Bajo un cielo en llamas

18 Jun
El cielo sobre el mar. Os juro que estaba así.

Paro un rato. Estoy a punto de terminar una semana de locos. Hemos cumplido 1.000 programas en Llegó la Hora, estamos montando otro formato de tele que pronto contaremos, tengo una presentación el viernes, la radio, la columna, la Selectividad de Álex, la graduación de Anita, toda la casa y la vacuna. Hago un hueco. Bajo con la bici y con Roma a la Playa de los Rubios. Hay un ambiente de filtro, una luz amarilla, casi naranja, y extraña. Me siento en la arena. Quiero bañarme, nadar un poco, desconectar. Antes, como en una liturgia, absurda y pagana, me quedo así, aquí, quieto, esperando que pase algo, sentado frente al mar. Solo me quedo así, aquí junto a la orilla, e intento entender algo o no pensar en nada.

“Cuando todo es interpretación, ya no hay nada que interpretar. A esa nada deberíamos llamarla, sabiduría”, pienso, mientras escucho el sonido del mar. El mar que tiene un tono inédito, mostaza y marengo, enigmático, magnético siempre.  Este mar que siempre estaba, que siempre era: impactante, cambiante y bello.  El mar azul, verde, gris, gris marengo…, hoy papiro y oro. El mar, luz, destello, cielo, espejo. Escucho el mar y recuerdo a Françoise Mauriac que escribió aquello de que “cada uno somos un desierto”.

Un desierto, un mar. Siempre he creído que los mares son, de alguna manera, desiertos inundados. Todos somos un desierto, todos somos mares. Todos vivimos en peceras y todos querríamos bebernos el mar.  Me quito la ropa, estiro un poco, me mojos los pies. Caigo en la cuenta de que no hay nadie. La temperatura es perfecta y sopla un levante que trae nubes de tormenta y cierto cansancio. Las nubes tienen formas imposibles y parecen querer decir algo. Un cielo imposible, que cambia de amarillo a incendio, de incendio a oscuridad, un cielo en llamas, como un milagro.

Entro en el agua y empiezo a nadar. Ayer me vacunaron. Me duele un poco el brazo como si me hubieran dado un puñetazo. En verdad, nunca me han dado un puñetazo pero creo que debe ser así. Ya estoy en el Club de los Vacunados, y me siento bien. Recuerdo, tras el pinchazo, sentir una tranquilidad transparente y evocar todo lo que ha pasado -este macabro baile de máscaras e invierno del que tanto he escrito, en el que tanto he pensado en mis travesías a nado- y, de pronto, recuerdo sentir un rayo de luz que entraba por la ventana del Centro de Salud de Rincón de la Victoria y que me alcanzaba para hacerme entender que hay algo de milagro en todo esto.

Mañana presento en Málaga, La Senda Azul. Es un evento muy interesante en el que se quiere poner en valor la riqueza submarina de la provincia, protegiendo, investigando, fomentando un turismo sostenible y un montón de actividades. Sobre el papel, si se hace bien, es un proyecto fetén, de esos que perdurará y del que hablaremos mucho. Pienso en la casualidad que es que mañana hable del mar frente al público y ahora esté nadando en el mar. Pienso en el guion que he escrito y que aún no he terminado. Me gustaría empezar mi intervención con el sonido del mar, jugando con el público, haciéndoles evocar esta banda sonora que ahora escucho, esta sinfonía de olas, la orquestación perfecta de agua y arena, y también el aroma, este perfume a sal y salitre y a viento, y los rayos del sol chocando contra el agua y rebotando, escapándose de estas nubes mammatus de tormenta que empiezan a intranquilizarme.

Llevo nadados un par de kilómetros, casi cinco boyas y vuelta. Encima de mí, un techo mostaza y mandarina que empieza oscurecerse. Escucho un primer trueno a lo lejos. Vuelvo a la orilla. Siento un cansancio que me encanta, es un poco masoca, lo sé. Siempre pienso en llegar al  borde de una hipotética hipoxia, un agotamiento extremo, y que se me nuble la cabeza y  pensar que Dios existe, y que existe en todas las cosas, incluso en la marca blanca del Mercadona. Cosas mías.

A punto de llegar al rebalaje, agotado, sobre este cielo a punto de descargar, de pronto y de una manera alucinante, un pez asoma la cabeza frente a mí. Nos miramos durante un rato. Pienso en Moby Dick, la gran obra de Herman Melville, que es mar y hombre, la respiración del océano y una persecución obsesiva. Moby Dick es la obra perfecta del mar. Pienso en Ahab y en la ballena y, por un instante, me veo igual. El pez salta de pronto y se marcha sin saber aún que acaba de llegar al paraíso.

Llego a la orilla. Otra vez, la liturgia absurda y pagana. Me seco la cara, los brazos, me siento en la arena. Miro, de nuevo, al mar. Empiezan a caer unas gotas gordísimas pero no me importa. Yo ya estoy mojado. Me quedo quieto intentando entender algo o no pensar en nada. Caigo en la cuenta de que siempre que nado me acuerdo de mi padre y de mi amigo, Christian Jongeneel. A Chris le sigo, le persigo, pero nunca le alcanzo. Pienso en algo que me dijo una vez: “para nadar en el mar hay que llevarse bien con uno mismo”. Pienso en esto mientras vuelvo a casa y entonces sonrío.

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