Podredumbre

4 Feb

Me encantaría ponerme a hablar de la amorosa relación entre el AVE y Málaga, o del rayito de esperanza que significa el incremento del número de casas compradas por esos extranjeros que otra vez miran con buenos ojos esta Costa nuestra, a la que una vocal convierte en esta cesta nuestra de cada día. Estoy lampando por escribir unos párrafos en los que fustigue a quienes quieren parcelar mi ciudad con un entramado de vías, mientras los socialistas malagueños ni entran ni salen en el tema, ni quitan ni ponen rey, ni una ni otra sino todo lo contrario. Me gustaría, pero en la calle no se habla de otra cosa sino de corruptelas y podredumbre. ¿Recuerdan el chiste? Durante un tiempo se aplicaba a periodistas, pero parece que la exclusiva la ha tomado la clase política para la eternidad: Si me sucede algo, dile a mi madre que me ganaba la vida tocando el piano por las noches en un burdel, no le cuentes que era político. No todos son iguales, eso es evidente. También están los tontos, los iluminados y los que aguardan agazapados y discretos hasta llegar a un cargo que les permita ingresar en alguna de las categorías antes dichas. Me duele España, dijo Unamuno. Y cómo hacen que duela, esta manada de cerdos a quienes hemos entregado el poder y no me refiero solo a los Populares. Y aquí se me aparece el otro gran dolido por su patria, Quevedo, quien no sabía dónde poner los ojos que no viese más que ruina. La sociedad española está de nuevo en transición, pero hacia un divorcio con su casta política, que como un mal marido sólo sabe tratarla a palos. Durante aquellos años en que había que desmantelar el franquismo, la clase política protagonizó hachos loables en unas condiciones catastróficas. ETA, los GRAPO y varios grupos más de poseídos por el demonio asesinaban y secuestraban casi a diario, el país se debatía entre la necesidad de una reconversión industrial y un índice de desempleo con iguales nefastas consecuencias que el de ahora. Sin embargo, hubo confianza en los dirigentes. Había poco que robar, es cierto, pero ser político conllevaba en aquellos años un prestigio que, por insistencia en la corruptela, se ha transformado en un demérito absoluto. Estuviera el ciudadano de acuerdo con sus ideas o no, a los diferentes escaños y despachos acudió una buena parte de la mejor sociedad española y de todos los ámbitos. Ahora recuerda uno al triste Calvo Sotelo, a Suárez, a Roca, o a Arzálluz, por escribir los primeros nombres que vienen a mi memoria, y no tienen parangón con ninguno de la actualidad.

Tras décadas en que el país se normalizó y dejó de ser un puro chascarrillo el ser español en Europa y hasta en la misma España, a la política acudieron gentes para medrar y sólo para eso. Que muchos no hayan cogido un euro de la caja, no significa que no hayan usado el poder público para colocar en la administración a familiares y amiguetes, por ejemplo. O que no se haya comprado el silencio de sindicatos con la mera entrega de mayores ámbitos de poder y más monedas. En ese concepto de la cosa pública como medio de hacer el negocio que no se puede realizar en el ámbito privado, radica el problema. La solución es simple, mientras menos Estado haya, mejor. Mientras menos subvenciones volanderas corran de mano en mano como la falsa moneda, menos oportunidades para que uno u otro cerdo les meta el hocico. Mientras menos escalones de la administración existan, menos garrapatas se albergaran en ellos. El problema de la sociedad española es de diseño. Apenas se desinfló el espejismo inmobiliario ha aparecido un país de albañiles y trabajadores de las muchas administraciones públicas que han hecho realidad aquel título de Las Españas. Si esa necrosis económica tiene que ser gestionada por gentuza que tiene como única mira ver cuánto dinero puede trincar, sin más miramiento, ante el futuro sólo aparecen aquellos heraldos negros de César Vallejo. No creo que exagere ni un ápice si digo que al ciudadano le encantaría descubrir en sus políticos un poquito de dignidad a la japonesa, o a la romana, y contemplar varios suicidios por honor, concepto que antes tendrían que leer en el diccionario.

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