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Indultos

24 Sep

Diferentes miembros del gobierno están comenzando a soltar, por ese cielo de los medios de comunicación, los globos sonda que hablan de un posible indulto para los políticos presos por el presunto intento de golpe de estado en Cataluña. Por una parte, como para cualquier hijo de vecino, para cada imputado tiene que ser celebrado un juicio que culminará en una sentencia, como todo acto administrativo. Por otro lado, si esa sentencia resultase condenatoria, una vez constatada la fortaleza y el imperio de la ley en el Estado Español, la situación más deseable sería la de acudir a una negociación como tantas veces ha ocurrido en nuestro país (me refiero a España, Cataluña incluida) desde el abrazo de Vergara por no irnos mucho más atrás. Los nacionalismos en España representan la materialización política de la nostalgia de aquello que nunca fue, junto con el irrefrenable deseo de los ricos de separarse de sus pobres, junto con el afán de aquellos que eran pobres por calzarse esas botas de los señoritos que los distinga de la miseria ambiental donde se cuajó su ADN. En este último apartado podemos enmarcar a personajes como Rufián, Jaume Roures Llop, nacido Jaime Robles Lobo, o Raúl Romeva. Estos conversos fueron los mayores voceros de aquel “Espanya ens roba”, etiqueta para una revolución que persigue bloquear, mediante aduana, la redistribución de una riqueza concentrada en Cataluña y País Vasco por los dictados de ese mismo Generalísimo a quien tan poco agradecimiento demuestran ahora por aquellas tierras. Además, la independencia, como paso lógico del nacionalismo excluyente, ofrece unas oportunidades de mejora para una legión de mediocres que jamás sobresaldrían fuera de su pueblo, junto con el extravío de investigaciones para una caterva de políticos corruptos entre los que figuran con profusión de titulares, los Pujol y, al menos, un 3% de Artur Mas.

El caso es que nos encontramos en un escenario que evidencia una falla socio-sentimental en España y en el seno de Cataluña donde, a pesar de las presiones a los unionistas, de su persecución, y de la permisividad mostrada con grupos mafiosos como los CDR, el divorcio no ha sido llevado a término porque en esa cama había más de dos que tenían que discutir sobre el abandono del hogar. Los independentistas saben que el momento histórico de crisis actual es único. Buena parte de la sociedad catalana la ha sufrido tanto como la sociedad española en su conjunto. Los mesías del “bon cop de falç” señalaron en España a los culpables de las desgracias de Cataluña, tal y como los nazis impulsaron el odio de sus masas hacia los judíos. La masa es la masa. Para esta quiebra de lazos y sentimientos no dispondremos de aglutinante durante décadas. Destruir es muy fácil, construir muy lento y complejo. Pero no hay otra salida que la negociación con los independentistas que hoy representan a la otra mitad de la sociedad catalana. El Estado tiene que evitar la figura de esos mártires por la patria catalana a pesar de que sus discursos tan sembrados de odio y de tempestades, nos provoquen náuseas. El nacionalismo se combate mediante la disolución argumentada de sus cimientos, y mediante la explicación de las mentiras a esa parte de la sociedad catalana que creyó, o prefirió creer, una propaganda que ha enfrentado a quienes hace días eran amigos. Al mismo tiempo, la libertad de pensamiento, de expresión y la seguridad de quienes no sean separatistas tienen que ser garantizadas y protegidas por todos los poderes públicos, incluida la Generalitat y los ayuntamientos. Calmemos las aguas de este desenfreno. En este río revuelto obtendrán beneficios quienes, faltos de escrúpulos, prediquen el odio hacia la convivencia y hacia la concordia. Si antes hemos ido de la mano, podremos regresar a la armonía. Hablemos de paz, hablemos de sociedad, hablemos de fraternidad. La solidez del Estado Español no puede ser difundida como martirologio de los santos delincuentes golpistas. Seamos generosos. Acudamos a un momento cero con indultos y las flores del olvido en la mano.

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