Escrito contra Paulo Coelho y Mr. Wonderful

17 May
Coelho y Wonderful. Collage.

Coelho y Wonderful. Collage.

Una señora en un pozo, una luz pálida, un diván, un tipo atropellado por la propia cosecha de su destino, citalopram y prozac, el sopor de una pareja gris sobre el reflejo de una pantalla de televisión que emite en bucle una serie de Netflix, la soledad de muchos en la virtualidad de las redes sociales… Nunca hemos vivida tan solos y buscamos ayuda.

El pensamiento positivo lo invade todo, como una dictadura o un veneno. Una cita en un muro de Facebook, la típica taza de Mr. Wonderfull, los memes de Paulo Coelho, un coach, un manual de autoayuda… ¿Sólo con nuestra mente podemos cambiar nuestra vida? Me pregunto en este interludio semanal y sostengo que no, que no solo, al menos.

Me documento. Chequeo vídeos en Youtube. Veo a supuestos líderes de opinión, personas de éxito frente a su propio personaje, charlas motivacionales y grandes decorados. “La clave de no tener éxito, y yo mismo me di cuenta, está aquí, en el cerebro”, dice uno; “si queremos solucionar algo lo primero que tenemos que hacer es utilizar palabras emotivas”, añade otra; “piensa en ello y conseguirás ser rico”, dice el último; y yo, desde esta columna trasnochada, me estremezco.

¿Podemos autoayudarnos, de verdad podemos? Hace tiempo, una amiga me regaló uno de esos manuales de autoayuda -evitaré nombres y títulos por lo de la marca personal, también diré que lo hizo con la mejor intención y lo valoro-. Era un librito con frases cortas, elocuentes, deliciosas y efectistas y me pareció un maravilloso ejercicio de idealismo ingenuo, un pastiche de consejos vacuos, la nada.

Seamos claros: el pensamiento positivo tiene un lado perverso. Esa manera de pensar, en positivo, tan guay, tan Mr. Wonderfull, lo único que hace es desactivar el pensamiento crítico. El pensamiento crítico es el único, y la historia lo demuestra, capaz de transformar la realidad. Frente a las ideas vacías, la acción medida, pensada, ejecutada (y si esa acción es bondadosa, top).

“El éxito se puede conseguir con solo desearlo”, “recuerda porque empezaste”, “da siempre lo mejor de ti”, “si el plan no funciona cambia el plan, pero no la meta”, “tú puedes sanar tu cuerpo”… Leo y releo frases motivacionales para preparar este post, frases que dicen poco o, en el peor de los casos, dan miedo. Terror cuando, y no exagero, alguien habla de curar un cáncer pensando en positivo.

No se trata tanto de reprogramar la mente, que también, una actitud positiva siempre beneficia, sino de además actuar, salir ahí fuera, relacionándote proactivamente con el mundo, aprender de las experiencias, perder, ganar, perder… Por cierto, normalmente, casi siempre perdemos. En una competición, solo gana uno, los demás de forma automática, pierden, o sea perdemos.

Vivir no es solo pensar, es actuar y equivocarse. Necesitamos las malas rachas para completarnos, como el silencio necesita del ruido, o se necesitan los espacios en blanco entre las viñetas de los cómics. Sin frustración no hay cambio, ni progreso, ni siquiera felicidad. Sobre todo, son las experiencias las que nos definen, las que nos alteran, las que nos mejoran.

Tenemos que ser felices o, por lo menos, intentarlo, parecerlo. En esta época de selfies y stories, la felicidad constante se ha convertido en una especie de obligación, en una dictadura, en un veneno… Se vende la felicidad en forma de medicamentos y libros de autoayuda. Nos venden frases que repetimos, una y otra vez, y dejamos al margen el sentimiento crítico, la acción, la conversación… Maldito Mr. Wonderfull, maldita libros de autoayuda, escribo contra Paulo Coelho y su parodia. Tenemos que ser felices, amigos, o al menos aparentarlo.

Jordi Évole y una mujer en un banco

10 May
El último programa de Évole en Salvados.

El último programa de Évole en Salvados.

A veces, los valientes hacen que lo imposible parezca posible. A veces confundimos la valentía con la temeridad. Solemos fracasar en el intento: o somos cobardes, o débiles. Jordi Évole fue valiente a la hora de asumir un riesgo, que era un programa de tele dentro de muchos programas de tele, y lo consiguió. Enhorabuena, desde esta orilla.

Hace unos días Jordi Évole anunciaba que dejaba “Salvados”. El periodista detalló en su despedida que “dejaba el espacio de su vida tras once años para emprender nuevos proyectos”, y añadía «es el momento de dar un relevo». «Se ha cerrada un círculo. Me voy a reinventar», concluyó.

11 años, 294 programas, casi dos décadas en antena, una galería de formas, un edificio de titulares, un montón de espejos rotos, un programa como un acontecimiento social, una joya, un diamante azul, ahora que se lleva el fast food y el insulto, un tiempo de tele semanal, necesario, reposado, imprescindible… Se cierra el círculo.

El periodismo, el buen periodismo, va de contar historias. Nada más. Contar historias y, justo después, quizás, no necesariamente, agitar conciencias, enseñar otras realidades, mover los muebles… Pero, sobre todo, la cosa va de historias. “Salvados” nos contó historias de palacios y de barrios, nos contó los márgenes y las cloacas, historias de gente normal y gente excepcional. La cosa va de eso.

Salvados es un juego de muñecas rusas, una docena de formatos dentro de un mismo programa: entrevistas, debate, reportaje, periodismo de investigación… Un programa de géneros y de historias, un programa como un conversatorio,, que diría Gabo García Márquez. Jugar con tantos géneros a lo vez y hacerlo con mesura y dignidad, a veces con humor, es muy difícil y, desde luego, un ejemplo.

A Jordi Évole le conocimos desde la grada del público del Late- Show de Andreu Buenfuente. Hacía de un personaje que se quejaba, el folllonero. De alguna manera, ya despertaba conciencias. Évole ha ido creciendo y madurando con los años. Del canalleo de Salvados por la Campaña, a cierto populismo altilocuente hasta la entrevista fina y sosegada.

¿Hagamos un juego? Para el recuerdo entrevistas con el Papa Francisco, Maduro, Otegui, aquel programa de los refugiados sobre la cubierta del barco de Open Arms, el 1-O, Rivera e Iglesias, la depresión, y el Metro de Valencia, y las industrias cárnicas, y la Operación Palace, y el etarra arrepentido, y García y De la Morena. ¿A que todos, amigos lectores, se acuerdan de casi todos los programas o, al menos, les suena? «La hemeroteca de nuestra memoria», dijo alguien en casa.

Ahora, Jordi Évole se despide volviendo al origen, donde empezó todo, en su barrio, en Cornellá. Una mujer, que podría ser la madre o la abuela de cualquiera, una mujer en un banco. Una vecina de Cornellà que confiesa algo que nunca le había dicho a nadie: el gran desengaño que sufrió con su marido, del que llevaba enamorada desde los 16 años. «No echo de menos a mi marido, me despreciaba mucho. Si le besaba, me empujaba». Otra historia, la penul de Jordi. Touché.

Un programa sin imposturas, estético, estático, un rara avis, un programa de arte y ensayo, lleno de vida e historias, una hemeroteca de nuestra memoria, un capítulo de la historia que ahora recoge Gonzo, al que deseamos suerte y valentía para seguir con el legado de Salvados.

Atribuyeron a Horacio, la cita “habent sua fata libelli”, que en verdad es de Terenciano Mauro y que se podría traducir como que “los libros tienen su propio destino”. De la misma manera cada relato, las personas, nosotros, los programas de la tele, todos tenemos nuestro propio destino. También “Salvados”.

Los hijos de Ortega, de Unamuno y Pla

4 May
Ortega y Gasset.

Ortega y Gasset.

Un borrón, un troll, un insulto, otra fake, una comisión de investigación a mano alzada, la conjura de los necios, la gran broma final, odio, manotazos, haters, migraña y garrote… España necesita respirar, tiempo muerto, luces largas y alguien al volante.

“Necesitamos parar”, me dice un amigo y añade, “parar para que pase algo, algo de verdad”. En pocos años, hemos vivido demasiado rápido. Una campaña permanente, mucho juego sucio, corrupción, mucha corrupción, demasiada e insoportable, una gran crisis que no cesa, su eco alusivo, el vértigo de la inestabilidad… El resultado es un país exhausto, raquítico, desorientado…, y alguien tendrá que encender la luz.

El paradigma de la “campaña permanente”, acuñado por el politólogo Sidney Blumenthal , defiende que los políticos, los partidos y sus maquinarias electorales no están solo en periodo de autopromoción durante las semanas de campaña oficial. El proceso de “venta” del “producto” político es, eso, permanente, constante y sostenido durante toda la legislatura. Hace unas semanas estábamos de campaña, hoy estamos de campaña, aunque le llamemos precampaña municipal, y en el futuro seguiremos de campaña. Tedioso, ¿verdad?

Bajemos el balón, paremos el coche y dejemos el móvil, un rato, un buen rato. Bostecemos, aburrámonos como los niños, imaginemos despacio otros paradigmas, imaginemos otro posible país. Pensemos antes de escribir en las redes sociales, por favor, antes del golpe bajo y del insulto fácil. Permitamos que llegue, primero, la reflexión y, quizás, después, el espacio común, avanzar, ser mejores. ¿Se imaginan? Necesitamos respirar, coger aliento. Este país se lo merece.

Necesitamos mirada de altura, gobernantes con autoridad, estadistas, intelectuales… El crítico, Edward Said, sostiene en su libro Representaciones del Intelectual, que “este debe ser un francotirador, alguien que mantiene su sentido crítico, denuncia la corrupción, defiende al débil, y se opone a una autoridad injusta”. Tomemos nota. Para Said, “los malos intelectuales defienden y practican el silencio cauteloso o se vuelcan en la fanfarronada patriótica”. Necesitamos gente válida, buena gente, de verdad. “La bondad es la base de cualquier cultura”, afirma otro amigo.

Necesitamos a los hijos de Ortega y Gasset, de Machado, de Unamuno, de Josep Pla, necesitamos el Ruedo Ibérico y el Ajo Blanco. No necesitamos obviedades hechas de corto plazo, lugares comunes, ausencia de crítica social o de cuestionamiento del poder. No necesitamos validadores de abisales injusticias, ni tampoco algaradas, ni ruido, ni insultos.

Este país necesita respirar, tomarse un tiempo, descansar… Se lo merece, nos lo merecemos. Parar para que pase algo, algo bueno, algo mejor. Necesitamos a los herederos de Azaña, de Dionisio Ridruejo, de José Luis Sampedro y a La Codorniz y a los de Vice. España necesita respirar, tiempo muerto, luces largas y alguien al volante. Este país es lo merece.

Vota… Vota, por favor… Vota, coño

26 Abr
Yorokobu.

Yorokobu.

Pedro Sánchez aparcando su Peugeot 407 para subirse a otro, un Audi A8 L Security de 2017, vehículo oficial perteneciente al Parque Móvil del Estado, fingiendo una seriedad impostada, aparcando automáticamente, de oído, mientras en el radio-cassete suena Rosalía: “Por la noche, la sali’a del Bagdad, Pelo negro, ojos oscuros, Bonita pero apena’, Senta’ita, cabizbaja dando palmas…” y él, Pedro, sorprendido, tarereando el final de la copla.

A estas horas, las cartas están dadas. No hay mucho margen para la influencia. Se ve la luz al final del túnel. En este instante, su voto, amigo lector, espero que esté asegurado. Sin duda, espero y deseo que voten, sea lo que sea, pero que voten. Votemos todos -ES LA FIIESTA DE LA DEMOCRACIA- porque los cambios deben de producirse desde las urnas.

Pablo Casado frente a una pintura al estilo de Francis Bacon, abigarrada, exiliada en el sur, una pintura de colores pastel y ocre, un lienzo que se acerca al motivo desde distintos ángulos pero siempre manteniendo la unidad, generando una sensación de ambiguedad, en especial, la boca y la mirada… Pablo frente a la obra, mudo, sin saber que la obra es él mismo, como un espejo, en cualquier momento.

Votar, votar, votar… Todos debemos acudir a votar, es nuestra obligación moral, porque han sido muchos los que han luchado para que, ahora, mañana, podamos votar, y fueron muchos los que sin tener nada consiguieron que tuviéramos mucho, casi todo, mucho más de lo que ninguna generación tuvo, incluso algunos de ellos murieron por defender nuestra libertad. La única forma de mejorar nuestra vida es votar y hacerlo con sentido común, ahuyentando fanatismos y estultas cegueras, es lo mejor.

Pablo Iglesias patinando, preparándose para Pekín 2022, licra, velcro y cuchillas, sobre su piscina helada, frunciendo el ceño, melena al viento, tirando octavillas en las que se puede leer: “fin de la tierra cultivable”, “os extraño tanto”y “Karma Police”. Al fondo de la escena, una decena de acólitos aplauden satisfechos.

Votemos y, después, justo después, comencemos primero a exigir los espacios comunes en los que todos estamos de acuerdo: 2% del PIB para I+D+I, dentista gratis, ayudas a los autónomos, mejora de las pensiones, esfuerzos reales por combatir el odio, sostenibilidad medioambiental, una factura de la luz más barata… Compromisos que todos los grandes partidos llevan en sus programas electorales. Exijamos que esos programas sean de obligado cumplimiento.

Albert Rivera en una rave tocando el chelo, con mil bolas de luces de colores, pantallas LED gigantes y memes que bailan sobre el filo de su propia sombra, como un sueño juzgado, sin cuidado, esperando la próxima cita.

Sostiene el politólogo, David Runciman, de la Universidad de Cambridge, que “cuando los ciudadanos no se ocupan de la política que rige sus vidas, siempre hay otros interesados en hacerlo”. La abstención provoca que las opciones votadas sean menos representativas de la sociedad que las elige. La abstención es enemiga de la democracia. La abstención da huecos a las ideas extremas.

Santi Abascal convertido en una estatua de mármol níveo de Macael, recitando, en silencio y en bucle, a Dionisio Ridruejo, hasta la eternidad: ““Bajo la sola estrella, te he encontrado, soledad luminosa, estatua fría del mundo destruido, atardecía para siempre jamás, cerca del Prado, para siempre jamás”.

No nos queda otra: votemos. Votemos porque nadie nos va a sacar de esta trampa, nadie nos aliviará sino sólo nosotros mismos, con el paso corto y la vista larga y toda nuestra intención, porque solo nosotros, usted y yo, y usted también, sólo nosotros, digo, podremos hacer algo mejor, juntos y mejor. Votemos, votemos, por favor, votemos, coño.

Hablemos de la eutanasia, la buena muerte

12 Abr
María José y Ángel.

María José y Ángel.

Una fotografía. Años 70. Una pareja, enamorada, viva. Hay complicidad, intimidad, una mirada. Ella secretaria judicial, él técnico en comunicación audiovisual. Les gusta viajar, vivir. Son jóvenes y tienen todo el tiempo por delante. Esa foto, que adjunto, es la foto de Maria José y Ángel, y somos nosotros, todos nosotros, frente al precipicio, frente al espejo, en cualquier momento. Ángel y María José somos nosotros en otro tiempo, en otro espacio, pero somos nosotros.

Ya conocen la historia de María José y Ángel, que es la historia de un final, o un principio, que nunca se sabe, sobre un relato de amor que obliga a reabrir el debate sobre la eutanasia, sobre la muerte digna. Si nos consideramos una sociedad adulta deberemos asumir el compromiso de un debate profundo, serio, abierto, respetuoso sobre la libertad individual, sobre la dignidad de los seres humanos, dignidad en los momentos más difíciles, en definitiva, sobre lo que queremos ser.

“Tus piernas, tus manos, tu razón …”, le susurraba Ángel a María José mientras arropaba sus sábanas, acolchaba su almohada, besaba su frente. Al ponerle nombre al relato, sus nombre, Ángel y María José, “piernas, manos, razón”, un beso en la frente, un rostro, al ponerle nombre a la historia todo lo cambia. La historia de María José y Ángel multiplica el valor de cualquier campaña sobre la eutanasia.

Leo argumentos en contra. El médico humanista, mi admirado José Antonio Trujillo, escribe en el Diario SUR: “el dolor y el sufrimiento demandan la madurez a una sociedad obligada a cuidar y sostener a los más débiles”. ¿Y si los más débiles no quieren sostén? No debemos olvidar la libertad individual que nada tiene ver con el buenísmo y las razones políticas. Las creencias, morales o religiosas, son absolutamente respetables, por supuesto, pero no se deben imponer a una sociedad.

Hay que avanzar en la regulación sobre la eutanasia. Es necesario afrontar la cuestión.Hace más de veinte años de la muerte de Ramón Sampedro, hace semanas de la de María José y nuestros políticos son incapaces de afrontar este hecho. En países como Holanda, Bélgica, Suiza, Canadá…, ya se ha regularizado al respecto. Debemos entender, como sociedad, que la muerte voluntaria es aceptable.

Otra fotografía. Ángel, esposado, saliendo de su casa, dejando atrás a su mujer, María José, fallecida, él convencido de lo hecho pero roto por dentro, sabiendo que en breves instantes ingresará en los calabozos de la comisaría de Tetuán, en Madrid, apenas unos metros de celda, aislado, preso, esposado… Una foto, para todos, vergonzante.

Eutanasia significa “buena muerte”. Hay personas que quieren dejar de sufrir y me cuesta admitir que un ente superior atraviese este derecho. Eutanasia es dar la muerte a una persona que libremente la solicita para liberarse de un sufrimiento irreversible y que considera intolerable. La palabra eutanasia es, reconozcámoslo, un tabú. Sin embargo, el 84% de la población española está a favor de regularizar la eutanasia. Si no están de acuerdo, que pueden no estarlo, no lo hagan. El derecho a morir dignamente, como otros tantos derechos, no exige a nadie la obligación de hacerlo.

María José y Ángel han puesto nombres a una historia. Los nombres son más potentes que cualquier estadística o campaña. “Piernas, manos, razón…”, un beso en la frente, un rostro, una foto en los 70, una foto de un hombre esposado, una foto que podemos ser cualquiera de nosotros frente al precipicio, frente a las horas finales, decisivas, irreversibles, nosotros frente a la libertad individual para disponer de nuestra propia vida y, por supuesto, también, de nuestra muerte.