Frío Enero

13 Ene

Ha acabado un año que nos ha dejado helados. Ojalá que sea recordado como el de la crisis, pues significaría que los vaticinios de recuperación que pregonan los más optimistas han sido acertados. Uno ya no se fía. Sobre todo cuando las predicciones científicas auguran que se avecina la ola de frío más dura de la última década, esta que nos dejan los Reyes Magos con un descenso estimado de las temperaturas de diez grados para mañana. Pero que haga frío en la calle no es tan grave como que lo haga en nuestros hogares. Ese frío sí que cala hasta los huesos de no sólo los 200.000 malagueños inscritos en las oficinas del paro, también de al menos otro tanto que intentan no pensar hoy en su inestable situación laboral para no estropearles el día a los más pequeños de la casa.

Hoy nos toca el roscón. Ese que de buena gana le dedicamos a los culpables invisibles que montaron esta pirámide con pies de barro del entramado financiero y sus paquetes tóxicos de libre mercado. Ese icono intangible al que poder achacar todos los males de la crisis y al que ponemos la cara de algún político cercano porque a pesar de votarle, no ha hecho milagros.

Milagreros no. Poco se puede hacer contra la crisis desde un cargo público de esta pequeña ciudad de muy al sur de Europa. Muy poco o nada contra el paro. Ahora bien, tal y como están las cosas, que no se les pueda exigir que nos devuelvan al estado de bienestar que nos creímos merecer hace dos años, no quiere decir que no se les deba consentir que continúen con sus dispendios inmorales en cuanto a los sueldos de directores generales, gerentes y demás cargos de confianza, o que contraten obras o servicios a amiguetes o familiares sin que medie concurso público. En estos tiempos tan gélidos que nos ha tocado vivir, ya no sólo hay que ser honesto y parecerlo, sino además, demostrarlo.

Pero el estado de necesidad no sólo nos lleva a buscar culpables de nuestros males entre la clase política y sus cargos. Supongo que cualquier buena persona que trabaje en un banco, en una constructora, en alguna gerencia de urbanismo o, simplemente sea inmigrante, les habrá pedido a sus Reyes Magos un poco de autoestima y otra cabeza para cambiarse la suya, de turco, que soporta a duras penas.

Los meteorólogos nos alertan de esta ola inminente que nos llega de Groenlandia el mismo día en que podemos leer en la prensa varias buenas noticias muy deprimentes. Por ejemplo, que el tráfico cae en Málaga a niveles inferiores a los de hace un lustro o que el precio de la vivienda bajará este año de nuevo tras el descenso del 5% en el 2009. Que frío da esta ola de frío.

Las autoridades nos aconsejan que no salgamos de viaje. Quién pudiera. Para mañana se anuncian mínimas poco usuales en nuestra ciudad, de apenas tres grados centígrados. Desgraciadamente, muchos malagueños -doscientos mil-, podrán quedarse frente a una estufa en su casa si quieren. No tendrán derecho a irse a trabajar. Aunque la mayoría, supongo, preferirán buscar el calor en la calle con su currículo bajo el brazo.

Nochenueva

5 Ene

Hace años que descubrí que el día 1 de enero no existe. Le pasa un poco como a los Reyes Magos en aquello que se cuenta de que sólo trabajan un día al año y además, de mentira. Lo mires como lo mires, el único hecho que no admite discusión en este asunto es que la Nochevieja transcurre en Año Nuevo, quitándole todos los méritos de gloria al siempre denostado primer día de nuestro calendario. La Nochevieja se come medio día siguiente a lentos tragos y de la tarde que nos deja al día siguiente, pasadas siete horas en compañía de Morfeo, poco se puede contar, pues debe de alojarse aquel recuerdo en la cara oculta del cerebro, allí donde aún no ha llegado ninguna misión espacial. Esta reflexión viene al caso de la pregunta que me ha hecho una amiga francesa esta tarde, al respecto de cómo celebramos el Año Nuevo los malagueños. Se lo he explicado como he podido. Con cierto alejamiento, como si conmigo no fuera la cosa y complejo de beodo. Los jóvenes y guapos malagueños solteros en edad casamentera no celebran el Año Nuevo porque necesitan agarrarse a cualquier embolado de fiesta que les augure posibilidades de abandonar su envidiada, que no envidiable, condición. Los jóvenes y guapos malagueños solteros en edad casamentera celebran motivados la Nochevieja porque en esa cara oculta del cerebro antes mencionada, también se alojan las ganas de convertirse en sus contrarios, que nada tiene que ver con ser viejos y feos sino con despertarse como jóvenes y guapos malagueños con pareja. Y cuantas más, mejor.

La Nochevieja es un carnaval concentrado en el que la diversión se difumina en los previos. Repasando las mías, desde que empecé con el uso de razón –los romanos y la Iglesia lo ubican en los siete años pero en mi caso lo sitúo en los diecisiete- van veintitrés, de la cuales, si uniera las horas que me he pasado esperando turno en cualquier barra libre ocupadísima, tendría que descontarle un tercio y otros cientos de cerveza. Sí, de las ocho horas de celebración y un churro habituales, casi tres debo haberlas pasado, de media, sonriendo a un camarero desconocido y repitiéndole “cuando puedas” entre un gentío en supuesta parranda. Érase un hombre a un matasuegras pegado. Media hora perdida en el previo del taxi y otra media en la del cotillón y apenas cuatro horas para que los sesenta euros pagados me salgan rentables. A tres cubalibres la hora en una sala de fiestas con curvas. A tanta velocidad, que si encuentro la persona que busco, por la que me he acicalado en mis sueños, le ruego que me perdone, pues han pasado los veinte minutos de rigor y tengo que dejarla para hacer cola en la barra en busca del espirituoso que no me regalan. Por supuesto que, en hora y media, me rindo a la evidencia de que no saldré ganando al precio de la fiesta o mi salud saldrá empatada. Ya sin el ojo de la cara que me costó la broma, recapacito sobre el valor de mi pobre hígado, en vías de extinción a ese ritmo, y me apago en una zona de descanso, a calcular a cuánto me han salido las copas. Las recuento. Una me cayó en la camisa y cuatro las llevo en la barriga. Me encuentro regular. Eso va a ser por comerme tan rápido las uvas. Me deprimo y me dan las ocho. Es la hora de los churros.

Vaya churro.

Y ya no puedo celebrar el Año Nuevo, Isabelle. Qué carnaval más intenso. ¿Dónde estará la chica a la que cambié por un ron cola? ¿Dónde habré perdido la corbata? Je ne sais pas. Feliz Año Nuevo.  

El gordo está en mí

5 Ene

Ayer comenzó mi Navidad, como cada año. Mi ceremonia inaugural se inicia cada 22 de diciembre con el maldito sorteo. La jornada de reflexión de hoy, suelo dedicarla a repasar una y otra vez la pedrea en cada uno de los diarios que maltrato en los bares, sin encontrar ninguno que me entienda. Nada. Ni las migajas. Algún reintegro, eso sí, de la más pequeña participación en aquella cafetería en la que tuve que entrar para desahogar la urgencia de mis necesidades fisiológicas menores. Qué hacía yo por ahí, en ese barrio, me pregunto yo también, con la conciencia intranquila de prever que no volveré para recuperar mis dos euros antes de que se me acabe el plazo. Sí, mi Navidad empieza siempre con ira e indignación de ombligo susurrando algún villancico del que solo conozco la letra del estribillo.

Este año, como el anterior, había optado por apuntarme directamente al reintegro que supone no comprar ningún boleto de lotería. Saltarme ese impuesto de los pobres a los que los más listos califican como impuesto de los más tontos. Pero es que en mi interior, algo subyace que me impele a considerarme el ser más importante de mi vida. Y si al ser más importante de mi vida no le toca, a quién le va a tocar la lotería. Caí en la tentación de los débiles cuando creí descifrar en aquella administración un mensaje divino. Aquel número que me miraba era la fecha de mi primer beso con lengua, aunque al revés y menos uno. Estaba clarísimo que me iba a tocar. Como el del año pasado, que era la matrícula del coche del vecino de un amigo de mi hermana. Tan enrevesado que estaba que lo descubriera y tan sencillito que fue que no me tocase, ni de lejos.

Pero lo que más rabia me da es que si me hubiese encontrado el número que ha tocado, me lo hubiera comprado. 78.294, claro. Dividido entre dos resultaría la edad de mi novia, 39, la de mi sobrino, 14, y la de mi perrita, 7. Yo creo que estoy cerca, lo que pasa es que no consigo encontrar el divisor apropiado. En este caso habría sido el 2, porque esa es la cantidad de dedos gordos que tengo en mis pies. Ahora lo veo preclaro: gordos por el gordo y pies porque no conduzco, aunque sí bebo en las fiestas de guardar.

Aunque mal de muchos, ya se sabe. En nuestra provincia le han tocado 5.000 euros a cincuenta personas. A 10 en Málaga y otros tantos en Marbella por el 49.271 -49 serán los años que tendré dentro de 8, 27, los que tenía mi hermana cuando tampoco le tocó el gordo en el 2001 y el 1 por mi única nariz, que huele todos los premios aunque yo no sepa entenderla- y a otros treinta en Villanueva del Trabuco por el 43.802 –las veces que me he equivocado durante el pasado año-. Solamente cincuenta afortunados y la pedrea. Qué bien le vendrán los 5.000 euros a los ricos que les haya tocado. Un extra navideño por jóvenes y guapos. A los pobres, más que alegría será un desahogo, que nunca viene mal. Tapando un quinto de sus deudas, tal vez les quede para un jamón sin pata negra.

Por esta vez y no recuerdo ya cuántas, qué infortunio el malagueño. Qué penita me doy. Menos mal que para mañana se nos olvida. Será Nochebuena.

 

Gestos

22 Dic

Leo en el periódico que los empleados de la filial malagueña de una gran empresa han decidido sacrificar la comida de Navidad y gastar el dinero en comprar víveres para familias en apuros. Han calculado un presupuesto de 40 euros por empleado y el consabido menú de fiesta se ha invertido en 20 kilos de alimentos básicos por barba: legumbres, azúcar, leche, aceite, que escasean en más casas de las que nos atrevemos a imaginar. La humilde aportación de estos trabajadores no va a resolver los problemas generados por una economía enferma, pero tiene el valor de un gesto de compromiso.

 

Hoy se votan en pleno los presupuestos de la Diputación para 2010, y en el mismo periódico, a toda página y en grandes titulares, se anuncia una rebaja en los sueldos de diputados, altos funcionarios y cargos de confianza que, según las cuentas del equipo de gobierno, se traducirá en un ahorro de 242.000 euros para la institución provincial. El portavoz del PP, Francisco Salado, ha criticado la medida, que considera un “gesto de cara a la galería vendido como si fuera la solución de los presupuestos” y, de paso, expresa su malestar porque la rebaja, que afecta al grupo de oposición tanto o más que al equipo de gobierno, no le haya sido consultada. No es lo mismo tener que rascarse el bolsillo por voluntad que por decreto.

 

Sin embargo, tal vez sea por la costumbre de desconfiar de los políticos, a mí también me escama algo en el publicitado sacrificio de un porcentaje de entre el 5% y el 10% en los sueldos de los responsables de la política provincial. Otro gran ahorro que avanza el equipo de gobierno es el referido a la reducción en los gastos de publicidad y protocolo, pero (¡Alehop!) se anuncia la creación de una nueva oficina dependiente de Presidencia para “autorizar estos gastos y unificar criterios”. La pregunta es si la nueva oficina requerirá la contratación de nuevo personal y la adquisición de medios, lo que haría que el ahorro no fuera tanto.

 

Yo creo que mi duda estriba en que, estando de acuerdo con el presidente de la Diputación en que el auto recorte salarial representa un sacrificio personal para los afectados, y por tanto supone, igual que en el caso de los empleados de la empresa que citaba al principio, un gesto de compromiso con los ciudadanos gobernados, no hay que olvidar que la Diputación es una entidad de servicio para los ayuntamientos menores de 20.000 habitantes, muchos de los cuales no tienen dinero ni para bombillas. Sólo faltaría que el sacrificio se les exigiera a los ayuntamientos, digo yo.

 

Tal vez en estos tiempos en que la crisis nos hace distinguir con claridad entre lo necesario y lo superfluo, la reflexión en las instituciones debería ser más profunda. Casi todas ellas, y los propios partidos nos lo recuerdan cuando pasan del gobierno a la oposición, están sobredimensionadas, particularmente en aspectos como contratación de cargos de confianza y gastos en imagen, prensa y protocolo. La reflexión en el caso de la Diputación podría llegar a ser peliaguda: De aprobarse una ley de financiación local que garantice a los ayuntamientos la percepción directa de los fondos que necesitan para prestar los servicios que prestan, ¿Seguirían teniendo sentido las diputaciones? Tal vez lo de bajarse el sueldo sea sólo un mal menor, por mucho que un gesto no pase de ser un gesto.

En la Axarquía

22 Dic

Se habla de 10.000 construcciones ilegales en la Axarquía –los ecologistas, de 22.000- y a mi raciocinio, no le caben. Si no conociera la zona, me imaginaría Australia, por lo menos. Como puede haber tanto delincuente junto en un sitio tan chiquito. Quizá habría que preguntárselo a los parlamentarios andaluces que hace siete años aprobaron la LOUA sin tener en cuenta las peculiaridades de la zona y que ahora se quitan del medio cuando los jueces, haciendo su trabajo, la interpretan.

El problema de la Axarquía son los minifundios. Esa palabra que aprendí en la Educación General Básica y que nunca pensé que pudiera llegar a utilizar es la clave del asunto. Porque Andalucía es tierra de señoritos, desgraciadamente, pero la Axarquía, no –o no tanto-. En la Axarquía, cada campesino tenía su terrenito y por eso hay más de 30.000 pequeños propietarios con tierras. Ahora, muchos de ellos, vicisitudes del destino, sospechosos de delito urbanístico. Pero la cosa no queda ahí. Porque además de los sospechosos, están los señalados y culpables, o sea, sus alcaldes. Porque todo alcalde que haya consentido o le haya dado la licencia a alguno de su pueblo para que donde guardaba los aperos de labranza su abuelo, se haga un retrete, está cometiendo un delito. No una falta administrativa, un delito. El mismo que hayan podido cometer los condenados en la operación malaya. Aunque pobre y tonto, y hasta puede que buena persona, ese alcalde es un delincuente por obra y gracia de tenerla pequeña, con perdón, me refiero a sus parcelas. El tamaño sí importa. Nuestros parlamentarios andaluces han aprobado una ley de suelo que sólo permite recalificaciones urbanísticas en quienes la tengan enorme. Y ajo y agua a la Axarquía.

Muchos piensan –yo también-, que lo que ha ocurrido en el campo de La Axarquía es una salvajada. 20.000 viviendas diseminadas en suelo rústico, así lo determinan. A veces hay que cuestionarse los supuestos beneficios del progreso. No sé que pensaría mi bisabuelo si viera en qué se ha convertido Málaga en cien años.

Lo que sí tengo claro es que la gran mayoría de esas miles de construcciones ilegales que actualmente se encuentran en entredicho en aquella comarca abandonada, son la única vivienda de sus propietarios. Desde la primera viga que pudo poner su bisabuelo hasta el chalet con piscina en el que haya podido acomodarse hoy su descendencia, han pasado muchos años de esfuerzo y de trabajo. Y lo que hace veinte años era la casa familiar, hoy puede llegar a ser un bien inmueble en espera de ejecución de sentencia y derribo. Porque en un Estado de Derecho como el nuestro, la ley hay que cumplirla y es para todos.

Y, ¿qué dicen los que han aprobado esa ley sin tener en cuenta las peculiaridades de zonas como la Axarquía? Muy poco. Algunos, que ya se desarrollará algún reglamento. Mientras, los alcaldes de aquellos pueblos, seguirán siendo imputados en cientos o miles de delitos urbanísticos, con el menoscabo social que eso conlleva actualmente.

Dice el presidente de la Diputación de Málaga, Salvador Pendón -posiblemente el único cargo público que da la cara por los que padecen esta situación- que “en muchos casos” el motivo por el que alcaldes y concejales de la provincia están inmersos en procesos judiciales por asuntos urbanísticos no se debe a “su mala fe”. Y si se saltara algún tecnicismo y se lo explicara con claridad a la ciudadanía, su pertinacia, al menos en este caso, sería encomiable.