La salida siempre es hacia adentro

4 Abr
Polígono Guadalhorce, Málaga.

Polígono Guadalhorce, Málaga.

Que la salida siempre es hacia adentro, ya lo sabíamos. Sabíamos que había que parar, que había que volver al origen, al hogar, a la familia, que había que repensar lo pensado y reiniciarlo todo. Lo sabíamos pero no nos dimos cuenta. La vista cansada, la rueda del hámster, las prisas…Tras la pantalla azul y el error 404, aún nos queda un largo camino y depende de nosotros.

Nadie nos va a sacar de esta. Estamos solos. Dejen de pensar en el Estado, o en la política cainita de los partidos, en las trincheras, dejen de pensar en un gobierno que no comparte nada y en una oposición que hace la goma, como Lejarreta bajando La Covatilla, dejen de pensar en la Unión Europea que sigue durmiendo el sueño de los justos y en los demás que siempre son los otros. Ahí fuera no hay nadie. Yo he visto cosas que no creeríais. He visto las calles, las carreteras y los polígonos vacíos.

Recuerdo a Luis García Montero, cuando escribía: “bajo una lluvia fría de polígono,/ con un cielo drogado de tormenta/ y nubes de extrarradio”. Así he visto a Málaga, como una estepa mojada, un desierto de silencio, nada, y frente al Palacio de Ferias y Congresos, en la autovía, a media tarde, nada; y en casa, vosotros, nosotros, sobre las pantallas frías, las redes que se incendian poco a poco y la gente que se indigna demasiado. No, no es eso.

Nieto Jurado me envía su último artículo antes del amanecer y lo leo con una taza de café y el rifle cargado, suena ‘Facciamo finta che’ en la radio. Nieto Jurado, desde la novena ciudad de Andalucía, que es Madrid, escribe: “las redes sociales -era esperable- han pasado de la solidaridad al motín sostenido; la España de los balcones ha degenerado a la España de las delaciones: este país de porteras y envidiosas…” Luego me envía un audio desde el bunker y habla de felicidad, del picor de la vocación y de la radio, otra vez, la radio.

Hago Facebook Live en la radio como el que hace terapia. La radio, siempre he dicho, que para mí es lo más parecido a un juguete. Ahora es Metadona y Estazolam. Noto el calor de la gente. Nos mandamos mensajes y ponemos canciones. Se trata de acompañarnos, como a las ocho en las terrazas, entre aplausos, en los áticos, se trata de poner palabras y música a todo este desconcierto y creer que podemos.

Suena la música en la radio, la música que eligen los oyentes. Suena Pausa de Izal, Coldplay, Calle 13, PJ Harvey… Noto que la música ha cambiado porque todo ha cambiado. Todas las canciones parecen ahora trajes a medida para este momento. Todos nos adaptamos. La música también. Suenan las canciones y nos sentimos mejor. Sólo eso y, entre canción y canción, creo que aún no hemos caído en que en esta crisis sólo hay dos tipos de personas: los que no saben nada y los que no saben que no saben nada.

La música, como un prêt-à-porter o un digestivo, mientras nos miramos al espejo. Frente al espejo, frente a la cámara, frente a frente, frente a nosotros mismos. Sabemos entonces, en la certeza de nuestras arrugas confinadas, que la salida siempre es hacia adentro. En esta primavera de invierno, en este paréntesis hueco, solo saldremos de esta aventura nosotros, solos, unidos, mejores, con la certeza de que podemos porque podremos.

La salida siempre es hacia adentro. Pienso en palabras y en personas. Pienso en Josefa Gálvez, alta en coronavirus, a la que entrevisté, y lo primero que hizo fue dar las gracias. Pienso en Andrés Olivares que hace luz con el lenguaje y me dice: “la vida hay que vivirla, Roberto”. Pienso en mis amigos médicos que me envían recetas de esperanza y pienso en todos vosotros, nosotros.

Y luego pienso en palabras: palabras que al buscar su origen se convierten en oro del Perú. Palabras como gripe, que deviene del alemán, y que significa acurrucarse. Crisis, del griego, decisión. Virus, veneno; Unidad, del latín, un, uno, único, solo… Y pienso que estamos solos y que sólo saldremos de esta unidos, acurrucados, expulsando este veneno febril con nuestras firmes y unánimes decisiones.

No, no se trata de que nos enfrentemos ahora ni de dilapidar nuestras fuerzas en el fango de las redes. Ahora no. Ya habrá tiempo de pasar facturas, y yo seré el primero. Lo juro. Ya habrá tiempo de hacer el balance decimal. Ahora, unidos, nosotros, solos, mejores, con la certeza de que podemos porque podremos y de que la salida siempre es hacia dentro.

España es un país excepcional

27 Mar
Calle Larios, esta semana.

Calle Larios, esta semana.

Vivimos días de luto. Pistas de hielo convertidas en morgues y silencio en las carreteras. Datos, curvas ascendentes, vectores de riesgo e historias de familias que se desangran con esta crisis.  Hospitales masificados, hoteles medicalizados, residencias olvidadas, pasillos, peligros y pesadillas, que no vemos en la tele, y dolor mucho dolor a la hora del Ángelus desde Moncloa.

Llegados a este momento del relato tengo pocas certezas. Las que tengo, eso sí, son sólidas, pétreas como la espuma. Creo que la única manera que tengo de ayudar es eludiendo las tristezas y sintiéndome útil, acompañando. Leo algo que me ha  gustado  mucho y lo repito: “si quieres estar animado, anima a los demás”. Animarnos para volver a ser excepcionales.

Hay ratos. Es como una montaña rusa. Momentos en los que estás mejor y otros en los que finges. Alegría por cosas que antes no veías, tristeza frente a la matemática cruel de los números, indignación por los errores, por la vista cansada y por lo que no supimos ver, extrañeza, angustia, miedo…

Animarse para estar animado, para ser mejores, para ser excepcionales. Abro un canal de WhatsApp con mis amigos médicos, Ramírez, Trujillo, Santillana, y me pasan buenas noticias. Hay que subir la cota del  denuedo de la gente. Me hablan de altas, de aplausos en las UCI frente a un paciente extubado, de una madre positivo que ha dado a la luz a un hijo sano y que despierta del coma y sonríe al ver a su niño por Skype.

Pienso, entonces, en nosotros. En esta colectividad que llamamos España. Pienso que España es, en muchas ocasiones y a nuestra costa, una copla perversa, una estocada hasta la bola, el inicio del precipicio… Vivir en España, a veces, es llorar. Pero otras veces, sacamos lo mejor que tenemos, y nos encumbramos a la cima de la solidaridad y somos líderes en el ejemplo que se replica hasta el infinito. Hay que unirse, no para estar juntos, sino para hacer algo juntos. España es un país excepcional. Excepcional es insólito, inusual, raro. Pero también es estupendo, extraordinario, soberbio, admirable.

Somos líderes en turismo, en seguridad, en patrimonio, en salud, en deporte, en cultura, en gastronomía, en misiones por el mundo… Debemos sentirnos orgullosos de lo que somos, ahora que duele el golpe bajo y que estamos groguis, a punto de caer sobre la lona, ahora es el momento de recuperar nuestra autoestima y sacarla del respirador. Somos líderes en solidaridad, en darlo todo cuando se necesita, cuando se nos necesita. Cuando nos ponemos todos a una, en ese instante que toca a rebato, no hay quien nos gane.

Por ejemplo, un grupo de señoras en mi pueblo hilan con sus máquinas de coser mascarillas de emergencia, cosen y callan, y piensan en un mundo mejor. Un grupo de jóvenes de Málaga han puesto sus impresoras 3D al servicio de todos. Diseñan viseras de acetato. Se hacen rápido y son baratas. En pocos días, llevan más de 1.000. Una decena de hoteles de la ciudad alojarán a trabajadores esenciales durante la  crisis.

Bomberos, Guardias Civiles, Cajeras, Reponedores, Psicólogos, Funcionarios que facilitan trámites, Militares, Camioneros, Personal Médico, nuestra infantería, en la primera línea de fuego,  todos escritos con mayúsculas,  mujeres y hombres  siendo su mejor versión, cediendo lo que ya no tienen, llorando a solas, a ratos, cuando sus hijos no miran… Lo ven: unidos somos invencibles.

La ola de solidaridad no ha parado, nos está  inundado y le está ganando la batalla al virus. No nos hacemos ricos con lo que recibimos, hacemos la vida con lo que damos. La ola, que digo, el tsunami de la solidaridad podrá con el enemigo invisible y cruel, tan cruel que mata a nuestros mayores en soledad. Estoy seguro de la ola.

España es un país excepcional, sí. Me digo: animarse para estar animado, somos invencibles, ganaremos…,  y concluyo: lo sabíamos, sí, juntos somos mejores pero el coronavirus  nos lo ha recordado y eso, amigos, amigas, no lo olvidaremos nunca. Unidos, no para estar juntos, sino para hacer algo juntos. Coronavirus, gracias, no lo vamos a olvidar.

Pienso en este silencio que es un estruendo

20 Mar

Pienso en este silencio que es un estruendo, pienso en balcones, en canciones, en oraciones, pienso que no debería pensar tanto, pienso en vosotros y en los míos, que sois vosotros, y pienso en vacunas, en abrazos futuros, en goles, en patios vacíos, en reencuentros que ya estamos imaginando, pienso en mamá.

Despierto. Son los 4.50. Acaba de entrar la primavera. Me levanto y empiezo a escribir: tengo la gran suerte, o no, ya veremos, de salir de este confinamiento. Salgo a la radio, voy a la tele. Tengo una autorización y un carnet de prensa. Atravieso carreteras vacías y me imagino en la novela de McCarthy, La Carretera, pero como si fuera una novela postmoderna de Galdós y, luego, escribo estas notas en mi cuaderno y recupero la esperanza.

Pienso en películas, pienso en que hasta hace una semana estábamos viendo una peli y ahora estamos dentro de la peli. Pienso en Muerte entre las Flores, en La escafandra y la Mariposa y en Epidemia, de Dustin Hoffman. Pienso que todos los caminos conducen a Roma, y que todas las pelis son la misma peli, y pienso en el final de esta peli. Cuando todo esto termine. Títulos de crédito y vuelta a la rutina. Bendita rutina.

Salimos a los balcones y nos abrazamos en la distancia de las casas, la distancia de seguridad, esa distancia, “un metro y medio, o más”, dicen, separados, en las calles, en la redacción. Salimos a los balcones, aplaudimos y ponemos música. Nos animamos los unos a los otros. Se trata de sentirnos juntos, de hacer algo juntos, aunque estemos separados.

Pienso en los que están perdiendo sus empleos, en los que pierden el sueño, los que pierden los papeles en el encierro y, a ratos, se enfadan y discuten. Es normal. Respirad, tomad tiempo, perspectiva. Pienso en aquellos que tienen ansiedad, claustrofobia, pesadillas… También en las mujeres maltratadas. Pienso en aquellos que están solos y en los enfermos que están solos, y en su familias, que están solas.

Leo mucho, escucho y veo muchas noticias, demasiadas. Trabajo con información y, en ocasiones, se me va la dosis. Después me despierto por la noche, las 4.50, y tengo insomnio de primavera. Sé, por experiencia, que cuanto más claras ves las noticias más borrosas sientes a las personas. Intento desengancharme, tengo mono, las fiebres del yonqui, dejo el móvil, hago deporte… Es inútil.

Pienso en la empatía, la solidaridad, la responsabilidad, pienso en el miedo, en el miedo al miedo, pienso que todo es normal en esta anormalidad, y pienso en que somos un equipo y en que si somos un buen equipo ganaremos. Pienso en nuestros sanitarios, me emociono. La primera línea de fuego.

Envío mensajes por WhastApp, como el que lanza un mensaje en una botella al mar. Mensajes a grupos de amigos, a la familia, pregunto “qué tal”, les digo “ánimo” y “cuidaos mucho”. Luego marco un número al azar y escribo: “Lo importante era amar y ser amado. La correspondencia en el amor por encima de cualquier duda ética o moral”.

Pienso en las rutinas, en aquellas rutinas que casi despreciábamos al no darles importancia. Cuando pensábamos que siempre estarían ahí, porque eran nuestras, rutinas que nadie nos podría arrebatar. Ver a un amigo, pasear por la playa, tomar una cerveza en una terraza, abrazar a mamá… Es el momento de valorar lo que parecía no tener valor. No nacemos libres, la libertad, ahora lo sabemos, tiene un precio.

Estamos más unidos, hemos parado y estamos reflexionando, somos conscientes de que podemos mejorar, de que saldremos mejor, de que por las prisas no ponderábamos lo realmente importante. Estamos en un instante crucial de la historia, en un cruce de la historia.

Pienso en deciros la verdad y entiendo que la verdad no existe. Luego digo lo que puedo, cuando empieza el programa, lo que tengo. Digo que entre tanta alarma siempre hay un espacio para la esperanza. Digo que hay buenas noticias y pongo algunas en Facebook. Digo: “aguantad, sois geniales, nosotros podemos”. Digo, lo que siempre me dice mi amigo el Profesor de la UMA, José Antonio Jiménez, “la unidad es el grupo, y el grupo es la unidad”. Ganaremos, si estamos juntos, ganaremos y, luego, vuelvo a pensar en mamá.

 

Lo que ganamos cuando perdemos

14 Mar
Suena Drexler, Codo con codo, en mi reproductor. Escribo en mi pantalla: “escenario volátil”, y palabras como “positivo, global, gol…” Frente a mí, en la cocina, divertidas, juegan y cocinan mis chicas: masa pastelera para una tarta de manzana con fresas; fuera, justo en el alféizar de la ventana, Roma, nuestra pequeña perra Beagle acaricia el vidrio fresco de marzo, y pide entrar. Esta columna es una distopía y está escrita sobre el futuro cercano, dentro de una, o dos semanas.
 
Nosotros frente al espejo. Cojo el periódico como el que coge un parte de guerra. Leo titulares económicos, que son facturas a cuenta y una pena. Noticias económicas que abren la prensa y que resultan un mal presagio: crack bursátil, FMI, inyección… Nosotros frente al espejo y la gente cargando carros de compra, desabasteciendo supermercados. La gente asustada. Pero la gente, que es buena gente, trabajando también a destajo en los hospitales, reponiendo supermercados. Buena gente.
 
“Ójala los próximos cuarenta años sean aburridos”, me digo. La actualidad informativa, con su extraña forma de apisonadora y AVE, nos arrolla con una fuerza incomparable. Pasamos sobre las noticias, con la facilidad con la que usted amigo lector pasa las páginas de este periódico, y no reflexionamos. No hay tiempo para pensar. Se acabó el tiempo. Bienvenidos a la época del “no tiempo”. Todos en casa. Aquí seguimos: inventando rutinas, haciendo deporte, leyendo, viendo series pendientes de Netflix…
 
El problema, cuando se acumula, pierde sustancia. La rápida propagación de un virus, en la época de los terminales móviles, con notificaciones constantes, titulares constantes, alertas, silbidos, susurros…, nos pone en un estado de alerta, donde habitan los monstruos y, claro, perdemos pie. Un señor le decía, hace semanas a otro, en un pasillo de Mercadona: “con la Semana Santa no se atreven, a nosotros, no”. Y yo sonrío y cojo una caja de fresas de Maripí, a 1.78 €, que huelen a niñez y meriendas.
 
Intentas parar la máquina, obtener alguna lección. Todos nos equivocamos. Nadie pensó que esto sucedería de esta manera. Nadie lo vio venir. Mi amigo, Manuel Azuaga, me dice: “si, al menos, aprendemos algo de toda esta crisis”. Yo le escucho descreído y nos despedimos hablando de aislamiento y promesas. “Va a ser corto, pero se nos va a hacer muy largo”, le digo y nos vamos.
 
Llevamos días aislados y, como esta columna es una distopía, la mía, juego con las palabras de Azuaga. Pienso en cuanto ganamos cuando perdemos. En todo lo bueno de esta crisis. Hemos parado y eso nos da tiempo para reflexionar, que nunca podemos, sobre lo rápido que vamos. Incluso, algunos locos, están jugando con sus hijos e imaginando que hacer después, cuando todo esto pase, cuando volvamos a nuestras rutinas.
 
Este paréntesis de la historia nos puede hacer ver lo sencillo, volver al origen, entender las oportunidades de lo comunitario, de lo colectivo, valorar nuestros servicios públicos, como el sanitario: “no hay mal que por bien no venga, ni mal que cien años dure”, decía mi padre.
 
“Si, al menos, aprendemos algo”. Nosotros frente al espejo. El ser humano ha llegado a la postmodernidad con dos postulados: la aglomeración, vivimos arrejuntados; y la agitación, nos movemos como moscas por el planeta. La crisis del coronavirus nos enseña que debemos separarnos, aislarnos, dicen, y dejar de movernos: “eviten los viajes innecesarios”, dijo el presidente.
 
Es el tiempo en el que una sociedad se examina y debe saber cuál su nivel. Nos pidieron responsabilidad a todos y aquí estamos. Quedarse en casa, evitar los colapsos hospitalarios, extremar la higiene, hacer caso a las Autoridades Sanitarias, cuidar de nuestros mayores aislándoles… Un amigo me llama: “estoy pintando toda la casa, llevaba meses buscando tiempo para hacerlo”.
 
Mientras tanto, pasa el tiempo, escribo más, escucho más, juego con Anita, paseo con Roma, y miro a mis hijas ahora que aún cocinan divertidas, algo ingenuas, guapísimas, y pienso en el azar, la injusticia, las paradojas de la vida, la complejidad de todo y lo que ganamos cuando perdemos. Llevamos una o dos semanas aislados, todos. Aquí, aroma a manzanas y fresas.
 

Lo que ganamos cuando perdemos

14 Mar

Suena Drexler, Codo con codo, en mi reproductor. Escribo en mi pantalla: “escenario volátil”, y palabras como “positivo, global, gol…” Frente a mí, en la cocina, divertidas, juegan y cocinan mis chicas: masa pastelera para una tarta de manzana con fresas; fuera, justo en el alféizar de la ventana, Roma, nuestra pequeña perra Beagle acaricia el vidrio fresco de marzo, y pide entrar. Esta columna es una distopía y está escrita sobre el futuro cercano, dentro de una, o dos semanas.

Nosotros frente al espejo. Cojo el periódico como el que coge un parte de guerra. Leo titulares económicos, que son facturas a cuenta y una pena. Noticias económicas que abren la prensa y que resultan un mal presagio: crack bursátil, FMI, inyección… Nosotros frente al espejo y la gente cargando carros de compra, desabasteciendo supermercados. La gente asustada. Pero la gente, que es buena gente, trabajando también a destajo en los hospitales, reponiendo supermercados. Buena gente.

“Ójala los próximos cuarenta años sean aburridos”, me digo. La actualidad informativa, con su extraña forma de apisonadora y AVE, nos arrolla con una fuerza incomparable. Pasamos sobre las noticias, con la facilidad con la que usted amigo lector pasa las páginas de este periódico, y no reflexionamos. No hay tiempo para pensar. Se acabó el tiempo. Bienvenidos a la época del “no tiempo”. Todos en casa. Aquí seguimos: inventando rutinas, haciendo deporte, leyendo, viendo series pendientes de Netflix…

El problema, cuando se acumula, pierde sustancia. La rápida propagación de un virus, en la época de los terminales móviles, con notificaciones constantes, titulares constantes, alertas, silbidos, susurros…, nos pone en un estado de alerta, donde habitan los monstruos y, claro, perdemos pie. Un señor le decía, hace semanas a otro, en un pasillo de Mercadona: “con la Semana Santa no se atreven, a nosotros, no”. Y yo sonrío y cojo una caja de fresas de Maripí, a 1.78 €, que huelen a niñez y meriendas.

Intentas parar la máquina, obtener alguna lección. Todos nos equivocamos. Nadie pensó que esto sucedería de esta manera. Nadie lo vio venir. Mi amigo, Manuel Azuaga, me dice: “si, al menos, aprendemos algo de toda esta crisis”. Yo le escucho descreído y nos despedimos hablando de aislamiento y promesas. “Va a ser corto, pero se nos va a hacer muy largo”, le digo y nos vamos.

Llevamos días aislados y, como esta columna es una distopía, la mía, juego con las palabras de Azuaga. Pienso en cuanto ganamos cuando perdemos. En todo lo bueno de esta crisis. Hemos parado y eso nos da tiempo para reflexionar, que nunca podemos, sobre lo rápido que vamos. Incluso, algunos locos, están jugando con sus hijos e imaginando que hacer después, cuando todo esto pase, cuando volvamos a nuestras rutinas.

Este paréntesis de la historia nos puede hacer ver lo sencillo, volver al origen, entender las oportunidades de lo comunitario, de lo colectivo, valorar nuestros servicios públicos, como el sanitario: “no hay mal que por bien no venga, ni mal que cien años dure”, decía mi padre.

“Si, al menos, aprendemos algo”. Nosotros frente al espejo. El ser humano ha llegado a la postmodernidad con dos postulados: la aglomeración, vivimos arrejuntados; y la agitación, nos movemos como moscas por el planeta. La crisis del coronavirus nos enseña que debemos separarnos, aislarnos, dicen, y dejar de movernos: “eviten los viajes innecesarios”, dijo el presidente.

Es el tiempo en el que una sociedad se examina y debe saber cuál su nivel. Nos pidieron responsabilidad a todos y aquí estamos. Quedarse en casa, evitar los colapsos hospitalarios, extremar la higiene, hacer caso a las Autoridades Sanitarias, cuidar de nuestros mayores aislándoles… Un amigo me llama: “estoy pintando toda la casa, llevaba meses buscando tiempo para hacerlo”.

Mientras tanto, pasa el tiempo, escribo más, escucho más, juego con Anita, paseo con Roma, y miro a mis hijas ahora que aún cocinan divertidas, algo ingenuas, guapísimas, y pienso en el azar, la injusticia, las paradojas de la vida, la complejidad de todo y lo que ganamos cuando perdemos. Llevamos una o dos semanas aislados, todos. Aquí, aroma a manzanas y fresas.