Muertes de mujer

27 Feb

Hay razones que la razón no entiende. Las imágenes en que vimos a un tipo golpear y arrastrar a una mujer cogida por el pelo exhibieron toda la brutalidad con la que un hombre puede desahogarse con una mujer. El tipo con numerosos antecedentes policiales por delitos que implicaban violencia, cumplirá 9 meses de cárcel por una agresión que horrorizó a toda España. Patadas, golpes, arrastre, más golpes y una ausencia de piedad que lo señalan como el indeseable que, además, vive entre nosotros porque nadie lo deporta. Sin embargo, la víctima no quiso declarar contra él y ni siquiera permitió que la reconociera un médico forense. Algo falla y mucho en la protección de la mujer frente a situaciones como estas. Conozco el trabajo que muchas y muchos buenos profesionales de diversas instituciones públicas realizan para intentar que las víctimas por esta violencia machista se sientan seguras de sí mismas y protegidas. Una labor quirúrjica. El maltrato en la pareja no es flor de un día. Es un arbolito que se riega desde chiquito. Una actitud ante las tareas diarias, leves insinuaciones sobre la inferioridad moral o intelectual de la otra persona que, día a día, aumentan su volumen en insultos que amedrentan y humillan, un guantazo por tu bien, dos guantazos, tres. Un tirón de pelos. Los colmillos que se exhiben. El cuchillo que firma el aire muerto del dormitorio. En un tiempo, la mujer se descubre enmarañada entre la enredadera de su verdugo doméstico. Las raíces quedan empozadas por más que la víctima contemple al señor de sus desgracias frente a la luminaria azul de la policía domado por unas esposas con las que no cabrá violencia de ningún tipo. Qué pena, que con llorarla crezca cada día un poco más la flor de la desgracia, versionando a Garcilaso. Esta víctima que no se atrevió a declarar era una mujer extranjera con el miedo en el cuerpo insuflado como un veneno perpetuo. Sabe las reglas del oficio de su pareja; en esos submundos el perdón es un trapo sucio en el suelo, la sangre limpia cualquier afrenta y, además, ella conoce el dolor de los golpes y el terror que infunden los ojos de un depredador cuando miran inyectados de sangre. Nadie en este mundo podrá darle seguridad en sí misma, ni devolverle una autoestima deformada con insistencia y método.

La erradicación de la violencia machista es una de las tareas más nobles en que nuestra sociedad se ha empeñado. Un sueño de Quijote contra molinos a los que debemos ver como gigantes; de otro modo perderíamos la ilusión a lo Sancho Panza. Hemos avanzado mucho en poco tiempo, pero aún quedan tareas pendientes como demuestran las alarmantes cifras que ya arroja 2017, o casos tan descorazonadores como el referido. Peor se siente uno cuando conoce a alguna mujer que se relaciona con un hombre con antecedentes por violencia machista. Hemos visto en las últimas semanas acercamientos de agresores declarados a sus víctimas, un problema que hoy se resuelve con dispositivos electrónicos. Hemos constatado mujeres paralizadas que no se atreven a iniciar el tortuoso camino para su independencia. No existe todavía un trasvase desde la sensibilidad con que la sociedad española contempla estas situaciones, hacia una solución integral de esos condicionantes que la mujer ha ido arrastrando hasta encontrarse en un lodazal sin salida. La atención de la mujer maltratada tiene que ser de ámbito psicológico, tecnológico, policial, económico y jurídico. Como lego en la materia, no comprendo el que aquella agresión tan brutal, grabada por unas cámaras, necesite la declaración de una víctima que se tiene que sentir sola y desprotegida en medio de una situación que no comprende y en una sociedad que apenas conoce y que redacta los autos del proceso en un idioma en el que ella no sueña. Nadie en su misma piel se fiaría de que tras el juicio su agresor no quedara libre por artes del birlibirloque leguleyo, ni confiaría en que el mismo Estado le ofreciera un trabajo en una ciudad alejada y con una identidad diferente y protegida. ¿A que no? Pues mientras esto no funcione así habrá que horrorizarse con la siguiente en la lista. Muertes de mujer, evitables.

Matar perros

6 Feb

Entre el cosmos comprimido de la fraseología española y su refranero, uno descubre que nuestra cultura está cimentada en buena parte sobre la cosificación de los animales. Cuando alguien no tiene oficio, o no sabe en qué emplear su tiempo, se dice que, en lugar de dedicarse a matar perros por ahí, se ha puesto a estudiar artes gráficas, por poner algo. La gran vena cultura hispánica brota, sobre todo, de sus raíces rurales. Salvo atisbos concretos de industrialización y, por tanto, civilidad, España ha sido tierra de ganapanes y campesinos hasta casi los finales del siglo XX. Ya lo he escrito alguna vez, en algún lugar del que no me acuerdo, yo no creo en las bondades de la naturaleza y, menos aún en que ésta modifique para bien el carácter depredador del ser humano. La relación entre el hombre rural, o el marinero con su medio, se basa en la sangre el sudor y las lágrimas. Queda poco espacio para consideraciones piadosas con los animales o con esos escenarios a los que hay que arrebatar el pan nuestro de cada día. El hombre que acude al supermercado no guarda rencor a la fruta, al paquete de leche o a los filetes de carne. Alberga otras tensiones en exceso distintas a aquel que implora lluvias y conduce el arado bajo el sol con la esperanza de que sus rezos hayan sido escuchados por los santos del lugar. Desde ese punto de vista, la naturaleza es un ente dañino que envía malas hierbas, plagas y alimañas. La naturaleza en esos términos debe ser sometida incluso con un proceder sádico. Si algo no sirve que arda. Durante los años cincuenta casi se exterminó al lobo ibérico porque interfería en unos espacios que el hombre consideraba suyos. Igual sucedió con águilas, buitres o zorros. Todo ser vivo que no estaba en un corral debía ser disecado. Los hábitat rurales suelen ser una exaltación de la muerte. La caza aún pervive contra una naturaleza expoliada y dañada. El patrimonio ecológico que pertenece a todo el pueblo español es esquilmado para que unos pocos se diviertan y otros obtengan beneficios mediante una actividad que se basa en matar por placer. La civilización es urbana.
Durante este mes de febrero finalizan ciertas temporadas de caza, y se abre la veda a las matanzas y abandonos de galgos. Una concepción de los seres vivos como simples instrumentos. Si el martillo no me sirve lo arrojo a la basura. Uno de los más claros ejemplos de que el brutalismo aún pervive en amplios pedregales de esta tierra de Caín, como la bautizó Don Antonio Machado. Si eso hacen con sus perros, imaginen a solas con una escopeta en las manos y cualquier animal, por protegido que esté, al fondo de la mirilla. No encuentro ninguna justificación para que continúe la caza en nuestras tierras ya bien entrado el siglo XXI. Los asesinatos y toruras periódicos de los perros cinegéticos se producen por la ineptitud y connivencia de los gobiernos estatal y regionales con esta bárbara y luctuosa costumbre. Igual que fueron realizados censos ganaderos para reclamar fondos a la UE, deben ser identificados estos perros y sus dueños con el único fin de imponer la civilidad y las luces en unas parcelas de nuestra sociedad que permanecen ancladas al cerrilismo. No creo en el buen salvaje que tanto mitificó Rousseau. O quizás no creo en el buen salvaje celtíbero expuesto en películas como “Nobleza baturra” y otros daños colaterales de mi niñez. La mirada comprensiva y respetuosa hacia la naturaleza procede desde la urbanidad. Osos y ciervos despellejados por pura invocación de la muerte, demuestran que las escopetas y rifles nunca están en buenas manos. Los galgos que durante estos días serán colgados en árboles, muertos de hambre y sed, arrojados desde coches en marcha o, en el mejor de los casos, abandonados junto a albergues, son la prueba silenciosa y estilizada de esa animalidad extrema que aún habita nuestros campos y nuestro idioma. En efecto, todavía perduran entre nosotros quienes cuando no saben qué hacer, en lugar de abrir un libro, prefieren matar a su propio perro, o cualquier otra cosa de esas que se mueven y tienen sentimientos y vida. No, el campo embrutece al hombre.

La muerte de las abuelas

28 Nov

Recuerdo que, hace más de una década, cuando el inicio de la que después sería conocida como la época del ladrillo, las páginas de los periódicos insertaban, casi cada semana, un titular por la muerte de un trabajador en el tajo. Ir a la obra se había convertido en un viaje tan incierto como, por lo visto, ahora lo es la senectud, el hacerse viejo, sin que medie el cultismo. Con la llegada del invierno real, no el de los almanaques, regresan las noticias de luto, esta vez con varias ancianas como protagonistas. Una utilizó una vela para calentarse porque le habían cortado la luz por impago, otras, madre e hija de muy avanzadas edades, por el uso de una estufa eléctrica. Cierta madrugada de domingo aún recuerdo cómo reventaron los muros exteriores de un piso frente al mío; un señor mayor se había dejado abierta una llave de gas durante toda la noche. Vivía solo.

En las personas mayores suele regresar el niño que fueron; la peor parte del niño, claro está. La edad vuelve a uno temeroso ante cualquier cambio tecnológico, de espacios, de costumbres e, imagino que con ochenta añitos en el carné de identidad, los mecanismos cerebrales que regulan la capacidad de adaptación del ser humano deben ser cosa tan del olvido, como la distancia para el amor. Como escribió Garcilaso, todo se lo lleva la edad ligera, que, por supuesto, también arrastra la respuesta ágil ante cualquier situación peligrosa. (más…)

Aquellos bares

15 Ago

Ahora que estamos en feria, que hoy lunes es fiesta y que la política da asco por sus múltiples sinrazones, me he acordado de otros ocios que disfruté como malagueño y no sé por qué se perdieron. Todo evoluciona, nada queda, dicho así con efluvios poéticos. Lo nuestro es pasar. La vida, según Luis García Montero, no es sino un continuo plegar banderas. Alguien doblará la última por ti. Si nos ponemos místicos, el mismo Universo basa su existencia en el deambular constante de la materia de un estado a otro. Si todo fuera inmutable, como el ser de Parménides, o esta barriga mía que me acompaña desde hace lustros, aún seríamos monos en lo alto de un árbol, lo que uno desea a fin de mes cuando se acumulan los pagos pendientes. También es cierto que hay por quien los años no pasan; aún continúa siendo una rata de aquellas que convivieron con los dinosaurios. Hay quien sabe conservarse, en efecto. Pero volvamos hacia los bares tras esta larga introducción en que estoy intentando ganar la benevolencia del lector para que no me abuchee entre faralaes de cubatas y rebujitos. La vida también consiste en cerrar bares. (más…)

Continuamos para bingo

27 Jun

Dos citas electorales que pueden pasar a la historia general de la estupidez política humana. Por un lado, unas elecciones españolas que debieron ser zanjadas hace meses. Por otro, el referéndum en Reino Unido, que tanto nos afecta a los malagueños, ya empieza a desvelar las medias verdades y mentiras completas sobre las que ciertos discursos sustentaron su impulso al Brexit. Un significativo número de votantes ingleses se está movilizando para replantear una nueva consulta que ojalá se lleve a cabo con datos reales sobre la mesa para que nuestros vecinos británicos puedan dormir tranquilos en este hogar también suyo que es Málaga. Un mal planteamiento político sobre una causa noble puede desembocar en un río de llantos y lodos para la ciudadanía. Así, David Cameron quiso callar el independentismo escocés mediante una consulta en la que explicaba que Escocia independiente quedaría fuera de la UE. Ahora un Reino Unido fuera de la UE no podría detener la entrada en Escocia en esta frontera común europea, ni tampoco de Irlanda del Norte. Ya digo, una estrategia política que invocaba la democracia y voz del pueblo (causa noble), finaliza con un Estado más que dividido y una sociedad enfrentada consigo misma y con sus fantasmas resucitados. Los británicos malagueños alzaron aquí sus negocios y sus casas; reciben pensiones que pueden verse afectadas en extremo por la caída de la libra o por la ruptura de la mutua oferta de servicios y derechos como la sanidad o la participación en las elecciones municipales. El pueblo paga los errores de sus políticos. Los tiempos del verbo destruir siempre van más deprisa que los del verbo construir. (más…)