Empatía, humildad, prudencia…

15 Nov
Tú y yo, nosotros.

Tú y yo, nosotros.

Una semana montada en un tren de Alta Velocidad. Noticias, exclusivas, fotos, abrazos, acuerdos, críticas, fango… A fuera, cambia el tiempo: nubes cargadas, viento del norte, bajada de temperaturas y un mar bravo frente a la olla de Málaga. Aquí, dentro, uno intenta reflexionar sobre una especie de cierta desolación extraña, una incógnita irresoluble de indesmayable pesadumbre frente a los comentarios de la peña y la falta de empatía.

Me llegan mensajes de Whastapp, memes, Gif´s, debato, leo hilos de odio y rencor sobre las tablas. El espectáculo, que debe continuar, se deshace en críticas feroces y aullidos: contra los progres, contra los podemitas, los fachas de VOX, los indepes, los peperos, los batasunos, los menas, contra los abrazos, los Mossos, el presidente de la escalera, los patinetes… Da igual.

Los índices de rencor aumentan. Resulta insoportable asomarse al balcón de la opinión pública. Mientras algunos políticos toman cubatas en los salones de Congreso de los Diputados y se ríen y se abrazan, nosotros tiramos los dados, creamos nieblas y pensamos que la cuerda se podrá estirar hasta el final de la sala. No es cierto. A veces, las cuerdas se rompen y el estruendo es letal.

No sé si me siguen: intento hablar de respeto, de diferencias, de empatía, de lazos, de tiempo, de habilidad política, de gestión de lo humano, de prudencia… El odio es una ráfaga de viento que intenta aprovechar todas las rendijas para perjudicar a los demás. El odio es inagotable y acaba en la más absoluta desolación.

En Dinamarca, por ejemplo, los niños y niñas estudian empatía en el colegio. Su plan educacional es algo distinto al de otros países y resulta muy interesante. Van por libre en muchas cosas, eso mola, y son pioneros en desarrollar sistemas propios de estudio. El alumnado dedica una hora a la semana para desarrollar habilidades que les enseñarán a preocuparse por los demás. Suelen hablar de sus problemas.

Sostenía, Marshall Rosenberg, psicólogo estadounidense y creador de la Comunicación no violenta, al que siempre hay que revisar, que ‘la empatía reside en la habilidad de estar presente sin opinión’. Todos tenemos opinión de todo. En España, conviven a la vez más de 46 millones de presidentes del gobierno, seleccionadores de fútbol, agentes de bolsa, responsables en movilidad y activistas medioambientales.

Todos opinamos de todo, en muchos casos, sin tener ni puta idea. Alzamos la voz, publicamos en el muro, levantamos el índice y enarbolamos la bandera que reza que “todas las opiniones son respetables”. No lo son. Se respeta a las personas pero no hay porqué respetar las opiniones. No puedo respetar la opinión de un homófobo, de un xenófobo, de alguien que no respeta los derechos humanos, de los prospectores del odio, de aquel que quiere el enfrentamiento sin más.

Frente a tanto grito, a tanto fango, propongo algo más de conocimiento, reflexión, humildad y, si es oportuno, porque no hay tiempo o no hay ganas ni para una cosa o la otra, propongo un silencio oportuno. Todos hablamos, todos, todos nos enfrentamos sin medir el daño que nos hacemos, lo difícil que va a resultar salir de este laberinto en el que, nosotros solos, nos estamos metiendo.

Hagamos que este mundo sea más respirable, esperemos un tiempo antes de publicar en redes, antes de opinar gratuitamente, pensemos en el daño que podemos hacer, copiemos a Dinamarca, seamos más empáticos, más humildes, más prudentes, miremos con los ojos de otro, escuchemos con los oídos de otro y sintamos con el corazón de otro. Nos va la vida en ello y nuestro futuro más cercano que ya tiembla.

Nosotros no estamos solos y somos invencibles

8 Nov
Somos un ejército invencible.

Somos un ejército invencible.

No estoy solo. Sé que somos una inmensa minoría, una mayoría silenciosa, un ejército invencible. Somos muchos los que estamos lejos de los extremos, dentro de los espacios comunes. Una infinitud de NOSOTROS, que tenemos la palabra como arma y caricia. A veces, crees que estás solo y, únicamente, estás de espaldas. No estoy solo.

Sé que no estoy solo. Somos una legión irrebatible los que pensamos que este país se debe iniciar, reiniciarse, porque nunca se es demasiado joven para emprender ni demasiado viejo para empezar. Somos un gran equipo con tiempo e inteligencia y vamos a cambiar las cosas. Este domingo tenemos una nueva opción: hay que votar.

No estoy solo. Esta columna va sobre lo que nos une, sobre el alambre y la necesidad de tener esperanza. Vivimos días extraños, express, líquidos, días de ruido y furia, mucho ruido, demasiado, y en esta jornada de reflexión uno, que resiste colocado delante de los focos, se da cuenta de que el bien no hace ruido y el ruido nunca hace bien.

Así es, no estoy solo. Somos muchos los que creemos que hay que votar, que nos une votar, el voto, porque hay que votar, porque es nuestra obligación moral, porque han sido muchos los que han luchado para que, ahora, mañana, podamos votar, y fueron muchos los que sin tener nada consiguieron que tuviéramos mucho, casi todo, mucho más de lo que ninguna generación tuvo, incluso algunos de ellos, mártires laicos, murieron por defender nuestra libertad. No estoy solo, estoy con todos ellos.

No, de verdad, ahora entiendo que no estoy, NOSOTROS no estamos solos. Nos unen los espacios comunes en los que TODOS estamos de acuerdo: mejora de las pensiones, 2% del PIB para I+D+I, dentista gratis, ayudas a los autónomos, esfuerzos reales por combatir el odio, sostenibilidad medioambiental, una factura de la luz más barata… Compromisos que, por cierto, todos los grandes partidos llevan en sus programas electorales y que deben ser un contrato improrrogable.

No estamos solos y mañana con nuestro voto, sea el que sea, debemos exigir que esos programas, esas ideas compartidas, un pacto de estado en materia de educación, por ejemplo, sean de obligado cumplimiento. La única forma de mejorar nuestra vida es votar y hacerlo con sentido común, ahuyentando fanatismos y estultas cegueras, insisto: votar es lo mejor y esa idea nos une.

No, no, de verdad, no estamos solos, estamos UNIDOS y nos une ese gran potencial terreno que hay entre los extremos. Sostiene el politólogo, David Runciman, de la Universidad de Cambridge, que “cuando los ciudadanos no se ocupan de la política que rige sus vidas, siempre hay otros interesados en hacerlo”. La abstención provoca que las opciones votadas sean menos representativas de la sociedad que las elige. La abstención es enemiga de la democracia. La abstención da huecos a las ideas extremas. Somos muchos más lo que estamos en el sitio adecuado.

No estoy solo y, a pesar, de que nos hagan creer que todo siempre irá a peor y que es mejor optar por los gritos y lo fácil, sostengo, a estas alturas, en este día de reflexión, que hay que votar, porque ya somos los suficientes para hacerlo, para iniciar a este país,  para reinicirlo, por fin, y porque hay que entender que no hay nada más que entender y porque, si te das la vuelta, verás que estamos TODOS NOSOTROS, aquí, invencibles.

 

Cumples 16 años y yo te veo

1 Nov
Juntos, lo suficientemente lejos.

Juntos, lo suficientemente lejos.

Te veo cumplir 16 años. Te veo ahora. Te veo tranquila frente a la gran explosión de ahí fuera. Te veo creciendo, sintiendo, experimentando… Te veo bien en el juego de la vida, que es de barro y agua, frente al espejo, entre cuerdas y nubes. Te veo ahora y celebro los días y lo escribo, porque es la mejor versión que tengo, y quiero correr a abrazarte.

Te veo guapa, y buena, y generosa, e inteligente, y veo que eres capaz de todo, ante la vida que te empuja, como un aullido interminable, y veo que no paras y que no dejas de soñar y, de pronto, veo, escucho, un chasquido que nos cambia la vida para siempre, y tu sonrisa.

Te veo llegar a casa del gimnasio, en tu bici, cansada, alegre, dispuesta, y subes las escaleras corriendo y dices despreocupada: “voy a estudiar”, y yo, en silencio, celebro que hayas vuelto y que todo haya ido bien y que la fiesta de todos los días, con su confeti y sus victorias, sigue acompañándote, a tu lado, ahí, arriba, en tu cuarto, tan cerca, aquí, en casa.

Te veo en tu cuarto, sí, soñando, durmiendo, saliendo por la ventana, volando, buscando un plan, un proyecto de vida que aún no eres capaz de dibujar. Te entiendo. Todo es tan complicado con 16. Hablamos y proyectamos algo que no sabemos qué es. De alguna manera, creo que sabes, que no hay problema, que siempre hay una luz, que siempre hay una esperanza, una salida de emergencia. Te veo luego.

Te veo riéndote de mí, de mi torpeza con los mandos y los dedos, frente al software. Creía que entre nosotros habría un escalón generacional y, en verdad, hay un abismo de códigos binarios y arcilla. Te veo enseñándome un nuevo mundo de igualdad, respeto y un nuevo lenguaje, y veo como sonríes maliciosa cuando uso, con incompetente cuidado, ese mismo lenguaje. Aprendo tanto de ti, aunque tú no lo sepas, aunque sigas sonriendo, aunque ya te hayas ido.

Te veo recomendándome a Rosalía, a Billie Eilish, a Ajax y Prok, compartiendo tus descubrimientos conmigo, tus playlist de Spotify, y esos tesoros que te van a definir, que serán clásicos mañana, que resuenan ahora en tus auriculares camino del insti, en el autobús, cuando aún no ha amanecido.

Te veo delante de la pantalla, iluminada por la luz azulada, bella, serena, rebelde, soñada, amada, mientras amanece al fondo del mar. Respondiendo mensajes, dando Likes, evitando la guerra, terminando la tarea y te recuerdo, hace un rato, cuando tan solo eras una niña pequeña y venías y te metías en la cama, los fines de semana, entre nosotros para no salir y decías: “nunca mássss…”

Te veo ahora, y pido que no te falte de nada, que siga saliendo el sol en tus días, que bailes con la luna, que encuentres tus caminos, las benditas rutinas y las palabras adecuadas, y pido que no te canses porque intentarán cansarte, limarte, tenerte, negarte y porque, ya verás, que la vida es bella y cómo, a pesar de los pesares, tendrás amigos, tendrás amor.

Te veo cumpliendo 16, Dios, cómo pasa el tiempo, ahora, querida Álex, y yo me asomo al filo de tu balcón, y escribo estas líneas urgentes, y te veo bien, con tu cortaviento de colores, el pelo suelto y las ganas de salir corriendo, esperando al siguiente autobús que te llevará a todos los sitios de la vida, y un secreto y una escalera y tu sonrisa y un recuerdo porque, ahora sé, que todo se acaba.

Malaka es la cara oculta de la luna

25 Oct
Malaka, de RTVE y Globomedia.

Malaka, de RTVE y Globomedia.

Malaka es la cara oculta de la luna. La luna es Málaga. Málaga, como todos, tiene una cara oculta. Malaka nos la enseña tal y como es, no la tapa ni la ensalza. Esta semana, ha terminado la serie de RTVE y Globomedia, Malaka, y declararé por delante su necesidad y mi grata contenida sorpresa.

Malaka es la falta de esperanza de los que no tienen ninguna esperanza. La ausencia de salidas de emergencia, la frustrante mala gestión de la decepción y un campero de consolación en la casa de la Tota. Malaka nos enseña El Dorado, el oro, el moro, el chándal y la víscera, la calle Caída y los polis corruptos. “Cuando naces pa´martillo, del cielo te caen los clavos”, dice el perla.

Malaka es Málaga y, también, su cara oculta. Malaka tiene como una protagonista más de la serie a la ciudad de Málaga pero es esa ciudad que no sale en los vídeos promocionales de Diputación, ni en los folletos de los Tour Operadores. Es la Málaga de la Pamilla y del Peñón del Cuervo, donde los desheredados trapichean y buscan Oro como en La Lucha por la Vida, de Baroja, o sea una malahierba en mal lugar y otra bala perdida.

Malaka ha sido también el enfrentamiento goyesco en el fango de las redes sociales sobre lo que se debe ser y lo que se debe ver, lo que es Málaga y sus cosas. Una discusión que, en mi opinión aporta poco, porque lo que es, es, y Málaga es calle Larios y la Palmilla y el baile de un acento que se come las letras y se inventa palabras.

Malaka es la presentación en sociedad de una manera de hablar que, ahí fuera, desconocían. La normalización de un acento, un modo de ser, porque el hablar es el “ser” disparado en tromba, otra bala, y la sentencia de unos merdellones alikindoi y a la bulla, esnortaos, y un expolicía zaborío y bodeguita.

Malaka es Salva Reina mordiéndose la lengua y las ganas, apretando los puños, intentando salir del barrio. Es muy gustoso ver a Salva en un papel protagonista, dramático, en el límite, tan alejando de la comedia y los monólogos, frente a la trampa del Gato, con siete vidas, bajándose de otro coche, para terminar a golpes en la Playa de Sacaba o escapando en un bote frente a El Palo.

Pero Malaka también es Magui Civantos a lo Veronica Lake, Vicente Romero sin salida, dentro de su petaca que es un laberinto, y Laura Baena, como me dijo hace poco “actriz de barrio”, con un pastel llamado La Tota que se lo come, y Víctor Castilla tan alobao y guarnío, y tan genial y Cuca, y la Noe, y mi Toni, y el Chule, y todos esos episódicos y extras que conocemos o nos suenan.

Malaka es Dani Corpas, Samuel Pinazo, Isa Sánchez y toda esa pandilla de escritores, guionistas, majaretas, malaguitas, que nunca salen y que demuestran que exportamos talento a palas también tras las cámaras, en los despachos de producción, entre textos tachados y escaletas que no dejan de danzar. Chicos, amigos, os digo, a la cara, ya os lo diré, que habéis conseguido que nos sintamos muy dignos de todo lo que habéis conseguido.

Malaka es, en definitiva, una necesidad y una contenida grata sorpresa, la cara oculta de la luna, la otra Málaga, la malahierba y el oro, el Gato, la Tota y la huida, el barrio, y la seguridad de que “cuando naces pa´martillo, del cielo te caen los clavos”.

Te recuerdo, ahora, papá

18 Oct
Antonio López López, papá.

Antonio López López, papá.

En este inicio del precipicio, en este camino inédito y fatal, te recuerdo…

Te recuerdo fuerte, volviendo del trabajo, tumbándome a cosquillas en la puerta de tu cuarto y pensando en la siguiente jugada, emprendiendo, porque nunca dejaste de pensar ni de jugar ni de emprender…

Te recuerdo riendo, nadando en el mar, saliendo del bar, volviendo del paseo con mamá, cansado, tumbado en el sillón y yo, diminuto, tumbándome a tu lado, en tu sombra, cobijado, seguro de que allí nada nos podía pasar…

Te recuerdo orgulloso de tus hijos, henchido, llevándome por primera vez a la facultad, o aquel día que lloraste de emoción en un combate de Judo, que Óscar ganó de manera rotunda, espectacular, o en la boda de Yoli brindando, sonriendo, riendo, orgulloso, digno, satisfecho pero nunca altivo ni vanidoso…

Te recuerdo antes de todo, al principio, imaginándote, evocándote, por lo que me contaste, por lo que creí, en Requejo, en Maracaibo, en Madrid, cuando teniendo una edad mucho más joven de la que ahora tengo, lo empezaste todo, para todos, hasta hoy…

Te recuerdo diciendo “donde hay vino hay talento”, o “esas botellas están llenas de palabras”, o “no te fíes ni de tu padre…”, y tus manos, recuerdo tus manos duras y ásperas como ramas de un roble y espuma de mar…

También te recuerdo enfermo, apagándote poco a poco, olvidando, olvidándonos, olvidándote, consumiéndote, despidiéndote, preocupándonos, hasta hoy, despidiéndonos…

Pero quiero recordarte bueno, como eras, franco, campechano, enseñándome la Feria del Ganado y dándome el primer trago, “de agua bendita”, dijiste, y era aguardiente, y reíste tanto, hasta llorar… Porque reías y llorabas, como hago yo ahora…

Y te recuerdo enseñándome a volar, en aquella bicicleta, soltándome el sillín, en Tabernes, y hasta hoy, enseñándome a vivir, a soñar, aceptando mis sombras, enterrando mis miedos…

Te recuerdo noble y parco, Paco, te recuerdo escribiendo sobre aquella servilleta en la que escribiste algo, algo que conquistó a mamá, y que nos trajo hasta aquí, o dibujando caballitos a boli mientras contestabas al teléfono…

Te recuerdo, ahora, papá, en este inicio del precipicio, en este camino inédito y fatal, en este andén de despedida, sobre este sueño del que espero despertar para volverte abrazar y tumbándome a tu lado, en tu sombra, cobijado, seguro de que allí, aquí, ya nada nos podrá pasar…