Los deshollinadores judíos

17 Ene

Contra el terror, educación. Contra las armas, la palabra. Contra la brutalidad, el pensamiento. Contra el fanatismo, los libros. Contra el miedo, la valentía. Contra el odio, el amor. Contra el fundamentalismo, la duda.

- Dos deshollinadores judíos se caen por una chimenea. Uno sale limpio y el otro sucio. ¿Quién de los dos irá a lavarse?

El fundamentalista piensa que está en posesión de la verdad, de la verdad absoluta. Una verdad por la que se puede morir y matar. No se cuestiona que pueda estar equivocado. No se hace preguntas. No duda. Está convencido de que todos aquellos que piensan de forma diferente están equivocados. Son estúpidos porque son infieles y son infieles porque son estúpidos. Los terribles asesinatos de París nos muestran de forma palmaria esa forma de pensar y de proceder. Dice el escritor Amin Maalouf, de origen libanés, que “ninguna causa es justa cuando se alía con la muerte”

El dogmático no admite la duda porque la considera una amenaza para su dogma. No puede haber resquicios por los que se filtre la interrogación. La verdad es apodíctica, es decir incondicionalmente cierta, necesariamente válida. Es monolítica, no admite puntos de vista.

En  el libro “Cuentos que mi jefe nunca me contó”, de Juan Mateo, he leído al respecto una simpática y significativa historia que quiero compartir con mis lectores.

Un joven acude a un rabino para decirle que desea que le enseñe el Talmud porque todos los judíos que conoce son ricos y él quiere serlo. El rabino le dice que se encuentra en un error porque ser judío es una ideología, una religión y no un modo de hacerse rico. Cuando el joven se despide diciendo que buscará otro maestro judío que le entienda, el rabino le dice que le va a proponer cuatro cuestiones y que, si acierta una de ellas, accederá a enseñarte el Talmud.

El joven asiente entre curioso y esperanzado. Dice el rabino:

–        Dos deshollinadores judíos se caen por una chimenea. Uno sale limpio y el otro sucio. ¿Quién de los dos irá a lavarse?

El joven contesta:

–        Es evidente que el que está sucio.

–        No, responde el rabino. Desde el punto de vista de la realidad irá a lavarse el que está limpio. Porque cuando el sucio mire al que está limpio, pensará: yo también lo estoy. Y cuando el que está limpio mire al que está sucio pensará que él también lo está. Por eso irá a lavarse.

El rabino procede a plantear la segunda cuestión:

– Dos deshollinadores judíos se caen por una chimenea. Uno sale limpio y otro sucio. ¿Quién irá a lavarse?

–           El que está limpio, contesta el joven con aplomo.

–           Pues no, dice el rabino, porque desde el punto de vista de la verdad, el que está limpio ve que está limpio y el que está sucio comprueba que está sucio. Así que irá a lavarse el que está sucio.

–           Atento, dice el rabino, porque solo te quedan dos posibilidades de acertar.

Le plantea la misma cuestión por tercera vez y el chico contesta sin vacilar pensando que esta vez su respuesta será la deseada.

–        Una vez el limpio y otra vez el sucio.

–        No señor, dijo el rabino, desde el punto de vista metafísico es imposible que dos personas que han caído por la misma chimenea, una salga limpia y otra sucia. Queda solo una posibilidad de acierto, dijo el rabino. Fíjate bien.

El rabino le plantea la cuarta y última cuestión.  Y utiliza los mismos términos para hacer la pregunta. El alumno contesta de manera que considera inobjetable:

– Desde el punto de vista de la realidad el limpio, desde el punto de vista de la verdad el sucio y desde el punto de vista metafísico el problema no tiene sentido ya que no pueden salir de la misma chimenea uno limpio y otro sucio.

El rabino contestó:

– Pues no. No tienes razón ya que, desde tu punto de vista, no puede haber dos deshollinadores judíos, ya que todos los judíos son ricos.

Hay muchos puntos de vista sobre la realidad, como nos muestra esta historia. Algunas personas se consideran en posesión de la verdad. Nunca piensan que puede haber en sus posiciones un resquicio de duda. Qué error.

Recuerdo una sentencia del Talmud que cuenta que en un debate controvertido un alumno del maestro emite una opinión bien argumentada sobre la cuestión. El maestro, después de escucharlo atentamente, dijo:

–        Tienes razón.

Inmediatamente pide la palabra otro alumno que, de forma ordenada y clara, expone su opinión sobre el tema expresando la idea opuesta a la de su compañero.

El maestro apostilla:

–        Tú también tienes razón.

Un tercero levanta inmediatamente la mano para decir lo siguiente:

–        ¿Cómo puede ser que quien da una opinión tenga razón y el que da la opinión contraria también la tenga? Eso es imposible.

El maestro se dirige a este último interviniente y, con gran calma, le dice:

–        Tú  también tienes razón.

Pensar que uno tiene toda la razón es echar raíces en el terreno del error. No admitir la duda es un signo inequívoco de fundamentalismo.

En el libro “La librería de los finales felices” se dice (cito de memoria): No discutas con un idiota, porque te llevará a su terreno y te ganará  por experiencia”. El idiota piensa que la razón es propiedad suya. Cree que solo él tiene la verdad. Y por eso no es capaz de abrirse a cualquier otra. Al idiota le parece un sinsentido el título del interesante libro de Sascha Arango “La verdad y otras mentiras”. El idiota confunde pereza de pensamiento con firmes convicciones.

Querer imponer la razón en un serio obstáculo para comprender la realidad. Por el contrario, tener en cuenta otros puntos de vistas, otras perspectivas de la realidad nos enriquece y nos permite comprender.

La verdad es poliédrica. Tiene muchas  aristas, muchas perspectivas, muchos matices.  A la verdad le vienen bien  las expresiones “depende”, “según y cómo”, “desde ese punto de vista”, “en mi opinión”, “según creo”, “me parece”, “quizás”, “podría ser”…

Quienes se aferran a dogmas, no suelen soportar que otros los tengan. Lo decía claramente aquel fanático entusiasta:

–           Me molestan mucho las personas dogmáticas, porque aquí no hay más dogmas que los míos…

Nicolás de Cusa hablaba de la docta ignorancia.  Antes lo habían hecho San Agustín y San Buenaventura. La docta ignorancia es el conocimiento de los límites de nuestro saber, es la conciencia de nuestra ignorancia, es la actitud  prudente del sabio ante las limitaciones de nuestras facultades. El que sabe mucho, sabe también cuán grande es su ignorancia. Por eso los sabios suelen ser humildes y los necios, petulantes. Lo explico con este sencillo símil. Imaginémonos que lo que sabe una persona se encierra en un círculo diminuto. Pues bien, los límites con la ignorancia, que es el espacio que rodea ese círculo, son muy pequeños. Si lo que uno sabe se encierra en un circulo mayor, el contacto con lo que no sabe es también más grande. Y si el círculo del conocimiento es enorme, será también enorme la sensación de estar en contacto con muchas cosas que se desconocen.

Por eso, creo que la lucha contra el dogmatismo no está en las armas sino en los libros, no está en la guerra sino en la educación.

Si A, entonces B, quizás

13 Dic

Ya sé que la vida cotidiana en las aulas, sobre todo en Secundaria, tiene problemas que son difícilmente superables para algunos docentes. No es fdoo que esta chica, con su contuácil afrontar la tarea de enseñar cuando se tiene delante un grupo que no quiere aprender y otro que está empeñado en que nadie aprenda.

Nunca me han gustado las bromas, y menos las crueles, que algunos alumnos gastan a sus profesores.

Pienso con frecuencia en los profesores y profesoras que tienen dificultades para captar la atención de sus alumnos, que tienen un grupo ingobernable, que están al frente de una clase en la que no es posible conseguir unos minutos de silencio… Esas clases en las que se emplea más tiempo en establecer el orden que en trabajar.

Situación que se agrava cuando no se cuenta con los padres y madres como aliados. Cuando piensas que el comunicar a los padres la situación será de una gran ayuda y te encuentras con que los padres están en otras cosas o están para defender la conducta de un sinvergüenza.

Se tata de casos en los que nada surte efecto. Ni los elogios, ni las promesas, ni las amenazas, ni los castigos… Nada. Incluso la expulsión es celebrada por algunos alumnos como un triunfo, como un desafío, como un motivo de satisfacción.

Me imagino a esos colegas acudiendo al trabajo como si de un campo de torturas se tratara. En lugar de ir a disfrutar de la hermosa tarea de enseñar, van asustados a librar batallas en las que tienen que soportar los desaires, los insultos e, incluso, las amenazas de los alumnos. Arrastran la misma sensación de impotencia que experimenta un médico ante un enfermo desahuciado. Pobres docentes. Pienso mucho en ellos (y en ellas).

Hay quien piensa que el trabajo del docente es fácil. No lo considero así. Recuerdo aquel artículo de Manuel Rivas, titulado “Amor y odio en las aulas”. Dice el escritor gallego: “Mucha gente todavía considera que los maestros de hoy viven como marqueses y que se quejan de vicio, quizá por la idea de que trabajar para el Estado es una especie de bicoca perfecta. Pero si a mi me dan a escoger entre una excursión “Al filo de lo imposible” y un jardín de infancia, lo tengo claro. Me voy al Everest por el lado más duro. Ser enseñante no solo requiere una formación académica. Un buen profesor o maestro tiene que tener el carisma del Presidente del Gobierno, lo que ciertamente está a su alcance; la autoridad de un conserje, lo que ya resulta más difícil y las habilidades combinadas de un psicólogo, un payaso, un disc jockey, un pinche de cocina, un puericultor, un maestro budista y un comandante de la Kfor. Conozco una profesora que solo desarmó a sus alumnos cuando demostró tener unos conocimientos futbolísticos inusuales, lo que le permitió abordar con éxito la evolución de las especies”.

Ante las dificultades que aparecen en el aula se puede reaccionar de diferente manera. Una de ellas es abandonar la causa, dejar el trabajo, aceptar la derrota y largarse con viento fresco. Resulta muy duro que aquellos por quienes el profesor se desvive, aquellos a quienes pretende enseñar, no solo no quieran  aprender  sino que dediquen su inteligencia y energía a hacerle la vida imposible. Nunca me han gustado las bromas, y menos las crueles, que algunos alumnos gastan a sus profesores.

Luis Landero escribió hace algunos años, una excelente novela titulada “Absolución”. El protagonista es una persona con espíritu  nómada que dura muy poco en los empleos que asume. Uno de ellos es el de profesor. No le va bien. Un buen día, mientras los alumnos dan muestras fehacientes de insensibilidad y desinterés, el profesor recoge sus papeles, los mete en la cartera, se dirige hacia la puerta del aula y, sin mediar palabra, se va para siempre. Cuando camina por el pasillo hacia la salida, vuelve sobre sus pasos, abre la puerta del aula y dice en voz alta y clara:

–       Que os jodan.

No me gusta esta opción. Supone una retirada, la aceptación de un fracaso. Sí, se acaba el problema para ese profesor, pero la huida es una derrota. Y más cuando se hace de esta manera despectiva. Además, abandonar el trabajo, tal como hoy está el empleo, resulta muy difícil. Así que, a sufrir.

Otra manera de afrontar el conflicto es acomodarse a él. Dar por bueno ese clima de falta de respeto, aceptar esas actitudes de abierto desprecio a los demás, de agresividad hacia la autoridad y de violencia institucionalizada. Desde la impotencia o la comodidad, el profesional decide callarse, aguantar y endurecer la capa de su indiferencia. Lo importante es cobrar al final del mes, no que los alumnos aprendan y convivan. Renuncia a pasarlo bien, a vivir felizmente su trabajo a cambio de un pequeño estipendio.

La tercera es la opción por la que apuesto. Se trata de afrontar la situación con valentía, inteligencia y amor. Lo primero que hay que hacer para ello es conocer bien lo que sucede. No se puede negar la evidencia. Hay un problema. Un problema difícil de resolver. Pero es preciso diagnosticar qué es lo que pasa. Se puede observar con atención, entrevistar a los alumnos, hacer un sociograma, preguntar a otros colegas, pedir ayuda a especialistas (orientadores, terapeutas… que tenga la escuela).

Lo segundo es reconocer que, si no hubiese problema alguno, si los alumnos supieran comportarse, si tuviesen interés por el conocimiento, si fuesen respetuosos, solidarios y trabajadores, no haría falta que existiesen ni los profesores ni las escuelas.

Es necesario, en tercer lugar, pensar que hay solución. La educabilidad se rompe en el momento que pensamos que el potro no puede aprender y que nosotros no podemos ayudarle a conseguirlo. Creer que hay solución es un parte de la solución.

Después hay que compartir las preocupaciones con los colegas. Sin miedo, sin vergüenza, sin agresividad. Tenemos tendencia a pensar que solo nosotros padecemos problemas, que solo a nosotros nos resulta difícil. Y no es así. Cuántos docentes han dañado su autoconcepto que solo ellos son incapaces  de afrontarlos y resolverlos…

Y luego hay que intervenir. Hay que tomar decisiones. Tratar de ganarse a los líderes del grupo, pedir colaboración a los padres, crear un “carnet de convivencia” por puntos que se pueden ir perdiendo y ganando, realizar algunas dinámicas de grupo en horas de tutoría… No hay soluciones mágicas. En educación no sucede que si A entonces B; lo que realmente pasa es que si A, entonces B, quizás.

Por eso hay que tener paciencia y saber esperar. No indefinidamente, pero hay que esperar. Y evaluar lo que sucede. Y analizar las causas de los fracasos para aprender de ellos. Hace unos años pronuncié la conferencia de apertura en un Congreso de Médicos celebrado en Marbella, un Congreso peculiar ya que tenía como objetivo estudiar “los errores médicos”. ¿Por qué no analizar nuestros errores y aprender de ellos?

Y hay que leer. Hay cientos de libros sobre estas cuestiones. Rosa Barocio, por ejemplo, ha escrito “Disciplina con amor”, “Disciplina con amor en el aula”, “Disciplina con amor para adolescentes”… También es bueno escribir. Porque el pensamiento caótico y errático que tenemos sobre la práctica educativa, cuando escribimos, acaba por quedar ordenado  y nos permite comprender lo que pasa.

Palabras para Cintia

15 Nov

Pienso con frecuencia en esas cosechas casi inexorables que lleva consigo la sementera de la educación. Muchas de esas cosechas se producen de forma inmediata, cada hora, cada día. O al final el curso escolar. Otras se demoran en el tiempo. Pero siempre llegan, aunque ni siquiera las esperes. Algunas ni siquiera  serán conocidas.

Pienso con frecuencia en esas cosechas casi inexorables que lleva consigo la sementera de la educación.

Creo que sería estupendo que los profesores y profesoras compartiésemos esos logros maravillosos, esas palabras de gratitud que  pronuncian los padres y los alumnos durante el curso o al finalizarlo, esos testimonios fehacientes de la influencia beneficiosa que condiciona, a veces, la vida entera de una persona.

Me lo decía hace unos días con emoción contenida el profesor  y amigo José Luis del Río, que actualmente trabaja (con enorme ilusión y pésimas condiciones, por cierto) en mi Departamento de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Málaga:

– Gracias a una conferencia tuya que escuché en Ronda cuando tenía 17 años, decidí hacerme profesor. Y ahora lo soy con todo el entusiasmo del mundo.

Me consta que sus alumnos y alumnas son felices con su esforzado magisterio. Daniel Pennac dice en el hermoso libro “Mal de escuela” (hermoso por su contenido y por su estilo literario, no en vano es un prestigioso escritor, además de un consagrado profesor de Literatura en un instituto cercano a París): “A mi me salvaron la vida tres profesores que tenían una característica común: nunca soltaban a su presa”. Obsérvese que no dice la asignatura, o el curso, o la carrera, sino la vida. ¿Qué más se puede hacer por alguien? Repetiré aquí, una vez más, las hermosas y certeras palabras de Emilio Lledó: Enseñar no es solo una forma de ganarse la vida. Es, sobre todo, una forma de ganar la vida de los otros.

¿Tendrá una recompensa de ese tipo un banquero, un general, un veterinario, un arquitecto, un ingeniero…? No, esas recompensan solo las puede obtener un profesor.

Mi amigo Horacio Muros, director de una humilde escuela argentina en la provincia de Mendoza, me escribe hace unos días un correo que dice lo siguiente: “Quiero compartir algo que seguro vos le darás el mismo valor que yo. Nuestra escuela va cumpliendo su función social… Ella va empapando de nuevos saberes a un contexto marginal, casi por capilaridad, un riego a manto que penetra y humedece la tierra reseca de injusticias, de faltas de oportunidades, de trabajo digno y estable, de confianza en sí mismos, de sentirse marginados y excluidos, pero la escuela poco a poco va creando otro microclima y ya se empiezan a ver reverdecer los pequeños, pero grandes logros, de nuestros egresados. Me impactó el orgullo con el que Cintia ha tomado la docencia. Te envio el testimonio de casi un “milagro”

Me cuenta Horacio que esta chica, nacida en el seno de una familia pobre, sin recursos, en una zona depauperada, con su continuado esfuerzo, con su ilusión renovada cada día, ha conseguido hacerse docente.

Me pide Horacio que le mande a Cintia unas palabras de felicitación. Y lo hago encantado, a pesar de no conocerla personalmente. Creo que se merece una sincera felicitación, un emotivo aplauso. Y se lo merecen también, como le digo, todos aquellos docentes que han hecho posible lo que Horacio llama un milagro. Estas son las sinceras palabras que, sin dilación, le envié para ella.

“Querida Cintia: Me cuenta Horacio Muros, tu director, que te has convertido en una estupenda docente. Quiero felicitarte por ese logro magnífico, por todo el esfuerzo que supone, por toda la ilusión que  encierra, por todas las alegrías que conlleva.

Quiero felicitar también  a tu familia que, sin duda, te ha ayudado a recorrer ese largo camino un enorme sacrificio. Y, cómo no, a todos los docentes que te han enseñado y servido de ejemplo.

Pero, me vas a permitir que felicite a los alumnos y alumnas que vas a tener porque tendrán la suerte de disfrutar de una docente comprometida, ilusionada y amorosa. No olvides nunca que los alumnos aprenden de aquellos docentes a los que aman.

Te mando esta carta que dirigí a mis estudiantes de Magisterio. Espero que encuentres en esas ideas algunas sugerencias que te orienten en el trabajo. Ojalá que el ejercicio de tu profesión te vaya haciendo cada día más feliz, más sabia y más optimista. Te mando un beso muy grande desde España.

Reflexiona Horacio, en un correo posterior, sobre la importancia que tiene la escuela en estos contextos desfavorecidos, sobre la tarea que realiza con los alumnos cuyas familias no disponen de medios para ofrecer a sus hijos un futuro con horizontes.

Me cuenta que esa chica pertenece a una familia que, por sí misma, no hubiera podido sacar a su hija de los estrechos límites de su pobreza. Es un caso, dice, de verdadera inclusión. Porque, efectivamente, hay muchas trampas en este proceso que a veces incorpora en pésimas condiciones. Dice Horacio que, en cierta ocasión le comentó a un senador, que los hijos de los pobres acabarían educando a los hijos de los ricos.

Aprovechando este artículo le voy a dedicar a Cintia un texto que, con carácter anónimo, he visto circular por muchos lugares y que tiene que ver con esas cosechas minúsculas, cotidianas y emotivas que brinda a los docentes y a las docentes la acción educativa. Se titula “Orgullo de maestra”. Lo reproduzco aquí, con algún cambio insignificante.

Al saber que soy maestra, la gente suele preguntarme qué enseño y mi respuesta de que doy clases de Primer curso en una Escuela de Primaria, generalmente les arranca un “¡ah!” tan desabrido que me gustaría exclamar:

¿En qué sitio, si no allí,  me abrazaría un apuesto jovencito y me diría que me quiere?

¿Dónde más podría atar lazos para el pelo, ajustar cinturones, ver un desfile de modas a diario y, aunque siempre me vista de la misma forma, oír decir que  mi vestido es bonito?

¿En qué otro lugar tendría el privilegio de mover dientes flojos y de arrancarlos cuando terminan de aflojarse?

¿Dónde más podría guiar en la escritura de las primeras letras una manita que quizás algún día escriba un libro importante?

¿En qué otra parte olvidaría mis penas porque tengo que atender tantas cortaduras, raspones y corazones afligidos?

¿Dónde conservaría el alma joven, sino en medio de un grupo cuya atención es tan efímera que siempre debo tener a mano una caja de sorpresas?

¿Dónde me sentiría más cerca del bien y de la verdad que en un lugar donde, por un esfuerzo que yo he hecho, un niño aprende a leer?

¿En qué sitio derramaría lágrimas porque hay que dar por terminado  un año más de relaciones felices?

Son palabras para Cintia. Formuladas con el deseo de que el ejercicio profesional que ahora comienza sea un camino que le haga cada día más feliz al compartir generosamente con sus compañeros y alumnos el saber, el optimismo y el amor. En una sociedad en la que quien tiene conocimiento adquiere poder, el maestro dedica su vida a compartir el conocimiento que posee, con los demás. Enhorabuena y suerte, Cintia.

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La casita de los sueños

25 Oct

En una reciente visita a La ciudad de Florencia (Departamento de Caquetá, Colombia) para participar en el Congreso “Educación, Pedagogía y Cultura Ambiental”, tuve la fortuna de conocer una experiencia educativa de hermoso y certero nombre: “La casita de los sueños”.

Lo que más me llama la atención es que “La casita de los sueños” no sea una iniciativa comercial sino profundamente educativa. Es, como dicen sus creadores, un “programa integral”.

En la parte trasera de una camioneta Chevrolet modelo 1986 pude ver una rústica construcción de madera en forma de casa, en ese momento abierta por un lateral, que mostraba en su interior materiales de colores llamativos: juegos de madera, artesanías, libros, relojes… Un vehículo singular que, en lugar de transportar leche, frutas, verduras o caballos…, estaba lleno del material ilusionante de los sueños. Un vehículo singular que no funciona con gasolina sino con los latidos emocionados del corazón de los niños y las niñas. Un vehículo singular que, en lugar de contaminar el ambiente, tiene como finalidad embellecerlo y purificarlo.

Conocí la experiencia de manos de sus creadores, Humberto Aníbal Patiño Giraldo y Luz Stella Salazar Morales, que me hablaron de ella con un entusiasmo contagioso, con una pasión vibrante y con un amor entusiasta. Nació la experiencia de la nada en San Vicente del Caguán. De la nada, no. De la mente inquieta y el corazón apasionado de Humberto y Luz Stella y de su convicción de que hay que buscar la paz a través del conocimiento, del juego, de la lectura y del amor a la naturaleza. La Fundación nació hace tres años y tiene vocación de futuro. Se ha propuesto, para 2021, “ser reconocida a nivel departamental nacional e internacional demostrando las capacidades que tiene de ser competente ante la sociedad”.

En las puertas del vehículo aparece una inscripción con la sigla CIRCREADI y su correspondiente explicación: Círculo de Creaciones Didácticas. En el nombre se condensa la finalidad: creatividad para el aprendizaje. En el tiempo de escuela y en el tiempo de ocio. El caso es que los niños y las niñas sean más sabios y más felices.

Dice su carta de presentación “CIRCREADI está integrado por un grupo de personas con gran sentido de pertenencia hacia la conservación del medio ambiente ya que elabora juegos didáctico, de entretenimiento y artesanías con residuos de madera, de buena calidad, brindándole a los clientes buenos productos para así poder ser competentes ante la sociedad, generando empleo a madres cabezas de hogar, personas con capacidad diferente y población vulnerable con las cuales se hace tejido social…”

San Vicente del Caguán es una población conocida por los colombianos porque en ella se celebraron hace algunos años unas fracasadas conversaciones de paz que se han convertido en un estigma. Por eso es significativo que esa población haya sido cuna de esta hermosa iniciativa que busca la paz a través de la educación. Cuando y donde tantas ideas y acciones se ponen al servicio de la violencia, es de agradecer que haya ideas y acciones como ésta, que tienen como finalidad exclusiva la conquista de la paz y de la solidaridad.

Lo que más me llama la atención es que “La casita de los sueños” no sea una iniciativa comercial sino profundamente educativa. Es, como dicen sus creadores, un “programa integral”. Un programa que califican de educativo porque llega a cada institución visitada con donación de juegos y libros didácticos y de entretenimiento. Además, organizan talleres lúdicos y de lectura y cursos de formación para las familias. Un programa que es también social porque esos juegos de madera los diseñan y elaboran madres de familia y personas con capacidad diferente. Un programa, en tercer lugar, que tiene un carácter ambiental ya que dichos juegos son elaborados con residuos de madera (“no derribamos un solo árbol”, dicen) y en todas las visitas se hace entrega de semillas y pequeños árboles para la reforestación. Es también un programa cultural ya que en las ferias que participa muestra una imagen del municipio y de la provincia llena de preocupaciones y de iniciativas de transformación

Se trata de un proyecto noblemente ambicioso. Dicen en sus textos: “El objeto social de la Fundación es propiciar el desarrollo en Colombia, dando apoyo a actividades, programas y proyectos de carácter ambiental, educativo, cultural, deportivo, empresarial y productivo que corresponde a la necesidad de mejorar la calidad de la vida de los niños, jóvenes, madres cabeza de hogar, personas con algún tipo de discapacidad y comunidad en general”.

Vi en La casita de los sueños la proyección de un video que mostraba, a través de hermosas imágenes y del relato de la maestra, una de las visitas. La que hizo La casita de los sueños a la comunidad de La Camuya. El vehículo avanzaba por caminos impracticables, casi inexistentes, llenos de barro y de baches, hacia una escuela perdida en lo más remoto del campo. Un lugar al que casi nadie llega. Y luego se veía el alborozo de los niños y de las niñas cuando llegaba La casita cargada con un bagaje casi infinito de sueños. Ter llenaba de emoción ver a los niños jugando con los materiales y leyendo los libros. Y plantando los árboles en pleno campo.

“La casita de los sueños” se desplaza casi siempre a poblaciones vulnerables. Es de admirar la preocupación de sus creadores por los más desfavorecidos, por aquellos a quienes Paulo Freire llamaba “los desheredados de la tierra”.

Este matrimonio habla con tanto entusiasmo de “La casita de los sueños” que consigue involucrarte en esos ideales que a ellos les mueven a trabajar cada día. Tienen dos hijos y consideran que La casita es un tercero que ha nacido de su amor a la educación. Me ha gustado encontrar explicitado el espíritu que guía todos sus afanes. Me refiero a los valores corporativos que tratan de buscar y desarrollar: “amabilidad, respeto, solidaridad, trabajo en equipo, responsabilidad, eficiencia, competitividad, cumplimiento”.

Tienen Humberto y Luz un magnífico dossier de materiales recogidos en sus visitas. Cartas emocionantes de los niños, testimonios de los maestros y de las maestras, algunas cartas manuscritas de padres y de otras personas que expresan sus sentimientos y sus valoraciones sobre esta experiencia.

¿Cómo no aplaudir y alentar esta idea que ha surgido para el desarrollo de la educación en la provincia primero y, quizás, en el país y en el mundo después? ¿Cómo no emocionarse al ver que la creatividad, la ilusión y el esfuerzo de personas consiguen que los niños aprendan y se diviertan en aras de la construcción de un mundo mejor? ¿Cómo no felicitar a sus promotores porque han creído en una idea, han superado dificultades y han arriesgado su dinero y su trabajo con generosidad y entusiasmo?

No les domina el afán de enriquecimiento sino la búsqueda de la felicidad. Me volvieron a emocionar cuando me entregaron, dedicado a mi hija Carla, un pequeño rompecabezas de madera que ella está ahora tratando de resolver mientras escribo estas líneas. “La casita de los sueños” ha cruzado el Atlántico y ha traído un poquito de felicidad a una niña española. Gracias.

No te preocupes por llegar tarde

11 Oct

Llevo todos los días a mi hija Carla al Colegio. No hace mucho, siguiendo una escrupulosa costumbre, a las ocho y media de la mañana, me puse al volante y ella ocupó su silla en el asiento trasero. Nos colocamos los respectivos cinturones y nos pusimos en marcha. A mí me gusta escuchar la radio, ella prefiere canciones. Así que negociamos convenientemente los trayectos. Cuando ese día enfilamos la carretera de circunvalación nos topamos con un atasco tremendo.

Papá, no te preocupes por llegar tarde, ya que vamos al Cole. Lo malo es que fuéramos a un cumple y entonces me perdería el mago, la tarta y la piñata.

– Carla, le dije con preocupación, te has levantado pronto, te has vestido con rapidez y has desayunado a buen ritmo, pero vamos a llegar tarde. Mira qué atasco hay tan enorme. Es probable que haya ocurrido un accidente.

Estábamos casi parados. Volví a insistir en el indeseable retraso. Ella sabe que me gusta llegar con puntualidad cada mañana. Al ver mi insistencia y mi inquietud, me dijo con resolución:

– Papá, no te preocupes por llegar tarde, ya que vamos al Cole. Lo malo es que fuéramos a un cumple y entonces me perdería el mago, la tarta y la piñata.

Es decir que, a su juicio, se pierden cosas importantes e interesantes si se llega tarde a una fiesta de cumpleaños. Pero no si se llega tarde a la escuela. Y eso que es una magnífica estudiante, inteligente y aplicada. Me quedé pensativo. ¿Qué es lo que se pierden los escolares si llegan tarde o no van al Colegio? ¿Es de lamentar? ¿Es para alegrarse? ¿O da exactamente lo mismo?

Eso fue hace un par de años. Al iniciar este curso, planificábamos las actividades extraescolares por si el trabajo le resultaba excesivo. El diálogo siguió por estos derroteros:

-¿Quieres dejar el Conservatorio de música y las clases de piano?
– No, de ninguna manera. El piano me encanta.

– ¿Quieres dejar las clases de ballet?
– No, las clases de ballet, no. Me gustan mucho.
– ¿Quieres dejar la equitación?
– Eso sí que no, dijo con aplomo. No puedo dejar a mi yegua Curra.
Entonces vio una solución que acababa con todos los problemas a la vez, los de tiempo y los de priorización. Y dijo como si hubiera dado con la piedra filosofal:
– ¿Y si dejamos el Colegio?

Pues nada, otra vez a pensar. ¿Qué pasaría si dejásemos el Colegio? ¿Qué se perdería? ¿Qué es lo que aprenden nuestros alumnos y alumnas en las instituciones escolares? ¿De qué naturaleza son los aprendizajes? ¿Aprenden solo conocimientos? ¿Aprenden destrezas? ¿Aprenden actitudes? ¿Aprenden valores? ¿Para qué les sirve lo que aprenden? Una cosa es saber, otra saber hacer y otra saber ser. En los tres ámbitos de competencias es necesario hacer adquisiciones. Pero, ¿cuáles?, ¿cuándo?, ¿cómo?

Creo que la pregunta tiene tres dimensiones concatenadas. La primera se refiere al diseño del curriculum, es decir a las decisiones referidas a la selección de los contenidos y experiencias de los aprendizajes. Cuáles han de ser y cómo se han de estructurar. La segunda se refiere al desarrollo del curriculum en las instituciones, es decir a las cuestiones relativas a las estrategias adecuadas para realizar esos aprendizajes. La tercera, que cierra, el proceso de interrogaciones tiene que ver con la comprobación de que esos aprendizajes realmente se han aprendido y si no se ha alcanzado la meta, por qué motivos ha sido. Las tres cuestiones tienen un denominador común que se refiere a los agentes de los tres ámbitos, es decir, a los responsables de esos procesos y a su cualificación. Y, por otra parte, a quienes tienen que realizar esos aprendizajes.

Se insiste hoy en la necesidad de adquirir competencias. Me parece bien, con tal de que no se desvirtúe el término y nos demos de bruces, como está sucediendo en algunos lugares, con los objetivos operativos de Mayer o con la triple taxonomía de Benjamin Bloom.

Téngase en cuenta, además, que hoy el conocimiento se nos viene encima en avalanchas incontenibles. Hace falta tener criterios para saber cuándo los conocimientos que encontramos tienen rigor y cuándo están adulterados por intereses económicos, comerciales, políticos o religiosos.

Me preocupa mucho que los aprendizajes de la escuela estén alejados de la vida y de los intereses de los escolares. Un viejo cuento hindú que he leído en el libro “Cuentos clásicos de la India”, de Ramiro Calle, nos puede servir para reflexionar sobre la pertinencia de los aprendizajes que se realizan en la escuela:

“Un joven erudito, arrogante y engreído quiso atravesar un río caudaloso. Para cruzarlo de una a otra orilla tomó una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero:
— Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?
— No, señor, repuso el barquero.
— Entonces, amigo, has perdido la cuarta parte de tu vida.
Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero:
— Dime, barquero, ¿has estudiado botánica?
— No, señor, no sé nada de plantas.
— Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida, comentó el petulante joven.
El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó:
— Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizándote por las aguas. ¿Sabes algo de sus componentes químicos?
–No, señor, nada sé al respecto. No sé nada de estas aguas ni de otras.
–¡Oh, amigo!, exclamó el joven. De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.
Súbitamente, la barca comenzó a hacer agua. No había forma de achicar tanta agua y la barca comenzó a hundirse. El barquero le preguntó al joven:
— Señor, ¿sabe nadar?
— No, repuso el joven.
— Pues me temo, señor, que ha perdido toda tu vida.

El Maestro dice: No es a través del intelecto como se alcanza el Ser: el pensamiento no puede comprender al pensador y el conocimiento erudito no tiene nada que ver con la Sabiduría”.

Hace años vi una deliciosa película argentina de Adolfo Aristiarain titulada “Un lugar en el mundo”. En esa película hay una escuela. Y en esa escuela, un buen maestro. Al terminar la escolaridad de una promoción, el maestro congrega a sus discípulos y les dice:

– Más preocupado que por la cantidad de datos que habéis almacenado en vuestra cabeza, estoy preocupado por el hecho de que aquí hayáis aprendido a pensar y a convivir.

Tenía razón aquel maestro. Porque saber pensar ayuda a descubrir y entender el mundo, a ver los hilos ocultos de la realidad, a explorar con curiosidad y a perseguir la verdad. Aprender a pensar significa que se ha hecho uno un buscador del conocimiento necesario para la vida. Haber aprendido a convivir significa que se ha conseguido reconocer la dignidad de los seres humanos, que se ha descubierto de formas práctica la solidaridad y compasión. Es decir, la forma de construir un mundo más justo y más hermoso.