¡A por ellos!

29 Nov

El absentismo escolar es una lacra. No poder o no querer acudir a la escuela es abonarse a la desgracia. Voy a presentar en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México), un libro titulado “El Arca de Noé. La escuela salva del diluvio”. La metáfora refleja la idea de que fuera de la escuela no hay salvación. Sin entrar en el Arca que es la escuela, nadie se salva del diluvio de la ignorancia, de la discriminación y  de la injusticia.

. Y ahí tenemos a los veteranos alumnos de 5º y 6º acudir a las casas de los más pequeños, previo acuerdo de las dos familias, para acompañarlos a la escuela.

Ya sé que existe en el mundo el movimiento de la Home School, que no lleva a los niños a la escuela para que sean educados en sus casas. Se trata de un movimiento que priva a los niños y a las niñas del aprendizaje de la convivencia y de los beneficios de la diversidad. La escuela es la gran mezcladora social.

La casa ha de ser la primera escuela y la escuela la segunda casa. El problema de los niños y niñas absentistas no es solo que pierdan los beneficios de estar en la segunda casa sino que no suelen tener en la familia su primera escuela.

Los niños que no van a escuela son víctimas de la pobreza, de la incultura o de la explotación. Esa ausencia les priva del conocimiento, claro está. Pero también de la convivencia con otros niños y niñas de su edad. Les  priva también de  experiencias y de vivencias culturales, deportivas y lúdicas.

Participé en El Ejido (Almería) hace unos días en una interesante jornada a la que asistieron casi cien directores/as de centros educativos y más de cincuenta padres y madres de diversas AMPAS. Creo que es una modalidad de encuentro muy interesante porque el diálogo entre la institución escolar y la familia resulta fructífero para llevar a buen término el proyecto educativo que persigue formar a los nuevos ciudadanos y ciudadanas del país.

Se juega, a veces, una calamitosa partida de tenis antipedagógico entre las familias y las instituciones educativas. Pelota  culpabilizadora de los padres hacia la escuela que es devuelta en forma de pedrada por parte de los profesores hacia los padres. Y viceversa. Estamos hartos de verlo:

–        Tienen la culpa los padres y las madres, que no se preocupan por sus hijos.

–        Tiene la culpa el profesorado que solo está pendiente de las vacaciones.

–        Tienen la culpa las familias, que no apoyan al profesorado.

–        Tienen la culpa los profesores  y las profesoras que no se preocupan lo suficiente por los niños.

Los niños y las niñas pierden siempre estas partidas.  Por el contrario, todas las experiencias de colaboración y de ayuda mutua, de  tenis pedagógico bien jugado, tienen como ganadores a  los niños y a las niñas.

Cuando fui Director de un centro escolar en Madrid puse en marcha una iniciativa  para favorecer el diálogo con las familias. Con los contenidos de ese diálogo publicamos un documento que se titulaba: Colaboración. Aún lo conservo. Escribimos qué es lo que le pedíamos a los padres para el buen funcionamiento de la institución: que le pide la dirección  a las familias, qué le pide la secretaría, qué les pide el Departamento de Matemáticas, el de Ciencias Naturales, el de Inglés… Y luego les dijimos a los padres y a las madres que escribiesen lo que solicitaban de cada uno de esos estamentos. Y lo hicieron. Y lo publicamos.

Se preguntará el lector o lectora por el título que abre este artículo. Le responderé enseguida.  Es más, lo deducirá por sí mismo cuando explique de qué se trata la experiencia que compartieron con los asistentes tres integrantes de la comunidad educativa del Colegio Público La Chanca. Finalizada la inauguración y la conferencia de apertura, hubo un espacio para el intercambio de experiencias realizadas por diferentes instituciones. Quiero, en esta tribuna semanal, hacerme eco de una de ellas, que tiene como objetivo prioritario luchar contra el absentismo escolar.

Presentan la experiencia  Inmaculada Martínez Yélamos Directora del CEIP La Chanca, Aurora Bolívar Civantos, profesora del mismo, alma mater del proyecto,  y Ramón Utrera Oliva, alumno cooperante. La Chanca es un barrio depauperado de Almería en el que existen problemas graves de narcotráfico. Las noches se dedican a los delicados trapicheos, de modo que  no hay buenas condiciones en las casas para llevar a los pequeños al Colegio por la mañana. Las tasas de absentismo son elevadísimas.

Llama la atención que, en la terna informante, esté un niño de unos 10 años. La profesora dice que es el niño quien va a presentar la experiencia porque fueron los niños quieren  tuvieron la iniciativa. En la clase estudian los problemas del entorno. Los niños pensaron que, igual que los hermanos mayores de 5º y 6º llevaban a sus hermanos pequeños al cole, también ellos podrían ir a las casas para traer al Colegio a los niños y niñas de 1º, 2º, 3º y 4º.

Se pusieron manos a la obra. Diseñaron unos petos para ellos, no para perseguirlos sino para acompañarlos al Arca de Noé, para salvarlos del diluvio.

Antes de subir a la tarima, el pequeño/gran Ramón me pregunta, visiblemente inquieto:

–       ¿Tú te pones nervioso cuando hablar en público?

–        Claro, cómo no, siempre te inquieta no hacerlo bien. Pero verás cómo lo haces de maravilla.

Y lo hizo de maravilla. Contó con aplomo cómo había surgido la experiencia, cómo la estaban llevando a cabo y cómo habían viajado a la Universidad de Almería y a la Universidad Autónoma de Madrid para contar lo que hacían.

El niño cerró la intervención  con brillantez. “Todo lo que ha dicho lo ha preparado él solito”, aseguró Aurora.  Y se nota su  ilusión por hacer visible, con palabras y con imágenes,  la empresa innovadora en la que están empeñados. En los petos puede leerse la hermosa palabra Cooperante. Y ahí tenemos a los veteranos alumnos de 5º y 6º  acudir a las casas de los más pequeños, previo acuerdo de las dos familias, para acompañarlos a la escuela.

A por ellos es una expresión que se ha repetido hasta la saciedad en competiciones deportivas. Aquí tiene otro contenido. A por ello, no para derrotarlos, sino para ganarlos para una causa magnífica. A por ellos, no para superarlos, sino para traerlos a la escuela. A por capacidad de iniciativa, de expresión, de claridad de ideas, de compromiso solidario.

La experiencia no beneficia solamente a quienes, de la mano de sus compañeros mayores, acuden cada día a la escuela. Beneficia también a quienes desarrollan la solidaridad y ponen sus ideas, su tiempo y su ilusión al servicio de una causa noble que ellos mismos han descubierto.

Fue emocionante  escuchar aquellos testimonios, ver aquellas fotos y comprobar los buenos resultados conseguidos. Fue emocionante el aplauso que los directores y directoras presentes, que los padres y madres dedicamos al trío que nos ofrecía en tan poco tiempo, tantas ideas  y tantas emociones.

El optimismo está más que justificado. Hay miles de experiencias en las escuelas, miles de iniciativas generosas que promueven la solidaridad con los más desfavorecidos, miles de personas comprometidas con la educación. Como los integrantes de 5º y 6º del CEIP La Chanca.

Sin papel higiénico

22 Nov

Hace unos días estuve en El Prat de Llobregat trabajando durante la mañana de un sábado con un centenar de padres y madres, y algunos profesores y profesoras de los centros de la ciudad. La iniciativa  (es la séptima edición) surge del Ayuntamiento que, como dijo su alcalde Lluis Tejedor Ballesteros,  al abrir la jornada, tiene un compromiso intenso con la educación. Criticaba con razón el munícipe que el gobierno central haya prescrito que los Ayuntamientos deben desentenderse de la educación para alcanzar el deseado objetico del ahorro. Enorme torpeza. Ahorrar en educación es masoquismo económico.

Siempre me ha llamado la atención el hecho de que, en los aseos de los alumnos y de las alumnas de algunos centros educativos no haya papel higiénico, ni toalla, ni jabón.

Durante toda la mañana del sábado se realizaron las actividades programadas: conferencia marco, trabajo de grupos, exposición de algunas iniciativas de las AMPAS como ejemplificación de buenas prácticas… El tema que nos ocupó, extensa e intensamente, fue la participación de los miembros de la comunidad educativa en los centros escolares.

Experiencias como ésta hacen crecer el optimismo y la esperanza. A cualquiera se le ocurren iniciativas más relajantes para llenar la mañana de un día de descanso. Aprendimos, nos animamos y disfrutamos de las ideas, el debate y el entusiasmo colectivo.

Creo que la participación es fundamental porque produce frutos de eficacia educativa, motivación, implicación, responsabilidad, cohesión y ejemplaridad. Si aumentase y se enriqueciese la participación se mejorarían los aprendizajes y la convivencia.  Si en lugar de aumentar la vigilancia, las amenazas y los castigos, intensificásemos y enriqueciésemos la participación se evitarían muchos conflictos.

Pero la participación no es un simple enunciado. La participación exige tomar parte activamente. La participación exige  diálogo auténtico, tomar parte en las decisiones y realizar actuaciones democráticas. A eso voy.

La participación exige acciones, no meros enunciados. Acciones que van de lo más elevado a lo más pequeño. De lo más sublime a lo más sencillo. Concretaré.

Siempre me ha llamado la atención el hecho de que, en los aseos de los alumnos y de las alumnas de algunos centros educativos no haya papel higiénico, ni toalla, ni jabón. En otra zona de la misma institución suele haber otros aseos que sí disponen de las tres cosas. Además, estos  todosodos,ue si si de forma autúltimos suelen tener un cartelito en la puerta que indica quiénes son los usuarios o usuarias de los mismos. “Aseos de profesores”, “Aseos de profesoras”.  (O servicios, o baños o wáteres, me da igual).

Algunas veces, se omite la preposición, convirtiendo el cartel en un manifiesto mal ejemplo de escritura. ¿No podemos cuidar estas cuestiones y escribir como exigimos que escriban los alumnos? “Aseos de (o para) profesores”. Lo mismo digo de otras dependencia. “Sala de profesorado”. “Despacho de  Dirección”. “Sala de música”.  ¿Qué diríamos si, en un examen, un alumno escribiese omitiendo siempre las preposiciones?

A lo que iba. El hecho  de que no haya papel higiénico, ni toalla, ni jabón en los aseos del alumnado tiene unas connotaciones muy negativas. ¿Cuál es el motivo de esa carencia? No suele ser la falta de presupuesto sino por una cuestión de principios. Lo he oído muchas veces cuando he hablado de este problema.

–        Es que los alumnos meten los rollos en el wáter y lo atascan.

Supongamos que es así. Surgen entonces, entre otras, dos preguntas que interpelan a quienes mantienen ese criterio restrictivo:

–        ¿Por qué no atascan los wáteres de sus casas? ¿Por qué les da por hacerlo solo en la escuela? ¿No será que consideran la escuela como algo que no es suyo sino de quienes mandan y enseñan? La casa debería ser la primera escuela y la escuela la segunda casa.

La otra cuestión es más peliaguda: Si no tienen rollos de papel, ¿cómo van a aprender a no meterlos? No es cierto que hasta que no sean responsables no pueden ser libres sino que mientras no sean libres no aprenderán a ser responsables. Para que aprendan a no meter los rollos tienen que tener rollos.

Y sé que no lo van a aprender de forma automática o mágica. El aprendizaje requiere reflexión y esfuerzo. Tendrán que saber que los rollos cuestan dinero, que ese dinero es de todos, que si los malgastan, habrá problemas para todos… Tendrán que aprender a valorar los bienes comunes, a respetarlos, a usarlos adecuadamente.

Si ya estuviesen educados, si ya supiesen hacer las cosas, si pudiesen aprender sin ayuda, los docentes no seríamos necesarios.

En algunos lugares se entrega un trozo de papel a cada alumno que sale de la clase para ir al aseo. Pero, en este caso, también surgen al menos dos preguntas, bien pedestres por cierto:

¿Qué pasa si el alumno está descompuesto?, ¿qué pasa si no es suficiente? ¿Tiene que volver con los pantalones a media hasta para pedir un trozo suplementario?

Y la segunda: ¿cómo se soluciona el problema si el alumno está en el patio, en la entrada, en el salón de actos o en un pasillo?, ¿cómo resuelve entonces una urgencia?

Quien habla de estas cuestiones, habla de muchas otras de la misma naturaleza. No hace mucho, una niña me decía, exultante:

– Hoy he comido filete de profesor en la escuela.

¿Qué había pasado? Se había acabado el menú de segunda y había tenido la suerte de comer un filete de mejor calidad, un filete del menú de profesores/as.

No creo que exista una familia en la que haya dos tipos  de menús. Uno de mejor calidad para los padres y otro de peor calidad para  los hijos. Denunciaríamos a quien  tuviese esos comportamientos abusivos.

Ese mezquino refrán español de que “cuando seas padre comerás huevos” es fruto de unos tiempos en los que los niños y las niñas no tenían reconocida su dignidad y sus derechos. Es un principio de actuación cargado de crueldad y de egoísmo. No en vano está planteado por quienes eran padres (y seguramente no madres).

No puede uno imaginarse fácilmente esa misma situación en una familia. Es decir, una casa en la que hubiera un aseo para los papás (con papel, toalla y jabón) y otro para los hijos que careciera de todo. Y, además cerrado a cal y canto porque la llave está a buen recaudo para que no pueda ser localizada.   Yo creo que tacharíamos a esos padres de crueles.

Es solo un ejemplo. Un ejemplo que contradice muchos enunciados teóricos. Se abre la LOMCE con este solemne enunciado: “El alumnado es el centro y la razón de ser de la educación”. Pero en la práctica lo que se ve es que el alumnado va al aseo con unas condiciones peores que las de otros miembros de la comunidad que, al parecer, no son el centro y la razón de ser .

En las clases de ética los alumnos escucharán que todas las personas tienen igual dignidad, pero a la hora de ir al aseo se  puede comprobar que hay una dignidad mayor y mejor, que es la de quienes disfrutan de papel higiénico, toalla y jabón y una segunda dignidad que corresponde a quienes no disfrutan de esas comodidades.

Reflexionar juntos sobre las exigencias de la participación, minúsculas y elevadas, como hicimos hace días en El Prat, es un medio excelente para comprender lo que estamos haciendo y para mejorar la calidad de la educación en las escuelas.

Palabras para Cintia

15 Nov

Pienso con frecuencia en esas cosechas casi inexorables que lleva consigo la sementera de la educación. Muchas de esas cosechas se producen de forma inmediata, cada hora, cada día. O al final el curso escolar. Otras se demoran en el tiempo. Pero siempre llegan, aunque ni siquiera las esperes. Algunas ni siquiera  serán conocidas.

Pienso con frecuencia en esas cosechas casi inexorables que lleva consigo la sementera de la educación.

Creo que sería estupendo que los profesores y profesoras compartiésemos esos logros maravillosos, esas palabras de gratitud que  pronuncian los padres y los alumnos durante el curso o al finalizarlo, esos testimonios fehacientes de la influencia beneficiosa que condiciona, a veces, la vida entera de una persona.

Me lo decía hace unos días con emoción contenida el profesor  y amigo José Luis del Río, que actualmente trabaja (con enorme ilusión y pésimas condiciones, por cierto) en mi Departamento de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Málaga:

– Gracias a una conferencia tuya que escuché en Ronda cuando tenía 17 años, decidí hacerme profesor. Y ahora lo soy con todo el entusiasmo del mundo.

Me consta que sus alumnos y alumnas son felices con su esforzado magisterio. Daniel Pennac dice en el hermoso libro “Mal de escuela” (hermoso por su contenido y por su estilo literario, no en vano es un prestigioso escritor, además de un consagrado profesor de Literatura en un instituto cercano a París): “A mi me salvaron la vida tres profesores que tenían una característica común: nunca soltaban a su presa”. Obsérvese que no dice la asignatura, o el curso, o la carrera, sino la vida. ¿Qué más se puede hacer por alguien? Repetiré aquí, una vez más, las hermosas y certeras palabras de Emilio Lledó: Enseñar no es solo una forma de ganarse la vida. Es, sobre todo, una forma de ganar la vida de los otros.

¿Tendrá una recompensa de ese tipo un banquero, un general, un veterinario, un arquitecto, un ingeniero…? No, esas recompensan solo las puede obtener un profesor.

Mi amigo Horacio Muros, director de una humilde escuela argentina en la provincia de Mendoza, me escribe hace unos días un correo que dice lo siguiente: “Quiero compartir algo que seguro vos le darás el mismo valor que yo. Nuestra escuela va cumpliendo su función social… Ella va empapando de nuevos saberes a un contexto marginal, casi por capilaridad, un riego a manto que penetra y humedece la tierra reseca de injusticias, de faltas de oportunidades, de trabajo digno y estable, de confianza en sí mismos, de sentirse marginados y excluidos, pero la escuela poco a poco va creando otro microclima y ya se empiezan a ver reverdecer los pequeños, pero grandes logros, de nuestros egresados. Me impactó el orgullo con el que Cintia ha tomado la docencia. Te envio el testimonio de casi un “milagro”

Me cuenta Horacio que esta chica, nacida en el seno de una familia pobre, sin recursos, en una zona depauperada, con su continuado esfuerzo, con su ilusión renovada cada día, ha conseguido hacerse docente.

Me pide Horacio que le mande a Cintia unas palabras de felicitación. Y lo hago encantado, a pesar de no conocerla personalmente. Creo que se merece una sincera felicitación, un emotivo aplauso. Y se lo merecen también, como le digo, todos aquellos docentes que han hecho posible lo que Horacio llama un milagro. Estas son las sinceras palabras que, sin dilación, le envié para ella.

“Querida Cintia: Me cuenta Horacio Muros, tu director, que te has convertido en una estupenda docente. Quiero felicitarte por ese logro magnífico, por todo el esfuerzo que supone, por toda la ilusión que  encierra, por todas las alegrías que conlleva.

Quiero felicitar también  a tu familia que, sin duda, te ha ayudado a recorrer ese largo camino un enorme sacrificio. Y, cómo no, a todos los docentes que te han enseñado y servido de ejemplo.

Pero, me vas a permitir que felicite a los alumnos y alumnas que vas a tener porque tendrán la suerte de disfrutar de una docente comprometida, ilusionada y amorosa. No olvides nunca que los alumnos aprenden de aquellos docentes a los que aman.

Te mando esta carta que dirigí a mis estudiantes de Magisterio. Espero que encuentres en esas ideas algunas sugerencias que te orienten en el trabajo. Ojalá que el ejercicio de tu profesión te vaya haciendo cada día más feliz, más sabia y más optimista. Te mando un beso muy grande desde España.

Reflexiona Horacio, en un correo posterior, sobre la importancia que tiene la escuela en estos contextos desfavorecidos, sobre la tarea que realiza con los alumnos cuyas familias no disponen de medios para ofrecer a sus hijos un futuro con horizontes.

Me cuenta que esa chica pertenece a una familia que, por sí misma, no hubiera podido sacar a su hija de los estrechos límites de su pobreza. Es un caso, dice, de verdadera inclusión. Porque, efectivamente, hay muchas trampas en este proceso que a veces incorpora en pésimas condiciones. Dice Horacio que, en cierta ocasión le comentó a un senador, que los hijos de los pobres acabarían educando a los hijos de los ricos.

Aprovechando este artículo le voy a dedicar a Cintia un texto que, con carácter anónimo, he visto circular por muchos lugares y que tiene que ver con esas cosechas minúsculas, cotidianas y emotivas que brinda a los docentes y a las docentes la acción educativa. Se titula “Orgullo de maestra”. Lo reproduzco aquí, con algún cambio insignificante.

Al saber que soy maestra, la gente suele preguntarme qué enseño y mi respuesta de que doy clases de Primer curso en una Escuela de Primaria, generalmente les arranca un “¡ah!” tan desabrido que me gustaría exclamar:

¿En qué sitio, si no allí,  me abrazaría un apuesto jovencito y me diría que me quiere?

¿Dónde más podría atar lazos para el pelo, ajustar cinturones, ver un desfile de modas a diario y, aunque siempre me vista de la misma forma, oír decir que  mi vestido es bonito?

¿En qué otro lugar tendría el privilegio de mover dientes flojos y de arrancarlos cuando terminan de aflojarse?

¿Dónde más podría guiar en la escritura de las primeras letras una manita que quizás algún día escriba un libro importante?

¿En qué otra parte olvidaría mis penas porque tengo que atender tantas cortaduras, raspones y corazones afligidos?

¿Dónde conservaría el alma joven, sino en medio de un grupo cuya atención es tan efímera que siempre debo tener a mano una caja de sorpresas?

¿Dónde me sentiría más cerca del bien y de la verdad que en un lugar donde, por un esfuerzo que yo he hecho, un niño aprende a leer?

¿En qué sitio derramaría lágrimas porque hay que dar por terminado  un año más de relaciones felices?

Son palabras para Cintia. Formuladas con el deseo de que el ejercicio profesional que ahora comienza sea un camino que le haga cada día más feliz al compartir generosamente con sus compañeros y alumnos el saber, el optimismo y el amor. En una sociedad en la que quien tiene conocimiento adquiere poder, el maestro dedica su vida a compartir el conocimiento que posee, con los demás. Enhorabuena y suerte, Cintia.

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Las soluciones no avanzan como las balas

8 Nov

Cuando tenemos un problema (o cuando lo tienen nuestros amigos, hijos, o alumnos) la impaciencia por encontrar la solución nos incomoda. Queremos resolverlo de inmediato, fácilmente y de manera definitiva. Pero la solución, frecuentemente, es un proceso largo, complejo y doloroso que cuesta recorrer hasta llegar al final. Tiene avances lentos y acelerados, detenciones, algunos retrocesos y movimiento en zig zag. Las soluciones no avanzan como las balas.

Las soluciones, decía, no avanzan como las balas. Las balas recorren el camino de manera fulminante, no se detienen, no titubean, no retroceden.

Para encontrar la solución, se necesita, en primer lugar, definir el problema con claridad. Identificar bien la esencia de la situación problemática lleva a veces tiempo y esfuerzo. Tratar de solucionar un problema sin haberlo diagnosticado convenientemente conduce a no encontrar soluciones verdaderas o a dar con algunas que sean ineficaces o perjudiciales.

En el libro “¿Qué se le puede pedir a la vida?” cuenta Javier Urra que un profesor de enfermería les pide a  sus alumnos y alumnas que preparen una intervención para atender el caso que se describe a continuación:

“Se trata de una  paciente que aparenta su edad cronológica. No se comunica verbalmente ni comprende la palabra hablada. Balbucea de modo incoherente durante tres horas y parece desorientada al espacio y al tiempo, aunque da la impresión de que reconoce su propio nombre. No se interesa ni coopera con su aseo personal. Hay que darle a comer alimentos blandos, pues no tiene piezas dentarias. Presenta incontinencia de heces y orina, por lo que hay que cambiarla y bañarla a menudo. Babea de forma continua y su ropa está siempre manchada. No es capaz de caminar. Su patrón de sueño es errático, se despierta con frecuencia por la noche y con sus gritos despierta a los demás aunque la mayor parte del tiempo parece tranquila y amable. Varias veces al día y sin causa aparente se pone agitada y presenta crisis de llanto voluntario”.

Tras recibir las propuestas el profesor termina haciendo circular entre los estudiantes la fotografía de la paciente a la que ha hecho referencia en el relato: una preciosa criatura de seis meses.

¿Qué había pasado? Que algunos habían preparado una intervención para una paciente nonagenaria, desdentada, incontinente, desorientada y que grita sin ton ni son por la noche… Al no haber hecho un buen diagnóstico, la intervención  hubiera resultado estéril o, incluso, dañina para la bebé.

Después de diagnosticar certeramente el problema es preciso intervenir de manera coherente y, a veces, persistente.  Con acierto, en primer lugar. Sin prisa y sin pausa, en segundo término. Con optimismo, en tercer lugar. Porque si no tenemos esperanza en que se puede llegar a encontrar la solución, ni siquiera la buscaremos. Creer que se va a encontrar el fin del problema es ya una buena parte de la solución.  Lo más negativo es vendarse los ojos, ignorar que el problema existe. “La mayoría de la gente gasta más tiempo y energías en esquivar los problemas que en afrontarlos”, decía Henry Ford.

He visto hacer intervenciones contraproducentes para solucionar algunos problemas. Por ejemplo, he visto a unos padres que ante el robo de una cantidad de dinero que había realizado un hijo adolescente, le habían dejado sin salir todos los fines de semana del trimestre. El problema fundamental no era el robo. El chico confesó que había robado el dinero porque no tenía amigos y quería ver si con el móvil que se iba a comprar  con el dinero robado, podía ganar alguna sonrisa ajena. La solución acentuaba el problema, no lo mitigaba, no lo eliminaba.

Los problemas propios y ajenos no se resuelven por arte de magia. No se solucionan de forma repentina sino con tenacidad y perseverancia. Las soluciones, decía, no avanzan como las balas. Las balas recorren el camino de manera fulminante, no se detienen, no titubean, no retroceden.

Algunas veces se necesita ayuda externa. No se sale de un pozo de un salto. No se sale, a veces, por el propio impuso. Hay que pedir socorro, hay que llamar a alguien, hay que solicitar y recibir humildemente la ayuda. Lamentablemente hay personas que no la quieren o no la saben pedir. Porque creen que no se la van a dar, porque piensan que pedir ayuda es humillante o porque, de manera equivocada, creen que no la merecen.

Y después de haber llegado a la solución, por nosotros mismos o con ayuda de otros,  hay que ver cómo se mantiene en el tiempo. Hay que reflexionar y actuar para que la solución se convierta en crónica y no en un espejismo. Hay que saber también qué efectos produce haber llegado al final deseado.

Llegar a la solución de un problema no es haber acabado con todas las dificultades para siempre. Conviene relativizar los problemas y también las soluciones. Recuerdo que, en la cena de clausura del Congreso “Espacio común de formación docente” (en Mazatlán, México) el presidente del Congreso contó una historia que yo conocía y que no sé dónde leí hace ya mucho tiempo. Lo que sí creo recordar es que tiene origen chino. Venía a decir que todas las situaciones pueden dispensarnos beneficios y perjuicios. La historia hablaba de un anciano padre al que le dieron la maña noticia de que su caballo se había perdido. Cuando se lo comunicaron llenos de tristeza, él dijo.

–        Para bien o para mal, nunca se sabe.

Días después le anunciaron que el caballo perdido había regresado con una manada de caballos salvajes. Él volvió a decir, cuando le comunicaron la noticia llenos de alborozo, con una sonrisa estoica en los labios:

–        Para bien o para mal, nunca se sabe.

Días después, su hijo, tratando de domar a uno de los más hermosos caballos salvajes, se cayó y se fracturó una pierna. Le fueron a llevar la noticia al anciano padre con  aire de gran pesadumbre.

–        Para bien o para mal, nunca se sabe, dijo sonriendo.

Semanas más tarde llegaron los vasallos del rey con el fin de hacer una leva de soldados para la guerra. No pudieron llevarse a su hijo,  que tenía su pierna rota…

Así hasta el infinito. Se van encadenando bienes y males, dichas y desdichas, problemas y soluciones, bendiciones y desgracias, alegrías y tristezas…

Es fundamental saber afrontar los problemas. No cerrar los ojos como si no existieran. No achantarse ante ellos. No dejar que se pudran. Me gusta el libro “Superar la adversidad”, de Luis Rojas Marcos, en el que ofrece propuestas de indudable interés para afrontar los problemas. Siempre nos quedará el consuelo de que la lucha contra la adversidad nos hará más fuertes, más experimentados y más sabios.  Decía Sigmund Freud: “He sido un hombre afortunado: nada en la vida me fue fácil”. Cuando llegue un problema, no hay que desesperarse. Si no tiene solución, ¿por qué preocuparse? Y si la tiene, ¿por qué desesperarse? Hay que ponerse manos a la obra.  Con inteligencia, con energía, con perseverancia y con optimismo.

Humor de mis amores

27 Sep

En la Librería Homo Sapiens de Rosario, haciendo esa tarea que tanto me gusta de leer títulos de libros y nombres de autores, de buscar obras que me interesen y de tomar nota de novedades, descubrí un hermoso título. Parafraseando la clásica expresión “amor de mis amores”, vi sustituida la palabra amor por la de humor. El título del libro era ”Humor de mis amores”. Editado por Planeta y obra del humorista gráfico argentino Caloi.

El humor es una forma de bondad. Es una herramienta para la construcción de un mundo más hermoso y una convivencia más feliz.

Al ojear el libro pude comprobar que el autor es un verdadero humorista. Alguien que nos hace pensar sonriendo. “Quien nos hace reír es un cómico. Quien nos hace pensar y luego reír es un humorista”, dice Georg P. Burns.

El humor es una forma de bondad. Es una herramienta para la construcción de un mundo más hermoso y una convivencia más feliz. El sentido del humor está en captar y entender las bromas que otros hacen y está también en poner una pizca de sal en las conversaciones y en la vida. No me gustan las personas sombrías, las que siempre están malhumoradas, las que solo saben ver los agujeros en el queso. Me gustan las personas como el escritor francés Edmond Rostand quien, el día de su ochenta aniversario, se miró en el espejo y dijo: “Desde luego, los espejos ya no son lo que eran”.

Decía Winston Churchil: “La imaginación consuela a los hombres de lo que pueden ser. El humor de lo que son”. Y es que el sentido del humor nos hace ver con cálida y tierna simpatía todas las formas de la existencia. Incluso a nosotros mismos.

Tengo delante de mí varios libros sobre este decisivo asunto. Uno de ellos, que me gusta y utilizo mucho, es de A. Ziv y J.M. Diem. Se titula “El sentido del humor”. Y va planteando con agudeza interesantes cuestiones sobre las funciones del humor: función agresiva, sexual, social, defensiva e intelectual… , sobre las sus diversas facetas y sobre el papel que desempeña en la configuración de la personalidad. El libro está salpicando de excelentes anécdotas y de frases ingeniosas, como la de Alphons Allais: “Las personas que no se ríen nunca no son gente seria”.

Eduardo Jáuregui Narváez tiene un libro que se titula de idéntica forma: “El sentido del humor. Manual de instrucciones”. Contiene interesantes reflexiones y propuestas. En la introducción nos dice que estamos en un mundo lleno de miseria, dolor y desventura. Pero que todo es diferente cuando se afronta desde el sentido del humor. El libro está lleno de ideas sugerentes. Como ésta de Upton Sinclair: “Con el dinero sucede lo mismo que con el papel higiénico. Cuando se necesita, se necesita urgentemente”.

“No hay nada tan bien repartido como la razón. Todo el mundo está convencido de tener suficiente”, se puede leer en el libro de David García “Los efectos terapéuticos del humor y de la risa”.

He leído en el último libro de Milán Kundera titulado “La fiesta de la insignificancia” la historia de las veinticuatro perdices de Stalin. Dice Kundera que después de sus largas y agotadoras jornadas, a Stalin le gustaba permanecer un rato más con sus colaboradores y relajarse contándoles anécdotas de su vida. Por ejemplo ésta: Un día decide ir de caza. Se pone una vieja parka, se calza unos esquíes, coge un fusil de caza y recorre trece kilómetros. De pronto, ante él, ve unas perdices en las ramas de un árbol . Se detiene y las cuenta. Hay veinticuatro. ¡Vaya mala pata! Solo se ha llevado doce cartuchos. Dispara, mata a doce, luego da media vuelta, recorre otra vez los trece kilómetros hasta su casa y coge otra docena de cartuchos. Recorre una vez más los trece kilómetros hasta las doce perdices, que siguen en las ramas del mismo árbol. Y por fin las mata todas…

Es Jrushchov quien cuenta la historia en su libro de memorias publicado en Francia. Según Jrushchov a todos, a todos sin excepción, les pareció absurdo lo que Stalin les había contado y aborrecieron esa mentira. Aun así callaron todos y solo Jrushchov tuvo el valor de decirle a Stalin lo que pensaba.

Al final de su trabajo se reunían en los baños. Eran unos urinarios de cerámica en forma de concha. Cada miembro del clan de Stalin tenía su propio urinario creado y formado por un artista distinto. Solo Stalin no lo tenía. El utilizaba un reservado solitario.

Como él no estaba, sus colaboradores se sentían libres y se atrevían a decir por fin en voz alta todo aquello que se veían obligados a callar en presencia del jefe. Y sí fue el día en que Stalin les contó la historia de las veinticuatro perdices. Dice Jrushchov en sus memorias: “…al lavarnos las manos en el baño escupimos de desprecio. ¡Él mentía! ¡Mentía! A nadie le cupo la menor duda”.

Stalin les escuchaba en secreto y se reía de su exasperación. Nadie entendió que aquello era una broma. Todos los que estaban alrededor de Stalin habían olvidado lo que era una broma.

La cuarta parte del libro de Kundera tiene un título significativo: Todos andan en busca del buen humor. Y se pregunta luego por la forma de encontrarlo.

Pus sí, hace falta buscarlo y encontrarlo. Y luego, cultivarlo. Porque las desdichas de la vida lo pueden destruir. No depende tanto el buen humor de lo que nos pasa cuanto de cómo afrontamos lo que nos pasa. Todos conocemos a personas que están cargadas de problemas y que no han perdido un ápice del buen humor. Y a otras que tienen una situación personal, familiar y social excelente y que, sin embargo, están dominadas por la tristeza y el pesimismo.

El humor está impregnado de buen talante y también de una buena dosis de ingenio. En su lecho de muerte Oscar Wilde miró las paredes de su habitación y dijo: “Este papel es horrible; uno de los dos está demás aquí”. También, como se sabe, hay humor negro. No sé donde leí que un grupo de excombatientes muy, muy mayores está visitando el cementerio para hacer un homenaje a sus antiguos compañeros. Uno le dice a otro:

– ¿Piensas que, con la edad que tienes, merece la pena que vayas a casa?

El optimismo se educa. Lean el libro “La pedagogía del optimismo”, escrito por las portuguesas Marujo, Neto y Perloiro. Les ayudará como educadores y educadoras. El optimismo es tan consustancial a la educación como mojarse para el que va a nadar. Sin optimismo podemos ser buenos domadores, pero no buenos educadores. Las autoras citan a Michel de Saint Pierre: “Un optimista puede ver una luz donde no existe pero, ¿por qué tendrá el pesimista que ir corriendo a apagarla?”.

Leí con sorpresa y agrado el libro de Belén Varela “La rebelión de las moscas”. En el subtítulo se precisa algo sobre su contenido: “Principios, pautas y estrategias sobre las organizaciones optimistas”. Siempre había pensado en el optimismo como una característica de las personas. La autora nos habla de las organizaciones optimistas. Creo que es un magnífico filón para indagar. Aunque la autora no escribe sobre la escuela, creo que ésta es la organización optimista por excelencia.

Hay que ser inteligentes. Es decir, hay que ser felices. Decía Croft M. Pentz: “Disfruta el día de hoy. Tienes todo el resto de la vida para ser desgraciado”. Y E. MaxWell: “Gánales a los demás. Trata de ser tú el primero en reírse de ti mismo”.