¡Arriba el Colegio!

13 Sep

Tengo en mis manos un curioso y pequeño libro titulado “Abajo el colejio”. Así, con jota. Un libro que fue escrito en 1953 por Geoffrey Willans y que no sé por qué motivos se ha traducido al castellano en 2013, sesenta años después. El autor dejó el Colegio a los 15 años y es probable que el libro encierre un fondo de decepción y de crítica autobiográficos respecto a la experiencia escolar. No sé si sigue vivo. En caso de hacerlo, tendría ahora la friolera de 94 años, ya que nació en 1920.

Tengo en mis manos un curioso y pequeño libro titulado “Abajo el colejio”. Así, con jota. Un libro que fue escrito en 1953 por Geoffrey Willans y que no sé por qué motivos se ha traducido al castellano en 2013, sesenta años después.

El libro es una sátira que, lejos de hacer brotar en mí una sonrisa, me ha causado un poco de dolor y un mucho de desagrado. No sé si porque lo he leído sin el necesario sentido del humor, sin la perspectiva temporal adecuada o porque esperaba otra cosa muy distinta cuando lo compré.

La falta de ortografía del título no es un error, como habrá supuesto el lector. De hecho, también el título original inglés contiene su falta correspondiente: “Down with skool”. Por cierto, la traducción de Jon Bilbao me ha parecido excelente, dadas las peculiares características del texto.

El libro nos cuenta la dinámica de un curso escolar en el Colegio inglés San Custodio que solo cuenta con 62 alumnos, todos varones, en régimen de internado. Fue construido, según se dice en el texto, “por un lunático en 1836”. Todo el relato pasa por el filtro de la mirada de un peculiar alumno llamado Nigel Molesworth, un pésimo estudiante que se burla de todo y de todos y muestra los rasgos de la incultura más supina y de las actitudes más groseras. “Nigel, se dice en la contraportada, es un estudiante maléfico que suele encontrar poco tiempo para tostones como la biología o la poesía. Prefiere, sin embargo, saltarse las clases o hacer gamberradas con Peason, su mejor amigo, con quien protagoniza frecuentes expediciones interplanetarias, con Fotherington-Tomas, el tonto del grupo, o con Molesworth-2, su hermano pequeño, al que zurra en cuanto tiene ocasión”. Una joya, vamos. El personaje de Molesworth protagonizó la siguiente tetralogía del autor: Abajo el Colejio (1953), How to be Topp (1954), Whizz for Atomms (1956) y Back in the Jug Agane (1959).

Las faltas de ortografía, aunque intencionadas, dañan la vista. Estás deseando acabar el libro para terminar con la tortura. No quiero reproducir ese tipo de errores. Cuesta leer interesante, acercaban, escocés, echar, árbitro… con h; molesta ver escrito favoritos, revistas, privado, viejos… con b; irrita ver escritas en letras de imprenta las palabras desayuno con ll, director con z, ahogado sin h…

Se añade a todo este cúmulo de faltas (hay paginas con más de veinte), la ausencia de comas en las iteraciones, la deficiente construcción gramatical, la ausencia de mayúscula en los nombres propios… No puedo imaginarme a mi hija perdida en este mar de faltas y de errores. ¿Cómo puede un lector o lectora que está estudiando lengua orientarse en esta selva lingüística?

Me ha sorprendido que las ilustraciones sean de Ronald Searle y no del autor, ya que este era (o es) un buen dibujante. Se dice en su biografía que empezó a dibujar cuando tenía cinco años y fueron muy conocidas sus contribuciones gráficas. Publicó su primera tira de la serie que le haría famoso, St Trinian´s School, en la revista Lilliput. Produjo una cantidad extraordinaria de caricaturas en la década de los cincuenta para diversas publicaciones. De ahí mi sorpresa.

Lo más negativo, a mi juicio, es la visión siniestra de la escuela y de sus profesores y alumnos. He aquí algunas perlas que reflejan esta actitud:

– “Los direztores (sic) son unos tipos feroces a los que les encanta repartir azotes. Tienen colecciones de cientos y miles de bastones y baras (sic) y otras cosas con las que te persiguen asta (sic) acorralarte y luego te azotan por muy bien que te hallas (sic) portado”.
– “Pagando la mensualidad correspondiente te hacen capitán de lo que quieras”.
– “Les encanta ordenar a algún chico que le enseñe el culo y darse un gusto azotándolo”.
– “Casi todos los profesores tienen la cara como un tomate pudrido (sic) y pisoteado”

¿Por qué no me ha gustado el libro? En primer lugar porque mantiene una visión de la escuela muy negativa. San Custodio es un lugar odioso, lúgubre, triste… En segundo lugar, porque muestra a los profesores como personas sádicas, estrafalarias, anticuadas y un poco estúpidas. En tercer lugar porque muestra un desprecio por la cultura y el aprendizaje que rayan en la sordidez. En cuarto lugar, porque contiene muchas expresiones despectivas y crueles hacia los demás, sean profesores, sean alumnos e, incluso, padres y madres de los alumnos.

Ya sé que hay que situar el libro en la esfera de la literatura satírica. Ya sé que hay que situar la obra en la época y lugar que fue escrita y no en la que es leído. Ya sé que, quizás, su finalidad sea eminentemente crítica. Pero no me ha gustado.

A las puertas de un curso escolar, he querido darle la vuelta al título de esta obrapara decir con entusiasmo y alegría: ¡Arriba el Colegio!!

La escuela es la gran mezcladora social que enseña a convivir. En ella se encuentran niños y niñas, negros y blancos, payos y gitanos, ricos y pobres, listos y torpes, normales y discapacitados… Allí aprenden a cultivar su mente y a pensar, aprenden a descubrir el mundo, aprenden a buscar y amar el conocimiento…

En la próxima Feria del Libro de Guadalajara (México) se va a presentar un libro mío titulado “El Arca de Noé. La escuela salva del diluvio”. Así concibo la escuela. Como el Arca que salva de la ignorancia, de la injusticia, de la insolidaridad, de la discriminación y de la incultura.

En la escuela trabajan unos profesionales que han sido formados para esa alta y compleja misión, que aman lo que se enseñan y a los que enseñan… Unos profesionales que, maltratados por las condiciones políticas y sociales, mantienen la ilusión y el optimismo.

La escuela desarrolla un proyecto en el seno de una sociedad a la que pretende enviar unos ciudadanos responsables, libres, solidarios, inteligentes, críticos, comprometidos y optimistas… La tarea de la escuela es salvífica para los individuos y las sociedades. Permítaseme repetir el pensamiento de Herbert Wells, que considero tan cierto: “La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”.

La escuela desarrolla un curriculum que proporciona las herramientas necesarias para descubrir el mundo y para transformarlo, crea un ambiente propicio para la convivencia y desarrolla unos hábitos conducentes al desarrollo del esfuerzo, del respeto y del descubrimiento de la dignidad humana.

Al comenzar este nuevo curso quiero decir a todos los integrantes de la comunidad educativa y a todos los ciudadanos y ciudadanas en general, con plena convicción y vibrante entusiasmo, algo tan sencillo y contundente: ¡Arriba el Colegio!

El buzón de la vida

7 Jun

Me ha pasado hace pocas semanas. Después de una conferencia que pronuncié en la Universidad de Alcalá de Henares, tuve la oportunidad de hablar con una alumna mía de la Universidad Complutense a la que había dado clase hace treinta y cinco años. Me lo tuve que repetir varias veces vez para creerlo: ¡treinta y cinco años! La recordaba muy bien, como la alumna aplicada, tímida y formal que fue en aquel 2º año de la carrera de Pedagogía. Corría el año 1978. Ella es ahora una estupenda profesora en la Facultad de Educación de la Universidad de Alcalá.

Y también rememoro la experiencia porque he pensado en todas las cartas que otros han dejado o que yo he ido depositando en el buzón de la vida.

Su padre era un importante pedagogo de aquellos años, autor de libros que manejábamos con asiduidad profesores y alumnos del área de educación. Ella, hija única, tuvo una relación especial con su padre mientras vivía y ha mantenido su recuerdo muy vivo después de fallecido hace ahora, según me cuenta, diecisiete años.

En el viaje a Madrid le pregunté si recordaba que su padre había contestado a una carta que yo dirigí a mis alumnos al terminar el curso académico y en la que compartía mis ilusiones, preocupaciones, temores y sueños de profesor universitario novel. No sabía que su padre me había contestado. Me dijo también lo importante sería para ella recuperar ese escrito de su padre, ya que él se había desecho de casi todos sus escritos antes de morir. Le prometí buscar la carta y le aseguré que la encontraría porque tenía la convicción de no haberla destruido.

La busqué y, sin mucho esfuerzo, la encontré. Releí mi carta y vi plasmadas, casi con asombro, mis inquietudes de profesor joven. Y leí la carta del padre de mi alumna, que entonces se encontraba a un paso de la jubilación. Hacía interesantes reflexiones a un principiante desde la atalaya de su experiencia.

Ella me dijo que la carta le había hecho derramar muchas lágrimas de emoción, al avivar el recuerdo y el pensamiento pedagógico de su padre.

¿Por qué traigo a colación esta experiencia? Porque la relectura de la carta que escribí entonces a mis alumnos, las respuestas que estos me dieron en las suyas y la de este veterano pedagogo, me han retrotraído a aquellos años en que comenzaba mi tarea de profesor universitario Es cierto que yo había sido ya profesor de Primaria en Oviedo y profesor de Bachillerato en el Instituto de Tui (Pontevedra), pero eran mis primeros años de docencia universitaria.

Y también rememoro la experiencia porque he pensado en todas las cartas que otros han dejado o que yo he ido depositando en el buzón de la vida. Antes se escribían más cartas a través del correo postal. Hoy la comunicación ha cambiado a través de los teléfonos móviles y de internet. El correo electrónico y el whatsapp abren caminos que se recorren velozmente en las dos direcciones.

Las cartas postales, más lentas, sí, tenían otro calado, otra profundidad, otra extensión. Esta mía a los alumnos y alumnas tenía cinco páginas. Hoy los mensajes son más breves, más fugaces. La contestación del papá de mi alumna tiene tres largas páginas.

Existe en género epistolar abierto que no necesita de sellos ni de carteros. Lo he practicado muchas veces. Durante varios años tuve una sección en el periódico Escuela en la que, cada quince días, enviaba una carta abierta a un profesor interino, a un padre despistado, a un inspector de educación, a una señora de la limpieza, a un conductor de un autobús escolar, a un alumno desanimado… Esas cartas se han presentado con formato de libro (Pasión por la escuela. Cartas a la comunidad educativa) en la Editorial Homo Sapiens de Rosario (Argentina).

Me ha sorprendido verme ahora en el puesto de la vida que entonces ocupaba el padre de mi alumna. Soy yo ahora quien ha alcanzado la jubilación. Y soy yo ahora el que habla con su hija que comienza. El cuso de la vida. Un curso que a unos les destruye y a otros les salva. O, mejor dicho, un curso en el que unos se hunden y otros salen a flote.

En esta historia aparecen tres generaciones docentes. El padre de esta alumna mía, pedagogo avezado, que mantiene la ilusión por la tarea, como demostraré más adelante. El profesor joven universitario que era yo entonces y que ahora ha llegado ya a la orilla de la playa. Y la joven alumna de Pedagogía que se ha convertido en una magnífica profesora.

Me pregunto por las interacciones generacionales. En ocasiones nos ayudamos. En otras nos destruimos. Creo que este es un ejemplo de cómo es posible esta ayuda. Veamos las actitudes de apoyo que se reflejan en los textos de esta colección de cartas. Digo yo en la mía: “Debemos romper los tópicos, deshacer los malentendidos, luchar juntos contra nuestras deficiencias. Aceptando cordialmente nuestros límites. Porque –en definitiva- todos buscamos lo mismo”.

El padre de mi querida alumna me decía aquel 21 de julio de 1978: “Y ahora que has escrito a tus alumnos, a tus recién estrenados alumnos, quizás con demasiado dramatismo, y les pides que te comprendan un poco y se den un más, vuelvo a repetirte: ese es el camino. No lo abandones. Sin vino y sin rosas. Con espinoso amor, que solo te compensará si en cada momento de tu vida eres capaz de decir: lo que hago es bueno. Lo hago, por lo menos, lo mejor que sé”.

Me pregunto por lo que ha cambiado en mí. Y también por lo que ha cambiado en la educación. Me pregunto por las causas que nos hacen evolucionar y por la forma en que cada uno las afronta.

Pienso que todos estos años de trabajo han pasado en un suspiro y me han permitido aprender muchas cosas. En los libros, en la práctica, en la conversación con las personas. Afortunadamente, la realidad no me ha endurecido, no me ha hecho pesimista o escéptico. Los años me han permitido afianzar el optimismo e incrementar la esperanza. Especialmente en todo lo relacionado con la educación.

He aprendido mucho de mis alumnos y alumnas. De su esfuerzo, de su curiosidad, de sus preguntas, de su fallos. Una de las alumnas que contestaron aquella carta, decía: “Pienso que tu esfuerzo, tu dedicación, tu dar continuamente, tus heridas, son recogidas y no caen en saco roto. Mientras haya alguien que las recoja, sin duda tu esfuerzo ha merecido la pena. Y hay bastantes personas que hemos recogido tus esfuerzos y te lo agradecemos profundamente”.

Dicen muchas cosas emocionantes los alumnos y las alumnas. Yo he tenido mucha suerte, en ese sentido. Sus palabras y actitudes han puesto alas a mis deseos de volar y han insuflado entusiasmo y alegría en los momentos de duda.

Una alumna dice en una carta de aquel manojo de escritos que conservo muy vivos en la memoria y algo amarillos en el anaquel.

“¿Sabes? Al conocerte recordé una frase que había leído una vez: “al término de múltiples naufragios he recobrado el tiempo”. En tu mirada, en ti, en todo lo bello de la vida que tú representas como maestro… No cambies nunca, sé siempre tú, alguien que ha sido capaz de dar sentido a mi vida, ilusión y realidad a muchos otros… Ojalá seas feliz, muy feliz y la espuma de tu sonrisa borre para siempre, si alguna vez aparece, el dolor y la tristeza”. Ojalá.

Los dos lobos

22 Mar

¿Hacia dónde nos encaminamos como personas, como miembros de las instituciones y como ciudadanos y ciudadanas que integran la sociedad en que vivimos? No va a marcar el signo de nuestra evolución ni la suerte, ni el destino, ni el azar, ni los dioses, sino nuestra decidida voluntad de compromiso con la verdad y con el bien. Es decir que somos nosotros quienes vamos a imprimir el signo positivo o negativo de nuestra convivencia y de nuestra historia.

En ella cuenta el autor que un camarero de un bar romano le va regalando a una anciana vecina que no puede salir de casa, unas tazas de café que ha encargado y que llevan inscripciones de la ciudades más turísticas del mundo.

Puesto que somos libres, podemos ser responsables. Y es en esa responsabilidad personal y colectiva donde sitúo el quicio de nuestros exitosos o ruinosos presente y futuro. No tenemos garantizada la felicidad, ni la bondad, ni la justicia, ni la paz. Y tampoco está garantizado el desastre. Lo que tenemos es aquello que depende de nosotros mismos, de nuestro empeño, de nuestro esfuerzo, de nuestra voluntad de superación.

Expresa con claridad esta idea la historia que cuento a continuación y de la que he podido comprobar que existen múltiples versiones.

Un viejo indio estaba hablando con su nieto al calor y a la luz de la hoguera. El chico preguntó:

– Abuelo, abuelo, ¿qué es lo que sucede dentro de mí? Unas veces deseo ser bueno y otras no.

– Hijo, le dijo el abuelo, dentro de ti luchan dos lobos vigorosos. Uno de ellos siempre está malhumorado. Es malo, violento, vengativo y cruel. El otro siempre está de buen humor y está lleno de bondad, de compasión y de amor.

– Abuelo, ¿cuál de ellos ganará?, preguntó el nieto.

El abuelo se quedó pensativo unos segundos y contestó:
– El que tú alimentes.

Hermosa historia. Aleccionadora historia. Lo que en ella se plantea es válido para los individuos, para las instituciones y para las sociedades. En las personas y en los grupos se produce una permanente lucha entre el bien y el mal. Y ganará esa lucha aquella fuerza que sea cultivada a través de actitudes y de acciones de un determinado tipo. Si ayudamos a los demás, si nos mostramos compasivos y solidarios, si nos comprometemos con la causa de la igualdad, si, en definitiva, hacemos el bien, ganará esa pelea el lobo bondadoso.

Nuestra situación, personal y social, no está sometida a determinismos de diferente condición: biológico, sociológico, ideológico… No estamos condenados a ser buenos o malos. No es la herencia, no es el destino, no es el azar. Es nuestra determinación de hacer el bien y de mejorar la sociedad.

Apuntarse al fatalismo diciendo: “yo soy así”, “estamos condenados a ser así”, “nunca dejaremos de ser así”, “la vida es así”, como si nada dependiese de nosotros, es un fatal error que nos entrega al desaliento y al pesimismo. Creer, por el contrario, que las cosas están en nuestras manos, que somos nosotros quienes gobernamos nuestra vida, nos conduce a la responsabilidad y al compromiso.

Nosotros hacemos nuestra historia. Nosotros construimos el futuro. Esa historia y ese futuro serán lo que nosotros estemos dispuestos a ser. Depende a cuál de los lobos queremos alimentar. ¿Cómo se alimenta al lobo optimista que siempre está de buen humor y que está lleno de bondad, de amor y de compasión? Ese lobo se alimenta con acciones generosas, con palabras sinceras, con expectativas optimistas, con estrategias equitativas, con actitudes bondadosas.

Comportamientos heroicos, a veces, como el que cuenta Mario Vargas Llosa en su última novela “El héroe discreto”. Se trata de un ciudadano de a pie que arriesga la vida con valor y honradez para no ceder ante el chantaje. Comportamientos minúsculos, a veces, en los que mostramos hacia el prójimo el respeto y la bondad. Acabo de leer la novela “El primer café de la mañana”, escrita por Diego Galdino, propietario de un bar en el centro de Roma, como el protagonista de su novela. En ella cuenta el autor que un camarero de un bar romano le va regalando a una anciana vecina que no puede salir de casa, unas tazas de café que ha encargado y que llevan inscripciones de la ciudades más turísticas del mundo: una tacita de París, una tacita de Barcelona… La anciana va viviendo a través de las tazas experiencias y emociones inusitadas. Dice Galdino:

“- Mira dónde voy a llevarte hoy (le dice a la anciana el camarero y dueño del Bar Tiberi).
Y le tendió la tacita de Barcelona, con un cuadro de Miró.
– Gracias, cariño. ¡Son emociones un poco fuertes para mi edad. Esperemos que mi corazón aguante!, dijo sonriendo.
– Pues claro que aguantará: es una ciudad estupenda, con el aire del mar que sube por las Ramblas, el Museo Picasso, las casas de Gaudí…
– Ah, qué maravilla –dijo ella con los ojos entreabiertos- ¡y todo eso sin moverme de casa y sin el riesgo de que me roben! Gracias, Massimo, deja que te de un abrazo! Pero nada de ir a una corrida de toros, ¿eh? ¡Que eso me da repelús!”. (…).
“ – Recuerda que esto es solo el principio. ¡De hoy en adelante, ten siempre la maleta lista!

Cada día un viaje distinto. Massimo sacaba a relucir los dos o tres lugares comunes sobre la ciudad en cuestión y se echaban unas risas… Luego le llegó el turno a París. Debía ser una ciudad como cualquier otra, pero aquella vez la señora María se quedó contemplando la tacita más de lo habitual, con una sonrisa enigmática. Había algo en su mirada que llamó la atención de Massimo. Nunca la había visto tan lejana y pensativa…”.

He citado dos novelas, una con acciones heroicas, la otra con el ejercicio de hermosos detalles. Cada uno de mis lectores y yo mismo podríamos citar, de forma interminable, ejemplos maravillosos de alimentación del lobo bueno, del lobo que vencerá en la lucha contra su poderoso contrincante. Apuesto por el optimismo. Apuesto porque sabremos alimentar mejor al lobo bondadoso, que acabará imponiendo su fuerza.

Ms queridos y admirados amigos José Antonio Marina y María de la Válgoma escribieron hace algunos años un hermoso libro (yo haría obligatoria su lectura en los centros escolares) titulado La lucha por la dignidad. Los autores dicen en la introducción:

“Los seres humanos queremos ser felices. Este proyecto colosal, irremediable y vago dirige todas nuestras creaciones. Es un afán privado, pero que solo puede colmarse mancomunadamente”.

El libro nos muestra la interminable lucha del ser humano por la dignidad. Cómo, a través del tiempo, unas veces de forma individual y otras de forma colectiva, unas veces de forma heroica y otra de forma anodina, el ser humano ha ido dando pasos hacia la conquista de la dignidad. Se nos muestra cómo hemos ido alimentando en nuestro corazón y en el corazón de la sociedad a ese lobo bondadoso que pugna con su perverso contrincante.

Nunca se acabará, probablemente, esa tarea. Es nuestra responsabilidad contribuir a que el lobo de la bondad vaya fortaleciéndose y vaya imponiéndose a su enemigo. La interpelación es individual y es, a la vez, colectiva. Si cada uno responde de sí mismo habremos conseguido mejorar todos, si en cada uno de nosotros el lobo dañino pierde su fuerza porque alimentamos a su adversario, habremos encontrado el camino de la felicidad personal y de la felicidad compartida.

El sentido del humor

15 Jun

El sentido del humor es necesario para vivir de forma saludable. Pero los tiempos que corremos no invitan a la sonrisa. Andamos entristecidos y malhumorados por la crisis, por la corrupción, por los problemas, por las prisas, por el temor al futuro. Creo que, mientras más grande sea la adversidad, necesitamos más y mejor sentido del humor. ”El animal más sufriente de la tierra se vio obligado a inventar la risa”, dice Nietzsche. Una persona sin sentido del humor es como un auto sin amortiguadores: salta de dolor con cada bache del camino.

El sentido del humor es necesario para vivir de forma saludable.

El sentido del humor es el término medio entre la frivolidad, para la que casi nada tiene sentido, y la seriedad, para la que todo tiene sentido. El frívolo se ríe de todo, es insípido y molesto, y con frecuencia no se preocupa por evitar herir a otros con su humor. El serio cree que nada ni nadie deben ser objetos de burla, nunca tiene algo gracioso que decir y se incomoda si se burlan de él.

Existen, a mi juicio, diversas vertientes del humor. Haré a continuación referencia a cinco. La primera es saber reírse de uno mismo. Incluye verse con buenos ojos. Exige no maltratarse. Le oí decir hace unos días a Javier Iriondo en el IV Congreso Nacional de Apfrato celebrado en Granada, que algunos deberían acudir a la comisaría de policía a denunciarse a sí mismos por maltrato. Se agreden con crueldad. Se castigan. Se exigen más allá de los límites. No se perdonan nunca.

Carecer de humor es carecer de humildad, es estar demasiado poseído de uno mismo. Aunque no debemos exagerar la importancia del humor: una mala persona puede hacer gala de un humor exquisito, y es posible ser buena gente y carecer por completo de sentido del humor. No obstante, quien tiene humor suele ser más estimable que quien no lo posee.

Nos hemos olvidado de reír. Se diría que no hay motivo alguno para la risa. Reír y hacer reír, dos caras de la misma moneda. Es bueno reírse de uno mismo y reírse con los demás. Tomarse las cosas con filosofía querría decir tomarse las cosas con alegría.

Conocí hace muchos años a un profesor que se tomaba con filosofía las adversidades de la vida. Se llamaba Basilio. Cuando alguien le fallaba, cuando le salía mal un proyecto, cuando le sobrevenía inesperadamente un contratiempo, se decía a sí mismo:

– Chúpate esa, Basilio.

Era una forma de relativizar el problema, de aminorar el impacto del golpe, de desdramatizar las cosas. Era una forma de responder con una sonrisa a una desgracia.

La segunda vertiente del humor es saber aceptar las bromas. Quien no tiene sentido del humor no es capaz de encajarlas con buen ánimo. Ya sé que hay bromas pesadas, pero algunos no admiten ninguna, ni siquiera las que son, a todas luces, simpáticas y cariñosas. Algunos tienen tan poco sentido del humor que ni siquiera las entienden.

Un amigo argentino me ha contado una anécdota que yo no conocía sobre Benito Pérez Galdós. Al parecer le pidieron al famoso escritor de forma imprevista una conferencia para un grupo de religiosas. La fecha que le proponían dejaba poco tiempo para la preparación. Con toda la sorna que cabe en la frase, Galdós contestó:

– No me gusta hablar a tontas y a locas.

Ingenio. Eso es ingenio. La magia de la mente manejando las palabras y las ideas. Pienso que si las monjitas se sintieran agraviadas carecerían de sentido del humor.

El humor es un instrumento apropiado para promover la tolerancia y las relaciones sanas. Es un test de personalidad. Lichtemberg escribió: “Nada determina más el carácter de una persona como la broma que la ofende”.

La tercera vertiente es reírse de la vida, de lo que sucede, incluso de las cosas más graves. Se puede uno reír de la desgracia, de la muerte, de la ruina… La risa puede tener efecto terapéutico. Es lo que llamamos humor negro. Vi una furgoneta en Rosario (Argentina) de una empresa que se dedicaba a hacer derribos. El nombre de la empresa era “Bin Laden Demoliciones”. En un cementerio de Georgia hay una lápida en una tumba con esta inscripción: “Te dije que restaba enfermo”.

Reír es como cambiar los pañales del bebé: no resuelve definitivamente el problema, pero hace las cosas más agradables por un momento, asegura el refranero popular.

El humor permite ver lo que los demás no perciben, ser consciente de la relatividad de todas las cosas y revelar con una lógica sutil lo serio de lo tonto y lo tonto de lo serio. A veces el mejor consejo es el que proviene de un chiste y no de una formulación teórica.

En el estupendo libro “El sentido del humor”, de A. Ziv, leí que unos veteranos de guerra habían acudido al cementerio para honrar a sus compañeros fallecidos. Eran tan viejos que uno le dijo a oro:

– Y a ti, con la edad que tienes, ¿te merece volver a casa?

La cuarta vertiente es reírse con los demás. El humor es una virtud social: podemos estar tristes en soledad, pero para reírnos necesitamos la presencia de otras personas. No sé dónde he leído que el humor es una forma de bondad.

La risa aparece como la distancia más corta entre dos personas. No es un mal comienzo para la amistad ni para el amor. “Me enamoré de él porque me hacía reír”, le oí decir a una amiga. No es tampoco un mal recurso para aceptar, o retrasar, la propia muerte y la de los demás..

El humor es una demostración de grandeza que pareciera decir que, en última instancia, todo es absurdo y que lo mejor es reír, como hizo aquel condenado a muerte que iba hacia la horca un lunes y exclamó: “Mal empiezo la semana!”. El humor es una afirmación de dignidad, una declaración de superioridad del ser humano sobre lo que acontece.

La quinta vertiente es hacer reír, provocar la risa. No es tarea fácil. Algunos se consideran graciosos y no son más que auténticos pelmas. Creo que los articulistas son demasiado serios. Y los profesores. Y los políticos. No hay humor en la prensa, ni en las aulas, ni en el hemiciclo.

Escribe Comte-Sponville: “Se puede bromear acerca de todo: el fracaso, la muerte, la guerra, el amor, la enfermedad, la tortura. Lo importante es que la risa agregue algo de alegría, algo de dulzura o de ligereza a la miseria del mundo, y no más odio, sufrimiento o desprecio”.

Me gustan las personas que, a medida que pasan los años, mantienen y aumentan el optimismo, la visión risueña de la vida. Me gustan las personas como el escritor francés Edmond Rostand que, el día de su ochenta aniversario, se miró al espejo y dijo:

– Desde luego, los espejos ya no son lo que eran.

¿Tiene límites el humor? Hay una delgada línea divisoria entre la posibilidad de “reírse de” y la de “reírse con”. Chaplin ponía como condición de posibilidad del humor la necesidad de que el chiste estuviera a favor del débil y no del fuerte.

Las virtudes de reír y hacer reír no siempre van juntas. El Corán dice que quien hace reír al prójimo merece el paraíso, pero nada dice sobre el que saben reír. Conozco gente poco hábil para hacer reír, cuya risa es deliciosamente oportuna y contagiosa. También, a mi juicio, ellos merecen el paraíso.

Apasionarse por la vida

1 Dic

He participado recientemente en un Ciclo de Conferencias organizado por el Centro de Formaçao e Inovaçao dos Professionais de Educaçao (CENFIPE) de las Escuelas de Alto Lima y Paredes de Coura (Portugal). Me desplacé para ello a la hermosa ciudad portuguesa de Ponte de Barca, situada a unos cien kilómetros al norte de Oporto. Más de doscientos profesores participaban en las sesiones, evidenciando un intenso compromiso con su profesión y con la escuela pública. A pesar de ser un sábado lluvioso de otoño, el Salón estaba lleno a rebosar.

La última conferencia corrió a cargo de José Bento Carlos de Amaral, un Ingeniero de Alimentación de 41 años, que subió al escenario en una silla de ruedas.

Asistí con interés a las cuatro conferencias que siguieron a la mía. La última corrió a cargo de José Bento Carlos de Amaral, un Ingeniero de Alimentación de 41 años, que subió al escenario en una silla de ruedas. Muchos de los profesores y profesoras asistentes, al parecer, le conocían ya que su historia ha adquirido una importante notoriedad en Portugal en los últimos años.

Subió, como digo, al escenario y en una breve e intensa intervención nos contó que, cuando tenía 25 años, un hermoso día de playa, fue arrastrado por una ola que le golpeó contra un banco de arena. Aquel fatídico golpe le mantuvo siete meses en un Hospital del que salió en una silla de ruedas, convertido en parapléjico para toda la vida.

De forma serena y emotiva nos contó cómo al principio pensó que su vida había concluido y que todo lo que viniera después no podría tener el menor interés. Todos los sueños se habían roto en mil pedazos en un abrir y cerrar de ojos. Aquella ola se había llevado por delante todas sus ilusiones.

Nos dijo a los asistentes que, poco después, pensó: “Hay mucha gente que sufre más que yo. El mundo continúa y por eso depende de mí lo que voy a conseguir hacer. Ese fue un clic importante porque me dio fuerzas desde el comienzo”.

Su reacción ha sido formidable. Terminó sus estudios de Ingeniero de Alimentos, impartió cursos en maestrías y postgrados, viajó a Burdeos y se especializó en la cata de vinos. Ahora es “Chefe da Camara dos Provadores do Instituto dos Vinhos do Douro e do Porto”.

Contra todos los pronósticos iniciales y gracias a un esfuerzo sostenido, ha recuperado mucha movilidad de los brazos y de las manos. Hoy tiene una notable amplitud de movimientos y una precisión fina que le permite pasar las páginas de los libros, comer solo o mantener las copas altas para la cata de vinos.

Ha mantenido su actividad física, ya que era un apasionado del deporte. Gracias a ese prolongado esfuerzo, ha conseguido ser campeón de ski asistido en los juegos paralímpicos y campeón del mundo de vela adaptada. Logros de los que habla con una tranquilidad y una sencillez admirables.

Resultó impresionante para mí ver a aquel hombre de 41 años explicar la tragedia en términos tan sencillos, tan cercanos y tan positivos. Me impresionó su gran profundidad, su enorme sensibilidad y su libertad que parece contradecirse con su incapacidad motora.

Bento Amaral se casó en el 2007 con Carmo, una mujer que quedó deslumbrada por el hombre más libre, más entero y más alegre que dice haber conocido nunca. La fuerza del amor y de la familia han sido pilares fundamentales en la vida de este hombre simpático y admirable.

Qué hermosa y contundente lección. Él nos habló con su vida, con su capacidad de superación, con su evidente alegría. Demostrando una vez más que lo más importante no es lo que nos sucede sino la forma en que lo afrontamos. Son dos cosas muy distintas: una cosa es lo que pasa y otra muy diferente cómo reaccionamos ante eso que nos pasa. El mismo hecho (una enfermedad, un accidente, una muerte, una ruptura amorosa, la pérdida de un puesto trabajo…) a unos los destruye y a otros les hace reaccionar con energía esperanza y optimismo.

Mientras nos hablaba Bento Amaral pensaba yo en tantas personas que son destruidas por la menor adversidad, en tanta gente que vive amargada ante cualquier contrariedad. Él nos mostró cómo y por qué se sentía apasionado por la vida. Otros, con una situación mínimamente adversa, se hunden en el desaliento y en la desesperación.

Nada hay más importante que saber reaccionar ante las adversidades. Porque éstas existen en la vida. Resulta decisivo saber afrontarlas sin que nos destruyan, sin que acaben con la felicidad

Los elementos clave de su recuperación, a mi juicio, son dos: optimismo y voluntad. Dos actitudes ante nosotros mismos y ante la vida que, siendo tan necesarias, hoy escasean.

El optimismo es una cualidad que nos hace afrontar la realidad de forma positiva. Y en esa realidad estamos nosotros mismos. Pensar que no es posible superarse es renunciar de antemano a la superación. Ahora bien, para que esa superación se produzca no hace falta solo creer que es posible. Es necesario trabajar con perseverancia y esfuerzo. Es decir, voluntad.

Optimismo y voluntad son cualidades que se desarrollan o se destruyen. Son actitudes ante la vida que se pueden potenciar o hacer desaparecer. Por eso tienen que ver con la educación. Y la educación se sustenta en el ejemplo y se desarrolla a través del pensamiento y de la acción. Por eso es necesario (en la familia, en la escuela y en la sociedad) alentar el optimismo y ejercitar la voluntad. Esas actitudes no son fruto del azar o de la suerte sino conquistas humanas, asentadas en la reflexión y en el esfuerzo.

Admirable lección la de Bento Amaral que, desde aquella silla de ruedas, iluminó nuestras mentes y nuestros corazones con su palabra, con maravillosas imágenes, con su ejemplo y con su sonrisa. Delante de nosotros estaba un hombre que había sabido remontar la adversidad y que había corrido hacia la felicidad superando la deficiencia motórica. Un apasionado de la vida.