Dieta

14 Ene

Uno de los propósitos estrella universales para este nuevo año que se inicia con una pronunciadísima cuesta de enero, febrero y marzo, es, sin duda, el de hacer dieta. Incluso alguna que otra televisión ha inventado un programa donde el espectador contemplará un concursante que reduce sus kilos y conquista, mediante sudor, un teórico grado de salud, en el que no sé si va incluída un poco de felicidad entre verdurita y verdurita. Cuando yo era niño, las promociones radiofónicas o periodísticas regalaban cestas de comida o jamones; ahora, se hace necesario donar liposucciones. La sociedad española ha avanzado, al menos, hacia los caminos del sobrepeso que muestran un síntoma innegable de desarrollo. Todo paraíso alberga su serpiente. Esos espacios televisivos a los que antes he aludido no podrán ser exportados a grandes zonas del planeta en las que no se comprendería el alimento como problema. Y no me refiero a la isla de Tonga, con el rey más rollizo, y la ciudadanía que mejor imita en ese aspecto a su monarca, sino a esa inmensa bolsa de humanidad desnutrida que supera en número a los humanos con colesterol. Cuando un español inicia una dieta debe mentalizarse para andar su ruta en solitario por un casi seguro desierto social. Amigos y familiares fastidian la necesaria disciplina hipocalórica con esas costumbres tan nuestras, tan ibéricas, de celebrar cualquier cosa bebiendo y comiendo. El escudo de España debería de llevar inserto un cerdo donde hay un león y dos botellas en vez de las columnas de Hércules; lo del corderito que aparece en la parte inferior está bien, pero las barras del reino de Aragón podrían cambiarse por otros tantos salchichones y las cadenas, por ristras de chorizo. En lugar de corona, una tarta. Iconografía ajustada a la realidad. Uno tiene que poner excusas, inventar compromisos que le impiden acudir a tal cena o cual almuerzo, e incluso, diseñar un estilo de vida que justifique ante el resto de conocidos, ese nuevo hábito de no acudir a ningún bar o pasar la noche en ellos con dos botellines de agua. A ciertas horas de la noche, el individuo sobrio comprueba que él se encuentra en un mundo, mientras que los demás se hallan en otra galaxia a años luz, aunque sus cuerpos estén allí junto a él. La comunicación se hace imposible y se producen metamorfosis que provocan, por ejemplo, un desmoronamiento de la efigie de esa chica o chico que tanto le gustaba, y con quien tantas afinidades tenía, eso sí, cuando ambos llevaban cuatro copas de más en el cuerpo. Una dieta alberga complicaciones de índole existencial y hasta de orden psíquico, lingüístico y social, que para la medicina y los monitores deportivos, pasan totalmente desapercibidas.

No es que yo escriba una apología del alcohol y de la muerte por triglicéridos. Nuestro entramado afectivo se ha enraizado en los usos gastronómicos de modo que el propósito de régimen conlleva una gran dosis de ostracismo. Aunque se alcance la meta deseada, las X regresarán a las tallas, si no se ha quemado antes la agenda y uno rompe su encierro casero solo para correr por esos montes como si huyera de sí mismo. Imagine el lector que cuando conociera a alguien no pudiera usar ese gancho políticamente correcto de la invitación a comer. Supongamos a alguien que sólo se citara con sus semejantes para dar largos paseos y comer lechuga. Una existencia sana, sin sorpresas ni sobresaltos en los análisis sanguíneos, pero para mí con la misma intensidad que la que siente un caracol sobre un espejo. Y perdónenme si ofendo sus creencias. Sanidad no rima siempre con felicidad. La estancia en este mundo se asemaja a la habilidad del cocinero con sus especias o del coctelero con sus secretos de licores; es decir, cada persona debe hallar las proporciones adecuadas en sus anclajes vitales. Las fórmulas son intransferibles. La imaginería oriental nos muestra un Buda orondo y risueño. En la suma de esas redondeces creo que se encuentra una satisfacción que, por prudencia, no me atrevería a igualar con la felicidad. Considero que se acerca mucho. Por si acaso, taché hace años la dieta de mi lista de propósitos en la que aún se lee lo de aprender inglés, y lo de hacer ejercicio todos los días. Que ustedes cumplan los suyos.

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