Chernóbil, una lluvia atómica que baña a los niños

5 Jul
Frame de la serie “Chernobyl” de HBO.

Frame de la serie “Chernobyl” de HBO.

Un espacio de silencio, un desierto, bloques de casas vacías como las tripas vacías de un animal muerto, jardines, aceras, plazas inhabitadas, un mapa dibujado en blanco como ese mapa cuyo tamaño coincidía con los límites del Imperio en la obra de Jorge Luis Borges. Estamos en Prípiat, a escasos kilómetros de la central nuclear de Chernóbil.

El 26 de abril de 1986 aconteció una de las peores catástrofes humanas sobre la faz de la tierra. La planta nuclear de Chernóbil, que por aquel entonces pertenecía a la República Socialista Soviética de Ucrania, explotaba causando uno de los mayores desastres medioambientales de la historia. La cantidad de radiactividad liberada fue unas 500 veces mayor que la de la bomba atómica de Hiroshima en 1945. Todo ocurrió de madrugada.

“Chernobyl” es una miniserie de cinco capítulos creada por Craig Mazin para HBO. Descrita como una «serie de terror con suspense político e intriga», esta ficción protagonizada por Jared Harris, Stellan Skarsgard y Emily Watson se adentra en la honda tragedia de aquella central nuclear a través de sus protagonistas. Por delante diré que la serie está muy bien y es muy recomendable.

Sostengo que los pequeños problemas siempre llegan un martes después de comer. Las grandes tragedias ocurren un sábado, de madrugada, a las 01:23:58. Primero un golpe seco, casi inaudible, luego un haz de luz, una luz preciosa, magnética  y, más tarde, una especie de lluvia fina arcoíris envuelta en un aire seco y cálido. Una lluvia atómica que horas después bañaba, mansamente, a los niños que jugaban en los parques y en las plazas de la ciudad de Prípiat.

Una tragedia presagiada, silenciada, la maldita incompetencia, la vanidad, la teoría del caos y un botón de color rojo, circonio, grafito y erbio, la boca de la central abierta y negracomo una tumba… Las trágicas consecuencias de Chernóbil aún se cuentan: aumentaron los casos de cáncer en la zona, las enfermedades digestivas, de tiroides y los casos de malformación. Murieron 4.000 personas y decenas de miles más a lo largo de los años.

La serie de HBO, que está muy bien, ya digo, ha logrado encabezar la clasificación de las mejores series de la historia en IMDb, con una puntuación casi redonda de 9,7, ha convencido a la crítica, que ha aplaudido su rigor histórico y su ambición por saber la verdad oculta entre tantas mentiras, y nos pone frente a nosotros mismos. La serie somos nosotros frente al espejo, con nuestras grandezas y con todas nuestras miserias.

Soldados, reclutados, mineros cavando túneles bajo un reactor de fusión, robots biológicos, chavales inocentes, voluntarios recogiendo a palas minerales contaminados entre las heridas, aún sangrantes, de la central: ¿víctimas o héroes?  Políticos, burócratas, comisionistas que ajustan márgenes, la incompetencia de las estructuras de un partido único, vertical, mezquinos corruptos: ¿demonios o irresponsables?

Chernóbil somos nosotros. La energía es neutra. Somos nosotros los que podemos hacer bombas que matan a niños o radiografías que los salven. Somos nosotros los que podemos tapar las verdades o pagar la factura de las mentiras. Somos nosotros los que permitimos oír tantos cuentos, tantos, que ya hemos dejado de reconocer la verdad. Chernóbil somos nosotros –debemos serlo- reflexionando sobre nuestro propio presente que no dista tanto de aquella madrugada, a las 01:23:58, en Prípiat, a escasos kilómetros de la central nuclear de Chernóbil.

 

 

“Nuestro poder reside en la percepción de nuestro poder”, Mijaíl Gorbachov, líder de la URSS, en una de las escenas de la serie de HBO.

Deseos arrolladores, perturbadores, divertidos…

28 Jun
Ilsutración de Saps que ho vols, versión italiana, de Kristen Roupenian.

Iustración de Saps que ho vols, versión italiana, de Kristen Roupenian.

El deseo es un misterio, una rareza, un veneno arrollador; el deseo es una pulsión vigorosa, visceral, cambiante; el deseo está en cada uno de nosotros y apenas hablamos de ello. Vivirlo todo intensamente para no arrepentirse de nada. Hablemos del deseo.

Deseos, como un pecio subterráneo en las profundidades abisales del subconsciente, deseos disparados, como un relámpago, en la intimidad de un dormitorio, en el filo de un silencio discreto, frente a la pantalla de un ordenador. Deseos que se sitúan entre la culpa y la insatisfacción, que pugnan, que nos complementan hasta hacernos una verdadera unidad.

¿De dónde surgen esos deseos incontrolables? ¿Por qué todo cambia, en un momento, y algo que no nos gustaba, de pronto, nos arrebata? ¿Qué hay detrás de ese instinto, de esa potencia, de esa verdad incuestionable? ¿Quién controla el deseo más vertiginoso? Que levante la mano aquel que es capaz de domar los caballos desbocados. ¿Cómo funciona el deseo?

Deseos de “Un Guardian Entre El Centeno”, de Salinger y de todos nosotros,  rematando un gol imposible en la próxima final de la Champions, abriendo la nevera a las 3:27 de la madrugada, comprando compulsivamente en Zara, alejándose, o amando, o siendo amado, o siendo amante.

La sensación profunda de que alguien nos hace sentir bien, de que alguien nos atrae. El deseo va más allá de la atracción física: un aroma, una mirada, una palabra al aire, la química, endorfinas, testosterona, oxitocina… El deseo es un reloj cuyo mecanismo guarda una misteriosa lógica en la que se combinan química, psicología y cultura.

Deseos perturbadores, divertidos, memorables, deseos que nos hacen sentir culpables, deseos transgresores y vibrantemente sombríos que nos desvelan en la noche, que nos alteran, deseos a las puertas de una oficina, en mensajes privados de WhatsApp, sobre fotos de Instagram, viajando por el aire como ondas hertzianas hasta alcanzarte.

Historias de deseos como la de unos desconocidos que se encuentran en internet, o deseos como los de una pareja que incorpora a su vida sexual a una tercera persona, o los de una niña que el día de su cumpleaños formula un antojo de consecuencias terroríficas, o el de de una mujer que encuentra un libro de conjuros y trata de hacer realidad su pretensión de que aparezca ante ella un hombre desnudo… Historias en un libro que recomiendo: “Lo estás deseando”, de Kristen Roupenian, en Anagrama.

Deseos de negros que quieren ser blancos, de blancos que quieren ser negros, de hombres con cuerpo de mujer y de sirenas que quieren morir de placer en la infinitud del Desierto del Sáhara… Creo que fue Marcel Proust el que dijo aquello de que “las cosas que más deseamos son las que fingimos no desear”.

Todos deseamos amar y ser amados y, por eso, deseamos en la eterna búsqueda del placer, para crecer, para sentirnos mejor. Y, finalmente, la contradicción en el placer que cumple una función, la de reequilibrar algo de lo que carecemos y, por eso mismo, deseamos.

Sostenía mi admirado Eduard Punset que “hay vida antes de la muerte”. Aprovechemos, vivamos, deseemos… No tenemos otras opciones ni más ataduras que las que nos imponemos, debemos DESEAR sin hacer daño, sin hacernos daño. Mejor desear que luchar. Debemos buscar el equilibrio imperfecto y alejado entre la insatisfacción y la culpa. Deseemos porque se trata de vivir, porque no hay otra opción: desear o morir.

Emprendimiento, tu puta madre

21 Jun
Una imagen para ilustrar este desahogo.

Una imagen para ilustrar este desahogo.

Una carta de amor del gestor, otro pequeño salto mortal, trimestral, regular y pertinente, la enésima broma final, el pago extraordinario, el pecunio, la Renta y la factura: un garrote sobre la cabeza del autónomo, del emprendedor. ¿Emprendimiento? Tu puta madre.

Una sala modesta, sin apenas decoración. Me levanto: “hola, hace 15 años que soy autónomo”, y todos, como un corifeo greco-latino, tapadas sus caras con caretas lisas, como en una retahíla litúrgica, responden: “Te queremos, Roberto”. He comenzado la terapia.

Esta columna es parte del derecho a pataleta, el necesario e inútil puñetazo en la mesa, un desahogo. La vida del emprendimiento, en la eterna promoción, tras el escaparate, bajo las luces, pagándolo todo, aquí, otra vez, hoy, resulta una vida agotadora.

En unos días, paso por caja. Pago del trimestre, el IVA, como tantos otros. Otra vez. Pienso que hemos hecho mal. Nos hemos equivocado. Hemos dicho que el emprendimiento es lo más, que la soledad de corredor de maratón dignifica. No es verdad. Hemos hecho de la excepción la regla, un relato de éxito falso. No todos somos Zuckerberg, ni Jobs. Un dato: 9 de cada 10 startups no dura más de tres años de vida.

Hablamos en terapia, nos entendemos, compartimos opiniones y quejas. En la Asociación Nacional de Autónomos Anónimos, todos estamos en el mismo sitio, frente al filo del cuchillo. Un escaparatista se acerca y me dice: “este mes no cobraré ni un euro, tengo el IVA trimestral y facturas, muchas facturas”. Le entiendo, asiento porque aquí nos entendemos, y nos abrazamos.

En una ocasión, me invitaron a dar una charla en el Palacio de Ferias y Congresos. Querían que hablásemos de emprendimiento, de la vida del autónomo, de nuestros proyectos y éxitos. Pensé que sería perverso narrar un cuento edulcorado. Pensé en arrancar con fuerza. Salí a escena, y ante un público de casi mil personas, comencé mi alocución, diciendo: “Emprendimiento, tu puta madre”. Se hizo un denso silencio. No me volvieron a llamar, nunca más.

Muchos emprendedores lo son a la fuerza, porque la crisis no les dejó otra opción. Atraído por la luz al final del túnel, te lanzas pensando en, al menos, el auto-empleo. Luego llegan las decepciones y los fracasos -porque se fracasa mucho más que se acierta-, y más tarde, en el mejor de los casos, alguna ola te permite surfear un tiempo, pagar las facturas, llegar a final de mes…

No es verdad eso de que disfrutarás de tu trabajo todo el rato, ni lo de que el plan de negocio se cumplirá en un ratio muy elevado, ni tampoco eso de que el fin de la empresa no es vender. No, no es verdad que el emprendedor nace con un gen específico en su adn, ni que el proyecto se monta solo, ni que todo esto sea taaaannn cool. Es trabajo.

María tiene 43 años. Trabajaba para una multinacional. Ahora ha montado una papelería. Vende cartulinas, tijeras, cuadernos de Hello Kitty. Le gusta su trabajo pero cada ocho horas toma Citalopram y Ansiomed. Me dice: “este verano no me iré de vacaciones”. Hablamos un rato más.

Emprender significa ser elástico como un contorsionista. No siempre es como preveías. No suele ser como soñamos.  Hay que variar rutas, dejar cosas por el camino e ir aprendiendo cada minuto. Fracasas mucho pero cuanto antes se fracase antes se aprende a tomar mejores decisiones. Los riesgos se minimizan siendo flexible, reflexivo, realista, superando la frustración de los errores y aprendiendo.   No hay reglas, ni mejores consejos, ni columnas salvavidas… Tampoco columnas en periódicos de fin de semana salvavidas. Con todo, como en una secta, como una droga dura, cuando se entra, es difícil salir: tu tiempo, tu dosis de libertad, luchar por algo propio, ser tu propio jefe… Esto engancha, advierto.

Mentiras, mentimos: la vida secreta de los otros…

14 Jun
Esta foto también es mentira.

Esta foto también es mentira.

Mentimos para hacer un post -este post-, para crear, para creer…

Madres traficando con marihuana a las puertas de un colegio. Son discretas, hablan de sus cosas, evitan las miserias cotidianas y ríen mucho. Nada parece ser del todo lo que es. Una de ellas acompaña a la otra al coche. Se dan dos besos y, posteriormente, un apretón de manos cariñoso. El truco de magia, la transacción final, el trapicheo está concluido. Las cosas tienen apariencias que, en ocasiones, desconocemos.

Mentimos para salir mejor en las fotos, porque funciona, para no ser rechazados, para influir…

Una chica vuelve a casa. De pronto, un grupo de chicos se acerca a ella. Ella les dice: “si tuvierais coche me daría una vuelta con vosotros”. Todos festejan el arranque de la chica que añade: “tengo varias botellas en casa”. Uno de ellos se acerca demasiado, muy cerca, demasiado, ya digo. “Quietas las manos, amigo”, concluye ella, “si tuvierais un coche”.

Mentimos porque somos humanos, por respeto, por los nuestros, por egoísmo, por autoestima…

Amantes que se citan de madrugada en la intimidad de Skype. Hablan, se preguntan, se interesan… Son afables, cariñosos y dejan caer las palabras lentamente, intencionadamente, por su pantalla de ordenador. Compañeros de trabajo por el día y pirómanos por la noche. Una relación secreta y virtual. Un verso, una fotografía, un enlace quizá, alguna vez un vídeo en directo. La vida secreta de los otros en burbujas 2.0.

Mentimos porque es fácil -no se engañen-, por nuestra intimidad, por nuestras huidas, para no herir…

Un político local presume: coherencia, respeto a la ley, eficiencia… “Estoy limpio y dejaré limpio este lugar”, dijo en uno de sus últimos discursos. Juega al pádel con un perspicaz empresario y, al terminar, hablan de unos terrenos, de dinero en B, de mentiras y eufemismos. Hablan desde la impunidad que da el cristal blindado de una pista de pádel. Una bolsa con billetes en un maletero y una firma pendiente. No hay más.

Mentimos porque no sabemos reconocer la verdad…

Un director de instituto alcohólico en la intimidad de su apartamento. Ve programas de Telecinco, rodeado de botellas vacías y las obras completas de Chesterton. Hace poco menos de un mes, dejó de beber. Aguantó unos días. Bebía limonada. Decía que el agua le sabía a algo que se mezclaba con el whisky. Una pelea entre dos adolescentes en el patio le hizo recaer la semana pasada. Le duele mucho la cabeza y ahora tose.

Mentimos para quedar bien, para no excusarnos, para evitar el dolor…

Un periodista plagia un reportaje de una web de noticias registrada en Argentina. Copia párrafos enteros y lo publica todo con su nombre. Un notario de Antequera, muy serio pero con su punto, falsifica la autorización del Campamento de Verano de su hijo pequeño. Unas miradas entre desconocidos se cruzan en el autobús, juegan y se divierten. Un entrenador de fútbol fantasea con la posibilidad de jugar en el eterno rival…

Nadar y llevarse bien con uno mismo

7 Jun
Christian Jongeneel nadando en el mar.

Christian Jongeneel nadando en el mar.

Hoy es el Día de los Océanos. Los océanos son los pulmones de nuestro planeta. Imagino a Christian Jongeneel nadando en los océanos. Yo le sigo, le persigo, nunca le alcanzo. Nadar es algo mágico, una forma de ser, de pensar, de relacionarte con el resto y con el planeta. “Para nadar en el mar hay que llevarse bien con uno mismo”, me dice Christian. Nadar siendo tú el océano.

Me gusta nadar. Echarme al agua, y salir de mi cuerpo a través de las corrientes, de los azules, verdes, grises… Llegar al límite de mis fuerzas en largos baños terapéuticos y, al borde de una hipotética hipoxia, pensar que Dios existe, y que existe en todas las cosas, incluso en la marca blanca del Mercadona, o en esta bendita rutina de sábado, o en las posibilidades matemáticas de que las cosas salgan bien, y saber que al volver a casa estarán mis niñas esperándome para jugar.

Para muchas personas, nadar es terapéutico, pero para otras, es su salvación. Nadar estira el cuerpo más allá de sus límites terrenales, contribuyendo a aligerar cada dolor y acariciar a cada músculo.

Recibo un mensaje de Christian Jongeneel, nadador de larga distancia solidario, el tipo que cruzó el Estrecho de Gibraltar, el Canal de la Mancha, que dió dos vueltas a la Isla de Manhaatan. Un buen amigo al que sigo y persigo, al que nunca alcanzo. Son unas líneas sobre la idea de nadar en un mensaje de Whastapp. Pienso en escribir una columna con él, a dos manos, una brazada tú, otro párrafo yo, y esperar a que todo amaine y empecemos de cero. Aquí la columna.

Nadar es también una travesía al interior, un momento de contemplación callada, cuando envuelto en un elemento que es hostil y familiar a la vez, cada nadador se descubre en paz, capaz de ejercitar su mente, imaginar nuevas posibilidades, solucionar cosas sin las molestas interrupciones de la voz humana o la vida moderna.

Christian Jongeneel nadó en las aguas frías que circunvalan la Isla de Manhattan , en New York City. 93 kilómetros, 20 horas nadando. Una vez estuve en Manhattan y les aseguro que es mucho más grande de lo que puedan imaginar. Christian nadaba y pensaba en su último viaje a la India. Eso le motivaba en la soledad del nadador. Christian quiso dar dos vueltas completas a la isla. Una isla es un ser humano que duerme. Un navegador le geolocalizaba, mandando la señal a través de complejas redes, y un punto intermitente aparecía y desaparecía en la pantalla de mi móvil. Las 3.45 de la madrugada en España. Unas horas después, Christian saldría del agua, aterido, agotado, indefenso, feliz, y después saldría en todos los informativos del país. Acababa de conseguir una hazaña solo apta para muy pocos, histórica.

Nadar es de ayuda para mantener el vigor, las funciones cardíacas y respiratorias, el tono y flexibilidad muscular conforme se envejece. Cuando se hace aeróbicamente, la natación contribuye a mantener más elásticas las arterias y libres de depósitos de calcio. Y además nos hace sentir vivos.

Un día entrevistando a Christian me dijo algo que jamás olvidaré “Todo es mental y psicológico; cuando estás en el mar estás muy solo; tus sentidos y tu vista están oscurecidos”, y concluyó: “para nadar en el mar hay que llevarse bien con uno mismo”.

Nadar en el mar, estar bien con uno mismo, agua envuelta en piel de regalo envuelta en más agua, movimiento, hipoxia, soledad, ceguera, silencio, paz, estado de ingravidez más allá de los límites, imaginar nuevas posibilidades, nadar y pensar en esta columna escrita a dos manos, una brazada tú, Chris, otro párrafo, y yo, y llegar hasta el final, hasta aquí.