Nieto Jurado disparando desde El Altillo

17 Ene
Nieto Jurado, primera comunión, antes de El Altillo

NJ, primera comunión, antes de El Altillo

16.35. Tarde del 31 de diciembre. Le envío un mensaje a Nieto Jurado que transcribo -Control C + Control V: “En esta siesta, me he preguntado a qué temperatura arde tu novela. Me la estoy zampando de un tiro. Aviso que te despacharé una columna. Feliz año, viejo nuevo amigo”. Aquí la columna y el despacho.

Nieto Jurado tiene apellidos de árbitro, fantasías de ciclista y el perfil de un zahorí que busca palabras. NJ es un huérfano adoptado por Raúl del Pozo y por el cocido de Lardhy, un bohemio escribiendo rápido la siguiente columna, desde el móvil, en el AVE, camino de la siguiente epifanía malagueña o de un partido, en el palco VIP, de Pucela. NJ es el aperitivo del domingo en Pedrega y el after con duquesitas de la calle Pez. NJ habla como un cura loco sobre la excentricidad del artista que no puede, por necesidad, ser otra cosa que artista.

Nieto Jurado acaba de publicar una nueva novela, El Altillo, que son unas memorias políticas, poéticas y polémicas. Dice Raúl del Pozo en su prólogo que “este libro cuenta Madrid y cuenta Nieto, y entre tanto van saliendo alcantarillas, ratas, corruptelas”. El libro es un hallazgo, un fulgor, que va sobre poesía y humor, destrucción y amor, que lo mismo es, o sea la cosa va sobre nuestras adicciones.

Viene NJ a la tele. Hablamos y se me queda corta la entrevista. Siento que he fallado. Él se ha mostrado tímido y yo no he creado la atmósfera adecuada. Me hubiera gustado más hablar de columnismo, de Umbral, de Camba, Plá, Trujillo, y del periodista (columnero) “salvador de instantes y cantor de lo cotidiano”, según Gerardo Diego. Le emplazo a otra cita y él me regala firmado su libro.

NJ es un columnista cuya vida es el recuerdo de barras y bares donde, sostiene, haber sido “moderadamente feliz”, y donde cura esa cosa que llaman soledad y que un día es depresión y otro día es insomnio, y siempre nostalgia, y malvivir, y que también conocen estos malditos del periodismo y el perfil. NJ es un modo de ser.

Descubro con asombro científico todas las lateralidades, parecidos razonables, vidas paralelas, me dice él, espacios comunes que tengo con NJ. Tenemos datos biográficos muy similares e inquietantes: por ejemplo, el viaje constante de ida y vuelta entre Madrid y Málaga, la bicicleta, Sabina, Alcántara, la huida, la adolescencia en la radio y su enganche hasta la bola, las imitaciones para salir de nuestra (a) normalidad, la adicción columnista por la actualidad, la necesaria presencia del yo en la crónica del periódico, la ruleta rusa…

También veo diferencias, no crean. El exceso, la figura del francontirador en el dintel de la ventana, la corvatura ideológica, las ganas de empastar… Apuntaré en su favor que él ha tenido el valor del asalto real a la bohemia que yo solo disfruto literariamente o en el privado de mi salón. Él escribe libros de puta madre, y toma el aperitivo con Pedro J., y en la niebla que confunde la osadía con la temeridad NJ entra de lleno para triunfar viviendo en un desamparado altillo de la calle Fuencarral.

Nieto Jurado, disparando desde su Altillo, es castizo a la hora del vermut y a la hora de escribir, malaguita exiliado y apatrida del tiempo al que le hubiera gustado compartir espacios con Umbral, “ese Dios con bufanda”, Delibes y Leguineche, y hasta con Quevedo, coleccionando más deudas que amantes, y más resacas que besos.

Dice Manuel Alcántara en un libro que me regaló Curro Flores que “ser hombre es ir andando hacia el olvido”. Así lo creo, y cuanto más mayor me hago más lo creo, y veo a NJ andando sobre estas ascuas de historia, humor negrísimo, juego de personajes, espejos y contraréplicas, y con una vida a cuestas que es un malvivir en el altillo de Fuencarral, los sablazos, el insomnio, el colocar columnas y gatear políticos que de todo eso va este oficio.

Donde habita el olvido

10 Ene
El hueco que había entre las Torre Gemelas de NYC.

El hueco que había entre las Torre Gemelas de NYC.

Un puente, un nexo, una conexión, una llamada, el espacio entre dos puntos, un segmento, una frecuencia que se une a otra frecuencia, un abrazo, un eco que rebota, un espacio común, los interlineados,  el consenso…, el lugar donde habita el olvido.

Estos días de vuelta a la rutina, bendita rutina, de investiduras y promesas, de gobiernos y coaliciones, de envoltorio en definitiva, recuerdo a Borges, al Borges que rezaba un avemaría cada noche, en El Aleph, cuando escribió: “Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa”.

Tenemos gobierno. Un gobierno inédito, de coalición y progresista. Así que ya es oficial: Pedro Sánchez es presidente, y Pablo Iglesias, vicepresidente. Un gobierno con 20 ministerio, largo me lo fiáis, Don Mendo, y que va a depender de una mesa con ERC, que se sienta en nombre de parte de Cataluña para decidir lo que va a pasar en toda España.

Tenemos gobierno, uno con una mayoría raquítica, con muchos demandantes territoriales y con un programa generalista que habrá que definir. No será fácil. Y todo ello en un mapa político, el mapa es el que crea el lugar y no a la inversa, donde todos se han radicalizado, y todos se han alejado del centro, que es el espacio común y el lugar donde intentan convivir, sobrevivir, la mayoría de los ciudadanos.

Debatimos con Isa Naranjo, Pablo Sánchez y Antonio González sobre la cuestión política. Valenzuela, maestro del periodismo, siempre amable y amigo de la casa, interpela a mi editorial con el que arranco cada tarde, en esa búsqueda constante por la referencia y el pegamento, y me dice: “hablas del centro, Roberto, del espacio donde está una mayoría silenciosa, y recuerdo la canción de Sabina: “donde habita el olvido”. Celebro la deferencia y la referencia, nos reímos y le aseguro que se lo copiaré para una columna.  Aquí, presente.

Pienso en las intersecciones, los empalmes, los espacios comunes, en lugares donde habita el olvido. Pienso, por ejemplo, en el hueco que había entre las Torre Gemelas de NYC, aquel 11S, en aquel punto histórico retransmitido por la tele, donde la modernidad se vino abajo. Ese hueco, esa nada, que no existía, que no mirábamos, entre edificios que se derrumbaban. Esa nada que le daba sentido a toda la escena. Otro ejemplo: un cómic, no tendría ningún sentido el relato de un cómic sin esa dimensión entre viñetas, que rellenamos con imaginación y esfuerzo.

Hablo con Álvaro Soria, ingeniero, que trabaja para la Agencia Espacial Europea y que es de El Palo. Álvaro tiene 26 años y es el malagueño que está más cerca de ser astronauta. Hablamos de la Luna, de Marte, del Cosmos. Hablamos y termino pensando que el universo es un enorme lugar vacío, una holgura que interconecta planetas, satélites y asteroides. Pienso que esa nada, ese vacío oscuro, de alguna manera se parece al espacio común, silencioso, mayoritario, centrado, de la vida social y política.  Al final, todos, unos y otros, de izquierdas y derechas, radicalizados o no, estamos en el mismo espacio, -no lo vemos (ven), pero está ahí, aquí-, o tendemos a él.

Una vez, llegado este punto, de esta columna y de la historia de España, una vez que Pedro Sánchez ha sido investido, permítanme una obviedad: permítanme que pida a todos estar a la altura. Que el gobierno, gobierne. Y que la oposición, haga oposición. Que unos y otros desarrollen su ejercicio pensando en el bien de todos, en ese espacio común, en el hueco entre las Torre Gemelas y con la altura de las mismas.

Dejemos trabajar, al gobierno y a la oposición, y exijámosles que lo hagan muy bien. Y si no lo hacen, manifestémonos y votemos a favor de otras opciones. Sí, lo sé, la melodía suena a una gran obviedad pero vivimos tiempos en los que resulta necesario recordar lo evidente, recordar el espacio común, el hueco entre viñetas, los interlineados, la nada, el vacío oscuro, el consenso, donde habita el olvido.

NOTA: Fin a las navidades que comience el carnaval.

NOTA 2: Enhorabuena José Luis Puche por la obra de arte convertida en cartel para la Semana Santa 2020 de Málaga. Queda escrito.

Diario de unas navidades de ida y vuelta

3 Ene

Subimos al norte. Santander-Reinosa-Bilbao. Volvemos a la que también es nuestra casa para despedir a mi padre. Nos juntamos buena parte de la gran familia. Está nublado y hace un frío seco al que ya no estoy acostumbrado. Estoy sereno, triste y, a la vez, orgulloso de mi padre. Todos me hablan de él y yo lo celebro. Al final, nos quedamos unos pocos en la casa campurriana, en la gran cocina, hablando de él. Aunque sea extraño, me siento tan agradecido por ellos, vosotros, sobre todo, por él, que me siento muy feliz.

Días de descanso navideño, días cortos, siestas largas, el rumor de la chimenea, la lectura de algunos libros pendientes, pelis pendientes, una salida de emergencia, algo de bicicleta y algo de poesía de Manuel Alcántara, amigos con los que hacer palabra, a veces verso, un beso, una copa de vino, Luis Cañas, otro sueño, casi nada más.

Vamos al concierto de Leiva. Allí nos vemos con buena parte de la peña: Alex, el Zurdo, Isa, Bea, Aidán, todos los de Mundo, Azuaga y su familia, que es un clan. Hablamos algunos sobre Lady Madrid y sobre cómo algunas canciones son trajes a medida. Leiva está soberbio, ya es top, aunque El Zurdo me dice que “le falta algo de alma”. Pienso en Leiva como en la sombra de una escultura de Giacometti, atravesando Tirso de Molina o Carreteria, o como una espada, una raya, un disparo.

En estos días, con menos radio, menos tele, días de descanso, eso dicen, desde hace tiempo, suelo dejarme seducir por “il dolce far niente”, expresión italiana que podría traducirse como ‘lo dulce de no hacer nada’. Dejarse ir, tranquilo, sereno, ir, descansando, vaciado, descansado resuelto, dispuesto a la inmovilidad y al reseteo. El tiempo necesario para la desconexión, el placer de no hacer nada.

En Madrid, la ciudad de las agujas. A pasar la Noche Vieja con parte de la familia. Vuelvo a mi habitación, a la que compartí con mi hermano. Volver a casa de los padres, la casa en la que fuiste, siempre es una epifanía. Ver que nada ha cambiado y que todo ha cambiado. Esa decoración congelada en el tiempo, los relojes detenidos porque ya nadie les da cuerda, la decadencia del Imperio Romano, las fotos…

Mi hermana me regala, en la cena de Noche Vieja, una foto mía. Debo de tener tres años. En blanco y negro. Estoy en una boda o una celebración. Anita, mi hija, me advierte del parecido razonable con ella: los genes. Me miro y pienso que le diría a mi yo del pasado. Pongo la foto sobre mi mesilla. Creo que le diría que “tranquilo, que relax, que no hay mal que cien años dure, que temple, y que adelante, siempre adelante”.

Hacemos, otro año más, las Risas Solidarias en La Cochera Cabaret. Lo organiza Salva Reina, que ya es un capo de la cosa y amigo de la casa, y vienen un puñado de cómicos. Me reencuentro con Paco Paéz con el que hicimos unos cortos surrealistas, hace años, y ahora escribe para El Gran Wyoming en El Intermedio. Noemí Ruiz me habla deprisa de todo lo que hace y parece que vuela. Carmelo me abraza y siento el aprecio que le tengo. Me siento muy feliz de toda la gente que me ha dado mi trabajo y mi Málaga. Muchas risas, mucha solidaridad y mucha buena gente.

Tomamos el aperitivo con Álvaro Carrero y Virginia Muñoz. Es el día de Noche Buena y en el Liceo Playa luce un sol de mayo. Hablamos, nos ponemos al día y nos reímos mucho. Algún día contaré todo lo que he aprendido, y copiado, de este “cocorroto” tan genial, tan loco y divertido que es Carrero. Juro que lo contaré todo.

Desde hace tiempo escribo notas absurdas, ocurrencias de fin de semana, sobre la pantalla azul del móvil. Estos días he escrito, cerca de doscientas. Desde presentaciones hasta formatos, pasando por citas y aforismos. Casi nada de lo anotado vale nada. La gente, que me vea escribiendo en el móvil, pensará que estoy enganchado a Tinder. Escribo: ¿a qué temperatura arde la última novela de Nieto Jurado? Luego le envío un mensaje y me propongo escribirle una columna.

Cierro los ojos. Vuelvo a “Il dolce far niente”. Pienso que todo en la creación tiene células y átomos y que todo vibra a cierta frecuencia. Cada célula y átomo en la vida tiene frecuencia y, por lo tanto, vibra. Pienso que incluso el color vibra. Abro los ojos y entiendo que todo emite sonido. ¿No lo oís?

Siempre volvemos a casa por navidad

20 Dic
La habitación del hotel donde dormimos anoche.

La habitación del hotel donde dormimos anoche.

Avanzar para no retroceder. Volver para avanzar. Deshacer todo lo que haces para hacer algo nuevo. Uno tiene la impresión de hacer las cosas siempre desde el mismo lugar. Se trata de actitud y hambre, ese es el espacio (despacio) en el que pretendo estar. Los zapatos siempre tienen la punta hacia adelante.  No hay otra opción que caminar hacia adelante. El universo se expande, si te quedas quieto retrocedes. Siempre volvemos a casa por navidad.

20.38 de la noche. El AVE, a su paso por Antequera, alcanza los 300 km/h. Aquí dentro no hay nadie, es un vagón desierto. Ahí fuera todo está oscuro. Todo es oscuridad, una oscuridad veloz, fugaz, una oscuridad líquida. Nada se puede ver, y lo que se intuye pasa a toda prisa frente a nuestras ventanas y, luego, se esfuma. Vuelvo a pensar en que este tren es una metáfora de nuestros días de siglo XXI e interactividad: oscuridad y fugacidad.

Rememoro la última habitación de hotel donde estuvimos ayer. Aroma de ropa de cama y ganas. Me gustan las habitaciones de hotel, son no lugares donde puedes ser otro. En las habitaciones de hotel nunca quedan, dejas, marcas ni señales, todo siempre está borrado. Es un lugar casi zen. Un hombre es una isla dentro de otra isla y una habitación de hotel es una isla dentro de otra isla, como las muñecas rusas, o algo así, como este tren, parecido.

No es posible sostener al mismo tiempo dos proposiciones mutuamente excluyentes. Desde los tiempos de Santo Tomás, sabemos que si A=B y B =/ C, entonces es imposible que A=C. No puedes estar yendo y viniendo a la vez.  Ahora vuelvo, o voy a casa por navidad. De cualquier manera, está claro: no hago todo a la vez. Apenas hacer una cosa. Puedes subir, sí, pero debes saber que en algún momento caerás.

Ser pragmático no debería convertirte en un escéptico. Lanzarte a la conquista de lo posible. Ser flexible, adaptarte. Ser mutante. Ser pragmático no supone carecer de ideales. Ser variable, me digo. Ser agua, eso es, ser agua que no se detiene, que moja distintos cuerpos, nuestros cuerpos, los de anoche, que avanza hasta el mar para juntarse con otras aguas y con otros cuerpos.

El agua, esa es la idea: ser agua, el agua es como un espejo, nosotros somos espejos. En el espejo del agua se miraba Narciso. Fue quizás el primer selfie de la historia, el primer autorretrato. Un espejo del alma. Cuenta la leyenda griega que Némesis hizo que Narciso contemplara su propia imagen. El joven lo hizo, se enamoró de su propia belleza y ya no le importó nada más que su imagen. Pienso en el gran espejo de la habitación del hotel de anoche y vuelvo a mirar a la oscuridad líquida que pasa fugaz tras la ventana de este AVE. Una oscuridad que también es un espejo.

“Los selfies nos convierten en Narciso”, pienso. Es una mala idea pero así es. Inventamos nuevos caminos -¿caminos de agua?-, nuevos recorridos donde la verdad no había estado jamás y donde, sin embargo, había estado siempre esperándonos. Desde Grecia hasta hoy. La verdad es un lugar incómodo. Soñamos con ir a Marte pero jamás podremos vivir en Marte. Me dice un amigo que “el problema no sería ir sino volver de Marte”. Otra vez, volver. Soñamos con la verdad pero jamás aceptaremos la verdad.

El tren me lleva a casa. “¿A qué casa?”, me pregunto y escribo aquí. Al mar, junto al mar, frente al agua, en la playa, en el sur. Siempre estamos volviendo a casa. Soy un ser flexible, mutante, líquido como la oscuridad. Soy agua que va a 300 km/h hacia otras aguas y hacia otros cuerpos. Feliz navidad, amigos.

Redes sociales: pastilla roja o pastilla azul

13 Dic
¿Pastilla roja o azul?

¿Pastilla roja o azul?

Llegados a este punto me planteo, seriamente, un Debate sobre el Estado de la Redes y analítica parcial: trirotropina, microsomales y Vitamina D. Prueba de esfuerzo y una visión general. Internet nació para ser un ágora, un espacio de conocimiento compartido y democracia. Pasa el tiempo, de los cielos a los suelos y una herida. El primer vistazo es demoledor como la vida misma.

Instagram, por ejemplo, es un poema, una especie de escritura en vertical, una cascada de espejos derramándose, chorreando por tu teléfono. Mucha foto y poco verbo. Entro en Instagram y veo que todo parece cambiar para no cambiar nada. Eso sí, algunos molan mucho. Un amigo se enganchó a Instagram. Me dijo que el fuerte sabor a metal de la red social le había robado el alma.

A veces, miro a mi alrededor y tengo la sensación de que nos estamos flipando. Tipos que hacen selfies y dicen que son fotógrafos, una muchacha que escribe un post en su muro de Facebook y se describe, de inmediato, en su perfil como “escritora”, una grabación que es un podcast supone que tienes un programa de radio o que eres el dueño de la Cadena SER.

Facebook languidece en su propia autocomplacencia. Reconozcámoslo, Facebook ha perdido cierta gracia, algo de brillo, su touch original. Se repiten las publicaciones y se genera un fango insoportable en discusiones aburridas y estériles, bajezas mondas y lirondas. “Todos somos famosos en la estepa de Zuckerberg”, me dice un amigo. Facebook es Benidorm en verano, el Makro de los que nunca tuvieron tienda. Facebook empieza a ser el geriátrico de las redes.

Discusiones, ruido, polvo, mucha furia, el fango… Se crean grupos de debate o noticias que mutan en trincheras ideológicas. Tiros y más tiros y, al final, pólvora mojada. Se exponen argumentos, en la mayoría de las ocasiones, argumentos peregrinos que chocan con más argumentos, igual de peregrinos, creando una extraña oquedad. Algo así como la nada, El Aleph, de Borges. Un vacío que nos entretiene durante horas.

Twitter, sostiene Fernández Mallo, es un salón francés del siglo XVII donde todos huelen mal, lo saben, pero intentan maquillarlo con colorete y polvos de talco. Cuentas verificadas, arribistas, trolls, bots, presidentes de gobiernos democráticos, francotiradores y un chasquido. Twitter se ha convertido en un Pseudo Boletín Oficial del Estado del Mundo. En Twiter, insisto, huele peste pero todo el mundo usa pachulí.

Son demasiadas horas perdidas en el vacío. Horas sin hablar con tu gente, sin abrazar, sin sentir, sin abrir un libro, sin mirar el atardecer, como un candilazo, sobre la témpera del cielo de Málaga. Las redes se han convertido en un narcótico eficaz. Parece que vivimos pero estamos muertos o, como mucho, dormidos. “Una oscura esclavitud”, me digo.

Whatsapp es el viejo teléfono fijo de casa de mis padres. Acudía allí y esperaba la llamada de Nadia. Whatsapp ha sustituido al teléfono rojo de góndola. Todos pasamos por Whastapp, escribimos, leemos y escuchamos los mensajes de voz. Whatsapp es inocuo y muy eficaz, tiene cierto atractivo por lo sencillo, siempre y cuando no te metas en un grupo de madres y padres del cole. Solo es grande en la vida quien sabe ser pequeño.

Estado de la cuestión. Redes sociales y morfina. Tanda de penaltis y autocomplacencia. Bajezas, pólvora mojada y una oscura esclavitud. Las redes en la constante duda, frente a la eterna pregunta: ¿pastilla roja o pastilla azul? La dolorosa verdad de la psicosis (roja) o la dichosa ignorancia de la desesperación (azul).  El Aleh, de Borges, la oquedad y la vida misma. Yo elijo todo.