Redes sociales: pastilla roja o pastilla azul

13 Dic
¿Pastilla roja o azul?

¿Pastilla roja o azul?

Llegados a este punto me planteo, seriamente, un Debate sobre el Estado de la Redes y analítica parcial: trirotropina, microsomales y Vitamina D. Prueba de esfuerzo y una visión general. Internet nació para ser un ágora, un espacio de conocimiento compartido y democracia. Pasa el tiempo, de los cielos a los suelos y una herida. El primer vistazo es demoledor como la vida misma.

Instagram, por ejemplo, es un poema, una especie de escritura en vertical, una cascada de espejos derramándose, chorreando por tu teléfono. Mucha foto y poco verbo. Entro en Instagram y veo que todo parece cambiar para no cambiar nada. Eso sí, algunos molan mucho. Un amigo se enganchó a Instagram. Me dijo que el fuerte sabor a metal de la red social le había robado el alma.

A veces, miro a mi alrededor y tengo la sensación de que nos estamos flipando. Tipos que hacen selfies y dicen que son fotógrafos, una muchacha que escribe un post en su muro de Facebook y se describe, de inmediato, en su perfil como “escritora”, una grabación que es un podcast supone que tienes un programa de radio o que eres el dueño de la Cadena SER.

Facebook languidece en su propia autocomplacencia. Reconozcámoslo, Facebook ha perdido cierta gracia, algo de brillo, su touch original. Se repiten las publicaciones y se genera un fango insoportable en discusiones aburridas y estériles, bajezas mondas y lirondas. “Todos somos famosos en la estepa de Zuckerberg”, me dice un amigo. Facebook es Benidorm en verano, el Makro de los que nunca tuvieron tienda. Facebook empieza a ser el geriátrico de las redes.

Discusiones, ruido, polvo, mucha furia, el fango… Se crean grupos de debate o noticias que mutan en trincheras ideológicas. Tiros y más tiros y, al final, pólvora mojada. Se exponen argumentos, en la mayoría de las ocasiones, argumentos peregrinos que chocan con más argumentos, igual de peregrinos, creando una extraña oquedad. Algo así como la nada, El Aleph, de Borges. Un vacío que nos entretiene durante horas.

Twitter, sostiene Fernández Mallo, es un salón francés del siglo XVII donde todos huelen mal, lo saben, pero intentan maquillarlo con colorete y polvos de talco. Cuentas verificadas, arribistas, trolls, bots, presidentes de gobiernos democráticos, francotiradores y un chasquido. Twitter se ha convertido en un Pseudo Boletín Oficial del Estado del Mundo. En Twiter, insisto, huele peste pero todo el mundo usa pachulí.

Son demasiadas horas perdidas en el vacío. Horas sin hablar con tu gente, sin abrazar, sin sentir, sin abrir un libro, sin mirar el atardecer, como un candilazo, sobre la témpera del cielo de Málaga. Las redes se han convertido en un narcótico eficaz. Parece que vivimos pero estamos muertos o, como mucho, dormidos. “Una oscura esclavitud”, me digo.

Whatsapp es el viejo teléfono fijo de casa de mis padres. Acudía allí y esperaba la llamada de Nadia. Whatsapp ha sustituido al teléfono rojo de góndola. Todos pasamos por Whastapp, escribimos, leemos y escuchamos los mensajes de voz. Whatsapp es inocuo y muy eficaz, tiene cierto atractivo por lo sencillo, siempre y cuando no te metas en un grupo de madres y padres del cole. Solo es grande en la vida quien sabe ser pequeño.

Estado de la cuestión. Redes sociales y morfina. Tanda de penaltis y autocomplacencia. Bajezas, pólvora mojada y una oscura esclavitud. Las redes en la constante duda, frente a la eterna pregunta: ¿pastilla roja o pastilla azul? La dolorosa verdad de la psicosis (roja) o la dichosa ignorancia de la desesperación (azul).  El Aleh, de Borges, la oquedad y la vida misma. Yo elijo todo.

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