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Vivir

4 Mar

Los españoles, así a bulto, hacemos muchas cosas mal; pero hacemos una muy bien, mejor que el resto de los mortales. Según el índice Bloomberg Healthiest Country, somos el país, la gente, más sana de este planeta. Sabemos vivir. Demostrado. Datos que fastidiarán en parte este deporte nuestro basado en hablar mal de nosotros y en aleccionar a quien esté haciendo una paella, por cierto, ninguna tan buena como la mía. El auge de la mística dejó en nuestro acervo cultural un ansia de perfección más propio del mundo de las ideas que de las realidades, una epidemia que sólo se curaría mediante el viaje. Pero como sabemos que igual que aquí no se vive en casi ningún sitio, pues eso, uno se considera viajero cuando ha descubierto lo bonita que es Badajoz, los magníficos restaurantes que jalonan Burgos, la alucinante gastronomía de Murcia o lo bueno que está un arrocito con bogavante disfrutado frente a la Malvarrosa. Todo esto está muy bien y es sano, como ya nos han dicho desde fuera, pero cercena la posibilidad de la crítica constructiva y, sobre todo, con conocimiento de causa. No se trata sólo de nuestra devoción por esa dieta mediterránea que también proviene de nuestro Atlántico, ni de una sanidad pública que funciona por más que haya puntos negros; el éxito frente al paso de las horas se fundamenta sobre una actitud vital que no se prodiga en todos lados más allá de nuestras fronteras. Aprender a vivir implica una sabiduría que distinga lo importante frente a lo accesorio durante nuestro paso por este mundo que puede ser valle de lágrimas o menos, según se mire. Los españoles invertimos, en términos económicos, mucho tiempo en disfrutar familia y amigos. Es tan difícil estar solo que cuando sucede, el hecho se transforma en noticia. La soledad es necesaria en dosis; su exceso es letal. Si continuamos con números, las tasas de suicidio de sociedades más desarrolladas y con más euros en los bolsillos, las ha alejado de ese primer puesto en que nos hemos situado, sin darnos cuenta. Haciendo lo de cada día y ya está, siesta incluida, por supuesto.

Pasé en Oxford un mes de agosto hace pocos años. Tuve que comprar la chaqueta más tupida de mi armario, la que sólo uso en días de mucho frío aquí. Puede que el clima afecte al comportamiento de las personas, pero en el extranjero. Pasaba muchas horas leyendo en la red subterránea de pasillos de la biblioteca Radcliffe. La cafetería, dentro del recinto, pero ajena a las instalaciones era conducida por una chica con uno de los trabajos más tristes que he contemplado; allí todo el mundo permanecía en el mismo silencio en que se conducía por la biblioteca. Imaginé el paso de sus años. Soy un apasionado del silencio y de la quietud pero aquello dibujaba casi la paz de un cementerio, también inglés, los más tétricos que conozco. Ese mismo frío estival pasé en Navarra y allí charlaba con los paisanos en los bares y no tenía ninguna dificultad para conocer al comensal que hubiera junto a mí. Considero Grecia como uno de los lugares donde un español se puede sentir más cómodo, a pesar de la dificultad del idioma. Su comida coincide con la nuestra en muchos puntos. En Halkidikí encontré un chiringuito de playa llamado “El niño”, escrito así en caracteres latinos. Magníficos boquerones fritos, morrallita y una ensalada como sólo se combina y condimenta en el sur de Europa. La luz y el mar de Grecia insuflan alegría aunque uno la esquive. Sin embargo, en el regreso a Salónica por la noche, la ciudad más rica e industrial de Grecia, vi que la cola de urgencias en un hospital era inmensa. El único centro sanitario público en muchos kilómetros alrededor. Año 1999, antes de la gran crisis. España tiene que modificar su sistema productivo y paliar, así, las desigualdades sociales y regionales, pero tenemos una maravillosa filosofía de vida que el cuerpo nos premia. Seguiré mojando pan en aceite de oliva virgen, comiendo jamón, tomates y gambas. Disfrutaré de nuestros vinos y quesos y de la sobremesa amiga con unos cubatas y risas. Luego me echaré una siesta. Vivir, privilegio español.

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