Sólo son 4.600

5 Feb

Leí el otro día que de los más de 32.000 vecinos censados hace veinte años en el casco histórico de Málaga, sólo resisten 4.600 valientes. A pesar de ello, el centro de la ciudad está más concurrido que nunca pues, entre otras cosas, en el mismo intervalo hemos pasado de recibir 500.000 visitantes anuales a soportar más de cinco millones de turistas en la actualidad. Tampoco ayuda que el Ayuntamiento se empeñe en atraer al resto de ciudadanos siempre al mismo lugar, diría casi que a la misma baldosa de calle Larios, en cada una de sus convocatorias. Citas cada vez más numerosas por cierto, probablemente para intentar morder mejor la cola del pez gordo turístico y burbujeante que se les ha venido encima con tanto éxito de público que asusta. Procesiones y traslados. Y más procesiones y más traslados. Y un festival y otro. Y una víspera para un nuevo festejo, sin descanso. Y más carnaza, y más leña al fuego. ¿He dicho antes 4.600? Ya serán 4.599, por allí se va uno, caminito de Segalerva.

Esta situación está dando lugar a una congestión y masificación insostenible del centro. Que el antiguo barrio tenga que soportar esa carga ingente de personas ociosas repercute negativamente en la calidad de vida de sus cada vez más escasos residentes, está claro. No parece que haya suficientes supermercados, ni colegios, ni hospitales y en cambio, se erigen muchos más negocios destinados al esparcimiento de los que cinco mil habitantes necesitarían para satisfacer sus necesidades de tiempo libre. El precio de la vivienda se dispara porque no se puede competir con lo que un turista está dispuesto a pagar por sus cuatro noches de vacaciones y si a eso se une que se tenga que compartir escaleras con los que se alojan en apartamentos turísticos de tu bloque, surgen conflictos. No digo ya si la clientela del bar de abajo no te ha permitido pegar ojo durante toda la noche…

Si bien es cierto que, a priori, convertirse en destino turístico destacado parece beneficioso, a todas luces ximénez sobre todo, si no se acompaña de la regulación pertinente, puede resultar nefasto. Venecia o Ibiza son dos claros ejemplos de esta disfuncionalidad llevada al extremo. Advierte el experto Fernando Almedia, profesor del departamento de Geografía de la Universidad de Málaga e investigador de la situación turística de la provincia, en declaraciones publicadas en La Opinión de Málaga, que si no se corrigen a tiempo los efectos perniciosos que conlleva la pérdida de residentes, o de un referente cultural propio, por ejemplo “se tematiza el centro y se convierte en un parque temático de ocio. Y cuando cambie la dinámica tendremos un centro sin personas y peligroso”. Considera que este rápido crecimiento turístico vivido en Málaga es muy reciente y que “forma parte de un ciclo explosivo de crecimiento, que como cualquier otro cambiará para dar paso a uno de marginalidad”. El profesor concluye afirmando que “la ciudad necesita un nuevo modelo de gestión turística, uno más sencillo y menos intensivo como se ha hecho en otras ocasiones y en otros sitios”.

Con estas palabras se muestra plenamente de cuerdo nuestro Consistorio. En palabras del alcalde pronunciadas en una mesa redonda de la Organización Mundial de Turismo aseguró que “apuesta por un turismo sostenible en el que se mejore la calidad de vida de toda la ciudad”.

Pero los vecinos del centro sólo son 4.600.

La muerte en directo

30 Ene

He asistido atónito a otro despreciable mercadeo de la desgracia ajena por televisión. Alguien parece haber descubierto, apartando los escrúpulos de sus previsiones de beneficio, que el tratamiento informativo de la pena solidaria vende una barbaridad y los medios de comunicación en general, con su particular soga de números rojos al cuello, se han lanzado a una carrera despiadada sin límites, árbitros ni reglas, para ofrecernos el mejor entretenimiento de sucesos posible, agitado en truculento directo y en prime time.

Nadie parece dispuesto a renunciar a ese filón publicitario por cuestiones éticas, ni de libros de estilo incomestibles. Han logrado sentarnos al fin a todos, en torno a la familia y al perro, con la mantita de pobres sobre las rodillas para recordarnos lo pequeñitos que somos y lo mucho peor aún que nos podría ir si nuestro destino se retorciera otro palmo más tan sólo, sufriendo lo de otros en comandita, aunque afortunadamente en tercera persona, al calor del hogar y hasta la pausa de los anuncios.

Desde la pasada Guerra del Golfo en directo hasta hoy, que los acontecimientos desgraciados los respiramos a través de la mirilla digital, nos hemos acomodado en la era de las telecomunicaciones y nos cuestionamos menos las cosas del derecho y la prudencia, incluso lo de irrumpir en la intimidad del que padece los peores tormentos. Así, hasta en el peor minuto de quebranto, le exigimos a sus trágicos protagonistas que se coloquen donde los compadezcamos mejor, para no perdernos el desenlace de su fatídica historia. He visto a unos padres llorar la pérdida de su hijo sin tener que imaginarlos derrumbados. No sé a cuento de qué ni con qué pretexto informativo me los mostraron así. No sé con qué derecho. Y no sólo eso, llamamos a su hijito de dos años, fallecido, por su nombre, no sólo en los grandes titulares de los periódicos, también en el salón de nuestras casas, como si lo hubiésemos conocido, como si fuese un poquito de todos. No es verdad. Le usurpamos la privacidad y le violentamos su nombre porque nos lo han ofrecido los telediarios en bandeja de plata. Y nos lo hemos zampado, hasta creernos parte de la trama. Para nosotros este accidente sólo debería haber sido un hecho terrible y luctuoso más. Por nuestro bien. Por el de nuestra sociedad de valores. Y lo que es más importante, por el respeto al dolor verdadero de los que sí han formado parte de su vida.

¿Qué medallas? ¿A quién? ¿Por qué? ¿A qué mineros, a qué bomberos, a qué guardias civiles quiere quién distinguir? ¿A los que hemos visto por la tele? ¿A esos, precisamente, de los que habéis oído hablar en la radio? ¿Los que han salido en las fotos de los diarios durante estos días? Lo único que los hace distintos a los demás héroes que comparten su oficio es nuestro ombligo. No somos tan importantes. La Tierra gira alrededor del Sol. De verdad.

Nos han metido tan adentro de ese pozo, que podríamos santificar, si nos dejaran, al pequeño. Nos han hecho tan partícipes de su desgracia que hemos necesitado encontrar culpables en cadenas de whatsapp, en bulos sobre los padres, en falsas redes de narcotráfico, en agujereadores desalmados del subsuelo axárquico… hasta en un escritor que usa el humor ¿negro? para agitar conciencias, señalando como nadie lo peor de cada uno de nosotros mismos.

Ojalá devolvamos de una vez todo el pesar a quien de verdad le pertenece, a su familia. Todo el sosiego posible a la vez. Ojalá que el foco mediático se desvíe pronto para que ningún político que nos represente siga insultando o menospreciando a nadie públicamente en nombre de la desgracia. Ojalá hallemos todos un respiro al sinvivir de realidad virtual al que nos conseguirán hacer adictos si no sabemos ponerle nuestros propios límites a este horrendo Gran Hermano.

romA y la Contradicción.

23 Ene

Este blog toma su nombre del título de una película de Atom Egoyan. No vi sus últimos títulos, desanimado por las críticas feroces de sus antiguos adoradores, pero lo que me fascinaba de todas las que vi era la ausencia de moralina y de moraleja. Sus personajes eran contradictorios como la vida misma, como los humanos mismos. Nos permitían entender que a Hitler le pudieran provocar la mayor compasión los perros y ninguna los seres humanos; o que a la corriente más abiertamente centrista del PP, encabezada por Juan Manuel Moreno Bonilla, que en su día apoyó en las primarias a Soraya Sáenz de Santamaría, le haya tocado gobernar con el apoyo de esa derecha sin complejos que jamás será encabezada por una lideresa, en todo caso por un líder mujer, porque los de VOX no creen en el lenguaje no sexista, ni en la violencia de género ni en nada que suene a moderno o social. Imagino que a los de VOX no les habrá gustado la película de la que voy a hablar, y a mí tampoco me ha vuelto loco, pero seguramente las razones serán distintas.

Hace tiempo que no tengo tiempo para ir al cine, pero entre las paradojas de la vida, está la de que resulte que las plataformas de televisión estén firmando las mejores producciones del momento, y que las pelis que todo cinéfilo ha de haber visto, se estrenen antes en nuestra tablet que en las salas. Y por eso he podido ver Roma, de Alfonso Cuarón, que compite con justicia en la próxima edición de los Óscars en diez categorías, y que puede aspirar a regalar un quesito rosa en las futuras ediciones de Trivial Pursuit a quien recuerde que es la primera película de la historia nominada a Mejor Película y Mejor Película de Habla no Inglesa. De entrada, la doble candidatura es un pisotón en el callo de la Academia de Cine de Hollywood a Donald Trump, y con tacón de aguja como corresponde a un día de alfombra roja. Mientras él brama por la construcción de muros y persigue a los inmigrantes latinos con más saña que a los narcos, la gente de la farándula responde aclamando una cinta en blanco y negro que habla de la relación de una familia mexicana de clase media-alta con una de las muchachas indígenas que sirven en su casa.

Tengo que decir que me alegra que una producción destinada a la televisión, y por tanto concebida con una cierta libertad que no permite hoy el cine, haya alcanzado tanto éxito, y también que la película me pareció formalmente bonita, especialmente su blanco y negro, esa fotografía de cadencia lenta que hace que hasta el neumático de un coche pisando una caca de perro sea un momento bello y referido en críticas, en algún caso concediéndole un simbolismo que no he sido capaz de descifrar.

Y sin embargo, no consigo otorgarle el calificativo de obra maestra. El propio director nos dice que ‘Roma’ pretende ser un homenaje a las dos mujeres que fueron los pilares de su infancia; su madre y, sobre todo, la criada que los cuidó a él y a sus hermanos. Pero en la historia que me contaron me faltó algo; no vi motivaciones ni contradicciones ni evoluciones en ningún personaje. Sobre todo, nadie trasciende el papel que le toca vivir. Cleo, la criada, acepta sin pestañear que su sitio en la vida está cuidando de esa familia que no es la suya. La madre tiene sus gestos de señora generosa, pero no va más allá. ‘Arriba y Abajo’, aquella serie inglesa que en mi infancia veían mis padres, me parece más cargada de denuncia social. En ‘Roma’ veo una suerte de conciencia social de salón, parecida a la de quienes consideran que una persona es heroica por ir en silla de ruedas y trabajar, salir de copas, querer independizarse o hacer deporte como los demás. Distancia, falta de empatía. Nacer con una parálisis cerebral, o en una familia, barrio, país pobre, o en una etnia discriminada o sometida, o mujer, y aspirar a las oportunidades que tienen otros, no es una cuestión de heroísmos personales, sino de derechos fundamentales y básicos. Humanos, civiles, que nos compete a todos y a todas reclamar. Por eso no me emocionó ‘Roma’, y por eso intuyo que en caso de que a los de VOX tampoco les haya gustado, no será por los mismos motivos.

Pues no será plana

16 Ene

Considerarse terraplanista está muy mal visto. Creo que esa es la única causa que me hace dudar, no sobre este asunto, sino sobre confesarme idiota. Soy de los que no creen en lo que no entienden, eso sí lo reconozco envalentonado y por eso siempre he considerado a las cosas que funcionan sin cable como telequinesia. Por ejemplo, no me cuesta comprender a un ser divino cargando con el mundo, cierro los ojos y lo imagino perfectamente, jorobado por el esfuerzo, con barba oscura y en taparrabos, pero convencerme de que doy tantas vueltas alrededor del sol sin marearme, ni caerme al suelo, en rotación o en traslación, me cuesta mucho. Lo del bamboleo de Chandler me cuesta menos asumirlo porque soy bailongo. Sí me atrevo a reconocer que si tuviese dinero y no me viese nadie, me subiría al barco ese, que dicen los que piensan las mismas tonterías que yo pero en serio y sin avergonzarse, que los llevará al fin del mundo, supongo que para asomarse. ¿Para qué se iba a ir alguien al fin del mundo si no fuera para asomarse?

Por esa parte turbia de mi raciocinio que me hace más estúpido de lo que merezco, entiendo el funcionamiento mental que nos lleva a creernos las cosas más inverosímiles y absurdas. Lo peligroso es convertir esa parte reptiliana y concienzuda del ser humano inculto en un estandarte de vida y luchar por ellas en vez de reírtelas a carcajadas en coplillas ilegales de carnaval. Lo peor es sentirte un iluminado y dedicarle parte de tu existencia a compartirlas con los demás para que abran sus ojos a tu ideario de pacotilla. ¿Quién no ha pensado alguna vez que la tierra es plana? ¡Claro que es plana! Con la convicción necesaria, cualquier imbécil nos convencería con dos palos y una brújula de que el horizonte no es ovalado y que tu sombra no es lo suficientemente alargada como para seguirte en un mundo redondo perfecto. Es el sol el que gira alrededor de nuestro ombligo, inmortal hasta que se demuestre lo contrario un mal día. Y quien habla de terraplanistas, puede hablar de cualquier otro grupúsculo de repentistas que hayan descubierto la verdad absoluta tras cualquier conspiración de la Nasa, de los sionistas, del club Bilderberg o de la polaridad negativa de los imanes en las mezquitas.

Por eso hay racistas que no lo saben. Que lloraron con Kunta Kinte pero que no lo querrían viviendo en su bloque. Y por eso algún sobrado se ofrece a guiarlos en sus convicciones supremacistas para que no renieguen de su oscurantismo medieval, sino que lo ostenten orgullosos como parte de su patria. El que venga, que asimile nuestras costumbres imperiales. Y el español que vaya a trabajar a Dubai, ¿las suyas? O eso no, que son árabes. Eso no, que son musulmanes. Eso no, que no comen jamón. Eso no, que no beben ni gota. Eso no, que se cubren el pelo. Pero si a mí no me gustan los halcones, ¿qué hago? ¿Ni mi música puedo escuchar si me voy, ni los verdiales siquiera? ¿Debería dejar de celebrar mis fiestas? Pero, ¿por qué voy a renunciar a mis costumbres malagueñas por irme a trabajar a un país extranjero? Por el terraplanismo ignorante, claro.

Por eso también será que existen personajes que califican de “kale borroka” la justa protesta feminista de ayer. Los mismos negacionistas, en este terrible caso, de la desigualdad. Los que reclaman la supresión de los “organismos feministas radicales subvencionados”, con cierta ira. Esos que consideran que las cosas están bien como están y que por tanto hay que renunciar a toda norma correctora “que discrimine a un sexo de otro”. Son los que no creen justa la legislación vigente sobre violencia de género y exigen su derogación porque… ¿por qué?

Por eso mismo, porque la tierra es plana.

Ahora toca recoger

9 Ene

Cuando te haces mayor, se es un año mayor dos veces al año. La segunda vez no se celebra como un cumpleaños más, sino como si fuese tu última fiesta. Un poco lo es. Cada celebración de año nuevo acaba en una broma pesada, contigo abandonado en un páramo. Tú ya no has ido a ningún sitio, y si lo has hecho, ha sido a la fuerza pero, a cierta edad, eso ya da igual. Aunque hayas pasado la noche en casa, en zapatillas y en bata granates, has pasado otro año, doble, y has acabado sentado en un páramo. Ahora te toca recoger.

Leí el otro día que se indultaba a las cabinas de teléfono callejeras. Ya no se desmantelarán hasta nueva orden. Las iban a llevar a un solar. Junto a José Luis López Vázquez. Supongo que por inútiles. Ha sido un real decreto del gobierno in extremis el que ha obligado a Telefónica a continuar con el servicio, ese mismo que ya no prestaban. Telefónica existe aún, no estaba seguro. Al hilo, he pensado en el toro de Osborne, que también fue salvado, parece que fue ayer y ya hace más de veinte años -alguno doble-. En su momento me alegré. Cuando lo veo ahora en una camiseta barata apretadilla a un señor achispado con montera, me produce sarpullidos. Se ha enganchado en el tiempo, como un archivo gif incansable.

El que sí desfallece con el tiempo, sin remisión, es mi teléfono fijo de casa. Se le acabó el futuro. Se estropeó un día. Si no me equivoco, no hace mucho. Y me di cuenta entonces de que no me servía tampoco para nada nuevo. Bueno, lo echo de menos para ciertos asuntos irrelevantes. Lo usaba para buscar mi móvil cuando se lo tragaba la tierra. Y para llamar a un taxi sin abrir la boca. Ahora le tengo que decir al telefonista dónde estoy para que vengan a recogerme. Y levantar los cojines del sofá de vez en cuando. Pero su desaparición funcional me ha devuelto al equilibrio pacífico de mi ser. He de reconocer que a veces perdí los nervios por causa del proselitismo exacerbado de los misioneros que las compañías de telecomunicaciones contrataban para desesperarme. No sé quién les dio mi número fijo. Mi padre decía a los amigos, cuando se despedían, que les daría un telefonazo. Telefonazo ahora es otra cosa. Y yo ya me he librado de eso por la obsolescencia programada. Un buen tiro salvador por la culata. Primero desapareció el cassette, después el reproductor de vídeo y ahora el telefonazo de las 4 de la tarde. Poco a poco.

Sin embargo, hay cosas que reaparecen en el páramo de año nuevo irremisiblemente, con cada depresión de realidad aumentada. Lo peor de nuestra cuesta de enero es lo absolutamente cañí que suele ser. La natalidad va fatal. Y encima, el abuelo ha perdido a Chencho y se ha puesto tan nervioso que, aunque ha pasado por delante, no ha visto a nadie pidiendo auxilio encerrado en la cabina. Menos mal que por ahora, no se las llevan. Hay cosas que se quedan sin futuro. Pero a algunas de estas les da igual. Se quedan en zapatillas y en bata granates en un bucle permanente. Se manejan bien atrapadas en su pasado rancio. La extrema derecha es un claro ejemplo. Este año me lo encontré en camisón en el páramo de mi año viejo más contento que otras pascuas. Tuvieron ayer una cita con el PP. Hablarían de muros y deportaciones. De mujeres, lesbianas y homosexuales. Sin sorpresas. Aznar se quejaba de que Rajoy había fracturado el voto del centro derecha en dos. Ahora su delfín, jugando a derechizarse, en tres. Cosas de la obsolescencia. Un mal tiro por la culata. Ay.

Ahora nos toca recoger.