Pilotos asesinos

3 Abr

Todo el mundo ha vivido con asombro y consternación la tragedia sufrida por los pasajeros del vuelo de Germanwings hace unos días en la cima de los Alpes. Las familias de los fallecidos no olvidarán jamás lo sucedido. Un trastornado piloto, cuyo nombre no quiero citar para no dar pábulo a sus patológicas pretensiones de hacerse recordar, estrelló el avión haciendo realidad un elaborado y anunciado proyecto: “Haré algo que cambiará el sistema y hará que se conozca mi nombre en todo el mundo”, anunció hace años a una antigua novia.

Un trastornado piloto, cuyo nombre no quiero citar para no dar pábulo a sus patológicas pretensiones de hacerse recordar, estrelló el avión haciendo realidad un elaborado y anunciado proyecto: “Haré algo que cambiará el sistema y hará que se conozca mi nombre en todo el mundo”, anunció hace años a una antigua novia.

Ni tanto. Estrellar un avión aprovechando la ausencia del comandante al que no abre intencionadamente la puerta de la cabina, pulsando el botón fatídico y provocando una catástrofe sin precedentes en la historia de la navegación aérea, es un acontecimiento que no se podrá olvidar en siglos. No es fácil concebir un hecho tan calculado como retorcido.

Estremece pensar en el comandante de la nave pidiendo a gritos a su compañero que abriese la puerta cuya  clausura suponía para todos una sentencia de muerte. La caja negra ha revelado, para martirio de los familiares de los fallecidos, la demanda desesperada del comandante:

– ¡Por el amor de Dios, abre la maldita puerta!

La protección contra los terroristas que llevó a blindar la puertas de la cabina de los aviones, se convirtió en una trampa al encontrarse el terrorista dentro. Resulta terrible la imagen del comandante golpeando la puerta de la cabina del avión entre los gritos desesperados de los pasajeros. Pone los pelos de punta pensar en esos ocho minutos de descenso hacia la muerte. La muerte voluntaria del piloto, la muerte impuesta de los inocentes pasajeros, dieciséis de ellos estudiantes que estaban abriendo el cascarón de la vida.

Podía haberse suicidado, si lo tenía a bien. Su vida era suya. Pero no tenía derecho a planificar con tanta saña la muerte de un puñado de semejantes que habían puesto confiadamente la vida en sus manos. Y que, incluso, habían pagado par hacerlo. Imagino las interpelaciones que han hecho los familiares de las víctimas al piloto  sadomasoquista: ¿por qué no decidió suicidarse usted solito el día anterior?,  ¿por qué silenció su enfermedad y su tratamiento a la compañía?, ¿por qué ocultó la baja médica de forma tramposa?, ¿por qué condenó sin juicio a los miembros de su tripulación y a todo los pasajeros?, ¿por qué se convirtió en juez de sus víctimas?, ¿por qué ha volcado sobre sus padres, familias y amigos tanta tristeza y tanto baldón?

Todos hemos sido impelidos a pensar en el proceso de selección de los pilotos y en el proceso de control en su ejercicio profesional. ¿Cómo es posible que una persona con baja psiquiátrica se haya colado en esa cabina como si nada le pasase?, ¿cómo se ha puesto la vida de todas esas personas en las manos asesinas de un perturbado?

Los terribles hechos que han sucedido en Germanwings, me han llevado de la mano a trasladar esa cuestión al ámbito profesional docente. ¿En manos de quién se pone la vida de los alumnos  y de las alumnas en las aulas? Me he imaginado muchas veces en estos días las aulas como aviones tripulados por maestros y maestras, unos de mayor competencia que otros. Y me he hecho muchas preguntas sobre lo que sucede con los grupos de  escolares que “vuelan” bajo la responsabilidad y la sabiduría de sus guías.

En la formación y en la selección de los profesores y profesoras solo se tiene en cuenta el nivel de conocimientos y, a lo sumo, la pericia en algunas destrezas didácticas. Nada se plantea respecto a la imprescindible estabilidad psicológica y emocional de quien va a tener a su cargo a grupos de niños y adolescentes, por definición inmaduros. No es igual trabajar con materiales que con personas. No es igual manipular productos o vender muebles que trabajar con seres humanos. Y, además, en una situación asimétrica como es la docente. Téngase en cuenta que el profesor o profesora tiene autoridad sobre sus alumnos y alumnas.

Si se analiza el curriculum que se desarrolla en las Facultades de Educación se verá que no existe una parcela que tenga que ver con el ser del docente. Todo el curriculum se articula sobre el saber y, en el mejor de los casos, sobre el saber hacer. Y la cuestión se agrava si se repasa el sistema de acceso a la profesión docente. Una persona se hace profesor o profesora de forma vitalicia superando unas pruebas que tienen que ver con el saber y con el saber hacer, pero no con el ser.

¿Qué sucede en una aula cuando el docente sufre una patología psiquiátrica grave, cuando está desequilibrado emocionalmente?, ¿cómo se pueden defender de su nefasta influencia unos alumnos que dependen jerárquicamente de quien gobierna la clase? Lo que pasa es que las víctimas de esos docentes enfermos se diferencian de las que sufren los pasajeros de los aviones siniestrados por voluntad de un piloto asesino.  Se convierten en cadáveres psicológicos que tienen cinco características que los diferencian de los cadáveres físicos: no huelen, se mueven,  corren, hablan y hasta se ríen. Cadáveres, al fin y al cabo. Personas con el autoconcepto destruido, con el deseo de aprender aplastado, con el sufrimiento y el miedo instalado en su mente, con las expectativas mermadas, con la solidaridad desaparecida… Pobres víctimas.

Creo que debería establecerse un control sobre aspectos psicológicos en la selección y otros de carácter periódico durante el ejercicio profesional. Porque alguien puede estar muy sano cuando comienza y sufrir un deterioro brusco o paulatino a lo largo de su práctica profesional. Para ser profesor no basta tener los conocimientos, las habilidades, las destrezas y la capacidad necesaria para trabajar en el aula. Hace falta, además, un equilibrio emocional que rija las relaciones de aprendizaje y de convivencia en el aula. El piloto suicida, cuyo nombre omito intencionadamente otra vez, causó el desastre no porque no supiera manejar el avión sino precisamente porque sabía hacerlo. No le faltaban conocimientos técnicos sino una cordura elemental y una ética mínima.

En el caso de la selección de profesores y profesoras subiría un peldaño más en la exigencia. No bastaría que estuviesen libres de taras que podrían llevar al desastre, sino que deberían tener unos niveles altos de salud emocional. Porque no se trata solo de evitar los daños irreparables que provoca una patología severa sino que se pretende alcanzar las cotas más altas de desarrollo emocional en el alumnado.

No quiero ni pensar que mi hija caiga en manos de un desequilibrado en el espacio cerrado del aula, en ese viaje arriesgado que es el proceso de enseñanza y aprendizaje. Un viaje que no dura solo lo que un vuelo de avión sino muchas horas más, muchos días más y,  veces, muchos años más. ¿Qué culpa tendría ella de la incompetencia emocional de un docente?, ¿qué culpa tendría de la incuria de los responsables de esa selección?  La misma que tenían los pasajeros de  la patología del piloto.  La misma que tenían respecto a la falta de control de los responsables de la compañía aérea. ¿Cómo es posible que una persona con una baja psiquiátrica pudiera pilotar un avión lleno de pasajeros?, ¿cómo es posible que un profesor tarado pueda entrar cada mañana en una aula para amargarle la vida al grupo de alumnos y alumnas que le ha sido asignado? Pongamos remedio a tiempo.

El eco de la montaña

14 Mar

Me preocupa mucho el desarrollo profesional de los profesores y de las profesoras. El comienzo, el desarrollo y la jubilación pueden ser motivo de alegría o de desesperación. Algunos disfrutan hasta la saciedad y otros sufren lo indecible. Es curioso y, a la vez, inquietante. Hay mucha diferencia entre vivir feliz y vivir amargado. La diferencia esencial.

La montaña es como la escuela. Ella devuelve a los profesores lo que los profesores le dan. A quien dice cada día cada día amargura le devuelve su amargura. A quien dice cada día felicidad le devuelve repetidamente felicidad.

¿De qué depende? Porque llama la atención que con las mismas o parecidas condiciones, el mismo Ministro, el mismo Consejero, el mismo Inspector, el mismo Director, los mismos compañeros y parecidos alumnos, haya un profesor feliz que hace felices a quienes mira y otro desgraciado que contagia tristeza a quienes le conocen.

Hay quien comienza por motivos pedagógicamente pobres y quien empieza por motivos ¡pedagógicamente ricos.  Ese hecho condiciona el ejercicio profesional. Quien se hace docente solo porque es un modo de ganar dinero para sobrevivir, es difícil que pueda disfrutar con lo que hace. Quien decide ser profesor porque con su trabajo puede ganar la vida de los demás, es probable que  se sienta feliz con lo que hace. Claro que se puede empezar por motivos miserables y luego enriquecerlos y, a la inversa, se puede comenzar por motivos nobles y acabar degradándolos.

Y luego viene el ejercicio profesional, que puede tener dificultades, contratiempos y fracasos. Pero la actitud con la que se afronta es fundamental para la vivencia feliz o desgraciada. No es igual ir al lugar de trabajo como quien va a una fiesta que ir como aquel condenado a muerte iba un lunes camino del patíbulo diciendo: mal empiezo la semana.

Cuando llega la jubilación, unos se lamentan de que haya pasado el tiempo tan rápido y otros maldicen el interminable camino que han tenido que recorrer. Unos querrían seguir y otros piden a gritos la jubilación anticipada.

Ejemplificaré esta doble actitud con un cuento de Cristina Gutiérrez Lestón que he leído en su libro “Entrénalo para la vida”.  Ella dice que los cuentos se explican para que los niños se duerman y para que los adultos despierten. El cuento dice así, de forma resumida.

Una madre salió de excursión con su hija Emma (diez años) y con su hijo Pablo (doce). Fueron a Santa Fe de Montseny. Emma iba muy contenta. Las actividades familiares le encantaban y más aun en la naturaleza, donde podía dejar volar su imaginación y convertirse en una exploradora intrépida. Pablo, en cambio, estaba enfadado. Este era un estado cada vez más habitual en él. La mamá y la hermana oyeron sus quejas durante todo el trayecto en coche.

Empezaron a caminar por aquel paisaje con los árboles rebosantes de hojas verdes y todo lleno de flores. Llegaron a un lago que estaba rodeado por unas montañas imponentes. Pablo vio un movimiento extraño en el agua  y se acercó a mirar pero el agua estaba tan oscura que no pudo ver nada. En aquel instante buscó a su madre y la vio muy lejos, a punto de desparecer por un recodo del camino. Emma a su lado. Giró y empezó a correr hacia ellas, enfadado porque no le esperaban. Estaba tan ofuscado que no vio una piedra que le hizo caer y darse un buen trompazo. Gritó enfurecido:

– ¡Te odio, te odio!

Su ira fue en aumento al ver que estaba solo, que su madre y su hermana habían desaparecido y que, además, la montaña le decía con eco que le odiaba. Se levantó y con una fuerza que le salió del estómago bramó:

–       ¡Todo es una mierda!

Y al momento la montaña contestó impertérrita para desesperación de Pablo:

– ¡ Mierda, mierda!

Pablo empezó a llorar. Se sentía solo, como en muchos momentos.  Debido a la caída tenía rasguños en las manos y en las rodillas, así que se acercó al agua para limpiarse. En ese momento se oyó un ruido. Se asustó un poco, pero cuando vio que provenía de un pequeño pajarito de color rojizo se le acercó y le dijo:

– La montaña es como la vida, ella te devuelve lo que tú le das.

Pablo sabía que los pájaros no hablaban, así que no podía creerse lo que acababa de pasar. Pero el pájaro rojizo seguía allí, observándolo fijamente y el niño lo miraba  con la boca y los ojos abiertos como platos.

Entonces oyó de nuevo el eco de la montaña.  La montaña decía:

– ¡Te quiero, te quiero!

Pablo miró hacia la curva del camino. Su madre y su hermana estaban ahí gritando tan fuerte como `podían:

– ¡Te quiero, te quiero!

Y la montaña no se cansaba de repetir aquel mensaje. Se levantó y corrió como nunca había hecho antes, para ir a abrazar a su madre y a su hermana.

Hasta aquí la historia, reproducida con cierta libertad Y ahora la evidente moraleja. La montaña es como la escuela. Ella devuelve a los profesores lo que los profesores le dan. A quien dice cada día cada día amargura le devuelve su amargura. A quien dice cada día felicidad le devuelve repetidamente felicidad.

Por eso me parece tan importante preguntarnos por lo que llevamos cada día a la escuela. ¿Llevamos ilusión, optimismo, esfuerzo, esperanza, compromiso? Pues la escuela nos los devolverá multiplicados. ¿Llevamos desilusión, pesimismo, pereza, desesperanza y desinterés? Pues la escuela responderá como la montaña: multiplicando el eco de nuestras actitudes.

No depende tanto la felicidad de las circunstancias. Porque ya se ve que, con las mismas condiciones, las vivencias de los docentes son diametralmente opuestas. Diré más: las dificultades espolean a los buenos profesionales y hunden a los malos. Si en un país aparece una inesperada epidemia, los buenos médicos se sentirán invitados a trabajar más, a investigar, a esforzarse para superar la crisis. Los malos médicos dirán que ellos quieren trabajar solo con los sanos, que eso no lo estudiaron en la Facultad y que bastante hacen para lo que les pagan.

Se produce un fenómeno curioso: quienes más trabajan, quienes más concienzudamente se esfuerzan, quienes más se comprometen, suele piensan, dicen y hacen “pudiendo no hacer nada, ¿por qué vamos a hacer algo?”, suelen estar decepcionados y amargados.

¿Qué sucede cuando llega el momento de la jubilación. Algunos se vuelven hacia atrás y ven un reguero de dolor, una estela de frustraciones. Otros ven con nostalgia el recuerdo de muchos momentos felices.  Unos lamentan que llegue tan tarde la hora de abandonar el suplicio. Otros lamentan tener que dejar tan pronto una tarea llena de ilusión. Me emociona recibir, después de alguna conferencia o algún curso, la confidencia de algunos asistentes más que veteranos:

– Me jubilé hace dos años, pero mantengo la ilusión de  seguir aprendiendo.

En uno de los  libros titulados Vidas Maestras, que escribían los docentes en la anterior legislatura cántabra, a instancias de la Consejera socialista de Educación Rosa Eva Díaz Tezanos, una maestra que se jubilaba escribió: ¡Ojalá que los jóvenes maestros que empiezan lo hagan con la mitad de la ilusión con la que yo termino!”. Qué suerte ser así. Qué suerte para sus alumnos y alumnas tener una profesora así.

La Libreta de los sentimientos

21 Feb

Hace ya muchos años (en 1978, para ser exactos), Alexander Neill,  fundador de la escuela inglesa de Summerhill, que tuve la suerte de visitar en dos ocasiones, escribió un libro titulado “Corazones, no solo cabezas en la escuela”. Neill sostenía, en la teoría y en la práctica, que la finalidad de la escuela era alcanzar la felicidad. Sus tesis tienen hoy, a mi juicio,  una renovada vigencia.

Tuve en mis manos esa Libreta que es como una caja de sentimientos en la que los niños meten sus preocupaciones, demandas, angustias, conflictos y temores. Quien ha escrito algo en la Libreta sale al frente de la clase y explica qué es lo que siente, lo que necesita o lo que ofrece.

La escuela ha sido siempre el reino de lo cognitivo, pero creo que debe ser también el reino de lo afectivo. No solo porque la esfera de los sentimientos nos acerca o aleja de la felicidad sino porque para aprender es necesaria una disposición emocional favorable al aprendizaje.

He visitado hace unos días el Colegio público Pare Català de Valencia.  Me habían invitado a impartir una conferencia con el título “Arqueología de los sentimientos en la escuela”. Es el título de un pequeño libro mío publicado en Buenos Aires y traducido posteriormente al portugués. La orientadora del centro, María José Bataller,  tuvo la amabilidad de brindarme una hermosa experiencia en una aula de 6º de Primaria (11-12 años para quien me lee fuera de España).  Asistí a una asamblea en la que los niños/niñas (19 esa mañana), con las mesas puestas en círculo y bajo la guía de la tutora del grupo y de la orientadora, iban a trabajar sobre la ”Libreta de los sentimientos” que abrieron al comenzar el curso.

Tuve en mis manos esa Libreta que es como una caja de sentimientos en la que los niños meten sus preocupaciones, demandas, angustias,  conflictos y temores.  Quien ha escrito algo en la Libreta sale al frente de la clase y explica qué es lo que siente, lo que necesita o lo que ofrece.

En esa mañana un niño contó que, después de su demanda de ayuda porque se sentía solo, había recibido el apoyo de varios compañeros y compañeras de la clase. Alguien le había llamado para salir, alguien le había acompañado a casa,  alguien había jugado con él en el patio… Manifestó que se encontraba bien y que daba las gracias a quienes le habían ayudado.

Una niña  manifestó su sentimiento de dolor porque cuando iba hacia la casa con dos compañeros, tenía que separarse de ellos ya que uno no quería que ella escuchase lo que le iba a decir al otro. Se sentía excluida. La orientadora preguntó si se imaginaban cómo se sentía su compañera. Varios opinaron al respecto.  Y luego preguntó por la soluciones. Se sucedieron las propuestas:

–            Que le cuente esos secretos a su amigo en otro momento para que ella no se sienta mal…

–            Que comparta los secretos con ella pidiéndole que no los cuente a otras personas…

–            Que hablen de cosas que les interesen a los tres…

El niño dijo que lo hacía porque no sabía que a ella le molestaba y que, sabiendo lo que le sucedía a su compañera, dejaría de hacerlo.

En ese pequeño laboratorio se iban trabajando los sentimientos en las probetas de los corazones  y allí se modificaban al calor de comunicación y de la bondad.

Las manos se levantaban mientras iba llegando el turno de cada uno. Hablaban con una espontaneidad admirable. Respetaban con rigor el turno de palabra. Manifestaban lo que les preocupaba y lo que les hacía sentir infelices. Y entre todos buscaban las soluciones a los problemas sentimentales.

Después de trabajar sobre los contenidos de la Libreta, me enseñaron la Caja de las felicitaciones. Por la pequeña ranura de la parte superior habían ido introduciendo aquellas felicitaciones que deseaban formular: a toda la clase, a algún compañero o compañera, a la tutora…

Les hablé al final de la importancia de aquello que hacían en las asambleas y de aquello que escribían en la Libreta de los sentimientos. Les dije que era muy importante saber vivir felizmente y que eso dependía mucho de su vida sentimental. Les recordé que si uno se sentía mal era difícil que todos pudieran estar felices. Les agradecí que me hubieran permitido compartir todas aquellas emociones siendo yo un desconocido y les felicité por su sinceridad y por su valentía. Les insté, posteriormente, a que aprendiesen a conjugar emocionalmente estos cinco verbos:

Pedir:  ser capaces de solicitar la ayuda, el amor, la compañía, la compasión, el apoyo que necesitasen.  Hay quien no sabe pedir. Porque tiene miedo a que no le den, porque cree que no merece nada…

Dar: hay quien no es capaz de tener en cuenta a los otros, de responder a sus necesidades y demandas. No da porque tiene miedo a que le pidan a él y tenga que ser generoso.

Recibir:  es un apena que haya personas que no se atreven a recibir afecto, que se protegen de cualquier entrega, que consideran que ellas no se merece nada.

Rechazar: es preciso aprender a rechazar una petición cuando se quiere hacer así. Hay personas que no saben decir que no porque temen perder el  afecto de los demás.

Encajar:  cuando alguien nos dice que no, debemos ser capaces de encajar la negativa sin destruirnos. No es cierto que nos hayan dicho que no porque nos lo merezcamos sino porque no son  generosos.

Me despedí de ellos con un cuento que invita a ver las cosas, la vida, la gente y a sí mismos con optimismo. Se titula “Todo es para bien”. Ellos y ellas escuchaban absortos, como escuchan los niños y las niñas los cuentos.

La orientadora me informó sobre el origen de la experiencia. Un vídeo que se encuentra en You tube y al que remito a mis lectores y lectoras. Se titula “Pensando en los demás. Pedagogía para la vida”. Se trata de una experiencia realizada en un curso de 4º de Primaria, en la escuela pública Minami Kodatsuno. El documento ha sido, al parecer, repetidamente premiado. La verdad es que es muy hermoso.

El maestro Toshiro Kanamori, al que ya conocen los niños y las niñas del curso anterior,  pregunta al empezar el curso en el mes abril de 2002.

–                    ¿Qué será lo más importante de este curso?

Y los niños contestan a coro:

–                    ¡Ser felices!

–                    ¿Para qué estamos aquí?, insiste el maestro

–                    ¡Para ser felices!, dicen los niños como si se tratase de una lección bien aprendida.

El maestro, a quien ya conocen los alumnos del curso anterior,  les dice: puesto que solo tenemos una vida, debemos que vivirla con alegría. Cada día tres alumnos leen sus cartas en las que expresan los sentimientos que les invaden. Comienza un chico contando el dolor que le ha producido la muerte de su abuela. Otros se unen compartiendo sus sentimientos ante situaciones semejantes que han vivido.

Alguien podrá pensar que estas actividades constituyen una pérdida de tiempo. No  lo considero así.   Porque  se gana el tiempo cuando se aprende que solo podemos ser felices juntos, que nadie puede ser feliz cuando otros están tristes. Se gana el tiempo cuando se busca el camino de la felicidad.

Alguien pensará que esta búsqueda de la felicidad es contraria a la dureza de la vida, al sacrificio que exige el aprendizaje. Pues no. Porque, siendo necesario el sacrificio y el esfuerzo, es más lógico y más fácil hacerlo cuando tiene un sentido.  ¿Hay algo más importante que aprender a ser felices?

Serenidad

14 Feb

La vida que llevamos hoy suele estar llena de ajetreo, turbulencias y prisas. Nos domina el trajín, nos agobian las tareas, nos desvelan los problemas, nos asedian las dificultades, nos espolea la competición… ¿Cómo mantener la serenidad? ¿Cómo saber qué es lo importante y qué es lo  accesorio? ¿Cómo librarse de las trampas que la urgencia nos tiende en forma de opciones que parecen inevitables?

El muchacho se acercó y pudo observar que en medio de aquella terrible tempestad, entre los relámpagos y el cielo ennegrecido, había una roca que sobresalía del mar y encima de ella un pequeño nido de pájaros.

Decía Ldwing van Beethoven: “Ten serenidad. Solo considerando con tranquilidad nuestra existencia, llegaremos a conseguir nuestro propósito”. Para ello hay que tener un propósito. Y creo que el principal es tratar de ser felices. ¿Cuántas veces, ante la muerte de un ser querido, nos hemos dicho que es necesario ordenar nuestra vida  en orden a lo verdaderamente importante? “¿Cuántas veces nos hemos sorprendido corriendo sin saber a dónde íbamos? “ ¿Por qué tanta prisa si acaso vamos en la dirección equivocada? Todo pasa, solo la serenidad permanece”, apuntaba Lao Tsé.

Acabo de recibir, como obsequio de la autora, el libro de Cristina Gutiérrez Lestón titulado “Entrénalo para la vida”. El subtítulo no puede se más esclarecedor: “Hay padres que preparan el camino para sus hijos y padres que preparan a sus hijos para el camino”.

Cristina es una  educadora nacida en Alemania que está trabajando desde 1986 con niños y adolescentes en contacto con la naturaleza. Es codirectora de la Granja Escuela de Santa María de Palautordera (una localidad del Montseny, a cuarenta kilómetros de Barcelona). Por la Granja pasan cada año más de diez mil niños y niñas en una estancia de tres días. Allí pretenden que los niños sientan la naturaleza, que convivan en armonía y que exploren su mundo emocional.

He leído el libro de un tirón y, entre las cosas que me han llamado la atención, está la pregunta que un día le hace a Cristina su hijo pequeño: “Mamá, ¿qué es la serenidad?”. Ella comenta: “Intenté utilizar diferentes sinónimos para definirla, hasta que me di cuenta de que no sabía definirla bien, cómo explicarlo para que un niño relativamente pequeño lo entendiera”.  Poco tiempo después, en una conferencia del doctor Mario Alonso Puig escucha un cuento que se lo aclara. Lo comparto con mis lectores y lectoras.

Hace mucho, mucho tiempo, en un país lejano, vivía un rey viudo que se preocupaba mucho por la educación de su único hijo y heredero, que entonces tenía doce años. Un buen día el rey quiso explicarle a su hijo el significado de la palabra serenidad. Los maestros del niño, los sabios del palacio y hasta el mismísimo rey lo intentaron, pero el muchacho no conseguía entenderlo. El rey estaba preocupado, ya que para él se trataba de un concepto básico y necesario para un futuro monarca.

Su Majestad, con una cultura y una sensibilidad muy avanzadas para su época, tuvo una idea: si las palabras no daban fruto en la mente de su hijo, tal vez lo harían las imágenes. Y así fue como el rey ideó una gran exposición de pintura en la que el tema central sería la serenidad. Dicho y hecho, su secretario personal se puso en marcha para obedecer las órdenes de su Majestad e hizo llegar la noticia a todos los rincones del reino, puesto que el rey impuso como norma que todos los súbditos pudieran participar, fueran o no artistas y que ninguna obra, por mala que fuese, quedase descartada de la gran exposición que se haría en la gran sala del trono. Una bolsa de oro sería el premio.

Las obras empezaron a llegar y a llenar la gran sala del trono. Había tantas que el secretario quiso poner un poco de orden clasificándolas personalmente, según la calidad, la belleza de paisaje y la gama de colores… Las obras de poca calidad quedaban relegadas a la última pared, la más oscura y escondida.

Un día, antes de la gran exposición, un viejo que vivía en lo alto de una montaña y que de joven había sido pintor trajo su cuadro. Cuando lo vio el secretario quedó horrorizado. Pero, ¿qué era aquello? Los colores oscuros, negros, grises, dominaban la tela, que representaba una terrible tempestad en el mar y unas olas que rompían con fuerza en el acantilado. El hombre no podía evitar cierto miedo al mirarlo. Aunque la calidad era bastante aceptable y, probablemente, el artista tenía talento, no lograba entender cómo eso podría levar el título Serenidad. El secretario y sus ayudantes pensaron hasta en esconder el cuadro para que el rey no se enfadara al verlo en medio de aquella sala fastuosa llena de bellas obras de arte.

El día de la inauguración, la plaza real se llenó hasta los topes. Artistas, súbditos y la nobleza en pleno querían ser los primeros en ver la exposición más grande que jamás se había celebrado en el reino. Delante de la comitiva iban el rey y su hijo, emocionados porque por fin el heredero podría entender el significado de la palabra serenidad.

El rey miraba todos y cada uno de los cuadros con intensidad: puestas de sol, el mar en calma, los prados llenos de flores, las montañas nevadas…. Después de un buen rato llegó a la última pared, la más oscura.. Cuando el rey vio aquel cuadro terrible, la cara de sorpresa del monarca hizo temblar a su secretario, temeroso por un momento de perder su cargo. El monarca se acercó al cuadro, lo miró con interés, se alejó y volvió a acercarse hasta casi tocar la tela con la nariz. Entonces se volvió, miró a su secretario y dijo:

–        Este es el cuadro ganador. Hijo, acércate para ver qué es la serenidad.

El secretario se quedó boquiabierto. ¡No entendía nada!

El muchacho se acercó y pudo observar que en medio de aquella terrible tempestad, entre los relámpagos y el cielo ennegrecido, había una roca que sobresalía del mar y encima de ella un pequeño nido de pájaros. Se acercó un poco más y pudo ver que dentro del nido había una madre pájaro dando de comer a sus cuatro crías.

El rey, entonces, le dijo:

–        Hijo, eso es la serenidad: saber, en medio de la tormenta, cuál es tu prioridad.

Hay tormentas de todo tipo. Tormentas emocionales, laborales, familiares, económicas, políticas, sociales… ¿Qué hacer?, ¿cómo actuar?, ¿cómo mantener la calma…? La respuesta nos la da el anciano pintor del relato. Sabiendo elegir la prioridad a pesar de cualquier contratiempo, de cualquier vicisitud, en medio de cualquier tormenta. Mantener la calma para saber qué hacer y tener el valor de hacerlo..

“La serenidad es la virtud por excelencia, la belleza suprema, la suprema expresión”, decía Amado Nervo. Todos conocemos a personas que poseen esta rara virtud. Personas que mantienen la calma, que permanecen tranquilas, que saben guarecerse de la tormenta exterior. Y, por el contrario, a personas que se agitan  en la ansiedad de sus propios pensamientos y de sus circusntancias.  Conocemos también personas que contagian la intranquilidad, la desazón, el nerviosismo y otras a cuyo lado se instala la serenidad y la tranquilidad  en que se puede pensar, dialogar y actuar con calma y sosiego. Oigamos al poeta Horacio que tan reflexiva y bellamente escribió: “Cuando el día se nuble y el trueno ruja, consérvate sereno”.

La escuela rural de Olba

7 Feb

La escuela rural es invisible. Basta comprobar lo poquito que se habla de ella, lo poquito que se la tiene en cuenta, el poquito ruido que hace. Como es invisible parece que no existe. Como es pública, parece que no vale. Y, como es invisible y pública , no hay nada que hacer por ella. Cuando se promulgan las leyes sobre educación apenas si se piensa en la escuela rural. Cuando se estudia la organización escolar, ocupa un lugar insignificante. Cuando se forma a los futuros maestros y maestras, aunque muchos van a pasar por esa modalidad de escuela, apenas si se dedica tiempo a sus peculiaridades y exigencias. Sin embargo, es importante que la tengamos en cuenta, que la conozcamos, que la queramos y que la apoyemos.

La escuela rural de Olba tiene un Huerto Ecológico que ha recibido hace poco un premio nacional.

Hace ya algunos años escribí un artículo titulado “Mi querida escuela rural”. Lo escribí porque que en dos comunidades autónomas españolas existía, una especie de plan de exterminio de las escuelas rurales. Afortunadamente se paralizó gracias a la oposición de AMPAS, sindicatos y profesores…  Aunque las Consejerías manejaban argumentos sobre las carencias y limitaciones de las escuelas rurales,  todos sabíamos que detrás solo había criterios económicos Digo querida en el título porque ese fue el tipo de escuela en el que hice mis primeros aprendizajes. Fui a la escuela para niños (las niñas iban a otra escuela) y en ella di mis primeros pasos en el camino del aprendizaje. Cuando ahora paso por delante de los edificios, me asalta una enorme emoción. Querida también porque creo que es la institución que le abre el horizonte en mi país a los niños y a las niñas de las pequeñas localidades.

Cuando se elimina la escuela de un pueblo se extiende el certificado de defunción del mismo. Un pueblo sin escuela está condenado a muerte.  Si desaparecen los niños y las niñas de un pueblo, con ellos se va el futuro.

He visitado hace unos días la escuela de Olba, un pequeño pueblo  situado en la comarca Gúdar-Javalambre, en la provincia de Teruel. Una escuela con 26 niños y niñas  y con  dos aulas multigrado, guiadas amorosa y sabiamente por las maestras Delfi Ruiz y Rosa Pérez. Pasé una mañana con los niños y las niñas, espontáneos y afectuosos. Cuentos, canciones, trucos de magia (todo es magia para los peques) y preguntas. Esas preguntas que hacen los niños, cargadas de curiosidad y de ingenio. Luego comimos una estupenda paella (¡qué mano, Manuel!) con los maestros y maestras del CRA (Colegio Rural Agrupado, que integra las escuelas de 7 pequeños pueblos)e la comarca, al solecito del mediodía en el patio de la escuela  (¡Teruel en enero, qué suerte de tiempo!).

La escuela de Olba tiene un Huerto Ecológico que ha recibido hace poco un premio nacional. Las familias que cultivan el huerto con ayuda de los niños y niñas, están tratando de ampliar los terrenos del huerto y se encuentran en procesos de negociación con vecinos del pueblo y haciendo gestiones con el Obispado y la parroquia para la cesión de terrenos colindantes. ¿Cómo no facilitar el crecimiento de la escuela, que es el corazón del pueblo?

Los niños y niñas venden en el mercadillo los productos que  se cosechan. Productos que llevan el logo de la escuela. Saben qué, cómo y cuándo se siembra, saben cómo se cosecha y aprender a comercializar los productos.

Tengo delante de mí un detallado informe sobre el Huerto Ecológico.  El Informe se cierra con estas hermosas palabras: “Con el Huerto Escolar Ecológico de Olba pretendemos que los niños aprendan de forma práctica, que cuiden su entorno y su alimentación, que crezcan sanos y libres y que tengan unas herramientas para crear su futuro, un futuro Al final del mismo aparecen testimonios de los niños  basado en unas empresas respetosas, ecológicas, sostenibles y locales. Que sus aulas no tengan paredes y puedan recibir también conocimientos de las personas que tienen alrededor, que la escuela sea una comunidad de aprendizaje real para nuestros niñ@s”.

Me llamó poderosa y positivamente la atención el hecho de que las familias tengan una gran importancia en el proyecto educativo de la escuela y del Huerto Ecológico. La participación de los padres y de las madres en la escuela es verdaderamente esencial. Lo he dicho muchas veces:   Sin la familia, imposible.

Mi presencia fue el fruto de una vertiginosa iniciativa de María Niubó, madre que lleva a sus hijas Marina e Iria a esa escuela (y que está viviendo en el pueblo por la calidad que descubrió en su proyecto educativo y en el ideario pedagógico de las maestras). María, en un tiempo record, organizó dos conferencias que se celebraron en la Universidad de Teruel. Con tiempo frío, en dos días laborables consiguieron llenar el salón de actos de la Facultad de Educación. Como para que no haya optimismo en la educación de nuestro país. Ese empeño denodado, ese esfuerzo generoso, ese interés por mejorar la escuela, son el mejor testimonio de que vamos por el buen camino.

Me alojé en la casa de María y Clemente, vecinos de Olba. Me contaron que han viajado por toda España en busca de una escuela en la que sus hijas aprendan y sean felices. Es admirable que una familia haga un costoso peregrinaje en busca de proyectos educativos de calidad. Conocían de cerca todas las experiencias por las que le preguntaba: O Pelouro de Galicia, El Roure de Barcelona, pedagogía Waldorf, Comunidades de Aprendizaje, método Freinet, modelo Montesory… Hacen la elección de localidad en función de la escuela que quieren para sus dos hijas…  Y ellos se integran en el proyecto para mejorar no solo la educación de sus hijas sino la de todos los que  acuden a esa escuela. Eso es: la educación en el epicentro de la vida.

¿Por qué  me parece importante la escuela rural? Porque no arranca a los niños y niñas de su medio sino que los mantiene arraigados en su hábitat, porque no los aleja de su familia en viajes llenos de peligros y de sueño, porque los padres pueden acercarse fácilmente a la escuela, porque los maestros conocen bien el contexto… Desde la casa de María casi se toca la escuela con la mano. El segundo día de mi estancia bajé de la mano a Iria a la escuela, en un trayecto de manos de un minuto. Cuánto tiempo ganado a la vida.

El problema de la escuela rural es la continuidad en los estudios. El problema es el paso al Instituto, que ya tiene su problemática en cualquier entorno, como ha estudiado mi amigo y colega José Gimeno en el libro “El paso a Secundaria”.

Estas líneas son un canto a la escuela rural, a su condición de escuela pública, a sus valores, a los maestros y maestras que eligen esa modalidad de escuela, al servicio que prestan a las familias que trabajan y viven en ese medio. ¡Ay, mi querida escuela rural!

NOTA: Mientras escribía este artículo, ha fallecido Marina, la hija mayor de María y Clemente. No me lo puedo creer. Estoy profundamente conmovido. La muerte es algo tan natural como excesivo. Decía Saint Just que a la muerte, como al sol, no se les puede mirar de frente. ¿Cómo puede albergar tanto dolor el corazón humano?   Adiós, querida niña. Un gran abrazo para la familia de Marina, para su escuela rural que tanto la quería y para todo el pueblo de Olba.