora narra con la intensidad de lo vivido. Recreo en el panorama aquellas antiguas y magnificas mansiones de los aristócratas de apellidos extranjeros que, despreocupados, daban tés y fiestas en sus magníficos jardines. Aquellos descendientes de prósperos comerciantes que se arruinaron a merced del clima benigno de la ciudad, que alienta al hedonismo y la laxitud, abandonándose a una exquisita y elegante decadencia y formando una élite más de forma que de fondos, que, sin intervenir en política, se vio sacudida por el resentimiento de los barrios paupérrimos como el Perchel o La Trinidad, cuyos habitantes, adocenados en piojosos corralones veían como una afrentosa provocación su modo de vida.
Los aristócratas, que formaban parte del círculo familiar y amistoso de la propia Formica, quien pasó en el Paseo de Reding, su juventud, eran de natural bonachón y tenían como único defecto vivir de espaldas a la realidad de los barrios, que, como ella describe sin ahorrar detalle, era durísima. Así lo plantea en la primera parte de la novela que es, aparentemente, objetiva, como puede serlo cualquier novela sobre la Guerra civil, pues me pregunto, a estas alturas, si la objetividad no es una utopía cuando se plantea la contienda. He leído ya muchísimas novelas sobre el tema en un signo y en otro o presumiblemente, en ninguno, y aún no encuentro que la balanza no se incline de alguna parte. Ahora sí, todas me llevan a la misma conclusión. Una Guerra como esa hay que evitarla a toda costa y, en ningún modo, propiciar que se repita semejante salvajada. Más aún cuando leo la segunda parte de la novela de Formica, de un detallismo muy tremendista cuando la revolución sanguinaria de los barrios obreros se desata sobre La Caleta, quema sus casas y, con total brutalidad, tortura y asesina a sus habitantes.
El comportamiento brutal de las masas obreras lo basa Formica en dos cuestiones. Los revolucionarios barriobajeros, por su ignorancia, son primarios y el agravio de la desigualdad los enerva salvajemente. De lo escrito, se deduce que, evitando la desigualdad y su obscena ostentación, y la ignorancia de las clases bajas, sería imposible que una situación similar se pudiese repetir. Y, sin embargo, a día de hoy, con las clases medias desaparecidas, la reforma laboral, el mayor enriquecimiento de los ricos y la precaria formación de los pobres, se dan todos los ingredientes para reincidir. La historia se repite porque el hombre es el único animal que tropieza tropecientas veces con la misma piedra. Y aún así no aprende a esquivarla.

Que la Fiesta de las Letras no sea un funeral

6 May

En la Fiesta de las Letras, el escritor se siente como la novia en la boda. Igual de bien o de mal. Mientras los lectores hojean despreocupados los libros, el escritor centinela observa rígido sus idas y venidas desde el ángulo de la caseta asignada, dispuesto al saludo, la firma o la indiferencia. Como esa novia que, pendiente de sus invitados, los ve disfrutar de las viandas en el banquete sin probar bocado, procurando mantener su imagen impecable por saberse en el punto de mira.
Tal vez a la novia, llegado un momento, le gustaría relajarse y comer y beber a placer como el resto de los convidados, igual que al escritor despreocuparse, picotear de este libro y aquel y hasta engolfarse en la lectura de alguno como otro más de los que por allí curiosean, pero, en la Feria del Libro, como la novia en la boda, es pieza de un protocolo y se debe al público. Un papel, a veces, complicado de asumir para quien trabaja meses y meses, aislado del mundo, en soledad, reduciendo todos sus contactos interpersonales a la cajera del súper o el dueño del vídeo club. Qué extrañeza hay en este hecho de que ese trabajo que ocupó tu vida tal vez durante años, se encuentre resumido en un volumen encuadernado, que se pierde en el expositor, entre otros muchos volúmenes, que también se han llevado pedazos de otras vidas. Ahí es cuando comprendes, como El Principito, que existen otros muchos planetas solitarios, aparte de aquel en el que uno ha habitado como si fuese único; que la rosa que ha cultivado no es singular entre tantas rosas.
Cuando acabe mi turno, otro escritor ocupará este mismo lugar en la caseta y venderá su alma junto con sus ejemplares o verá pasar las horas, mientras pasa la gente, a veces de largo sin mirarlo siquiera, y otras en busca de otros ejemplares:
-¿Tiene usted una Biblia para niños?- pregunta el cliente, confundiendo al autor con un dependiente.
-No sé. Yo soy autor. Sólo firmo.
-¿Cómo? ¿Firma usted la Biblia?
-No, por Dios, firmo mi cuento.
-¿Su cuento?, a ver, déjeme que lo vea.
Hay un quiebro muy conmovedor en la mirada esperanzada del escritor cuando el posible cliente anónimo ojea su libro; un sentimiento que hace decisivo el juicio de ese desconocido.
Si es un buen comerciante, intentará persuadir al lector cantando las virtudes de su escrito, pero si es el típico escritor, tímido de campeonato, guardará un abochornado silencio hasta que el cliente se escabulla, diciendo:
-No está mal. Ya me paso luego, si eso.
Conquistar al lector anónimo es la tarea más ardua para el escritor, que aún no está avalado por la fama. Y, cada vez, hay más escritores con estas características. Escribir se ha puesto de moda y publicar se ha vuelto relativamente fácil por la cantidad de pequeñas editoriales que se han generado al respecto. La situación resumida por muchos es que todos escriben y nadie lee.
Veremos hasta cuándo. Sólo una vocación muy fuerte resiste a las labores de promoción.
Y dichas labores son imprescindibles cuando no se cuenta con la publicidad que manejan los grandes grupos editoriales y la bendición de la crítica.
Sé de muchos escritores noveles que, después de financiarse su propia obra con un gran desembolso, se desesperan por vender sus libros a costa incluso de su dignidad.
Seamos claros, entre tanto aluvión de súbitos escritores, hay mucha morralla, pero me consta que también hay talentos. Lo verdaderamente difícil es establecer un filtro para separar la paja del trigo. ¿Quién se va a encargar de hacer un juicio crítico y objetivo de esta producción exorbitante? Cosa que, personalmente, agradecería, pues, como lectora, no quisiera perderme nada que se escriba, por lo menos, en este país, y merezca la pena.
Conozco y sigo a los escritores ya consagrados, pero no me basta. Quiero respirar el aire fresco que viene de otras voces nuevas y orientarme en ese camino con plena objetividad.
El oficio de escritor es muy duro, la venta de libros con el consabido 10% de beneficio por venta de ejemplar da para comer a muy duras penas y es lógico que se tema a la competencia, pero hay que plantearse seriamente si el desinterés generalizado por la lectura también se debe a que los títulos que más se ofertan, no despiertan demasiado entusiasmo y terminan aburriendo.
En ese caso, como en todo, la apuesta es renovarse o morir. Y morir en la lectura, sinceramente, no me parece una opción ¿nos lo planteamos?

El libro infantil

8 Abr

Los niños no leen. O sí, los niños leen más que nunca, pero no leen libros, sino pantallas de móvil que reciben mensajes de dos o tres frases, deformadas por las faltas de ortografía, al pie de una imagen. Los niños tampoco escriben, o mejor dicho, escriben muchísimo pero no en papel sino también en la pantalla de su móvil, frases para responder a esos mensajes con las mismas faltas de ortografía, imágenes y emoticonos.
El Día Internacional del Libro Infantil se celebró el pasado dos de abril, en conmemoración del cumpleaños de nuestro ilustre visitante, Hans Christian Andersen, y dos días más tarde cerró la librería “Libritos”, de calle Granada, después de treinta años de actividad. Los niños no leen ¿por qué?
Las campañas de animación a la lectura entre los más pequeños fracasan. Se dice que porque los libros son caros, pero no cuadra el dato, cuando los precios de los móviles son muchísimo más elevados y se venden a granel. Para niños y para adultos.
Los niños actúan por imitación, hacen lo que ven que se hace, que no es lo mismo que lo que se dice. Se dice que la lectura es estupenda, así en abstracto, como un lema vacío, pero lo que ven los niños antes de retirarse a dormir a su cuarto es a sus padres en el salón, enganchados a alguna pantalla; la del televisor, la de la tablet o la del móvil. Y, cuando llegan a su dormitorio, hacen lo propio; enchufarse a una pantalla hasta que le dan las tantas, a esa misma hora en la que los ogros y brujas de nuestra infancia campaban para sembrar el terror y que, hoy día, ya jubilados, se acuestan muy temprano, hartos de no dar miedo a nadie; de que nadie les haga caso.
Aleccionados por Casimiro que nos advertía de la hora en la que había que irse a dormir, los niños de entonces conciliábamos el sueño convocado por las páginas de papel de los cuentos que primero escuchábamos de los padres y luego leíamos nosotros mismos. No éramos más listos, sin duda, es que ésa era nuestra única posibilidad de distracción; el papel que adormece y no la pantalla que espabila. La pantalla que genera niños trasnochadores que no duermen las diez horas reglamentarias que a su edad necesitan cuerpo y mente y llegan al día siguiente a clase agotados, envejecidos prematuramente y con el intelecto embotado e incapaz de asimilar contenido alguno. No es que sean torpes, es que no duermen; que no leen ¿por qué?
Quedo en un bar con una amiga y veo entrar a una chica joven que se sienta en la barra y llama a su hija por el móvil:
-Acabo de salir de trabajar y me estoy tomando una cerveza ¿qué te parece?- dice la madre- ¿y tú? ¿Ah, sí? Pues dúchate y acuéstate pronto, que mañana tienes que ir al colegio. Besitos, te quiero mucho, cariño.
No sé si estas situaciones son, de generalizadas, normales, ni tampoco en qué situación se encuentra esta mujer que sale de trabajar tan tarde y necesita relajarse en un bar antes de ir a su casa a reunirse con su hija y llevarla a la cama. Tampoco sé dónde estará el padre de esa niña que se acuesta sola en su casa y si tengo yo la autoridad moral precisa para juzgar lo que hacen y no hacen otros y echarles broncas que, sin efecto, se quedan en indignación estéril. Pero encogerse de hombros y decir que los tiempos vienen así y ya está, no es tampoco en ningún caso la solución., porque la lectura no puede pasar de moda como tampoco el calcio e igual que éste es necesario para formar los huesos en la infancia, la otra es básica en edad de desarrollo para conformar su pensamiento. Un niño que no lee será un adulto que tendrá serias dificultades para asimilar cualquier información y transmitirla y para expresar sus sentimientos y emociones, lo cual lo hará naufragar en el ámbito profesional y personal.
Siendo consciente de todo esto, desde la teoría y la experiencia, no me queda más remedio que tomar cartas en el asunto y, sin intentar enmendarle la plana al resto del mundo, hacer lo que esté en mi mano. Esta resolución es la que me ha llevado a la literatura infantil, después de sumarme durante muchos años a la animación a la lectura, como otros docentes, con mucho entusiasmo, pero con muy poco resultado. Tal vez porque es inútil convencer a los niños con nuestros argumentos de adulto y somos incapaces de ver el mundo con sus propios ojos; porque además de razones, es preciso darles una prueba con las que llegarles al corazón. Un libro que les sea cercano, porque hable de ellos y se integre en su realidad y su piel. Ojalá que pueda ser ese libro que decidí escribir yo misma, después de tanto buscarlo inútilmente en las estanterías.
Sabía que la tarea era muy complicada, que, después de todo, escribir para niños es un viaje de regreso difícil de emprender, así que me puse las pilas y emprendí en Alemania la ruta de los lugares en los que se inspiraron los cuentos recopilados por los hermanos Grimm e imaginé cómo podrían actualizarse Caperucita, Blancanieves o La bella durmiente y también integré en ese imaginero los referentes de Andersen y Wilde. Fue un viaje fascinante, pero lo mejor de todo, es que, al regreso, encontré a mis auténticos personajes, de carne y hueso, que sólo esperaban ser escritos.

Esto no es un epitafio

17 Jul

Javier Krahe

Como Javier Krahe no creía en el más allá, no creo que ahora esté en ninguna parte, por eso voy a hablar mal de él, ya que no me oye. En vida, le dediqué muchos elogios, que era cuando me podía escuchar, así que me figuro que ya es tiempo de sacar a la luz su parte oscura. Y lo haré también desde el respeto, pensando que no me gusta hacer con los demás, lo que nunca me gustaría que me hicieran a mí misma. En nada alimenta a un difunto que lo llamen maestro a buenas horas o “arquitecto de la palabra”. Así  ha definido Aute al cantautor y la verdad que el tópico me ha dolido, viniendo del propio Aute. Se ve que no hay manera de que las semblanzas póstumas no caigan en el lugar común ni en la cursilería, vengan de amigos o de enemigos. Los piropos de este calibre suelen llegar, manidos y trasnochados, cuando ya no hacen falta, pero son el único aplauso que se da al artista en este país por unanimidad, pues muerto el artista, muerta la envidia. “Si quieres recibir los mayores elogios, muérete”, escribió Jardiel Poncela.

Por mi parte, prefiero, en cambio, elogiar cuando el elogio beneficia al presente y ventearle los trapos sucios ya ausente, lo cual, sin duda, perjudica menos al interesado. Vale que no voy a poner en duda la calidad intelectual del cantautor más logrado que ha dado este país, pero ya he oído por ahí que era un tipo amable y de buenas maneras y eso me parece excesivo; hasta ahí podríamos llegar.

Vamos a ver, por lo que me tocó, Javier Krahe era un borde de muchísimo cuidado y, en tal medida, que conocerlo en persona fue para mí la puntilla por la que abandoné definitivamente mi tesis sobre cantautores.

Completamente hechizada por el talento satírico que exhibía con prodigiosos versos en las letras de sus canciones, me dispuse a ir a “El secadero” de Alhendín (Granada), donde daba Krahe un concierto para hacerle una entrevista. Sin vehículo ni carné de conducir era complicado llegar a tal lugar, pero entre autobús y taxi, me las arreglé para contarme entre los primeros asistentes. Como acompañante, me llevé a mi hermano Daniel que aún recuerda la infausta experiencia descojonado.

Al llegar al Pub “El secadero”, reconocí emocionada a mi ídolo que se servía su primer gin tonic de la noche al otro lado de la barra y allí me acerqué, venciendo mi timidez habitual, para preguntarle:

-¿Es usted Javier Krahe?

-Eso creo- respondió él con tono cortante un instante antes de darme el primer plantón.

Los nervios de antes de la actuación- pensé yo- esperando otra ocasión más propicia para poder abordarlo y así se me fue la noche, siguiéndolo en sus idas y venidas de la barra al escenario.

-Mire usted, es que yo estoy haciendo una tesis sobre cantautores.

-Menuda pérdida de tiempo- me atajaba él, volviéndose a dar a la fuga.

Determinada como estaba en mi propósito, no me rendí y volvía una y otra vez a la carga.

-Ya está aquí otra vez la de la tesis- exclamaba Krahe cada vez que me venía venir con los ojos vueltos del revés por el efecto de los gin tonic, que ya iban por la media docena.

-He estudiado las letras de los cantautores españoles y creo que usted es el mejor- insistí después del concierto.

-Bueno ¿Y qué?

-Quería conocer cuáles son sus fuentes, en fin, hacerle una entrevista.

-¿Mis fuentes? Jajaja.

Una amiga suya que estaba a su lado, pareció compadecerse de mí y le comentó:

-Mira, Javier, lo mismo puede interesarte lo que te propone esta niña

Finalmente, después de comentarme lo ocupado que andaba en compromisos con gente importante, Javier Krahe me dio un número de teléfono que aún conservo y al que nunca llamé. Con la humillación de aquella noche, ya tenía suficiente.

Empecé a pensar que mi tarea como entrevistadora de cantautores era de alto riesgo; mi próximo objetivo era entrevistar a Joaquín Sabina y decían las malas lenguas que el artista le había estrellado en la cabeza el culo de un vaso de cubata a una admiradora que había ido a pedirle un autógrafo. Me preguntaba por qué los artistas acaban siendo tan crueles con el público que los admira, si es, precisamente, a ese público al que le deben su fama.

Con la ayuda del tiempo, quizás ahora comprendo que la arrogancia es un arma defensiva del autor contra la idolatría. En el fondo, nadie quiere ser un genio, sino sólo un ser humano. Como Krahe.

Libros en su tinta

8 May

Como cada año, voy a la Feria del Libro de Málaga y me pierdo en lo que llaman, la gran fiesta de la literatura; el bosque de las letras, que está cada día más talado, pues, como puedo comprobar, la fila de casetas va menguando, año a año, conforme crecen las grandes superficies comerciales. Antes se compraban libros, aunque no se leyesen, que ésa es otra. Ya no. La excusa es que el e-book es más barato y más cómodo, que no hay tiempo, que esto y lo otro, pero la verdad verdadera pasa porque la letra en esta sociedad actual se ha hecho muy antipática frente al emoticono, que es, según leo en un reportaje, el lenguaje universal del futuro. Para expresar lo que uno siente, ahora basta con la carita con la boca del derecho o del revés, con la que llora de risa, echa humo por la nariz o hace tururú. Las caritas, además, son políticamente correctas porque las hay morenas como de hombre o mujer de color y amarillas si el hombre o mujer son de color amarillo. Me imagino que pronto aparecerán caritas rosas o violetas, por si tienen que representar al mundo gay y también negras del todo, cuando el que interactúa es un parado. Con este lenguaje universal llegaremos a la más profunda estupidez generalizada, que es, de todas todas, lo más políticamente correcto que pueda darse.

Claro que, como una es una subversiva de condición, cuanto más aprietan los emoticonos, más se aferra a la letra y encima a la letra en papel, que es otra manera de sentirse sola y rara en este mundo de los iconos gesticulares. Habrá que aceptarlo; leer, leemos poquísimos, habida cuenta de que los que dicen estar “locos por los libros” escriben “livros” y quienes proponen hacer la revolución leyendo, escriben “lellendo”.

Definitivamente, quien lee, no comete tantas faltas de ortografía y el hecho de que defiendan la lectura sin leer se debe al aura de seducción que se asocia al individuo intelectual. Existe un falso tópico que da a entender que quien lee mucho, liga más, pero la realidad demuestra lo contrario; el gran lector suele ser un tipo excesivamente crítico y, por lo tanto, bastante asocial. Por lo tonto, se liga más, créanme.

Si usted lo que quiere de verdad es ligar; apúntese a un gimnasio y no apueste por leer y menos por escribir si no ha leído lo suficiente. Los que, a fin de cuentas, podríamos leer su libro somos un coñazo intransigente y nos vamos a cabrear con los errores gramaticales y las faltas de ortografía.

Que soy una lectora coñazo no lo digo yo, me lo dice un escritor novel, al que compro su libro, en una dedicatoria “ A Lola, agradeceré tu lectura y tu opinión positiva”, frase que me pone sobre aviso de que me abstenga de una crítica negativa. Por alguna razón o varias, me he ganado reputación de quisquillosa, si bien, en definitiva, lo único que hace una es leer con atención y, después de ello, elogiar lo que le gusta y silenciar lo que no. A no ser que el escritor en ciernes se atreva a mandar, con suficiencia arrogante, al cubo de la basura a alguno de mis clásicos favoritos, lo que me saca bastante de quicio.

Conforme voy paseándome por las pocas casetas de la Feria del Libro, los dependientes, que ya me conocen de otras ediciones, se ponen en guardia, porque saben que siempre digo lo mismo; que ese día sólo voy a mirar, pero, al final, pico. Sobre todo, si la caseta es la de editorial Renacimiento, por las bellas ediciones que hace de mis autores predilectos con un gusto sensibilísimo para los prólogos y las cuidadas encuadernaciones. Además que, por casualidad, el ejemplar en el que me intereso, siempre es el último que queda. Hoy me he llevado una antología maravillosa de artículos de Julio Camba y “Nueva usura” de Alfredo Taján y el sabio y astuto dependiente me tienta con un libro de Chesterton que me quedo mirando de reojo. “Si no tienes dinero, me dice, yo te lo reservo. Es el último que queda ¿sabes?”.

No será ésta la última tentación a la que sucumba ¿cómo no llevarse luego también en el periplo por el resto de las casetas, los últimos libros de los clásicos españoles aún vivos? Aún más, si esos clásicos viven en tu ciudad y los conoces en persona ¿Cómo no te vas a comprar “El protegido” de Pablo Aranda o “Crimen on the Rocks” de Alfonso Vázquez? Incluso, si ya te los has comprado, te pones a hojearlos y, con voz de megáfono, exclamas, qué maravilloso libro, para que se animen los de alrededor, pues, a veces, la animación a la lectura ha de ser bien sonora y contundente.

La apuesta por firmas conocidas es una apuesta segura, así que te las llevas todas mientras se triplica el peso en las bolsas de papel y cuando ya piensas que va siendo hora de irse, te asalta la curiosidad por las novedades de escritores noveles, no sea que te estés perdiendo algo. O sea, que otra tarde de esas que ibas sólo a ojear, vuelves cargada, sudando tinta.

La letra es la mejor medicina y, a la vez, la más maravillosa de las enfermedades. Una enfermedad que debería ser contagiosa.

Érase una vez, Ana María Matute

27 Jun

Ana María Matute

Érase una vez una mujer de melena plateada, gesto amable y voz bondadosa. Justamente, un hada madrina que con su varita mágica hacía de las palabras, bosques de fantasía. Y, sin embargo, era tan real como sus cuentos.
Venciendo la pereza que puede ser muy densa, llegada la tarde de un jueves intensamente laboral, fui a verla una tarde de marzo del corriente, arrastrada por el presagio de que quizás ésa sería ya mi última oportunidad de conocerla en persona. Por desgracia, no me equivoqué.
Ana María Matute, invitada por el Centro Generación del 27, había acudido a Málaga para dar una charla sobre su amigo, el poeta Jaime Gil de Biedma. Y en aquella sala abarrotada, donde hubo que llegar con media hora de antelación para encontrar alguna butaca libre, la legendaria escritora habló con la solemnidad propia de quien se encontrase en el mismo salón de su casa; de su amigo Jaime, de sus años de juventud trasnochadora entre copas y risas en el seno de la gauche divine con ese modo casual y, a veces hasta frívolo, que tenía la intelectualidad de entonces de beberse la vida intensamente, de practicar, después de tantos años de represión y de silencio, la libertad de la palabra., la provocación del humor y, en ciertos casos, una ingenua relajación de las costumbres.
“Decían que yo era la más sensata de todos, cómo serían los otros”, bromeaba la Matute, antes de lanzarle una diatriba a la fugacidad del tiempo, a la tremenda injusticia que es ver como se van muriendo todos tus amigos.
También habló del dolor de escribir, “porque a la literatura grande se entra a través del dolor, de la pérdida y las lágrimas”, y del dolor de no escribir; de ese angustioso silencio que puede apoderarse del escritor hasta convertirlo en una anacronía de sí mismo: un escritor que no escribe. Una experiencia demoledora por la que también pasó la escritora barcelonesa, debido a una larga y fortísima depresión. El don de la escritura, que era, desde niña, su arma principal para afrontar las más crudas realidades; la guerra, el fracaso matrimonial, la separación forzosa de su único hijo, la abandonó, superadas todas las pruebas, en el momento más inesperado. Porque estas cosas pasan; porque el dolor viene a veces mucho más tarde que la herida; el dolor de todas las heridas, de repente. “La herida es poca cosa, pero luego llega siempre el dolor, su abstracta maquinaria para marcar a fuego nuestra vida y el humo de ese fuego es lo que somos”, escribía Benítez Reyes
Fue un dolor muy amplio el de Ana María Matute porque eran muchas las heridas que había dejado sin cerrar, pero cuando le cumplió su plazo, se le murió la vejez y volvió a resucitarle la niña que miraba el mundo con sus ojos. Y escribió “Olvidado Rey Gudú”, que es la reescritura definitiva del gran cuento que siempre estaba escribiendo desde pequeña. Cuando hacía una travesura a propósito para que la castigasen a ir al cuarto oscuro y allí poder fabular ambientes medievales con magníficos reinos, criaturas prodigiosas, inquietantes bosques y hechiceros. Los cuentos de Ana María Matute, como los grandes cuentos de siempre, explican el orden y el desorden del mundo, los conflictos internos del ser humano y la permanente lucha ante las acechantes adversidades, sin sortear, también como los grandes cuentos, la presencia de la crueldad. Ayudan a saber que la vida es una continua superación de pruebas y el galardón no es nunca para el cobarde.
Los cuentos de Ana María Matute y sus novelas, que también son cuentos en el mejor sentido de la palabra, merecieron muchos galardones, algunos bastante tardíos como el premio Cervantes.
Como Miguel Delibes, hubiera merecido el premio Nobel, pero, en cualquier caso, se llevó el mejor premio que un escritor pueda desear al final de su vida; murió escribiendo. Su novela póstuma “Demonios familiares”, será otro premio para sus lectores. Este cuento tiene un desenlace feliz.

El oficio de leer

2 May

Quiero leer. Definitivamente. Leer como costumbre, como placer y también como oficio.
Quiero ser lectora oficial, animal lector, leona y que la vida me multiplique los días y las noches para volver sobre los libros leídos, que ya no son los mismos porque tampoco es igual nuestra mirada lectora, trabajada por los años y la experiencia, y también leer los títulos recientes que nos descubren las claves de estos tiempos actuales que algún día serán historia y, de entre ellos, hallar los que serán clásicos en un mañana donde, contra lo que se diga, seguirá existiendo la literatura, porque no es posible que desaparezca ese impulso vital y constante que lleva a mujeres y hombres a explicarse su existencia en el mundo mediante el lenguaje e interpretar, rebautizar desde su punto de vista los eternos conceptos que sempiternamente van asociados a la condición humana y que nunca dejarán de caer de sus perennes mayúsculas, por más velocidad que alcancen los accidentales y caprichosos trenes de la historia.
Como desde el invento del ser humano, de la palabra, como desde siempre, se volverá a escribir sobre la angustia vital, la fugacidad del tiempo y el amor y necesitaremos historias que nos lleven a vivir las vidas que nos faltaron por vivir o que nos expliquen la que hemos vivido. Porque siempre hay en algún libro, un personaje que ha vivido nuestra vida más o menos y unas frases que mágicamente ponen voz a nuestros propios pensamientos. Los libros nos comprenden cuando más incomprendidos nos sentimos, nos hacen compañía cuando más solos estamos.
Quiero volver a ese universo vegetal, amable y quedarme allí a jornada completa, más allá de las pantallas donde las letras virtuales tiritan con el temblor de lo fugaz. Frente a la rigidez del e-book, funcional y pragmático como un electrodoméstico, yo prefiero mi libro con sus páginas sensibles al recuerdo, capaces de registrar momentos únicos como el que testimonia esta flor marchita o estos granos de arena o este posavasos de una cervecería belga.
El libro vegetal, como ser vivo, se humaniza con nosotros, toma nuestra propia esencia cuando registra nuestras huellas dactilares y junto a nosotros envejece, perdiendo por el uso la rigidez de sus páginas que a la altura de cierta línea, nos muestran letras que pusieron borrosas la caída de una lágrima. Abrir un libro de hojas amarilleadas, compañero de fatigas y placeres en otro tiempo, es recuperar el diálogo con un viejo amigo que guarda con reverencia la memoria de nuestros momentos frágiles o confusos o plenos. Ellos saben del porqué de aquella lágrima, de aquella frase subrayada, de aquella nota al margen y ponen fragancia a los recuerdos. Aquel, que huele a mar, nos retrotrae a unas vacaciones en la playa, éste con olor a medicinas nos habla de una larga convalecencia en cama y ese otro de los largos veranos en el campo. Es abrirlo y empezar a chillar las cigarras, recuperar el pulso moroso de aquellas tardes interminables de adolescencia, cuando mi hermana y yo buscábamos la sombra de un olivo para descifrar libros de mayores, los que encontrábamos, que no entendíamos del todo, pero que, por eso mismo, nos fascinaban. Ella leyendo en voz alta y yo escuchando, nos perdimos por los infortunios de Cecilio Rubes, La Regenta, La romana y las enigmáticas premisas de Erich Fromm.
Los veranos eran temporadas de lecturas densas, las únicas que ofrecían las estanterías de la casa de mi abuelo. Así descubrí a Kafka, Thomas Mann, Anais Nin, Aldous Huxley y James Joyce en una edad más apropiada para Enid Blyton o Martín Vigil por empatía intuitiva más que nada. Entendía de aquellas zozobras vitales y angustias existenciales por mera predisposición genética. La melancolía es ya una clave de entendimiento entre muchos escritores y sus lectores. Por eso, es posible que una chica de dieciséis años pueda embeberse y sentir la decadencia de la mujer, leyendo “La mujer rota” de Simone de Beauvoir.
Ser lector y ser escritor es una manera de ser más que nada y en ello suele entrar el componente de la melancolía, un mal maravilloso que fue considerado enfermedad en otros tiempos y que será analizado por Lourdes Blanco Fresnadillo en un ensayo “Saturno y la melancolía” que estoy deseando llevarme a la vista.
Como escritora y lectora, me siento muy próxima a este mal de la melancolía, aunque, sobre todo, como lectora, que es lo que soy antes que nada y lo que aspiraría a ser de modo profesional, tal y como confesaba Almudena Grandes; “yo lo que quería es ser lectora de mayor, pero como no pagaban por eso, tuve que dedicarme a la escritura”. Una declaración de intenciones que nos lleva a la célebre cita de Jorge Luis Borges “Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído”. Frase borgiana que venía persiguiéndome desde hace unos días y que hallé con grata sorpresa en el arranque del pregón de la Feria del Libro de Málaga que escribió y leyó Alfredo Taján el pasado miércoles con el título “La vuelta al libro en ochenta mundos”. El escritor declaró por su parte que podía vivir sin escribir, pero nunca sin leer. Y yo añado que ningún escritor que no lea constantemente, podrá escribir algo de valía.
Como mi asignatura pendiente en esta Feria del Libro, es la literatura actual, voy a embarcarme en la empresa de buscar los escritores leídos que me acompañen en mis próximos viajes.
Este grato sol primaveral aconseja la aventura. Viaja, lee, piensa; despierta. Vive.

Los muertos también mueren

25 Abr

Al final, Gabriel García Márquez ha muerto como murió su propio personaje, el gitano Melquiades, quien después de morir técnicamente, seguía viviendo en la dimensión sobrenatural de una habitación donde siempre era marzo y siempre lunes.
Desde hace más de una década, la presencia del escritor colombiano, ajena al devenir del mundo, tenía la consistencia ingrávida de los espíritus que conviven como un aura fantasmagórica con los demás mortales, más allá de los otros y de sí mismos, tal que la realidad de sus últimos años pareciese un episodio del realismo mágico, por el que el autor escribió su nombre con letras de oro en la literatura universal.
Ya inmortal mucho antes de morir, su vida póstuma, enajenada, se convirtió en una leyenda de la que hablábamos como una de esas supersticiones que el colombiano aprendió de su abuela en esa Aracataca que fue su Macondo en “Cien años de soledad”. Lo más mágico de aquel realismo que hizo posible nuestra novela de cabecera, es que, finalmente, fuese real como la vida misma de García Márquez. Por ella sabemos que, en efecto, los muertos pueden seguir viviendo después de muertos y cualquier día morir del todo. Como Melquiades que existió, porque era el propio Márquez que escribió la historia antes de que la historia ocurriese. Y quién sabe si nuestro futuro haya sido ya escrito por el autor en ese retiro de su casa de México y alguien pueda leerlo dentro de cien años en un pergamino. Se me hace que aún hay episodios mágicos en el epílogo de esa novela apasionante que es la biografía de Márquez y que trabajó en ellos en esa habitación del eterno marzo, donde nunca pudo entrar, de repente, abril por mera casualidad. No hay desenlace en las novelas del colombiano que no esté minuciosamente calculado para nuestra sorpresa.
No digo que la muerte de García Márquez no fuese del todo previsible, tan previsible que los epitafios que han salido a la luz estos últimos días quizás estuviesen escritos hace años, como los también dedicados a Adolfo Suárez. Ambos personajes aunados por el paralelismo de vivir durante muchos años en un limbo, más allá de la vida, después de hacerse leyenda. Y, a este respecto, recuerdo al Pereira de Tabucchi que encomendaba a su inquieto aprendiz de periodista, los epitafios de los escritores con probabilidad de morir de un momento a otro.
Sin embargo, la noticia que me sorprendió en Buenos Aires, verdaderamente me sorprendió. Tal vez porque unos días antes lo tuve muy presente en una entrevista que me hizo María Valdez para su emisora de la ciudad de La Plata. María Valdez es una de esas maravillosas profesionales que crea el clima perfecto para que el entrevistado revele a los demás e incluso a sí mismo, verdades tan íntimas que ni uno mismo sospecha. Así que descubrí por mis propias respuestas que, como decía García Márquez, yo escribo para que mis amigos me quieran y que mi modelo de novela perfecta es “Cien años de soledad”. Tanto que, por eso, no me atrevo a escribir ninguna. Nos envolvía una tarde soleada de otoño primaveral, que no parecía presagiar ningún acontecimiento luctuoso. Desde la noche anterior, gracias a un ángel de la guarda, llamado Teresita Bustos, estaba conociendo una de las ciudades más gratas del planeta, donde los cuentos gozan de un espacio privilegiado. Teresita como Any y Hugo, los directores del espacio radiofónico “Cuentos en el aire” de Radio Universidad La Plata, son narradores profesionales. Como los antiguos juglares memorizan cuentos que interpretan en lugares públicos para rescatar la literatura del olvido como en un ideal muy vivo de Fahrenheit 451.
Unos días más tarde, ya en Buenos Aires, supe de la muerte de García Márquez por un programa que emitían en la televisión del hotel. La anunciaban en un tono distendido, muy lejos de la solemnidad trágica que se da por estos lares, destacando los aspectos más amables e incluso cómicos de su biografía. Como la “trompada” que le dio Vargas Llosa. Luego, sin más, pasaron a pasar otros reportajes sobre el turismo en Semana Santa y dietas adelgazantes.
Definitivamente, en Latinoamérica, hay otra percepción con respecto a la muerte. Tal vez porque sus muertos nunca mueren del todo, porque conviven con ellos de un modo espontáneo y natural como en las novelas de Gabriel García Márquez.
Eso lo confirmé en una posterior visita al histórico cementerio de la Recoleta, donde fuimos guiados por la extraordinaria y entusiasta Patricia Salao, conocedora de los más minuciosos secretos de los mausoleos. Hay estrellas de aquel espacio como Evita Perón, el general San Martín y el presidente Sarmiento, pero a los románticos el que más nos llama la atención es el de la doncella Rufina Cambaceres que fue enterrada viva por una malinterpretada afección de catalepsia. La muerte de la muchacha en plena luminosidad de la vida me recuerda un bello poema de María Victoria Atencia en el cementerio inglés.
Patricia comenta que se dice que Rufina, de eterna juventud, vaga por la noche bonaerense, conocida como “la dama de blanco”, seduciendo a desconocidos. Y será verdad.

Amor y pedagogía

20 Dic

Elvira Lindo

Elvira Lindo es quizás la escritora más querida por los españoles. Por su estilo cercano y por su manera de contar la realidad más inmediata desde la grata perspectiva del humor. Como dice el célebre viñetista Gallego (el de Gallego & Rey), los españoles queremos, sobre todo, a aquel que nos hace reír y en eso, Elvira Lindo se hizo maestra en sus secciones de artículos “Don de gentes”, “Tinto de verano” y con la creación del personaje infantil más adorable de la literatura contemporánea patria; “Manolito Gafotas”. Un niño que, haciendo virtud de sus complejos y apología épica de su modo de vivir en positivo en uno de los barrios más pobres de Madrid (Carabanchel alto) ha llegado al corazón de los niños “de la infancia” y, no menos, de esos otros niños que seguimos siendo los adultos. No obstante, los títulos de la saga “Manolito” son los típicos que regalan los padres a los hijos con la clara intención de leerlos ellos mismos del tirón en cuanto las criaturas se queden dormidas.
Como la media de los españoles, soy una ferviente admiradora de Manolito y su autora. Por ello, cuando anunciaron que la escritora daba una charla sobre temas de actualidad, fui a verla en vivo junto con el ciento y la madre. En previsión de que el público sería masivo, procuré llegar con tiempo para conseguir un asiento y lo logré en un lugar preferente si bien con el inconveniente de que una señora que llegó a última hora tomó a empellones un hueco a mi lado que casi no existía, por lo que se me hacía imposible cruzar las piernas. Pese a la incomodidad, me concentré del todo en la conferencia que prometía muchísimo, ya que la autora se declaró muy interesada en el tema de la educación en España que, como saben mis pacientes lectores, es uno de mis favoritos; tanto de llevar casi veinte años dando la tabarra con lo mismo.
Puesto que la escritora afirmó que deseaba tener mayor información sobre el asunto, esperé al turno de preguntas para informarla de cabo a rabo. Una cuestión que se hizo difícil, ya que los asistentes eran docentes en su mayoría y todos dispuestos a informar a la autora con tal pujanza de hacerse casi invisible mi tímida mano alzada en el tupido y reñido bosque de los turnos de palabra si no es porque un alma compasiva se percata de que llevaba media hora intentando hablar. Dado lo cual, por fin, pude plantearle a la ponente algún punto de vista sobre la enseñanza en este país. Sólo alguno porque cuando quise replicar a la respuesta de la escritora, la señora que se me adhirió al lado, decidió que mi turno de palabra había concluido y llegaba el suyo y, por dejarlo claro, agarró el micrófono o, más bien lo cogió -en el sentido argentino de la palabra- pues se lo colocó en el chichi. Lo cual me pareció del todo inadecuado tratándose como se trataba de una charla sobre educación.
Pues Elvira Lindo insistía muy oportunamente en que en los temas de la enseñanza se tratan hoy día más cuestiones de forma que de fondo, me hubiera gustado comentarle el asunto del Colegio San Patricio que ha salpicado de polémica nuestra ciudad por el caso del niño transexual de seis años que quiere asistir con faldas a clase ante la oposición de la directiva de dicho colegio religioso con el resultado de que al colegio le ha abierto la Junta un expediente para retirarle el concierto económico por practicar la discriminación sexual. Tanto la directiva del colegio como el resto de los padres de alumnos del barrio obrero a los que podría perjudicar la gravosa medida argumentan que el asunto de la discriminación es muy improbable, ya que las mismas niñas, además de faldas, pueden llevar pantalones, que la distrofia sexual es imposible de diagnosticar a los seis años y que la madre del transexual si desea que su niño o niña vista faldas podría optar por llevarlo a otro colegio no religioso, pues descuadra bastante con el ideario del centro; razones muy obvias que, no obstante, desoídas a favor del expediente, han llevado a los padres desesperados a la movilización. Que este asunto haya llegado tan lejos me parece un síntoma de la frivolidad con la que se tratan hoy día los temas de educación y así lo hice ver en un artículo irónico que, como debí haber previsto, no entendió casi nadie.
Mi opinión entonces como ahora y siempre es que si ese énfasis que se derrocha en tales bagatelas, se emplease en afrontar los verdaderos y profundos problemas de la enseñanza, seríamos el país con mayor calidad educativa de “todo el mundo mundial”. Ya subiríamos bastantes enteros con que hubiera una seria iniciativa oficial que salvase a los profesores del desprestigio social en que han caído. Tal que la agresión verbal e incluso física se haya convertido en un gaje del oficio. Eso dicen los informes en los que ni siquiera están presentes todos los datos, ya que hay profesores que sufren la violencia en silencio como las almorranas, pues se sienten merecedores o culpables de las vejaciones como otrora las mujeres maltratadas. Mal pagados –otra vez sin complemento en la paga extra de Navidad- y nada reconocidos, muchos profesores acuden a su trabajo con miedo. Y, como dijo Elvira Lindo, los profesores son una pieza clave de la enseñanza. Sin empleados motivados, no hay empresa que funcione. Pocos problemas tienen tan clara solución.

El hombre inconcluso

3 Dic

Os remito “El hombre inconcluso”; el relato que me ha sido premiado por “La gaceta de Salamanca”. En el enlace que os remito hay una entrevista que me hicieron y debajo de la foto, pinchando “consultar relato”, se puede leer.
Un fuerte abrazo a todos. Me hacéis grande.
consultar relato .