Trabajos forzados

28 Feb

Sé que el tema de los deberes escolares es peliagudo ya que tiene muchas dimensiones, muchos protagonistas y muchos espectadores.  Si  preguntásemos a los niños y a las niñas dirían, probablemente, que están hartos de tantas tareas. Si les preguntásemos a los padres y madres unos dirían que son pocas y otros que son excesivas. Si preguntásemos a los docentes unos dirían que son innecesarios y otros, quizás, que son imprescindibles para atender las exigencias curriculares.

Hay razones más que sobradas para eliminar de un plumazo esos atosigantes deberes domésticos que bien podríamos calificar de trabajos forzados.

La cuestión se entremezcla con el nada despreciable asunto de las actividades extraescolares, que suelen ser diversas y numerosas: idiomas, piano, ballet, violín, deportes, judo, karate, baile, tenis, padel…  Actividades que cuestan dinero y que no todas las familias se pueden permitir. El caso es que muchos niños y muchas niñas tienen las tardes saturadas de ocupaciones y no pueden superar la principal asignatura de esa etapa de la vida que es el juego. Se lo digo muchas veces a mi hija Carla, que ahora tiene diez años:

– Tu asignatura fundamental es jugar.

Ella me dice que si pienso así debería escribir un libro y regalárselo a la directora de su colegio. Porque el hecho de que yo lo piense no le ayuda mucho a satisfacer sus deseos.

No me gusta ver a mi hija llorar porque no ha podido jugar nada en toda la tarde. No me gusta privarla de su principal alimento, del aire psicológico que le da vida y le ayuda a crecer: el juego. Tampoco me gusta que les pase a todos los niños y niñas del país.

No creo que sea razonable cargar a los niños  con más horas de trabajo de las que tenemos los adultos. Su  jornada laboral es excesiva: horas de colegio, mas horas de actividades extraescolares, mas horas de deberes en la casa… Y luego la ducha, la cena y el descanso al que sigue un nuevo madrugón. ¿Qué vida es esa? ¿No es suficiente el tiempo de colegio?  ¿Por qué más?  ¿Se llevan a casa los adultos, por regla general, unas horitas complementarias  de trabajo por imperativo de sus jefes? ¿Se llevan a casa los trabajadores lentos lo que no han hecho en el tiempo reglamentario?

Los deberes escolares se suelen hacer en solitario, sin que medie la riqueza del trabajo cooperativo. Generan ansiedad, provocan estrés, impiden la práctica del juego y acortan el necesario  descanso.

Hay otra razón importante para oponerse a ellos. Un régimen intenso de tareas agrava las diferencias entre los niños. En primer lugar porque hay familias que no pueden ayudar a sus hijos dado su nivel de conocimientos y la escasez de tiempo. En segundo lugar porque hay familias que no tienen medios económico. Carecen de ordenador, de impresora, de internet… Y, si los tienen, no saben cómo deben utilizarlos didácticamente.

Dice Bernstein que el ritmo de los aprendizajes que hace falta seguir hoy en las escuelas es tan acelerado que hace falta una segunda escuela en la casa para seguirlo. ¿Y el que lo la tiene? Pues ya era desgraciado antes de ir a la escuela y, ahora, es doblemente desgraciado porque tiene todas las papeletas para fracasar en ella.

Los padres/madres que no pueden ayudar a sus hijos e hijas en los contenidos de las asignaturas se preguntan: ¿Por qué no se lo explican los profesores?, ¿para q¿para qué les pagan?, ¿qué hacen?… Esas familias que no pueden ayudar a sus hijos se ven constreñidas a contratar profesores particulares. Y precisamente son esas familias las que no pueden tenerlos.

Las familias pobres no disponen de lugares propicios para el estudio, para el trabajo aislado de cada hijo o hija. Es decir que las tareas les condenan a seguir retrasados respecto al resto.

Complica el problema el hecho de que en algunos centros los profesores no se coordinan. Y así cada uno exige tareas como si solo existiese su asignatura. Existe una convicción flotante de que el profesor es mejor según la presión que ejerce con las tareas. Y eso mismo ha de aplicarse a los Colegios. Algunos padres y madres piensan que  el Colegio es bueno en la medida que carga con abundantes tareas a sus escolares. Y eso provoca una soterrada competición.

¿Por qué sucede esto? Creo que hay varios motivos. En primer lugar existen rutinas inveteradas. Se repiten los modos de actuar sin someterlos a un análisis riguroso. Se hacen las cosas porque siempre se han hecho así, porque el  año anterior se hicieron así.  En segundo lugar existe, como decíamos, la presión social. Si todos lo hacen, también nosotros tenemos que hacerlo. En tercer lugar, hay una obsesión por la obtención prematura de resultados. Hay que conseguir logros cuanto antes. Sin tener en cuenta que no por mucho madrugar amanece más temprano. En cuarto lugar, hay  una competitividad instalada en el sistema que hace que miremos de reojo a los demás para ver lo que hacen. En sexto lugar, no se olvide que detrás de todas estas cuestiones hay dinero: se venden materiales para  hacer las tareas, se contratan profesores particulares…

Si el curriculum oficial es demasiado extenso debería acortarse y, si es el adecuado, debería aumentarse el tiempo escolar. Y, cuando termine la jornada, se terminó el trabajo. ¿Es razonable que los padres, madres o profesores particulares tengan que suplir o completar las explicaciones de quienes reciben un sueldo por enseñar a los niños y a las niñas?

Estoy hablando de las etapas de Infantil y Primaria. Otra cosa son las etapas siguientes en las que el trabajo autónomo va cobrando un papel progresivamente elevado. Para esas etapas posteriores hay que racionalizar el trabajo y hay que potenciar la autonomía. Es un error hacer los deberes por ellos, incluso hacerlos con ellos. Más lógico es y acudir en su ayuda cuando la necesiten. Ellos deben ponerse manos a la obra, organizar el tiempo, responsabilizarse de sus tareas… Y, eso, facilitarles ayuda cuando estén perdidos. Solo entonces. Es conocida la propuesta de las clases invertidas (Flipped Classroom), es decir que el alumno explore en la casa y que luego el profesor le ayude a hacer ejercicios en el aula. El Flipped Classroom (FC) es un modelo pedagógico que transfiere el trabajo de determinados procesos de aprendizaje fuera del aula y utiliza el tiempo de clase, a través de la experiencia del docente y de la interacción con los compañeros, para facilitar y potenciar otros procesos de adquisición, práctica  y aplicación de conocimiento dentro del aula.

Ya sé que hay niños y niños. Niñas y niñas. Es decir, que a algunos les cuesta poco tiempo y esfuerzo hacer las tareas y otros se eternizan, Niños que se disponen solos a hacer el trabajo y otros a los que hay que perseguir y casi forzar a sentarse para abrir el libro. Para colmo, muchas veces las tareas se enfocan a la preparación de exámenes. Exámenes que consisten en repetir de memoria los contenidos de los textos. Utilizando la cabeza, sin los textos, sería difícil aprobar.

La excesiva presión por los resultados, la competitividad extrema, el aprendizaje de carácter mecánico y la realización de exámenes memorísticos, hacen que la infancia viva atenazada Hay razones más que sobradas para eliminar de un plumazo esos atosigantes deberes domésticos que bien podríamos calificar de trabajos forzados.

El calvario de Isabel

24 Ene

Isa (así la llamaban siempre quienes la querían) murió en noviembre de 2013 a los 48 años, después de recorrer un largo camino lleno del amor de los suyos y del dolor provocado por la insensibilidad y la incompetencia médica. Isa tenía síndrome de Down. El interminable sufrimiento estuvo generado no por el síndrome sino por concepciones desfasadas y crueles sobre el mismo, por incomprensibles errores médicos y por la falta de sensibilidad de algunos profesionales de la salud. Hablo de algunos y algunas, claro está. Porque la generalización es un brutal ejercicio de injusticia.

El interminable sufrimiento estuvo generado no por el síndrome sino por concepciones desfasadas y crueles sobre el mismo, por incomprensibles errores médicos y por la falta de sensibilidad de algunos profesionales de la salud.

Durante toda una tarde escuché el relato angustiado y a la vez vibrante de su hermana Ana. La herida sangra todavía, a pesar de haber pasado más de un año de la muerte de su hermana y de haber secado a fuerza de llanto el pozo de las lágrimas. Se quejaba con palabras certeras y a la vez exigentes. Con palabras duras y a la vez conmovedoras.

–    En ocasiones pienso que a mi hermana la asesinaron en los Hospitales.

Tremenda acusación que la ha llevado a poner el asunto en manos de los tribunales. No será fácil probarlo, le digo, pero ella quiere que su causa se convierta en un grito de atención para que quienes tienen el síndrome de Down no sean tratados por algunas personas con descuido y con dureza. Para que los pacientes sean considerados y atendidos como personas necesitadas de soluciones clínicas y, a la vez, de afecto.

Los estereotipos y las concepciones retrógradas  condicionan la práctica profesional. Me habla de un médico intensivista que le dice que él tiene una hija con discapacidad mental y que la tiene en casa, que no va a ningún centro de formación, ni de empleo, ni de ocio y que no haría jamás lo que Ana y su familia están haciendo con Isabel. Como si una persona con síndrome de Down tuviera menos derecho a vivir felizmente y a participar en la comunidad, como si su capacidad de sentir fuese menor, como si no mereciese  los mismos esfuerzos que cualquier otra carente del síndrome.

Se han grabado a fuego en el alma de Ana (me imagino que también en las de sus familiares) algunas reacciones de profesionales de la medicina y de la enfermería  que trataron a su querida Isa como si no hubiera subido todos los peldaños que llevan a un ser vivo a la condición humana.

Ha visto muchas actuaciones que delatan incompetencia y muchas actitudes rayanas en la insensibilidad. Y quiere que nadie más pase por esa situación. De ahí su denuncia y de ahí nuestra larga y conmovedora conversación.

Mencionaré someramente algunos hechos que me transmite Ana con una visible angustia y una rabia contenida. Después de diez años de un mal diagnóstico  ante un aparente problema de cojera o hemiplejía (es muy cómodo recurrir al supuesto deterioro neurológico que padecen las personas con síndrome de Down), otro profesional le dice a la familia que no se explica cómo no han podido verlo, que se trataba de un diagnóstico sencillo, casi evidente, de “desplazamiento de la primera vértebra cervical, una luxación del atlas”. ¿Quién le devuelve ahora el sufrimiento de esos  años?

Posteriormente, después de varias operaciones, y como consecuencia de llevar un collarín cervical, se rompió el cóndilo de la mandíbula. Cirujanos maxilofaciales le plantearon la necesidad de hacer una ortodoncia para poder intervenir. La ortodoncia duró dos largos años, pasados los cuales resultó que ya era tarde para poder solucionar el problema.

Y una tercera: el 27 de septiembre de 2013, Isa entra en quirófano para que le sea instalada una válvula craneal a consecuencia de una meningitis (causada, al parecer, por otras negligencias que ahora no puedo explicitar por razones de espacio). A las dos horas de estar en quirófano “nos dicen, explica Ana, que no pueden intervenir a causa de una infección respiratoria en la que no habían reparado, a pesar de nuestras advertencias”.

Me habla de operaciones fallidas, engaños estúpidos, actitudes pesimistas e insensibilidad crónica. No voy a entrar en detalles. Solo quiero con estas líneas hacerme eco del dolor de esta familia y rendir tributo a ese maravilloso ser que fue Isabel Gallego. Poner un poco de bálsamo en tantas heridas causadas por un ejercicio profesional deficiente.

No se trata de carencia de personal o de medios. Se trata de actitudes de poca sensibilidad. Se trata de una comunicación insuficiente y mala, se trata de un modo de proceder desprovisto de cuidado y de ternura. Se trata de una visión desafortunada y torpe sobre la psicología de una persona con síndrome de Down.

Cada paciente es un mundo. El ser humano no es una máquina que se ha averiado. Una persona con síndrome de Down no es un ser humano defectuoso. Los profesionales de la salud se habitúan a tratar con el dolor y con la muerte. Y no caen en la cuenta, por la deshumanización que produce la rutina, de que un gesto suyo, una mirada, una palabra (o su omisión) tienen un potencial destructivo o salvador. Es necesaria esta llamada de atención que les inste a considerar a cada enfermo como un ser único, incomparable e irrepetible. No hay enfermedades sino enfermos.

He trabajado mucho con tutores de MIR (Médicos Internos Residentes).  He insistido siempre en esa parte de la medicina que frecuentemente se olvida.  No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad. El paciente necesita, cómo no, un profesional competente que diagnostique con rigor, informe con precisión y cure con eficacia. Pero el paciente necesita también a un profesional que le mire con afecto, que le explique con cuidado, que le atienda con respeto y sensibilidad, que le escuche con calma, y que le infunda esperanza. Y más (y no menos) si se trata de un paciente con síndrome de Down.

No se puede dejar a una paciente incomunicada, sin posibilidad de expresar si siente dolor o miedo, tristeza o angustia. Hay muchas formas de comunicarse. Los profesionales de la salud deberían conocerlas. O, al menos, dejarse aconsejar por la familia o por especialistas externos. Y ponerlas en práctica. Ana me muestra algunos intentos que hizo para explicar a los profesionales cómo se podía establecer la comunicación con su hermana, sometida durante muchos días a la inmovilidad de la cama hospitalaria y al silencio producido por la traqueotomía.

La familia ha tenido la sensación de que los médicos se creen dioses que tratan con mortales, cuya vida y muerte tienen en las manos. No les explican con claridad, no se acercan a ellos con humildad, no reconocen sus errores, no están atentos a sus reacciones, necesidades y demandas.

Le dolió especialmente a la familia que tirasen la toalla antes de tiempo, que aceptasen el final sin agotar todas las posibilidades. Y que, cuando a un miembro del equipo se le escapa que practicar una traqueotomía puede ser una solución y la familia se agarra a ella con toda sus fuerzas, es acusada de prolongar inútilmente el sufrimiento del ser querido.

Hace falta más ciencia y más conciencia. Hace falta más rigor y más cuidado. Hace falta más  dedicación y más piedad. Si hubiera sido así, Isa y su familia lo hubieran agradecido con todas sus fuerzas.

Los deshollinadores judíos

17 Ene

Contra el terror, educación. Contra las armas, la palabra. Contra la brutalidad, el pensamiento. Contra el fanatismo, los libros. Contra el miedo, la valentía. Contra el odio, el amor. Contra el fundamentalismo, la duda.

- Dos deshollinadores judíos se caen por una chimenea. Uno sale limpio y el otro sucio. ¿Quién de los dos irá a lavarse?

El fundamentalista piensa que está en posesión de la verdad, de la verdad absoluta. Una verdad por la que se puede morir y matar. No se cuestiona que pueda estar equivocado. No se hace preguntas. No duda. Está convencido de que todos aquellos que piensan de forma diferente están equivocados. Son estúpidos porque son infieles y son infieles porque son estúpidos. Los terribles asesinatos de París nos muestran de forma palmaria esa forma de pensar y de proceder. Dice el escritor Amin Maalouf, de origen libanés, que “ninguna causa es justa cuando se alía con la muerte”

El dogmático no admite la duda porque la considera una amenaza para su dogma. No puede haber resquicios por los que se filtre la interrogación. La verdad es apodíctica, es decir incondicionalmente cierta, necesariamente válida. Es monolítica, no admite puntos de vista.

En  el libro “Cuentos que mi jefe nunca me contó”, de Juan Mateo, he leído al respecto una simpática y significativa historia que quiero compartir con mis lectores.

Un joven acude a un rabino para decirle que desea que le enseñe el Talmud porque todos los judíos que conoce son ricos y él quiere serlo. El rabino le dice que se encuentra en un error porque ser judío es una ideología, una religión y no un modo de hacerse rico. Cuando el joven se despide diciendo que buscará otro maestro judío que le entienda, el rabino le dice que le va a proponer cuatro cuestiones y que, si acierta una de ellas, accederá a enseñarte el Talmud.

El joven asiente entre curioso y esperanzado. Dice el rabino:

–        Dos deshollinadores judíos se caen por una chimenea. Uno sale limpio y el otro sucio. ¿Quién de los dos irá a lavarse?

El joven contesta:

–        Es evidente que el que está sucio.

–        No, responde el rabino. Desde el punto de vista de la realidad irá a lavarse el que está limpio. Porque cuando el sucio mire al que está limpio, pensará: yo también lo estoy. Y cuando el que está limpio mire al que está sucio pensará que él también lo está. Por eso irá a lavarse.

El rabino procede a plantear la segunda cuestión:

– Dos deshollinadores judíos se caen por una chimenea. Uno sale limpio y otro sucio. ¿Quién irá a lavarse?

–           El que está limpio, contesta el joven con aplomo.

–           Pues no, dice el rabino, porque desde el punto de vista de la verdad, el que está limpio ve que está limpio y el que está sucio comprueba que está sucio. Así que irá a lavarse el que está sucio.

–           Atento, dice el rabino, porque solo te quedan dos posibilidades de acertar.

Le plantea la misma cuestión por tercera vez y el chico contesta sin vacilar pensando que esta vez su respuesta será la deseada.

–        Una vez el limpio y otra vez el sucio.

–        No señor, dijo el rabino, desde el punto de vista metafísico es imposible que dos personas que han caído por la misma chimenea, una salga limpia y otra sucia. Queda solo una posibilidad de acierto, dijo el rabino. Fíjate bien.

El rabino le plantea la cuarta y última cuestión.  Y utiliza los mismos términos para hacer la pregunta. El alumno contesta de manera que considera inobjetable:

– Desde el punto de vista de la realidad el limpio, desde el punto de vista de la verdad el sucio y desde el punto de vista metafísico el problema no tiene sentido ya que no pueden salir de la misma chimenea uno limpio y otro sucio.

El rabino contestó:

– Pues no. No tienes razón ya que, desde tu punto de vista, no puede haber dos deshollinadores judíos, ya que todos los judíos son ricos.

Hay muchos puntos de vista sobre la realidad, como nos muestra esta historia. Algunas personas se consideran en posesión de la verdad. Nunca piensan que puede haber en sus posiciones un resquicio de duda. Qué error.

Recuerdo una sentencia del Talmud que cuenta que en un debate controvertido un alumno del maestro emite una opinión bien argumentada sobre la cuestión. El maestro, después de escucharlo atentamente, dijo:

–        Tienes razón.

Inmediatamente pide la palabra otro alumno que, de forma ordenada y clara, expone su opinión sobre el tema expresando la idea opuesta a la de su compañero.

El maestro apostilla:

–        Tú también tienes razón.

Un tercero levanta inmediatamente la mano para decir lo siguiente:

–        ¿Cómo puede ser que quien da una opinión tenga razón y el que da la opinión contraria también la tenga? Eso es imposible.

El maestro se dirige a este último interviniente y, con gran calma, le dice:

–        Tú  también tienes razón.

Pensar que uno tiene toda la razón es echar raíces en el terreno del error. No admitir la duda es un signo inequívoco de fundamentalismo.

En el libro “La librería de los finales felices” se dice (cito de memoria): No discutas con un idiota, porque te llevará a su terreno y te ganará  por experiencia”. El idiota piensa que la razón es propiedad suya. Cree que solo él tiene la verdad. Y por eso no es capaz de abrirse a cualquier otra. Al idiota le parece un sinsentido el título del interesante libro de Sascha Arango “La verdad y otras mentiras”. El idiota confunde pereza de pensamiento con firmes convicciones.

Querer imponer la razón en un serio obstáculo para comprender la realidad. Por el contrario, tener en cuenta otros puntos de vistas, otras perspectivas de la realidad nos enriquece y nos permite comprender.

La verdad es poliédrica. Tiene muchas  aristas, muchas perspectivas, muchos matices.  A la verdad le vienen bien  las expresiones “depende”, “según y cómo”, “desde ese punto de vista”, “en mi opinión”, “según creo”, “me parece”, “quizás”, “podría ser”…

Quienes se aferran a dogmas, no suelen soportar que otros los tengan. Lo decía claramente aquel fanático entusiasta:

–           Me molestan mucho las personas dogmáticas, porque aquí no hay más dogmas que los míos…

Nicolás de Cusa hablaba de la docta ignorancia.  Antes lo habían hecho San Agustín y San Buenaventura. La docta ignorancia es el conocimiento de los límites de nuestro saber, es la conciencia de nuestra ignorancia, es la actitud  prudente del sabio ante las limitaciones de nuestras facultades. El que sabe mucho, sabe también cuán grande es su ignorancia. Por eso los sabios suelen ser humildes y los necios, petulantes. Lo explico con este sencillo símil. Imaginémonos que lo que sabe una persona se encierra en un círculo diminuto. Pues bien, los límites con la ignorancia, que es el espacio que rodea ese círculo, son muy pequeños. Si lo que uno sabe se encierra en un circulo mayor, el contacto con lo que no sabe es también más grande. Y si el círculo del conocimiento es enorme, será también enorme la sensación de estar en contacto con muchas cosas que se desconocen.

Por eso, creo que la lucha contra el dogmatismo no está en las armas sino en los libros, no está en la guerra sino en la educación.

La masacre de Peshawar

27 Dic

Mañana celebra la Iglesia católica el día de los Santos Inocentes. Aquellos niños, asesinados por Herodes, no fueron ni los primeros ni los últimos mártires. Los niños, víctimas inocentes, han sufrido a la largo de la historia la violencia más cruel. Quiero recordar hoy, todavía sobrecogido, la reciente matanza de los niños asesinados el pasado día 16 de diciembre en la escuela de Peshawar. Se trata de un hecho de tal crueldad e ignominia que no se le puede a uno ir de la mente ni alejarse del corazón.

Quiero recordar hoy, todavía sobrecogido, la reciente matanza de los niños asesinados el pasado día 16 de diciembre en la escuela de Peshawar.

El dolor de los niños y de las niñas resulta siempre estremecedor. Más aún su muerte. Y qué decir  de la muerte que se produce como consecuencia de una matanza planificada y ejecutada a sangre fría.  Todavía es más cruel el dolor si se piensa que ese atentado se produce en una escuela, la capital de la vida, el epicentro del futuro. Y llega al colmo si el número de niños y adolescentes muertos supera los 140. No uno, que ya sería insoportable. Más de cien. Cada uno con su peculiar historia, con su irrepetible esperånza. Qué horror. Qué inconcebible horror.

¿Quién le iba a decir a esos niños que se levantaron por la mañana, desayunaron en sus casas y recorrieron el camino de su escuela para aprender, que se iban a encontrar con luna muerte tan inesperada como cruel? La escuela debería ser el lugar más seguro de la tierra. Debería ser el lugar donde se aprende a vivir, donde se ejecuta a quienes allí trabajan para ser mejores.

La matanza fue perpetrada por seis hombres armados pertenecientes al Tehrik e Taliban Pakistan. Umar Mansoor fue identificado como el talibán que ideó y planificó la masacre. Es padre de tres hijos. ¿Cómo los saludó aquella noche cuando llegó a sus casa? ¿Cómo les pudo mirar a los ojos? ¿Cómo pudo besarlos y abrazarlos sin que se lo impidiera el recuerdo de los cadáveres desparramados por la escuela? ¿Qué tipo de monstruo puede  hacer vida normal después de haber provocado esos hechos tan inhumanos (tan humanos)?

Se trata probablemente del acto terrorista más abyecto ocurrido en la ensangrentada historia del país musulmán. El asalto a sangre fría contra la escuela, ha sido justificado por los asesinos como represalia por los renovados ataques del Ejército paquistaní contra los feudos talibanes en la extensa tierra de nadie que constituye la frontera entre Pakistán y Afganistán. ¿Qué culpa tenían esos niños, esas niñas, que estaban aprendiendo a pensar y a convivir en el marco de su escuela? ¿Quién puede atribuirse el derecho de segar sus vidas en un instante fatídico, como si fueran de su propiedad? ¿Quién se puede atribuir el derecho a romper el horizonte de esas criaturas inocentes, de esos mártires laicos?

¿Qué filosofía es esa que justifica la muerte por la muerte de otras personas, que admite la represalia a través de la destrucción de más de un centenar de niños? ¿Qué justicia es esta que toma cada uno cuando y como se le antoje? ¿Qué mundo pretenden construir estos desalmados?

El atroz asesinato masivo de Peshawar señala claramente la magnitud de un desafío capaz de llevar definitivamente al abismo a un gigante desvertebrado y con pies de barro como Pakistán. Peshawar debería representar un antes y un después en la vacilante y equívoca posición del Estado frente a la formidable amenaza desestabilizadora del fanatismo sanguinario. Pakistán es hoy el único país con armas atómicas que corre abiertamente el peligro de convertirse en rehén del terrorismo islamista.

Las víctimas son los muertos, obviamente. Y sus familias que tendrán para siempre señalado en negro cada 16 de diciembre. Pero no se puede olvidar a los heridos. Ni a todos los sobrevivientes que quedarán marcados por el miedo para toda la vida. Pocas veces se tienen en cuenta esos daños. Y los daños de todos los testigos del mundo, estigmatizados por la ferocidad de la violencia y el odio a los semejantes.

¿Cómo puede el ser humano llegar a esos niveles de abyección? ¿Qué camino han recorrido los asesinos para llegar hasta ese punto de brutalidad, de insensibilidad, de perversión? Uno se imagina a esas personas cuando eran, a su vez, niños inocentes, ingenuos, bondadosos y se pregunta cómo y por qué fueron evolucionando hacia esa posición moral tan repugnante.

¿Para qué les sirvió la escuela a los asesinos? ¿Qué hicieron allí? ¿Qué les enseñaron? ¿Qué aprendieron? De poco les sirvió reflexionar sobre la dignidad humana, sobre los derechos inviolables de las personas, sobre la solidaridad y la compasión que son el eje de la convivencia.

Fueron caminando centímetro a centímetro hacia el fundamentalismo, hacia esa filosofía estúpida que  pone  las ideas por encima de las personas. Fueron endureciendo sus corazones e inmunizándolos al dolor ajeno. ¿Cómo pueden tomar una decisión como que siega la vida de niños inocentes? ¿Cómo la pueden llevar a cabo sin que se les hiele la sangre? ¿Cómo pueden soportar sus efectos nocivos que han provocado?

Lo que más me preocupa es la prevención de estos hechos horribles. Y creo que el remedio está en la educación. La educación entendida como un proceso ético, no como mera instrucción. No se puede confundir educación con adiestramiento, y menos con adoctrinamiento. Porque el adoctrinamiento pretende meter los valores por la fuerza en la cabeza de los educandos. No admite la libertad. Y todo valor que se impone `por la fuerza deja de ser un valor. Las religiones han seguido sus credos, su moral particular. Y se han olvidado de la ética. Por eso llevaron a los herejes a la hoguera, por eso hubo Cruzadas. Por eso los talibanes se inmolan a sí mismos erigiéndose en dueños de la vida de los demás.

El fundamentalismo es la defensa cerril de una doctrina. Una defensa que conlleva, explica y justifica cualquier tipo de acciones, como esta que ha dejado al mundo horrorizado. Se trata de un fanatismo teórico y práctico que defiende la persecución de los disidentes, de los tibios u de los infractores de su fe.

Malala, la adolescente pakistaní que sobrevivió a un ataque terrorista por defender el derecho de las niñas a la educación y que obtuvo por ello el Premio Nobel de la Paz, ha dicho “que tiene el corazón destrozado por este ataque sin sentido”.

Los colegios suelen ser objetivo de los talibanes en Pakistán, en especial las escuelas para niñas. Resulta insoportable que, a estas alturas de la historia, haya lugares de la tierra en los que varones desalmados quieran impedir por la fuerza el derecho de las mujeres a formarse.

La noticia arrasa en los titulares de los medios de comunicación del mundo durante unos minutos, durante unas horas, y se desvanece luego ante otras noticias igualmente luctuosas. Pero esos escolares no volverán a sonreír, los demás permanecerán acorralados por el miedo y sus familias habrán quedado marcadas para siempre. ¿Cómo podemos encogernos de hombros y mirar para otra parte?

Si A, entonces B, quizás

13 Dic

Ya sé que la vida cotidiana en las aulas, sobre todo en Secundaria, tiene problemas que son difícilmente superables para algunos docentes. No es fdoo que esta chica, con su contuácil afrontar la tarea de enseñar cuando se tiene delante un grupo que no quiere aprender y otro que está empeñado en que nadie aprenda.

Nunca me han gustado las bromas, y menos las crueles, que algunos alumnos gastan a sus profesores.

Pienso con frecuencia en los profesores y profesoras que tienen dificultades para captar la atención de sus alumnos, que tienen un grupo ingobernable, que están al frente de una clase en la que no es posible conseguir unos minutos de silencio… Esas clases en las que se emplea más tiempo en establecer el orden que en trabajar.

Situación que se agrava cuando no se cuenta con los padres y madres como aliados. Cuando piensas que el comunicar a los padres la situación será de una gran ayuda y te encuentras con que los padres están en otras cosas o están para defender la conducta de un sinvergüenza.

Se tata de casos en los que nada surte efecto. Ni los elogios, ni las promesas, ni las amenazas, ni los castigos… Nada. Incluso la expulsión es celebrada por algunos alumnos como un triunfo, como un desafío, como un motivo de satisfacción.

Me imagino a esos colegas acudiendo al trabajo como si de un campo de torturas se tratara. En lugar de ir a disfrutar de la hermosa tarea de enseñar, van asustados a librar batallas en las que tienen que soportar los desaires, los insultos e, incluso, las amenazas de los alumnos. Arrastran la misma sensación de impotencia que experimenta un médico ante un enfermo desahuciado. Pobres docentes. Pienso mucho en ellos (y en ellas).

Hay quien piensa que el trabajo del docente es fácil. No lo considero así. Recuerdo aquel artículo de Manuel Rivas, titulado “Amor y odio en las aulas”. Dice el escritor gallego: “Mucha gente todavía considera que los maestros de hoy viven como marqueses y que se quejan de vicio, quizá por la idea de que trabajar para el Estado es una especie de bicoca perfecta. Pero si a mi me dan a escoger entre una excursión “Al filo de lo imposible” y un jardín de infancia, lo tengo claro. Me voy al Everest por el lado más duro. Ser enseñante no solo requiere una formación académica. Un buen profesor o maestro tiene que tener el carisma del Presidente del Gobierno, lo que ciertamente está a su alcance; la autoridad de un conserje, lo que ya resulta más difícil y las habilidades combinadas de un psicólogo, un payaso, un disc jockey, un pinche de cocina, un puericultor, un maestro budista y un comandante de la Kfor. Conozco una profesora que solo desarmó a sus alumnos cuando demostró tener unos conocimientos futbolísticos inusuales, lo que le permitió abordar con éxito la evolución de las especies”.

Ante las dificultades que aparecen en el aula se puede reaccionar de diferente manera. Una de ellas es abandonar la causa, dejar el trabajo, aceptar la derrota y largarse con viento fresco. Resulta muy duro que aquellos por quienes el profesor se desvive, aquellos a quienes pretende enseñar, no solo no quieran  aprender  sino que dediquen su inteligencia y energía a hacerle la vida imposible. Nunca me han gustado las bromas, y menos las crueles, que algunos alumnos gastan a sus profesores.

Luis Landero escribió hace algunos años, una excelente novela titulada “Absolución”. El protagonista es una persona con espíritu  nómada que dura muy poco en los empleos que asume. Uno de ellos es el de profesor. No le va bien. Un buen día, mientras los alumnos dan muestras fehacientes de insensibilidad y desinterés, el profesor recoge sus papeles, los mete en la cartera, se dirige hacia la puerta del aula y, sin mediar palabra, se va para siempre. Cuando camina por el pasillo hacia la salida, vuelve sobre sus pasos, abre la puerta del aula y dice en voz alta y clara:

–       Que os jodan.

No me gusta esta opción. Supone una retirada, la aceptación de un fracaso. Sí, se acaba el problema para ese profesor, pero la huida es una derrota. Y más cuando se hace de esta manera despectiva. Además, abandonar el trabajo, tal como hoy está el empleo, resulta muy difícil. Así que, a sufrir.

Otra manera de afrontar el conflicto es acomodarse a él. Dar por bueno ese clima de falta de respeto, aceptar esas actitudes de abierto desprecio a los demás, de agresividad hacia la autoridad y de violencia institucionalizada. Desde la impotencia o la comodidad, el profesional decide callarse, aguantar y endurecer la capa de su indiferencia. Lo importante es cobrar al final del mes, no que los alumnos aprendan y convivan. Renuncia a pasarlo bien, a vivir felizmente su trabajo a cambio de un pequeño estipendio.

La tercera es la opción por la que apuesto. Se trata de afrontar la situación con valentía, inteligencia y amor. Lo primero que hay que hacer para ello es conocer bien lo que sucede. No se puede negar la evidencia. Hay un problema. Un problema difícil de resolver. Pero es preciso diagnosticar qué es lo que pasa. Se puede observar con atención, entrevistar a los alumnos, hacer un sociograma, preguntar a otros colegas, pedir ayuda a especialistas (orientadores, terapeutas… que tenga la escuela).

Lo segundo es reconocer que, si no hubiese problema alguno, si los alumnos supieran comportarse, si tuviesen interés por el conocimiento, si fuesen respetuosos, solidarios y trabajadores, no haría falta que existiesen ni los profesores ni las escuelas.

Es necesario, en tercer lugar, pensar que hay solución. La educabilidad se rompe en el momento que pensamos que el potro no puede aprender y que nosotros no podemos ayudarle a conseguirlo. Creer que hay solución es un parte de la solución.

Después hay que compartir las preocupaciones con los colegas. Sin miedo, sin vergüenza, sin agresividad. Tenemos tendencia a pensar que solo nosotros padecemos problemas, que solo a nosotros nos resulta difícil. Y no es así. Cuántos docentes han dañado su autoconcepto que solo ellos son incapaces  de afrontarlos y resolverlos…

Y luego hay que intervenir. Hay que tomar decisiones. Tratar de ganarse a los líderes del grupo, pedir colaboración a los padres, crear un “carnet de convivencia” por puntos que se pueden ir perdiendo y ganando, realizar algunas dinámicas de grupo en horas de tutoría… No hay soluciones mágicas. En educación no sucede que si A entonces B; lo que realmente pasa es que si A, entonces B, quizás.

Por eso hay que tener paciencia y saber esperar. No indefinidamente, pero hay que esperar. Y evaluar lo que sucede. Y analizar las causas de los fracasos para aprender de ellos. Hace unos años pronuncié la conferencia de apertura en un Congreso de Médicos celebrado en Marbella, un Congreso peculiar ya que tenía como objetivo estudiar “los errores médicos”. ¿Por qué no analizar nuestros errores y aprender de ellos?

Y hay que leer. Hay cientos de libros sobre estas cuestiones. Rosa Barocio, por ejemplo, ha escrito “Disciplina con amor”, “Disciplina con amor en el aula”, “Disciplina con amor para adolescentes”… También es bueno escribir. Porque el pensamiento caótico y errático que tenemos sobre la práctica educativa, cuando escribimos, acaba por quedar ordenado  y nos permite comprender lo que pasa.