Las vacaciones del profesorado

22 Ago

Hay quien piensa que los docentes tienen unas vacaciones excesivas para el trabajo que realizan. No lo veo así. Mantener el contacto con un grupo, casi siempre  numeroso de alumnos y alumnas, exige una tensión psicológica extraordinaria. Eso, en el caso de que el grupo esté integrado por escolares dispuestos al aprendizaje, dóciles y bien relacionados. Hay grupos que entrañan unas dificultades complementarias, ya que sus miembros son díscolos, desobedientes, desconsiderados y agresivos. No es fácil enseñar a quien se niega por todos los medios a aprender y a que los demás aprendan.

Hay quien piensa que los docentes tienen unas vacaciones excesivas para el trabajo que realizan. No lo veo así.

Basta que en una clase haya uno o dos que la quieran reventar para que las cosas resulten difíciles, por no decir imposibles. Solo aprende el que quiere aprender. Siempre me he compadecido de aquellos docentes que han tenido dificultades en hacerse con el grupo. Han sorbido sus lágrimas y se han comido su impotencia en soledad. Es muy duro ir a una clase para enseñar lo que se sabe y encontrarse no solo con la desgana y el desdén sino con la más cruda violencia.

En este mismo verano me he encontrado con un amigo de la infancia cuya esposa, hace mas de cinco lustros, enfermó de esquizofrenia por las dificultades insuperables que  tenía para hacerse con la clase. Ahí sigue con su enajenación.

Los contextos actuales son adversos. Los alumnos tienen distractores potentes. La sociedad les ofrece modelos por la vía de la seducción mientras los profesores tienen que presentarles modelos por la vía de argumentación.

La tarea que realizan  los docentes y las docentes tiene una trampa escondida porque su trabajo requiere mucho tiempo además del tiempo presencial de las aulas. Los docentes tienen que preparar sus clases, corregir trabajos, reunirse de múltiples formas, actualizarse de manera constante. Nunca se ha hecho un cálculo del tiempo complementario que dedican los profesores y profesoras a su tarea fuera de la institución.

No se ha profundizado suficientemente en la importancia de la diversidad del alumnado. Conocer a cada uno, pensar en cada uno, adaptarse a las peculiaridades de cada uno, exige un enorme esfuerzo y una gran habilidad. Habilidad que debe incrementarse a medida que aumenta el número de alumnos y alumnas en el aula.

La diversidad existe en el alumnado individualmente considerado  y también en los grupos. Los profesores saben que en 1º A el grupo puede responder de forma entusiasta a la propuesta de aprendizaje que les brinda un profesor y en 1º B puede tener problemas de rechazo y de disciplina… Es el mismo profesor, con la misma actitud, de la misma asignatura… En la enseñanza no sucede que si A, entonces B, lo que sucede es que si A, entonces B, quizás…. Y en ese quizás está la clave de lo que sucede.

El profesor trabaja con “materiales” de altísima complejidad que no obedecen a leyes como aquellos con los que trabajan los profesionales de otras actividades. Los docentes trabajan con motivaciones, expectativas,  actitudes, capacidades, sentimientos, intereses… Los ladrillos, colocados de una manera determinada, responden a los mismas leyes en Badajoz que en Tarragona. Pero, una clase, no responde de la misma manera un día u otro, en un momento u otro, con un docente u otro… Quien se dedica a esta tarea sabe que un reproche estimula a un niño y el mismo reproche desanima a otro, que un elogio entusiasma a un alumno y a otro le hace reír… En cualquier profesión el mejor profesional es el que mejor manipula los materiales, en esta es el que más y mejor los libera.

Téngase en cuenta que los docentes trabajan en una institución con otros colegas. No siempre son fáciles las relaciones. No siempre es bueno el clima. No siempre son posibles los acuerdos. Algunas escuelas, lamentablemente, están gobernadas por jefes tóxicos. Todo ello genera tensión.

Son de sobra conocidos los trabajos del querido y ya fallecido profesor Esteve Zarazaga sobre el malestar docente. Hace ya muchos años escribí un largo artículo titulado “La erosión de la función docente”. En él analizaba las causas que van quebrando el entusiasmo de algunos profesionales de la enseñanza.

La demanda social es más dura cada día sobre la escuela y sus profesionales.. Todo se le exige a la escuela: educación vial, educación para la paz, para el consumo, para el medio ambiente, para la igualdad, para la imagen, para la creatividad, para los valores, para la convivencia, para la sexualidad…  Todo por el mismo o más bajo salario, todo en perores condiciones y con una formación deficiente. Las condiciones laborales de los docentes se han endurecido: más número de alumnos y alumnas, más horas, menos sueldo, más burocracia, más  prescripciones externas…

No es fácil ser docente. El magnífico escritor Manuel Rivas dice en un artículo titulado “Amor y odio en las aulas”: “Mucha gente todavía considera que los maestros de hoy viven como marqueses y que se quejan de vicio, quizá por la idea de que trabajar para el Estado es una especie de bicoca perfecta Pero si a mi me dan a escoger entre una expedición “Al filo de lo imposible” y un jardín de infancia, lo tengo claro. Me voy  al Everest por el lado más duro…”.

Los padres y las madres saben muy bien lo que significa gobernar a uno, dos o tres niños. Y ellos mismos se preguntan cómo se las arreglan los profesores para  trabajar con un grupo de treinta tantas horas. He oído muchas veces, en estos últimos días del verano, decir a los padres y a las madres  con emoción incontenida:

–           ¡Qué ganas tengo de que empiece el cole!

Añádase a las dificultades expuestas que algunas familias entienden que el deber de los docentes, es hacer toda la tarea que ellas no pueden, o no saben, o no quieren hacer en las casas. Por otra parte, algunos padres y madres han perdido el rumbo y se han convertido en jueces, policías, espías y verdugos de los docentes. Hay familias que apoyan a sus vástagos cuando surgen conflictos con el profesorado.

Las vacaciones de los docentes no son como las de un banquero o las de un albañil, que dan la espalda a sus trabajos hasta la fecha de reanudación. El profesor sigue siendo profesor durante las vacaciones: lee, estudia, prepara el nuevo curso, se forma, busca materiales, se esfuerza por saber y por ser. Frente a especuladores, demagogos, mercaderes y tiranos, el docente está permanentemente del lado de la verdad, del amor y de la libertad.

Creo que los profesores y profesoras tienen ganadas a pulso sus vacaciones. Las necesitan desde un punto de vista psicológico. No son solo un derecho laboral, son un requisito indispensable para fortalecerse. Muchos las aprovechan para formarse y seguir creciendo profesionalmente. Muchos tienen en mente durante las vacaciones su actividad profesional y buscan materiales didácticos hasta en los contenedores de basura. Muchos siguen sintiéndose profesores allá donde se encuentren. Y tratan de comportarse como tales. Se es profesor durante todo el año. Durante las veinticuatro horas del día.  Deberían pagar a los profesores las horas de vacaciones como horas extra.

Hay quien piensa que los docentes tienen unas vacaciones excesivas para el trabajo que realizan. No lo veo así. Mantener el contacto con un grupo, casi siempre  numeroso de alumnos y alumnas, exige una tensión psicológica extraordinaria. Eso, en el caso de que el grupo esté integrado por escolares dispuestos al aprendizaje, dóciles y bien relacionados. Hay grupos que entrañan unas dificultades complementarias, ya que sus miembros son díscolos, desobedientes, desconsiderados y agresivos. No es fácil enseñar a quien se niega por todos los medios a aprender y a que los demás aprendan.

Basta que en una clase haya uno o dos que la quieran reventar para que las cosas resulten difíciles, por no decir imposibles. Solo aprende el que quiere aprender. Siempre me he compadecido de aquellos docentes que han tenido dificultades en hacerse con el grupo. Han sorbido sus lágrimas y se han comido su impotencia en soledad. Es muy duro ir a una clase para enseñar lo que se sabe y encontrarse no solo con la desgana y el desdén sino con la más cruda violencia. algunos docentes.

En este mismo verano me he encontrado con un amigo de la infancia cuya esposa, hace mas de cinco lustros, enfermó de esquizofrenia por las dificultades insuperables que  tenía para hacerse con la clase. Ahí sigue con su enajenación.

Los contextos actuales son adversos. Los alumnos tienen distractores potentes. La sociedad les ofrece modelos por la vía de la seducción mientras los profesores tienen que presentarles modelos por la vía de argumentación.

La tarea que realizan  los docentes y las docentes tiene una trampa escondida porque su trabajo requiere mucho tiempo además del tiempo presencial de las aulas. Los docentes tienen que preparar sus clases, corregir trabajos, reunirse de múltiples formas, actualizarse de manera constante. Nunca se ha hecho un cálculo del tiempo complementario que dedican los profesores y profesoras a su tarea fuera de la institución.

No se ha profundizado suficientemente en la importancia de la diversidad del alumnado. Conocer a cada uno, pensar en cada uno, adaptarse a las peculiaridades de cada uno, exige un enorme esfuerzo y una gran habilidad. Habilidad que debe incrementarse a medida que aumenta el número de alumnos y alumnas en el aula.

La diversidad existe en el alumnado individualmente considerado  y también en los grupos. Los profesores saben que en 1º A el grupo puede responder de forma entusiasta a la propuesta de aprendizaje que les brinda un profesor y en 1º B puede tener problemas de rechazo y de disciplina… Es el mismo profesor, con la misma actitud, de la misma asignatura… En la enseñanza no sucede que si A, entonces B, lo que sucede es que si A, entonces B, quizás…. Y en ese quizás está la clave de lo que sucede.

El profesor trabaja con “materiales” de altísima complejidad que no obedecen a leyes como aquellos con los que trabajan los profesionales de otras actividades. Los docentes trabajan con motivaciones, expectativas,  actitudes, capacidades, sentimientos, intereses… Los ladrillos, colocados de una manera determinada, responden a los mismas leyes en Badajoz que en Tarragona. Pero, una clase, no responde de la misma manera un día u otro, en un momento u otro, con un docente u otro… Quien se dedica a esta tarea sabe que un reproche estimula a un niño y el mismo reproche desanima a otro, que un elogio entusiasma a un alumno y a otro le hace reír… En cualquier profesión el mejor profesional es el que mejor manipula los materiales, en esta es el que más y mejor los libera.

Téngase en cuenta que los docentes trabajan en una institución con otros colegas. No siempre son fáciles las relaciones. No siempre es bueno el clima. No siempre son posibles los acuerdos. Algunas escuelas, lamentablemente, están gobernadas por jefes tóxicos. Todo ello genera tensión.

Son de sobra conocidos los trabajos del querido y ya fallecido profesor Esteve Zarazaga sobre el malestar docente. Hace ya muchos años escribí un largo artículo titulado “La erosión de la función docente”. En él analizaba las causas que van quebrando el entusiasmo de algunos profesionales de la enseñanza.

La demanda social es más dura cada día sobre la escuela y sus profesionales.. Todo se le exige a la escuela: educación vial, educación para la paz, para el consumo, para el medio ambiente, para la igualdad, para la imagen, para la creatividad, para los valores, para la convivencia, para la sexualidad…  Todo por el mismo o más bajo salario, todo en perores condiciones y con una formación deficiente. Las condiciones laborales de los docentes se han endurecido: más número de alumnos y alumnas, más horas, menos sueldo, más burocracia, más  prescripciones externas…

No es fácil ser docente. El magnífico escritor Manuel Rivas dice en un artículo titulado “Amor y odio en las aulas”: “Mucha gente todavía considera que los maestros de hoy viven como marqueses y que se quejan de vicio, quizá por la idea de que trabajar para el Estado es una especie de bicoca perfecta Pero si a mi me dan a escoger entre una expedición “Al filo de lo imposible” y un jardín de infancia, lo tengo claro. Me voy  al Everest por el lado más duro…”.

Los padres y las madres saben muy bien lo que significa gobernar a uno, dos o tres niños. Y ellos mismos se preguntan cómo se las arreglan los profesores para  trabajar con un grupo de treinta tantas horas. He oído muchas veces, en estos últimos días del verano, decir a los padres y a las madres  con emoción incontenida:

–           ¡Qué ganas tengo de que empiece el cole!

Añádase a las dificultades expuestas que algunas familias entienden que el deber de los docentes, es hacer toda la tarea que ellas no pueden, o no saben, o no quieren hacer en las casas. Por otra parte, algunos padres y madres han perdido el rumbo y se han convertido en jueces, policías, espías y verdugos de los docentes. Hay familias que apoyan a sus vástagos cuando surgen conflictos con el profesorado.

Las vacaciones de los docentes no son como las de un banquero o las de un albañil, que dan la espalda a sus trabajos hasta la fecha de reanudación. El profesor sigue siendo profesor durante las vacaciones: lee, estudia, prepara el nuevo curso, se forma, busca materiales, se esfuerza por saber y por ser. Frente a especuladores, demagogos, mercaderes y tiranos, el docente está permanentemente del lado de la verdad, del amor y de la libertad.

Creo que los profesores y profesoras tienen ganadas a pulso sus vacaciones. Las necesitan desde un punto de vista psicológico. No son solo un derecho laboral, son un requisito indispensable para fortalecerse. Muchos las aprovechan para formarse y seguir creciendo profesionalmente. Muchos tienen en mente durante las vacaciones su actividad profesional y buscan materiales didácticos hasta en los contenedores de basura. Muchos siguen sintiéndose profesores allá donde se encuentren. Y tratan de comportarse como tales. Se es profesor durante todo el año. Durante las veinticuatro horas del día.  Deberían pagar a los profesores las horas de vacaciones como horas extra.

La cajita de los besos

11 Jul

Acabo de apagar la radio indignado ante unas declaraciones del señor Ministro de Economía español, Cristóbal Montoro, en las que se mofaba sin ningún remilgo de cosas  (llamémoslas así, en su honor) como la empatía, el cariño, la cercanía emocional… No eran propiamente unas declaraciones, eran unos comentarios sarcásticos y despectivos al hilo de las preguntas que le hacía un periodista. Se reía (sí, sí se reía) de estas “tonterías” y alardeaba de lo que él consideraba verdaderamente importante: cifras y datos. Como si estuviera por encima de la naturaleza humana, de las necesidades de la ciudadanía de a pie.

-Oh, papá, no está vacía. Yo soplé besos dentro de la caja… todos para ti.

– ¿Empatía? A mí háblenme de cifras y de datos, dijo entre risas despectivas.

Qué pedantería, qué torpeza, qué estupidez. Como si no se pudiera vivir sin cifras. Lo que no se puede, señor Ministro, es vivir sanamente sin afectos. Las necesidades no son solo materiales. Como si esas cuestiones sentimentales afectasen solamente a los pobres seres humanos que no tienen otras cosas más importantes en las que pensar. Las personas inteligentes, los VIP, están en las cifras, están en la economía, están en el dinero. Yo no sé si a sus hijos, en lugar de darles un beso al llegar a casa, les entrega una carpeta con llamativas estadísticas sobre el fraude fiscal o sobre el recorte de las pensiones.

– Toma, hijo, algo verdaderamente importante. Empápate. Besos no, qué tontería. Empatía no, qué ridiculez.

Los niños, para estar psicológicamente sanos, señor Ministro, necesitan sentir afecto. Lo necesitan  para vivir felices, para desarrollarse adecuadamente, para poder dormir. Le explicaré  por qué digo esto.

El último día de curso nuestra hija Carla recibió la invitación de una compañera de clase para compartir la tarde y la noche con un grupo de siete amigas. Carla nos dijo, antes de irse, que se iba preocupada por si no se podía dormir ya que no íbamos a estar sus padres para darle un beso antes de dormir.

– ¿Qué hago, si vosotros no estáis allí? ¿Qué hago si pasan las horas y no me puedo dormir? Por una parte quiero ir y por esa parte no.

– Carla, no te preocupes. Vete tranquila y disfruta. Te vamos a llenar una caja de besos de papá y de mamá. Cada beso estará depositado en un pequeño trozo de papel con la letra p de papá o la m de mamá. Pones la cajita debajo de la almohada y, si ves que no te duermes, sacas un papelito y  lo pones en tu cara.

Le preguntamos al día siguiente cómo había ido la noche. Nos dijo que muy bien, que la idea de la caja había funcionado.

No sé lo que hubiera hecho el señor Cristóbal Montoro si una hija suya le plantea este problema. Quizás le habría endosado una gruesa carpeta llena de datos, advirtiéndole de que si no se dormía podía poner la carpeta con las diferentes fórmulas debajo de la almohada.

Le voy a dedicar al señor Ministro, que se burla de las emociones, como si de ridiculeces se tratara, este viejo cuento infantil, aunque es probable que no tenga tiempo que perder en estas cuestiones insignificantes, por no decir estúpidas. Ha olvidado el señor Ministro que no solo de números viven las personas, no solo de datos y de cifras. No solo de dinero.

Hace ya tiempo, un hombre castigó a su niña pequeña, de 3 años, por desperdiciar un rollo de papel de envolver dorado.

El dinero era escaso en esos días, por lo que se enfadó cuando vio a la niña envolviendo una caja para ponerla debajo del árbol de Navidad. Sin embargo, a la mañana siguiente la niña le llevó el regalo a su padre y le dijo:

– Esto es para ti, papá.

Él se sintió avergonzado por su reacción de furia del día anterior, pero volvió a explotar cuando vio que la caja estaba completamente vacía.

– ¿No sabes que cuando das un regalo a alguien se supone que debe haber algo dentro?

La pequeña miró hacia arriba con lágrimas en los ojos y dijo:

-Oh, papá, no está vacía. Yo soplé besos dentro de la caja… todos para ti.

El padre se sintió morir; abrazó tiernamente a su hija y le suplicó que lo perdonara.

Se dice que el hombre guardó esa caja cerca de su cama por años y siempre que se sentía derrumbado tomaba de la caja un beso imaginario y recordaba el amor que su niña había puesto ahí.

Cada uno de nosotros ha recibido una caja envuelta en papel dorado, llena de amor incondicional y besos de nuestros hijos, amigos, pareja, familia…. Nadie podría tener una propiedad o posesión más hermosa que ésta.

La esfera de los afectos es determinante para alcanzar la felicidad. No es una cuestión menor la educación sentimental. Pero, para llevarla a cabo, hace falta que nuestros hijos y alumnos sepan y vean que a nosotros nos importan los sentimientos y las emociones. Los suyos y los nuestros. Los nuestros-nuestros. Y los nuestros en relación a ellos.

La escuela, que siempre ha sido el reino de lo cognitivo, debería ser el reino de los afectivo. Lo explico en mi libro “Arqueología de los sentimientos en la escuela”, publicado en la Editorial Bonum de Buenos Aires y traducido al portugués en la Editorial ASA de Porto. En él reproduzco esta cita de I. Filliozat tomada de su libro “El corazón tiene sus razones”: “En el colegio se enseña historia, geografía, matemáticas, lengua, dibujo, gimnasia… Pero, ¿qué se aprende con respecto a la afectividad? Nada. Absolutamente nada sobre cómo intervenir cuando se desencadena un conflicto. Absolutamente nada sobre el duelo, el control del miedo o la expresión de la cólera”.

Y la familia, tantas veces preocupada por dejar a sus hijos en herencia conocimientos, dinero, casas, cuadros o joyas, haría bien en preocuparse por el caudal de afectos que van atesorando sus hijos e hijas en la vida cotidiana y que constituirán, sin duda, su mejor herencia.

El sarcasmo del Ministro ante el valor de esta parcela de la vida humana, me ha hecho pensar en el abandono que sufre la educción sentimental de los niños y niñas en los hogares y en las escuelas. Teniendo en cuenta que la atención a estas cuestiones no va a ser un obstáculo o un freno para realizar los aprendizajes del curriculum. Todo lo contrario. Para que haya aprendizajes significativos y relevantes –dicen las teorías constructivistas- hace falta una disposición emocional hacia el aprendizaje. Es decir, que un alumno emocionalmente sano está en mejores condiciones de aprender que el que tiene el corazón descuidado, como reza el título de un libro del profesor argentino Castro Santander.

Lo que digo para el aprendizaje, lo digo para la vida. Carla necesitaba aquel día una buena cama para dormir, pero no podía conciliar el sueño sin el afecto y la cercanía de sus padres. Despreciar la vida sentimental de las personas es de una torpeza inusitada. Podemos ser infelices siendo extraordinariamente ricos, famosos y poderosos. La felicidad de las personas no está en la cartera, está en el corazón. Si lee este artículo (ya se que tendrá otras cosas más serias e importantes a las que dedicarse), no se ría de mí, señor Ministro.

El niño que se sentó en las rodillas

4 Jul

He participado recientemente en unas actividades de formación en el CEFIRE (Centro de Formación, Innovación y Recursos Educativos) de Castellón. Estos centros, que tienen distintos nombres en el territorio español, están inspirados en los Teacher´s Center ingleses y realizan en España una interesante tarea para la mejora del desarrollo profesional de los docentes.

Y de pronto, ese día, estando en el laboratorio enseñando a sus alumnos a mirar en el microscopio algunos productos, uno de los alumnos...

Una de las actividades que realicé tenía como destinatario al grupo de asesores y asesoras del CEFIRE. Abordamos en la sesión siete perspectivas desde las que podrían comprender y mejorar la práctica de la asesoría. Las enuncio a continuación (el lector comprenderá que no tengo el espacio necesario para un mínimo desarrollo  de las mismas). Tendrían que avanzar desde la certeza a la incertidumbre, desde la simplicidad a la complejidad, desde la neutralidad al compromiso, desde la homogeneidad a la diversidad, desde el individualismo a la colegialidad, desde la queja a la transformación y desde la frialdad a la emoción. Da gusto encontrarse con equipos que funcionan como tales y que  están implicados en su trabajo y deseosos de mejorarlo cada día.

Pero  no voy a centrar este artículo de hoy en la sesión del CEFIRE sino en una conversación, breve, curiosa y para mí emocionante, que tuvo lugar desde la sala de trabajo hasta el restaurante en el que compartimos palabra y alimento en aquel tórrido mediodía de finales del pasado junio.

Uno de los asesores me contó la transformación que había vivido, el maravilloso milagro pedagógico que había experimentado  por un hecho sencillo y a la vez profundo, casual y a la vez intencionado, humilde y a la vez extraordinario. No olvidaré nunca las palabras del compañero de fatigas en plena canícula levantina. Aquella conversación fue una brisa de aire fresco que me dejó a la vez conmovido e intrigado.

Con toda la crudeza imaginable el profesor me contó que él era un profesor de Secundaria, como tantos otros, que había llegado a esa ocupación más por azar que por decidida y apasionada elaboración. Se calificó a sí mismo de mercenario hasta ese momento tan singular que enseguida describiré. Inmerso en el desafecto hacia los alumnos, instalado en prácticas rutinarias, centrado exclusivamente en la transmisión del conocimiento de su materia. Y a cobrar el sueldo.

Y de pronto, ese día, estando en el laboratorio enseñando a sus alumnos a mirar en el microscopio algunos productos, uno de los alumnos que apenas contaba 12 años, sin previo aviso, con la naturalizad y la espontaneidad que da la inocencia y la bondad, se sentó en las rodillas de ese profesor para poder mirar cómodamente en el microscopio y, al mismo tiempo, para poder preguntar y recibir de forma fácil las explicaciones necesarias. El profesor quedó tan sorprendido, tan desconcertado ante aquella súbita presencia que pronto se dio cuenta de que se había transformado todo en su interior. S en 1999o de este niño- de manera fortuita quien desde aqu                                                                    stúbitamente, se iluminó su vida. De la oscuridad de un ejercicio profesional vivido en la rutina, pasó a una esplendorosa realidad iluminaba por el sol del afecto.

El profesor sintió que aquel gesto insignificante había tocado y transformado su corazón. Vio a aquella criatura deseosa de aprender y totalmente confiada en que él estaba en condiciones y dispuesto a ayudarlo. Dio por hecho que ese regazo era un buen lugar para aprender y para preguntar. Para estar seguro.

Haré referencia a otra transformación concatenada al mismo hecho que se produjo en la vida del profesor, a quien desde aquí agradezco su confidencia. Su esposa, también docente, quien me oyó contar horas después la anécdota y me vio sorprendido porque  ella también la  conociese, me dijo:

–        Soy su esposa. Lo más llamativo de ese hecho fue que también cambió su actitud hacia los hijos. Antes se mostraba como un padre distante y frío y su actitud se transformó en la de un padre cercano, afectuoso, y apasionado por ellos.

Es curioso cómo un hecho tan irrelevante, tan minúsculo, tan anodino en apariencia, pudo contener aquella potencia emocional transformadora.  Y es que el cambio suele venir por el corazón. Aquella acción del niño, colmada de espontaneidad y de confianza, tocó el corazón de aquel profesor que, hasta ese momento, se había protegido de los afectos bajo la coraza de la acción y del pragmatismo.

Me llamó la atención el hecho del trasvase de sentimiento que se produjo en la vida del profesor. Los alumnos y las alumnas habían cobrado una nueva dimensión, pero sucedió algo similar con sus propios hijos. Digamos que su corazón, un tanto adormilado por las rutinas y las prisas, había despertado de su letargo.

No le pregunté si, en algún momento, el niño conoció la conmoción que había causado en su profesor. Imagino que le explicaría al oído con especial atención, con especial cuidado, con especial afecto (era ya otro) aquello que aparecía agrandado bajo la mirada del microscopio.

Me imagino al niño sentado en las rodillas de su profesor de biología. Es una preciosa y significativa imagen de lo que es el aprendizaje. Una comunicación enriquecedora que llega por el corazón al intelecto y que tiene camino de vuelta desde el intelecto al corazón. El niño en el regazo del profesor muestra de forma patente la esencia de la educación. Es una relación que se basa en la confianza y que, desde la cercanía emocional, alimenta un conocimiento que nos hace mejores.

Sentarse en ese lugar y dejar que el niño se siente, verse digno de esa confianza y sentirse con la confianza de que allí se está protegido contra ignorancia y el desamor, es la viva imagen del proceso de enseñanza y aprendizaje.

No sé si muchos profesores se habrán sentido alguna vez tocados por la varita mágica de la emoción. El niño que se sentó en las rodillas salvó del naufragio el viaje profesional de su profesor. Y es que los alumnos y alumnas hacen muchas cosas por sus profesores, unas de forma intencional y otras –como es el caso de este niño- de manera fortuita.. El primer libro que escribí en el lejano 1982 y que luego se reeditó en la Editorial Sarriá de Málaga en 1999, tiene este  significativo título: ”Yo te educo, tú me educas”. Es una forma de sintetizar  la esencia de la educación. Nosotros educamos a nuestros alumnos y ellos nos educan a nosotros. Solo si estamos abiertos y somos sensibles. Solo si estamos dispuestos a aprender. Otros profesores habrán servido de silla a sus alumnos, pero pocos habrán percibido ese reto, esa llamada, ese reclamo nacido de la confianza, de la espontaneidad y del afecto.  La educación es una tarea que se basa en la comunicación. Y la comunicación que salva es la que se sustenta en el amor. Creo con Emilio Lledó que esta profesión gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a quienes se enseña.

Los ninis

13 Jun

El neologismo nini,  procedente de la expresión “ni estudia ni trabaja” se escribe así, sin espacio ni guión y no necesita escribirse en cursiva o entre comillas. Equivale al acrónimo inglés NEET (not in employment,  education or training, que podría traducirse por ”ni trabaja, ni estudia ni recibe formación”). Se introdujo formalmente por primera vez en 1999 con la publicación del Informe “Bridging the gap: new opportunities for 16-18 years old not in education, amployment or training” elaborado por la Unidad de Exclusión de ese país.

Tres jóvenes se sientan cada día en el respaldo de un banco situado en una calle de un barrio obrero. Y allí filosofan y ven pasar la vida mientras consumen litros de cerveza y palmeras de chocolate.

No hay un solo tipo de ninis. Algunos (y algunas) bien podrían incorporar media docena más de conjunciones  copulativas: ni buscan, ni se agobian, ni se esfuerzan, ni se casan, ni sueñan, ni viajan, ni  tienen horizonte, ni delinquen … Serían los ninininininis. Una cosa es ser un nini que quiere serlo, que se acomoda a esa situaci nterpela sobre todo a la familia. Las familias de  la exxtenuación de nihilismo, que deja pasar los días bajo el cobijo familiar, que no espera más que las horas del desayuno, la comida, la merienda y la cena… Y otra muy distinta es ser un nini a la fuerza. Que no o trabaja porque no encuentra trabajo y no estudia porque no tiene dinero. Se desespera cada día que pasa en ese vacío vital, busca hasta el cansancio y se esfuerza por salir de su situación.

Los primeros son víctimas de la sociedad y víctimas de sí mismos, de su pereza, de su inacción, de su fatalismo… Los segundos son víctimas muy a su pesar. Porque han estudiado hasta  la extenuación para encontrarse con esa cruel inoperancia. Varias carreras, varios másteres varios idiomas… para esto.

Y, dentro de cada uno de los dos grupos, cada individuo vive de una manera particular la situación que atraviesa. Me gustaría saber cómo va evolucionando cada uno de ellos y de ellas, cómo va saliendo (si sale) de ese túnel oscuro de inactividad y de pesimismo. Me gustaría saber cómo van modificándose no solo sus situaciones personales (por ejemplo, cuando fallecen los padres) sino cambia su estado emocional (su autoconcepto, su relación con los demás, su concepción de la vida…).

He visto para Andalucía Televisión la película de Jesús Ponce “Déjate caer”. Una película honrada, sencilla y, a la vez profunda. Una película, estrenada en 2007, que pasó inadvertida para el público (no tanto para la crítica) y que he visto con verdadera delectación. Digo que la vi para Andalucía Televisión porque me invitaron a participar en una tertulia con el Director de la cinta y la estupenda actriz leonesa Isabel Ampudia, una de las actrices de la película. Fue una suerte para mí encontrarme con alguien de mi tierra después de ver la interpretación sobresaliente que hace del desgarrado personaje de Isabel.

Sin pretender encasillar a su director, creo que se le podría situar (en este y en otras de sus obras, por ejemplo en “15 días contigo”) dentro del realismo social. Jesús Ponce pone la cámara en la llaga. Construye en “Déjate caer” un drama de los que invitan a pensar.

El origen de la película está, según el Director, en que “en todas las plazas de barrio siempre hay un grupo de gente a la que se la ha pasado el arroz (…) sigue ahí a su edad dejando que la vida pase por delante (…). Son una generación indefinida, no son parados, no son trabajadores, no son estudiantes, no son delincuentes, no son gente honrada… simplemente no son”.

Me gusta ese tipo de cine. Cine para pensar. Cine que describe, analiza e interpela. Los ninis de su película pertenecen a los del primer grupo que he descrito más arriba. Tres jóvenes se sientan cada día en el respaldo de un banco situado en una calle de un barrio obrero. Y allí filosofan y ven pasar la vida mientras consumen litros de cerveza y palmeras de chocolate.

– ¿Qué haces?, le pregunta su chica a uno de esos ninis de más de  treinta años.

– Yo, nada. ¿Y tú?

– Yo nada también.

“Déjate caer” es una película con profusión de primeros planos que nos meten dentro de la situación social y, sobre todo, dentro del alma de los protagonistas, dentro de sus estados anodinos de ánimo. Es una película que no se puede construir desde los despachos o los estudios sino desde la calle. Por eso los diálogos nacen fluidamente de la vida. Están cargados, de chispa, de realismo, de  humor.

Las mujeres de la película (más listas, más consistentes, más fuertes que los varones, como suele suceder en la vida) son el eje sobre el que giran las historias y los hombres de la película.

El fenómeno de los ninis interpela de forma contundente a la sociedad. Un país cuyos jóvenes no tienen futuro, no tiene futuro. ¿Qué sociedad se puede permitir dejar sin horizonte a quienes tienen que abrir el horizonte? Los jóvenes necesitan valer para si mismos y para la sociedad. Necesitan sentirse útiles. No se les puede dejar sin futuro.

Interpela también al sistema educativo. ¿Qué respuesta da a las necesidades de estos jóvenes? ¿Cómo los ha preparado para la vida? ¿Qué herramientas les ha dado para interpretar el mundo? ¿Qué es lo que han aprendido a hacer? ¿Cómo los ha orientado para que puedan desenvolverse en el mercado laboral?

Interpela sobre todo a la familia. Las familias de los personajes de la película resultan paradigmáticas como pésimos nichos donde se cuecen estos desastres. Una madre sobreprotectora   que sigue llamando niño a  un  hijo que tiene mas de treinta años y que pasa la vida sentado en un banco y viviendo de la sopa boba que ella le prepara. Un matrimonio desentendido por completo de los problemas del hijo y cuyo padre se pasa el día viendo la televisión sin prestar la menor atención al drama de su hijo. Otro matrimonio que vive completamente ajeno al porvenir. Una madre que deja su pequeño hijo en las escaleras del edificio mientras se prostituye con su amante….

Me pregunto por el futuro de estos jóvenes que han superado la treintena sin el menor proyecto de vida, esperando atravesar cada jornada  sin la menor ambición, sin la menor pregunta, sin la menor inquietud. Me pregunto también por los hijos que podrán  tener estos jóvenes si algún día llegan a tenerlos.

Quiero hacer algunas consideraciones finales sobre la importancia del cine como instrumento de análisis, de comprensión, de denuncia, de cambio, de mejora de la sociedad. El cine nació como un espectáculo de barraca y los intelectuales mantuvieron una actitud recelosa, cuando no abiertamente despectiva hacia él. Hoy nadie discute que se trata de una herramienta poderosa para reflexionar sobre la vida, sobre la historia y sobre el ser humano. Hoy se hace imprescindible, como expliqué en mi libro “Imagen y educación”, aprender a ver cine. Para no ser manipulados, para disfrutar de sus historias y del modo de contarlas e, incluso, para poder expresarnos en sus códigos. Muy poquita gente hace cine para todos. Pero muchos siguen siendo analfabetos en este lenguaje que hoy puede considerarse el lenguaje materno. Y, como analfabetos, víctimas fáciles de la manipulación.

El test de la golosina

2 May

Así se han dado en llamar unas largas investigaciones sobre autocontrol desarrolladas en la Universidad de Stanford desde hace ahora medio siglo y así se titula el libro publicado en la Editorial Debate por el iniciador de estos trabajos, Walter Mischel.

Una vez en el “cuarto de las sorpresas”, le dicen al niño o a la niña que puede comer una galleta en ese momento pero que, si espera veinte minutos (había “demoras largas” y “demoras cortas”), podrá comerse dos. El experimentador se ausenta y el niño se queda solo delante de la galleta y con un timbre al alcance por si quiere llamar al experimentador.

Este afamado profesor e investigador universitario de Psicología, inspirador y director de los trabajos en los que han colaborado muchos colegas y numerosos alumnos, ha lanzado recientemente al mercado un pequeño fascículo de 27 páginas, como anticipo, introducción  o aperitivo de un libro de 304 páginas en el que se cuenta pormenorizadamente explicado este fascinante experimento.

Los investigadores trabajaron en los años 60 con más de quinientos escolares de 4-5 años en una  interesante investigación. Los alumnos pertenecían al Colegio de enseñanza preescolar Bing Nursery School, fundado en 1966 y asociado a la Universidad de Stanford como laboratorio para estudiar el comportamiento y el desarrollo infantil. Una vez en el “cuarto de las sorpresas”, le dicen al niño o a la niña que  puede comer una galleta en ese momento pero que, si espera veinte minutos (había “demoras largas” y “demoras cortas”), podrá comerse dos. El experimentador se ausenta y el niño se queda solo  delante de la galleta y con un timbre al alcance por si quiere llamar al experimentador.

A falta de un dulce favorito de aceptación universal, las golosinas podían variar. Los investigadores les ofrecían un amplio surtido y cada niño o niña podía elegir la que más le apeteciese.

“Amy, por ejemplo, cuenta Walter Mischel, permaneció sentada sola en la mesa mirando la golosina a la que podía echar mano inmediatamente si quería y las dos golosinas que podía conseguir si se esperaba. Cerca de aquellas tentaciones había un timbre de campanilla como los de los hoteles que ella podía hacer sonar cuando quisiera para llamar al investigador y pedirle que le diera la golosina. O podía esperar a que aquel volviera y, si no se había levantado de la silla ni empezado a comer la golosina, le diera las dos”.

Resulta emocionante leer las descripciones que hacen los investigadores sobre los comportamientos de los pequeños escolares que eran observados a través de un cristal semitransparente. Cómo dudan, cómo  acercan su mano al timbre, cómo miran, cómo actúan… Uno de ellos cogió una de las galletas, comió la masa central que tenía entre las dos partes, hizo lo mismo con la segunda y depositó luego las dos en su lugar de origen.

Antes de comenzar, los niños jugaban con el experimentador durante un tiempo hasta que se sentían cómodos con él.  Parece lógico pensar que la confianza es un factor importante que  podía favorecer o, al menos, hacer posible la espera de la satisfacción.

Un resultado llamativo del estudio fue que lo que los niños en edad preescolar hacían cuando se esforzaban por esperar y el modo de aguantar o no aguantar la demora de la recompensa servía para hacer importantes predicciones acerca de su vida futura. A lo largo de más de cincuenta años, se va estudiando la evolución de aquellos escolares, teniendo en cuenta sus logros académicos, su éxito en el trabajo y su desarrollo personal. El estudio, de naturaleza transversal, va estudiando la evolución de esos escolares: en la adolescencia,  en la juventud, en la etapa adulta.

En el primer estudio de seguimiento. Los adolescentes que  más esperaron en el test de la golosina eran considerados una década más tarde como personas que mostraban un mayor autocontrol en situaciones frustrantes, que cedían menos a las tentaciones, que se distraían menos cuando trataban de concentrarse, que eran más inteligentes, independientes y seguros de si mismos y que confiaban en sus juicios. Cuando se hallaban estresados no perdían la calma tanto como los que habían esperado menos. Y era menos probable que se mostraran nerviosos, se volvieran desorganizados o  recayeran en comportamientos inmaduros. También eran previsores  y planeaban más las cosas y, cuando estaban motivados, eran más capaces de perseguir sus metas. Asimismo eran más atentos y capaces de usar y obedecer a la razón, y era menos probable que los contratiempos los desviaran de su camino. En suma, eran lo opuesto al extendido estereotipo del adolescente problemático, difícil, al menos a los ojos y en los informes de sus padres y profesores.

De los 25 a los 30 años, los que en su edad preescolar habían podido esperar más, informaron de que eran más capaces de perseguir y alcanzar metas propuestas a largo plazo, hacían menos uso de los medicamentos peligrosos, habían alcanzado niveles educativos elevados y tenían un índice de masa corporal más bajo. También tenían mayor capacidad de resistencia y adaptación en relación con los problemas interpersonales y más aptitud para mantener relaciones estrechas.

En el libro, dice Mischel, “hablo de lo que es y de lo que no es la fuerza de voluntad, de las condiciones que la anulan y de las habilidades cognitivas, las motivaciones que la posibilitan y las consecuencias de poseerla y utilizarla”. La idea básica que impulsa estos estudios es, pues, que la  capacidad de demorar la satisfacción inmediata puede adquirirse. Es decir, que puede educarse la voluntad Esa educación exige la repetición de actos positivos, realizados a veces con esfuerzo, que acaban por convertirse en hábitos saludables.

No he tenido acceso a los estudios y, por consiguiente, no he podido comprobar su grado de validez y fiabilidad. Pero quiero dar por supuesto el rigor, dada la significación de los resultados y la difusión y enorme repercusión que ha tenido. He de suponer que respeta todas las exigencias de un trabajo científico.

A nadie se le oculta la importancia que tiene el autocontrol y la capacidad de resistencia a las numerosas tentaciones que nos tiende a cada instante la sociedad mercantil y la cultura hedonista en la que vivimos. Hay muchos jóvenes incapaces de resistirse a las invitaciones que les hacen los colegas a probar la droga. Hay muchos adolescentes que se entregan al placer inmediato, a la satisfacción súbita, a la comodidad

¿Cuántas veces nos hemos propuesto dejar de fumar, hacer ejercicio, dedicar unas horas al estudio, abandonar un mal hábito, dejar de comer algo que nos hace daño… y no hemos sido capaces de hacerlo o no hemos mantenido la decisión más que unos días? ¿Qué es lo que nos ha pasado? ¿Qué es lo que  ha fallado? Sencillamente, la fuerza de voluntad, el autocontrol.

Esa fuerza reguladora del yo no es innata, no es genética. Se puede adquirir, se puede cultivar, se puede desarrollar. Se debe. Y se consigue a través de la educación. Entendida la educación como un proceso de desarrollo integral de la personalidad y no como una simple acumulación de conocimientos.