Lunes de juego

7 Ene

Ayer, en la explanada frente al CAC de Málaga, descubrí una rayuela dibujada en el suelo. Miré alrededor por si hubiera sufrido una broma de esas con cámara oculta, o un bucle temporal que me hubiese transportado a mi España de hace décadas. Ningún tiempo pasado fue mejor e imaginen lo que sería tener que padecer de nuevo pantalones de campana, cuellos de camisa en pico y bigotes como turco del siglo XIX. Ningún tiempo pasado fue mejor, aunque todos albergaron sus virtudes. De pequeño, cuando los atributos de la existencia se segmentaban según géneros de un modo más abrupto que hoy, las niñas jugaban a la rayuela. Dibujaban con una piedra o tiza, las casillas numeradas sobre la acera, culminadas por un tejado final curvo; luego, impulsaban la piedra a pequeños puntapiés de saltos a la pata coja y… y no sé más, porque yo me iba junto a los otros niños a pegar pedradas a cuanto bicho viviente, humanos incluidos, se moviera por las calles de mi barrio. Tirar pierdas era casi nuestra ocupación favorita en la que nunca fui bueno, como en ningún deporte. Además, tenía gafas y estaba gordito, lo que me señalaba como víctima en esa pirámide de depredación que los niños alzaban mientras las niñas, pacientes, civilizadas, componían unas cuadraturas sobre un suelo que definían un mundo en sí. Dos modos de emplear las piedras. Creo que desde entonces siento pasión por la mujer. Hay quien clama contra los juegos electrónicos y sus mundos virtuales. Son acusados de actuar como freno a la imaginación y de fomentar la soledad infantil e, incluso, la violencia, así a bulto. Ningún tiempo pasado fue mejor, ni las generalizaciones se adecuan a los humanos. Por ejemplo, eso de que los niños ya no juegan como antes, quizás haya sido un concepto invalidado por la rayuela que descubrí hace un par de días. Se borrará como todas las rayuelas, salvo la de Julio Cortázar, sin que nunca sepamos si alguien logró la puntuación requerida, o si algún zapato juvenil empujó la piedra hasta el final de esas casillas. Quede ahí como un dios al que alguien confió su suerte.

El juego, con independencia del soporte, siempre existirá. Va implícito en las particularidades de nuestra especie que también se caracteriza por algunos elementos positivos, como esta capacidad lúdica que, sin embargo, procuramos reprimir con el tiempo. Nada más solvente para los valores bursátiles que un tipo serio, de esos que no juegan ni con su pilila en momentos de alegría mañanera. Un señor que se viste como hay que vestirse, esto es, sin hacer concesión a la paleta de colores ni a otras prendas que no figuren en un catálogo de almacén también reputado como adusto y grave. Nada más absurdo que tomarse la vida demasiado en serio. Una sucesión de presentes entre dos vacíos que habría que dignificar con risas y alegrías en su justa proporción como todo lo que sienta bien. Recuerdo aquella canción de Juan Perro, la de si te vuelvo a pillar pintando un corazón de tiza en la pared. Habría que comenzar explicando a los niños de casa lo que era una tiza, criados como están en los colegios con los rotuladores y pizarras blancas, cuando no digitales. La rayuela que descubrí implica la existencia de unos padres, casi una madre, que enseñaron tal entretenimiento a sus pequeños, ya sin distinción de género azul o rosa como quieren volver a instaurar en Brasil los iluminados. Las generaciones animales aprenden de sus predecesoras esos comportamientos de recreo. El chico o chica que dispara a los zombis de la tele junto a su familia, adquirirá el grado de violencia que ya usen en casa; igual que quien juegue al ajedrez o a las cocinitas con sus mayores desarrollará en un primer escalón sus iguales destrezas. No hay juego más educativo ni más divertido que el desarrollado junto a papá o mamá, salvo que estos sean los Manson. Entregar unas cajas y conectar unos cables para que el chico o la chica se quede en red frente a la pantalla, escenifica otro método más de aparcar a la prole en un espacio donde no moleste, pero de un modo más moderno, no como antes, cuando todo era mejor.

Rituales

31 Dic

En días como estos no me queda claro si el humano es un animal gregario o preferiría ser un espécimen que cruza en soledad la estepa como si de un viaje místico se tratase. No sé. Ahora, es difícil que el pensamiento trascendente me invada, así, vestido como estoy, con este tanga color rojo de oferta y que pica, al mismo tiempo que se meten por los ojos algún que otro pelito brillante de estos del gorrito cercado por borla y ribete blancos. Los rituales tienen grandes ventajas. Por lo pronto, evita esa molestia del pensamiento. El rector de la Universidad de Salamanca, tranquilizó al rey Fernando VII durante el discurso de bienvenida, cuando aseguró que en aquella institución no había arraigado esa manía moderna de pensar. Ya digo, un engorro tal que ni en los centros educativos lo quieren. Esta mañana, sin ir más lejos, no he tenido que plantearme qué ropa interior iba a ponerme para que, como siempre, me conjuntara con la externa. Me aterra la imagen que de mí se difunda. Si tuviera un accidente mortal, al menos que quede una cierta impresión de mi elegancia entre quienes tengan que asistirme en tan ultimísimo trámite cuando la defensa propia se hace tan difícil. ¿Ven? La muerte, por ejemplo. Los humanos, desde tiempos ancestrales, sabemos que hay que hacer algo frente a ese desorden sobrevenido. Inventamos un mundo más allá, establecimos un color para la tristeza social, y articulamos unas determinadas frases hechas para la ocasión de acuerdo con el grado de cercanía al finado o a sus familiares. Pero no nos pongamos truculentos que hoy no toca. El procedimiento para abordar este día nos indica que no es apropiado sumirse en ideas tan luctuosas, cuando una buena parte de la humanidad femenina va a usar escotes y tirantes vertiginosos, mientras la masculina se limitará a las peculiaridades arriba esbozadas. Y es que el ritual coloca las piezas en su sitio como por sí solas, o las desplaza por extrañeza absoluta, como aquel día que me ofrecieron mantecados y polvorones en un instituto de Salónica en junio.

Los rituales también tienen sus defectos. Hijos y casi esclavos de nuestra tecnología, hemos permitido que nos dicte conductas incluso en las áreas más íntimas de nuestro deambular sorpresivo por este mundo. Imaginen, un guionista de Hollywood se sentía presionado por la productora y en un acto de desesperación creativa sitúa a los amantes desnudos sobre una alfombra de oso, frente a una chimenea y con sendas copas de espumoso en las manos. La cosa pinta de lo más cuco en pantalla. Y ahí están ustedes, retorciéndose sobre el sintético como yo por los picores de este tanga, muertos de frío, a la vez que ahumados como salmón noruego, con una copa de cava caliente entre estómago y vejiga urinaria. Cuando los americanos quieren recalcar que algo es civilizado, bello e incontestable siempre acuden al toque francés. Nosotros ya sabemos de esas discutibles virtudes de nuestros vecinos del norte, fabricantes de regulares quesos, dudosos vinos sacrosantos, y mediocre higiene y modales. Para los americanos representan la esencia del buen gusto. Gracias a ese concepto uno se ha visto bebiendo champaña en el zapato de una dama, edificando cascadas de copas, y derrochándolo como ducha, en lugar de ingerirlo, cuando haya algo que celebrar. Nos aterran los silencios, o una discreta sonrisa a lo Gioconda si la lotería ha tenido a bien arreglarnos la existencia material, la importante, dejémonos de moralidades para pobres. En una lucha permanente contra las características de nuestra especie, nos fijamos en los pavos reales y los gallos salvajes que cortejaban a sus hembras, en los ciervos que se berreaban primero y se cuerneaban después, o al revés, y en qué sé yo. Necesitamos un protocolo de comportamiento, si no diario, sí para festivos. Así, esta noche cenaré con esta vergonzosa ropa interior, tocado por mi gorrito y embutido en traje negro, mientras como unas uvas que odio al soniquete de un campanario equívoco. Y otro ritual que pasa. Que ustedes sean muy felices, de todo corazón.

Hijos de los abuelos

17 Dic

Érase una vez que me encontraba en un bar de El Chorro, patria de mis mayores, y un tipo reprochaba al aire de quien lo escuchara que la juventud no servía para nada, que la gente nueva no era capaz de traer al mundo tantos niños como se hacía antes. Y venga con la murga. Y venga a chillar esas mismas opiniones que nadie le había pedido. Un parroquiano le espetó: “Mira, descalzos y muertos de hambre como los tuyos, crío yo todos los que quieras”. Silencio. La natalidad ha descendido en España hasta los niveles de aquella posguerra cuando la miseria paseaba su rostro desdentado entre los escombros y el luto. Descalzo y muerto de hambre un dictador criaba un pueblo. Como hemos mudado nuestra condición social de ciudadanos a consumidores, nuestras autoridades hoy se preocupan por la repercusión futura que esta merma en la cantidad de recién nacidos tendrá sobre las pensiones y otros gastos. Quizás nuestros políticos sigan creyendo aquello de que los niños vienen de París. Padecemos un sistema productivo tan demencial que tener hijos es cosa de muy pobres o muy ricos, sin término medio. No se trata de un problema de fabricación. Las y los españoles alcanzamos un muy alto lugar en los podios que estudian tanto la frecuencia como la satisfacción en la cama. Las dificultades nacen y crecen en el instante de dar a la luz a esa misma criatura que va a depender de su familia durante más años de los que ambas partes puedan imaginar. Los horarios laborales impiden que la familia se ocupe de la crianza correcta de sus hijos, esto es, de acompañarlos en su aprendizaje tanto académico como vital. Imaginemos los impedimentos para una mujer sola. Los precios de la vivienda consiguen que cuando una pareja se independiza y estabiliza ya tiene unos añitos que rozan y pasan la treintena. La preparación necesaria para que una persona alcance un puesto cualificado que le proporcione un sueldo digno exige también una edad. El dilema se entabla entre el disfrute de la vida con billetes en el bolsillo, o la materno-paternidad. Jamás como ahora el nacimiento ha sido un milagro.

La cohesión social se alcanza mediante los pactos que una comunidad establece entre sí y que la definen como tal, no como una jungla donde cada quien se busca la vida como puede. El orgullo de airear una bandera debe partir de la sensación de protección mutua que conlleva la posesión de un determinado pasaporte; lo demás cae dentro del terreno sentimental, por definición falto de lógica y lleno de sinrazones. La sociedad española ha crecido durante las últimas décadas y ha alcanzado unas cotas de bienestar nunca logradas; sin embargo, tal vez sea necesaria una reformulación de varios acuerdos que hagan posible situaciones tan naturales como el hecho de que una pareja, o una madre sola, puedan no sólo tener niños sino, además, criarlos. El fracaso escolar o el descenso de la natalidad revelan facetas de un mismo problema. Los horarios de trabajo en España combinados con la precariedad laboral y añadidos al disparatado coste que la vida tiene para la juventud, nos abocan a una permanente sensación de zozobra del barco y de desconexión entre la política y la realidad de las aceras. Tener hijos significa conocer el miedo. Si se elige esta opción de modo consciente conlleva una preocupación crónica. Los permisos de paternidad o maternidad, los comedores escolares, las aulas matinales o las desgravaciones ponen parches, poco efectivos según vemos, a unas dificultades que sólo están resolviendo los abuelos que, en lugar de disfrutar de sus nietos, actúan como padres suplentes, clínicas, profesores particulares y un montón de funciones más, irrealizables por parte de la familia. En efecto, si uno no se ocupa de los hijos puede criar todos los que quepan en los dormitorios. Si los niños vienen para recibir el amor y las atenciones que le corresponden, entonces mejor abstenerse en España. Una mala noche condena toda una vida, y una buena, mucho más.

No hay cargo pa tanta gente

3 Dic

Esto de ser andaluz tiene su gracia. No porque seamos graciosos de por sí, que también. Yo sin modestia ninguna, allá por los años setenta, hacía reír a una familia de madrileños que nos acogían en casa para que pudiera acceder al milagro de las lentes de contacto que entonces sólo se producía en la capital. Me ponían delante de toda una concurrencia de aquellas de cuando en España era loable tener 15 hijos, y me hacían preguntas capciosas para que tuviera que responder “zí” con mi ceceo malagueño y niño de Miraflores de los Ángeles, con sus manitas estrechadas detrás como gesto de miedo, incertidumbre y sumisión a un mismo instante. Mis padres ni sabían qué decir. Ayer, Pilar Rahola se despachó en un artículo sobre lo canallesca que ha sido la campaña andaluza. Los líderes políticos de aquí se quejaban de la cosa del proceso catalán con el fin de sacar réditos electorales. La tal señora lanza escupitajos hacia arriba por ver sobre quiénes caen. Olvida aquel lema de España nos roba mediante índices delatores hacia Andalucía como Caín acusador. Este hermano colonializado y consumidor vive por lo visto de lujo a costa del vino que trajo a la mesa su otro hermano, el de la raza metropolitana y empresario por más señas. Total que a la vista de los demás, Andalucía ha votado como si esto fuera un sondeíto previo a las elecciones importantes que son las verdaderas. Como aquellas religiones que, de puerta en puerta, ofendían a nuestras madres con su prepotencia evangelical. Resulta que nuestra gracia y ceceo y rencores han liado más la cosa. Quizás por molestar. Al final, o en medio de estas líneas mejor dicho, voy a tener que dar la razón a la Rahola que es que sólo fastidiamos cuando no servimos para hacer reír. Pero los del norte tampoco se aclaran sobre si somos trágicos o cómicos. Aquí Chiquito y mi ceceo conviven con Bernarda Alba y el dolor del cante jondo.

No creo que los resultados sean extrapolables al resto del Estado ni siquiera a los próximos comicios. Un área tan grande como Portugal ha hablado en sus urnas para decir que los dos grandes partidos hegemónicos tienen fuelle, pero menos. Por una parte, Ciudadanos ha irrumpido con fuerza. Con mayor ímpetu ha entrado Vox en una regíón cuya pobreza y dependencia social del clientelismo la volvieron vulnerable, incluso antipática hacia el resto de sus vecinos hartos de regar su césped impoluto para la contemplación de unos subvencionados miserables. Según parece, los desfavorecidos y desahuciados no pretenden más intervención estatal sino menos, tal como se desprende de esa mayoría parlamentaria que cuando escribo estas líneas se consolida en el ala derecha del leve abanico gubernamental. Los discursos iniciales de la izquierda niegan la realidad de las sumas y restas. El Partido socialista se ha quedado sin flotadores y en rumbo de Titanic. Con los actuales papeles en la mano, a cosa de las 11 de la noche, no suman mayoría absoluta ni con Ciudadanos ni con Adelante Andalucía a quienes sobra esa sonrisa y la esperanza prepotente, pero a quienes después asustará el espejo de Dorian Gray. La clave última queda en las decisiones de Ciudadanos. Depende de la imagen que desee ofrecer. Si busca la ruptura con su posición de centro derecha moderada ahí tendrá la mano del PSOE que deberá sumar, además, la de la imprevisible izquierda podemista para que un gobierno sea viable aunque breve. Si Ciudadanos se quiere revelar como el paladín del cambio en Andalucía, imagino que el PP le estará haciendo ya ojitos para que la añeja guardia socialista suelte los palos del billar. Tendrá que pactar con la ultraderecha voluntarista e irrealizable de Vox. Ahí queda el toro para ver quién salta a la plaza con suficientes oropeles. Los partidos hegemónicos no convencen ni a su propio electorado. El fiel de la balanza depende de Ciudadanos y del juego que uno u otro extremo le quieran otorgar a una hipotética coalición. Pero no hay cargos pa tanta gente. Ojalá mi tierra tome su rumbo al margen de las decisiones que los grandes grupos tomen más allá de Despeñaperros.

Infidelidad

5 Nov

Un estudio realizado por una firma de perfumes ha sondeado las causas de la infidelidad en la pareja. Aduce tal cantidad de motivos que, al final del informe, uno (al menos yo) se pregunta por qué nos obcecamos con mantener, así en convencional, el concepto de pareja si comprobamos que se trata de una de esas instituciones que se pasa el día a la busca de una llave con la que abrir la cárcel semántica donde fue adscrita en el diccionario. Cuánto magnífico sacerdote ha perdido la iglesia católica, por ejemplo, por su mantenimiento del celibato en el siglo XXI. Yo no soy católico, pero sí varón sexuado, lo que, según la investigación aludida, me convierte en posible víctima de mi propia condición humana. No sabré mantenerme lejano a las tentaciones y su abismo, que habría escrito desde una moral teísta. Considero, y piensen que esto es sólo una opinión en La Opinión antes de escoger las piedras, que el ser humano es promiscuo por su propia naturaleza de simio con insatisfacción crónica, por lo que la monogamia se incluiría dentro del terreno cultural, uno de los territorios más indeterminados y mudables que existen. Toda convención se establece casi para ser vulnerada por la condición inconformista que provocó que no permanezcamos subidos en un árbol, o junto al mismo río que nos quitó la sed como especie. Somos así, y como tal debemos reconocernos para poder juzgar nuestros actos. La pareja siempre compondrá una ecuación compleja cabalgada por dos incógnitas existenciales, y eso dificulta mucho más las soluciones que si estuviera trazada por su x y su y, como todos aquellos ejercicios que siempre me suspendieron mis profesores de matemáticas. Hoy conocemos incluso insensatos que quieren que se amplíe a más de dos, como si una o un semejante fuese poca condena. Nuestra sociedad, en general, no puede admitir una cucaracha en el plato o un revuelto de hormigas y saltamontes, del mismo modo que no soporta que un miembro de la pareja sienta deseo por otra persona.

Siempre que escribo sobre estos temas, aparece Edgar Neville para susurrarme aquella descripción suya del matrimonio: esa carga tan pesada que necesita 3 para llevarla. Yo creo que se necesitan entre cero e infinito, según los cómo, dónde y porqués. Trabajamos un montón de horas lejos de casa, viajamos, comemos fuera y los vínculos de grupo laboral enuncian un componente importante de ese sudor con el que nos ganamos el pan cada jornada. Entre el remolino de estos complementos circunstanciales es casi imposible no conocer a alguien por quien sentir atracción, y la más natural de las atracciones, la que nos negamos de entrada, la sexual. Ahí se abren varias ventanas a lo desconocido donde la relación íntima, también hija de la cultura y la convención, adquiere el colorido de las plumas de un pavo real en pleno celo. Platón habló de un mundo de las ideas inmutable, y otro cambiante de la materia. San Pablo, platonizó la escasa doctrina cristina fundada en el “ama al prójimo” y, a partir de ahí, condenó la sexualidad para occidente y sus colonias por ser propia de la putrefacción en que finaliza toda la carne. El espíritu, sea lo que fuera, carece de sexo. Una persona conoce a otra, no sé, una noche de copas y acaban en la cama por cualquiera de los muchos motivos que la compañía cosmética ya conoce. Lo que ha sido un acto en sí humano se transforma en tristeza. Aún, de modo inevitable, estamos presos por raíces ideológicas de hace dos mil años, expuestas para un mundo que ni se parecía al nuestro en sus lindes. No voy a erigirme en apóstol del poliamor, pero mirado con sosiego es tan natural, tan inevitable como que las feromonas compatibles de esa otra persona activen esos órganos que nos recuerdan que seguimos vivos. Las multinacionales lo saben y estudian estos asuntos del corazón para sacarnos dinero. Mucho menos hábiles que el capital, hemos construido una sociedad que nos aprisiona tanto con sus dictados que somos incapaces de mirarnos al espejo para confesarnos con una sonrisa sincera que fuimos felices durante esos instantes que nos concedió la vida.