Divinas palabras

11 Sep

Uno de mis primos es un hombre rural, feliz con sus animales y plantas. Me enseñó que destruir es muy fácil y construir muy complicado. Sabe de las dificultades para que el ganado prospere y del azar que planea sobre la planta que germina. Mi primo está pendiente de la vida. Yo me limito a ir al supermercado y compro una bandeja de filetes, el pan que nos regala el trigo y las frutas ya sin temporada. No me preocupo cuando derruyen un edificio en pocas horas y la maquinaria lo erige en pocos meses. No advierto los ciclos vitales y, por eso necesito que mi primo me los descubra con esa sabiduría elemental que, como el sentido común, es casi la primera que se olvida entre el ajetreo de los semáforos y el afán nuestro de cada jornada. En estos días hemos comprobado, con tristeza por parte de muchos ciudadanos, que un sector de nuestra sociedad ansía la ruptura con el resto. La independencia de Cataluña afecta al sentimiento entre otras cosas. Oí a Antonio Banderas en cierta entrevista que era como enterarse de que ya no eras válido para uno de tus amigos. A Cataluña se la quiere, y mucho, por más que ciertas voces pretendan dibujar una situación histórica de indiferencia e incluso de odio sobrevenido desde el resto de España a la que esbozan para oídos devotos de la ignorancia, como si fuera los Balcanes. Construir es muy complejo, destruir muy sencillo y rápido. Incluso incendiar los ánimos de una masa es bastante más fácil de lo que parece como bien saben los publicistas, los expertos en mercadotecnia, o los nazis. La sensatez y el pensamiento reposado exige dedicación, cultivo en el sentido de cultura, y miedo a dar los pasos equivocados, por más que el error sea una de las madres del éxito. Hoy tienen voz políticos y políticas que se expresan mediante lemas. El lema sirve para vender, es eficaz para clavar una idea tal como el que lanza un dardo a una diana, pero en nada se parece a la exposición de un concepto. Espanya ens roba, L’Espanya subsidiada vive de la Catalunya productiva y otras lindezas como esta han actuado como catalizadores de odio y abrevadero de la sinrazón para que nos encontremos en esta penosa tesitura que hoy padecemos.

Hubo un tiempo en que las misas y los grandes discursos se expresaban en latín, lengua considerada pura frente a la degeneración de sus idiomas derivados. El pueblo escuchaba, atendía pero no entendía. Acataba porque así lo había aprendido de sus mayores. Eran divinas palabras y servían para ordenar, justificar o consolar con el mismo vigor con que hoy actúan los lemas. Llegó la muerte de dios y dos guerras mundiales asolaron la conciencia del hombre europeo; el horror floreció en postmodernidad y una de las ramas de ese árbol fundamentó sus nudos en la duda perpetua y la puesta en tela de juicio de todo. Este aspecto, en principio tan positivo, derivó por otras ramas hacia un perroflautismo incendiario al que le encanta basar su ideología, más que sus ideas, sobre aquel lema del cuanto peor, mejor, pólvora para las pistolas de ETA, por ejemplo, y doctrinario actual de cuantos quieren asolar la convivencia de la sociedad española sin explicar tampoco qué quieren edificar y, sobre todo, recordando a mi primo, cómo, en cuánto tiempo y qué conseguiríamos con la destrucción de España. Ese cuestionamiento perpetuo del todo que no distingue partes ha virado hacia la intransigencia del no cuestionamiento de sí mismo. Califica al otro con el lema de pensamiento único en el momento en que no siga sus directrices, más que razones, y se queda tan pancho. España no es sus poco ejemplares monarcas, ni el gobierno del PP, ni Madrid; todo eso es cuestionable antes que propagar la quiebra a ciegas de un grupo humano con vínculos de todo tipo, también sentimentales. Necesitamos otras divinas palabras que expliquen, que desmientan y que unan. Mi primo asimiló la paciencia del árbol y descubrió que cada cosa tiene su tiempo. Esperemos las palabras divinas que conjuren los lemas de la destrucción. Por Catalunya.

Plurinacional

19 Jun

Pedro Sánchez apuesta por una España plurinacional, quizás como guiño a posibles votantes nacionalistas de su nación, quizás porque la prudencia sea una virtud poco valorada entre nuestros líderes políticos. El problema de España brota desde esa profunda y mantenida desigualdad entre sus regiones. Aquella España húmeda y seca de la que hablaban los libros de geografía podría traducirse como la España pobre y la rica. Gibraltar no es español porque sus habitantes disfrutan de un nivel de vida a la inglesa, esto es, con una renta per cápita que los impulsa cada mañana a entonar con fervor el God save the Queen. Los pasaportes se desean según sus beneficios colaterales. Casi todos los estados son plurinacionales por definición, excepto casos como Luxemburgo o Liechtenstein que no cumplen esa cualidad por una obvia falta de espacio. La patria se establecía para los romanos como el sitio en que habían nacido los mayores, los padres, por tanto conlleva una carga sentimental y una ausencia de precisión política a partes iguales. El estado es un modo de organización política y social con fronteras definidas, obligaciones y derechos. La ideología romántica decimonónica inició la identificación de patria con estado. Humboldt proclamó que la lengua es el alma de los pueblos y tal aserto contribuyó al nacimiento de Finlandia o Grecia, desgajadas de sus respectivos imperios ruso y otomano, a la vez que sembró semillas de reivindicación de lo propio en estados como España, donde el vasco, una de las madres del castellano, o el catalán, una de las hermanas del castellano, sirvieron como fulminante de una pólvora que ya comenzaba a basarse en la superioridad moral y racial de catalanes y vascos frente a al resto de degenerados peninsulares que no habían conocido la revolución industrial ni los parabienes que depara una sociedad donde prosperen amplias capas de clase media y burguesía. Durante gran parte del siglo XX, en efecto, la España seca sólo cobijó ganapanes bajo las botas de señoritos de fusta, caballo y una absoluta incapacidad para generar una riqueza que no se basara en la explotación de sus semejantes.

Fue Alfonso Guerra, tan socialista como Pedro Sánchez, quien alertó de que los nacionalismos catalán y vasco jamás cesarían en sus exigencias y amenazas al Estado. Un caso curioso de metrópolis que quieren separarse de sus colonias incómodas por pobres y subdesarrolladas, en buena medida por ese carácter de colonias a las que los economistas de Franco las abocaron cuando invirtieron los recursos del Estado en aquellas dos zonas y condenaron a la emigración interior al resto del país, patria, nación, sociedad o como cada quien quiera llamar a aquel cuartel que el generalísimo montó. Lo que siempre me ha resultado llamativo es que la izquierda no nacionalista defienda ese presunto derecho de los ricos a ser insolidarios con los pobres. La pobreza es fea, ya lo sabemos. Incluso huele mal y avejenta a quien la padece, pero dar la razón a quien exhibe como argumento que España le roba va más allá de toda lógica política. En efecto, tanto en País Vasco como en Cataluña, la cantidad de declaraciones de la renta que superan pongamos los 50.000€ es mayor que en Andalucía, por tanto aportarán más dinero a las arcas comunes. Eso se llama solidaridad social, el mínimo elemento exigible para la construcción de una sociedad moderna que no sea un charco de cocodrilos rabiosos. Y aquí surge la paradoja, las mismas formaciones ideológicas que llenan sus panfletos y mítines con sentencias alusivas al reparto de la riqueza y a esa imprescindible solidaridad que evite la guerra de clases apoyan las pretensiones de los ricos para dejar de compartir riqueza con los pobres. La eurofobia, el Brexit, los ultras en Francia u Holanda o las reticencias alemanas a una mayor integración económica son reflejo de ese mismo fenómeno, tan humano, que se llama egoísmo y que la propia izquierda de la internacional proletaria pretende adornar bajo el eufemismo de plurinacional.

Pensamiento único

12 Jun

La semana anterior, para anunciar la consulta sobre la independencia de Cataluña, el presidente Puigdemont instaba a rebelarse a los votantes contra el país del pensamiento único, en referencia el estado español. Así están las cosas, según sentencia de filósofo de codo en barra. Recuerdo una columna que Alfonso Canales publicó en este periódico en la que centraba los tiros sobre la, entonces, reciente manía idiomática de comenzar cualquier frase con la muletilla “la verdad es que”, como si el hablante tuviera que exorcizar la tentación de mentir en cada afirmación. El poeta se habría horrorizado con la actual variante de “en verdad” con la que todos los jóvenes, comprendidos hasta los 53 años que profeso, inician el discurso. También recuerdo otro magnífico texto de mi querido Álvaro García en el que abordaba el tema de referirse “al tema” para introducir cualquier tema. El tema es que son modas que, como el prêt-à-porter, pues eso, unas quedan al fondo del baúl y no regresan, mientras otras conocen una especie de reencarnación crónica, como las gafas de pasta o esas horribles sandalias romanas. El idioma tiene sus manías. En ocasiones, el vocablo al uso vuelve a la vida pero como un zombi, esto es, sin su alma originaria. Existe, oímos su sonido pero, en realidad, ya es otra palabra con un significado, un alma, diferente; en la mayoría de las ocasiones, debido a intereses de uno u otro tipo. Eso que los filólogos llaman en su jerga, las connotaciones. Así, el término “fascista”, a modo de revancha histórica, cuando se arroja provoca ahora parecidos efectos a los de “rojo” durante la dictadura. Yo oí a un camarero que se quejaba del vecino que protestaba su volumen de música a las tantas de la madrugada mediante el breve descalificador que lo señalaba como fascista. Dícese del ciudadano que pretende dormir en su propio domicilio. Discusión zanjada tal y como en la posguerra alguien soltaba por los mentideros del pueblo que fulanito era un rojo y la brigadilla se encargaba de eliminarlo y arruinar a la familia. Rojo, dícese de quien tiene algún bien de interés para alguien.

La precisión en el uso de las expresiones es importante por aquello de entendernos y comprender el mundo que nos rodea sin que amanezca como un trampantojo perpetuo. El tema es que, en verdad, uno puede acabar viendo fascistas o rojos en todos aquellos semejantes que nada tengan que ver con una u otra ideología. Y aquí llega lo del pensamiento único. Siempre que he oído al alguien acusar a otros de estar poseídos por eso del pensamiento único, así sin una definición previa de qué oculta tal sintagma, es porque no pensaban como el amo del dedo que señala. El pobre éxito de lecturas, Carlos Marx, tan inspirador de ventoleras en su nombre, avisaba de que la ideología es el peor enemigo de la idea. Diógenes, el perro, buscaba a algún hombre razonable con un farolillo encendido en mitad del día por las calles de Atenas. Descartes comienza dudando de todo para iniciar su método de pensamiento. Kant dedicó su vida entera a ordenar sus ideas por unos caminos que considerara adecuados. Perdón por la andanada de nombres. Estás con una cerveza en la mano, charlando de la nada y cualquiera se atreve a espetarte en las narices que tal o cual opinión la emites porque estás preso del pensamiento único, como si el pensamiento pudiera ser único, según su propia y libre condición. Pues ahí queda ya otro político que arenga contra el pensamiento único que, en este caso, por fin descubierto, oh milagro, coincide con unas determinadas fronteras y una serie de ideas que no militan en la ideología con la que él maneja la realidad que se le presenta cada mañana. A pesar de mi juventud, arriba manifestada, en verdad la vida me ha enseñado a desconfiar de esos salvadores que aparecen con una fórmula mágica en una chistera, por lo general, tapizada por la desconsideración hacia quienes están inmersos en ese indeterminado pensamiento único, siempre muy distante al de quien lo invoca. Esas modas discursivas nunca son inocentes.

Alguien limpiará esto

29 May

La afluencia de turistas crece en nuestra Costa. Cada cifra pulveriza la previa con el mismo frenesí con el que los aviones aterrizan casi a la vez en el aeropuerto de Málaga, uno de los 4 principales de España y hasta de Portugal. Los alquileres de coches regresan a kilometrajes anteriores a esa crisis considerada ya agua pasada, en los círculos financieros y macroeconómicos. La mayoría de indicadores, excepto el déficit público, progresan adecuadamente como escolar de primera fila. Sin embargo, las y los vigilantes privados de nuestro significativo aeropuerto, objetivo terrorista, o las camareras de piso, las kelis, así en jerga cool y siempre en femenino, las que limpian, protestan contra unas condiciones laborales y salariales impropias para este nuevo vigor económico con el que nuestras tierras amanecen cada mañana. En ambos casos nos referimos a trabajadores con posibilidad de organización frente a una patronal definida y, al menos, con la capacidad para hacer oír su voz en algún foro y en la magistratura de trabajo. Como en aquel cuento de Calderón de la Barca, siempre vendrá detrás alguien que se coma las sobras que maldices. Esto es, no hay que darle muchas vueltas para imaginar las miserias que estarán sufriendo las y los trabajadores de empresas con relaciones y radicaciones más difusas como camareros de bares pequeños, dependientes de comercios sin marca o quienes limpien y mantengan este tipo de negocios. La Edad Media continúa vigente pero sin feudalismo, lo que en realidad era un engorro y un fastidio para los señores porque a las criadas o a los siervos de la gleba que vigilaran sus intereses y propiedades, siempre había que vestirlos y procurarles casa y comida. A partir de la llamada caída del Antiguo Régimen, la cosa fue mejor para los de siempre. Se entregaban unas monedas a los esclavos y estos tenían que alquilar casa, comprar comida en supermercados cotizados en bolsa y vestirse en multinacionales que dependen de grupos financieros. La jugada no podía ser más redonda. Escribanos y otros próximos a la corte mantendrían un aceptable nivel de vida, mientras que el pueblo, pues eso, a ejercer de pueblo que para eso está y ahora libre, sin vínculo con los amos.

La diferencia entre una sociedad y una charca de cocodrilos con himno, bandera y pasaporte, radica en la mutua protección que unos se dan a otros en la primera, mientras que la segunda sólo erige una especie de piscifactoría humana de donde las clases altas extraen sus prostitutas, órganos para trasplantes, segadores, fregonas y matarifes. No predico el comunismo ni de lejos. Las empresas turísticas tienen que generar beneficios, y nuestra Málaga debe exhibir los suficientes atractivos para que todo tipo de negocio realice inversiones seguras y rentables, pero no a costa de los sueldos de las y los trabajadores. El trabajo se realiza, no se padece. El modelo de ciudad diseñado por nuestro consistorio ha conseguido elevar el alquiler de la vivienda por encima de los 600€, y eso lejos del centro. Si a una cesta de la compra saludable y mediterránea, le añadimos facturas vitales como transporte, electricidad, agua y ropa, también adecuada, descubrimos que una trabajadora que contempla cómo llego de la piscina para irme a la discoteca mientras recoge y limpia mi cuarto, debe cobrar un mínimo de 1200€ en mano para sobrevivir. Mi ilusión de Estado, de sociedad, sería que también pudiera ahorrar para permitirse unas vacaciones y descansar la espalda como si perteneciera a la clase obrera suiza, luxemburguesa o sueca. El sector turístico malagueño debe representar un filón pero para toda la cadena productiva, lo demás es avance hacia el pasado de miseria e inestabilidad. Nuestros argumentos de venta del territorio se tienen que basar en infraestructuras modernas, seguridad ciudadana, sanidad medioambiental, calidad de nuestros productos, eficacia y profesionalidad del servicio y, sobre todo, en paz social, esto es, el índice de sonrisas frente al espejo con que cada ciudadano se levanta para cumplir con esa maldición bíblica del trabajo que, si permite vivir como personas, no como menesterosos, se hace menos infame.

Morir sobre la bicicleta

15 May

Aún impactados por el atropello de varios ciclistas en Valencia, nos sorprendemos con otro de parecidas características en Tarragona. A veces el destino siembra las desgracias en surcos de eco para recordarnos nuestra naturaleza mortal. Pocas certidumbres hay tan indiscutibles. Otra cosa sería la discusión sobre el camino que conduce hasta ese punto final. Un personaje de Woody Allen, locutor de telediario, informaba a su audiencia de que, según declaraciones de la norteamericana Asociación Nacional del Rifle, la muerte es un hecho natural. Y, en efecto, existe quien contempla la vida con esa simpleza que no hace sino arrimar el ascua a sus intereses, además de allanar cualquier tipo de razonamiento, esa característica humana que debería de provocar una actitud contraria a la de sentarse a ver cómo pasa la existencia igual que el río de la canción. Con la edad me he vuelto determinista para algunos asuntos, no para otros. Por ejemplo, cuando me muera no faltará quien diga que nunca me cuidé, entendiendo por tales cuidados lo de practicar deporte, dieta mediterránea, dormir sus horas, usar preservativo y beber alcohol con mucha moderación. En efecto, no me acuesto más que cuando mi cuerpo se rebela contra mí y me obliga a ello, no tengo problemas con la comida basura, no voy a hablar de mis relaciones, y soporto el sector hostelero sobre mi hígado. No se trata de hacer una apología de la vida canalla. Considero la existencia una trinchera de la que he visto partir a amigos que jamás trasgredieron una norma. En fin, a partir de una edad vivimos la propina de Dios, como expresó Raymond Carver. Pero ya he dicho que para otras muchas cuestiones no soy nada determinista, puesto que implicaría aceptar la casualidad y, por desgracia para mí, ni creo en casualidades ni en otra vida más allá, lo que me condena a convivir con mis contradicciones, a considerar la existencia una y finita, y a tener que analizar cualquier fenómeno desde sus premisas con mi tan maltratado cerebro.

Hubo un tiempo en que me dio por esa vida que aconsejan los manuales médicos, para mí discutibles, y me entregué a la bici. Compré una preciosa mountainbike cromada y sobre su sillín violador me lancé a la aventura, casi filosófica, de recorrer caminos. Una vez hecho a la mística del pedaleo, pretendí que la bici sustituyera a mi coche para los desplazamientos hacia el trabajo. Alhaurín de la Torre-Avenida de Velázquez, y vuelta. Esa pretendida vida sana duró hasta el día en que un enorme tráiler se dirigía por su desviación correspondiente hacia el aeropuerto, al mismo tiempo en que otro igual me adelantaba por mi izquierda. Me vi entre dos camiones. No creo que jamás un humano haya pedaleado tan rápido como yo durante aquellos segundos. Encima, dada mi incapacidad para aprender las lecciones que la vida me pone al paso, decidí volver a dejar aparcado el coche hace pocos meses y compré otra bicicleta, esta vez para ciudad. Abandoné tal idea cuando la segunda caída en las curvas del carril bici que conduce desde el Parque de Huelin hasta la Torre Mónica. La muerte sobre las ruedas de una bicicleta no ejemplifica un hecho natural, como proclama la Asociación del Rifle sobre la producida por una bala. Nuestra civilización está construida y pensada para el coche. Sólo se puede salir de las ciudades por una autopista. El trayecto en bicicleta entre Málaga y Torremolinos, por ejemplo, significa un intento de suicidio porque ni siquiera es posible el paso para el peatón por el puente sobre el Guadalhorce. Los carriles bici en Málaga son ridículos y muy peligrosos como ya advirtió la OCU. Los trazados viarios riman con los intereses inmobiliarios antes que con los de movilidad efectiva y sin humos. Los ciclistas se ven abocados a carreteras secundarias, como la de los Montes, donde dependen de que los conductores no cometan ningún fallo al volante. Esas muertes tan casuales son producto de la combinación de varias torpezas humanas, no el resultado de la ceguera de un dios.