Rafael Perales

27 Jun

juguetes1Esquelético, con la dentadura inclinada al interior, cetrino más que moreno, y los hombros arqueados hacia fuera, sazonaba poca gracia en sus conversaciones siempre sobre asuntos relacionados con el trabajo, o los últimos programas populares de televisión. Un hombre demasiado metódico para que atrajera a otra mujer excepto la que condujo a los altares. La existencia sosegada de quien tras muchos años obtiene un bolígrafo recubierto de oro, regalo de su empresa. Disfrutaba, sin embrago, con los celos que esclarecía en su esposa.
-Pues ha llegado una empleada nueva a la oficina -punzaba cuando Rosa servía la comida-. Una chica muy agradable -alzaba un bocado con gesto serio.
-¿Qué tendrás tú con esa? Porque ya es la segunda vez que me lo dices. -La señora se retiraba a buscar algo.
-Pero qué cosas tienes, Rosita mía. Eso no es cierto, yo no te he contado nada.
-Si no te acuerdas, porque no sabes ya ni lo que dices, peor para ti. Se ve que tienes asuntos en los que pensar. -Arrojaba sobre la mesa un plato de boquerones fritos.
-¿No te sientas mujer?
-No. No tengo ganas. Cenaré mañana.
Tras un par de horas, el ritual concluía con unos besitos y la frase lapidaria de Rosa: “¡No son nadie las mosquitas muertas esas!”. Rafael se sentía como un rajá arropado por la favorita de su exiguo harén.
Los humanos continuaríamos subidos a una rama en África si disfrutásemos con lo que se nos ofrece al paso de las horas. Como homenaje a los ancestros nos obligamos a explorar el más allá; que el paisaje diferencie los días. El hombre es movimiento a imagen de sus relojes. Uno dormita pacífico en el sofá y, de pronto, lo asalta la angustia porque morirá algún día y, por ejemplo, nunca fue pescador de altura. El aguijonazo, de compleja sanidad y difícil quiebro. Si la víctima realiza los delirios inducidos por esa ponzoña, permanecerá en calma durante años, incluso, toda la vida; de otro modo, se encadena preso de una alucinación crónica, sumido en el sueño de un pretérito imaginario que evoca en cada rato ocioso, atunes entre redes que nunca existieron, junto con fauces de tiburón; el paciente babeará ante el fantasma de mujeres exuberantes expuestas en esos puertos a los que nombra el prestigio de lo exótico; y, lo que es peor, flagelará a cuantos lo rodeen con narraciones sobre sus deseos imposibles en las que se exhibe un saber sobre esos temas adquirido en reportajes de revista dominical.
Rafael retozaba cuando su aguijonazo lo sentenció como cónyuge mustio preso de un matrimonio con demasiada virtud; obsesionado por el intercambio de pareja como estímulo para el deseo, convergió todas sus energías hacia una misma hazaña. Existen personas que piensan cuantas novedades les presenten; con igual criterio dilapidan horas remirando un par de calcetines de rebajas, o si aceptan un cargo superior. Su anverso se cifra en esos caracteres que comienzan con facilidad caminos de final dudoso, también reflexivos, pero incapaces de que las elecciones desplieguen ante su paso los espejismos del sendero. La ilusión ciega al relámapago. Quizás nos rodeen esos tipos calculadores de inconvenientes en proporción justa con quienes cierran los ojos ante el salto.
La compra de una cámara de fotos digital inició la aventura; los ensayos revolvieron costumbres domésticas con enseres que Rafael contemplaba desde el balcón. Una noche en que cumplía la costumbre de la cópula quincenal introdujo la máquina entre el juego.
-¿Qué te importa? Si esto no lo veremos más que nosotros, mujer.
-Que me da vergüenza, te digo.
-Venga, ponte así ¿Ves? Mira, la foto inmediata. Mira. ¿Ves?
-Pues salgo fatal, no me gusta nada.
-La borro. Ya está. Venga, Rosita, maquíllate, venga, bonita, anda ¿Qué más te da? Si lo hago para divertirnos.
Rosita arguyó después menos inconvenientes. Había sido educada por su madre en la firme creencia de que lo que un hombre busca por las esquinas lo que no encuentra en casa, cedería, pues, a los pequeños caprichos del marido cuyas veleidades se incrementaron conforme aprendía los misterios de los programas informáticos para colorear, modificar y perfeccionar las imágenes. Apenas los dos niños abandonaban la casa, Rafael prestidigitaba ante su esposa un tanga, un vestido de encaje, un disfraz de criada con encajes a la altura del pubis, un pene de goma, incluso, dos de diferente textura y tamaño. Eclosionaron las imágenes: en la cama penetrada por su marido y un juguete, en el sofá realizando una felación y pintada como una prostituta de estampa costumbrista; con medias y tres falos según voluntad del coreógrafo; en fin, las sorpresas fueron a más y la vida sexual de los Perales tomó un rumbo tan feliz como inimaginable para quien los conociera, pero el aguijonazo no cesaba su comezón.
Rafael Perales recibió un curso para empleados sobre la navegación y uso de Internet; durante aquellas clases, un compañero le aconsejó una página pornográfica gratuita; allí se exhibían, por orden alfabético de seudónimo, las fotos de parejas, tríos o señoras que enviaban los propios usuarios; además, a través de aquel pasillo se accedía a un salón virtual para quienes buscaran el intercambio de parejas, o de materiales gráficos más explícitos. Cuando las sesiones erótico-domésticas destaparon su monotonía por reiteración, a Rafael se le ocurrió encender el ordenador y descubrió ese nuevo mundo a Rosita. En contra de lo que él imaginaba, ella mostró una gran curiosidad por las modelos, los distintos enlaces y los comentarios soeces y laudatorios que los viajeros electrónicos escribían sobre las mujeres allí expuestas. Rafael condujo con disimulo la mano hasta la entrepierna de su mujer, que seguía leyendo en la pantalla como si buscara una receta para comida de aniversario; Rafael introdujo su dedo por la vagina excitada igual que cuando los primeros escarceos con la maquinaria venusina; tras unos segundos, besó su cuello y gozaron ante el ordenador con un ímpetu sorprendente para ambos. En pocos días, las fotos de Rosita espoleaban a cuanto navegante descubriera aquella página; no se ofendía por los textos sicalípticos remitidos a su correo acerca de sus pechos, su magnífico culo o la preciosidad de su pubis rapado, último hábito suyo; así lo presentaban todas las porno-divas y aficionadas que aparecían en la Red. A los cinco meses de haber iniciado este juego, Rafael le propuso que visitaran cierto bar de copas.
-¡Pero qué vergüenza! ¿Y si no sabemos qué hacer allí?
-Bueno, mujer, se trata de mirar, comprobamos si nos gusta aquello y ya está.
-¿No te importaría verme con otro?
-Yo qué sé mujer. ¡Qué preguntas haces! Una cosa es que te acostaras con alguien sin que yo lo supiera y otra, esto; es una especie de carnaval; los dos nos disfrazamos de lo que no somos. Yo te quiero, tú me quieres y los matrimonios necesitan complicidad, novedades; lo que estamos haciendo, cariño. -Rafael, como un gato meloso, mordió el hombro de Rosita a la vez que le acariciaba los pezones.- Además, ya sabes el éxito que tienes, amorcito. -Rosita se tumbó en la cama.
Tras enviar a los niños con su abuela materna, el matrimonio Perales se lanzó hacia la Costa en busca de sensaciones experimentales protegido por lencería comprada la ocasión. Rafael conducía abstraído en unos tenues espasmos estomacales originados por una mezcla de incertidumbres, miedo y excitación sexual. Llegaron al “Sirius”, en Fuengirola. Cuando abonaron la entrada, una rubia madura con formas redondeadas, Fani, la dueña, los recibió como solícita anfitriona, orgullosa de su establecimiento. Un local amplio y elegante, con pistas de baile oscuras, saloncitos con luces rojas y camas, piscina, bañeras y un buen número de clientes, muchos de los cuales se acariciaban entre las sombras. Los inquietó aquel ambiente. Fani, tras indicar a uno de los camareros que les sirviera una copa, apareció con una pareja; al principio, ella condujo la conversación, surtida de anécdotas y risas; luego, cuando el alcohol provocó sus efectos, los cinco intervinieron con mejor ánimo y desparpajo. Fani propuso un baño de espuma; allí, comenzó a acariciar a los dos hombres, luego a las dos mujeres; vencida la vergüenza inicial, los cuatro culminaron sus deseos bajo la supervisión de aquella domadora circense.
El regreso transcurrió silencioso. Rosita había chillado de placer, mientras que alguna dificultad eréctil y eyaculatoria de su cónyuge hubo de ser resuelta por la anfitriona con bastantes dificultades. Una experiencia desagradable; el aguijonazo de Rafael se manifestó nefasto; de esos aguijonazos trampantojos que sólo conducen a la tristeza, incluso, a la ruina. No podía olvidar los gemidos de Rosita; con él nunca brotaron con tal volumen; exclamaciones leves tras el acto, pero poco más.
La convivencia se enrareció. Rafael fue deslizándose por el barranco de un desatino que le inducía al recuerdo del otro en cada postura, en cada gesto de Rosita, en sus ojos cerrados o en sus novedosos ayes de diva. Los celos surgen y veloces calan raíces alimenticias en el jardín de nuestros complejos personales. Rafael comenzó a comportarse de un modo inconveniente en el trabajo, padecía episodios de ausencia aunque hablara con el director de su departamento; los informes, redactados a trompicones, henchidos de anacolutos, errores e incongruencias no llegaban a tiempo. Sus superiores lo sancionaron; aquella empresa facilitaba el despido a quien no la satisficiera aunque ostentara el galardón de empleado ejemplar sobre la solapa.
Rafael perdió el control. Huía durante la media hora del desayuno para comprobar dónde se encontraba su esposa; además, adquirió artilugios que registrasen todas las llamadas telefónicas recibidas aunque fueran borradas de la memoria electrónica. Apenas dormía y cualquier comentario de su señora o hijos ocasionaba una grave discusión. Esos trastornos mentales eran soportados por Rosita, pero no se atrevía a hablar de las causas de tanta amargura. El equilibrio psíquico de Rafael cayó. Se escapaba del trabajo durante más de tres horas para espiar a Rosita. Desbocada su irrealidad, olvidó la cita con un importante cliente al que, como desagravio, atendió uno de los ejecutivos generales. Cuando regresó, tras una bronca con Rosita por su excesiva conversación con el frutero, lo aguardaba en su mesa una orden de traslado inmediato a un puesto de inferior categoría y retribución, en la pequeña sucursal de un pueblo a ochenta kilómetros de su domicilio. Peor que un despido.
Aquella tarde, Rafael destrozó el ordenador doméstico a golpes y arrojó la pantalla desde la terraza hasta el asfalto, por suerte sin más consecuencias. Ante aquel episodio de locura, la policía escoltaba al médico de urgencias, un chico frágil y menudo, recién salido de la facultad frente a su primer caso difícil. Lanzó por delante a agentes con porras y subalternos con la camisa de fuerza; fue el último en entrar con su jeringuilla cargada de tranquilizantes, cuando ya Rafael se revolvía por el suelo como lombriz presa de la trampa. Chilló, como nunca lo había hecho, que se marcharan de allí, que no estaba un loco, que Rosita era una puta y que Rosita era una santa, que Rosita lo perdonara y que Rosita se hundiera en el infierno. Un aguijonazo letal.

LOS BARRIOS LENTOS

27 Jun

miraflores

 

 

 

LA NIÑEZ ILUSTRADA

Entre las calles poco conocidas,

los pisos sin fortuna rebosaban

de broncas y de golpes fácilmente;

el paro, el poco sueldo

o las desilusiones

asediaban la paz de la familia,

mensajeros de un Dios menospreciado

a la busca de algún altar propicio.

 

Este era nuestro pan cada jornada,

la imagen simple y sepia de la vida,

la puta realidad

paciente como un francotirador.

 

Imposible jugar entre los coches;

los locales repletos de basura

nos cobijaron cómplices

en un barrio sin parques ni alamedas.

Siempre fue tonto el último en correr,

y los golpes le daban la medida

del lugar asignado por la tribu.

 

Paco “el bala” tenía fijo el puesto

entre los perdedores de la escuela

y quiso demostrarnos sus cojones;

golpeó con un martillo el proyectil

que, mientras lo dejaba manco y tuerto,

hizo el favor de darle un nombre propio.

Así se convirtió el niño en ejemplo

de que los héroes suelen ser mediocres,

pero con más fortuna que nosotros.


RONDA OESTE (N-340)

Se alzó junto a mi casa como un premio.

 

Aquella arquitectura de prodigios,

pronto fue una conquista bucanera;

excursiones felices por arcenes

repletos de despojos:

latas, preservativos, pintalabios,

algún tubo de escape.

Un álbum oxidado en la desidia.

 

Las noches con matrículas exóticas,

imaginaba alegres pasajeros,

sordos a los encantos

de la quietud fingida del hogar;

el camino de rosas hacia hoteles,

y tarjetas con crédito.

 

Nunca encontré sus límites.

 

Ahora circulo rápido por ella,

evita retenciones,

engaña a la ciudad y me devuelve

con desprecio el peaje obligatorio

de las horas que entrego cada día.

 


ASESINOS

Con quince años,

fuimos ya servidores de la muerte,

mensajeros sin causa

del breve telegrama sin destino,

apenas un motor, la máquina inclemente,

del vodevil que inicia el espectáculo;

luego, su aparición fugaz en la opereta,

con artes de tahúr ensimismada

en sus vicios grotescos

por sabidos.

Quizás la muerte exige sólo muerte,

y punto:

Por la cola, los gatos pendían de los techos

con cierta dignidad ante la farsa;

provocaban las risas al acertar los dardos.

Y las muecas convulsas de las ratas

con la inyección de ácido en los ojos.

O el fiel y noble aullido

de los perros que ardían,

la magia de la hoguera,

como una bailarina de estriptís

que encerrara el deseo

en la luz de su ombligo.

O los otros -cualquiera-

bajo la tarde roja y malva,

el silencio vencido por los golpes,

de dos en dos atados y corriendo

igual que si buscaran

adelantar las horas, la mañana

que no verían.

La muerte exige muerte a sus soldados.

Nos grabó su tatuaje de sombras al nacer.

No cabrá incertidumbre en mi camino.

 

LAS DEUDAS DEL JUEGO

No has cambiado:

melena hippie

y un ron cola a las diez de la mañana.

 

Un rápido saludo delimita,

por compromiso,

tu espacio de silencio y soledad

en una barra llena hasta los topes.

Hora del bocadillo.

 

Sigues cobarde,

instalado en aquellos días

en los que la alimaña del futuro

lamió dócil tu mano,

sol, discoteca, hoteles a los quince,

y el sello de una uñas en la espalda,

carriles de autopista

favorable a los que echan buenos polvos

en la costa.

 

Inquietud en la noche,

cuando nos enseñabas

las frases convincentes del inglés,

los trucos para abrir sujetadores

o para abrir las piernas;

orgullo del trabajo

y el goce de contarnos tus proezas

antes de irte a la playa,

en autobús.

 

La suerte previsible

te dejó en cama y solo,

supurando el vacío de las horas sin rumbo,

calles enmohecidas

por un ritmo viscoso, señor nuestro.

 

Yo pago, te debía las leyendas,

el mundo diferente más allá de esas tardes

diluidas en el cáliz de una iglesia,

o en un partido absurdo con pelotas

de papel en la acera,

esquivando con miedo

algo incoherente,

oculto en la palabra vida.

 

DOCTRINA URBANA

El día de verano se levanta

tras el escape libre de las primeras motos.

Un viento, que es dulzura, dormirá

faroles e inquietudes.

 

No conoce alambradas

la ambición del termómetro;

y el sol, con la certeza del silencio,

secará cada nombre,

cada combate.

Lo entiendes,

cuando ya has sumergido

el calor en tu cuerpo,

sin huida posible.

 

El día será fiel a su estrategia,

inmóvil,

igual que el evangelio

donde la honra alumbra a la desgracia.

 

Son unos pocos trucos esenciales.

Primero, en la nariz

y cuando el dolor nuble su equilibrio,

en la boca.

Él o tú. Y ya sabes que los hombres

no pueden ser piadosos, ni maldecir el daño

que cultivan. Y nunca

Inclines la cabeza,

el perdón es limosna de cobardes,

sea su muerte la paga del desprecio.

 

COSTURERA EN EL JARDÍN

Los jardines del barrio

casi no ven el cielo que desgarban los bloques,

y en la fuente

entierran su ternura, triste por el olvido,

peluches y dibujos;

orina, polvo y lluvia.

 

Pero ahuyentan el orden impreciso,

el martilleo exacto de metrónomo

con que la soledad asfixia.

 

Fecunda el sol de tarde,

aunque frío,

las escenas campestres del mantel,

y brillan las agujas en el pecho,

galones sobre el luto

por servicios prestados.

 

A veces la costura pesa,

quizás vista cansada

de seguir a las horas que se escurren;

entonces se remansa en su pupila el tiempo,

como un lodazal

que hará fértil la siembra del hastío.

 

El desencanto teje cada día;

no hay dedales que eviten las puntadas

de un péndulo en reposo.

JUANI LA LOCA

Basura.

No hay contenedores.

Son útiles las bolsas en las fuentes;

arden, de vez en cuando,

y compiten los niños

que mean desde muchos metros sobre las llamas.

 

Están rojas e inmóviles, las pupilas de Juani,

espejo de otro mundo ante la hoguera,

su túnel interior con luz de niña débil;

una caja de música en silencio,

rota por la eficaz orina de los niños,

los insultos y golpes.

 

No se limpió el meado ni la sangre,

según los testimonios,

fue apacible su gesto, mientras apuñalaba

a aquel chulo del barrio;

solamente en sus ojos,

el azul ya enfermizo de la hoguera.

Huyeron los demás intimidados

por aquella concordia tan contraria:

Aquí, la mansedumbre nunca había cubierto

con su manto a la muerte.

 

Después, sobre el portal, las luces,

la nerviosa sirena azul-naranja,

policías y médicos, sus padres,

al fin, libres de aquel castigo.

 

Las bolsas de basura arderán otras noches.

 

 

 

Juani la loca,

el cuchillo, el psiquiátrico,

su libertad, las manchas de las calles.

 

 

 

 

 

 

 

PERROS EN LA NOCHE

Con miedo,

mortecinos de día, imperceptibles,

olisqueando el desprecio,

o la supervivencia cabizbaja

del reproche en las sobras.

 

Yo urdía con su imagen,

cuando la cena

quebraba el frágil rato de los juegos,

una legión famélica,

amigos que vencían

el hogar, su liturgia.

 

No los vimos ninguna tarde;

regresaban a oscuras,

quizás acompañados por el frío.

seguían el silencio,

las trochas entre escombros,

los charcos, la paz sucia

de los signos con tiza

que celebraban el coño de la Paqui

o que alguien tiene cuernos.

En sus fauces traían soledad.

 

Furtivos,

expoliaron los cubos de basura,

y mi vigilia,

miedoso fanfarrón sin guardaespaldas,

mientras la podredumbre fuese el calor del aire.

 

A veces, mi hija llora por la noche,

al despertarme siento

una inquietud sureña

por la combinación de noche y llanto;

en la distancia, algún ladrido.

No sé evitar que mi hija

oiga los perros.

 

LOS BARRIOS FAMILIARES

Las esquinas parcelan como agujas

este molde de hastío,

estratos superpuestos que se tiñen

con cortinas y vaho noble

de café vespertino en los cristales,

cuando en invierno duele la ventisca,

camino del trabajo.

 

A la luz de los pobres

voltios, calla el papel pintado,

conflictos hogareños

en que la sangre,

bendecida por santos de culpas y escayola,

casi no deja huellas

en la imitación plástica

del suelo de parqué.

 

Huye por los desagües, el lamento

de quien ve en la derrota

el tatuaje que infecta su destino.

Anuncia la mañana,

el dolor de los golpes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA PROFECÍA

Cubre el polvo, los pasos

vacíos de las sombras

y un calor de injusticia

acompasa la siesta;

éramos hombres libres por las tardes,

de tres a cinco, reyes

del silencio y la brisa

que aturde la conciencia,

que derrite el asfalto.

 

El único mayor que vigilaba,

espectro mortecino del insomnio,

nos quitó la pelota.

 

La luz era dañina,

y más, aquel discurso

que, sobre miserables, e indolentes

describía con saña

un amplio repertorio de conjuras,

trincheras enemigas y hoteles engañosos,

donde nunca tendríamos descanso

como perros que intuyen la carroña

en la red de los días.

 

Mientras retuerce

el aire con las manos,

brutal entre el presagio oscuro de los sueños,

alguien lanzó una piedra;

se hizo quietud el odio

y segura, la torpe derrota de los años

 

Fue inútil que muriese el mensajero;

reconozco, no obstante, que la vida

tuvo alguna nobleza,

pues, igual que en el cine,

engrasaba el revólver,

cuando nos chivató sus planes.

 

 

 

 

PAISAJE VESPERTINO

 

Sonó tarde.

El reloj vuelve estorbo la mañana.

Sin afeitar, la misma ropa

y el llanto

de mi hija que despierta

con una historia absurda sobre el monstruo

que papá llama tiempo, y nunca tiene,

y va tarde.

Luego ayuda el atasco;

y el tiempo, que es un monstruo

japonés, ahora vuela.

 

De pronto, los almendros

-tranquilidad desnuda al paso de tu coche-

te reprochan los límites del día.

Tras la curva atestiguan

el tributo al divorcio

entre alguien que despierta

y un mundo que despierta

con leyes más piadosas,

más exactas.

FANFARRIA PARA LAS CALLES  MUERTAS

Trazaron la ciudad para que el tedio

marcara el ritmo lento de los días

y reclutó vecinos como espías,

soldados sin un himno protector,

devotos de miserias cotidianas,

que, entre el ruido trilero de las calles,

son el coro que canta los detalles

del eterno retorno hacia el sopor.

 

Besos bajo farolas oxidadas

único acelerón a la tibieza

en las horas que quema la pobreza

de un futuro arrancado de raíz;

cualquier operación, a corto plazo,

así la vida pide que se viva

para poder andar sin perspectiva

y en el fondo de nada ser feliz.

 

Asfalto mal pintado y coches viejos,

tendederos cargados de colores,

banderas que destiñen los sudores

de edificios quemados por un sol

que vuelve perezosas las ventanas,

palcos donde bosteza el desengaño

viendo el teatro del mago torpe y huraño

que mataba la prisa con alcohol.

 

RESACA

 

Mi memoria es un mapa preso

del capricho burlón de un contramaestre

que dictó en el cuaderno un falso rumbo;

No coinciden las fotos con los diarios,

Y los lugares tienen otros nombres.

 

Se enredan los recuerdos

Entre un viento confuso de preguntas.

 

 

 

ALBA

Cuentan que siempre hiciste la calle en estos barrios.

No es verdad;

hacías los retretes, los ascensores,

o los mismos refugios por horas que hoy ocupas.

 

Íbamos a tu altar, aquella tarde, oscuros,

bajo el brillo insolente

de las farolas,

miedosos navegantes a merced del silencio.

 

Desde aquel día, heridos

por los trazos seguros de tu lengua,

volvíamos con ron y Coca-cola,

con frecuencia, con prisa y, claro está,

con dinero,

que cortabas tú a hostias

el mal rollo del chulo que quisiera

follar de balde.

 

Te encuentro en la autopista;

Como a un cliente novato me saludas,

Y me doy el difícil privilegio

De abrazar la memoria, aunque alborotes,

Si te enredo en posturas imposibles,

Engaños que cobijan

Esta porno-victoria

Sobre tus callejones con ratas y sin luz

Tan lejos de mi mundo.

 

Me demuestras

Que aunque el sexo se oculte en las esquinas,

O haga autostop en zonas de talleres,

Desnudo junto a un fuego,

En la huida

Deja, según costumbre,

Señales que no borran otros labios.

 

SOBRE MI AMOR

Cuando lo conocí, pillé una faringitis

a causa de una grave ducha fría;

cosas de adolescentes

que compensaron otras duchas dulces

con la limpia insistencia

del jabón en los besos.

 

Años después, los golpes de reloj,

el orden en la vida marital;

mundo abreviado e impuro

de duchas moderadas, abstraídas

como las buenas noches

que nos dábamos,

tras lavarnos los dientes.

 

También hubo algún cuarto ajeno,

postal de vacaciones

en el que adulterar con otro cuerpo

la llama de un calor perdido;

la ducha simplemente higiénica

y un ascensor ruidoso,

que nos devuelve a un vago

proyecto de la noche,

cuando el silencio aturde.

 

Y ahora esta ducha lenta,

cerrados los talleres

que curaban los golpes

en que se funda el verbo convivir,

punto y final de nuestras duchas,

atrae la esencia líquida

donde nada mi amor:

el cubata que cargo antes de la refriega,

las lágrimas,

los fluidos,

-versos con más verdad que cualquier verso-

la necesidad húmeda

de ser saliva en cada hueco,

en cada borde, o en otra historia;

amor inaprensible que te escapas

por las alcantarillas

çcomo el agua a su origen

para volver rebelde y sin aviso

un instante a mis labios.

 

DETALLES DE PODREDUMBRE

Nos quitamos la ropa con la rabia

de no estar ya desnudos;

dos perros y un despojo de carne en la pelea

se funden

con la lengua, en la espalda, en la victoria

jadeante que se nubla

junto a un cuerpo

por el placer exhausto.

 

Patente de la urgencia,

la almohada por el suelo,

qué exquisitas cabriolas,

mi luz, mi piel, mi amor,

¿quién no hubiera apostado por nosotros

al vernos en la cama?

Los días, sin embargo, humedecen los muros,

diluyen los colmillos.

Esparcieron su paz muerta en los besos.

 

Quizá ninguna de estas cosas,

pero los desayunos

en ausencia a tu lado,

los hoteles con nombres cursis,

el chivato ascensor ruidoso,

tus naipes en las bragas

mi fobia a tu teléfono,

la torpe incertidumbre de la lluvia

camino de mi coche

cuando se despereza, gris, la luz.

CONTRA FANTASMAS DE AMOR

Silenció aquel pantano 

sus calles.

Desde la presa,

mi abuelo describía

su juventud, sumiso;

le enturbiaban las novias

el oleaje enclaustrado del recuerdo,

y pretendía ver inútilmente

su adolescencia

bajo la superficie legamosa del agua.

Ninguna tarde vio las cumbres

de los montes cercanos

disolverse en la luz, rojizas,

ni la quietud de espejo que planea

tras el rasante gris de los halcones.

 

La muerte mentirosa

ancla al tiempo pasado la alegría,

va contigo al retrete

en el mejor momento de la fiesta,

no se corta al pedirte

migajas de minutos o de miedo,

que otra vez le darás

dócil como una puta.

 

Si no, imbécil, dime,

junto a esta chica,

ojos grises que instruye el diablo,

ahora que son propicias la música, las luces,

y la vida se exhibe transparente

bajo las transparencias de su escote,

¿por qué no abrazas

con gesto posesivo su cintura

y la besas igual que un condenado

a la vida?

 

Te cobrará la muerte su tributo

sin deducir tus anticipos,

y el fantasma que velas, a estas horas,

es un río en los labios de otro.

MOTIVO PARA TATUARME

 “Te llamaba

para que nos tomáramos

unas cervezas.

Estaré todo el día en casa,

por favor, cuando llegues,

telefonea.”

 

La soledad también aumenta de tamaño

avisa, no es traidora,

susurra desde el jueves,

por esa coincidencia

de todos los amigos

en los pequeños viajes

los fines de semana.

 

Es fiel y libre igual que el lobo

en el pecho tatuado,

su mirada se fija en quien lo mire,

el temor a sus dientes me da fuerzas

como al piel roja.

Anula con su aullido de silencio

la risa de actriz mala

con que la soledad niebla las noches.

 

MELODRAMA DOMÉSTICO

En frontal, plano medio, un tipo carga

el tambor del revólver;

otro lo empuña dócil a su suerte.

Huye de alguien.

Las apuestas confirman sus victorias.

Me quedo sin patatas,

y desde la cocina intuyo que el disparo

no fue igual que los otros.

El héroe en primer término, sobre un río de sangre.

Sólo una vez se gana a la ruleta.

Seguro que apretó los dientes

para darle al gatillo;

por fin, tras muchos años, la vio en aquel tugurio.

En su memoria dejo las patatas.

Levanto mi cerveza.

 

No existe indignidad en la derrota, amigo,

pero uno de los dos, a nuestro modo,

merecía la luz clara del triunfo.

 

 

FIN

Erecciones

27 Jun

viagra1Desde que el humano adoptó la posición erecta, aparecieron los problemas de erección y relación con la hembra de la especie. La próstata, según parece, no soporta bien el estrés moderno, y la mujer, al esconder sus órganos genitales, aprendió a actuar como un aduanero con quien es necesario congraciarse, mediante diversos métodos, para que abra la frontera. La erección, pues, es el gran drama humano; por eso, hay delitos que merecen castigos rigurosos; por lo que propongo que se acuse de “lesa humanidad” al tipo que falsificó las “Viagras” distribuidas en París; según parece, un ciudadano canalla de Bombay.
No es lo mismo vender estimulantes ineficaces en Calahorra, o en la Soria mística y guerrera, que en París o Torremolinos; el daño va a ser de alcances denigrantes. Imagine que convence a alguna despistada para un viaje a París, pagado por usted, claro, que incluya un tópico paseo en bateau-mouche por el Sena, cena en un bistrot de Mont-Parnasse con velas, ostras y champán pagadas por usted, claro, y, cuando los ojitos entornados de la incauta comiencen a soñar paraísos corporales, vaya usted al servicio para ingerir la tal “Viagra”. Ahora, ambos se lanzan a por un taxi que paga usted, en esa carrera loca contra el tiempo, en que calcula el momento del beso, los minutos de estimulación previa, otra botella de champán, pagada por usted, en la habitación, tras un infierno de nervios por disfunción eréctil; para finalizar, con la articulación lastimera de una serie de justificaciones sobre por qué el sexo oral es la mejor experiencia posible para la mujer. Hay delitos, ya digo, que merecen el desuello público.

Pablo Alonso Herraiz

27 Jun

herraizSi no recuerdo mal, fueron los romanos quienes esculpieron para la posteridad que el hombre es un lobo para el hombre. Siempre me pareció el lobo una criatura noble, incluso porto uno tatuado; antes me fiaría de un cánido en mitad del campo que de un semejante. No cultivo demasiada buena opinión de nosotros. La mayor manada de lobos nunca turbaría nuestra conciencia con titulares como los de la semana anterior, reflejo de las facetas más execrables de la inteligencia del humano, animal ajeno a sí mismo, extranjero a su instinto y a su planeta, semi-dios engreído al que jamás importó violar sus crías aún lactantes, o legar bombas al azar para que siembren el pánico entre los suyos. Ya digo, los lobos generaron miedo sólo en nuestro imaginario colectivo, tal vez, porque a algún ser debíamos atribuirle mayor insania que a nosotros mismos; los romanos fueron peritos en estupros, genocidios e inoculación del terror. El hombre es un hombre para el hombre enunciaría esta paradoja necesaria, según veo.
No obstante, también los días pasados me ofrecieron una reconciliación privada conmigo mismo, a través de la última exposición de Pablo Alonso Herraiz, uno de los artistas malagueños con mayor proyección exterior y con una trayectoria más sólida a cada paso. Afortunadamente, en Málaga podríamos escribir esas mismas líneas de otros. Esta buena salud de nuestra creatividad se materializa en la ética con que Pablo enfoca el universo moral humano. Su serie titulada “Pongo un circo y me crecen los enanos”, colgada en las paredes de la galería de Javier Marín, exhibió hasta el viernes una visión de enanos crecidos por encima de las carpas, risueños, laboriosos y felices como símbolos de esas ascuas de bondad que también custodiamos y que, a pesar de que no cumplan las funciones requeridas por la sociedad mercantil que hemos erigido, se avivan en nuestro interior y a veces nos superan hasta mostrarnos como seres libres por encima de esas lonas circenses que coartan la nobleza que algunas circunstancias despiertan. Fueron los románticos alemanes quienes leyeron en D. Quijote al héroe que nos susurra esos párrafos de idealismo que también jalonan nuestra destructiva historia; Cervantes biografió con maestría y crueldad a un fantoche heredero de los extintos caballeros medievales, tan falseados en los relatos como los súper-hombres del club Marvel. La mentira de la mentira, por tanto, nos refleja la verdad y por ahí discurre el camino del armisticio que entablamos con nosotros para que la locura no nos invada. Late en nuestro fondo genético la bondad con corazón de gigante. Oigámoslo por más que el ruido truene.

El que pretende camareras

27 Jun

camareras1Uno de los humanos que naufraga entre el pillaje de las noches lo encarna aquel que busca ligar con las camareras en los bares de copas. Siempre que el paseante fije su atención en la fauna que puebla las barras, descubrirá algún ejemplar allí apostado. El que pretende camareras interpreta sus sonrisas de amabilidad y buen trato como signos claros de amor hacia él. Nunca cae en la cuenta de que mientras el cliente se divierte, ella trabaja, ni de que la minifalda y los tacones adornan en ese caso un uniforme de trabajo que la camarera con gusto cambiaría por zapatillas y bata guatiné de pink house-wive fashion, es decir, de moderna ama de casa con rulos y a lo loco. Una de las características morfológicas del tipo que nos ocupa es su reticencia a soltar el vaso de tubo, siempre adherido a su mano, aunque esté vacío, tal vez, desde un punto de vista freudiano, como símbolo fálico que exhibe ante la chica cuando ella corre de un lado a otro del negocio, sin ánimo de danza pre-coital, sino como imperativo por las demandas de su clientela.
Mientras la trabajadora se desvive, el que intenta conseguir camareras le grita anécdotas, bajo los altavoces donde truena la moda, le arroja chistes, piropos, incluso, cuando ya se atreve, a los que ella sonríe como un autómata para que no se borren de su memoria los seis combinados distintos que pidieron en la mesa del fondo. El ligón de camareras suele ser el último en salir del local, con frecuencia frustrado, cuando llega el novio de la camarera que finalizará su noche, con ducha, un posible masaje en los pies y quizás alguna guerra de cama que el que pretendía camareras resolverá solo, una vez más, ante el porno televisivo de las horas onanistas, cuando la madrugada cuadre su balance de errores.