Onda Pasadena

6 Ago

Borges planteaba en un relato que la inmortalidad desembocaría en la abulia. Sus personajes ya bebieron de todas las aguas y de todos los licores; los amigos murieron en épocas sucesivas y desapareció el interés por el encuentro de nuevos conocidos; incluso por salvar a cualquiera de ellos que hubiera caído a un pozo seco en mitad del desierto. Nuestra condición es efímera e ilusa como la de un surfista que sobre su tabla recorriese un río. Su óptica le conferiría la mentira del movimiento. La semana anterior cerró el Onda Pasadena. Pasa la vida, pasa la gloria y nada hay que perturbe este antipático correr de la edad ligera; cambia todo excepto la mala leche con que su dios la trajo al mundo. Yo conocí el Onda, allá por 1989, cuando me hice parroquiano de La época, bar regentado por José Antonio Garriga y José Antonio Mesa, y frecuentado por artistas y escritores. Allí se orquestaban instalaciones con las fotos de comunión de su clientela, se pergeñó la revista “Puente de Plata”, o se organizaba un partido de fútbol de los plásticos contra los letrados, en alusión a las aficiones de cada cual. En una de esas fotos, que sabrá el diablo por dónde andan, aparecía Dani, dueño del Onda cuando entonces eran locales distintos, el Onda y el Pasadena. La vida cultural malagueña cerca de 1990 transcurría ente el Cantor de Jazz, La época, El café teatro, el Onda, el Pasadena, Arribabar, Barsovia, Armenia, Casa Blanca y algunos chiringuitos más, absolutamente todos con clientela hasta altas horas de la noche, gracias a que sus cartas fundacionales se basaban en un ánimo de difusión y promoción de nuevas músicas, jazz, grupos en directo, lecturas o exposiciones. Esta peculiaridad hostelera, combinada con la galería de Alfredo Viñas, o la de Pedro Pizarro, el Centro Generación del 27 y el Colegio de Arquitectos, junto con otros tugurios, mantenían en aquella Málaga una actividad creadora de mayor proporción a la de hoy si comparamos los dineros invertidos, o el poder adquisitivo medio.

Casi toda la vida cultural ya está en manos de esas instituciones que nos guiarán por nuestro bien, doctrina grata para la cultura de consumo pero letal para la definición íntima de tal término, emparentado con el concepto de cultivo y más del auto-cultivo de una visión propia que, por necesidad, siempre tenderá a ir peleando a la contra, como habría dicho Bukowski; de otro modo, descubriríamos lo que ahora tenemos, esto es, lo de siempre. No escribo un discurso catastrofista en absoluto. El tiempo pasado no fue mejor. El devenir de la creación en Málaga jamás ha estado tan efervescente. El nivel de la joven poesía y prosa malagueñas, o el de sus artistas, actores y músicos es para sentirse orgulloso. Y aún existen héroes que luchan desde la iniciativa privada, como La Cochera, Los interventores, el Muro, Sergio G. Orbegozo, el Speak Easy o el reciente Culture Club, para que no se agoten esos imprescindibles recintos donde el divertirse, beber y ligar, que no es poca lucha contra el paso de los días, aparezcan además arropados por otra serie de inquietudes creativas que polaricen un punto de encuentro desde el que puedan brotar ideas, estéticas o proyectos, acaben en nada o en algo. El Onda Pasadena, del que cada quien puede contar muchas anécdotas, ha sido una víctima más de la dinámica en que nuestras autoridades han sumido a esta ciudad para que su centro quede en manos de grupos de inversión y franquicias más o menos evidentes. No es globalización, se llama uniformidad. Una nueva dictadura capitalista cubre con tintes de democracia todos los apartados de nuestra existencia. La nostalgia por aquellas aventuras mías en las escaleras del Onda Pasadena es inevitable. Me aterra el verme en un local semejante al de todos los sitios, vestido con el logo de moda propio de ese año bordado sobre el pecho, bebiendo el cóctel de la semana mientras contemplo a las niñas con las que ya no me acostaré, que bailan los sones principales de esa temporada. El tiempo huye y, si uno lo mira con calma, tampoco está mal esa cualidad suya, tan inmutable.

Una porra

16 Jul

Cada ciertos veranos me sumerjo, involuntario, en la nostalgia de mi niñez antequerana. El ánimo nubla la memoria y, por afán de supervivencia, anula las fotos feas como las de aquella sensación de temperatura infernal que no distinguía entre la mañana o la noche; o las siestas a las que, sorpresas de la vida, entonces me tenían que obligar mis mayores y, ahora, me conducen mi cuerpo y mente confabulados en su armonía de sueño después de comer. Quedan páginas bonitas en este intransferible ojeo de mi álbum junto a la lámpara como versificó Philip Larking. Las huidas junto a mi perro por llanuras solitarias bajo una sed superada por el ímpetu de la aventura, las sillas en cada puerta cuando el anochecer convertía la calle en un salón común, o aquellos platos de porra de los que no recuerdo haberme cansado jamás. Como ya uno conoce las mentiras de la remembranza ante estos envites de los años, que no significan sino que ni viví deprisa ni ya dejaré un bonito cadáver, procuro volverme objetivo, como hizo el maestro Mondéjar cuando investigaba la etimología de la palabra “rodaballo”: asó uno al horno y, cuando los postres, dio paso al estudio de tan complejo término. Yo planifico el día siguiente. Tras el desayuno, temprano, me dirijo hacia Atarazanas donde encuentro una panadería muy pequeña pero con un pan de cochura y densidad antiguas. Compro más del que necesito porque me conozco y sé que caen luego varios pellizcos. Busco tomates de pera lo más aromáticos posibles, un pimiento verde y una cabeza de ajos de la que sólo usaré uno, fresco, pero uno. Después, en tiendas celosas por los productos que ofrecen, localizo un aceite cuyos matices me convenzan, el vinagre parido por una buena cosecha, y algunas botellas de algún blanco seco, junto a un fino que, una vez refrigerado, usaré para el inicio de este ritual que me reconcilia con mis nostalgias, ficticias o reales, y con mis señas de identidad que, aunque uno no sea raza euskalduna, ni catalana, también las tengo.

Como toda la gran cocina, con permiso de los nuevos chef, la porra tiene su origen en la necesidad que vuelve erudita a la pobreza. Una rápida inyección de hidratos de carbono, grasas saludables, vitaminas y minerales que podrían alimentar como plato único a una familia sin que padeciera carencia nutricional alguna. Tras el plato de porra con su huevo duro, su jamón, el atún y las rodajas de pepino a su alrededor, procede tomar el sendero de la cama como una metáfora de una existencia de la que sabemos en qué hoyo desembocará. No admito que se confunda la porra con salmorejos, pimporretes u otros gazpachos cremosos, ni que se afirme que tiene su cuna en Archidona o en geografías ajenas a su plebeya estirpe. Mi porra es de Antequera porque para eso es mía y sitúo su mito de origen donde lo considero oportuno; en las calles y campos que pasearon mis padres y mis abuelos. Por si alguien tuviera la idea de retarme, acto que siempre acepto como buen megatauro, explicaré cómo elaboro un plato que para mí alcanza categoría de poema épico, regalado a Málaga completa, como la visión de la Peña de los Enamorados desde los dólmenes. Primero se mezcla, entre un poco de aceite, el pimiento limpio con un solo diente de ajo desprovisto de su savia. Luego debe aparecer la pericia del cocinero pues, entre copa y copa del fino, tiene que unir en una sola alma, la carne de tomate, el pan sin corteza, mojado y estrujado como esponja, junto con el aceite. La batidora se usa con paciencia hasta que brote, desde su fondo, el culo-pollo, señal precisa de que el tornado es denso y no se ha parido un sucedáneo. Batidas estas fases en un bol, se añade sal y vinagre, con cuidado, que licua. La porra se come con tenedor; en otro caso, se ha cometido una heterodoxia, tan imperdonable como ese chorro de aceite redundante que algunos perpetran cuando es servida. Ni creo en el cielo ni en la otra vida, pero sí en el infierno, en todos esos errores de los que el propio cuerpo sufre su penitencia, igual que una mala porra, lo mismo que un agosto que no se reconcilia con sus noches.

España en el corazón

30 Oct

Durante la semana anterior fue realizado en Ronda un congreso promovido, entre otros, por la Universidad de Málaga para reivindicar el ideario de Francisco Giner de los Ríos Rosas, nacido en aquella ciudad en 1839. Falleció en 1915 a efectos bioquímicos y forenses, no vitales. Una buena parte de sus conceptos pedagógicos, en plena vigencia por lúcidos, aún se están expandiendo, con mucha dificultad, un siglo después. Hay personas que vivifican y personas que pasan por este mundo sin dejar nada a cambio. Cada uno desde sus posibilidades. Francisco Giner supo articular un tipo de razonamiento del que, en gran parte, su propia familia se hizo constructora. Si me permiten, recorré algunas alcobas de esa casa. En su Institución Libre de la Enseñanza, se convirtió en maestro de su sobrino Fernando de los Ríos Urruti, rondeño nacido en 1879, jurisconsulto, embajador y ministro de Estado del gobierno republicano en el exilio que murió en su destierro neoyorkino durante 1949. Ese mismo afán por la justicia social y el pensamiento libre de la mano de la sensatez, arraigó también en el sobrino nieto de Francisco, esto es, Francisco Giner de los Ríos Morales, magnífico poeta y político republicano nacido en Madrid en 1917, malagueño de corazón. Murió en 1995 en nuestra tierra de la que durante tanto tiempo la dictadura de Franco lo mantuvo alejado. El caso es que la semblanza del gran patriarca de esta familia demuestra que los conceptos que sitúan al humano en el centro de la mirada, dan frutos incluso en la lejanía. La evolución, más que revolución, que soñaba Francisco Giner no hablaba sino del viaje y la experimentación como métodos de aprendizaje. La benemérita Institución Libre de Enseñanza no cultivaba otra modernidad sino la de aprender en un ambiente agradable y preparado para ello, donde los escolares asistían a un concierto por la tarde o a una conferencia por la mañana sobre los últimos avances científicos. Nada espectacular desde nuestro punto de vista, pero hasta en estos días, es complicado encontrar un centro educativo con tales características por más que gran parte del profesorado encamine sus esfuerzos hacia ello.

Hace algunos años, de la mano de mis amigos Enrique Fernández y Gaby Beneroso, trabajé en la documentación fílmica de la vida de la malagueña revista “Litoral” (1926) resucitada en México (1944) al amparo del cordón umbilical de su fundador Emilio Prados, entre otros. Empujados por el devenir del guión fuimos a Nerja para entrevistar a María Luisa Díez-Canedo, viuda de Francisco Giner, el sobrino nieto, claro está. Era una agradable tarde de verano y fue un encuentro emotivo donde hablamos de todo, excepto de todo lo que íbamos a tratar. Para los tres nos queda en la retina y la memoria aquellas preciosas horas. La preparación del encuentro significó una profundización en la vida de los exiliados españoles en México tras la Guerra Civil. Puedo afirmar que, a pesar, del cainismo demostrado por los generales de aquella España que venció, jamás, nunca, de ningún modo ni en ningún espacio o documento, aquellas mujeres y hombres arrojados al destino como basura al mar, perdieron su amor por España. En cada barco viajó España en el corazón. En estos días conviene el recuerdo del abuelo Giner, tanto como el de Unamuno, Machado padre, Azaña, Alcalá Zamora y el de todos aquellos que imaginaron España como una sociedad y no como aquel reducto de esclavos a la sombra de Caín. La gran victoria de Franco consistió en hacer creer que España era suya. Una buena parte de la izquierda, en efecto la ha entregado, seducida por la idea de destruir España aunque no sepa qué construir después en su limbo de Aristóteles. En España sobran ideologías y faltan ideas, empachan las doctrinas, los dogmas, los pre-juicios y la emoción, mientras están ausentes la investigación, el razonamiento y el afán de construir. En efecto, la obra de Francisco Giner de los Ríos aún no se ha llevado a cabo.

Chiquito

16 Oct

La noticia corrió por Málaga igual que llama por estopa. Como si hubiéramos regresado a aquellos años de los lavaderos públicos y las tabernas de esquina que lo vieron nacer, cuando el boca oreja suplía un analfabetismo que impedía la lectura de titulares. Los bomberos han encontrado a Chiquito en el suelo de su casa y lo han llevado al hospital. Una vez le oí decir que cuando alguien lo llamaba Gregorio, él salía corriendo. El final de la anécdota tal vez se condensara en que era el nombre mediante el que cualquier acreedor quería cobrarle alguna deuda pronunciando las palabras mágicas que figuran en su DNI. O lo peor, de lo que es más difícil de escapar aún, se trata del apelativo con el que el listo de turno pretende sacarle unos billetes recién cosechados bajo aquel sol bíblico del sudor y las lágrimas. Decidió llamarse Chiquito aunque su altura fuese mayor que la media de su época según he podido comprobar en fotos de cuando se buscaba un jornal palmeando por esos tablaos que la noche cargaba con un arte que sólo surge de la necesidad elemental de comer. Chiquito es un hombre respetado y querido en Málaga. Uno de esos vencedores en su tierra que despierta cariño y sonrisas porque supo enfrentarse al dragón de la vida y asestarle las puñaladas certeras. Una persona que se arriesgó sobre la barca de sus ilusiones y mareó el oleaje. Al final, Chiquito ganó a Gregorio. Apostó muy fuerte a que su vida trascurriría en la incertidumbre entre un camerino y otro. Poco a poco, con el temor de quien no sabe qué cielo se nublaría mañana, ni en qué Antequera amanecería, fue capaz de sacar su casa hacia delante junto con la compañía de su adorada Pepita, y el cuento acabó bien. Incluso pudieron vivir juntos las alegrías de un éxito que tardó en llegar, pero que lo hizo así con lentejuelas, focos y fanfarrias que anuncian una victoria como debe ser, como dicen que dios manda, aunque la inmensa mayoría de las veces parece que el destino no cumpla sus órdenes.

Chiquito es una persona que cae bien porque consiguió su gloria casi al borde de un abismo y, a pesar, de esto, de que podría haberse endiosado, ha sabido pasear por las calles de su ciudad. Recibe el cariño de sus vecinos conocedor de que sus días se jugaron a un cara o cruz, con la fe anclada en sus ilusiones, su trabajo y su ingenio pero, consciente de que la moneda podría haber caído de la otra cara; entonces habría aparecido Gregorio y su invisibilidad. Chiquito se ha sumado, así, a una lista de malagueños (adoptados o nacidos) de escenario que logró materializar sus proyectos vitales. Málaga los quiere. Pepa Flores, Antonio Banderas, Bibiana Fernández, Carrete, Tabletom, Danza Invisible, Nuria González, Kiti Mánver, Dúo Sacapuntas, Pepón Nieto, Antonio Meliveo, Domi del Postigo, María Teresa Campos, Fran Perea o Pablo Alborán, representan las cimas de una compleja cordillera malagueña que se lanzaron hacia los focos y, con más o menos éxito monetario, han sido capaces de exhibir su arte y vivir de ello. De todo hay como en botica y para cada gusto. Sin duda habrá olvidos por mi parte. Perdón. Aún quedan en la recamara del arte malagueño muchas y muchos jóvenes que están iniciando sus caminos por esas luminarias de Madrid; por desgracia sigue siendo paso ineludible. Ojalá hubiéramos sabido desarrollar un concepto industrial de teatro, cine, espectáculo o televisión para que nadie tuviera que mudarse por imperativos laborales de su Málaga. Así es la situación y no prevemos cambios. Las dos Españas existen, la rica y la pobre; al menos, aquí al sur de los secarrales y las estepas sedientas, junto al rebalaje, disponemos de un buen arsenal de sueños, aunque sea a la busca del productor ejecutivo que los ampare. Chiquito consiguió los aplausos que quería, de salto en saltito, de tablas en tablero. Que todo quede en un susto de esos que nos da la vida para recordarnos las reglas de este juego en que nos vimos inmersos cuando nuestros ojos contemplaron la primera luz, y alguien nos dio un nombre para destruir o construir mediante el afán nuestro de cada día.

Reír y llorar

17 Jul

Con los años uno comprende que la vida iba en serio y que todo nuestro paso por este mundo se resume en la canción de Kiko Veneno que da nombre a este texto. Joaquín Marín, el primer director de La Opinión, murió la semana pasada pocas horas después de que yo recibiera en mi móvil la noticia de que Fernando Sánchez, escritor también de este periódico en la etapa de Joaquín, había presentado un nuevo libro suyo sobre el gastrónomo vasco Juan José Lapitz, y en San Sebastián. Varios sueños cumplidos de una sola vez. Fernando, malagueño, quería ser escritor y periodista, además le encanta la gastronomía y lleva trabajando en ese campo un montón de años y, encima, adora Euskadi y, por supuesto, los fogones de aquella tierra donde aprendió a cocinar. La presentación de un libro en aquellos altares de las ollas y las salseras colma las expectativas de cualquier autor especializado en tales materias. Málaga debe sentirse orgullosa de que uno de los nuestros haya realizado tal conquista, uno de los muchos a quienes Joaquín Marín nos dio la oportunidad de saltar al cuadrilátero del papel para noquear la actualidad de cada jornada. Recuerdo que estábamos en el Mariano cuando, o Álvaro García o yo, le presentamos Fernando a Joaquín. Fernando le dijo a Joaquín que escribía todos los días en los principales periódicos de España. Ante el gesto de extrañeza de nuestro director, Fernando le explicó que cada mañana cogía un lápiz y sobre la cabecera de los periódicos escribía el nombre de quien lo hubiera reservado. Su familia tenía un quiosco. Joaquín se rio y le concedió la primera oportunidad para que Fernando demostrase lo que le gustaba hacer, escribir dentro de los límites de estas columnas en las que diseccionamos, sazonamos y limpiamos aquello que el lector quiere saber, si me permiten que use la metáfora culinaria. Al fin y al cabo, quienes redactan la prosa matutina, toman un producto al natural y lo sirven procesado sobre una mesa, si puede ser, junto a un sombra doble con pitufo y que ustedes lo disfruten, y mira que es difícil a veces no cerrar ojos y oídos ante lo que sucede.

Joaquín tenía las ideas claras acerca de lo que debía ser un periódico. Lo recuerdo en varias charlas. De no muchas páginas, rentable y con trabajadores bien pagados. Quizás el signo de los tiempos le ha ido dando la razón en varios de aquellos asertos. A muchos de nosotros, además, nos incidía en que el periódico era de Málaga y tenía que tener la mayoría de los focos sobre Málaga. Los columnistas que llegamos al periódico por su generosidad, fuimos muy pronto conscientes de que él nos quería para que sirviéramos a la ciudadanía que tiene la bondad de pagar por situarse frente a lo que la rodea, esto es, aquello de Juan de Mairena de lo que pasa en la calle. Joaquín no quería lucimientos de estilo, ni alardes de ventoleras en prosa, quería denuncia y calle, mucha calle, así nos lo dijo con su gin-cola de Larios en la mano, porque era malagueño hasta para las marcas de consumo. Fernando Sánchez había querido ser periodista desde niño; por diversos motivos tuvo que estudiar Filología Hispánica. Tras su paso por La Opinión, cuando ya comprobó que aquel trabajo le gustaba, cursó sus estudios de Ciencias de la Comunicación en Euskadi, donde también se sumergió en las artes culinarias y se doctoró mediante un magnífico trabajo sobre el artículo periodístico gastronómico, que tuve el honor de conocer en mecanoescrito. Y creo que eso es lo que a Joaquín le gustaba de Fernando, que veía en él un luchador, por más que algunas veces le regañara porque había asumido entre sus líneas más riesgos de los prudentes. Fernando es así y nunca le importó usar una actitud y prosa de choque contra lo que él considerase una situación injusta. Ahora va recogiendo los postres del triunfo y del reconocimiento en otras tierras donde ya lo consideran profeta. Y así es la vida, como aquella frase final de El gran Lebowski: unas veces cazas al oso, otras el oso te caza a ti. En fin, reír y llorar. Descansa en paz, Joaquín. Muchas felicidades Fernando, aurrera.