O crías o trabajas

11 Mar

Los días señaladitos se suelen quedar en eso, en jornadas de reivindicación. Cada una de las deidades hoy mayoritarias exigieron sus fiestas de guardar. Los humanos rellenamos los calendarios laicos con remembranzas de una u otra efeméride. Los dioses se comportaban como novias antiguas de aquellas a las que los mozos labriegos tenían que dedicarles, al menos, un día a la semana en que se enjabonaban todo lo que podían, se medio afeitaban, montaban la mula y se marchaban hacia la cortijada correspondiente para charlar con la amada de sus ojos, previo permiso, paterno, por supuesto, a través de la reja e incluso de la gatera, esto es, la pequeña puerta a ras de suelo por la que entraban los gatos a la casa. Imaginen la estampa de un chico tumbado en el suelo o agarrado a una verja repleta de macetones. Incluso así se cuenta que hubo embarazos en más de un pueblo de nuestra geografía celta e ibera. Cursificando mucho el refrán, cuando las ganas de sexo aprietan, ni el trasero de los cadáveres se respeta. Y es que las leyes de la vida redactan un código, en demasiadas ocasiones ajeno a las normas y costumbres de los humanos que, desde hace muchos milenios, se caracterizan por una cuestión: la hembra siempre pierde en este juego vital, al que los machos suelen acudir con dados trucados. Aquello sucedía en tiempos de nuestras abuelas. En el mejor de los casos, la situación se saldaba con un par de horas teatralizadas durante las que el padre, correa en mano, descargaba la ira sobre la madre, interpuesta para que la futura mamá no recibiera ningún golpe; tras rápido viaje, escopeta a la espalda, hasta la casa del presunto embarazador, se arreglaba una boda sin muchas alegrías para no ofender a la santa madre iglesia. En el peor de los casos, la chica finalizaba el episodio en cualquier burdel de la capital, desde donde algún cliente llevaría noticias suyas a ese pueblo en que figuraba como difunta para parentela y allegados. Hoy, a pesar de los muchos avances sociales conseguidos desde aquellas españas oscuras, la mujer aún sigue siendo víctima de la maternidad, aún convertida en motivo casi de pésame más que de gozo.

De esos grandes pactos que la sociedad española aún tiene sobre la mesa sin que ningún gobierno los aborde junto a los demás grupos políticos, según la definición de pacto, el de la conciliación de la vida laboral y familiar, es el que desarrollaría soluciones al problema del fracaso escolar, al de las pensiones futuras, puede que al del desempleo y, seguro, conllevaría un aumento de la felicidad colectiva, lo que tal vez redundase en un necesario incremento del sentimiento de cohesión territorial. Los horarios laborales junto con el modelo productivo español son ineficaces. Imaginemos una familia donde ambos cónyuges trabajen en el sector servicios. Los hijos son criados por quien sea menos por quienes tienen que encargarse de su educación, su familia, sea homo, hetero o mono. El consejo que casi siempre doy a quienes me consultan cómo puede mejorar el rendimiento académico de sus hijos, es el de que se sienten junto a ellos para hacer las tareas escolares. No que las hagan o que ejerzan de docente, no, que permanezcan junto a sus hijos mientras estudian o realizan deberes. La mayoría de las familias no puede hacer algo tan elemental como este hecho de ocuparse de sus hijos. Se encuentran por la noche y con el ánimo más que acabado. Mi amiga Marina trabaja para una empresa moderna que le ha abierto las puertas a una maternidad satisfactoria. Tiene dos hijas pequeñas y la empresa le ha permitido trabajar desde casa. Organiza su jornada, su productividad no desciende, al tiempo que la rentabilidad de la empresa aumenta porque una trabajadora satisfecha e implicada, vale por dos. Es imposible la distancia en empleos de baja cualificación como camarera o limpiadora; es inabarcable ser madre con horario comercial. La situación de nuestras abuelas se ha modernizado, hoy mandamos al desempleo a las embarazadas, o condenamos a los hijos a una orfandad de facto con un coste colectivo a medio plazo incalculable. O crías o trabajas.

Low cost

11 Feb

Lamento mucho tener una concepción de la vida que yo llamaría aristocrática. La peor que se puede desarrollar cuando ni te arropan los títulos, ni el capital necesario, ni un apellido de esos que lucen sobre la invitación a cualquier fiesta de nuevo rico, donde suele correr champaña de marcas prestigiosas y unos canapés por los que merece la pena empujar y ser empujado, así como en tumulto silencioso en torno a una bandeja. Según mis directrices íntimas, no menosprecio a nadie por su baja cuna o por ausencia de esa sangre azul que jamás vi brotar tras un buen puñetazo. Mi manía elitista es mucho peor y dañina sólo para mí. Me repelen los actos o situaciones que se encuentren al alcance de un número significativo de humanos. Cuando iba a la playa de pequeño, finales de los años sesenta, aún era posible encontrar rebalajes despejados donde la familia más cercana alzaba su particular chiringuito a cincuenta metros del nuestro. Entre ambas sólo mediaba un rumor de olas y correr de chiquillos. Yo no sabía aún que era un niño de barrio con veleidades elitistas. Ahora llevo años sin pisar una playa o, por ser sincero, acudo cuando el sol ya casi se oculta y las arenas están solas, lo que ha ocasionado incidentes desafortunados, como aquel en que unos buceadores estuvieron a punto de arponearme cuando me confundieron con un manatí hembra. Uno de ellos incluso me ofreció un puñado de algas para que me calmase. Les sorprendía que un mamífero de tal talla supiera insultar en un castellano tan fluido y variado en términos. Soporto un exilio interior. Me pierdo ferias, manifestaciones, rebajas, carreras, y más cuando son populares, y todo tipo de evento donde no disponga de un metro cuadrado alrededor de mí, junto con una cierta dignidad en el acto, lo que me incapacita, según mis parámetros de exigencia, para ese estilo de vuelo moderno que se camufla bajo el apelativo inglés de “low cost”. Sólo falta que los pasajeros vayan pedaleando para ahorrar el combustible.

Una compañía aérea se equivocó, o reconoció ese porte dandi que me caracteriza, y me alojó en primera clase para un viaje de ocho horas. Inocularon el veneno del lujo aéreo en mi mente tan sensible a esas bagatelas. Las azafatas me parecían más sonrientes que las de clase turista, y tan amables que les demostré cuánto ron puede beber un pasajero si te lo ofrecen gratis. No todo funciona como es debido; de hecho, no acudieron a mis llamadas durante la última hora. Sin embargo, aquellos momentos me hicieron imaginar las emociones que debieron sentir los usuarios de esos aviones cuyo interior descubre uno en revistas de aquellas que aún hablaban de estuardesas en lugar de azafatas y que transmiten desde cualquier gesto ese glamour ahora tan perdido. Yo, confieso, también he viajado en vuelos de bajo coste; en el propio pecado sufrí la penitencia. Cuando se abre la llamada para el vuelo se inician unas relaciones entre pasajeros y personal que podríamos calificar como ganaderas. Con esos métodos de embarque que empujan a los clientes por la intemperie de las pistas de aterrizaje eché en falta algún cabrero que nos condujera a base de pedradas hacia el avión. Pero como en el bajo coste prima el ahorro, las compañías no conceden a su pasaje ni las diversiones del rebaño. Una vez dentro de la nave, contemplé el milagro físico de la compresión del espacio. No sólo no quepo en el asiento ni a lo ancho ni a lo largo, sino que en caso de accidente me habían asignado el incómodo papel de víctima mortal; dadas mis dimensiones de manatí no quepo por las puertas de emergencia, ni nadie podría saltar por encima de mí. Cuando publicaron aquella broma de que una compañía aérea propuso vuelos donde instalarían barras como en los autobuses, todo el mundo creyó ese siguiente paso inevitable en esta carrera hacia la vulgaridad y la ausencia de estilo. Como las golondrinas de Bécquer aquellos vuelos tan plagados de atenciones y decoro, aquellos no volverán. Y si regresaran tampoco tendría dinero para pagarlos. A pesar de mis sueños de altura estoy condenado a una existencia low cost.

Taxis

28 Ene

Creo que conduje casi todos los días durante más de treinta años y de todo se cansa uno. Siete coches en mi currículum, junto con el hastío que me provocaba el tráfico por la ciudad, en cada atasco, con cada factura del taller, tras cada prima del seguro, me convencieron para que vendiera el coche y me lanzara hacia las aceras, para mí ya tan extrañas. Si no recuerdo mal, era en “Makbara”, novela de Juan Goytisolo, donde aparecía una alucinada descripción del humano futuro con sus piernas válidas sólo para los pedales del coche. Aquel párrafo me horrorizó cuando joven idealista, luego tuve que acoplarme a esa existencia mía que entregaba su impuesto de horas a los giros de un volante. Aparqué mi carné de conducir en algún cajón de la casa. Me fío muy poco de mis ocurrencias. Con el tiempo he aprendido a perdonarme mis decisiones erróneas y a absolverme de casi todos mis pecados a la mañana siguiente de cuando fueron cometidos. Aquella renuncia al asfalto fue uno de los mejores consejos que me haya dado. Suelo ser mi asesor más inútil, sin embargo me adapté a mi condición pedestre. Disfruto las caminatas de madrugada hasta el metro. Los meses en que puedo montar en bicicleta suelen ser fructíferos surtidores de ideas que se transforman luego en poemas o relatos, absorbidos desde el fondo de la sima subconsciente mediante la cadencia del pedaleo. Uso el tren de cercanías y el de lejanías, y combino los autobuses con los patines eléctricos de alquiler. Dependo de la variedad, eficacia y versatilidad del transporte público para mi vida como trabajador, y todavía más para mi convulsa vida social. Mi voluntad me ha convertido en un usuario obligatorio tanto de los taxis, como de los llamados VTC, según se tercie la coyuntura de cada momento. También utilizo mis piernas a las que echaba de menos, sin que me hubiera percatado de su presencia hasta las primeras agujetas. Soy un paseante.

En todo el conflicto del taxi contra las compañías VTC no he oído hablar de la clientela. Aporto más de cien euros mensuales al bolsillo del gremio. Esa cantidad permite exponer quejas y sugerencias, por ejemplo, en cualquier restaurante. No voy a entrar en esa bronca, pero sí considero que es necesario el desarrollo de una visión crítica y constructiva sobre ciertos aspectos de este engranaje urbano que afectan a la ciudadanía. A pesar de una palpable voluntad por parte de las y los taxistas de modernizar su negocio, aún quedan ejemplos de un servicio más cercano al siglo XIX que al XXI. Existen aplicaciones que permiten solicitar un taxi mediante el ordenador, la tableta o el teléfono móvil e, incluso, que el viaje sea abonado desde el propio programa. Sin embargo, cuando las uso, a veces nadie responde a mi demanda porque aún es reducido el número de conductores agrupados en esas empresas de contacto. No pienso ponerme en la cola de un servicio telefónico que puede ser desesperante durante una urgencia, y me niego a pelarme en una esquina por si yo lo vi primero. No estamos ya en esos tiempos. Las aplicaciones VTC me indican, una vez solicitado el servicio, por dónde circula el vehículo mientras me dispongo a salir, una característica utilísima. En los taxis ni siquiera he podido pagar con tarjeta en múltiples ocasiones. No conozco un aparato de peor calidad ni con tan pésimas baterías como los terminales bancarios de los taxis que, en apariencia al menos, tanto se asemejan a los de otros comercios. He subido a taxis tecnificados en los que, además, la o el taxista muestra todas las consideraciones hacia el pasajero. En otros casos siento que he entrado en la casa del conductor, donde no soy nadie. Que no se molesten mis amigos taxistas, pero se trata de un sector laboral al que aún le queda un largo camino de adaptación a los tiempos y tecnologías presentes. Bloquear a la competencia mediante huelgas será siempre menos efectivo que superarla mediante la calidad. Quizás eso exija un profundo cambio de la concepción del individualismo, del negocio y hasta de las y los pasajeros.

Lunes de juego

7 Ene

Ayer, en la explanada frente al CAC de Málaga, descubrí una rayuela dibujada en el suelo. Miré alrededor por si hubiera sufrido una broma de esas con cámara oculta, o un bucle temporal que me hubiese transportado a mi España de hace décadas. Ningún tiempo pasado fue mejor e imaginen lo que sería tener que padecer de nuevo pantalones de campana, cuellos de camisa en pico y bigotes como turco del siglo XIX. Ningún tiempo pasado fue mejor, aunque todos albergaron sus virtudes. De pequeño, cuando los atributos de la existencia se segmentaban según géneros de un modo más abrupto que hoy, las niñas jugaban a la rayuela. Dibujaban con una piedra o tiza, las casillas numeradas sobre la acera, culminadas por un tejado final curvo; luego, impulsaban la piedra a pequeños puntapiés de saltos a la pata coja y… y no sé más, porque yo me iba junto a los otros niños a pegar pedradas a cuanto bicho viviente, humanos incluidos, se moviera por las calles de mi barrio. Tirar pierdas era casi nuestra ocupación favorita en la que nunca fui bueno, como en ningún deporte. Además, tenía gafas y estaba gordito, lo que me señalaba como víctima en esa pirámide de depredación que los niños alzaban mientras las niñas, pacientes, civilizadas, componían unas cuadraturas sobre un suelo que definían un mundo en sí. Dos modos de emplear las piedras. Creo que desde entonces siento pasión por la mujer. Hay quien clama contra los juegos electrónicos y sus mundos virtuales. Son acusados de actuar como freno a la imaginación y de fomentar la soledad infantil e, incluso, la violencia, así a bulto. Ningún tiempo pasado fue mejor, ni las generalizaciones se adecuan a los humanos. Por ejemplo, eso de que los niños ya no juegan como antes, quizás haya sido un concepto invalidado por la rayuela que descubrí hace un par de días. Se borrará como todas las rayuelas, salvo la de Julio Cortázar, sin que nunca sepamos si alguien logró la puntuación requerida, o si algún zapato juvenil empujó la piedra hasta el final de esas casillas. Quede ahí como un dios al que alguien confió su suerte.

El juego, con independencia del soporte, siempre existirá. Va implícito en las particularidades de nuestra especie que también se caracteriza por algunos elementos positivos, como esta capacidad lúdica que, sin embargo, procuramos reprimir con el tiempo. Nada más solvente para los valores bursátiles que un tipo serio, de esos que no juegan ni con su pilila en momentos de alegría mañanera. Un señor que se viste como hay que vestirse, esto es, sin hacer concesión a la paleta de colores ni a otras prendas que no figuren en un catálogo de almacén también reputado como adusto y grave. Nada más absurdo que tomarse la vida demasiado en serio. Una sucesión de presentes entre dos vacíos que habría que dignificar con risas y alegrías en su justa proporción como todo lo que sienta bien. Recuerdo aquella canción de Juan Perro, la de si te vuelvo a pillar pintando un corazón de tiza en la pared. Habría que comenzar explicando a los niños de casa lo que era una tiza, criados como están en los colegios con los rotuladores y pizarras blancas, cuando no digitales. La rayuela que descubrí implica la existencia de unos padres, casi una madre, que enseñaron tal entretenimiento a sus pequeños, ya sin distinción de género azul o rosa como quieren volver a instaurar en Brasil los iluminados. Las generaciones animales aprenden de sus predecesoras esos comportamientos de recreo. El chico o chica que dispara a los zombis de la tele junto a su familia, adquirirá el grado de violencia que ya usen en casa; igual que quien juegue al ajedrez o a las cocinitas con sus mayores desarrollará en un primer escalón sus iguales destrezas. No hay juego más educativo ni más divertido que el desarrollado junto a papá o mamá, salvo que estos sean los Manson. Entregar unas cajas y conectar unos cables para que el chico o la chica se quede en red frente a la pantalla, escenifica otro método más de aparcar a la prole en un espacio donde no moleste, pero de un modo más moderno, no como antes, cuando todo era mejor.

Rituales

31 Dic

En días como estos no me queda claro si el humano es un animal gregario o preferiría ser un espécimen que cruza en soledad la estepa como si de un viaje místico se tratase. No sé. Ahora, es difícil que el pensamiento trascendente me invada, así, vestido como estoy, con este tanga color rojo de oferta y que pica, al mismo tiempo que se meten por los ojos algún que otro pelito brillante de estos del gorrito cercado por borla y ribete blancos. Los rituales tienen grandes ventajas. Por lo pronto, evita esa molestia del pensamiento. El rector de la Universidad de Salamanca, tranquilizó al rey Fernando VII durante el discurso de bienvenida, cuando aseguró que en aquella institución no había arraigado esa manía moderna de pensar. Ya digo, un engorro tal que ni en los centros educativos lo quieren. Esta mañana, sin ir más lejos, no he tenido que plantearme qué ropa interior iba a ponerme para que, como siempre, me conjuntara con la externa. Me aterra la imagen que de mí se difunda. Si tuviera un accidente mortal, al menos que quede una cierta impresión de mi elegancia entre quienes tengan que asistirme en tan ultimísimo trámite cuando la defensa propia se hace tan difícil. ¿Ven? La muerte, por ejemplo. Los humanos, desde tiempos ancestrales, sabemos que hay que hacer algo frente a ese desorden sobrevenido. Inventamos un mundo más allá, establecimos un color para la tristeza social, y articulamos unas determinadas frases hechas para la ocasión de acuerdo con el grado de cercanía al finado o a sus familiares. Pero no nos pongamos truculentos que hoy no toca. El procedimiento para abordar este día nos indica que no es apropiado sumirse en ideas tan luctuosas, cuando una buena parte de la humanidad femenina va a usar escotes y tirantes vertiginosos, mientras la masculina se limitará a las peculiaridades arriba esbozadas. Y es que el ritual coloca las piezas en su sitio como por sí solas, o las desplaza por extrañeza absoluta, como aquel día que me ofrecieron mantecados y polvorones en un instituto de Salónica en junio.

Los rituales también tienen sus defectos. Hijos y casi esclavos de nuestra tecnología, hemos permitido que nos dicte conductas incluso en las áreas más íntimas de nuestro deambular sorpresivo por este mundo. Imaginen, un guionista de Hollywood se sentía presionado por la productora y en un acto de desesperación creativa sitúa a los amantes desnudos sobre una alfombra de oso, frente a una chimenea y con sendas copas de espumoso en las manos. La cosa pinta de lo más cuco en pantalla. Y ahí están ustedes, retorciéndose sobre el sintético como yo por los picores de este tanga, muertos de frío, a la vez que ahumados como salmón noruego, con una copa de cava caliente entre estómago y vejiga urinaria. Cuando los americanos quieren recalcar que algo es civilizado, bello e incontestable siempre acuden al toque francés. Nosotros ya sabemos de esas discutibles virtudes de nuestros vecinos del norte, fabricantes de regulares quesos, dudosos vinos sacrosantos, y mediocre higiene y modales. Para los americanos representan la esencia del buen gusto. Gracias a ese concepto uno se ha visto bebiendo champaña en el zapato de una dama, edificando cascadas de copas, y derrochándolo como ducha, en lugar de ingerirlo, cuando haya algo que celebrar. Nos aterran los silencios, o una discreta sonrisa a lo Gioconda si la lotería ha tenido a bien arreglarnos la existencia material, la importante, dejémonos de moralidades para pobres. En una lucha permanente contra las características de nuestra especie, nos fijamos en los pavos reales y los gallos salvajes que cortejaban a sus hembras, en los ciervos que se berreaban primero y se cuerneaban después, o al revés, y en qué sé yo. Necesitamos un protocolo de comportamiento, si no diario, sí para festivos. Así, esta noche cenaré con esta vergonzosa ropa interior, tocado por mi gorrito y embutido en traje negro, mientras como unas uvas que odio al soniquete de un campanario equívoco. Y otro ritual que pasa. Que ustedes sean muy felices, de todo corazón.