Pasajeros

1 Ago

El uno de septiembre marca el día en que, por distintos motivos, todo el mundo se da cuenta de que necesita unas vacaciones. Unos para descansar del asueto recién terminado, otros porque aún no lo han recibido. Quién porque lleva de paro forzoso en sus actividades más de lo prudente y necesario, quién porque no ha conocido jamás el descanso de que un día le pongan todo por delante como solían decir las madres. El caso es que el primer día de septiembre marca el calendario con una lista de propósitos semejantes al los del uno de enero. Ya saben, dejo de fumar, adelgazo, aprendo inglés. La definición del español perfecto. Cada uno puede añadir a esta trilogía los anhelos que considere precisos. Cambian de época en época. Septiembre modifica su rostro según nos pasan las edades, como expuso ayer el magnífico artículo de José María de Loma. Yo cada ciertos septiembres me propongo dejar de viajar. Nunca me definiría como alguien a quien le guste el viaje. Ni siquiera me justifico con ese pensamiento tan zen de que el camino es el proceso y el punto de llegada no es sino una excusa. El camino me importa poco y cuando quiero ir a un sitio, quiero ese tele-transporte inmediato que tanto tardan en inventar para fastidio de las criaturas y lucro de las compañías de transporte. Odio volar. Confío poco en los humanos. No me hace ninguna gracia saber que dependo de esos azares que marcan la existencia del hombre. Así, imagino que el comandante de voz calma mientras explica los pormenores del trayecto, se entera en mitad del vuelo de que la azafata con la que se había liado, también se acuesta con el copiloto y decide acabar con la existencia de los tres. En efecto, mi fantasía me susurra relatos sórdidos y tragedias sin que yo pueda silenciarla. Mientras el avión despega me alzo un poco del asiento y me inclino con levedad hacia adelante para ayudar a que el aparato tome altura. Durante el aterrizaje cierro los ojos, por supuesto, y hundido en mi asiento parezco la estatua de un faraón con los brazos en las rodillas. No rezo porque no creo en ningún dios que me salve de nada. Los ateos lo pasamos peor ante cualquier circunstancia que no sea la de estar tendido en una hamaca.

Hace tan sólo unas décadas, el vuelo arrastraba consigo la imagen del glamour. Se cuidaban los detalles. El peligro era mayor pero, digamos, que con un punto y final elegante. Los aeropuertos, aunque pequeños, se componían de salas cómodas con sofás y ese tipo de lujos que hoy se reservan para las salas VIP. Para mi desgracia una vez las probé, y hoy me descubro condenado a vagar como espíritu insomne por los cubículos ordinarios de los aeropuertos, mientras sé que tras los tabiques se oculta un paraíso. Me comentaba un arquitecto que lo peor de su profesión es que se sustenta en el encargo de proyectos. Y quien paga, manda. Los aeropuertos se han convertido así, al menos los que conozco, en edificios donde el bienestar del usuario se encuentra en el último puesto de la lista de prioridades. Si acaso. Supermercados con sillas y cuartos de baño. Las horas que el pasajero tiene que gastar allí se pueden sobrellevar siempre que consuma en las tiendas y bares tan oportunamente dispuestos al paso. Los aeropuertos, salvo contadas excepciones, se hallan en descampados hostiles y lejanos a la ciudad. El paseo externo es casi imposible salvo por los aparcamientos. Los hay que por seguridad han reducido tanto los metros cuadrados previos a la facturación que sólo permiten el paso inmediato al interior. No es el caso de Málaga. En lo que sí coinciden todos es en su concepto de zoco último antes del vuelo. Exprimir al viajero. No hay zonas acotadas para la lectura, ni mesas para los ordenadores. No existen espacios ajenos al ruido y trasiego de unas personas que sólo pueden comportarse como el ganado en los establos previos al camión. La realidad y el deseo. Como cada septiembre, miro con mejores ojos los magníficos hoteles de Málaga y lo preciosa que es esta provincia de la que no sé para qué salgo.

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