Emisión pirata desde Tánger, urgente

21 Jul
Tejados marroquíes.

Tejados marroquíes.

(Transcribo a vuela pluma un post urgente desde la fronteriza ciudad africana de Tánger en la que paso unos días mirando, buscando…)

Vivo rumor del mar, cruzamos el estrecho, que no es estrecho, ni un camino derecho, sino un puente al que le faltan dientes, y un lago transversal, y un infierno, para llegarnos hasta el exilio de nuestro corazón, perfil de una ciudad sobre un horizonte de espuma…

Bramidos de sirenas, trajinar de gentes, conversación de barcos, chirrido de persianas, ensueños matinales y grandes dársenas, la tierra legendaria de mejillas hundidas, tostadas, sobre una barba blanca y erizada, paseando sobre cuerpos febriles y enjutos, entre calles serpientes y balaústres de hierro, terrazas que son palcos teatrales y escaños, con la mirada hábil y transparente de un niño que pide un dulce, y el paso firme y elegante de un derkaua, y una sombra que nos saluda y nos incita o nos invita, antes de hacernos hueco en un minitaxi…

A la medina, le decimos, 15 dírhmas, nos contesta, regateamos, y nos cruzamos con camellos, limpiabotas y profetas, parques de eucaliptos, palacios, hoteles y burdeles, hombres estatua, fumadores de kif y vendedores ambulantes, cines que dejaron abandonados los españoles -Cine Goya, Alcázar, Teatro Cervantes-, moros lavándose de cuclillas en el borde de las fuentes, y mujeres que parecen escapar sin rumbo…

Paramos en el Zoco Chico, bebemos té a la menta, comemos algo y respiramos, aspiramos la dulzura arrolladora, los perfumes de naranjas, y palmeras, las esencias de las mil y una noches, como una cantinela en el diario de un buen hombre, el aliento abrigo de Sheherazade, y el correr arabesco de un chico huyendo por las cuestas de la ciudad, “a la Kasbah”, señor, paraíso de claveles, llamada a la oración, escombro de Europa, nexo y garganta, grúas que construyen burbujas, territorio de leyenda, tiempo mítico, oferta, ganga riad o suite de hotel…

Emisiones de radio, desde tejados marroquíes, emisiones piratas, para ratas, de dos patas, buscando el tesoro, de oro, de un moro, emisiones intercontinentales… “Aquí, Radio Tánger, son las nueve de la mañana, buenos días”, digo, y leo a los Beat: Alllen Ginsberg, Jack Kerouac, William Burroughs, Tuman Capote o Tennesse Williams, que aquí estuvieron…, y terminamos poniendo “Needle and the Damage Done”, de Neil Young, como en el show de Johnny Cash, y bailando en la azotea.

Llegando desde el café Hafa hasta la medina, con gafas de sol y aspirina, Alex y Ana mirándolo todo, registrándolo todo, olvidándolo todo, y nuestro caminar arrastrado y curioso, junto a los mejores amigos y sobre la pincelada arenosa de sus callejuelas, orgullosos de abrir la puerta de atrás, racimos de árabes entre sus bolsas negras, frente a ventanas ojivales y paredes blancas, viejas perezosas y arrogantes jóvenes sonrientes vendedores de imitaciones de Ray-Ban y relojes baratos, mirando y hablando en susurros…

Justo en el Bulevar Pasteur, y antes de bajar al puerto, un chófer llamado Abdúl, me hace reir, compartimos espacios en un recuerdo eterno, y el retrato de Hassan, y el café con leche, suave niebla hervida, Gran Café de Paris, Bowles, Rondeau y Coca-Cola de Hércules, ruinas nómadas y hombres sin casa que sueñan con cruzar el estrecho, que no es estrecho, ni un camino derecho, sino un puente al que le faltan dientes.

Lisboa para salvar un par de vidas

13 Jul
Sección 1 Camino Portugués – de Lisboa a Santarém.

Sección 1 Camino Portugués – de Lisboa a Santarém.

Aquel día comimos sopa de espinacas y bacalao a la crema. Entramos allí, porque sí, en aquella taberna sin rótulo en la puerta: O Trigueirinho, lo supimos luego. Amedio, el propietario de la tasca, cubría las paredes de relojes de madera, construidos con sus manos. Las horas eran cucharas y tenedores; y los péndulos, botellas de whisky. Ella me miró y volvió a sonreír, una sonrisa triste pero llena de esperanza, debo decir. Todos los relojes marcaban la hora exacta.

Planeamos el viaje horas antes, en verdad, la noche antes. Cenábamos en un azerbayano de Madrid, un lugar barato y cutre en el que solíamos dejarnos caer. –Vámonos a Lisboa, dije, de pronto, lo dije sin querer, lanzando la idea como el que tira una bomba que explotaba en nuestras manos. Sólo fue una idea. –Vámonos a Lisboa, dijo ella. ¿Cuándo? –Ahora.

Lisboa lo aguanta todo –menos incendios y terremotos-, y supe, de alguna manera, que ese lugar nos salvaría o nos condenaría para siempre. Ella estaba más hermosa que nunca, y yo buscaba respuestas.

Visitamos las tiendas de café en grano de la calle Garret, los garitos de fado de Alfana. Nos hicimos fotos frente a los carteles del Partido Comunista de Portugal, que nos parecieron exóticos y anacrónicos –“Abajo el euro, arriba lo sueldos”-, y frente al muro azul del Psiquiátrico con vestido rojo, ella, lanzando un beso a la cámara. Parecíamos felices.

Nuestra vida, en aquellos días, era una metáfora de aquella ciudad. En Lisboa, uno siempre duda de si todo se está cayendo o todo se está levantando, entre las ruinas y la gloria, un lugar a medio camino del tiempo y el espacio. Así estábamos nosotros, a medio camino. Lisboa, como nosotros en aquellos días, goza siempre de una maravillosa incertidumbre.

Amedio, recogiendo la mesa, los platos vacíos, nos dijo: “Lisboa no son sus monumentos; son sus sentimientos”. Entre los relojes de madera, fabricados con cubiertos y botellas de whisky, colgaban fotos de la familia propietaria, de bodas y bautizos de padres, abuelos, hijos de Amedio, quién sabe, antes en sepia, ahora a colorines, fotos y recuerdos olvidados. “A Lisboa se viene a vivir, no a ver”, concluyó.

En la calle resonaba el tram-tram del 28, el tranvía 28 que baja desde Cementerio de los Placeres y las cristalerías de Sao Bento. Subimos al tranvía, sonriendo, como niños que toman al asalto un tobogán, y vimos pasar las mercerías de la Rua Conceiçao, donde los tenderos siguen vendiendo botones y puntillas. Ella me dio la mano, y me susurró al oído: -No tengas miedo.

Luego, paseamos sin rumbo entre angoleños ricos, jóvenes makers y chinos de Macao, olvidamos prejuicios, lloramos juntos en la escondida Plaza de las Amoreiras, nos perdonamos las deudas, bebimos café y cenamos sopa. Fue en una esquina cerca de la Mae d´Agua, junto a la cisterna subterránea que recogía el agua de un viejo acueducto que moría allí mismo, a nuestros pies, cuando recordamos aquello de “tenemos dos vidas, y la segunda comienza cuando te das cuenta de que sólo tenemos una”, y entonces prometimos salvarnos la vida, vivir, a partir de entonces, únicamente de la ilusión y ser, como Lisboa, ante todo, sentimientos.

Shakespeare está en Málaga, vayan a verlo

7 Jul
Romero y Julieta, Pata Teatro.

Romero y Julieta, Pata Teatro.

Unas palabras, un deseo, el odio, el amor, la muerte, nosotros, ellos que somos nosotros…  y ese instante, justo, antes del alba en el que todo puede confundirse, y en el que los protagonistas, Romeo y Julieta, en éxtasis, se preguntan: ¿es la alondra o el ruiseñor?, ¿he de irme y vivir, o quedarme y morir? Escuchar a la alondra o regalarse unos minutos más de regocijo y carne. Al final, en la vida, que es un juego, casi todo depende de estas cuestiones, dualidades, decisiones…

La compañía malagueña Pata Teatro representa, hasta el 4 de agosto, Romeo y Julieta de William Shakespeare, producida para la séptima edición de su ciclo de Clásicos en Verano, una propuesta exquisita con funciones de lunes a sábado, en el patio del Colegio Prácticas Número 1, en la Plaza de la Constitución. (Las entradas están a la venta en www.entradium.com).

Málaga es Verona, un par de cubos de madera son un balcón, el patio del Colegio Prácticas Número 1 el ojo del huracán de una pasión tan humana como incontrolable. Pata Teatro consiguen algo que siempre resulta maravilloso: hacer fácil lo difícil. Recuperar un texto tan revisado de William Shakespeare y convertirlo en algo accesible, real, cercano, en definitiva, bello. Si no han ido, vayan a verlo, de verdad.

El amor enfrentado al odio. El amor que debe derrotar al odio. Sin embargo, esta victoria solo será posible a través de la muerte. La muerte como un acto de justicia poética. Una pareja unida y una sociedad enfrentada. Una sociedad que mueve el azar hasta convertirlo en una responsabilidad compartida. Todos somos Romeo y Julieta, y todos matamos a Romeo y Julieta. Como dice, Macarena Pérez, codirectora de Pata Teatro: “el mundo necesita amor”.

La apuesta de Pata Teatro para este verano malagueño y teatral es tan pertinente como complicada. Una apuesta excesiva que ganan de mano. Codirigidos por Josemi Rodríguez y Macarena Pérez, los seis actores en escena están a la altura de unos personajes tan icónicos y reconocibles. Soberbios están Carlos Cuadros, que acompaña a la compañía desde hace años, y Noe Galdeano, versátil y experimentada en esto de las tablas, que además doblan personajes. Los protagonistas, Sandra Bravo (Julieta) y Carlos Scholz (Romeo), están muy por encima de lo predecible, soportando con verdad la carga de dos los personajes más potentes de la literatura universal. Pregunto a los actores y me hablan de amor y odio, reencuentro, oportunidad, público y de la posibilidad de bailar todas las noches bajo las estrellas y de un regalo y, por supuesto, me hablan de pasión.

La adaptación, la dirección, la escenografía, la iluminación, la sencillez en el cuerpo escénico, el acierto en la dirección de casting…, completan un montaje sobresaliente que resonará durante largo tiempo y que sirve para celebrar el vigésimo cumpleaños de esta compañía, Pata Teatro, que tanto dignifica la profesión. “Nos dedicamos a esto para superar retos”, asegura Macarena Pérez satisfecha, sabiendo que mantener una compañía de teatro dignamente es un trabajo hercúleo y enfrentarse a estos proyectos, sin apenas apoyos, una locura oportuna que denota el trabajo y el talento que existe en nuestra Málaga.

¿Es la alondra o el ruiseñor? Pata Teatro vuelve a Málaga, con otro clásico, redoblando la apuesta y venciendo, haciéndonos creer que el teatro siempre tiene futuro -que es un arma de construcción masiva-, que los clásicos siempre serán revisables, haciéndonos creer que no hace falta despertar del sueño de una noche de verano, que debemos seguir bailando, que podemos disfrutar aún más, si cabe, del regocijo y la carne, que aún no amanece…, y que lo que oímos es el ruiseñor.

 

* Insisto: si no han ido, vayan a verlos, de verdad.  Romero y Julieta, Pata Teatro, en el patio del Colegio Prácticas Número 1, en la Plaza de la Constitución. (Las entradas están a la venta en www.entradium.com)

Hay una luz que nunca se apaga: tú contra el alba

30 Jun
Amanece...

Amanece…

“Bienvenidos a Berlín Occidental”, se podía leer en el cartel. A la izquierda, a la izquierda, un poco más, a la derecha… Ahora, perfecto. Lo colocaron en la puerta de casa y entraron. Acababan de pasarse, sin saberlo aún, una nueva pantalla del juego.

Vivir como dentro de un cuento de Cortázar, donde suele funcionar alguna puerta que conduce a otra realidad. Ahora estoy aquí, en mi casa, con esta columna, en medio de este impasse de madrugada eterna, pero cuando termine este texto, abriré la puerta, habrá amanecido, y estaré en cualquier lugar.

Cambiaron los titulares de los periódicos, de forma radical, de un día para otro: “El Campeonato Mundial de Fútbol lo ganan todos los países a la vez”; “En las academias militares han comenzado a enseñar poesía”; “Fin a los tipos de interés”.

Una mirada, un helado, un beso, un mensaje privado en Facebook, ese lapicero de IKEA que encontraste en tu bolsillo y que te recuerda a ella, la línea de meta, el próximo libro, los nuevos sueños… “Para ser feliz hay que serlo”, le dijo cuando tomaban copas de bitter con ginebra y hielo, otra copa a la caída de la tarde, y añadió ella, “la felicidad hay que trabajarla”.

También les gustaba quedarse bajo el marco de las puertas y ver cómo pasaban los terremotos.

Berlín Occidental como una metáfora de una nueva vida. Casi 10 después, frente al mar, de nuevo, otra vez, todos los días alegres y satisfechos de aquella decisión de dejarlo todo y empezar de nuevo. Pase lo que pase, como decían los Smiths, “hay una luz que nunca se apaga” – There Is A Light That Never Goes Out-.

Se contaban historias que habían leído o escuchado. Como aquella de una joven negra, miope, Elvita Adams, víctima de un cuadro depresivo que saltó desde el piso 86 del Empire State Building. Su idea, le dijo, era el suicidio. Sin embargo, una fuerte racha de viento cambió su suerte, y la llevó de nuevo al interior del edificio en el piso 85. Sobrevivió sólo con una fractura de cadera. “Todos los principios son finales…, finales disfrazados de oportunidades”, se decían.

Y así fueron pasando los días, los meses, los años, diez años en Berlín, más de veinte juntos, y se dieron cuenta muy pronto de que un vacío relleno de vacío sigue siendo un vacío y de que era mejor tener paz a tener razón. Hacer las cosas bien y hablar mucho de todo, hablar libremente, con respeto, hablar a la caída de la tarde.

Y ahora llega el verano, y terminan las temporadas de los presentadores de la tele y hay que adaptarse a las nuevas rutinas y descansar, eso dicen, descansa y piensa en nuevos proyectos. Y llega el verano, digo, y yo me encuentro aquí a esta hora extraña, una hora que no existe para casi nadie¸ en medio de este impasse de madrugada eterna y, de pronto con lentitud poderosa comienza a amanecer.

Desde mi ventana se ven las primeras luces, el canto de algunos pájaros despertadores, y yo recuerdo un poema de Ángel González al respecto: “Una sombra más leve y más sencilla, que nace de tus piernas, se adelanta para anunciar el último, el más puro milagro de la luz: tú contra el alba”.

Es entonces cuando subo corriendo la escalera para saber si sigues ahí en la cama, si no te has ido, si sigues tú dentro de tus sueños, y al verte durmiendo yo vuelvo a soñar con lo que estarás soñando, y vuelvo diez años atrás, cuando pusimos el cartel de Berlín, a la izquierda, a la izquierda, un poco más, a la derecha…, y pienso en los días, en los meses, en los años juntos, en los Smiths y en aquello de “hay una luz que nunca se apaga”, una sombra sencilla que nace de tus piernas, el más puro milagro, justo en este instante: “tu contra el alba”.

La música: el eco de un idioma invisible

23 Jun
Hinojos con libélula, mar y cielo. En Málaga.

Hinojos con libélula, mar y cielo. En Málaga.

Aquí dentro todo está bien, casi perfecto, una calma suave, un fondo de armario, un levante fresco, suena Porcelain, de Moby, y al mirar el mar, creo que os amo a todos y que no odio a nadie. La música me conecta con todos los espacios y los tiempos, una especie de lenguaje que me permite comunicarme con algo más allá.

Esta semana, el pasado 21 de junio, y coincidiendo con el solsticio de verano, se celebró el Día Europeo de la Música. El objetivo: promover el intercambio cultural a través de la música. Con motivo de esta fecha, en las principales ciudades de España se programaron conciertos y actividades musicales extraordinarias de todos los estilos y géneros.

Aquí dentro, tras mis auriculares nada pasa, me elevo por encima de todas las ciudades del mundo, y de los problemas cotidianos, y de los malos rollos, y sobrevuelo otras vidas, las mías, las vuestras, la tuya, sobrevuelo los muros y las estepas de Facebook, el inicio de todos los precipicios… La música es una bala que va directa del oído al corazón. Suena Calle 13, y tras La Bala, la Perla y la Chilinga.

Celebro el Día de la Música en silencio, otra vez, y me pregunto si sería posible una vida sin música y yo, personalmente, me respondo que no, que mi vida sin música sería fatal, un error 404, una pantalla azul. Eugène Delacroix sostenía que “la música es la voluptuosidad de la imaginación” y algo de eso tiene, una hondura, una rendija, una salida de emergencia…

No puedo vivir sin música. Todos los días consumo varias horas, varios grupos o solistas, decenas de canciones… Soy un yonqui de la cosa y necesito merca. Un lenguaje universal sin límites, sin fronteras, sin banderas, sin concertinas ni mierdas. La música es el eco de un idioma invisible que sigue retumbando aquí dentro. La música, la buena música, siempre es extraordinaria y potente y siempre construye algo.

La música es la aritmética de los sonidos, como la óptica es la geometría de la luz, una llave mágica capaz de abrir mentes, y cuerpos, y corazones, capaz de abrir puertas, y derribar muros, y derramar lagos, y hacer cosas que nadie ni nada hacen. La música llega a sitios donde jamás llegarán las palabras. Ahora suena Rachmaninov, Prelude in C sharp minor, seguro que podéis oírlo.

Un elixir sagrado, una fábrica de hielo del olvido, un tsunami de sensaciones, la sala de espera de cualquier Próxima Estación Esperanza, el recoveco de una guitarra española,, un piano y unas manos que lo sepan tocar… Al igual que un cómic adquiere todo el sentido con el espacio invisible entre viñetas, espacio que cubrimos nosotros con la imaginación, la música requiere del silencio como oposición, complemento y recompensa. Ahora suena el silencio, reina el vaivén de las olas frente a mí y el rebalaje.

Recuerdo a Borges, en El Inmortal, El Aleph, aquello de… “Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa”. Esa capacidad, digamos, de ser mutable, de adaptarse, de acompañar, de estar, de sanar en definitiva todas estas heridas: Cohen, Morente, Mercé, Radiohead, Drexler, Sabina, Vetusta, Sting, Queen… La lista es interminable. El mar y el cielo sin ti.

Spinoza, el gran panteísta, decía que “Dios vive en todas las cosas”. Sostengo que también Dios vive en todas esas canciones, las que nos emocionan y las que jamás escucharemos. Lo último: alguien me habla de Ayax y Prok son dos raperos de Granada. Los reviso gustoso y me flipan, old school, lo más de verdad que he escuchado en mucho tiempo.