Desconocimientos

8 Dic

Ha dimitido el señor Marmolejo. Como concejal. Pero algo debe de haber hecho, tan bien, que para el Presidente del Partido Popular en Málaga, Elías Bendodo, “no cuenta con el mismo apoyo y confianza, sino con más”. A mí, que soy torpe, me gustaría entender algunas afirmaciones de la política de la ciudad. Algo se me debe de escapar porque, por más que me esfuerzo en encontrar la lógica a dichas manifestaciones, siempre me tropiezo con su cuñado.

Me cuestiono, como digo, qué es lo que ha podido hacer Don Manuel para que a Don Elías le dé mayor confianza y lo único que presumo es que pueda deberse a que ha reconocido su “error”. Si este fuera el caso, muy mal parados dejaría al resto de concejales, al menos en cuanto a confianza, porque si da mérito a que uno confiese algún “desliz” es porque no las tiene todas consigo en cuanto a que los demás hicieran lo mismo. O al menos, eso parece.

Yo creo que no se debe de hacer leña del árbol caído. Pero tampoco considero que se haga un gran favor a la democracia consintiendo las canitas al aire a la ética de un concejal que no sabía que estaba mal, ni prohibido darle trabajillos –o no abstenerse de hacerlo- a una persona de su ámbito cercano. Y ha dimitido porque se ha enterado de que es ilegal, o sea, por lo prohibido del asunto, qué duro el devenir del destino, porque mal, lo que se dice mal de andar por casa, no debe de verlo mucho. Él asegura que no sabía que contravenía la ley pero yo no he escuchado aún que reconozca que éticamente su posición haya sido poco plausible.

Yo no conozco de nada al señor Marmolejo. Lo he visto por primera vez en las fotos con cara tristona que lo asoman a la opinión pública a través de la prensa. No se le ve arrogante, ni vanidoso, puede que por la piedad del fotógrafo. De propiciarlo sus amigos, su caso pasaría a mejor vida en pocas semanas. Sería un concejal más que se iría de la política con las orejas gachas por haber metido la pata, con dos botellas de chivas regalo del partido, una cesta de Navidad y un traje gris, sin que fuera señalado por la memoria ciudadana como aquel que dio un pelotazo urbanístico y se fue con los bolsillos llenos. Y a otra cosa. A pedirle trabajo a su cuñado o a convertirse en el cuñado de otro, que produce menos estrés.

Pero, no. Dice Elías Bendodo que no. Que no lo apartan para que se nos olvide sino que va a seguir siendo la mano derecha de no sé qué cuerpo. Y yo no sé si será una pose de palmadita política y si te he visto no me acuerdo, pero si no es así, si de verdad va a seguir formando parte de la cúpula del partido popular malagueño o del rarísimo entramado municipal, flaco favor se le estará haciendo tanto a este “pobre” señor, que no lo dejan ni que se vaya a expiar sus culpas en las distracciones del olvido, como a la credibilidad del partido, que demostraría su (in)capacidad para hacer borrón y cuenta de renovada confianza con las personas menos indicadas. Simplemente, con escribir cincuenta veces en la pizarra “no volveré a favorecer desde mi cargo público a amigos o familiares”, en algún cursillo para concejales, nos liberaría de excusas de que no se sabía que no podía hacerse. Pero, si no hay más remedio, si el Partido Popular se empeña, habrá que seguir acordándose del asunto pues, por más que se empeñen, ya nadie podrá descolgarle a Don Manuel, la foto de su cuñado de la frente.

Café de Chinitas

8 Dic

No será éste el mejor año para la industria turística malagueña. Los datos señalan un descenso en los diez primeros meses de casi seiscientos mil visitantes respecto al 2008. Sin embargo, el vértigo de los datos debería de atenuarse en cuanto se tuviera en cuenta la crisis mundial que padecemos y, sobre todo, que el curso anterior fue históricamente el mejor a este respecto. Así las cosas, la curva negativa se ha situado a niveles de 2007, con lo que no ha llegado aún el momento de echarse las manos a la cabeza. Lo preocupante sería encomendarse a los caprichos de la fortuna o excusarse en los imponderables de la crisis para aplacar el desánimo sin tomar medidas que no pasasen por ponerle unas velitas a la Virgen del Carmen, pero no parece el caso. Lo mejor de este aviso de los números es que se aproveche la coyuntura para mejorarnos, a la espera de que los vericuetos económicos nos devuelvan al estado de bienestar que nos saque tanto miedo del cuerpo. Y eso parece que sí –me persigno-, que está ocurriendo, con un plan de nombre horroroso –Qualifica- que aboga por modernizar las maduras –viejas- instalaciones turísticas landistas. Además, el Consejero de Turismo de la Junta, Luciano Alonso, considera fundamental aumentar la oferta de ocio y de tanto empeño que pone en cada una de las manifestaciones públicas que viene realizando en los últimos tiempos, va a acabar convenciéndonos de que su idea de que es necesario implantar el flamenco en la oferta turística tiene razón y sentido. Ojalá.

El año pasado visité la ciudad de Buenos Aires por razones laborales íntimamente relacionadas con el tango. Allí descubrí, para mi sorpresa, el hecho paradójico de que a los porteños de mediana edad, la música que los identifica mundialmente no les interesaba lo más mínimo. La consideraban una atracción turística necesaria para su economía pero ni lo escuchaban, ni lo bailaban, ni lo apreciaban en su inmensa mayoría. Sin embargo, nadie cuestionaba la grandeza de Gardel. No era el tango sino Gardel quien los identificaba. En cada tanguería, en las confiterías, en cualquier lugar relacionado con el tango, lo que se podía ver era una placa en la que se explicaba que un día había estado allí, puede que comiendo macarrones.

Supongo que a nosotros, los malagueños, lo que nos falta es ese icono incuestionable al que endiosar para que el flamenco, aunque no nos interese lo más mínimo, ni lo escuchemos, ni lo bailemos, nos lleve a asumirlo como propio o a considerarlo al menos, como una factible fuente de ingresos turísticos. Ese adalid que incluso a los que se tapan los oídos y salen corriendo cuando oyen un “quejío”, les hiciera sentirse orgulloso del terruño compartido.

Pues bien, yo creo que sí existe. A los flamencos y a los no flamencos oír hablar del “café de chinitas” les llena de orgullo. Esos mismos que se tapan los oídos y que jamás han leído un poema de Lorca, Prados o Altolaguirre, si hay que hablar de un tablao –o de un café cantante-, defenderán como el mejor del mundo ese nuestro mitológico. Incluso a los que no soporten el flamenco hasta la tumba, reivindicarían como propia, esa sí que sí, su historia. ¿A alguien le importaría un café de chinitas falso haciéndose pasar por el verdadero en la misma ubicación o con parecidos decorados? Una plaquita con aquí estuvo ubicado el viejo café de chinitas en el interior de un local con afanes flamencos y todos en devota peregrinación a consagrarlo, ¿o no?

 

Cosmética

21 Nov

Llevo una semana bajo el bombardeo de imágenes de la conmemoración de la caída del muro de Berlín. Hay que ver qué bonito quedó todo. Recordaba a una ceremonia olímpica, con reparto de medallas incluido. ¡Qué bien, qué bien! Hace 20 años derribamos el muro de la vergüenza, el muro del comunismo. Ya podemos respirar tranquilos. Yo suelo ser de talante conformista, pero la verdad es que hubo algún momento en que se me retorció el colmillo. ¿Ya no quedan muros ignominiosos en el mundo? A mí me vienen a la cabeza unos pocos: el que está levantando Israel en Cisjordania también da bastante vergüenza, aunque la ONU, tan educada, lo diga en voz bajita, y no digamos esa valla doble con todos sus complementos de electrificación y video vigilancia que rodea Ceuta y Melilla. Eso por citar sólo dos ejemplos, que tampoco es cuestión de amargarle la fiesta a nadie.

Lo peor de los muros es que su derribo a menudo no pasa de ser una operación cosmética. Hermosa, pero superficial. No hay más que leer las encuestas entre los habitantes de la Alemania unida para descubrir que siguen viviendo en condiciones de desigualdad y mutuo recelo…

En nuestra ciudad también hubo muros en otro tiempo. El que separaba la miseria del barrio de El Perchel de los ojos impresionables de la Málaga burguesa desapareció antes de que yo tuviera uso de razón, pero en los años cuarenta representaba una auténtica frontera, con su guardia fronteriza y todo. Una vez escuché a un obrero contar que, por más que se endomingaran para pasear por la calle Larios, los percheleros acababan siempre siendo descubiertos por los policías y devueltos entre pescozones a su lado del muro. Los delataba la mala calidad de las ropas o el calzado, el encallecimiento de las manos, la pobreza grabada en el rostro.

Hoy la calle Larios no tiene un acceso restringido. Hasta los pobres pueden ir de visita, siempre que no les delate su cara o no tengan actitudes sospechosas que tan libremente interpretan nuestros democráticos agentes de policía local. No pueden dormir en los bancos públicos porque se hicieron a propósito para que ningún adulto de estatura estándar lograra tumbarse en ellos salvo haciendo contorsiones dignas de un artista del Circo del Sol. Pero todos estamos de acuerdo en que la pobreza afea la calle. El que pueda, que repose en los asientos de pago de las terrazas, que para eso están, y el que no, a su casa.

La pobreza está para esconderla, pero a veces no se puede. La llegada de las obras del metro a la Avenida Juan XXIII ha obligado a desviar el tráfico por la barriada de Los Palomares, una de las más degradadas de la ciudad. Supongo que si no se ha erradicado aún será porque los terrenos sobre los que se asienta no son particularmente atractivos para la especulación inmobiliaria. El caso es que a muchos de los conductores obligados a incluir la visita turística a Los Palomares en su itinerario les da miedo pasar por allí. Digo yo que más miedo les dará a los que viven allí todos los días, pero esos no cuentan. A lo mejor el escándalo de la gente decorosa obliga a nuestros gobernantes, tan devotos de la imagen, a hacer algo al respecto. Por ahora no se espera. Todos están ocupados opinando sobre los contenedores soterrados que han colocado a la entrada de calle Larios, porque es una vergüenza que en una ciudad turística haya basura a la vista.

Sol y playa

21 Nov

Málaga está en Londres de disimulo ante la crisis, para atrapar clientes que nos la hagan más llevadera. La consigna de nuestros políticos en el World Travel Market es la de convencer a los operadores turísticos ingleses de que el destino andaluz no es tan caro como pueda parecer pues ofrece mayor seguridad que los baratos competidores de la otra orilla mediterránea.

Políticos y empresarios de todo signo sonríen y se cogen de la mano, ofreciendo una imagen de cordialidad inusitada. No creo que se hayan puesto de acuerdo para no tirarse los folletos a la cara, más bien apunto a que se trata de canguelo a que el sol se quede más solo que la una en la temporada alta más baja que se recuerde.

Unos dicen que están aprovechando el bajón turístico para renovar las instalaciones, apoyando con 1.000 millones de euros un plan “renove”. A mí la lógica me dice que el mejor momento para renovarse es el de la bonanza económica, cuando para soportar la demanda te ves obligado a crecer o a dedicarte a otra cosa, pero Andalucía es diferente. Aquí por lo que parece, uno se arregla cuando las cosas van mal, porque no queda otro remedio. Es por ello que no me creo los buenos augurios que preconizan las buenas caras de nuestros políticos pues ya avanzan otros 1.000 millones para un plan “future”.

Nuestra Junta está contenta o eso dice a los medios porque ha hablado con algunas compañías británicas que le han dicho al oído que creen que Andalucía será el primer destino que se recuperará de la crisis. Para dentro de un lustro. Qué miedo.

Lo único que queda claro de las declaraciones de algunas de estas empresas británicas es que lo que les interesa de Andalucía es el mismo turismo de sol y playa que los criticones como yo intentamos echar abajo cada año en busca de otras ofertas alternativas de ocio “espiritual” que pasen por la cultura y demás tonterías. Menos mal que nadie nos hace caso; llevaríamos al turismo andaluz a la ruina por inconscientes, elitistas y aburguesados.

El turismo británico quiere eso, pues nada, me rindo. ¿Para qué nos vamos a gastar el dinero en otra cosa? Sombrillas cómodas y bronceador, en eso deberían de gastarse los dineros nuestros gerentes del turismo, en subvencionar chiringuitos y preparar los mejores hamaqueros en cursos especializados. A lo sumo, incentivar la venta ambulante de bocadillos de jamón serrano en las playas y fomentar el cuadro flamenco que actúe en las orillas pasando el plato. Con cabra, mejor.

He leído que Arenas criticó que algunos políticos estén en Londres comiendo jamón serrano. Desde luego, mejor que coman jamón que cuscús o falafel, ya te digo, y no quiero ni imaginármelos degustando tzatziki griego. Sinceramente, la foto con el jamón, me recuerda a Fraga en Palomares o al ex ministro Cañete con sus vacas locas, puestos a elucubrar, sospecho que la única manera de que el jamón serrano te pueda sentar mal, deba de ser así, asustado de que cada vez podamos ofrecer nuestra mejor sonrisa a menos turistas. Que coman, que coman, y que sigan pagándole la publicidad a las compañías aéreas inglesas, por la cuenta que nos trae. Que disimulen como puedan el miedo y que convenzan de la seguridad que incluye en el precio nuestra oferta.

A los malagueños de a pie nos queda tomarnos una caña y cruzar los dedos.

El Ateneo

10 Nov

Ayer se celebraron elecciones en el Ateneo, una “Asociación Artístico-Literaria”, según reza en sus Estatutos, fundada en 1966 y declarada por el Gobierno de “utilidad pública” en 2001, cuya actividad primera, según el mencionado documento, tiene que ver con agrupar a personas “con amor por el cultivo del espíritu”.

Dos candidatos enamorados de ese cultivo se enfrentaron ayer para alcanzar su presidencia; la que los medios de comunicación han señalado como candidatura continuista, la encabezaba Diego Rodríguez Vargas, miembro de la directiva anterior y, una segunda, tildada de “renovadora”, que comanda Tecla Lumbreras.

A mí, esta romántica asociación siempre me atrajo, más que nada por su buena fama de “nido de rojos” que se le presumía durante los últimos años del franquismo y que algún político moderno de la derecha malagueña supo afianzar en la pasada década, calificándolo despectivamente del mismo modo, paradojas del destino atemporal. También me sedujo su edificio añejo, despeinado, con ese aire de burguesía decadente y luz ocre que lo mimetiza todo. Por esa barra a medio hacer con quintos de cerveza caliente, por sus oficinas de institución cultural de país en vías de desarrollo, por sus salas amplias, cóncavas del tiempo y otras humedades y sobre todo, por sus señores que lo custodian con el descuido necesario, vestidos con traje clásico de más de treinta años de impecabilidad a sus espaldas.

Allí he asistido a charlas, conferencias, debates, presentaciones de libros, incluso a conciertos, siempre en la misma sala de tronío desvencijado con los asientos más incómodos que recuerdo pero más a gustito que soñando. El Ateneo es mágico. Cumple su función sin esfuerzo, por acto reflejo y compendio de casualidades de bajo presupuesto y calidez mundana.

Hoy se sabrá la candidatura ganadora, supongo. Yo, que no soy socio porque no me gusta tatuarme nada que luego me pueda borrar, estaré atento y complacido con cualquier resultado. Y me extraña. Yo que siempre elijo a prisa, que me considero un pobre progre conservador de izquierdas, celebro los goles del FC Barcelona, prefiero el turrón blando al duro y en verano me tomo los sorbetes de naranja, no me decido o decido demasiado y me arrepiento en este caso. Me gusta el Ateneo como está. Pero me gusta Tecla. Lo que sí tengo claro es que apoyaré a los perdedores porque los considero necesarios en una asociación que necesita seguir sumando. Sobre todo seguir sumando independencia. Ese es mi único temor. Porque un Ateneo politizado me gusta. Un Ateneo con ideología es necesario. Pero un Ateneo con dependencia de un partido político, eso no, eso es otra cosa.

Soy asustadizo, lo reconozco. Y encontrarme a gestores profesionales de la cultura de las instituciones públicas de nuestra ciudad apoyando a una u otra candidatura, me produce desasosiego. Que nada cambie cambiándolo todo, esa sería mi apuesta porque esa es la única manera de fomentar y extender la cultura en sus diversas manifestaciones desde el ámbito privado. Es preferible llorar una subvención a que te la den con rédito político. Porque los partidos sólo entienden de instrumentos electoralistas cuando a filas son llamados por la cercanía de las urnas.

Y el Ateneo tiene Historia. Una historia que me gusta y que tiene que seguir escribiendo.