La hidra del fanatismo

21 Nov

Todos somos víctimas del terrorismo. Los verdugos porque se envilecen, las víctimas porque mueren o resultan mutiladas física y psíquicamente, las familias de las víctimas porque quedan destruidas, los testigos porque contemplan horrorizados la maldad… Se piensa poco en los efectos psicológicos de estas atrocidades. En el miedo, el pesimismo, la tristeza, la inseguridad, el pánico, la psicosis, la angustia, las pesadillas…Todo es dolor. Todo es destrucción.

Creo que la hidra del fanatismo solo puede ser derrotada por la educación. Aprender a pensar y aprender a convivir son los únicos venenos mortales para ella.

¿Qué mundo estamos construyendo? ¿Qué tipo de ciudadanos y ciudadanas estamos formando? ¿Hacia dónde nos dirigimos por estos caminos de irracionalidad y de perversión? Me preocupa el mundo que dejamos a nuestros hijos. Me preocupa también el tipo de hijos que estamos educando para el mundo. “Que el hombre no se muestre indiferente ante el terrorismo es la razón de la existencia”, dice en estos días aciagos Juan Luis Arsuaga.

¿Por qué se repiten estos actos con una frecuencia tan desesperante? ¿Por qué hace acto de presencia el horror de esta forma tan despiadada? ¿Por qué corre la sangre de inocentes a raudales en escuelas, calles y lugares de ocio y diversión? ¿Por qué esta dolorosa cadena de 129 muertos inocentes que han llenado de oscuridad la Ciudad de la Luz? Hay muchas causas y razones, seguramente. Una de ellas es el fanatismo. Los animales no son fanáticos. La única especie que tiene fanatismo es la nuestra.. El campo de expresión genuino del fanatismo es la religión. Fascislamistas, llama a estos desalmados Bernard-Henry Lévy en su contundente artículo publicado en El País el pasado día 16 con el título “La guerra, manual de Instrucciones”.

Las religiones anteponen su moral a la ética. Si tuviesen en cuenta la ética, en lugar de aplicar su moral particular, no se habría quemado vivos a los herejes, ni se hubiesen bendecido las guerras (cínicamente llamadas santas), ni ahora padeceríamos este gran horror al grito de “Alá es el más grande”. Si se tuviera en cuenta la ética, nadie podría sostener que morir matando infieles es conquistar el Paraíso donde esperan al suicida 72 bellas huríes. (Por cierto, ¿qué premio tienen las mujeres cuando se inmolan? Al parecer, garantizan la unión con su marido para siempre).

El término fanático procede de fanum: templo. El término fanáticus se asignaba a los sacerdotes presos de un delirio sagrado. Designa una actitud de defensa exaltada y excluyente de una causa, así como el empleo de todos los medios para imponerla. El fanatismo no permite el término medio y divide a los hombres en amigos y adversarios, fieles o infieles.

“La religiosidad monoteísta occidental, comparada con la espiritualidad oriental, es tierra abonada mucho más fecunda para el fanatismo: frente a los libros sagrados de los hindúes o budistas, que predican la paz interior y prohíben matar animales, las religiones hebrea, cristiana y mahometana son cuna y escuela de violencia”, dice Jorge Vigil en su “Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales”. No quiero con esto decir que el islam tenga afinidad alguna con el mal. Existe un islam manso, misericordioso, apasionado por la tolerancia y la paz. Es para congratularse que aparezcan muchos musulmanes diciendo: “No en mi nombre”. Parece que los imanes de las mezquitas de París condenarán los atentados. Es hora de que desde dentro del islam se condenen los atentados y de que los yihadistas sean calificados -desde dentro, repito- como terroristas.

Nietzsche, en el marco de la crítica a la moral de la resignación afirma que “el fanatismo es la única fuerza de voluntad de que son capaces los débiles”. Para Voltaire, el fanatismo es “efecto de una conciencia falsa, que sujeta la religión a los caprichos de la fantasía y el desconcierto de las pasiones”.

El mismo Voltaire, en El filósofo ignorante, dice: “Veo que hoy, en este siglo que es la aurora de la razón, algunas cabezas de esa hidra del fanatismo vuelven a renacer… Por lo que a mí respecta, creo que la verdad no debe ocultarse ante esos monstruos, lo mismo que no debemos abstenernos de tomar alimentos por temor a ser envenenados”.

Me pregunto qué les enseñó la escuela a los terroristas, cómo ha sido posible que su mente evolucione hasta esos extremos de crueldad y de irracionalidad. Me pregunto por los caminos que ha recorrido el corazón de esos fanáticos para llegar a esos extremos de maldad y de insensibilidad ante el dolor ajeno. Me pregunto por la fuerza y la estrategia de los proselitistas que captan para una causa de tan marcada crueldad a personas que en la infancia estaban cargadas de inocencia. Me pregunto por su fe, como sentimiento irracional. ¿Por qué derroteros llevan los “formadores” a esas personas a planificar, organizar y perpetrar estas masacres? ¿Quién les ha metido esas ideas en la cabeza? ¿En nombre de qué Dios se puede matar así de cruelmente? ¿En nombre de qué causa?

Hoy hemos salido, profesores, alumnos y personal de administración y servicios, a las puertas de las Facultades de Ciencias de la Educación y Psicología de la Universidad Málaga para manifestar nuestra repulsa hacia el terrorismo y nuestra solidaridad con las víctimas. Mientras ese mágico minuto transcurría en el silencio compungido, me preguntaba por las medidas que se toman para evitar futuros atentados (o para castigar los cometidos). Muchas de ellas de carácter inmediato y violento. Bombardeos, acciones de guerra, misiones destructivas… Una espiral de violencia que no tendrá fin. Uno de los terroristas gritó en la discoteca Bataclan que se trabaja de una venganza por lo que estaban haciendo con ellos en Siria. Respuestas inducidas por las vísceras, por la venganza, por la rabia, por el dolor…Hollande dice que “no se trata de contener sino de destruir el Estado Islámico”. Así de sencillo y de claro: de aniquilarlo. Pero luego llegarán nuevos atentados. Es la guerra. ¿Dónde se cierra esta espiral maldita, este círculo vicioso? ¿Cuándo la hidra dejará de multiplicar sus cabezas? El perdón es de Dios, dicen algunos, nuestro deber es mandar a los terroristas con Él.

Pensaba en otras medidas de más largo plazo y de mayor eficacia de las que pocos hablan. Pensaba en la erradicación del discurso del odio y de la exclusión. En la superación del fanatismo. Pensaba en la educación. En la educación, no en el adoctrinamiento que han sufrido los fanáticos. Una educación para la tolerancia, para la paz, para la solidaridad, para la compasión, para el respeto a la dignidad de todos los seres humanos. Creo que la hidra del fanatismo solo puede ser derrotada por la educación. Aprender a pensar y aprender a convivir son los únicos venenos mortales para ella.

No quiero montar más a caballo

24 Oct

Creo que nadie duda de la importancia que tienen los docentes en la actitud de los alumnos y alumnas hacia el estudio. He visto a pésimos estudiantes transformados como por arte de magia en aprendices entusiastas al cambiar de profesor y, otras veces, he visto cómo un estudiante aplicado se ha vuelto perezoso e indisciplinado al encontrarse con un docente autoritario, torpe, frío y displicente.

Hanna reinició las suyas con un profesor irritable, duro, despectivo y exigente. Un profesor que reprendía y gritaba, un profesor que, lejos de animar, provocó el abandono de las clases y el rechazo de las mismas. Nunca quiso volver. Ni siquiera con otro profesor.

No quiero decir con esto que el estudiante sea una marioneta, manipulada por fuerzas externas. No quiero decir que no hay ninguna responsabilidad en las actitudes de quienes aprenden. Lo que quiero subrayar en estas líneas es la innegable influencia de quienes enseñan sobre las actitudes de los alumnos hacia el aprendizaje. ¿Cuántas veces hemos visto y oído decir que la influencia de un profesor creó un interés inusitado por una disciplina o por una profesión?

Voy a poner tres ejemplos. Tres malos ejemplos. Se puede decir qué es un buen profesor poniendo de manifiesto lo que sucede con quienes no lo son.

Un buen profesor (estas dos palabras deberían constituir una redundancia) es aquella persona que motiva, anima a estudiar y despierta el deseo de aprender. Cuando los niños y las niñas, que tienen una curiosidad innata, no quieren ir a la escuela, algo pasa, algo o alguien falla.

Primer ejemplo: Una niña amiga de mi hija Carla, una preciosa criatura llamada Hanna (desde aquí, querida niña, te mando un beso enorme en estos días difíciles), era una magnífica amazona. Las clases de equitación despertaban en ella un enorme atractivo. Cuando la veía sobre el caballo con su casco, su fusta y su chaleco, perfectamente sentada en la silla, grácil y elegante como una modelo, yo pensaba que era una niña que había nacido para montar a caballo.

Recuerdo que cuando, los viernes por la tarde, las llevábamos a las clases de hípica (a ella y a Carla), se salían del coche antes de que éste se hubiese detenido completamente.

– Niñas, por favor, esperad, tened cuidado…

Como entonces vivíamos en Galway (Irlanda) las clases se impartían en un espacio cubierto, ya que la lluvia hubiera impedido muchos días la celebración de las clases. (Qué hermosos recuerdos, qué entretenidas conversaciones, querida Raquel, mientras veíamos a nuestras hijas sobre los caballos).

Las clases tenían tanto atractivo que esperaban impacientes la tarde del viernes para practicar trotes y saltos, para recibir las instrucciones de su querida profesora…

Terminó nuestra estancia en Irlanda y la familia de Hanna regresó a su ciudad alemana mientras nosotros volvimos a Málaga. Carla reanudó sus clases con un excelente profesor, amable, competente y respetuoso. Hanna reinició las suyas con un profesor irritable, duro, despectivo y exigente. Un profesor que reprendía y gritaba, un profesor que, lejos de animar, provocó el abandono de las clases y el rechazo de las mismas. Nunca quiso volver. Ni siquiera con otro profesor.

Segundo ejemplo: Otra amiga de mi hija, esta española, es una magnífica pianistxa. Disfrutaba de sus clases y tocaba cada día con agrado y buena disposición. Hasta que se ha topado con un profesor de piano que le ha hecho salir llorando de las clases.

No quiere volver al centro de estudios, no desea practicar, no disfruta haciendo lo que hacía. Lo que con otros docentes era atractivo, este nuevo profesor se lo ha hecho aborrecer. Lo que era agradable, hermoso y placentero, lo hizo odioso con su actitud el nuevo profesor.

Tercer ejemplo: Una alumna mía me cuenta que, desde pequeña, sin saber por qué, tenía la ilusión de aprender francés. Quería conocer el idioma, la cultura, la historia, la literatura, la pintura francesa…

Cuando me está describiendo esta enorme ilusión que lo invadía todo, se interrumpe y me pregunta:

– ¿Sabes hasta cuándo me duró la ilusión?
– ¿Hasta cuándo?, pregunté.
– Hasta que me topé con una pésima profesora de francés…

Una cosa es no enseñar nada y otra, más grave, es matar el deseo de aprender. Una cosa es tener escasa habilidad para la enseñanza y otra, más negativa, es destruir las ilusiones de los alumnos y de las alumnas.

Es decir, que la persona que tenía que animarla a satisfacer aquellos deseos de saber, es la que los ha destruido. La que estaba pagada por la sociedad para ayudarla, es la que la ha destruido.

Estos efectos nocivos de una forma de proceder incompetente, nunca se tienen en cuenta. Cuando se habla de la evaluación de los aprendizajes solo se tienen en cuenta los conocimientos adquiridos pero no los efectos secundarios que algunas veces son tan importantes como devastadores.

No quiero, con estos ejemplos, hacer un juicio a los docentes. Sé que la inmensa mayoría desempeñan su tarea con profesionalidad y acierto.

Son muchos más los docentes que motivan, ayudan, animan y quieren a sus alumnos y alumnas. Los efectos que produce la acción docente son enormemente positivos no solo en los aprendizajes sino, sobre todo, en el deseo de aprender.

Esto es lo quiero subrayar en este artículo: la responsabilidad del docente, las repercusiones de su actitud y de su saber hacer en la disposición de sus alumnos y alumnas hacia el aprendizaje. La influencia es patente cuando el aprendiz se motiva y entusiasma. Y no lo es menos cuando se desalienta y se desespera.

Podría poner ejemplos innumerables del buen hacer de los docentes. Si he elegido los tres casos anteriores para abrir estas reflexiones es por el dolor que me han producido al conocer personalmente a las víctimas de la agresividad y de la incompetencia de estos profesionales. Uno puede cometer errores. ¿Quién no los comete? Otra cosa es mantener una actitud destructiva, día tras día, trimestre a trimestre, curso a curso.

Los padres y las madres no pueden asistir impasibles a este desastre. No pueden ver con indiferencia este proceder. Porque después de sus hijos vendrán otros. La dirección de los centros, sabedora muchas veces de estos hechos, no puede mirar para otra parte. No puede aceptar este tipo de comportamientos. Los inspectores/as no pueden cruzarse de brazos. Hay muchos profesionales en paro que realizarían encantados esta actividad. ¿Por qué mantener en su puesto a quien hace tanto daño un año tras otro?

A los dos tipos de profesores y profesoras se les paga igual. Los dos tienen, a través de lo que hacen, un modus vivendi. Pero no se me negará que en uno de los casos se trata de un sueldo dilapidado y en el otro de un dinero rentable.

No debería ser igual. No debería tener la misma recompensa hacerlo bien que hacerlo mal. Esforzarse o no esforzarse. Hacer bien que hacer daño.

Daniel Pennac, en el estupendo libro “Mal de escuela” dice algo que refleja muy bien esta idea. “A mí me salvaron la vida tres profesores que tenían una característica común: nunca soltaban a su presa”. No dice que le salvaron la asignatura, ni el curso. Dice que le salvaron la vida. La influencia no pudo ser más decisiva, más beneficiosa, más trascendental. Es triste que suceda lo contrario.

Cada vez tenemos menos excusas

17 Oct

Hoy voy a salir de la escuela. Pero para ver lo que sucede en la escuela. Para ver la repercusión de lo que hacemos en ella. Para comprobar qué es lo que estamos consiguiendo con este modo de entender la tarea educativa. Este va a ser un artículo sobre las instituciones educativas pero preguntándome lo que pasa cuando quienes han sido educados durante largo tiempo tienen que tomar decisiones.

Si la imagen del pequeño Aylan, ahogado y yacente en la playa, no sacude nuestras conciencias es que no tenemos conciencia.

Voy a centrarme en un conflicto que está interpelando las conciencias de los ciudadanos y ciudadanas de Europa. Podría haber elegido otra causa, otro problema, otra herida. Cualquiera de ellas nos lleva a esta cuestión que pretendo plantear hoy y que, en definitiva, nos remite a esta pregunta de gran calado: ¿para qué sirve la escuela?, ¿para qué sirve la educación?

La crisis de los refugiados y refugiadas nos está poniendo contra las cuerdas. ¿Cómo se pueden cerrar las puertas a familias enteras que huyen del terror? ¿Cómo podemos dejar abandonados y abandonadas a su suerte (a su mala suerte) a tantos niños y a tantas niñas que se han quedado sin hogar porque les ha echado del suyo el terror? ¿Cómo podemos mirar para otra parte viendo a esas riadas de personas que buscan cobijo, trabajo y futuro? ¿Quiénes somos? ¿Quiénes son? ¿De quién es la tierra?

Y no se trata solo de ayuda material. ¿Alguien puede meterse en la cabeza de un niño o de una niña que huye de la mano de sus padres (a veces solos) para saber lo que piensan? ¿Alguien puede entrar en su corazón para saber lo que sienten? Se trata, pues, también de ayuda psicológica. ¿Qué pueden comprender de tanta desolación? Les han retirado el horizonte, les han arrancado el presente, les han destruido la infancia.

Si la imagen del pequeño Aylan, ahogado y yacente en la playa, no sacude nuestras conciencias es que no tenemos conciencia. Pero hay muchos niños y niñas como él. Unos muertos físicamente, otros psicológicamente. ¿De quién es la responsabilidad? ¿Quién responde a esta interpelación de la historia? ¿Qué mundo estamos construyendo en el que un niño como Aylan acaba muerto en la playa?

Me pregunto para qué nos ha servido la escuela, para qué nos ha servido la educación. Si no se nos remueven las entrañas ante tanto dolor, tanto desamparo, tanta miseria, tantas personas sin techo, sin comida, sin raíces, no podemos decir que estamos educados.

Muchas veces me planteo esta pregunta: Si los grandes triunfadores del sistema educativo, que son quienes gobiernan los pueblos, no son capaces de atender problemas como éste, ¿por qué hablamos de éxito del sistema educativo?

La educación es una acción ética. Puede hacerse, puede no hacerse o puede hacerse de manera equivocada. Es decir que las acciones pueden tener excelencia moral o ser injustas. Las entrañas éticas de la acción educativa exigen respuestas morales a los problemas que surgen en el mundo. La enseñanza es un compromiso ético-político.

La educación es una interpelación por el rostro del otro. La epifanía del rostro del otro nos interpela, nos sitúa ante la acción ética. La hospitalidad es la acogida del otro en cuanto otro. Hospitalidad es la cualidad de acoger y agasajar con amabilidad y generosidad a los invitados o a los extraños. “Hospitalidad” se traduce del griego fi‧lo‧xe‧ní‧a, que significa literalmente “amor (afecto o bondad) a los extraños”. Si no tenemos hospitalidad, ¿qué hemos enseñado en la escuela?

En el año 2001 Philipe Perrenoud escribió un artículo titulado “L´école ne sert à rien!”. Una página y media solamente, pero sustanciales. Dice que la escuela no tiene más que estos dos objetivos básicos: “Desarrollar la solidaridad y el respeto al otro sin los cuales no se puede vivir juntos ni construir un orden mundial equitativo y construir herramientas para hacer el mundo inteligible y ayudar a comprender las causas y las consecuencias de la acción, tanto individual como colectiva”.

Se pregunta Perrenoud: “¿Para qué les ha servido la escuela a los americanos si la emoción y el nacionalismo asfixian el juico de tantas personas instruidas?”. Respecto a Europa, dice: “La gente lleva y mantiene en el poder a partidos que sostienen a los responsables de sus males. Ahora bien, todos los europeos han acudido a la escuela durante mucho tiempo”.

Perrenoud invita a los docentes a recordar que “ciencia sin conciencia no es más que la ruina del alma ” y que “la acumulación de saberes fragmentarios no garantiza una cabeza bien amueblada”.

El otro que llega tiene que poder mantenerse en su mismidad, no tenemos que robarle su cultura y obligarle a que renuncie a sus valores, a sus creencias, a sus, a su cultura, a sus costumbres. No debe renunciar a ser él mismo, obligado por las exigencias de los anfitriones.

– Heme aquí, dice el refugiado, no me violentes, no pretendas reducirme a tu mismidad.

Los refugiados y refugiadas no vienen a hacer turismo, no vienen a pasar el fin de semana (no vienen a dejar dinero). Vienen a lanzar un SOS vital, a buscar un refugio para poder seguir viviendo. ¿Por qué cerrarles las puertas? Y, si las abrimos, ¿por qué hacerles pagar el tributo de renunciar a su identidad?

Hemos levantado fronteras que solo sirven para hacer la guerra y no para abrir las puertas, que solo sirven para decir al otro: tú no puedes entrar. Las fronteras, que son las cicatrices de la tierra, se están poniendo al servicio de la exclusión.

La lentitud y la pasividad de quienes tienen poder constituyen una crueldad inusitada. Porque mientras los que mandan se ponen de acuerdo, las víctimas siguen siendo víctimas. Mientras se aplazan las soluciones, las personas siguen teniendo como techo el cielo y como casa la intemperie.

La Europa de los valores se ha convertido en la Europa del mercado, del dinero, de los banco, de los intereses, del egoísmo colectivo. Solo se ve al otro como una fuente de ingresos. Se le busca para explotarle, no para ayudarle.

– No puede entrar aquí, porque nos va a quitar el trabajo, la educación, la salud…
– No podemos abrirle las puertas porque ya somos muchos y ustedes nos van a quitar lo que tenemos…
– No podemos dejarle entrar porque lo que tenemos es nuestro y no queremos compartirlo…

No podemos vivir a la defensiva. No podemos cerrar las puertas a quien viene para poder seguir viviendo porque la guerra y el terror los han le han arrojado de sus hogares.

El cuidado del otro es lo que nos hace responsables. Ser responsable es ser capaz de dar respuesta. Tenemos que responder porque el otro está llamando a la puerta. Podemos responder abriéndola o dándole con la puerta en las narices. Entonces no seríamos responsables. Todo depende de nosotros. Ya no podemos echarle la culpa a los dioses, ya no podemos echarle la culpa al destino o al azar. “Cada vez tenemos menos excusas”, dijo hace ya muchos años Paul Ricoeur, filósofo y antropólogo francés. Creo que hoy ya no tenemos ninguna.

Gobernar con la teoría X

18 Jul

Cuando era un joven estudiante en la Universidad Complutense de Madrid me encontré, en la asignatura de Organización Escolar, con las teorías X e Y de McGregor. Luego supe que existían también la teoría Z y algunas más, que las criticaban y matizaban.

Al pensar que las personas necesitan ser controladas es más que probable que muestre un talante autoritario y fiscalizador.

Por cierto, desde el inicio de la reflexión sistemática sobre la naturaleza, estructura y funcionamiento de las organizaciones educativas, en todos los manuales al uso, he visto una traslación inquietante de las teorías organizativas empresariales al mundo escolar (nunca a la inversa). Las he calificado de “teorías de amos”. Cuando Taylor dividía con milimétrica precisión las tareas de los trabajadores, buscaba el mayor nivel de la producción para beneficio de los patronos. Cuando Elton Mayo se preocupaba por el bienestar de los trabajadores lo hacía con la pretensión de conseguir un mayor y mejor rendimiento para la empresa.

Hay, a mi juicio, un error básico en  la utilización del enfoque empresarial para la comprensión de la escuela. Lo enunciaré de forma lapidaria con el título del excelente libro de Christian Laval: “La escuela no es un empresa”. No lo es porque no son los mismos sus objetivos, ni los “materiales” con los que trabaja, ni la naturaleza de la autoridad… Sin embargo, existe una corriente empresarial más que inquietante. Por ejemplo, en alguna comunidad autónoma española, la formación de los directores de escuelas está encomendada a una empresa. ¿Qué saben esos formadores sobre educación?, ¿qué sienten sobre las finalidades de las instituciones escolares?, ¿cómo conciben la comunicación educativa…?

No voy a centrarme en esta cuestión. Traeré, más bien, a la consideración de mis lectores y lectoras, algunas reflexiones sobre la concepción que cada uno tiene sobre el ser humano que integra las organizaciones.

Mc Gregor  hablaba de dos teorías enfrentadas  (planteamiento un tanto maniqueo) que hoy se pueden seguir aplicando, a mi juicio, a las personas que trabajan dentro de las instituciones.

Las presento aquí, simplificadas al máximo, para que el lector se pueda identificar (o identificar a otras personas) con una de las dos, ya que son antitéticas. Aunque estas teorías se presentan de forma muy esquemática y han sido desarrolladas y criticadas por otras posteriores, creo que pueden servir para establecer una interesante discusión sobre las organizaciones.

Teoría X:

1. Los humanos manifiestan aversión inherente por el trabajo y lo evitarán siempre que puedan

  1. La mayor parte de la gente debe ser forzada, controlada, dirigida y amenazada con castigos con objeto de que trabaje para los fines de la organización.

3. Por regla general, las personas prefieren ser dirigidas, desean la seguridad y huyen de las responsabilidades.

4. Las personas son egoístas. Les importan poco los objetivos de la organización o de la empresa.

5. El ser humano se opone sistemáticamente al cambio.

6. Por  regla general la persona piensa poco, es ingenua y se deja engañar fácilmente por los demás.

Teoría Y:

  1. El trabajo físico y el mental  resultan tan naturales como el juego si producen satisfacción

2. La persona se autocontrolará y se autodirigirá para conseguir las metas de una organización si se siente comprometida con ellas.

3. El compromiso es una función basada en las recompensas y la mejor de todas ellas es la realización personal.

  1. La creatividad, el ingenio y la imaginación son patrimonio común de la gente y no exclusivas de un grupo selecto.

5. La persona media puede aprender a aceptar y hasta a buscar la responsabilidad. El evitarla es una reacción aprendida.

6. La gente no es pasiva por naturaleza. La amenaza y la coacción no son los únicos medios de conseguir objetivos.

En alguna ocasión organicé en la clase un debate en el que los defensores de la teoría X se situaban en una parte y, frente a ellos (literalmente) se colocaban quienes sostenían la Teoría Y. Estas posiciones podían responder a lo que pensaban realmente o bien obedecer a posiciones artificiales. Pasado un tiempo se alternaban las posiciones: quienes defendían la teoría X pasaban a defender la teoría Y. Y viceversa.

Las teorías reflejan el pensamiento y la actuación. de los miembros de la organización. Y también el de sus directivos. En ellos me voy a centrar. Es fácil suponEs fácil suponer cómo actuará en una escuela el director o directora que hace suyas las tesis de la teoría X. Al pensar que “los humanos manifiestan aversión inherente por el trabajo y lo evitarán siempre que puedan”, será lógico concluir, por ejemplo, que las bajas laborales son casi siempre tramposas y que solo esconden la pereza y la picaresca del profesional. Por eso verá justo el descuento de sueldo que la ley le aplica cuando falta al trabajo por sentirse enfermo. El director informará de manera inexorable sobre la ausencia del profesor, ya que, aunque justifique su baja con el correspondiente certificado médico, pensará que en algún lugar del proceso hay una trampa. O no está enfermo o tiene un médico amigo.

Como sostiene que las personas quieren ser dirigidas tratará de pensar por todos (ellos no quieren pensar), decidirá por todos (ellos no quien decidir) y se responsabilizará de todo (ellos no desean asumir ninguna responsabilidad.

Al pensar que las personas necesitan ser controladas es más que probable que muestre un talante autoritario y fiscalizador.

Como piensa que los profesores son egoístas y que van a lo suyo sin preocuparse de los demás,  tratará de organizar actividades colegiadas y de forzar el trabajo en aras del beneficio colectivo. Detrás de cada propuesta del profesorado albergará sospechas de intereses personales ocultos.

Nada espera respecto al cambio y la mejora, ya que supone que los profesores son personas ancladas en las rutinas y opuestas a cualquier cambio que venga impuesto.

Al considerar poco críticas e inteligentes a las personas, se permitirá actuaciones fraudulentas y tramposas, que los profesores no descubrirán fácilmente. Como supone que los profesores no actúan con ilusión y  motivación intrínsecas, propondrá sistemas de control rígidos y formulará amenazas de diverso tipo.

Tachará de ingenuos y de optimistas ridículos a quienes defiendan las tesis de la teoría Y. Pensará que son presa fácil de las trampas que les tienden los demás. De forma curiosamente paradójica porque esa forma de entender a los demás, no se la aplica a sí mismo.

Quien habla de los directores/as podría referirse igualmente a inspectores/as y, cómo no, a los legisladores  que elaboran unas leyes que, probablemente no se aplicarían a ellos mismos.

Esa es una curiosa contradicción en la que incurren, desde las alturas del poder, los defensores de la teoría X. La aplican a  todo el resto del género humano,  en el que contemplan una sola excepción que son ellos mismos. Si todos defendiésemos la teoría X como verdadera y nos quedásemos fuera de ella como honrosas excepciones, la invalidaríamos de forma radical. Porque todos nos convertiríamos en sujetos que hacen válida la teoría Y.

Tantos y tan enormes milagros

16 May

Este artículo no tendría que firmarlo yo. Su autora es Francisca Muñoz, mi médica de cabecera y de corazón a quien ya mencioné en esta sección a causa de la carta de agradecimiento que escribió a los profesores de su hijo pequeño cuando acabó la escolaridad primaria.

Porque aprendimos que una palabra es correctamente usada cuando comunica, dice, reclama, critica, apoya, consuela, discrepa, argumenta, enamora, o maldice, como reconocimos en tantos textos que nos hizo desmenuzar como un azucarillo en un café, para después beberlos a sorbitos durante el resto de nuestra vida.

Hoy voy a reproducir  íntegramente (el lector comprobará al leerlo lo acertado de mi decisión) el texto que le envió a su profesor de Lengua y Literatura cuando, no hace mucho,  se jubiló de sus tareas docentes).

Pretendo al hacerlo dos cosas complementarias. Mostrar, en primer lugar, la influencia maravillosa que los profesores pueden tener cuando realizan su tarea con acierto y pasión. Se verá en esta carta –tan coherente en su estilo con el contenido del texto- cómo la acción de un profesional marca la vida de una persona. En  segundo lugar, hacer patente la inteligente forma de aprender de aquella alumna adolescente (hoy excelente profesional de la medicina) y su sensibilidad para devolverle al profesor la gratitud por su buen hacer.

Estoy segundo de que aquel profesor tuvo algunos alumnos en cuyas mentes y corazones no caló de la misma manera el mensaje. La semilla ha de ser buena, pero la tierra que la recibe necesita una calidad y unas atenciones para que fructifique.

Reproduzco íntegramente el texto. Es el núcleo de mi artículo de hoy. De modo que Paqui muestra en él su gratitud hacia su profesor y yo muestro mi felicitación por sus hermosos sentimientos y por su  capacidad para el aprendizaje.

“Yo tuve un profesor de Lengua y Literatura.

Contra todo pronóstico, lo que nos enseñó, no solo me ha acompañado toda mi vida, sino que tiene milagrosamente plena vigencia y actualidad.

Y no era de esperar por varias razones: la primera, teníamos alrededor de diecisiete años, esa edad entre la fragilidad y la insolencia en la que la influencia de los adultos no se reconoce ni bajo tortura; la segunda, eran tiempos de rebeldía social, todo tenía que ser de utilidad demostrada, todo estaba en tela de juicio, incluidas, por supuesto, las reglas gramaticales, el diccionario y las obras literarias más reconocidas; y tercero, éramos una clase de ciencias “puras”, a ver qué nos podía aportar a nosotros, futuros matemáticos, médicos, o economistas, el estudio de las palabras, por muy simpático, cercano a los alumnos o “enrollado” que fuera el profesor.

Pero nos equivocamos de todas todas. Y nos fuimos dando cuenta con el paso del tiempo cuando nos descubrimos utilizando su legado silencioso en formas muy diversas y sobre todo, cuando nuestros errores de adultos, mucho más graves, nos bajaron de ese pedestal de falsa seguridad y prepotencia que da la ignorancia.

Porque no fue solo lo que aprendimos sino cómo nos lo enseñó.

Porque su objetivo no  fue el conocimiento del contenido sino el reconocimiento del continente.

Porque su diana no estaba en el estudio de los fonemas, la raíz de los vocablos o la compleja mezcla de palabras en aquellos castillos de análisis sintáctico de frases subordinadas y coordinadas, martirio de cualquier bachiller.

Porque con él aprendimos que lo realmente importante de las palabras eran las personas que las utilizábamos, lo que nos comunicaban, lo que entendíamos o dudábamos, más aún, lo que sentíamos ante ellas y por ellas, lo que pensábamos cuando las dábamos y las recibíamos. “Lo más importante del comentario de texto es la opinión personal”, decía, mientras nosotros le mirábamos de reojo sudando una respuesta personal e intransferible que no estaba escrita en ningún sitio.

Porque nos enseñó que el receptor (nosotros) y el emisor (un prestigioso autor) éramos equiparables,  personas cómplices en un intercambio continuo y que el valor del mensaje no estaba en su estructura sino en el interior del que lo emitía y en el del que lo recibía,  en la emoción que suscitaba o en la idea que hacía surgir en nuestros cerebros casi recién estrenados y así, reconocidos y validados; en nosotros, medio niños, medio pobres, medios.

Porque sorprendentemente eso nos daba mucho valor a nosotros mismos, como protagonistas del lenguaje y por extensión, de la vida, de una vida,  la nuestra, a una edad en la que se precisa una dosis de autoafirmación cada ocho horas y en que la principal certeza es la incertidumbre.

Porque aprendimos que una palabra es correctamente usada cuando comunica, dice, reclama, critica, apoya, consuela, discrepa, argumenta, enamora, o maldice,  como reconocimos en tantos textos que nos hizo desmenuzar como un azucarillo en un café, para después beberlos a sorbitos durante el resto de nuestra vida.

Porque nos hizo descubrir que, fuese cual fuese el oficio que eligiéramos, o que más bien nos eligiera, estaríamos abocados a esa bendita maldición de comunicarnos en todas nuestras acciones.

Porque nos enseñó que el arte es una de las pocas razones por las que uno puede sentirse orgulloso de pertenecer al género humano, y que se escribe con minúsculas, y que también estaba en nosotros, no solo en esa pieza musical, escena de teatro, texto o cuadro, sino en la luz que milagrosamente encendía en esa cueva limpia y oscura que es el alma en construcción de un adolescente.

Ahora todo lo que aprendimos forma parte de su legado, de ese gran tesoro que nos regaló a tantos tanto tiempo y que, instalado en nuestro disco duro nos persigue como una maldición en nuestra vida de adultos: la de querer conocer, la de querer opinar, la de querer pensar, la de querer querer, la de querer ser.

Yo tuve un profesor de Lengua y Literatura.

Gracias, a él y a toda esa generación de profesionales de la enseñanza pública, que con su trabajo discreto y anónimo han sido capaces de tantos y tan enormes milagros cotidianos”.

No hay mucho que añadir. El texto habla por sí mismo. Es elocuente y muestra bien a las claras lo eficaz  del aprendizaje. En ocasiones no somos conscientes de las cosechas que producen las sementeras de la educación. Claro, la de los buenos profesores. Lamentablemente, podemos encontrarnos con otros que aplastan el  deseo de aprender y generan aburrimiento y rabia. Porque hay torpeza en la forma de ejercer la profesión y desamor en la manera de relacionarse.

Permítaseme añadir una breve y sentida referencia a la importancia de la escuela pública. Por ser la escuela de todos y de todas, por ser la escuela para todos y para todas. Hace años escribí un artículo titulado: La escuela publica o la causa de la justicia.

Hasta el título de este artículo es hermoso. Lo he tomado del texto que he querido glosar. Son muchos los milagros que produce la enseñanza. Milagros tan duraderos como la vida de los alumnos.  El recientemente fallecido Rubem Alves escribió hace años un libro titulado “La alegría de enseñar”. De él extraigo esta cita: “Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. De alguna forma seguimos viviendo en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo a través de la magia de nuestra palabra… Por eso el profesor nunca muere”. Así es.