Todos con la ‘L’

5 Jun

practicas.jpg Hace unos días circulaba en mi coche detrás de otro que llevaba en el cristal posterior la letra L correspondiente a la palabra inglesa ‘learner’, aprendiz o principiante. ¿Por qué no lleva mi coche esa misma letra si también tengo que aprender? Pensé que todas las personas deberíamos llevar esa letra pegada en la espalda o en la frente. Todos con la ‘L’. Porque todos somos aprendices en la vida. O, mejor dicho, deberíamos serlo. El ser humano está ‘programado’ de forma innata para dar satisfacción a una curiosidad incesante.
Alguien ha dicho que las personas inteligentes aprenden siempre y que las otras pretenden enseñar de manera constante. Por eso hemos de ser aprendices crónicos, no docentes crónicos. Para poder aprender de forma constante, hay que tener los ojos abiertos, la mente despejada y una curiosidad insaciable.
Hablaba el filósofo Nicolás de Cusa de la ‘docta ignorancia’. Se refería a la enorme sensación de desconocimiento que tiene la persona que sabe mucho. Si uno sabe muy poquito (imaginemos un círculo de muy pequeño tamaño), la ignorancia que rodea a ese círculo de su conocimiento es también pequeña. La sensación que tiene esa persona de lo que no sabe es mínima. Si alguien sabe más (el círculo es ahora mayor), la impresión que tiene de ignorancia es también más grande: la correspondiente a la superficie que rodea la circunferencia de su saber. Y si sabe mucho más (pensemos en un círculo enorme), la persona tiene una impresionante sensación de ignorancia porque la superficie de contacto con el círculo es muy grande. Por eso los sabios son humildes. Por eso los necios suelen ser petulantes.
Un individuo que no ha leído ni una línea sobre psicología es la típica persona que llega a un bar y se jacta de que es un psicólogo nato, de que le basta con echar un vistazo a alguien para saber a la perfección cómo es y qué le pasa. Sin embargo, una persona que ha estudiado psicología durante muchos años, dirá probablemente que el ser humano es insondable y que por mucho que pretenda contarnos sobre sí mismo nunca sabremos cómo es.
Creer que se sabe todo es un error que condena a la persona a la ignorancia. No poner en cuestión lo que se sabe es instalarse en la pobreza intelectual. Hay quien confunde pereza de pensamiento con firmes convicciones. Por eso no lee, no se informa, no consulta, no aprende. La persona que se instala en la incertidumbre vive con un cierto desasosiego, con una curiosidad inquietante. La duda es un estado incómodo, pero la certeza, es un estado intelectualmente ridículo.
Una profesora americana que se llama Patricia Henderson repite frecuentemente en sus conversaciones la frase ‘en mi opinión’. Es frecuente escuchar de sus labios, casi como un estribillo,: antes o después de afirmar algo: ‘en mi opinión’, ‘en mi opinión’… Alguien le preguntó en cierta ocasión:
–Patricia, ¿por qué dices tantas veces ‘en mi opinión’?–.
La profesora contestó sin vacilar:
–Porque dudo mucho. La verdad es que me parece tan importante hacerlo que el día que me muera, quiero que el epitafio que se coloque sobre mi tumba diga así: ‘En mi opinión, aquí yace Patricia Henderson’–.
Todos podemos aprender de todos. Todos podemos aprender de todas las situaciones, de todas las cosas, de todos los libros, en todos los momentos. Para ello hace falta tener los ojos educados para ver y la mente despejada. Es necesario tener dudas para poder buscar respuestas. La historia, la cultura, la ciencia, la vida… han avanzado a través de preguntas nuevas o de reformulación de antiguas preguntas.
Si llevásemos en la espalda la ‘L’ de aprendiz recordaríamos que tenemos que aprender, que siempre somos principiantes. El conocimiento que nos ofrecen los medios de comunicación pasa por un filtro que no siempre es inocente. Hay intereses económicos, políticos, comerciales… que hacen que la realidad se nos presente adulterada. Hacerse preguntas significa saber distinguir el conocimiento vulgar del conocimiento riguroso.
Resulta curioso observar cómo se considera que de los libros se aprende siempre y que de la televisión no se aprende nunca nada (o, mejor dicho, nada bueno). Es un error. Podemos aprender de la televisión. Por contra, los libros pueden contener engaños y estupideces. Es bueno leer y es bueno ver la televisión. Lo que hace falta es leer y ver la televisión desde una perspectiva crítica y no estúpida, desde una posición inteligente, no de papanata. Hay que leer críticamente los libros y hay que ver críticamente la televisión.
En una época en que los críticos literarios alardeaban de independencia, un autor leyó una recensión de un libro suyo en una revista especializada. Se dio cuenta, nada más comenzar, de que el crítico no se había leído ni una página de su libro. Lo llamó, se presentó y le echó en cara su desfachatez.
El crítico, con calma y aplomo, contestó al autor del libro:
–Claro que no lo he leído, porque si lo leo, ya me dejo influir–.
Lo importante es acceder a la realidad y a sus intérpretes (libros, televisión, conversaciones…) con una actitud crítica y curiosa. No tiene que haber censura. Nadie tiene que prohibir a los demás lo que han de ver o leer. Hay que poner, eso sí, ante los libros, los programas y los telediarios espectadores y lectores inteligentes. Individuos con ganas de saber y, al mismo tiempo, con capacidad para saber discernir.
No me gustan las personas que están de vuelta, que creen saberlo todo, que se consideran en posesión de la verdad. Admiro a las personas que siempre muestran deseos de aprender y de ser mejores. Creo que esa es una excelente muestra de inteligencia y de bondad.

Nieve frita

3 Abr

nieve.jpg Me cuenta un amigo argentino, Director de una escuela de la que soy padrino, el caso de un profesor de Educación Física con una peculiar concepción de la enseñanza. Cuando tiene clase en pleno invierno, organiza la sesión de trabajo de esta ingeniosa manera: forma dos equipos de fútbol con sus alumnos, sitúa su coche en medio del campo, se coloca en el asiento del conductor y, mientras toma un mate calentito dentro del vehículo, arbitra el partido. Pita las faltas con el claxon e indica quién es el equipo castigado mediante los intermitentes. Si enciende el de la izquierda saca la falta el equipo X, si el de la derecha, le corresponde lanzar al equipo Y. Cómoda situación para el profesor que no tiene que correr, ni pasar frío, ni molestarse lo más mínimo.

¿Qué es lo que aprenden los alumnos de este curioso profesor? Pues aprenden a correr tras el balón, pero simultáneamente reciben una clase contradictoria sobre el valor del deporte y del ejercicio físico. Lo que realmente aprenden es que el deporte es un obligación, no un placer: que es una exigencia molesta, no un tarea ilusionante. Lo que, en realidad, les ha pedido el profesor a sus alumnos es que hagan una buena ración de nieve frita. Imposible.

En “La mala educación”, última y excelente película de Almodóvar, se puede contemplar una escena similar. Un grueso y ensotanado profesor de gimnasia, sentado cómodamente en una silla, grita vehementemente a los alumnos cómo tienen que hacer flexiones y giros a derecha e izquierda con las manos puestas en la nuca. Está consiguiendo que odien el ejercicio físico.

Aprovecho estas anécdotas para hacer algunas reflexiones sobre la importancia del ejemplo en la educación. Lo diré de forma lacónica y terminante: No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Porque los alumnos aprenden A sus profesores, no solamente DE ellos. Decía Emerson con meridiana claridad: El ruido de lo que somos llega a los oídos de nuestros alumnos con tanta fuerza que les impide oír lo que decimos.

Se preguntará el lector, nos preguntamos todos, cómo puede el profesor que se encierra en el coche aprovechando el poder que le permite hacer lo que se le antoja, despertar en sus alumnos el deseo de hacer ejercicio, el amor por el cuerpo, la pasión por el desarrollo de todas sus potencialidades corporales.

Le oí decir en cierta ocasión a Umberto Maturana que, si los adultos practicásemos los valores, no necesitaríamos hablar tanto de ellos. Los niños los aprenderían por ósmosis. Si hay que insistir tanto en la educación en valores es porque constantemente están negados en la sociedad.

Un profesor que le dice a los alumnos que es importante trabajar en equipo, se encuentra en una situación embarazosa cuando un estudiante le pregunta:
– Si es tan importante el trabajo en equipo, ¿por qué no se habla entonces usted con el compañero que entra antes en nuestra clase?

Si un profesor (o profesora) falta al respeto a sus compañeros, no dirigiéndoles la palabra o, descalificándolos abiertamente con insultos y calumnias, difícilmente puede convencer a sus alumnos de que el respeto es un valor imprescindible en una sociedad democrática.

Si un profesor no lee ni el Marca que deja olvidado alguien en la cafetería, es imposible que pueda despertar en los alumnos el amor a la lectura.

Educamos como somos, no como decimos que los demás tienen que ser. Lo digo de los profesores, pero también de los padres y de las madres. Lo digo también de los políticos que nos gobiernan. Trabajar por una sociedad más justa exige tener comportamientos honestos. No se puede construir una sociedad mejor mintiendo, robando e insultando y despreciando al adversario.

Sería interesante grabar una sesión de un Claustro y proyectarla para que los alumnos aprendiesen el arte del diálogo, de la escucha y de la expresión. Sería interesante grabar las conversaciones de la Sala de Profesores y proyectarlas luego para que aprendiesen la forma de manifestarse respeto desde la condición de hombres y mujeres, de licenciados y maestros, de veteranos y noveles.

Sé que algunos docentes leen estas líneas bajo la sospecha de que estoy realizando un ataque a la profesión. Nada más lejos de mi postura y de mi deseo. No digo que los profesores den mal ejemplo. Digo que que deben SER un buen ejemplo. Cuando llamo la atención sobre la importancia de nuestra tarea, sobre la necesidad imperiosa de coherencia entre el discurso y la práctica, estoy valorando una profesión que ha sido y es decisiva en la historia de la humanidad: La tarea de trabajar con la mente y el corazón de las personas. No hay otra tan singular e importante. La historia de la humanidad, dice Herbet H. Wells, es una larga carrera entre la educación y la catástrofe.

Me preocupa la falta de autocrítica, la cerrazón a la crítica que algunos profesionales de la enseñanza manifiestan. Esa hipertrofia de la sensibilidad que les impide reflexionar con rigor sobre su forma de actuar y de sentir. Quien se cierra a la crítica se cierra automáticamente a la mejora.

Cuentan que un profesor le escribe una nota manuscrita a un alumno en la hoja de examen. El alumno, que no entiende aquellas líneas, se acerca a él con el escrito y le dice:
– Profesor, no entiendo lo que ha escrito en mi hoja de examen.
El profesor le contesta, sin caer en la cuenta de la tremenda contradicción que encierran sus palabras:
– Ahí te digo que escribas con la letra más clara.

La palabra autoridad proviene del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer. Tiene autoridad, pues, aquella persona que ayuda a crecer. Hace crecer el respeto, el amor, la coherencia, el ejemplo. Unos tienen autoridad. Otros tienen, solamente, poder. Esos últimos obligan en cada momento a sus alumnos a preparar una ración de nueve frita. Y a ique la ingieran con cuchillo y tenedor. No solamente es imposible. Es, sobre todo, triste, irracional e irritante.