La casa de los mil espejos

25 Jul

Esta mañana he hablado en la cafetería de la Facultad con una amigas y ex alumna que se ha presentado a las oposiciones de magisterio de Primaria en Málaga. Estaba defraudada por no haber tenido éxito, máxime teniendo en cuenta que  en su tribunal había una sola plaza y ella había quedado en quinto lugar.  ¡Por cuatro puestos!

El perro está muy feliz ese día y comienza a dar saltos de alegría. Ve con agrado que mil perros a su alrededor dan saltos de alegría como él.

Me duelen tantos jóvenes en busca de un trabajo coherente con la formación recibida. Y toda la frustración que genera el fracaso en intentos que han supuesto muchas horas de esfuerzo y mucho dinero en la preparación realizada en academias de diferente pelaje.

No me gusta el actual sistema de selección del profesorado. Hace unos años dirigí una tesis doctoral sobre este asunto y pude comprobar que no hubo ni una sola opinión favorable de los numerosos informantes seleccionados sobre el sistema de selección del profesorado de Primaria: inspectores, opositores, miembros de tribunales, profesores de academia, tutores, teóricos, políticos… El sistema es malo cuando se hace bien y es desastroso cuando, se desarrolla defectuosamente. Mi  amiga me contaba esta mañana que el presidente del tribunal estuvo hablando por teléfono todo el tiempo que duró su examen oral. Sin tener en cuenta lo mucho que ella se jugaba en esa prueba. Cuando el zorro persigue a  la liebre, el zorro se juega la cena y la liebre se juega la vida.

¿Cómo es posible seleccionar a los mejores con un sistema centrado principalmente en los saberes, muy poco en las destrezas y nada en la forma de ser, de sentir y de pensar? Para una tarea tan importante como es la educación habría que elegir a las mejores personas, a los mejores profesionales de un país. Recuerdo con frecuencia el pensamiento de Herbert Wells: “La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”. No puede seguir vigente ese deplorable estado de opinión que viene a decir que quien no vale para otra cosa vale para ser docente. Lo decía Bernard Shaw con su peculiar ingenio: “El que sabe, hace y, el que no sabe, enseña”.

Imagino la enorme alegría que sentiría mi amiga y ex alumna de haber obtenido esa plaza a la que concursaba. Me imagino cómo comenzaría el próximo curso al hacerse cargo de un grupo de alumnos y de alumnas de Primaria de la escuela pública. Pienso en ella como si  estuviese entrando  en el Paraíso: un trabajo que le gusta, una tarea para la que se ha preparado durante muchos años, el contacto con los niños y las niñas, un quehacer ilusionante, un sueldo módico pero seguro para toda la vida… Imagino también a otros docentes que, después de las vacaciones, se verán abocados a iniciar el nuevo curso con pesadumbre y dolor. Docentes que lo harán como si fuesen a cumplir condena.  Hay quien va los lunes hacia la escuela como iba aquel condenado a muerte un lunes camino del patíbulo, diciendo: mal empiezo la semana. ¿Por qué esta notable diferencia? Sin duda, no por la naturaleza de la tarea ni por las condiciones de la misma sino por la actitud con la que llegan a ella los distintos actores, por el ánimo con el que afrontan ella actividad educativa.

Me preocupa mucho el desafecto que veo en algunos y algunas docentes sobre la tarea que realizan. Y pienso en la enorme ilusión que personas como esta candidata vería colmada de poder tener un puesto de trabajo en la escuela pública, una escuela que ella ama y defiende con especial pasión. Me imagino también lo felices que podrían ser con ella sus alumnos y alumnas.

Leí hace años, no sé donde, una historia que ejemplifica muy bien lo que quiero decir.  Cuenta esa historia que en las afueran de una ciudad había una casa abandonada en la que se conservaba una sala ovalada que tenía mil espejos Un perro vagabundo que transita por la zona, atraviesa un agujero de la puerta de esa casa, sube unsa escaleras medio desvencijadas y llega a la sala de los mil espejos. El perro está muy feliz ese día y comienza a dar saltos de alegría. Ve con agrado que mil perros a su alrededor dan saltos de alegría como él. Y piensa:

–       ¡Qué lugar tan hermoso!

Comienza a mover el rabo de manera festiva y ve que mil perros mueven el rabo de la misma forma, saludándole. Se congratula por la maravilla de aquel lugar. Piensa  pasar en ese sitio maravilloso do el tiempo que pueda. Es alegre y divertido.

Horas después pasa por delante de la puerta otro perro vagabundo.  Entra por el mismo agujero de la puerta y sube, por la misma escalera, a la sala de los mil espejos. Este segundo perro ese día está rabioso, enfurecido, malhumorado. Saca los colmillos de manera violenta y ve con horror que mil perros le muestran a él los colmillos. Se asusta mientras piensa:

–       ¡Qué lugar más horrible!

Comienza a ladrar de manera furiosa y ve que mil perros le ladran a él de la misma manera. Decide irse de forma rápida y no volver a pisar por allí.

Era la misma casa, la misma puerta, la misma escalera, la misma sala, el mismo día… Pero su actitud era diferente. Y esa actitud de partida se vio multiplicada por mil.

Me pregunto muchas veces si no será la escuela para los docentes la casa de los mil espejos. La casa que devuelve multiplicada por mil la actitud con la que cada uno llega a ella todos lo días.

Se puede comprobar fácilmente. Separados por un tabique que apenas tiene veinte centímetros, con las mismas circunstancias, los mismos jefes, los mismos alumnos, las mismas familias… está de un lado un profesor entusiasmado que es feliz y que hace felices a los niños  y a las niñas con quienes trabaja y del otro un colega amargado que hace desdichados a todos quienes mira y habla.

Claro que influyen las circunstancias, las condiciones del trabajo, el equipo, el tipo de director, la postura del alumnado, las exigencias del trabajo, la buena o mala participación de las familias… Pero, en definitiva, lo que cuenta es la actitud con la que se afrontan. Porque las dificultades para algunos son retos y estímulos. Para otros son lacras insuperables.

La actitud que parte de los motivos que han llevado a ejercer esta profesión. Hay motivos educativamente pobres y motivos educativamente ricos. Una cosa es decidir ser docente porque de algo hay que comer y otra  ser atraído por una actividad apasionante que da sentido a la vida de los individuos y pone las bases de una sociedad más justa. La actitud parte de una disposición emocional apositiva hacia la tare y hacia las personas con quienes se comparte y a las que se destina. Esta profesión tiene autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a quienes se enseña, dice Emilio Lledó.

No abogo por una postura conformista, resignada, pasiva y pesimista ante las condiciones del trabajo docente. Creo que hay que luchar para exigir mejores condiciones laborales para los docentes. Con valentía, con perseverancia, con optimismo y con ilusión. Hago una llamada aquí a la importancia de la actitud con la que se hace frente a las exigencias del trabajo. Un trabajo, en este caso, que haría feliz a mi amiga y ex alumna y que, lamentablemente, a otros que van cada día a las aulas, les llena de  amargura y decepción.

El eco de la montaña

14 Mar

Me preocupa mucho el desarrollo profesional de los profesores y de las profesoras. El comienzo, el desarrollo y la jubilación pueden ser motivo de alegría o de desesperación. Algunos disfrutan hasta la saciedad y otros sufren lo indecible. Es curioso y, a la vez, inquietante. Hay mucha diferencia entre vivir feliz y vivir amargado. La diferencia esencial.

La montaña es como la escuela. Ella devuelve a los profesores lo que los profesores le dan. A quien dice cada día cada día amargura le devuelve su amargura. A quien dice cada día felicidad le devuelve repetidamente felicidad.

¿De qué depende? Porque llama la atención que con las mismas o parecidas condiciones, el mismo Ministro, el mismo Consejero, el mismo Inspector, el mismo Director, los mismos compañeros y parecidos alumnos, haya un profesor feliz que hace felices a quienes mira y otro desgraciado que contagia tristeza a quienes le conocen.

Hay quien comienza por motivos pedagógicamente pobres y quien empieza por motivos ¡pedagógicamente ricos.  Ese hecho condiciona el ejercicio profesional. Quien se hace docente solo porque es un modo de ganar dinero para sobrevivir, es difícil que pueda disfrutar con lo que hace. Quien decide ser profesor porque con su trabajo puede ganar la vida de los demás, es probable que  se sienta feliz con lo que hace. Claro que se puede empezar por motivos miserables y luego enriquecerlos y, a la inversa, se puede comenzar por motivos nobles y acabar degradándolos.

Y luego viene el ejercicio profesional, que puede tener dificultades, contratiempos y fracasos. Pero la actitud con la que se afronta es fundamental para la vivencia feliz o desgraciada. No es igual ir al lugar de trabajo como quien va a una fiesta que ir como aquel condenado a muerte iba un lunes camino del patíbulo diciendo: mal empiezo la semana.

Cuando llega la jubilación, unos se lamentan de que haya pasado el tiempo tan rápido y otros maldicen el interminable camino que han tenido que recorrer. Unos querrían seguir y otros piden a gritos la jubilación anticipada.

Ejemplificaré esta doble actitud con un cuento de Cristina Gutiérrez Lestón que he leído en su libro “Entrénalo para la vida”.  Ella dice que los cuentos se explican para que los niños se duerman y para que los adultos despierten. El cuento dice así, de forma resumida.

Una madre salió de excursión con su hija Emma (diez años) y con su hijo Pablo (doce). Fueron a Santa Fe de Montseny. Emma iba muy contenta. Las actividades familiares le encantaban y más aun en la naturaleza, donde podía dejar volar su imaginación y convertirse en una exploradora intrépida. Pablo, en cambio, estaba enfadado. Este era un estado cada vez más habitual en él. La mamá y la hermana oyeron sus quejas durante todo el trayecto en coche.

Empezaron a caminar por aquel paisaje con los árboles rebosantes de hojas verdes y todo lleno de flores. Llegaron a un lago que estaba rodeado por unas montañas imponentes. Pablo vio un movimiento extraño en el agua  y se acercó a mirar pero el agua estaba tan oscura que no pudo ver nada. En aquel instante buscó a su madre y la vio muy lejos, a punto de desparecer por un recodo del camino. Emma a su lado. Giró y empezó a correr hacia ellas, enfadado porque no le esperaban. Estaba tan ofuscado que no vio una piedra que le hizo caer y darse un buen trompazo. Gritó enfurecido:

– ¡Te odio, te odio!

Su ira fue en aumento al ver que estaba solo, que su madre y su hermana habían desaparecido y que, además, la montaña le decía con eco que le odiaba. Se levantó y con una fuerza que le salió del estómago bramó:

–       ¡Todo es una mierda!

Y al momento la montaña contestó impertérrita para desesperación de Pablo:

– ¡ Mierda, mierda!

Pablo empezó a llorar. Se sentía solo, como en muchos momentos.  Debido a la caída tenía rasguños en las manos y en las rodillas, así que se acercó al agua para limpiarse. En ese momento se oyó un ruido. Se asustó un poco, pero cuando vio que provenía de un pequeño pajarito de color rojizo se le acercó y le dijo:

– La montaña es como la vida, ella te devuelve lo que tú le das.

Pablo sabía que los pájaros no hablaban, así que no podía creerse lo que acababa de pasar. Pero el pájaro rojizo seguía allí, observándolo fijamente y el niño lo miraba  con la boca y los ojos abiertos como platos.

Entonces oyó de nuevo el eco de la montaña.  La montaña decía:

– ¡Te quiero, te quiero!

Pablo miró hacia la curva del camino. Su madre y su hermana estaban ahí gritando tan fuerte como `podían:

– ¡Te quiero, te quiero!

Y la montaña no se cansaba de repetir aquel mensaje. Se levantó y corrió como nunca había hecho antes, para ir a abrazar a su madre y a su hermana.

Hasta aquí la historia, reproducida con cierta libertad Y ahora la evidente moraleja. La montaña es como la escuela. Ella devuelve a los profesores lo que los profesores le dan. A quien dice cada día cada día amargura le devuelve su amargura. A quien dice cada día felicidad le devuelve repetidamente felicidad.

Por eso me parece tan importante preguntarnos por lo que llevamos cada día a la escuela. ¿Llevamos ilusión, optimismo, esfuerzo, esperanza, compromiso? Pues la escuela nos los devolverá multiplicados. ¿Llevamos desilusión, pesimismo, pereza, desesperanza y desinterés? Pues la escuela responderá como la montaña: multiplicando el eco de nuestras actitudes.

No depende tanto la felicidad de las circunstancias. Porque ya se ve que, con las mismas condiciones, las vivencias de los docentes son diametralmente opuestas. Diré más: las dificultades espolean a los buenos profesionales y hunden a los malos. Si en un país aparece una inesperada epidemia, los buenos médicos se sentirán invitados a trabajar más, a investigar, a esforzarse para superar la crisis. Los malos médicos dirán que ellos quieren trabajar solo con los sanos, que eso no lo estudiaron en la Facultad y que bastante hacen para lo que les pagan.

Se produce un fenómeno curioso: quienes más trabajan, quienes más concienzudamente se esfuerzan, quienes más se comprometen, suele piensan, dicen y hacen “pudiendo no hacer nada, ¿por qué vamos a hacer algo?”, suelen estar decepcionados y amargados.

¿Qué sucede cuando llega el momento de la jubilación. Algunos se vuelven hacia atrás y ven un reguero de dolor, una estela de frustraciones. Otros ven con nostalgia el recuerdo de muchos momentos felices.  Unos lamentan que llegue tan tarde la hora de abandonar el suplicio. Otros lamentan tener que dejar tan pronto una tarea llena de ilusión. Me emociona recibir, después de alguna conferencia o algún curso, la confidencia de algunos asistentes más que veteranos:

– Me jubilé hace dos años, pero mantengo la ilusión de  seguir aprendiendo.

En uno de los  libros titulados Vidas Maestras, que escribían los docentes en la anterior legislatura cántabra, a instancias de la Consejera socialista de Educación Rosa Eva Díaz Tezanos, una maestra que se jubilaba escribió: ¡Ojalá que los jóvenes maestros que empiezan lo hagan con la mitad de la ilusión con la que yo termino!”. Qué suerte ser así. Qué suerte para sus alumnos y alumnas tener una profesora así.

La Libreta de los sentimientos

21 Feb

Hace ya muchos años (en 1978, para ser exactos), Alexander Neill,  fundador de la escuela inglesa de Summerhill, que tuve la suerte de visitar en dos ocasiones, escribió un libro titulado “Corazones, no solo cabezas en la escuela”. Neill sostenía, en la teoría y en la práctica, que la finalidad de la escuela era alcanzar la felicidad. Sus tesis tienen hoy, a mi juicio,  una renovada vigencia.

Tuve en mis manos esa Libreta que es como una caja de sentimientos en la que los niños meten sus preocupaciones, demandas, angustias, conflictos y temores. Quien ha escrito algo en la Libreta sale al frente de la clase y explica qué es lo que siente, lo que necesita o lo que ofrece.

La escuela ha sido siempre el reino de lo cognitivo, pero creo que debe ser también el reino de lo afectivo. No solo porque la esfera de los sentimientos nos acerca o aleja de la felicidad sino porque para aprender es necesaria una disposición emocional favorable al aprendizaje.

He visitado hace unos días el Colegio público Pare Català de Valencia.  Me habían invitado a impartir una conferencia con el título “Arqueología de los sentimientos en la escuela”. Es el título de un pequeño libro mío publicado en Buenos Aires y traducido posteriormente al portugués. La orientadora del centro, María José Bataller,  tuvo la amabilidad de brindarme una hermosa experiencia en una aula de 6º de Primaria (11-12 años para quien me lee fuera de España).  Asistí a una asamblea en la que los niños/niñas (19 esa mañana), con las mesas puestas en círculo y bajo la guía de la tutora del grupo y de la orientadora, iban a trabajar sobre la ”Libreta de los sentimientos” que abrieron al comenzar el curso.

Tuve en mis manos esa Libreta que es como una caja de sentimientos en la que los niños meten sus preocupaciones, demandas, angustias,  conflictos y temores.  Quien ha escrito algo en la Libreta sale al frente de la clase y explica qué es lo que siente, lo que necesita o lo que ofrece.

En esa mañana un niño contó que, después de su demanda de ayuda porque se sentía solo, había recibido el apoyo de varios compañeros y compañeras de la clase. Alguien le había llamado para salir, alguien le había acompañado a casa,  alguien había jugado con él en el patio… Manifestó que se encontraba bien y que daba las gracias a quienes le habían ayudado.

Una niña  manifestó su sentimiento de dolor porque cuando iba hacia la casa con dos compañeros, tenía que separarse de ellos ya que uno no quería que ella escuchase lo que le iba a decir al otro. Se sentía excluida. La orientadora preguntó si se imaginaban cómo se sentía su compañera. Varios opinaron al respecto.  Y luego preguntó por la soluciones. Se sucedieron las propuestas:

–            Que le cuente esos secretos a su amigo en otro momento para que ella no se sienta mal…

–            Que comparta los secretos con ella pidiéndole que no los cuente a otras personas…

–            Que hablen de cosas que les interesen a los tres…

El niño dijo que lo hacía porque no sabía que a ella le molestaba y que, sabiendo lo que le sucedía a su compañera, dejaría de hacerlo.

En ese pequeño laboratorio se iban trabajando los sentimientos en las probetas de los corazones  y allí se modificaban al calor de comunicación y de la bondad.

Las manos se levantaban mientras iba llegando el turno de cada uno. Hablaban con una espontaneidad admirable. Respetaban con rigor el turno de palabra. Manifestaban lo que les preocupaba y lo que les hacía sentir infelices. Y entre todos buscaban las soluciones a los problemas sentimentales.

Después de trabajar sobre los contenidos de la Libreta, me enseñaron la Caja de las felicitaciones. Por la pequeña ranura de la parte superior habían ido introduciendo aquellas felicitaciones que deseaban formular: a toda la clase, a algún compañero o compañera, a la tutora…

Les hablé al final de la importancia de aquello que hacían en las asambleas y de aquello que escribían en la Libreta de los sentimientos. Les dije que era muy importante saber vivir felizmente y que eso dependía mucho de su vida sentimental. Les recordé que si uno se sentía mal era difícil que todos pudieran estar felices. Les agradecí que me hubieran permitido compartir todas aquellas emociones siendo yo un desconocido y les felicité por su sinceridad y por su valentía. Les insté, posteriormente, a que aprendiesen a conjugar emocionalmente estos cinco verbos:

Pedir:  ser capaces de solicitar la ayuda, el amor, la compañía, la compasión, el apoyo que necesitasen.  Hay quien no sabe pedir. Porque tiene miedo a que no le den, porque cree que no merece nada…

Dar: hay quien no es capaz de tener en cuenta a los otros, de responder a sus necesidades y demandas. No da porque tiene miedo a que le pidan a él y tenga que ser generoso.

Recibir:  es un apena que haya personas que no se atreven a recibir afecto, que se protegen de cualquier entrega, que consideran que ellas no se merece nada.

Rechazar: es preciso aprender a rechazar una petición cuando se quiere hacer así. Hay personas que no saben decir que no porque temen perder el  afecto de los demás.

Encajar:  cuando alguien nos dice que no, debemos ser capaces de encajar la negativa sin destruirnos. No es cierto que nos hayan dicho que no porque nos lo merezcamos sino porque no son  generosos.

Me despedí de ellos con un cuento que invita a ver las cosas, la vida, la gente y a sí mismos con optimismo. Se titula “Todo es para bien”. Ellos y ellas escuchaban absortos, como escuchan los niños y las niñas los cuentos.

La orientadora me informó sobre el origen de la experiencia. Un vídeo que se encuentra en You tube y al que remito a mis lectores y lectoras. Se titula “Pensando en los demás. Pedagogía para la vida”. Se trata de una experiencia realizada en un curso de 4º de Primaria, en la escuela pública Minami Kodatsuno. El documento ha sido, al parecer, repetidamente premiado. La verdad es que es muy hermoso.

El maestro Toshiro Kanamori, al que ya conocen los niños y las niñas del curso anterior,  pregunta al empezar el curso en el mes abril de 2002.

–                    ¿Qué será lo más importante de este curso?

Y los niños contestan a coro:

–                    ¡Ser felices!

–                    ¿Para qué estamos aquí?, insiste el maestro

–                    ¡Para ser felices!, dicen los niños como si se tratase de una lección bien aprendida.

El maestro, a quien ya conocen los alumnos del curso anterior,  les dice: puesto que solo tenemos una vida, debemos que vivirla con alegría. Cada día tres alumnos leen sus cartas en las que expresan los sentimientos que les invaden. Comienza un chico contando el dolor que le ha producido la muerte de su abuela. Otros se unen compartiendo sus sentimientos ante situaciones semejantes que han vivido.

Alguien podrá pensar que estas actividades constituyen una pérdida de tiempo. No  lo considero así.   Porque  se gana el tiempo cuando se aprende que solo podemos ser felices juntos, que nadie puede ser feliz cuando otros están tristes. Se gana el tiempo cuando se busca el camino de la felicidad.

Alguien pensará que esta búsqueda de la felicidad es contraria a la dureza de la vida, al sacrificio que exige el aprendizaje. Pues no. Porque, siendo necesario el sacrificio y el esfuerzo, es más lógico y más fácil hacerlo cuando tiene un sentido.  ¿Hay algo más importante que aprender a ser felices?

La escuela rural de Olba

7 Feb

La escuela rural es invisible. Basta comprobar lo poquito que se habla de ella, lo poquito que se la tiene en cuenta, el poquito ruido que hace. Como es invisible parece que no existe. Como es pública, parece que no vale. Y, como es invisible y pública , no hay nada que hacer por ella. Cuando se promulgan las leyes sobre educación apenas si se piensa en la escuela rural. Cuando se estudia la organización escolar, ocupa un lugar insignificante. Cuando se forma a los futuros maestros y maestras, aunque muchos van a pasar por esa modalidad de escuela, apenas si se dedica tiempo a sus peculiaridades y exigencias. Sin embargo, es importante que la tengamos en cuenta, que la conozcamos, que la queramos y que la apoyemos.

La escuela rural de Olba tiene un Huerto Ecológico que ha recibido hace poco un premio nacional.

Hace ya algunos años escribí un artículo titulado “Mi querida escuela rural”. Lo escribí porque que en dos comunidades autónomas españolas existía, una especie de plan de exterminio de las escuelas rurales. Afortunadamente se paralizó gracias a la oposición de AMPAS, sindicatos y profesores…  Aunque las Consejerías manejaban argumentos sobre las carencias y limitaciones de las escuelas rurales,  todos sabíamos que detrás solo había criterios económicos Digo querida en el título porque ese fue el tipo de escuela en el que hice mis primeros aprendizajes. Fui a la escuela para niños (las niñas iban a otra escuela) y en ella di mis primeros pasos en el camino del aprendizaje. Cuando ahora paso por delante de los edificios, me asalta una enorme emoción. Querida también porque creo que es la institución que le abre el horizonte en mi país a los niños y a las niñas de las pequeñas localidades.

Cuando se elimina la escuela de un pueblo se extiende el certificado de defunción del mismo. Un pueblo sin escuela está condenado a muerte.  Si desaparecen los niños y las niñas de un pueblo, con ellos se va el futuro.

He visitado hace unos días la escuela de Olba, un pequeño pueblo  situado en la comarca Gúdar-Javalambre, en la provincia de Teruel. Una escuela con 26 niños y niñas  y con  dos aulas multigrado, guiadas amorosa y sabiamente por las maestras Delfi Ruiz y Rosa Pérez. Pasé una mañana con los niños y las niñas, espontáneos y afectuosos. Cuentos, canciones, trucos de magia (todo es magia para los peques) y preguntas. Esas preguntas que hacen los niños, cargadas de curiosidad y de ingenio. Luego comimos una estupenda paella (¡qué mano, Manuel!) con los maestros y maestras del CRA (Colegio Rural Agrupado, que integra las escuelas de 7 pequeños pueblos)e la comarca, al solecito del mediodía en el patio de la escuela  (¡Teruel en enero, qué suerte de tiempo!).

La escuela de Olba tiene un Huerto Ecológico que ha recibido hace poco un premio nacional. Las familias que cultivan el huerto con ayuda de los niños y niñas, están tratando de ampliar los terrenos del huerto y se encuentran en procesos de negociación con vecinos del pueblo y haciendo gestiones con el Obispado y la parroquia para la cesión de terrenos colindantes. ¿Cómo no facilitar el crecimiento de la escuela, que es el corazón del pueblo?

Los niños y niñas venden en el mercadillo los productos que  se cosechan. Productos que llevan el logo de la escuela. Saben qué, cómo y cuándo se siembra, saben cómo se cosecha y aprender a comercializar los productos.

Tengo delante de mí un detallado informe sobre el Huerto Ecológico.  El Informe se cierra con estas hermosas palabras: “Con el Huerto Escolar Ecológico de Olba pretendemos que los niños aprendan de forma práctica, que cuiden su entorno y su alimentación, que crezcan sanos y libres y que tengan unas herramientas para crear su futuro, un futuro Al final del mismo aparecen testimonios de los niños  basado en unas empresas respetosas, ecológicas, sostenibles y locales. Que sus aulas no tengan paredes y puedan recibir también conocimientos de las personas que tienen alrededor, que la escuela sea una comunidad de aprendizaje real para nuestros niñ@s”.

Me llamó poderosa y positivamente la atención el hecho de que las familias tengan una gran importancia en el proyecto educativo de la escuela y del Huerto Ecológico. La participación de los padres y de las madres en la escuela es verdaderamente esencial. Lo he dicho muchas veces:   Sin la familia, imposible.

Mi presencia fue el fruto de una vertiginosa iniciativa de María Niubó, madre que lleva a sus hijas Marina e Iria a esa escuela (y que está viviendo en el pueblo por la calidad que descubrió en su proyecto educativo y en el ideario pedagógico de las maestras). María, en un tiempo record, organizó dos conferencias que se celebraron en la Universidad de Teruel. Con tiempo frío, en dos días laborables consiguieron llenar el salón de actos de la Facultad de Educación. Como para que no haya optimismo en la educación de nuestro país. Ese empeño denodado, ese esfuerzo generoso, ese interés por mejorar la escuela, son el mejor testimonio de que vamos por el buen camino.

Me alojé en la casa de María y Clemente, vecinos de Olba. Me contaron que han viajado por toda España en busca de una escuela en la que sus hijas aprendan y sean felices. Es admirable que una familia haga un costoso peregrinaje en busca de proyectos educativos de calidad. Conocían de cerca todas las experiencias por las que le preguntaba: O Pelouro de Galicia, El Roure de Barcelona, pedagogía Waldorf, Comunidades de Aprendizaje, método Freinet, modelo Montesory… Hacen la elección de localidad en función de la escuela que quieren para sus dos hijas…  Y ellos se integran en el proyecto para mejorar no solo la educación de sus hijas sino la de todos los que  acuden a esa escuela. Eso es: la educación en el epicentro de la vida.

¿Por qué  me parece importante la escuela rural? Porque no arranca a los niños y niñas de su medio sino que los mantiene arraigados en su hábitat, porque no los aleja de su familia en viajes llenos de peligros y de sueño, porque los padres pueden acercarse fácilmente a la escuela, porque los maestros conocen bien el contexto… Desde la casa de María casi se toca la escuela con la mano. El segundo día de mi estancia bajé de la mano a Iria a la escuela, en un trayecto de manos de un minuto. Cuánto tiempo ganado a la vida.

El problema de la escuela rural es la continuidad en los estudios. El problema es el paso al Instituto, que ya tiene su problemática en cualquier entorno, como ha estudiado mi amigo y colega José Gimeno en el libro “El paso a Secundaria”.

Estas líneas son un canto a la escuela rural, a su condición de escuela pública, a sus valores, a los maestros y maestras que eligen esa modalidad de escuela, al servicio que prestan a las familias que trabajan y viven en ese medio. ¡Ay, mi querida escuela rural!

NOTA: Mientras escribía este artículo, ha fallecido Marina, la hija mayor de María y Clemente. No me lo puedo creer. Estoy profundamente conmovido. La muerte es algo tan natural como excesivo. Decía Saint Just que a la muerte, como al sol, no se les puede mirar de frente. ¿Cómo puede albergar tanto dolor el corazón humano?   Adiós, querida niña. Un gran abrazo para la familia de Marina, para su escuela rural que tanto la quería y para todo el pueblo de Olba.

Gracias por enseñar a nuestros hijos

10 Ene

Cuando viví con mi familia un año en Galway (Irlanda), matriculamos a nuestra hija en una pequeña escuela pública de la localidad, en la hermosa zona de Salthill. Recuerdo que, entre las normas del Colegio, había una que me llamó la atención. Los niños debían, al terminar las clases, dar las gracias a los docentes por lo que les habían enseñado. Carla ha hecho suya esa costumbre y agradece siempre el trabajo de los profesores.

Todas las piedras que tiren los padres y las madres sobre el tejado de la escuela caerán sobre las cabezas de sus hijos.

–        Gracias por lo que me ha enseñado, suele decir.

Me parece una hermosa costumbre. Téngase en cuenta que, en un mundo en el que quien tiene conocimiento tiene poder, el profesor dedica su vida a compartir con sus alumnos el conocimiento que posee.

Mi médica de familia, una excelente profesional de la salud y aún mejor persona, si esto es posible, me manda la carta que ella y su marido le escribieron a los profesores de su hijo pequeño cuando éste acabó la enseñanza primaria. Reproduzco a continuación el texto:

“El menor de nuestros hijos ha completado su etapa escolar y, por ello, queremos haceros llegar esta carta que quiere ser a la vez de despedida y agradecimiento.

Durante todos estos años han recibido el mejor regalo que jamás obtendrán en la vida, aunque ellos aun no lo saben. Lo que han aprendido durante este tiempo de vosotros es la base del resto de todo su conocimiento, y no nos referimos solo al académico porque “saber” es necesario para ¡tantas cosas!…

En adelante, cada vez que lean el periódico, obtengan el carnet de conducir, mantengan una conversación, comprendan una película o hablen en público, estarán aplicando sin saberlo, todo lo que les habéis enseñado.: ese tesoro compuesto de cosas necesarias como leer, resolver problemas, escribir, conocer el curso de los ríos, pensar, preguntar, saber los estados de la materia, hablar correctamente, conocer los números naturales, responder, dominar las reglas gramaticales, estarse quieto, mejorar, ser diferentes, saber qué es un pentagrama, perder, criticar entender en inglés, tolerar, expresar ideas y, sobre todo, tenerlas…

Gracias a todos y a todas y  especialmente a… (aquí aparece el nombre de ocho profesores y seis profesoras).

Intentaremos que ellos mantengan las ilusión de aprender como vosotros mantenéis la ilusión de enseñar. Un abrazo”.

Ojalá hubiese muchos padres y madres así. Personas conscientes de la importancia de la educación y sensibles respecto a la importancia de la tarea de quienes dedican su vida a la enseñanza. La tarea de la familia es decisiva.

En la familia se establecen vínculos de una gran fortaleza emocional. De ahí que su influencia en la configuración psicológica de los niños y de las niñas sea decisiva para su desarrollo. Por otra parte, la plasticidad evolutiva de la etapa es enorme. Hay fases posteriores de la vida en las que ya están cristalizadas muchas concepciones y actitudes. En tercer lugar, hay que tener en cuenta que el tiempo que se vive en el marco familiar es muy extenso. Los niños y las niñas pasan muchas horas en el ámbito familiar y viven situaciones de mucha y compleja diversidad.  Téngase en cuenta también que, en general, la naturaleza de los vínculos es muy intensa. Las relaciones familiares suelen ser de carácter profundo y no meramente superficial.

La influencia de la familia en el proceso educativo de los niños y de las niñas es indiscutible. Se produce, en primer lugar a través de la ósmosis del ejemplo. El ruido de lo que somos los padres y las madres llega a los oídos de los hijos con tanta fuerza que les impide oír lo que decimos. No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Pero, además, la preocupación compartida (no solo de uno de los dos) por exigir unos comportamientos ejemplares, tanto en el aprendizaje como en la acción, por establecer unos límites en la conducta y exigir amorosamente el cumplimiento del deber, hace que los niños vayan aprendiendo qué es lo importante en la vida. En tercer lugar la presencia y la cercanía permanente hará que los niños y las niñas sientan que de verdad son importantes.

Ya sé que algunas familias están tan depauperadas culturalmente que es muy difícil hacer frente a las exigencias educativas. El ritmo de los aprendizajes que se exige hoy en la escuela a los estudiantes es tan acelerado que hace falta una segunda escuela en la casa para seguirlo. El problema está en que, a veces, esa segunda escuela no existe.

La escuela debe ser el reino de lo afectivo, no solo de lo cognitivo. La profesión de educar gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a quienes se enseña. Los niños aprenden de aquellos docentes a los que aman. La escuela debe ser esa mezcladora social en la que los niños y las niñas aprenden a pensar y a convivir. No solo a callarse y a repetir. No solo a obedecer. Tienen que descubrir lo importante que es el conocimiento para comprenderla realidad y lo necesaria que es la solidaridad para construir un mundo mejor.

Y luego viene la colaboración entre la escuela y la familia. Las dos instancias tienen la misma finalidad: conseguir la mejor educación para los niños y las niñas. Los verbos que deben conjugar a diario los miembros de la escuela y de la familia son: dialogar, compartir, colaborar, ayudar y animar. Todas las piedras que tiren los padres y las madres sobre el tejado de la escuela caerán sobre las cabezas de sus hijos.

Hace falta crear estructuras de participación para que la familia y la escuela puedan actuar con entusiasmo y eficacia en la planificación, desarrollo, innovación y evaluación del curriculum. Sin dar nunca la espalda a la esperanza, a pesar de las adversidades, porque la tarea de educar es consustancialmente optimista. Sin optimismo podemos ser buenos domadores, pero no buenos educadores.

Me contaba hace pocos días un profesor en Talca (México) que un niño había acudido a sus padres quejándose de que un profesor le hubiese dado un coscorrón con la mano en la nuca (estoy en contra de cualquier violencia física, aunque sea insignificante). El padre le dice:

–        Voy a ir al Colegio a ver a ese profesor.

–        ¿De verdad que vas a ir, papá? Sí, por favor, por favor, vete.

–        Claro que voy a ir, hijo. A besar la mano que me está ayudando a educarte.

Lamentablemente nos encontramos hoy con algunas familias que, lejos de mostrar apoyo, colaboración y gratitud hacia los profesores y profesoras de sus hijos, se dedican a desacreditar su tarea, a criticar sus decisiones y a  desautorizar sus opiniones. Pues bien, sin la familia, la educación en la escuela es prácticamente imposible.

Por eso me ha parecido magnífica la iniciativa de la familia de mi doctora, que muestra de manera clara, hermosa y emocionada la gratitud hacia el profesorado que ha dedicado sus mejores esfuerzos a que sus hijos aprendan. Decía el poeta romano Virgilio: “Mientras el río corra, los montes den sombra y en el cielo haya estrellas, debe durar la memoria del beneficio recibido”.