Las collejas de (a) Rajoy

5 Dic

El señor presidente del gobierno, que elude los debates políticos (ha rechazado recientemente participar en un debate a cuatro con Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias) se prodiga en programas de radio y de televisión. Acudirá pronto al programa de Teresa Campos y al de Bertín Osborne, “En tu casa o en la mía”. Hace unos días estuvo con su hijo Juan en un programa deportivo al que seguidamente haré alusión.

Presencia de los líderes políticos en los medios, sí. Una como obligación, que son los debates y otra como devoción que es el entretenimiento. Pero, en todas ellas, con la ejemplaridad de los dichos y los hechos. Porque la pantalla o la antena se convierten en esos momentos en un aula.

A mí no me parece mal que los políticos se den a conocer en los aspectos más humanos, más íntimos, más cercanos. Siempre y cuando no hurten a la ciudadanía lo que principalmente tiene que saber: qué ideas, qué estrategias, qué programas electorales van a votar. Es decir, no me parece mal que el presidente del Gobierno acepte realizar una entrevista sobre su vida pública y privada. Lo que me parece mal es que se niegue al debate político, porque esa es una obligación.

No sé si esa presencia dará votos o no. Ni me importa. Lo que digo, aunque me esté repitiendo, es que la obligación de un político es debatir sus programas con claridad, transparencia y objetividad, contrastando sus propuestas con las de otros candidatos. El gobernante tiene unas responsabilidades ineludibles y urgentes. No puede estar todo el día en la televisión. Pero no puede eliminar, en tiempo electoral, la propuesta y el contraste de sus ideas.

Creo que debería haber menos mítines y más debates. Estos deberían ser obligados y, si se puede, frecuentes. Debería exigirse, además, una altura mínima, humana y política, en los mismos. Los electores deben votar con conocimiento de causa y, una manera de hacerlo, es saber qué es lo que piensan y lo que piensan hacer quienes desean gobernar, que para eso se presentan. El debate facilita el diálogo, la argumentación, el contraste, la réplica, las preguntas. En los mítines quien suele salir reforzado es el candidato, al son de la música, el agitar de las banderas y los gritos del convencido auditorio. Los discursos de los mítines son meras proclamas, que pretenden enardecer el sentimiento de los asistentes (y del líder) y no dar solidez a los argumentos del voto.

Voy a otro asunto. El pasado miércoles, día 25 de noviembre, el presidente del gobierno acudió a un programa de radio en la cadena COPE para comentar el partido de la Champions entre el Shakhtar Donetks y el Real Madrid que se jugaba en Ucrania. El programa se retransmitía desde Madrid, en la sede de la cadena. Acudió Don Mariano con su hijo Juan, de 10 años. La hora de la transmisión del partido, como es habitual en esa competicion, era las 20.45. Es decir que la presencia del niño durante la retransmisión obligaba a un regreso tardío al domicilio familiar un día laborable. Primera cuestión. Ya sé que se tratará, probablemente, de una excepción. Pero lo cierto, es que esa excepción se exhibe ante todo el país y se puede convertir en una propuesta de acción. No es ese un buen proceder.

Durante la retransmisión, el periodista Paco González, director del programa “Tiempo de juego”, aprovechando la presencia del pequeño Juan, le preguntó por su opinión sobre los comentarios del FIFA 2015, donde Paco González hace comentarios junto a otro conocido periodista, Manolo Lama.

– ¿Qué te parecen los comentarios del FIFA?

El niño, de forma espontánea, se acerca al micrófono y dice:

– Me parecen bastante mejorables…, por no decir que son una basura.

El presidente hace un gesto de asombro abriendo mucho la boca y, volviéndose al niño, le propina dos suaves collejas. Las collejas de Mariano se han hecho famosas. Tildar esa actuación de maltrato fisco es una exageración descabellada. Porque las collejas se dan con una sonrisa y un abierto sentido humorístico. Es un acto reflejo del presidente que no se puede calificar de violento. Sin embargo, yo me muestro muy contario a esa espontaneidad de la corrección teniendo en cuenta quién lo realiza y dónde tiene lugar. Una reconvención hablada hubiera sido más edificante.

No me gustan las collejas. No me gustan esos comentarios que afirman que un cachete dado a tiempo es muy eficaz. Nunca son eficaces los golpes, aunque sean leves.

Pero, sobre todo, me quiero referir a la condena de la espontaneidad. Si el niño dice la verdad, si dice lo que piensa, ¿por qué la reconvención? ¿Qué le está tratando de decir su padre con las collejas?

– Hijo, no seas sincero, no digas lo que piensas si es negativo. No digas la verdad.

He criticado varias veces en el blog esta forma de proceder. Esta invitación a dar la opinión, pero a reprenderla cuando no es del agrado de quien la solicita o del que la escucha, como en este caso.

Y ahora voy a lo que realmente quería decir en este artículo. La ejemplaridad de la que tienen que hacer gala los responsables políticos. Y especialmente cuando actúan en público. No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Esta actuación del presidente se ha criticado justamente. No hay, sin embargo, que exagerar. No hay que extralimitar los juicios de reprobación sobre el presidente. Porque lo que estaríamos haciendo es dándole a él unas collejas psicológicas que no se corresponden con la importancia de la acción.

Su actuación no fue buena, pero no es como para mandarle a la hoguera. Lo que sí permite la exégesis de su acción es reflexionar sobre la forma de reconvenir a los hijos. No hay que hacerlo cuando no se lo han merecido. Como es el caso. El niño ha respondido con sinceridad a una pregunta. ¿Qué ha hecho mal?

No estoy diciendo que no haya que corregir. No estoy diciendo que los padres y las madres no tengan que decirle a los hijos que tienen que hacer las cosas de una forma correcta y respetuosa. No es este un texto que cuestione o pretenda minar la autoridad educativa. Porque es necesaria la corrección, la imposición de límites. Es obligado ayudar a discernir qué es bueno y qué es malo. No √ale todo. Pero esto es cierto para los hijos e hijas y para los padres y las madres.

Si lo que ha dicho el niño no es correcto (si ha merecido la recriminación) es porque no se le advirtió previamente, como muchas veces se hace de forma subrepticia:

– Ten cuidado con lo que dices. Tienes que dar una respuesta que sea del agrado de quien pregunta, aunque sea insincera, hipócrita, artificial, falsa.

De lo contario le has metido al niño en una trampa. Le has preguntado por lo que piensa pero, en realidad, no lo puede decir sinceramente.

Concluyo. Presencia de los líderes políticos en los medios, sí. Una como obligación, que son los debates y otra como devoción que es el entretenimiento. Pero, en todas ellas, con la ejemplaridad de los dichos y los hechos. Porque la pantalla o la antena se convierten en esos momentos en un aula.

La evaluación como control

14 Nov

La polémica que se ha suscitado en España sobre la evaluación del quehacer del profesorado con repercusión en el sueldo, me ha impulsado a escribir estas líneas que critican una concepción mercantilista y autoritaria de la evaluación. Es curioso, las autoridades que deciden que se evalúe a los inferiores, nunca se someten a la evaluación que ellos proponen como deseable.

Hay finalidades pedagógicamente ricas de la evaluación (dialogar, comprender, aprender, mejorar, estimular…) y otras que son pedagógicamente pobres (controlar, clasificar, seleccionar, comprobar, medir, premiar o castigar…). Hay otras, finalmente, que son abiertamente perversas (excluir, jerarquizar, amenazar, torturar…).

La pregunta fundamental sobre las evaluaciones (de alumnado, de profesorado, de programas, de instituciones, de sistemas…) es la de su finalidad. ¿Para qué se hacen? ¿A quién sirven? ¿Qué valores defienden? Es también importante saber de qué tipo de evaluación hablamos, por supuesto y no podemos desdeñar la preocupación de que se haga con rigor. Pero, lo que es verdaderamente decisivo, pues, es saber qué pretende, qué busca, qué trata de conseguir. Cuando hablamos de hacer evaluación, nos hemos de preguntar en primer lugar: ¿para qué?

Hay finalidades pedagógicamente ricas de la evaluación (dialogar, comprender, aprender, mejorar, estimular…) y otras que son pedagógicamente pobres (controlar, clasificar, seleccionar, comprobar, medir, premiar o castigar…). Hay otras, finalmente, que son abiertamente perversas (excluir, jerarquizar, amenazar, torturar…). Se me dirá que, en cualquier caso, la finalidad es mejorar la práctica. Pero hay modalidades de evaluación que solo conseguirían la mejora de la práctica gracias a un milagro, es decir, a un fenómeno inexplicable, irracional. Y hay modalidades abiertamente inmorales.

La evaluación jerárquica e impuesta tiene virtualidades controladoras, pero casi nunca obtiene la mejora. Explicaré por qué.

En primer lugar porque el evaluado suele artificializar el comportamiento con el fin de conseguir una buena evaluación por parte de la autoridad evaluadora. Hace unos años se puso en marcha en un Colegio de Barcelona un proceso de evaluación externa del profesorado. Había en ese Colegio un docente muy “vanguardista” (en cuanto entraba en clase se ponía a leer el periódico La Vanguardia). Pues bien, durante todo el tiempo que duró la evaluación dejó de ser “vanguardista”. Y el mismo día que terminó la evaluación volvió a serlo. Lo que pretendía ese profesor era dar una buena imagen al evaluador, no mejorar su práctica.

En segundo lugar, suele generar resistencias, algunas cargadas de lógica. Si se considera tan buena la evaluación, ¿por qué no se comienza evaluando a las autoridades que la imponen? ¿Quién evalúa a los evaluadores y evaluadoras?

En tercer lugar, existe el convencimiento de que si de los resultados de la evaluación se derivan exigencias que interpelan a quienes gobiernan, esas no serán tenidas en cuenta. Se pondrá todo el énfasis en las exigencias que hay que plantear al evaluado. Es una evaluación de naturaleza descendente, no ascendente.

En cuarto lugar, se suelen formular reticencias sobre el contenido del informe. “Nosotros sabemos muy bien lo que sucede aquí…”, “en tan poco tiempo no pueden conocer los evaluadores lo que hacemos:..”, “se han equivocado al hacer interpretaciones…”, “no se puede evaluar con rigor aplicando cuestionarios…”, “no se han triangulado las informaciones procedentes de distintos métodos ni de distintos sujetos…”.

En quinto lugar, es frecuente que se crucen, sobre ella, dos discursos no solamente alejados entre sí, sino contradictorios. Por una parte se habla de una evaluación de procesos, encaminada a la mejora, participativa, negociada, dialogante, cualitativa…. Y la realidad nos habla muchas veces de una evaluación autoritaria, impuesta, no dialogada y encaminada al control…

La prueba más clara de que es autoritaria es que no se suele negociar lo que es sustancial: si se hace, quién la hace, qué finalidad tiene, cómo se hace, cuándo y cómo se hace…

En sexto lugar, se formulan a través de ella comparaciones que suelen ser injustas e irracionales. No se puede comparar lo que es incomparable. Las circunstancias de cada docente son tan diversas que cualquier comparación resulta gratuita y contraproducente.

En séptimo lugar, genera temor, más que reflexión, miedo más que estímulo, desconfianza más que entusiasmo. Sería muy interesante que los evaluadores pensasen en el clima que se genera con este tipo de evaluaciones.

Una buena parte de lo que le sucede a cada profesor depende de las condiciones en las que trabaja. Habría que empezar por mejorarlas. El número de alumnos y alumnas por aula suele ser excesivo, las horas de trabajo del docente suelen ser abusivas, las condiciones salariales suelen ser manifiestamente mejorables…

La evaluación tiene poder. Resulta imprescindible, desde el rigor y desde la ética, reflexionar sobre cómo se maneja ese poder. Es decir si se emplea para comprender, animar y mejorar o si se utiliza para controlar, asustar y castigar al profesorado.

Cuando la evaluación se inicia y se realiza desde el poder es preciso pensar si se está haciendo un buen uso de la autoridad. La palabra autoridad proviene del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer. Tiene autoridad aquella persona que ayuda a crecer. La que silencia, controla, castiga y reprende tendrá poder, pero no tiene autoridad. El perro controla el rebaño, pero el rebaño no le sigue.

Es cierto que no da igual hacerlo bien que hacerlo mal. No estoy en contra de la evaluación del profesorado. Estoy en contra de una evaluación que se utiliza como un arma contra ellos. Estoy en contra de una evaluación que atemoriza, que no estimula.

Me parece también importante que la evaluación se haga técnicamente bien. Que atienda procesos y no solo a resultados, que esté contextualizada, que de voz a los participante en condiciones de libertad, que se exprese en un lenguaje inteligible, que atienda a los valores, que se comprometa con los valores de una sociedad democrática, que sea honesta, que sea dialogante, que use métodos diversos y sensibles, que se encamine a la mejora… En definitiva, que sea educativa. Es decir que eduque al que la hace y al que la recibe.

Yo le doy mucho peso a la negociación inicial, de proceso y final. Hay que negociar al inicio la finalidad, el proceso y las condiciones. Pero la negociación no se hace de una vez por todas. Pueden suceder hechos que obligan a modificar los acuerdos. Negociar el informe resulta imprescindible. Porque el informe es una perspectiva sobre lo que se ha evaluado, pero no es la única. No es infalible. Nadie puede poner el veto a parte o a la totalidad del informe pero, si después de analizado, no se llega al acuerdo, el evaluador debe incorporar literalmente al informe las discrepancias de los evaluados. Negar el veto defiende los intereses de la evaluación. Incorporar obligatoriamente las discrepancias defiende los intereses de los evaluados y evaluadas.

La negociación tiene que ver con el sentido ético y democrático de las evaluaciones. Tiene que ver también con el rigor. Y, sobre todo, con su capacidad de transformar las prácticas. Si alguien entiende la evaluación como un mero ejercicio de control, es probable que pretenda pasar por ella defendiéndose más que comprometiéndose.

Enseñar es un ejercicio inmortalidad

10 Oct

El pasado día 5 de octubre se celebró el Día Mundial de los Docentes. Interesante iniciativa de la UNESCO,  con tal de que celebrar el día no nos lleve a pensar que, pasado el 5,  ya se acabó  todo el reconocimiento y todo el apoyo a los docentes y las docentes hasta el próximo año.

En cualquier profesión, el mejor profesional es el que más y mejor manipula los materiales, en ésta es quien más y mejor los libera.

Es necesario reconocer el extraordinario papel que desempeñan los docentes. En una sociedad en la que todo el mundo sabe que tener conocimiento es tener poder, los docentes son profesionales que, por oficio, se dedican a compartir el conocimiento que poseen. En cualquier profesión, el mejor profesional es el que más y mejor manipula los materiales, en ésta es quien más y mejor los  libera.

El camino hacia la solución de los problemas  personales y sociales está en la educación, entendida ésta no como una simple acumulación de ideas inertes sino como el desarrollo de la capacidad de pensar y de la voluntad de convivir de forma justa, solidaria  y pacífica.

Para realizar esa tarea tan importante y, a la vez, tan compleja  hacen falta profesionales  competentes y comprometidos con la tarea. Y estructuras adecuadas para realizarla eficazmente. Será posible alcanzar esta meta si se satisfacen estas cinco exigencias.

Primera exigencia. Hay que seleccionar para esta tarea a las mejores personas del país. Entiendo por mejores a las personas  más inteligentes y más sensibles. No es de recibo cantar las excelencias de la educación y destinar luego a ella a las personas que no valen para otra cosa.

Hay países que marcan unos niveles para el acceso a  la docencia muy superiores a los de cualquier otra profesión. Una cosa es ser químico y otra profesor de química. Una cosa es ser matemático y otra profesor de matemáticas. Una cosa es ser especialista en literatura y otra profesor de lengua.  El profesor tiene que dominar la disciplina pero, además, tiene que tener otras cualidades, actitudes y valores específicos. Téngase en cuenta, además, que se trata de una tarea que se desarrolla en un equipo de profesionales con un proyecto compartido.

Segunda exigencia. Esos profesionales tienen que tener una formación rigurosa teórica y práctica, que no se puede realizar en instituciones masificadas, en tiempos breves,  con escasez de medios y con profesionales mediocres.

Hace años escribí un artículo titulado  “El curriculum del nadador”. Decía en él que no se puede enseñar a nadar a un aprendiz con un curriculum teórico compuesto por asignaturas como Química del Agua, Historia de la Navegación, Biografía de los Campeones Olímpicos de Natación, Sociología de la Natación, Filosofía de la Natación, Marcas Olímpicas, Economía de la Natación… Y con un curriculum práctico compuesto por materias como Observación de Nadadores Célebres, Entrevista a Grandes Nadadores, Recopilación de lo dicho en Medios  de Comunicación sobre las Olimpíadas, Análisis de Videos de Marc Spitz… Todo sentado y todo en seco.  Sabemos a ciencia cierta lo que sucedería si a ese aprendiz, con matrícula en todas las asignaturas, lo arrojamos a un mar agitado con olas de cinco metros…

Es necesario, pues, mejorar la formación inicial. Y analizar lo que sucede cuando los aprendices terminan los estudios y se incorporan a las escuelas. Volviendo a la metáfora, esa institución que prepara a los estudiantes para nadar tiene que cerciorarse de si, cuando se tiran al agua, saben nadar, bracean con torpeza o se ahogan sin remedio…

Tercera exigencia. Hay que organizar la docencia dentro del sistema educativo y de las escuelas con más racionalidad, agilidad, y autonomía. Las plantillas tienen que formarse con criterios pedagógicos y no por aluvión, los directores tienen que estar bien formados y seleccionados, las condiciones laborales tienen que ser más favorables, los sueldos tienen que ser mejores, los medios tienen que multiplicarse, los alumnos por aula tienen que reducirse…

No hay suficiente autonomía en las escuelas. Las instituciones educativas tienen el mayor nivel de prescripciones  del país. Todo está decidido. Se le ha llamado a la escuela institución paralítica ya que no puede moverse sin los andadores legislativos.

Cuarta exigencia. La formación permanente tiene que mejorarse de forma sustancial. No puede quedar al albur de los deseos  de los interesados o del capricho de las autoridades. Nadie se hace maestro de una vez para siempre.

Cambian los conocimientos (se multiplican, profundizan y diversifican…), cambian los alumnos y las alumnas (su psicología, sus intereses, sus expectativas, sus actitudes…), cambian  las necesidades sociales (nuevas profesiones, nuevos contextos, nuevos  movimientos sociales…), cambian los saberes pedagógicos (nuevos métodos, nuevas teorías, nuevos modelos…).

La formación debe tener carácter individual e institucional. No solo tiene que perfeccionarse el docente. Lo tiene que hacer también la institución.

Quinta exigencia. Tiene que haber un mayor reconocimiento social de la profesión docente. Los políticos tienen que manifestar, de forma inequívoca, su valoración de la educación y de los profesionales que se dedican a ella. No solo en los discursos, no solo en la etapa electoral, no solo en las entrevistas televisivas…  Lo tienen que hacer con hechos. Con presupuestos, con mejora de las condiciones, con testimonios fidedignos, con cercanía emocional…

Las familias tienen que manifestar de forma fehaciente su respeto y su respaldo a los profesores de sus hijos e hijas. Tienen que prestarles ayuda, manifestarles aprecio y secundar su tarea.

La sociedad en general tiene que rendir un tributo de admiración y afecto a estos profesionales que, de forma callada, constante y humilde realizan cotidianamente en las aulas la tarea de enseñar. De enseñar a pensar, de enseñar a convivir, enseñar a ser.

Y, ahora, quiero dirigirme a mis colegas docentes para decirles que nosotros no podemos defraudar a una sociedad que tanto espera y tanto necesita. Nosotros tenemos que esforzarnos cada día por ser mejores profesionales. Exigentes, rigurosos, competentes, humildes, afectuosos y comprometidos. Nosotros tenemos que ganarnos a pulso, cada día, el respeto, la admiración y el afecto de nuestros alumnos y alumnas, de sus familias y de la sociedad entera.  El reconocimiento a la dignidad no se impone. La dignidad se encarna y se conquista con la forma de pensar, de actuar y de ser.

Permítaseme citar a Rubem Alves, un pedagogo brasileño recientemente fallecido, que escribió hace años el hermoso libro “La alegría de enseñar”. En él se dice: “Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. De alguna forma seguimos viviendo en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo a través de la magia de nuestra palabra… Por eso el profesor nunca muere”. Sirvan estas palabras de homenaje a quienes tanto admiro, tanto valoro y tanto aprecio.

Las metáforas del agua

5 Sep

Comienza un nuevo curso escolar. Desde hace muchos años vengo escribiendo un artículo para dar la bienvenida a una experiencia tan afortunada como ésta. El país entero vuelve a las aulas. Los escolares de todos los niveles emprenden el camino hacia las instituciones. Los profesores y profesoras se reúnen para planificar e iniciar el nuevo curso. Los conductores de autobuses escolares madrugan para  retomar las rutas que durante el verano se han detenido. El personal de administración vuelve a las conserjerías, a las secretarías y a los comedores. Los inspectores e inspectoras vuelven a sus despachos, vacíos durante las vacaciones. La maquinaria educativa  gubernamental vuelve a funcionar.  Todo se había detenido durante un tiempo. No somos conscientes de la importancia que tiene el hecho de que todo vuelva a esa dichosa normalidad, un año más. Una gran cantidad de dinero al servicio de una gran causa.

Quienes se instalan en la primera concepción disfrutan menos, lo pasan peor y le sacan menos partido a su esfuerzo. Quienes practican la segunda viven con entusiasmo aquello que hacen y le sacan el mayor partido. ¡A la tarea de ser felices y de hacer felices a los demás!

La reiteración en el comienzo puede llevar a la rutina, que es el cáncer de las instituciones. ¿Cómo lo vamos a hacer este año? Como el año pasado, como todos los años. Así, sin más. Sin someter a un riguroso análisis lo sucedido, sin poner en tela de juicio los procesos y los resultados.

Los padres y las madres, que han dicho en repetidas ocasiones, sobre todo en las últimas semanas del verano, que ojalá empezara mañana el cole, ven concluida la etapa de la tutela constante para compartir con el profesorado sus inquietudes educativas.

Hace unos años escribí un libro titulado “Pasión por la escuela. Cartas a la comunidad educativa” (Homo Sapiens. Rosario. Argentina). Me dirigía en aquella ocasión y por ese medio epistolar a todos los agentes del sistema. A las autoridades, a los profesionales de la educación, a los alumnos, a las señoras de la limpieza (casi siempre son señoras), a los conserjes, a las cocineras, a las familias. A la comunidad educativa y a la ciudadanía en general. Porque la educación es la causa de todos y de todas. Un pueblo sin educación no tiene futuro.

Es probable que el esfuerzo necesario para sacudirse la flojera de las vacaciones nos haga olvidar la dicha y la suerte  de poder disfrutar de este inmenso  y articulado sistema educativo. Un sistema que necesita mejorar pero que dispone ya de logros acrisolados por la experiencia y por la ilusión de todos quienes hacen posible que funcione.

Quiero dar la bienvenida al nuevo curso haciendo algunas reflexiones sobre el significado de la tarea que se realiza en las escuelas, en los institutos y en las universidades. Voy a utilizar dos metáforas para explicar dos concepciones  antagónicas de la tarea de la enseñanza. Sé que las metáforas tienen la virtualidad de iluminar una parte de la realidad, aunque deje en la oscuridad otras partes de la misma. Si  digo de alguien que es fiero como un león nada digo sobre su inteligencia o su sensibilidad. De todos modos nos permiten  reflexionar y comprender algunas parcelas de la realidad y de la vida. Se trata de dos metáforas antagónicas. Las dos tienen como eje de la reflexión el agua.

La primera metáfora hace referencia a una concepción academicista, estática, jerárquica y simplista de la enseñanza. La voy a denominar: el docente como escanciador de agua que recibe el aprendiz. El conocimiento está almacenado en la institución dentro de recipientes cerrados,  está acabado,  está concluso. El profesor es el depositario de las tinajas llenas de agua El alumno es un recipiente vacío y pasivo en el cual hay que echar con cuidado el líquido del saber. En el mejor de los casos, el recipiente se coloca debajo del chorro de agua, que la recibe. Lamentablemente, en otros casos, al no colocarse bajo el chorro, no recibirá ni una sola gota.

Esta concepción del aprendizaje lleva aparejada una forma de entender la evaluación. La evaluación tendrá que responder a la pregunta siguiente: ¿cuánta agua hay en la copa?  Si no hay agua, habrá que añadir esta otra: ¿Por qué causas no hay agua en la copa? Es probable que los docenes digan que es porque  la copa no se ha puesto debajo. Incluso los docentes que tienen la enfermedad de Parkinson y, sobre todo, aquellos un poquito sádicos que procuran hacer difícil la recogida del agua.

La segunda metáfora hace referencia a otra dimensión  muy diferente de la enseñanza. El profesor es la persona que ayuda a que el alumno sea capaz de buscar por sí mismo, de forma autónoma y entusiasta, manantiales de agua. Una vez que los encuentra, es capaz de discernir si el agua está contaminada o es salubre. Es decir sabe utilizar el conocimiento, aplicarlo a la vida, trasladarlo a la realidad. Y, lo que es más importante, cuando sabe que el agua encontrada es potable, es capaz de compartirla con quienes se mueren de sed y no la dedica exclusivamente a hacer fuentes ornamentales, surtidores y piscinas en el jardín de su casa mientras se muere la gente detrás del muro que protege su casa.

La evaluación, en esta segunda metáfora, tiene también otro alcance. Tendrá que comprobar si el alumno sabe hacer, si sabe aplicar, si sebe transferir. No se trata de almacenar por almacenar. Tampoco se trata solamente de saber analizar. Es fundamental la dimensión ética que hace que el aprendiz sepa compartir aquel bien encontrado.

Este asunto fundamental conlleva un segundo nivel de reflexión que se refiere a los caminos por los que se adquiere, posee y se desarrolla una u otra concepción, una u otra metáfora.

Una buena parte depende de la formación recibida. Quiénes han sido y cómo han actuado los educadores/as que han tenido la responsabilidad extraordinaria de la forja de maestros/as.  Hay que saber qué objetivos tiene la institución formadora, qué metodología, qué recursos, qué profesionales, qué directivos…

Otra parte se debe a la política educativa, al curriculum básico, a las filosofía de las leyes, al modo de entender la enseñanza que fluye de las prescripciones…

Una tercera parte depende del proceso de socialización del profesorado en el país. ¿Quiénes acceden a la profesión? ¿Por qué caminos, con qué exigencias? ¿Cómo se concibe y se valora la profesión docente?

La cuarta y,  a mi modo de ver la más importante,  es la actitud del profesional. Es decir, los motivos que le han  impulsado a  abrazar la profesión, las vivencias que tiene sobre ella, la forma de entender la tarea y la relación con el alumnado.

Al comenzar este nuevo curso quiero llamar la atención sobre estas dos formas, no solo diferentes sino antagónicas de entender la tarea. Quienes se instalan en la primera concepción disfrutan menos, lo pasan peor y le sacan menos partido a su esfuerzo. Quienes  practican la segunda  viven con entusiasmo aquello que hacen y le sacan el mayor partido. ¡A la tarea de ser felices y de hacer felices a los demás!

El desertor

8 Ago

El señor Ignacio Werz, ex ministro de Educación, Cultura y Deporte, ha abandonado el Gobierno por su propia iniciativa y, al parecer, “por motivos personales”. Cuando se hizo cargo de su cartera, se apresuró a eliminar la asignatura de Educación para la Ciudadanía y a elaborar sin la menor negociación una ley que no recibió en el parlamento ni un solo voto de la oposición. Ni uno solo. Un modelo de diálogo, de consenso y de participación ciudadana. A nadie le gusta esta ley. Ni al profesorado, ni a las familias, ni a los estudiantes (hablo de mayorías, no de la totalidad, claro está). Creo que tampoco les gusta a muchos militantes y simpatizantes del gobierno conservador.

Y unos meses antes de acabar la legislatura pide largarse del Gobierno (esa es la expresión más ajustada a la realidad). Porque otra cosa es que lo hubiesen echado con cajas destempladas, como merecía por su gestión de la educación, la cultura y el deporte. No. El se va. Deja el pastel de olor insoportable sobre la mesa y se va. Se va incluso del país. Que otros se hagan cargo de la aplicación. Que otros saquen el carro del atolladero.

Cuando el país clama por el pacto en la educación, cuando todo el mundo sabe que es necesario llegar a unos acuerdos mínimos en cuestiones esenciales como es ésta, cuando hay una preocupación creciente por la conjunción de fuerzas que nos saquen de las evidentes limitaciones que tiene nuestro sistema educativo, se aplica la ley del rodillo y se impone un texto que es duramente criticado por expertos y profesionales. Participé en la elaboración y firmé el Manifiesto de Sevilla contra el primer borrador de la ley. Se tituló así: “Por otra política educativa” (puede consultarse en internet y  en la Editorial Morata). Hubo muchas otras manifestaciones en contra. Ni un solo cambio sustancial. Y, ahora, va el autor del desaguisado  y se nos larga.

El argumento de que puesto que hay problemas en el sistema educativo algo hay que hacer no puede ser más engañoso. Es como si dijéramos que puesto que el paciente tiene dificultades para respirar hay que hacer algo y decidimos cortarle las piernas. Algo había que hacer, sí. Pero no eso que usted hizo.

No debería ser necesario explicarle que no todo cambio es una mejora. Hay cambios que son claros empeoramientos. Más valdría no hacer nada que empeorar. Creo que es necesario hacer una crítica rigurosa sobre el sistema educativo. Creo que los profesionales de la educación deberíamos ser más autocríticos y exigentes. Se saben hoy muchas cosas sobre educación. Hay evidencias nacidas de la investigación a las que debiéramos sestar más atentos.  Hay experiencias aleccionadoras en otros países. No se trata de hacer por hacer, de cambiar por cambiar, de poner en marcha leyes impulsadas por la revancha ideológica o el prurito partidista.

El ex Ministro hizo una ley que paradójicamente se llama Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad de la Educación (LOMCE). Digo paradójicamente porque pocos textos legales han atentado de manera más directa y negativa contra la calidad del sistema educativo.

En primer lugar porque quien impulsa la ley es el mismo Ministro que aumenta el número de alumnos por aula, establece reválidas, pone zancadillas a los desfavorecidos,  potencia la enseñanza privada, incluye la asignatura de religión en el curriculum con carácter evaluable, disminuye la participación de las familias en el Consejo Escolar, jerarquiza la dirección escolar, bendice la discriminación…

La contradicción no puede ser más flagrante. Una ley para mejorar la calidad que se convierte en un atentado contra la calidad. Porque no hay calidad sin equidad y no hay equidad sin atención a la diversidad. Y esta ley, que en alguna ocasión he calificado de cruel, acaba favoreciendo a quienes eran ya los favorecidos en la sociedad.

Como estaba obsesionado por la evaluación (aparece más de cien veces la palabra en el texto de la ley) quiero recordar al ex Ministro que más importante que pesar al pollo es engordarlo. Y que no es muy  ético tirar a la basura a los pollitos que no hayan dado el peso. Porque esos pollitos son los que no tienen en casa nada para comer.

Y unos meses antes de acabar la legislatura pide largarse del Gobierno (esa es la expresión más ajustada a la realidad). Porque otra cosa es que lo hubiesen echado con cajas destempladas, como merecía por su gestión de la educación, la cultura y el deporte. No. El se va. Deja el pastel de olor insoportable sobre la mesa y se va. Se va incluso del país. Que otros se hagan cargo de la aplicación. Que otros saquen el carro del atolladero.

Y ahí tenemos a las autonomías pidiendo el aplazamiento de la aplicación, negociando la implantación sin el menor entusiasmo. Y el señor ex Ministro en París disfrutando de la vida y de un premio por su nefasta gestión: embajador en la O.C.D.E.  Ironías de cierta política.

Tenían que haberle obligado a hacerse cargo del desarrollo de una ley que impuso contra el criterio de casi todos los agentes educativos (sindicatos, asociaciones de docentes, asociaciones de alumnos…), contra las manifestaciones reiteradas de la marea verde que defendía la escuela publica, contra manifiestos de intelectuales que empezaron a proliferar desde la aparición del primer borrador…

Este señor es un auténtico prófugo. O, mejor dicho, es un desertor. Porque él estaba ya en la causa. Él era la causa. Un prófugo o fugitivo es una persona que está huyendo, generalmente de la acción de la justicia, de alguna medida del gobierno u otra autoridad. Del mismo modo se denomina a la persona que elude un proceso de reclutamiento para el servicio militar.

En este último sentido, al contrario que los objetores de conciencia, los prófugos realizan una acción para eludir el reclutamiento, por lo cual su comportamiento suele considerarse delictivo; así mismo resulta perjudicial para la moral de los demás reclutas por la posibilidad de sentirse menospreciados si la conducta quedara impune.

Es para desanimar a sus correligionarios. Quien impulsa la ley, quien actúa como timonel de un barco que va a realizar una singladura, abandona la nave y se va a tierra firme. A petición propia. Ahí os quedaís.

Mientras todo el sistema educativo afronta el curso escolar 2015-2016 desde la incertidumbre, la resistencia o la indignación, el señor Wertz se pasea por el mundo como si no hubiera roto un plato. La permanencia en el cargo tendría muchas justificaciones, algunas lógicas, otras psicológicas.

–        Usted que lo ha ideado, póngalo en marcha.

–        Usted que nos metió en este lío, sáquenos de él.

–        Usted que creó el problema, resuélvalo.

Porque he de decirle que no he visto a nadie que defienda sus postulados y que se muestre entusiasmado con esta ley.  Por eso no le digo:

–        Usted que puso tanto empeño en crear la ley, disfrute  con nosotros poniéndola en marcha.

Un grupo de colegas ha trabajado intensamente en la elaboración de la bases para una nueva ley de educación, para una ley que parta de otros presupuestos, de otras finalidades, de otras concepciones, de otras actitudes ante la sociedad, ante la persona y ante la educación. Y que empiece por la discusión pública de lo que es público. Puede verse en el “Documento de bases par una nueva Ley de Educación. Acuerdo social y político educativo”.

Ahora que usted se ha nos ha fugado, ahora que usted ha desertado, acaso sea el momento para que todos nos pongamos de acuerdo en lo que es esencial para la mejora de la calidad de la educación en el país. No me gusta su ley. No me gusta tampoco esta huida  cuando todo lo que usted propuso está todavía sin hacer. Aunque, bien pensado, quédese donde está. Yo no le voy a echar de menos.