Desánimo

18 Jun

Estaba en casa de unos amigos y sus hijos, a quienes he visto nacer, y hoy ya van a la universidad me hablaron sobre su generación a la que apodan “generación perdida”, incluso me enseñaron un video que circula por YouTube, un himno a la desesperanza. Si con veinte años la existencia se contempla así, esto se les va a hacer eterno. Quiero a estos chicos como si fueran mi familia. No me gustó comprobar en ellos tal desánimo. Dos jóvenes inteligentes, magníficos deportistas de nivel nacional, universitarios y educados por sus padres en valores humanos como para enfrentarse con dignidad a esta sucesión de satisfacciones, deseos y lágrimas que llamamos vida. Discutí para hacerles ver la paradoja de que un mensaje anti-sistema se articulase sobre técnicas publicitarias. El autor buscaba provocar un efecto que no hubiera conseguido mediante el estricto razonamiento y la argumentación ordenada. Quizás, y sobre eso quería que reflexionaran, porque esos lamentos tracen un camino erróneo. (más…)

Absentismo escolar

5 Mar

El grupo de los Regeneracionistas llegó a finales del siglo XIX a la conclusión de que España necesitaba escuela y despensa para convertirse en una sociedad feliz. Lo elemental del razonamiento habría provocado carcajadas si hubiese sido enunciado en cualquiera de los foros filosóficos del resto de Europa occidental que ya cargaba sobre sí un siglo de revolución industrial cuyos efectos, si bien no repartían la riqueza de un modo proporcionado, sí sentaron las bases para que en pocas generaciones Europa y Estados Unidos se convirtiesen en una de las pocas zonas del planeta con escolarización plena y con un auge económico que llega hasta nuestros días. Esas ideas sencillas de Joaquín Costa y sus amigos Regeneracionistas aún no han calado del todo en Málaga. Da vergüenza y miedo. La semana anterior nos enteramos de que las cifras de absentismo escolar en la zona escolar de La Palmilla son propias de un tercer o de un cuarto mundo, peor que el tercero porque pasa desapercibido. Conozco muchos activistas que se desviven por el Sáhara, por América Central, por África subsahariana, pero conozco muchísimos menos cooperantes, voluntarios y entregados a la causa de los barrios marginales malagueños. Los hay y se lo curran. (más…)

Universidad y empleo

24 Oct

La Universidad de Málaga ha agotado casi todas las plazas para estudiantes que puede ofrecer, más de 35000. El paro y los bajos sueldos en tareas de poca cualificación, junto con una mayor conciencia colectiva de la importancia que la formación tiene para la auto-realización de cada ciudadano han contribuido a que se produzca este lleno absoluto de tan venerable institución. Tal vez habría que preguntarse si quien accede al pupitre sabe lo que está haciendo. Proliferan las indignaciones de titulados que a pesar de su grado, licenciatura o máster no encuentran trabajo. Difícil equilibrio de conceptos. Que una sociedad disponga de muchos titulados no garantiza su bienestar económico. En la memoria quedan la Unión Soviética y sus estados satélite con gentes muy preparadas conducidas hacia la emigración y la supervivencia. Los saberes universitarios no pueden estar divorciados de la sociedad ni de los tiempos actuales, pero tampoco se deben ceñir a los de una academia avanzada; sus fines son otros que van más allá de lo puramente técnico y de lo inmediatamente práctico. La respuesta a las posibilidades laborales que una carrera universitaria alberga sólo se halla en cada persona, en sus aptitudes, en su actitud y en la rentabilidad que luego sepa extraer de la formación que ha recibido. El sistema universitario de Estados Unidos permite una mayor disparidad en la enseñanza de sus estudiantes que el europeo en general; sus graduados se adaptan con cierta facilidad a los vaivenes de los empleos e incluso las posibilidades del reciclaje de sus conocimientos son más amplias que las de este lado del Atlántico. Pero una de las razones que logra el reconocimiento de sus graduados y máster se basa en el dinamismo empresarial de su sociedad, elemento que aquí falta.

Un título no garantiza un puesto de trabajo. Causa desazón cuando los licenciados se sitúan frente a la cámara para lamentar que a pesar de su exhaustiva instrucción nadie los contrate. Un especialista en lenguas clásicas no parece que vaya a recibir un gran catálogo de ofertas laborales; sin embargo una de las jefaturas de una multinacional eléctrica está desempeñada por alguien con ese currículo. El diseño del perfil se fundamentó en que la empresa disponía de ingenieros pero carecía de un relaciones públicas capaz de pasear con directivos de esa u otra fábrica y conversar con ellos y sus familias de temas más allá de los recurrentes. La formación de aquel aspirante, imagino que junto con otras capacidades, encajó con la demanda. Muestra el refrán que no hay palabra mal dicha si no es mal entendida; del mismo modo no hay título universitario inútil si no es mal rentabilizado. Un gran amigo, licenciado en Filología Hispánica, respondió en una entrevista de trabajo para representante de una fortísima farmacéutica europea que él se presentaba a ese puesto porque sobre todo sabía hablar y muy bien y con todo el mundo. Lo consiguió en competencia con químicos, biólogos y médicos. La función de la Universidad no puede supeditarse a los datos que figuren en las oficinas de empleo, frecuente error de muchos que acuden a las aulas como si en estas forjaran al final del ciclo el escudo perpetuo contra las crisis y sus zozobras. Las Facultades enseñan a razonar en el ámbito de unos determinados conocimientos, pero la conexión inmediata con lo que se considera exclusivamente útil anda por otros derroteros y quizás este aspecto no es comprendido por todos los matriculados. Einstein como oficinista soñaba con otros territorios para la física, luego la vida le sonrió con una plaza como profesor bien remunerada. Grigori Perelmán, uno de los grandes matemáticos actuales, vive con su madre recluido en un modesto piso de San Petesburgo. Ese ánimo que desea descubrir el saber, combinado con el disfrute de la edad juvenil, teje el equipaje adecuado que debe acompañar al estudiante universitario, el triunfo laboral depende de otros muchos factores en gran parte ajenos al campus.

A clase

12 Sep

Hoy comienza otro nuevo curso escolar. Lo que en otras sociedades incluso significa una jornada de celebración colectiva, aquí se inicia tintado por esos goterones de desprestigio que sobre los docentes salpicaron Esperanza Aguirre y Ana Botella, ambas la más clara prueba de que en efecto existen maestros tan malos que ni las eneñaron a razonar. A mí lo que cualquiera de estas dos políticas diga, la verdad, me trae sin cuidado; ambas han demostrado hasta el hartazgo que su equipaje intelectual se reduce al neceser. El problema no son ellas ni su grupo de palmeros, el problema es que sus palabras corretean por los medios de comunicación y a veces arraigan en los territorios sociales menos propicios para que la idea de que el maestro, igual que el médico, el funcionario -así a bulto-, el policía e incluso el político, no trabaja y cobra del tesoro público. Este mismo viernes asistí involuntario a un monólogo improvisado en el bar de un barrio de esos por donde nunca pasarían ni la Aguirre ni la Botella. En aquel cenáculo con intelectualidad de muy baja tensión un tipo vociferaba a todo aquel que quisiera mantenerle la mirada, lo vagos y lo malos que eran los maestros. No sé si aquella criatura se ha reproducido, o nos ha hecho el favor de que su ADN no siga ensuciando el planeta, pero si alguna vez se viera obligado a acudir a la Jefatura de Estudios de un Centro escolar, se sentaría frente a una persona a la que odia de antemano y a quien percibe como alguien desprestigiado incluso por políticas que salen en la tele y hablan fino. De poco vale las explicaciones ofrecidas por la Aguirre después de su eructo; el primer titular ya funcionó como un torpedo a la línea de flotación del necesario prestigio de los docentes. Una clara incoherencia germina esta mañana en familias que mandan a sus hijos a clase con tipos y tipas a los que previamente se ha, si no insultado, al menos puesto en duda. Los niños no son tontos y aplican la deducción lógica con mayor lógica que la Aguirre y la Botella, o señora de Aznar ¿Por qué va a aguantar a alguien del que en casa dicen que es un chupón y lo único que quiere es tener vacaciones? Es verdad que hay maestros malos, pero también los hay peores, como los que ahora se sentirán avergonzados de haber formado a la Aguirre y a la Botella.

Aún quedan amplios segmentos sociales que guardan odio a la escuela. Las y los nacidos en los principios de los años sesenta del pasado siglo, cuando el baby-boom y el desarrollo de la economía española basado en la emigración interna y externa, se vieron inmersos en un sistema educativo selectivo. La escuela-cernedor. La función de las escuelas e institutos consistía, entre otras cosas, en uniformar la sociedad española bajo la ideología del nacional-catolicismo y en segmentarla de forma piramidal, una elite dirigente y una masa obrera preparada para obedecer. En este tipo de sistema el fracaso escolar se consideraba un elemento natural del aula y el maestro se convertía en un educador de niños sumisos mediante el uso de la violencia si encartaba. Quienes ahora nos acercamos a la cincuentena podemos contar anécdotas y anécdotas sobre guantazos, palmetazos, brazos en cruz, de rodillas contra la pared y demás. En parte de aquella legión de desheredados del sistema aún flota cierto rencor hacia unas aulas y unas figuras que en su día no sólo inculcaron miedo sino además un sello de marginalidad. En esos pastos es donde prenderá la llama que defecó la cochambre ideológica de la Aguirre y la Botella, señora sólo de Aznar. En otras sociedades ya digo que el inicio de curso se celebra con desfiles y festejos. Yo prefiero la discreción de una maquinaria que funciona sin que nos demos cuenta y hoy arranca un motor que siginifica la civilización, la luz contra las tinieblas de la ignorancia, el triunfo de la humanidad frente a la animalidad. Cada pupitre es un escalón hacia el sueño de una sociedad feliz, cada maestro la mano que ayuda. Hoy comienza el curso, un motivo de alegría.

Familia y escuela

5 Sep

La Junta de Andalucía ha editado una guía en la que indica a las familias cómo colaborar con las escuelas e institutos en el proceso de aprendizaje de los hijos, además de sus deberes y derechos. Si la familia no educa en casa, si no fomenta el interés de los chicos en sus estudios, los niños y adolescentes se tienen que convertir en auténticos héroes de su autoconstrucción personal para que el periodo escolar sea una época fructíifera que aunque no garantice el éxito económico a lo largo de toda la vida, si minimizará los efectos de esas trampas dañinas con que la existencia nos fastidia paradójica la propia existencia. Si la familia no se implica en la enseñanza de sus retoños, si no inculca en el hogar y desde la temparana edad de los hijos el respeto al profesorado, que no es otra cosa sino hacerle ver a los chicos que sus profesores son sus guías durante una gran cantidad de años, quedarán pocos recursos a las aulas para evitar un fracaso escolar casi inevitable. La única cualidad positiva que se puede encontrar en la deprimente cifra con que el paro nos golpea dos meses no y diez sí, es que hace palpable la exigencia de una sociedad española mejor formada. Legiones de estudiantes se lanzaron hacia el dinero rápido en los sectores vinculados con la construcción; ahora se encuentran sin trabajo, sin una cualificación profesional que les permita encauzarse hacia otros oficios y, lo que es peor, sin muchas posibilidades de regresar a unas aulas donde puedan paliar sus graves carencias formativas. Cuando hemos llegado a la conclusión de que no podíamos asfaltar y enladrillar toda la Península e islas a ver en qué van a trabajar nuestros obreros. Una educación social sólida no asegura el bienestar colectivo, ahí quedan los países del Este de Europa para demostrarlo con la antigua Unión Soviética a la cabeza; son muchos los factores que acompañan a un Estado hacia los podios de la gloria, pero si falta ese primer pilar educativo entonces es seguro que una sociedad ni llegará, ni consolidará un solo peldaño de su fortuna común. La colaboración de las familias es imprescindible para que esa base fragüe.

Sin embargo, en nuestra España donde a causa de la crisis arrecian las reflexiones sobre la importancia de la educación y formación de los ciudadanos, las instituciones, como colectivo, no ayudan para que las familias a su vez puedan colaborar en ese proceso del que, según parece, nadie duda de su importancia. Una contradicción más que corretea por estas tierras del dios ibero. Una serie de televisión -donde por cierto se retrata a un instituto como una especie de sucursal de Sodoma y Gomorra- destinada a un público adolescente se emite hasta la una de la madrugada sin ninguna consideración al horario escolar del día siguiente. Ante este hecho los padres se ven obligados a estar como guardianes de discoteca frente al televisor para que los chicos vayan a la cama. Están en la edad de las irresponsabilidades y las pequeñas aventuras como la de intentar quedarse a ver la tele en un tiempo poco adecuado. No sé si alguien se ha quejado por estos horarios de emisión de un producto destinado a un público en edad escolar. La audiencia manda, la publicidad manda y a la familia toca la bronca o al profesor la tarea de despertar a los niños. Es necesario un pacto por la educación donde se revisen no sólo la pertienencia de las ofertas de ocio, sino los horarios laborales que impiden a los padres estar con sus hijos, o el calendario escolar donde la devoción y la tradición mantienen festividades que en ocasiones obstaculizan el necesario ritmo en el aprendizaje de los contenidos. Está muy bien que la administración educativa promueva este tipo de cuadernos al que nos hemos referido, pero mejor estaría que desde la misma Consejería, o mejor desde el Ministerio, se impulsara ese pacto global y amplio sobre educación que la sociedad democrática española arrastra como un suspenso aún no recuperado igual que un mal estudiante al que su familia olvidó en la cola del desempleo.