Una fila y un círculo plano

6 Jun

Una fila larga, eterna, insoportable, una fila afiladísima, kilométrica, llena de gente invisible, invisibles tras sus mascarillas, para todos invisibles, y silenciosa, callada diría, una fila que da la vuelta a una manzana, como un círculo plano y perfecto, una fila que pide ayuda urgente, que grita muda, una fila que baja la cara y suspira, una fila y un círculo plano.

Esta columna es la historia contada desde esa fila que forma un círculo plano, alrededor de una manzana, en una de nuestras ciudades, muy cerca, una historia  de personas, de testimonios, de vecinos, de amigos, de pobreza en definitiva, de gente que te cruzas por la calle y saludas, “hasta luego, Manuel”, sin saber que Manuel ha perdido casi todo y tiene hambre.

“Estoy aprendiendo a no sentir vergüenza”, me asegura Manuel, que hasta hace poco trabajaba en un chiringuito de la costa, “la temporada, lo que se puede”, y sigue, “y en invierno lo que salía, lo último fue pintando fachadas”. Manuel tiene mi edad y lleva una bolsa verde, de esas del chino, con un par de piezas de fruta y un yogur líquido. “Son para mi niña”, me dice y mira a lo lejos de la fila, a la puerta, como si buscase algo, y yo pienso en “mi niña” y en esa forma que ha tenido de decirlo.

Podría ser Cáritas, o Cruz Roja, o un Economato, cualquier Banco de Alimentos, pero en esta columna no daré datos ni apellidos. Al final de la fila, o al principio, al otro lado de la puerta, un equipo de voluntarios se afana en la distribución de los lotes de comida: leche, aceite, legumbres, pescado, carne, verduras, leches infantiles… Dicen que es la nueva normalidad pero, en verdad, es la nueva pobreza.

Yolanda habla alto tras su mascarilla, organiza, rellena folios de la administración y bolsas, habla alto y muy claro: “estamos viviendo situaciones que hacía décadas que no se vivían en Málaga”. Se trata de una pobreza sobrevenida, no esperada, extraña e invisible, y me explica: “casi el 40 % de las personas que vienen pidiendo ayuda no habían venido jamás”.

De pronto, asoma una nueva pobreza, como una gran secuela del coronavirus, acechante, discreta, el incendio y las cenizas, la herida, la venda y el dolor: la otra pandemia, la pandemia de la pobreza. Tras la crisis sanitaria, llega ahora el tsunami social que está dejando a numerosos hogares sin ingresos y a muchas familias colgadas en esta fila, encerradas en este círculo plano, el círculo de los servicios sociales, de la ayuda, del que busca de lo mínimo, de lo justo y lo necesario, de nuestro deber y salvación.

Mati es argentina, lleva casi 20 años en España y dos horas en la fila, madre soltera de tres hijos que nacieron aquí, limpia casas, cuida de ancianos y quiere hablar: “salí de mi país escapando de una crisis; siempre he trabajado en lo que he podido; no tengo ahorros, llevo casi tres meses sin trabajo; sólo tengo 78 € en el banco, en casa menos, y no creo que pueda optar al Ingreso Mínimo”. De pronto para la retahíla, suspira, y concluye: “sólo espero que mis hijos coman algo”.

Historias de paro, de desahucios, de no poder comprar material escolar, historias que se desvelan en un piso de 40 metros, de darle vueltas a las vueltas, de recibos, de temblores, de un vértigo frío, de hipotecas, y de la luz, y del agua, las carta de amor del banco, ya saben de lo que hablo, e historias de autónomos que no llegan, que no duermen, de ERTES no cobrados, de sueños que se escapan entre los dedos como agua.

Hablo con un experto en lo social y es cristalino, también como el agua: “estamos viendo a familias que, hasta ahora, tenían una vida normal, con ingresos para sobrevivir y que esta crisis les está llevando a ese precipicio de vulnerabilidad, que si se prolonga en el tiempo puede derivar en exclusión social”. Y concluye, y le noto muy cansado, decepcionado: “la situación es muy preocupante y no se está hablando de ello: en el parlamento, ya ves, están a lo suyo”.

Charlo con Álvaro, unos 20 años, de los últimos en la fila, de los primeros en el círculo. Su familia no percibe ningún ingreso. “Somos cinco en casa, y vengo yo para ver si puedo pillar algo”. Le pregunto si tiene trabajo y sonríe: “los de nuestra edad lo tenemos muy jodido, ahora hago un curso de programación, estoy apuntado a los cursos del SEPE y en el Ayuntamiento, pero nada”, y pienso en el desamparo de esta generación, asustados, desolados, sin planes cuando lo único que hay que tener son planes, y del vacío de las tardes frente a Netflix.

Una fila afiladísima, que ya ha dado la vuelta al círculo plano, a una manzana de una de nuestras ciudades, os aseguro que muy cerca de nosotros. Vuelvo al punto de inicio y apenas he visto nada. Siento rabia, decepción, un cierto frío de junio… Pienso en que cualquiera de nosotros podríamos estar encerrados en esta tela de araña, dentro de este círculo invisible, invisibles tras las mascarillas, dando vueltas a estas vueltas, y pienso que es cuestión de suerte y que, por ello, debemos de ser solidarios, mejores para intentar sacarles, sacarnos de la fila, porque somos nosotros, ellos somos nosotros, sacarles del círculo plano, de esta pandemia de la pobreza, del incendio y las cenizas.

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