El whatsapp de las mamás

1 Oct

Cómo no valorar las ventajas que nos ofrecen las tecnologías, cómo no aprovecharlas, cómo no sacarles el mayor y mejor partido. Sería estúpido que los riesgos que acarrea el mal uso, nos alejase de la adecuada utilización. Sería como tirar todos los cuchillos a la basura porque nos podemos cortar con ellos.

Sin embargo, no podemos dejarnos arrastrar como papanatas por experiencias novedosas sin discernir lo que tienen de bueno y de malo. Una gallina que con su pico se conectase a internet seguiría siendo una gallina. No se haría más inteligente ni más sociable por el hecho de estar conectada.

Sin embargo, no podemos dejarnos arrastrar como papanatas  por experiencias novedosas sin discernir lo que tienen de bueno y de malo. Una gallina que con su pico se conectase a internet seguiría siendo una gallina. No se haría más inteligente ni más sociable por el hecho de estar conectada.

Está claro que los grupos de whatsapp ofrecen la ventaja de estar conectados de forma rápida y simultánea a un colectivo de personas a quienes podemos ofrecer y de quienes podemos recibir información y entretenimiento. Pero encierra peligros. Comentaré algunos  que vengo observando desde hace tiempo en los grupos de whatsapp que forman las madres de los niños  y niñas  de una clase en los colegios  (o institutos) públicos y privados. La estupidez no tiene barreras.

Lo primero que quiero hacer notar es que esos grupos suelen ser exclusivamente de madres. No sé si porque disponen de más tiempo, porque tienen más apertura a la comunicación o porque están más cercanas a todo lo relacionado con la educación de los hijos e hijas. O por todos estos motivos y algún otro que desconozco.

No pasaré de puntillas sobre esta cuestión porque considero que es importante. El que sean las madres las únicas ocupadas y preocupadas por la relación con el Colegio dice mucho y bueno a favor de las madres y mucho y malo respecto al papel de la educación. Porque parecería deducirse de este hecho que si el asunto fuese verdaderamente importante serían los padres quienes estarían pendientes.

No quiero decir con esto que debería haber grupos de whatsapp formados por padres. Digo que los grupos podrían ser mixtos y digo que los padres no deberían estar al margen de los asuntos del Colegio. Si se feminiza un fenómeno, se devalúa. Y viceversa. No porque la mujer valga menos sino porque seguimos habitando una sociedad androcéntrica, sexista y patriarcal.

Creo que hay personas que utilizan el whatsapp con una dependencia enfermiza. Tienen siempre el móvil a mano  y miran la pantalla con obsesiva frecuencia. Los mensajes  pueden ser tan persistentes que no permiten hacer otra cosa. Esa actitud genera una servidumbre nociva.

Hay una dependencia desmedida del grupo de whatsapp de clase en otro sentido. Me refiero ahora  no a la frecuencia sino al poder. Sin que el grupo de su visto bueno, algunas mamás se sienten inseguras. Una noticia es veraz cuando circula por el wathsapp de forma generalizada.  Es más importante lo que dicen los integrantes del grupo que lo que dice el profesor.

– Así me quedo más tranquila, es la exclamación que genera estar al tanto a través del whatsapp.

No hay horario para el envío de mensajes. Puede sonar el aviso a las 2 de la mañana para preguntar si alguien sabe si los niños tienen que llevar una visera o un sombrero a la excursión de mañana. Y solo cuando la respuesta es visera, se produce la tranquilidad de estar en lo cierto. Es más importante lo que transmite el mensaje que lo que el niño prefiere.  Puede llegar un mensaje a las 6.30 de la mañana para preguntar si ese día hay clase.

En relación a los profesores y profesoras hay también algunos problemas. Una madre le pide a la tutora que se incorpore al grupo. Lo docente piensa que es lo único que le faltaba: acabar a una hora su trabajo y seguir conectada durante horas incluso de la noche. Otra madre le insta a la tutora de su hijos a que mande  información para dinamizar el grupo, ya que está poco activo.

Siempre hay una gurú que presume de estar al tanto de todo. Procura enterarse la primera de todas las novedades, presume de estar al tanto de las novedades y tiene canales rápidos y fa reconocida del grupo. Se siente con la responsabilidad de ras.era de todas las novedades, presume de estar al tanto de todo y áciles con las fuentes. Es una guía reconocida del grupo. Se siente con la responsabilidad de tener respuesta para todo. Si hay alguna duda ella se encarga de hacer la consulta y de difundir la respuesta. Así va ganando autoridad informativa.

– La que tiene que saber eso es fulanita, se dicen unas a otras.

También existen las que nunca se enteran de nada. El grupo es quien en este caso actúa como secretaria particular de esas mamás despistadas. Por no saber no saben ni cuando empieza el curso ni cuando termina ni cuando dan las notas, ni qué horas tienen de tutoría, ni qué día tienen ir disfrazados. Una buena amiga llevó a su hijo disfrazado de troglodita y lo tuvo al pobre todo el día en esa situación mientras el resto vestía su habitual uniforme…

– Hay que avisar a fulanita, que nunca se entera de nada, dicen las mamás.

Otro problema que se está generando es que las madres se están convirtiendo en las secretarias de los hijos. Ellas son las que piden una foto de la tarea que hay que hacer o de las páginas que hay que leer o del trabajo que hay que entregar.

– Mamá, llama a la mamá de fulanito para que te mande los ejercicios de mates.

El niño se despreocupa porque su madre le pondrá al tanto si olvida en el Colegio la libreta de las tareas. De esta manera no se responsabiliza de sus obligaciones. Su madre le sacará las castañas del fuego.

Cito en ocasiones a Holderlin cuando dice que los educadores forman a sus educandos como los océanos forman a los continentes: retirándose. Para que el continente aparezca las aguas tienen que retroceder. Lo que nos dicen los hijos a los padres y  a las madres es: Ayúdame a hacerlo solo.

Hay mamás obsesivas con algunas cuestiones: los piojos, la comida que se sirve en el comedor, la seguridad en el patio, la salud de su hijo. Los mensajes se multiplican de manera exponencial cuando aparece una información inquietante. Si el niño de una de esas mamás tiene fiebre, lanza en el whatsapp mensajes reiterados para ver si es su hijo solo el que está enfermo  o si se trata de una epidemia.  Se quedará más tranquila si no le ha pasado a su niño solo.

Otro asunto que acapara centenares de mensajes es la organización de los cumpleaños, sobre todo cuando se generaliza la costumbre de invitar a todos los niños y niñas de la clase. Invitaciones, regalos, citaciones… Un cumpleaños se convierte en una montaña de interacciones casi tan estresante  como las de una boda.

Sé que no todos los grupos son iguales y que no todas las personas dentro del grupo  actúan y reaccionan de la misma manera. Estoy  hablando de problemas genéricos que se extienden de forma imperceptible. Hay otras peculiaridades en los grupos de whatsapp dependiendo de la edad de los hijos y de las hijas. No sucede lo mismo en un grupo de infantil que otro de Secundaria.  Y ni nos imaginamos un grupo de madres de alumnos y alumnas universitarios.

Los rumores se generan a través de los whatsapp y corren como la pólvora. Si el tutor o un profesor cualquiera ha cometido un fallo, la velocidad y la intensidad de la comunicación es extraordinaria creando un clima adverso que es difícil desmontar. Algún profesor  ha  salido hecho puré de la trituradora del whatsapp.  Ojo: existen algunos peligros. Hay que evitarlos.

Para que el alma no pene

17 Sep

Dediqué el pasado artículo a la necesidad de crear en las aulas un clima propicio para el florecimiento de las preguntas. Vuelvo al tema movido por los  numerosos comentarios suscitados entre los lectores y lectoras a raíz de aquel texto que llevaba por título “Que florezcan las preguntas”.

Es importante saber preguntar: elegir el lugar, el momento y la formulación oportunas. Existen un arte y una ciencia de las preguntas. Hay que cultivarlos y hay que ayudar a que otros lo hagan. Amén.

Diré, para comenzar hoy, que es más importante saber lo que realmente se pregunta que lo que hay que responder. Resulta crucial conocer qué es lo que quiere saber el que formula la cuestión. Ilustraré la idea con un ejemplo:

Un niño le pregunta a su mamá, provocando una reacción de sorpresa y cierto sofoco:

–        Mamá, ¿qué es pene?

La mamá, improvisando como puede, le ofrece algunas explicaciones al niño acerca del miembro viril (la anécdota me remite ahora al curioso libro “El pincel del amor. Vida y obra del pene”, de Bo Coolsaet). Para sobreponerse a la sorpresa y al nerviosismo, le pregunta al niño por qué  ha hecho esa pregunta. El niño, un tanto desconcertado ante la respuesta que ha recibido de su mamá, responde:

–        Es que he leído en un libro de religión “para que el alma no pene”.

Está claro que el niño no preguntaba por aquello que pensó la mamá. Ella respondió a lo que creía que le preguntaba su hijo. Pero no era eso lo que él quería saber. Mientras más extensa hubiese sido la explicación, menos se hubiese acercado la respuesta a lo deseado por quien había formulado la pregunta.

Las preguntas darán lugar a respuestas y estas a nuevas preguntas.  Lo he dicho no hace mucho en un tribunal de tesis: Todas las tesis deberían llevar un subtítulo: Preguntas y respuestas y peguntas…  Las tesis, los libros, las clases, las conversaciones, la vida… obedecen a este lema: preguntas y respuestas y preguntas.  Nunca se puede poner el punto final. En este terreno solo hay puntos suspensivos.

Un avispado comentarista del artículo anterior dice que situar las preguntas solo de la parte de los alumnos y alumnas responde a un modelo de enseñanza tradicional en el que el docente explica y el alumno comprende o no comprende lo explicado. Es verdad. Yo también abogo por un modelo de enseñanza participativo, cooperativo, dialogante, exploratorio y multiidireccional… Un modelo en el que todos puedan preguntar y aprender. El profesor puede utilizar las preguntas como una estrategia didáctica. El método socrático  tiene en las peguntas su esencia.

Se trata de crear un ambiente en el que surjan de forma fácil las preguntas de los alumnos al profesor, del profesor a los alumnos y de unos compañeros a otros. Se trata de  “abrir el espacio y la sensibilidad para la interrogación por el valor y el sentido. Se trata de transmitir la pregunta, la inquietud, la disconformidad, la insatisfacción, la apertura”, como dice Jorge Larrosa.

Heidegger sostenía que “toda pregunta es una búsqueda”. La búsqueda parte del deseo de saber y de la conciencia de que algo no se sabe. Solo los necios creen que lo saben todo. Los sabios son siempre humildes porque tienen conciencia de lo mucho que desconoce. Es la tesis de la docta ignorancia que sostenía Nicolás de Cusa.

El profesor tiene que hacer preguntas, pero no solo cuando realiza la evaluación. Porque esas preguntas no nacen de la curiosidad por saber sino de la duda de que otros hayan aprendido. Son preguntas encaminadas no a aumentar el aprendizaje sino a comprobar el aprendizaje ajeno.

Cuando termino de impartir una conferencia es casi inexorable que los organizadores digan:

–        Y ahora se abre un turno de preguntas.

Suelo hacer una breve observación en los siguientes términos:

–         No. No se trata solo de hacer preguntas. Porque eso daría pie a pensar que aquí solo hay uno que sabe y los demás que no saben y tienen que aprender del que sabe. No. Todos sabemos  y todos podemos aprender. Se pueden plantear opiniones, sugerencias, críticas, discrepancias, nuevas ideas, sentimientos vividos…

Esa actitud está tan arraigada que, a veces se reparten hojas blancas para la formulación de preguntas durante la exposición.  Se pretende evitar (y así se dice) que los asistentes aprovechen el momento de la pregunta para emitir opiniones.

Existen muchos tipos de preguntas. Infinito tipo de preguntas. Dependen del contexto, de la intención, de la relación entre los interlocutores, del momento, de la historia, de la ironía, de la mordacidad, de la maldad o de la bondad, del conocimiento, de las emociones que las embargan…

Algunas preguntas se contestan, a veces, con otras preguntas. Cuenta Manuel Alcántara que cuando un periodista le preguntó a Bernard Shaw si creía que esa fecha y día atraían la mala suerte,  él le contestó con otra pregunta: ¿por qué los martes y 13 van a ser una excepción?

Hay preguntas que contienen una carga tremenda de dinamita. Me cuenta la mamá de una amiga de mi hija Carla cuyo marido trabaja en una compañía de seguros, que un buen día invitó al jefe de su pareja a una cena familiar. Y en plena cena el niño, que entonces tenía cinco años, le preguntó al invitado:

–           ¿Tú eres el que explota a mi padre?

En mi libro “Hacer visible lo cotidiano”, presento una tipología de las preguntas que se pueden utilizar cuando se quiere saber algo. Veamos algunas.

Preguntas que buscan el control de contradicciones, las exageraciones, las faltas de racionalidad: ¿no ha dicho usted hace un momento…?, ¿por qué no?, ¿cómo puede ser si…?, ¿qué sentido tiene entonces…?, ¿todos  y siempre hacen eso?

Preguntas que demandan una explicación de otro tipo, más amplia o más concreta: ¿me puede poner un ejemplo?, ¿en qué sentido?

Preguntas que buscan la opinión, no la mera descripción: ¿qué piensa sobre estos hechos…?, ¿qué opinión le merece…?

Preguntas que piden comparaciones: ¿cómo se relaciona esto con la política…?, ¿qué tiene que ver esto con lo que dicen otros autores…?

Preguntas que pretenden perseguir la lógica: ¿hay que deducir que…?, según esa teoría, ¿habría que deducir…?

Preguntas hipotéticas: ¿qué pasaría si…?, ¿qué sucedería en el caso…?

Preguntas que expresan sorpresa o incredulidad: ¿en todos los casos?, ¿realmente?, ¿está usted seguro de que…?…

Preguntas en la posición de abogado del diablo: ¿qué respondería usted a la objeción…?, ¿no niega esa afirmación todo lo que se sabe al respecto…?, ¿no es lógico el argumento contrario si…?

Preguntas que buscan la confirmación de la pregunta: ¿Me quiere decir que no vio el coche que circulaba delante…?, ¿a que está claro que…?

Preguntas que exigen ampliación respecto a lo que se ha dicho: ¿quiere añadir algo más…?,  ¿alguna cosa más?, ¿eso es todo?

Preguntas que solicitan la confirmación de que se ha entendido:   ¿lo que usted quiere decir  entonces es…?,  ¿sería correcto deducir…?

Preguntas capciosas: ¿le pega usted con frecuencia a su pareja?, ¿en qué situaciones miente con. más facilidad…?

Esta lista no se agotaría nunca. Porque  existen infinidad de situaciones, de personas, de ideas, de intereses, de actitudes, de sentimientos…Es importante saber preguntar: elegir el lugar, el momento y  la formulación oportunas. Existen un arte y una ciencia de las preguntas. Hay que cultivarlos y hay que ayudar a que otros lo hagan. Amén.

Que florezcan las preguntas

10 Sep

Siempre me ha preocupado crear en el aula un clima en el que fuera fácil formular preguntas. Un clima basado en la confianza, la curiosidad, el interés y la solidaridad… Un clima en el que quien formula preguntas una y otra vez no sea visto ni por el profesor ni por los compañeros como  un impertinente.

Siempre me ha preocupado crear en el aula un clima en el que fuera fácil formular preguntas. Un clima basado en la confianza, la curiosidad, el interés y la solidaridad…

Hay muchas formas de matar las preguntas:  nerviosismo del profesor que considera que las preguntas ralentizan el  proceso de enseñanza e impiden el desarrollo del temario, ridiculización de quien hace preguntas simplistas,  contestaciones lacónicas, insuficientes o malhumoradas del docente…

El nerviosismo del profesor puede proceder también de su temor a que se le hagan preguntas difíciles o capciosas. Preguntas que no sabría responder… Para mantener la tranquilidad, mejor que quemarse las pestañas estudiando angustiosamente, es reconocer de antemano que no se sabe todo y remitir la respuesta a una exploración colectiva.

– No lo sé. Mañana vamos a traer todos una respuesta a esta interesante cuestión.

Cada alumno es diferente a los demás. Hay que animar a quien no se atreve, al que teme no saber lo suficiente, al que alguna vez fue humillado por preguntar y ha decidido no volver a hacerlo. Existe el peligro de pensar que todos son como nosotros.  Al locuaz le cuesta creer que haya alguien que no se atreve a preguntar y el retraído tiende a pensar que es muy difícil tomar la iniciativa para hacer alguna pregunta. Algunos no son capaces de formular una pregunta ante un grupo numeroso de compañeros. En esos casos puede invitarse a que se formulen por escrito o a que pregunten al compañero que tienen al lado. Sería deseable tener la capacidad de meternos en la piel de los demás.

Alguna vez he preguntado por las causas del silencio cuando no se ha entendido algo. Un alumno me respondió en cierta ocasión, cuando le pregunté por qué no había pedido una explicación si no había entendido lo explicado:

– No pregunté, dijo,  porque pensé que ya lo estudiaría yo solo cuando llegase a casa.

Hay preguntas y preguntas. Algunas se formulan sin pensar, de forma escasamente reflexiva. Otras tienen profundidad y resultan estimulantes. Son éstas ultimas las que merecen el aplauso y la felicitación.

Hablo de situaciones normales. Ya sé que puede haber trampas y problemas. Recuerdo una clase en la que los alumnos se habían confabulado para hacer cadenas de preguntas que impidieran avanzar en el programa con un nuevo tema…

Si un profesor tiene interés en saber lo que pasa con las preguntas en su aula no debe responderse con intuiciones, suposiciones, adivinaciones o deseos, debe explorar con rigor. Para ello tiene que liberar la voz de sus estudiantes. Preguntando de forma anónima, por ejemplo. O preguntando a través de terceros. Se puede favorecer la formulación de preguntas si se felicita a quien las hace.

Hay que invitar a formular preguntas en el momento oportuno. Cuando suena el timbre para salir al recreo no es el momento de decir:

–       ¿Alguna pregunta…?

Si alguien la formula es fácil que todos le miren de forma asesina. No es el momento. Mejor sería hacer esa invitación  cuando hay tiempo para contestar.

Observando en cierta ocasión un aula, vimos que el docente decía de forma reiterada, casi como un latiguillo:

– ¿Está todo claro?

Preguntamos al profesor qué es lo que quería decir con esa frase y nos respondio que pretendía comprobar si  habían entendido lo que él había explicado. Al preguntarle si levantaban la mano dijo que no y al pedirle explicación sobre por qué creía que no lo hacían nos dijo que era porque lo entendían. Sin embargo los alumnos dijeron: Lo que dice de verdad no es si está todo claro sino que nos trae cuenta que todo esté claro. Porque, de lo contrario, se molestaba, o decía que el temario era largo o que lo que no se entendiera lo explicaría fuera de clase… Su forma de proceder había aplastado las preguntas. No eran bienvenidas, no eran celebradas, no eran deseadas…

Voy a contar una experiencia que alguna vez realicé en las clases y que acabo de repetir en un Taller realizado en la Universidad de Costa Rica. La he incluido en mi libro “Ideas en acción” (Homo Sapiens. Rosario). Está llena de sugerencias didácticas. Planteo a continuación cómo se lleva a cabo y luego las contundentes conclusiones que se derivan de ella.

Pido un voluntario o voluntaria que actúa de  profesor o profesora del grupo.

En una primera parte le va pidiendo a los asistentes que dibujen en un folio una secuencia de cinco cuadrados que él tiene en sus manos. Da las instrucciones  de espaldas al grupo, sin repetir nada de lo que dice y sin aceptar pregunta alguna de los asistentes.

Es llamativo constatar que nadie hace los cinco cuadrados bien orientados. El fracaso es total y el tiempo que tarda en dictar el ejercicio es muy breve.

En una segunda experiencia, ese docente improvisado expone la forma de reproducir otra serie de cinco cuadrados. Mira al grupo, repite cuando es necesario e insta a que realicen preguntas cuando no entiendan. La dificultad es la misma que en la primera parte. Todos o la mayoría hacen bien la tarea. Eso sí, se tarda mucho más tiempo en realizarla.

La diferencia entre la primera y la segunda forma de hacer la tarea radica en la retroalimentación. En la primera nadie puede preguntar. En la segunda se invita a que lo hagan libremente.

La comprensión de los mensajes es mayor cuando se puede hacer preguntas. Es curioso observar la diferencia de resultados, que pasa del 0 % de éxito  al 100%. En el primer caso se podría haber concluido que el grupo era malo por su incapacidad o  falta de atención.

Para que haya preguntas es necesario un tiempo que a veces no se tiene y que, cuando se tiene, no se quiere dedicar a plantear la actividad de ese modo. Pero, ¿qué sentido tiene seguir haciendo cuadrados si se han perdido en el primero? ¿Qunicas o malhumoradas del docentedel temario, ridiculkizacion de quien hace preguntas tontas, contestaciones lacl  o entiende no é sentido tiene seguir desarrollando el curriculum si  están perdidos desde el comienzo?

Quien también aprende es el profesor que, a través de las preguntas, descubre las dificultades de comprensión que existen, constata errores y encuentra sugerencias didácticas.

–       ¿Todos los cuadrados son iguales?

–        ¿Hacia abajo o hacia arriba?

–        ¿Hacia la izquierda o hacia la derecha?

–        ¿Se trata de un ángulo de un vértice?

–        ¿Ha dicho en la mitad del lado o en el extremo del lado?

–        ¿Todos los cuadrados son tangentes?

–        ¿Ha dicho el tercer o el cuarto cuadrado?

–        ¿Dónde tenemos que empezar, a la izquierda o a la derecha de nuestra hoja?

–        ¿Cómo si fuera una escalera?

Las preguntas ayudan a quien actúa de profesor porque le dan pistas para alcanzar la comprensión. Si comete un error y nadie puede preguntar, el error se instalará en todas las reproducciones.

En el segundo caso se produce un aprendizaje de carácter solidario. Quien lo ha entendido desde el primer momento espera a quien no lo ha hecho.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              En la primera versión cada uno está a lo suyo, pendiente de su tarea, de su comprensión, de su éxito.

La retroalimentación engendra seguridad y confianza. Su ausencia propicia agresividad hacia la tarea y hacia quien la dirige. Y es lógico. Cuando no se pueden hacer preguntas, las personas achacan su fracaso a quien impide hacerlas. Ojalá que haya en las aulas un clima en el que las preguntas florezcan de forma fácil y espontánea.

El lanzador de cuchillos con la enfermedad de Parkinson

20 Ago

Un mal docente es como un lanzador de cuchillos con la enfermedad de Parkinson. El desastre está asegurado. Las heridas o la muerte son más que probables en quien actúa  como sujeto experimental, por muchas dotes acrobáticas que tenga. No se librará de las heridas o de la muerte.

Un mal docente es como un lanzador de cuchillos con la enfermedad de Parkinson. El desastre está asegurado. Las heridas o la muerte son más que probables en quien actúa como sujeto experimental, por muchas dotes acrobáticas que tenga. No se librará de las heridas o de la muerte.

No dejarías ni un segundo a mi hija delante de ese lanzador. Los riesgos serían extremos. Cuando anunciase que iba a marcar el perfil de la cabeza con los cuchillos clavados en la pared, nadie se quedaría impasible en el sitio, salvo un suicida Cualquier persona medianamente sensata emprendería una veloz carrera.

El problema del sistema educativo es que, en algunas etapas, es obligatorio. Y ese lanzador seguirá clavando cuchillos si alguien no se lo impide. Hay que apartarle de la función hasta la completa curación.

Pero, ¿quién y por qué es un mal docente?

Quien no sabe. Es un mal docente el que no sabe lo que tiene que enseñar, el que no domina su campo disciplinar, el que no conoce a sus alumnos y alumnas ni se esfuerza por hacerlo, el que no conoce en qué mundo vive ni en qué institución enseña…

Quien no sabe hacer. Es un mal docente quien no sabe enseñar, quien no tiene estrategias didácticas para conseguir la motivación necesaria para que  aprendan, el que no sabe gobernar el aula ni relacionarse con sus colegas ni con sus alumnos…

Quien no quiere. Es un mal docente el que no tiene voluntad para hacer bien la tarea, el que no se preocupa por prepararse, por relacionarse, por llevar a cabo con perfección las exigencias de su profesión…

Quien no sabe ser. Es un mal docente quien no da ejemplo, quien no tiene respeto por sí mismo ni por los alumnos ni por su profesión, el que desprecia su función con malas actitudes, malos comportamientos y pésimas relaciones…

Quien no puede. Se convierte en un mal docente quien no dispone de las condiciones necesarias para hacer bien la tarea. Si el piso no es firme, si el cuchillo es de mala calidad, si la visibilidad es deficiente, puede originar un desastre.

Hay unas soluciones genéricas que hacen muy difícil que tengamos docentes malos o malos docentes (es muy diferente decir un griego desnudo que un desnudo griego).  Esas soluciones tienen que ver con los procesos de selección, de formación inicial, de formación permanente y de organización del profesorado.

No puede seguir funcionando el sistema con el estado de opinión implantado de que quien no vale para otra cosa vale para ser docente. Hay que revertir esa forma de pensar. Es decir, hay que plantearse que para realizar una tarea tan compleja y tan importante hay que elegir a las mejores personas  de un país.

Hay que plantear una formación inicial rigurosa, consistente, práctica y orientada a la acción. Con una potente simbiosis de teoría y de práctica. En grupos pequeños (no masificados), con buenos formadores e instituciones con  sensibilidad y capacidad de innovación.

El docente no se forma de una vez para toda la vida. El saber se incrementa de forma exponencial, los contextos se modifican, los aprendices cambian, las circunstancias se modifican.  La formación permanente o formación en la acción tienen que fortalecerse y perfeccionarse.

Finalmente, la cuarta exigencia para que tengamos buenos docentes, es que se organice su práctica de forma racional y exigente. Dignificar la profesión desde la política, desde la sociedad y desde la actuación de las familias es muy importante para que los docentes actúen con solvencia.

A pesar de todo, por motivos diferentes, puede haber en la docencia  casos de profesionales que no dan la talla, que son un peligro para los alumnos y las alumnas. Conozco casos en los que año tras año, los alumnos y las familias expresan quejas justificadas de mal proceder de algunos docentes. Quejas fundadas, argumentadas y evidentes.

Me preocupa que no se haga nada para evitar situaciones inadmisibles. Todo el mundo sería partidario de impedir al lanzador de cuchillos con la enfermedad de Parkinson que practicase con personas de carne y hueso.  No habría problema en que lo hiciese con muñecos de trapo mientras no esté curado.

Suele haber consenso sobre estos malos docentes. Es decir, los alumnos, los padres y las madres, los colegas y los directivos se muestran unánimes ante la desaprobación por el proceder de un mal docente.

Lo que pasa es que no se quiere o no se puede  entrar en la faena y decir: usted no puede dedicarse a esta delicada tarea con una actitud o con un comportamiento como el suyo. Hay en estas actuaciones perversas una escala de diversa naturaleza y grado: desde los abusos y  el maltrato hasta la incompetencia intelectual y  didáctica.

Las autoridades educativas tienen una especial responsabilidad en estas cuestiones. Pero no solo ellas. Los colega, las familias y alumnos no pueden permitir que se causen daños al prójimo sin abrir la boca, pensando que “el que venga detrás, que arree”.

Desde mi punto de vista habría que seguir  cuatro pasos en la intervención:

Diagnosticar con rigor y claridad lo que sucede en el caso concreto que es objeto de preocupación. ¿Qué es lo que pasa realmente? ¿En qué consiste el problema? ¿Cuál es el origen del mismo? No es igual que el profesor no sepa a que el profesor no quiera. Porque si no sabe, puede aprender. Pero si no quiere, es muy difícil solucionar el problema.

Dialogar con el interesado para ver qué posición tiene ante la situación. No es igual que reconozca el problema a que se cierre en banda achacando la situación a los demás. Ese diálogo está en la base del diagnóstico y de la intervención.

Actuar de manera racional y ética. Eso quiere decir que hay que tener en cuenta los intereses del docente y los intereses de los alumnos y de las alumnas. No se puede permitir que el lanzador de cuchillos siga causando heridas y muerte de forma impune. La casuística sería infinita. No es igual el caso de un docente que está dispuesto a solucionar el problema que el de otro que se niega en redondo a tomar cartas en el asunto. Y así, de forma temporal, habría que apartar de la docencia a esos lanzadores que son una amenaza evidente y constante para los alumnos y alumnas. Hay puestos en la administración educativa que no conllevan responsabilidad directa con los alumnos.

Finalmente, habría que evaluar periódicamente la intervención que se ha efectuado. No siempre ha de considerarse irrevocable una decisión. Porque pueden cambiar muchas variables de la situación o las actitudes de las personas. Hay enfermedades que con un buen tratamiento tienen curación.

En todos los pasos de este proceso hay que actuar con extremada cautela y con el máximo respeto a las personas. A todas las personas. La ética ha de presidir estas intervenciones para que todos se sientan comprendidos. En cualquier campo esta es una exigencia fundamental, pero en la educación es consustancial a la naturaleza de la tarea.

No ignoro que a los docentes se les lanzan cuchillos afilados desde muchos lados del sistema. Ellos y ellas también deben ser protegidos del daño. Pero esa es harina de otro costal

Una escuela para la paz

13 Ago

Escribo desde la hermosa ciudad de Pereira (Colombia) donde participo con dos conferencias en el XVII Encuentro Nacional de Docentes Directivos de la Escuela Oficial Colombiana. Lo organiza ASODIC, una Asociación de Directivos que, atenta al momento crucial de pos-conflicto  (algunos prefieren hablar de pos-acuerdo) que vive el país, ha decidido con acierto que el tema central del evento sea “Una escuela para la paz”.

Hay que hacer un mundo en el que quepamos todos y todas, que no sea el jardín de recreo de una pocos a costa del dolor gratuito y de la muerte prematura de los demás.Éxito en este apasionante reto para Colombia. Dejemos el pesimismo para tiempos mejores.

Todo el mundo sabe que el gobierno  colombiano está inmerso en un proceso de negociación con la guerrilla que, casi con toda seguridad, acabará con acuerdos definitivos para la abolición de la violencia armada. Mi aliento y mi aplauso. Hay que acabar con el horror. Recuerdo que, hace dos años estuve en la ciudad de Florencia (estado de Caquetá) donde me hablaron, todavía conmocionados, del secuestro de dos equipos de fútbol cuyos jóvenes jugadores aparecieron luego muertos disfrazados de guerrilleros, siendo declarado el hecho como un “falso positivo”. Aterrador. Los docentes cuentan atrocidades casi increíbles. Una directora me contó anoche durante la cena que su marido fue abatido con dieciocho disparos de los paramilitares. Dos hijos pequeños sin padre para siempre. Un infierno. En esta situación, todos acaban siendo víctimas del terror: los violentos que se envilecen, las víctimas que sufren y los testigos que aprenden miedo y dolor. De hecho, la escuela ha sido un testigo mudo del terror. El miedo ha tendido un manto de silencio sobre el conflicto, que no ha podido ser objeto de análisis en el curriculum. Qué decir de los niños y las niñas, atropellados por tanto odio, con los ojos inundados de imágenes horribles y los oídos llenos de historias de muerte.

El Gobierno, decía más arriba, está empeñado en cerrar las negociaciones de paz en las mesas de dialogo que se están celebrando en La Habana. Después de que se alcancen los acuerdos, que parecen inevitables, se celebrará un plebiscito sometiendo a la población el hecho y los contenidos de los acuerdos. No quiero ni pensar en que gane el no. Hay una encarnizada y poderosa  oposición a los acuerdos de paz encabezada por el anterior presidente Álvaro Uribe.

Recuerdo que hace años, cuando el presidente Zapatero inició, previa autorización del Congreso, la negociación con ETA, escribí un artículo que alguien amablemente le entregó, titulado “Adelante, señor Presidente”. Decía allí que ojalá pudiéramos contarle a nuestros hijos y nietos que lo que no consiguieron las armas lo había logrado la palabra, que lo que no se había alcanzado en el campo de batalla se había podido conseguir en la mesa de negociaciones. Decía también que nadie tiene más respeto a la víctimas que aquel que consigue hablar con los verdugos para que no haya ni una sola víctima más. Sin embargo, todos recuerdan las terribles críticas que la oposición dedicó al proceso de negociación que fue abortado por el atentado de Barajas.

Ya sé que se trata de casos distintos. Pero en todos estos procesos de negociación para alcanzar la paz, digo con el poeta: Malditas armas si no son las palabras. Por eso me parece que el momento que vive el país colombiano es de una extraordinaria importancia. Los docentes y los directivos van a tener un protagonismo decisivo en los tiempos de gestión del pos-conflicto (o del pos-acuerdo), en los tiempos de reconstrucción de la paz.

Decía que cada conflicto es diferente. Sus causas, su desarrollo y sus consecuencias. Y sé que el colombiano, que ya lleva desangrando el país más de medio siglo, es uno de los más complejos y virulentos del mundo.  Afortunadamente las conversaciones de La Habana están dando sus frutos y este Encuentro educativo al que asisto es un indicador de la esperanza de reconstruir la paz y acabar con tanto dolor, con tanto odio, con tantos muertos. El reto es formidable.

Sé que la negociación es verdaderamente intrincada porque hay muchas cuestiones entremezcladas de extraordinaria complejidad: la desmovilización de la guerrilla, la entrega de las armas, la reinserción de los guerrilleros en la vida civil y laboral, la redención de los delitos de sangre, la seguridad ciudadana, el respeto a las víctimas, el desarrollo de los acuerdos, la superación del odio…

Uno de los problemas que existe es el relacionado con los conceptos. ¿A qué llamamos paz? Porque la paz no es la simple ausencia de conflictos. En ningún lugar hay más paz que en un cementerio. Allí todo el mundo está en su sitio y nadie molesta a nadie. Pero no tenemos mucha prisa en que instalen allí nuestra morada.

Hay una paz tramposa que es preciso denunciar. Lo decía Galtug, uno de los principales teóricos sobre el tema: “Llamar paz a una situación en que impera la pobreza, la represión o la alineación es una parodia del concepto de paz”.

En versos contundentes lo explicaba Gabriel Celaya: ”Peor que la guerra, ¿qué?/¡La paz, la paz!/ Esa paz que suena a tiro/y que mata sin alarma”.

Hay otra visión empobrecida que es la que asocia la paz a la idea de tranquilidad. Decimos habitualmente cuando alguien nos incordia: “Déjame en paz”. Y cuando alguien muere, escribimos en su lápida: “Descanse en paz”. Parece claro que esa no es verdadera paz. Hay que andar con mucho cuidado con el lenguaje.

La paz no puede consistir solamente en la ausencia de conflictos armados sino que entraña, principalmente, un proceso de progreso, de justicia, de respeto mutuo entre la personas, los grupos y los pueblos. La paz es dinámica, luchadora, inconformista. No podemos hablar de paz mientras haya masacres, genocidios, atentados, sexismo, opresión, ignorancia, hambre, desempleo, trabajo infantil, prostitución, corrupción, abuso de menores, tráfico de órganos, secuestros, discriminación, amargas procesiones de refugiados, personas sin techo, niños y niñas sin educación…

En segundo lugar existe una falsa concepción de la estrategia para alcanzar la paz: no se puede entender que la paz se construya solo en las mesas de las comisiones negociadoras. La paz es una interpelación a cada persona, a cada escuela, a cada familia, a cada grupo humano… Si no  se compromete la ciudadanía, si no participan las personas, si no se siente interpelado cada individuo, no habrá verdadera paz.

En tercer lugar, me parece estupendo que los organizadores del Encuentro hayan puesto el epicentro de las soluciones en la educación. Porque es ahí donde está la clave de la solución de la construcción de una paz justa y verdadera. En la formación de una ciudadanía que sabe de valores, que los respeta y los desarrolla en la sociedad. Una ciudadanía que convierte en su lema de vida estas ideas: justicia, libertad, armonía, equidad, igualdad, dignidad, democracia, solidaridad, compasión, derechos humanos, desarrollo sostenible…Si las guerras nacen en la mente de las personas, es en la mente y en el corazón de las personas donde hay que colocar los baluartes de la paz.

Dice Federico Mayor Zaragoza: “Ganar la paz no significa solamente evitar la confrontación armada sino elaborar, con tesón y prudencia, los instrumentos que permitan erradicar las causas de la violencia individual y colectiva: la injusticia, la opresión, la ignorancia y la miseria, la intolerancia y la discriminación. Para ganar la paz hay que esforzarse por edificar un armazón de valores y de actitudes que modifiquen, a medio y largo plazo, tanto la conducta íntima como la social. Ganar la paz quiere decir consolidar la convivencia democrática en un nuevo empeño de tolerancia y generosidad que es, en última instancia, una tarea de amor”.

Tengo delante de mi el hermoso libro “Educar para la paz” de mi entrañable y ya desaparecido amigo Jesús Jares. Un educador que dedicó la vida a reflexionar y a trabajar por la paz. Ahora leo con emoción la dedicatoria que me hizo de su puño y letra, dedicatoria que me lleva a su amplia sonrisa y a su apasionado corazón de luchador por la paz. Dice en el libro: “La búsqueda de la paz es una tarea inacabada y  seguramente inacabable. Por ello la educación para la paz no es un lujo sino una  necesidad, un derecho-deber del educador”. Y yo añadiría: es un derecho-deber de cada persona.

Creo que es imprescindible que hagamos una transición progresiva de una cultura de guerra a una cultura de paz. Hay que hacer un mundo en el que quepamos todos y todas, que no sea el jardín de recreo de una pocos a costa del dolor  gratuito y de la muerte prematura de los demás. Éxito en este apasionante reto para Colombia. Dejemos el pesimismo para tiempos mejores.